Cuando los meteoros ocultan el clima

13 Sep

Los cambios sociales globales que se están produciendo indican que la sociedad industrial se está desmoronando. No solo eso. Únase a ello el declive de los combustibles fósiles, el cambio climático y el avance tecnológico en los procesos productivos. Se tendrá entonces una radiografía aproximada de la agitación que recorre el mundo.

La mayoría de los análisis que se hacen, utilizando una metáfora lingüística, son intransitivos. Subrayan los cambios desde la perspectiva de un solo núcleo. Las amenazas de este siglo, sin embargo, piden un análisis transitivo, es decir, de dos núcleos: sujeto (el ser humano) y objeto (biosfera), para poner de manifiesto la inclusión del primero en el segundo y la interacción mutua entre ambos.

Pero al no incluir las fuerzas políticas en su análisis la variable pico del petróleo y al considerar de manera insuficiente —diría incluso tramposa— la del cambio climático, la insostenibilidad del metabolismo de la actual sociedad industrial queda fuera del debate político y público. Y el que existe esta fuera de l realidad y la sociedad sigue en la ilusión del consumo. Un superviviente de una unidad de operaciones especiales de los activistas clandestinos polacos —que participó en el levantamiento del gueto de Varsovia— nos recuerda una realidad que no debemos olvidar: «nunca os imaginéis que vuestro mundo no puede derrumbarse, como lo hizo el nuestro.»

Con los parámetros descritos el debate se centra, de manera inevitable, en la naturaleza financiero-económica de la crisis, cuando en realidad la misma es ecológica: el descenso de la disponibilidad de energía fósil barata. Cuando alguien dice que las causas de la Gran Recesión son la deuda, la desregulación financiera, las hipotecas basura, la burbuja inmobiliaria, el riesgo crediticio, etc., éstos son factores secundarios que han reaccionado a una causa primera: la falta de petróleo barato suficiente para seguir creciendo[1].

Esta situación de escasez se originó a partir de 2002. Y la solución que se encontró para seguir creciendo fue la deuda. Por eso deuda y falta de petróleo van de la mano. Y por eso la crisis no ha podido resolverse: porque no hay petróleo barato abundante. Y en diez, quince años (2025-2030, según la estimación realizada en 2015) puede no haber petróleo disponible para los que no lo producen. Con los datos y conocimientos actuales es difícil imaginar escenarios realistas —para dentro de una década— en los que el colapso del petróleo no vaya a tener lugar[2]. Pero estos escenarios al estar fuera del debate político público son opacos para la gente. Y nadie está haciendo nada.

La no inclusión del pico del petróleo en el análisis político, hace que el debate se salga del eje productivismo/antiproductivismo, que es el que sería natural. Y se albergue en el eje izquierda/derecha, que es el de la pelea por la redistribución de la riqueza sin contemplar las limitaciones que nos impone la biosfera. El análisis y el debate se hace, por tanto, desde parámetros incorrectos, secundarios. Ante la escasez de petróleo el actual debate público no está siendo el de esos límites que tiene el planeta, la transición a una sociedad pospetróleo y la cantidad y forma de uso de los recursos. El debate continúa centrado en cuál es la mejor forma de mantener el actual metabolismo de la sociedad industrial.

La apuesta tecnológica que se hace para ello y la orientación de la economía a los servicios, ha permitido que los empleos menos cualificados sean ocupados por inmigrantes, que ofrecen su fuerza de trabajo por menos salarios y usan los servicios y beneficios que les brinda el Estado protector. Esta circunstancia ha creado un enorme malestar entre los trabajadores nacionales con menos formación y recursos, y ha provocado que depositen su voto a fuerzas xenófobas que culpan a la inmigración de todos sus males.

Únase a lo anterior las migraciones por causas climáticas —26,7 millones de desplazados anualmente según el informe Frontiers 2017 de la ONU— debido a las tensiones ecológicas que el cambio climático está produciendo en muchos territorios: sequías, descenso de la producción de alimentos, incremento de la violencia tanto en forma de exacerbación de conflictos existentes, como de aparición de otros nuevos.

El efecto que estas tres circunstancias —combinadas y no explicadas— está ocasionando es el repliegue de las sociedades sobre sí mismas (nacionalismo), un despertar de  la pulsión xenófoba y una ruptura de la solidaridad intra e interclasista. Ha sucedido en Francia, en EEUU, en Alemania, en Reino Unido. En Polonia y Hungría los gobiernos nacionalistas e identitarios han reforzado su poder. En Austria e Italia, unos partidos vinculados al fascismo de entreguerras tienen un papel crucial en las respectivas coaliciones de Gobierno. La República Checa, Eslovaquia y Eslovenia cuentan con unos partidos de extrema derecha muy poderosos. En Suecia, Finlandia y Dinamarca se encuentran en la misma situación.

Hoy estamos en la fase que se puede denominar: ‘nosotros primero’. Pero cuando la crisis energética se agudice, este sentimiento se agudizará paralelamente. Su traducción en la práctica será nosotros primero segundo y tercero. Y este sentimiento se puede acentuar hasta llegar a ser: ‘nosotros somos los únicos.’ De esta manera, poco a poco, las sociedades humanas se pueden deslizar hacia las ideas de primacía natural, hacia esquemas de «pueblo dominador-animal de carga». Un ejemplo de ideas de supremacía —cercano en el tiempo y el espacio— es el actual Presidente de la Generalitat, para quien los españoles son «bestias con forma humana». Individuos «con un pequeño bache en su cadena de ADN»[3].

En un mundo que sufrirá cada vez más una escasez acusada de recursos, una pregunta me asalta: ¿el término ‘sustentabilidad o sostenibilidad’ podría resignificarse desde lo ambiental hacia una sostenibilidad humana, concebida como la correlación entre los recursos necesarios para sostener una vida humana de un grupo determinado y ciertas características del mismo, en el que no estarían incluidos los individuos calificados como «subhumanos», «bestias», ineficientes u otro atributo dirigido a dicho fin?

Una sociedad que cada vez puede ofrecer menos trabajo debido al avance tecnológico y con menos disponibilidad energética. Con menos territorio, alimentos y agua disponible en la medida que se agudice el cambio climático y un crecimiento de la población mundial que no se detiene[4]. Con migraciones climáticas que —según ACNUR— obligarán a dejar sus casas y trasladarse a otro país a entre 250 y 1.000 millones de personas en los próximos 50 años[5], si no se frena el cambio climático. Que algunos pidan una «gestión migratoria solidaria y profundización democrática», es como ponerse a tocar la flauta en el metro confiando en que los viandantes te echen unas monedas y que con ellas vas a solucionar unos problemas que requieren otro tipo de solución.

Los medios de comunicación son una herramienta que construye la realidad. Y hoy están actuando en modo Matrix, al mantener la ilusión de un mundo que no existe: energía abundante, crecimiento infinito, desarrollo sostenible, progreso ilimitado. Y muchos de ellos, además, ayudan a crear un mundo falso: la inmigración como culpable de todos los males. En este contexto el partido verde debe elegir, para el futuro, —usando palabras de Manuel Casal— entre ser parte del «1% que representamos la gente consciente del colapso para hacer que el 98% despierte y luche con nosotros para frenar a ese 1% que nos dirige al abismo». O legitimar la imaginada real politick cortoplacista de la izquierda —bajo la excusa de dar de comer a la gente— que acalla conciencias y demora la acción de la cuudadanía hasta el último minuto y no sirve para evolucionar un sistema ahogado en el consumo y por la contaminación. La gente no quiere escuchar la realidad antipática a la que nos enfrentamos. Pero en un clima general de evitación de la realidad para no perder algo: votos, influencia, dinero, alguien debe decir las cosas francamente, como realmente son.

Una de las causas que originan la demora antes señalada —entre las varias que concurren— es el reverdecimiento del programa neokeynesiano de la izquierda, con el marchamo verde que le otorgan las coaliciones con el partido ecologista. ¿Puede esta fuerza política entregar, dilapidar, la confianza en ella depositada? ¿Hay algún tipo de táctica que lo justifique?

El pico de petróleo ha llegado y el aspecto que tiene no era el que esperaba la mayoría de la gente. Es bastante más antipático. Y trae un regalo, no por esperado, indeseado: el cambio climático. Ningún líder ni ninguna política pueden cambiar lo que la física, la geología y la termodinámica han dictado para nosotros. Con ellas no hay negociación que valga. ¿Piensan las fuerzas políticas, entonces, seguir haciendo como que hablan del clima, cuando en realidad no dejan de hablar de los meteoros?

La actual crisis de la civilización industrial no es solo una crisis de incremento de temperatura, de derretimiento de los polos o de subida del nivel del mar. Es sobre todo una crisis de exceso de emisión de CO2, de disminución de disponibilidad energética barata. Pero tambien es un reto que nos ofrece la oportunidad, aun en esta tesitura, de poder «vivir mejor cualitativamente o al menos no peor» que ahora. ¿Hasta cuándo piensan seguir las fuerzas políticas e instituciones de gobierno haciendo como que no pasa nada?

[1]Lo dice así de contundente Rankia, la web para los profesionales de la gestión patrimonial. https://www.rankia.com/blog/game-over/2611551-pico-petroleo-decrecimiento-colapsoUn buen ejemplo de ello es el comunicado de Attac Europa sobre el décimo aniversario de la caída de Lehman Brothers:  https://www.attac.es/2018/09/12/10-anos-despues-de-la-crisis-financiera-nuestros-dirigentes-nos-han-fallado-el-futuro-depende-de-nosotros/

[2] Los resultados muestran que una transición energética dirigida por la demanda, como las realizadas en el pasado, no parece posible: si las tendencias de demanda continúan se prevé una fuerte escasez antes de 2020, especialmente en el sector del transporte, mientras la generación de electricidad parece incapaz de cubrir la demanda a partir de 2025‐2040. Las actuales políticas conducen a un colapso energético global a mediados del siglo XXI por la incapacidad del sistema económico de adaptarse a los límites de los recursos naturales. Conclusión que se expone en el estudio: ”Agotamiento de los combustibles fósiles y escenarios socio‐económicos: un enfoque integrado”, Septiembre 2014, Iñigo Capellán‐Péreza, Margarita Mediavilla, Carlos de Castro, Óscar Carpintero, Luis Javier Miguel: a. Low Carbon Programme. Instituto de Economía Pública, Universidad del País Vasco. b. Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática, Escuela de Ingenierías Industriales. c. Departamento de Física Aplicada, Escuela de Arquitectura, Universidad de Valladolid. d. Departamento de Economía Aplicada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Valladolid.

[3] El pensamiento antiespañol de Quim Torra a través de sus artículos. El Periódico, 4.5.2018, https://www.elperiodico.com/es/politica/20180514/quim-torra-articulos-contra-espanoles-6817795

[4] Cuya cifra ahora es de 7.700 millones y se calcula que alcanzará los 9.700 millones en 2050

[5] Un dato para la comparación es el siguiente: la II Guerra Mundial ocasionó 60 millones de desplazados

Del austericidio financiero a la austeridad energética

2 Sep

El nivel de energía disponible por una sociedad, condiciona el nivel o calidad de vida de ésta. Y hoy la disponibilidad de energías fósiles está en declive. El petróleo ya ha llegado a su cénit o pico y en los próximos años viene el pico del gas y el del carbón. La relación entre sistema financiero y energía la explica muy bien Manuel Casal. Señala éste que el declive energético hará inviables los actuales sistemas monetarios. Y que la falta de crecimiento económico hará inviable el sistema financiero al estar éste basado en el interés compuesto. La austeridad financiera es, así, la receta empleada para sostener la tasa de ganancia del capital. Veamos cómo es esta relación.

Lo señalado anteriormente se puede explicar con los dos sencillos gráficos que a aparecen a continuación, —la idea de los círculos concéntricos la tomo del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial, que plasmo de manera aproximada en la figura 2 de abajo y desarrollo en la figura 1—. Mientras en la primera figura, describe la actual relación de la civilización industrial en la biosfera: la economía actúa como capa o nivel omnicomprensivo que abarca todas las demás. Las restantes capas quedan supeditadas a las leyes económicas que niegan a las demás; la figura 2, representa la correcta inmersión de la especie y la sociedad humana en la biosfera, en la cual el ambiente es el nivel o capa en el que se incluyen los demás y actúa como límite de lo posible para las sociedades humanas y no humanas, sin que ello implique la negación o contraposición con los restantes niveles o capas.

           

Partiendo de la forma de la forma de inclusión del ser humano en la biosfera y la relación con el ambiente descrita para la figura 1, el principal motor de la sociedad en Occidente desde la Revolución Industrial ha sido la fe en el progreso, entendido como crecimiento económico. En coherencia con la organización económica, social y tecnológica de la civilización industrial y con su postulado principal: el progreso, las fuerzas políticas se han organizado en la defensa de los intereses de los grupos sociales (clases) que representan, a fin de obtener una parte mayor de la riqueza que se creaba, sin interesarse por los límites que impone la biosfera. El caballo de batalla ha sido y es la distribución de la riqueza que se genera. Hasta la segunda mitad del siglo XX ninguna fuerza política cuestionó el dogma del crecimiento. En los años 60 del pasado siglo el movimiento ecologista fue el primero que lo hizo. A partir de este momento ha surgido una nueva divisoria política entre fuerzas productivistas o antiproductivistas —o industrialistas y no industrialistas— según defiendan el dogma del crecimiento económico sin límites (entendido como producción ilimitada) o, por el contrario, que éste esté ceñido a los límites biofísicos y termodinámicos que impone el planeta. Esta nueva divisoria establece una nueva pugna política: la de los límites que impone la biosfera.

                        

Figura 3, (elaboración propia). Gráfico en el que se relaciona la puesta en práctica de las divisas de la Revolución Francesa, el tiempo histórico en el que aparecen y la ideología que levanta la bandera

Si se realiza un análisis de las etapas históricas que ha atravesado la civilización industrial, y se toma como eje de dicho examen la divisa de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, se observará que tanto la lucha por la libertad de la Revolución Liberal, como la lucha por la igualdad de la Revolución Socialista, han tenido en su centro la disputa por la apropiación de los recursos materiales, junto a otras luchas como: la del control de los medios de producción y la de la distribución de la riqueza. La libertad burguesa no era solo política: no solo aspiraba a sacudirse el dominio del poder del rey, reclamaba sobre todo libertad económica: la liberación de los recursos naturales, la libertad de comercio y de empresa que exigía la Revolución Industrial y que el absolutismo no podía afrontar, merced de la intervención en la economía, del déficit público y del grado de parasitismo del estamento nobiliario y la Corte que consumían directamente —en Francia— un sexto —16.6%— del presupuesto nacional. Y la igualdad socialista no solo aspiraba al acceso del proletariado a la propiedad de los medios de producción para producir y distribuir la riqueza estatalmente generada, sino que la misma conllevaba la necesidad de acceder a los recursos de manera ilimitada para poder materializar las aspiraciones del pueblo.

Los gráficos 1 y 3 ponen de manifiesto que la batalla política ha estado centrada en el nivel económico y político del gráfico 2, obviando los restantes niveles. Ello ha llevado a una subversión de dicho orden y a la preponderancia de lo económico sobre todo lo demás con olvido del nivel antropológico —entendido como la repercusión de y sobre la especie, tanto humana como restantes— y el ambiente —o biosfera— que da sustento a la vida en el planeta, tal y como se indica en la figura 1. Esta subversión ha llevado a considerar el medio ambiente como un subconjunto de la economía, como un mero stock de aprovisionamiento para la actividad productiva. Diversos estudios revelan, sin embargo, la falacia del mito de la calidad de vida ligada al crecimiento del PIB, ya que por encima de un determinado nivel de renta per cápita anual (13.000 euros), no hay mayor calidad de vida, sino mayor consumo de energía y recursos materiales, superficial y destructivo.

Una relectura en clave ambiental de los acontecimientos políticos del último tercio del siglo XX, nos muestra nuevos hitos significativos que proporcionan una nueva comprensión de ese período histórico. En la década de 1970 la destrucción de la Naturaleza dejó de ser un mal condenable, para pasar a ser contemplada como una «pérdida de servicios». En 1971 se publicaron los resultados del trabajo de modelización del mundo titulado World Dynamics, que llegó a la conclusión que la economía mundial tendía a estancar su crecimiento y a colapsarse como resultado de una combinación de la disponibilidad de los recursos, la sobrepoblación y la contaminación. En 1972 se publicó el Informe Meadows sobre Los límites del crecimiento, con un fuerte impacto. Posteriormente el sistema económico mundial ha seguido muy de cerca el escenario de declive económico (escenario “caso base”) previsto en él. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo. En la década de 1980 comienza la extralimitación ecológica y el negacionismo tanto climático como de los límites biofísicos de la economía. Entre 2005-2008 se estima que se alcanzó el máximo nivel en la producción de petróleo (pico del petróleo). Y en 2008 se produjo la segunda crisis del petróleo.

No debe despreciarse la conexión entre los hitos ambientales indicados y el giro de la economía que posteriormente se produjo. El precedente fue firma de la Carta del Atlántico, en plena II Guerra Mundial, en 1941, que declaró la voluntad conjunta de los Estados Unidos y Gran Bretaña de garantiza igual acceso a las materias primas que les fueran necesarias para su prosperidad económica a los estados. Y que, a la vez, constituía una garantía para ambos Estados. El segundo paso se dio en 1957, con la creación de la CEE como un «orden de mercado» u «orden de competencia». En 1970 se produjo el resurgir del neoliberalismo y arrancó el proceso de financiarización de la economía. En lo político este resurgir se tradujo en la elección de una triada de presidentes neoliberales: Valéry Giscard d’Estaing (1974), Margaret Thatcher (1980) y Ronald Reagan (1981). En España, la muerte del dictador en 1975 permitió que nos sumáramos desde el inicio al renacimiento neoliberal con la aprobación de la Constitución de 1978, que es el pacto fundacional del neoliberalismo en España y cuyo texto ha marcado el rumbo que ha seguido nuestro país. La principal lectura que hay que hacer de su aprobación no es la que hace la izquierda como legitimación de la continuidad del pasado, sino como un instrumento de tránsito hacia el futuro neoliberal.

Y, en estas, llegamos a la reforma del artículo 135 de la Constitución, que prohibió el déficit público y antepuso el pago de la deuda a cualquier otra necesidad pública. Esta reforma es una vuelta de tuerca más, en España, de la política neoliberal instaurada en 1978, cuyo efecto práctico ha sido la «desposesión generalizada de la riqueza» a las clases populares, sin reparo alguno, por los detentadores del capital.

Ello nos pone en la pista de dos hipótesis: una, que la derecha es consciente de la intensa e irremediable escasez que viene; dos, el diagnóstico equivocado de la crisis que hace la izquierda, pues no se trata de una cuestión puramente económico-financiera que exige redistribuir, sino que además será necesario pisar el freno y relocalizar. La insistencia de la izquierda en el crecimiento económico es un error anacrónico que parte de una comprensión superficial de la actual crisis, por cuanto el crecimiento económico del que gozamos y la complejidad de los modernos Estados está en relación directa con la cantidad disponible de energía con alta tasa de retorno energético  que proporcionan las energías fósiles, actualmente en fase de declive.

Con el mantenimiento del mito del crecimiento, la izquierda se encierra en un bucle del que no puede salir y se desliza por el marco que establece la derecha. Tras la proclamar que la austeridad es mala, ¿cómo piensa la izquierda explicar a la sociedad que la austeridad es mala pero la frugalidad material es buena? Sin quererlo ni buscarlo legitima la austeridad financiera que ha impuesto el capital, al mantener el debate dentro del marco que ésta ha establecido, en vez hacer una impugnación total del sistema y establecer otro marco para el debate político: el de la transición civilizatoria hacia una sociedad de prosperidad sin crecimiento.

Como bien explica Manuel Casal en su libro, la actual creación de dinero bancario a escala mundial está basada en la perpetua creación de deuda, lo cual requiere que la economía de mañana sea, en términos cuantitativos, mayor que la de hoy para permitir no solo devolver el crédito sino también pagar los intereses. La Gran Recesión de 2008-2009 —que fue una crisis con origen ambiental—  fue un efecto del agotamiento del petróleo, tras haber alcanzado el pico de producción. El esquema de crecimiento actual asentado en la expansión del crédito, requiere un flujo creciente de energía barata que alimente la economía real. Cuando ese flujo de energía fósil barata se ha secado debido al cenit del petróleo, el sistema ha comenzado a fallar y seguirá esa senda hasta el colapso. Si no se pueden pagar los intereses de la deuda el sistema no es viable. Y hoy no cabe esperar  siquiera que se alcance la capacidad de devolver el principal de los préstamos vivos.

Separar lo financiero de la base material de la economía ha sido posible un tiempo, pero esta disociación no es posible mantenerla a largo plazo con el declive de las energías fósiles. La Gran Crisis de 2008 ha evidenciado que «lo sociopolíticamente posible es (…) un subconjunto de lo posible físicamente». Lo que está más allá de los límites que impone la biosfera, por tanto, está fuera de las posibilidades de la política. Así pues, en vez de aplicar recortes, austeridad y rescates financieros, operaciones que —como dice Antonio Turiel— no son más que un plan de liquidación de activos para pagar una deuda impagable y con los intereses prometidos, es necesario que la deuda ecológica sea tenida en cuenta; se implemente una política de recortes de la producción excesiva para la biosfera y superflua para la sociedad; se establezca un plan de austeridad energética real; y se ordene e implemente un objetivo de rescate y restauración de las partes dañas de la biosfera. No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades financieras, como gusta acusar a la derecha, sino por encima de los límites del planeta, que es un matiz que siempre queda oculto.

Siguiendo el hilo conductor que trazan las divisas de la Revolución Francesa y partiendo de los retos y amenazas que —como especie— hemos de afrontar en el siglo XXI: la transición civilizatoria y el cambio climático, hemos de dirigir la evolución de nuestros valores hacia la fraternidad y encaminarnos hacia la inmersión real de la civilización humana dentro de los límites de la biosfera. Propuestas de este calado, hoy por hoy, solo están siendo formuladas por el movimiento decrecentista/colapsista y la ecología política. Jugar con las reglas del sistema no sirve y quienes debido a su realismo político han han impugnado el sistema han sido adjetivados de terroristas. La vía por la que hemos de transitar —como sociedad y como especie— pasa, por tanto, por recorrer el camino que va desde el austericidio financiero hasta la austeridad energética voluntaria y planificada, la autolimitación, la frugalidad y la vida simple. Lo demás, como dice un amigo, es música de flauta.

Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico

26 Ago

La inacción generalizada de los partidos políticos respecto a la crisis terminal de la sociedad industrial, cuya traducción visible es el declive de las energías fósiles y la imposibilidad de que las energías renovables sean escalables en la cantidad y ritmo precisos para la sustitución fósil, nos sitúa en el tiempo de los hechos, de la acción, no en el de la espera en los discursos, si no queremos contar el cuento de Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico.

Hoy aún tenemos todas las opciones abiertas. La utopía aún es posible. Pero si las fuerzas políticas continúan mirando hacia otro lado —no digo los poderes económicos, pues esos siempre miraran hacia su lado—, y la gente común sigue desinformada, nos caeremos de esta civilización industrial como Pablo de Tarso se cayó del caballo. Cegados por la revelación de la realidad. La transición habrá de hacerse entonces de un día para otro. En tal caso la opción solo podrá ser la menos mala entre las distopías. ¿Quo vadis mundi? Al colapso de la civilización industrial, dijo Caperucita, que llevaba una cesta de productos industriales para su abuelita. ¿Se dará cuenta Caperucita del engaño del industrialismo feroz? ¿Matará el leñador al crecimiento económico malo y recuperará de sus entrañas al planeta?

El discurso oficial de las fuerzas políticas para responder al colapso de la civilización industrial es el ya manido e «impracticable desarrollo sostenible». ¿Sostener qué?, si la historia nos está avisando sobre la necesidad de refundar el mundo con el 85% menos de energía y unos recursos materiales muy mermados. Y del avance de la crisis climática. El discurso de la sostenibilidad solo sustenta la mentira de la viabilidad del crecimiento económico que se sigue alimentando. Según Juan Carlos Monedero hablando de decrecimiento no se ganan elecciones. Pero de seguir por ese camino terminaremos comiendo tierra.

A mi me gustaría conocer cual es la estrategia que van a proponer las fuerzas políticas para hacer frente al colapso civilizatorio y como piensan enfrentar el hat-trick que nos puede colar el planeta: descenso energético, de recursos materiales y crisis climática. Y los efectos sociales que traerá. ¿Qué estrategia piensa desarrollar cada una de las fuerzas políticas: son partidarias de una «estrategia franca» o están por desarrollar una «estrategia hipócrita», de decirle a la gente lo que quiere oír y mantener el crecimiento? A tenor de las declaraciones de sus líderes, la estrategia de las izquierdas es la hipócrita y la de la derecha la negacionista. Y digan lo que digan quienes las defienden, ambas tienen probabilidad de conducir a la gente hacia un fascismo escudado en la emergencia ecológica, cuando ésta, desesperada, busque soluciones.

¿Están las fuerzas políticas dispuestas a crear una mesa multipartidista, convocar expertos, escuchar, divulgar el escenario de colapso civilizatorio al que nos enfrentamos y empezar a proponer y debatir soluciones? Es mucho lo que está en juego y, necesario por ello, un pronunciamiento claro y explícito de cada fuerza política a este respecto. Más que mucho, todo está en juego. ¿O es qué piensan avisar y actuar «media hora antes del colapso» de la civilización industrial?

Hagamos la prueba del nueve. ¿Habría fuerzas políticas que llevaran en su programa político para las próximas elecciones autonómicas y municipales, europeas y generales dos sencillas medidas, que tomo prestadas del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente: una, colaborar en la realización de todo tipo de jornadas de divulgación social del peak oil o pico del petróleo y sus implicaciones para nuestra sociedad y; la otra, urgir a los responsables de las instalaciones de suministro de agua potable para que analicen las vulnerabilidades de las mismas en el caso de una súbita carencia de derivados del petróleo o de suministro eléctrico. ¿Suscribirán las lideresas y líderes políticos, excelentísimas señorías, el compromiso? ¿Serán este asunto y el cambio climático los ejes de sus campañas electorales? En caso negativo ¿vamos a dejar que continúen jugando con nosotros a la gallinita ciega?

¿Qué es el peak oil o pico del petróleo —y del resto de energías fósiles— del que hablo? A grandes rasgos y en unas pocas cuantas palabras. Éste señala el cenit de la producción petrolera, así como del gas y del carbón, tras cada uno de los cuales la tasa de producción de cada energía fósil entra en un declive terminal. Este evento va a traer un colapso de la civilización industrial que hemos montado, por la imposibilidad de sustitución por energías renovables como decía más arriba. La disponibilidad energética fósil será el 15% de la actual. El cambio puede ser abrupto, si no se reacciona a tiempo y, en cualquier caso, será revolucionario y requerirá grandes dosis de empatía, responsabilidad, justicia y conciencia de nuestra interdependencia. Ingredientes necesarios para un gobierno ético e imprescindibles para la construcción de la paz. El caos económico es evitable si actuamos en la forma señalada y efectuamos el cambio en el tiempo adecuado, es decir, si empezamos ya, y no escondemos la cabeza en el hoyo de la confianza en la ciencia y la tecnología para encontrar nuevas fuentes energéticas ilimitadas, que hagan innecesario el austericidio energético. Y para ello hace falta determinación en el logro de los objetivos.

El cambio civilizatorio que hemos de realizar hacia una sociedad sin energías fósiles, como dice Manuel Casal, no es ninguna tragedia para la gente corriente, si lo será, en cambio, para unas élites que no podrán continuar con su modo de vida despilfarrador, despreocupado. Egoísta. Hay una añoranza de simplificar la vida en mucha gente. La  nueva civilización que ha de surgir y que habrá que construir nos ofrece la oportunidad de retornar a una vida más simple y más local. De apartarnos del camino al que otros nos quieren llevar y dirigirnos hacia donde sentimos que queremos estar. No por ello podemos olvidar que las élites tienen su modelo de civilización postpetróleo: la  tecnoutopía ciborg. Y que en caso de fracaso total nos embestirá la distopía zombie de un mundo sin petróleo y sin hielo. Eso significará que el lobo feroz se comió a Caperucita. Entonces nos lamentaremos y diremos: ¡pobre Caperucita! Unos llorarán, otros invocarán a Dios y otros pedirán la guillotina para quienes nos trajeron hasta aquí. Es hora del retorno a los límites.

¿Es suficiente la solidaridad?

17 Ago

La política de mercados libres de la derecha y la propuesta de amplia prosperidad de la izquierda, ambas sin protección del medio ambiente, han desembocado en una crisis financiera, energética y climática. Ésta está transformando el significado del ‘nosotros’. «Lo nuestro» está siendo reemplazado por: «nosotros primero». Optar por «lo nuestro» es lógico. Abandonar a los demás, creer que nosotros estamos primero, es  una reacción de miedo que nos hace sentir bien. Más seguros. Ante ello surge la pregunta: ¿para enfrentarnos a esta situación es suficiente la solidaridad o necesitamos un valor que cree unos lazos más fuertes?

Hacer lo que nos hace sentir bien, es más fácil que hacer lo que es lógico. Un ejemplo de ello fueron las elecciones ganadas por Reagan prometiendo que la fiesta del consumo podía continuar, tras el anuncio de Jimmy Carter de que el petróleo y el gas estaban agotándose y eran necesarios sacrificios graduales y realistas. Éste fue el primer caso de influencia electoral de las cuestiones ambientales. ¿Están haciendo lo mismo Trump con su ‘América primero’; Iglesias cuando dice que ya que no se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema, aunque vamos al desastre ecológico, lo importante ahora es dar de comer a la gente; o Juan Carlos Monedero cuando dice: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». ¿Ante la dureza de los años que vendrán, caerán las banderas de la solidaridad para mantener el nivel de vida actual? ¿La negaremos como Pedro negó a Jesús de Nazaret? Al mantener y promover las izquierdas y las derechas las mismas políticas de producción y consumo sin límite, que nos han traído a este punto: ¿estamos instalados en lo que Manuel Casal llama «antes fascistas que sencillos»?

Lemas y afirmaciones como las de Trump, Iglesias o Monedero expresan valores conservadores que, desde una y otra perspectiva, ignoran las leyes del planeta. El del primero empuja a la apropiación y a la guerra por los recursos. Las de los segundos los sitúan en la irresponsabilidad ambiental, porque sin energía y con un planeta deteriorado, mañana, será improbable que se pueda dar de comer a tantos como somos hoy y mucho menos a los muchos más que se espera que seamos mañana (1). Todos ellos padecen un desfase moral. Y transmiten valores del mundo del siglo XX. Pero ese mundo ya no existe. ¿Se autoengañan y nos conducen al suicidio colectivo o engañan y arrastran a la gente al abismo en su ambición por el poder? ¿O es simple ignorancia?

Estamos destruyendo el lugar hermoso que es este planeta, cuyas condiciones benignas posibilitaron el acontecimiento de la vida. Pero a pesar de no tener un planeta de repuesto seguimos con la fiesta. El mal que hacemos al planeta se vuelve contra nosotros. Y se volverá contra nuestros nietos. Ese será el precio a pagar si se mantiene un nivel de producción y consumo insostenible. ¿Dejaremos que ellos nos maldigan?

Para evitar destruir el planeta y sortear la trampa del nuevo fascismo ambiental que acecha, no basta con apostar por un cambio de modelo energético, con realizar una transición a las energías renovables —que hasta la derecha secunda— y confiar en la tecnología para la resolución del cambio climático. Es necesaria una inmersión colectiva en nuevos valores dirigidos al cuidado, a la responsabilidad, a la equidad. Y a la resiliencia.

Cambiar las cosas es cambiar el modo que la gente tiene de ver el mundo. Seguir pensando, pues, en términos de mercado libre como las derechas o de prosperidad amplia como las izquierdas, sin cambiar los valores morales de la sociedad es crear y creer en la ilusión de un capitalismo verde. La crisis del sistema climático que hemos inducido exige la transformación del modelo industrial de civilización, no solo del energético. Para evitar esta artimaña —que a quienes más perjudica es a los más débiles y a los que menos han contribuido al colapso—, es necesario un reseteo moral. Dicho de otra manera, que la sociedad se sustente en una elección moral diferente, que escoja un modo de vida acorde con los límites que nos impone el planeta. Si nuestro bienestar procede en última instancia de los recursos, agotados éstos el bienestar de la sociedad en el futuro deberá tener otro origen.

Para llevar a cabo este cambio social es crucial que dominen la esfera pública los sentimientos de empatía, cuidado, responsabilidad e interdependencia, acompañantes naturales de los valores necesarios para restaurar las capacidades antiguas —justicia y equidad— precisas para preservar —entre las naciones y dentro de ellas— la armonía en la competencia por unos recursos cada día más escasos.

Debemos construir para ello una solidaridad más fuerte, fundada en lazos de hermandad entre quienes comparten, no solo intereses de clase, económicos o nacionales, sino también destino. Esta solidaridad fuerte es la fraternidad. Desde ella emergen nuevos valores, derechos y deberes vinculados a la justicia: la equidad intergeneracional; el gobierno ético: como gobierno cimentado en los derechos humanos y en los derechos de los seres no humanos; el desarrollo humano; y la construcción de la paz positiva. Solo desde una postura moral así conformada podremos superar el reto que tenemos planteado como especie, sin olvidar injusticia de las políticas neoliberales ni el fascismo que nos acecha. La sociedad ha de prepararse para el postcolapso de la civilización industrial. Un día si no, mientras  soportamos la ira de la Naturaleza, aflorarán preguntas sobre nuestra relación con el planeta que harán surgir en nosotros el dilema del verdugo.

 

(1) ¿Hemos llegado al pico de comida? La escasez se cierne a medida que las tasas de producción mundial disminuyen: Tom Bawden indica en en el artículo del 28.1.2015, publicado en The Independent, que maíz, arroz y hasta trigo y pollo desaceleran el crecimiento de su producción. Recientes investigaciones indican además que la producción de huevos, carne, verduras, soja, y así hasta 21 productos básicos, está empezando a quedarse sin impulso. Mientras la población mundial continúa creciendo. Se espera llegue a nueve mil millones en 2050. Los problemas causados por la creciente población se han visto agravados por el crecimiento de las poblaciones adineradas de la clase media en países como China y la India, que exigen una dieta más sustanciosa. Si a lo anterior se une el pico del fósforo (2) —más complejo y difícil que el del petróleo— y las implicaciones que tiene para la inviabilidad a largo plazo —incluso a medio— de la agricultura industrial, al ser éste un recurso no renovable, puede comprenderse que las luces rojas se hayan encendido.

(2) Por qué el agotamiento del fósforo debería preocuparte, Iñaki Berazaluce, Yorokubu, 2.12.2013

Ante el declive del fósforo para la agricultura, Jesús Bermúdez, Crisis energética, 18.8.2018

Aborto: ¿libertad o derecho?

10 Ago

Toda mujer que se plantea interrumpir su embarazo ha de encarar —de la forma cruda, incluso cruel— su libertad. Como otras veces, en otros lugares y tiempos, el intento de legalización del aborto en Argentina días atrás, ha reproducido las razones, posiciones y debates y la polarización social entre partidarios y opositoresal mismo. El debate como se ha conducido hasta ahora es desde la perspectiva de los derechos. Pero si se quiere encontrar una salida a la regulación del aborto es necesario cambiar dicho marco, llevándolo a un terreno que sea más propicio para el consenso. Este terreno es el de la libertad y la tolerancia. Aborto: ¿libertad o derecho?

Un derecho es el poder, la capacidad, que el ordenamiento jurídico concede a un individuo para poder exigir a terceros una conducta positiva o negativa de hacer o de no hacer algo. Y el único derecho que tiene reconocido el feto —si posteriormente ve la luz— es patrimonial: el derecho a la herencia. La libertad es la capacidad del individuo para obrar según su propio criterio o voluntad, sin que le pueda ser impuesto el deseo de otro u otros de manera coercitiva. Podemos decir entonces que el derecho es un poder que es otorgado; y que la libertad es una potencia innata, que no ha de ser concedida, consentida ni autorizada.

Una de las libertades que gozamos en nuestra sociedad es la libertad de conciencia. Y la libertad de conciencia es tolerancia. Y la tolerancia es la contemplación del individuo por otros desde el exterior de su otredad. Es reconocimiento del otro, respeto por la diferencia y por la pluralidad. Es capacidad para comprender y para hacerse comprender. Es moderación y templanza. Y asimismo es responsabilidad —en cuanto componente básico del comportamiento moral, que sólo responde a la moral propia— que surge de la cercanía con el otro. ¿Y hay cercanía mayor que la de la madre con el feto? Reconocimiento y tolerancia son, pues, la única posibilidad de convivencia.

Entendida la interrupción del embarazo como el ejercicio de la libertad de conciencia, ésta abarca tanto la libertad psicológica o libertad de decisión, como la libertad moral o libertad de elección. La capacidad de decisión sobre el embarazo la tiene la mujer de manera originaria, es innata a ella, no necesita que este poder le sea otorgado por otro. Aunque la Constitución reconoce que todos tienen derecho a la vida, y se puede entender que el feto está dentro de la esfera de significación del adverbio ‘todos’, éste no ha desempodera a la mujer para ejercer su libertad cuando exista esa imposibilidad de convivencia que es el aborto, ni ha apoderado al Estado para que la ejerza en su lugar mediante una prohibición. Nada dice la Constitución en tal sentido.

La decisión de interrumpir el embarazo al estar ubicada en el ámbito interno de cada mujer reclama la no injerencia de terceros en la adopción de la misma. Esta concepción de la interrupción del embarazo como una libertad extrae la decisión del ámbito moral (derecho) y la trae al ámbito de la democracia (libertad). Ello sólo es posible con una ley de plazos que no criminalice a la mujer por el ejercicio de su libertad y legalice la interrupción del embarazo hasta un plazo determinado sin someter dicha decisión a condición alguna.

Pero si la interrupción del embarazo es configurada como un derecho, niega a la mujer la soberanía de decidir sobre su embarazo en virtud de su libertad de conciencia. La consideración del aborto como un derecho significa que otro —el Estado y su aparato— debe dar su consentimiento para que la mujer tenga ese poder. Esta concepción del aborto configura una mujer con una capacidad de decisión limitada. Así entendidas las cosas este derecho se convierte en una concesión de una parte de la sociedad respecto del ámbito de decisión interno de las mujeres. Sobre su ámbito de libertad. La mujer en este caso solo puede decidir en los supuestos autorizados para ejercer el poder concedido, con menor o mayor amplitud según se trate de una ley prohibicionista o de supuestos más o menos restrictiva. Al ser una decisión tomada por otro —quien le otorga el ámbito de poder— éste se convierte en el dueño de la libertad de la mujer. Una cuestión de libertad de conciencia de la mujer, se convierte así en una cuestión de la voluntad de otro.

La configuración del aborto como un derecho concedido, sitúa la decisión en el ámbito de la moral. En el terreno del bien y del mal. El debate es, entonces, una lucha por la hegemonía entre concepciones morales opuestas, en la que al final habrá un ganador y un perdedor. Con esta concepción la decisión que debe ser ubicada en el ámbito íntimo de la mujer, queda sitúada en el centro del ágora como objeto de debate moral —entre una moral religiosa y otra laica—, de debate político y de debate social. En esta contienda todos reclaman su poder de decidir por otros: unos exigiendo su derecho a que el Estado permita un hacer, un hacer concreto, que consiste en abortar; otros clamando que el Estado lo impida. El resultado siempre es una suma cero: la ganancia de uno implica una perdida exacta del otro. La autorización o prohibición del aborto —en definitiva de la libertad de conciencia de la mujer— queda entonces sujeta la correlación de fuerzas que exista en el Parlamento en cada momento.

Esta configuración del aborto, por último, considera a la mujer como un ser necesitado de tutela y por tanto incapaz para tomar correctamente ciertas decisiones, además de ser un signo de intolerancia e inmadurez democrática al establecer —solo con la autoridad y legitimación de los poderes que la sancionan y aplican como única razón— la supremacía de una opción moral sobre otra.

Una sociedad democrática y ética debe buscar en la regulación del aborto una solución ganancia-ganancia, en lugar de adoptar soluciones ganancia-pérdida. Dada la pluralidad de concepciones morales existentes, la configuración del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, es un signo de madurez y tolerancia democrática, que no interfiere en el ámbito de decisión interno de la mujer y mantiene esta decisión en el ámbito del que nunca hubo de salir.

Esta configuración de la interrupción del embarazo crea para la mujer un contexto que le permite ejercer su libertad y tomar esta decisión sin soportar los costes de criminalización, sufrimiento psíquico e incertidumbre que acarrea una legislación restrictiva o prohibicionista. La concepción del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, crea una realidad social suave para la mujer, la cuida en ese trance y la ayuda a restañar sus heridas. Las mujeres necesitan cuidados, no que salven sus almas. Lo demás es música de celestial.

¿Cuándo comienza el siglo XXI?

6 Ago

El Consejo de la Unión Europea dice en su web, que el incremento de temperatura estará, a final de siglo, por encima de los 2ºC que establece el Acuerdo de París y que este incremento puede alcanzar los cinco grados si no se adoptan las medidas adecuadas. Señala además la Agencia de Medio Ambiente de la ONU que los planes de reducción de emisiones presentados por los estados firmantes, conducen a un incremento de 2,7ºC, que otros organismos cifran en 3,5ºC grados. El mundo que viene será más cálido, ¿cuándo comienza el siglo XXI?

Superar los dos grados del Acuerdo de París se puede resumir en los cuatro hitos de este párrafo. —y las cifras inversas del siguiente— que lo dicen todo: las olas de calor afectarían a la mitad de la población mundial, las sequías serían el pan de cada día en el Mediterráneo, la producción de alimentos se reduciría de manera ostensible e incremento del nivel del mar.

Por debajo de ese límite, sin embargo, la exposición a olas de calor se reducirían un 89%, las inundaciones un 76%, el declive de las cosechas un 41% y el estrés hídrico un 26%. Esta es la diferencia entre dar cumplimiento o no cumplir con el Acuerdo de París.

Para alcanzar ese objetivo, la exigencia de reducción de emisiones y el establecimiento de objetivos intermedios que adopten las fuerzas políticas en el interior de cada estado, España en este caso, resulta determinante para el devenir futuro de la humanidad. Estos objetivos se recogen en el siguiente cuadro comparativo:

                            

El cuadro de arriba contiene los compromisos de reducción de emisiones —vigentes— que han fijado las principales fuerzas políticas en España. Oscilan entre el 26%, sobre emisiones de 2005, del PP —recogidos en su proposición de ley de cambio climático y transición energética presentada en el Congreso de los Diputados— para 2030 y el 30%, sobre emisiones de 1990, del partido verde (EQUO), a nivel estatal, para 2020. Objetivo que en Andalucía amplía éste al 40%. Unidos Podemos propone una reducción del 35%, sobre emisiones de 1990, en la proposición de ley de cambio climático presentada en el Congreso de los Diputados. Objetivo que se aleja de las recomendaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC, para llegar a una economía sin emisiones en 2050, pues una reducción del 35% proyecta un incremento de temperatura superior a 2,4ºC, que además está por debajo del umbral de reducción del 40% establecido por la UE.

La primera conclusión que se extrae del cuadro es que salvo el compromiso de reducción del partido verde, el empeño del resto de fuerzas políticas para mantener la temperatura global del planeta por debajo del incremento de 2ºC acordado en París es escaso.

El anterior Gobierno del Partido Popular ya indicó en el documento que envió a la Comisión Europea en marzo del año pasado —que recogía la proyección de las emisiones de España hasta mediados de siglo—, que lo esperado era que las emisiones de gases de efecto invernadero de España, entre 2017 y 2030, no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. Y no parece que los compromisos indicados —con la salvedad indicada del partido verde— contengan esas medidas extraordinarias.

La segunda consecuencia, de los compromisos de reducción que proponen las diferentes fuerzas políticas, es que el efecto que  producirían es el de un alargamiento de la era de los combustibles fósiles, ya que menores e insuficientes reducciones al inicio del programa de mitigación continuarán incrementando el nivel de carbono en la atmosfera y de la temperatura que se quiere reducir. Esta es la trampa —o trampantojo— que esconden las propuestas de todas las fuerzas políticas analizadas. Muestran una preocupante falta de voluntad política —por unas u otras causas— para acometer la necesaria reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. La respuesta a esos datos es sencilla: son un lavado verde de cara a la insostenibilidad de un modo de vida inadmisible, ilógico y absurdo. Un ejemplo lo vemos en las declaraciones de la Ministra para la Transición Ecológica que en declaraciones recientes señalaba que el objetivo de reducción de España debía ser del 20%.

La incongruencia en este asunto comienza a ser visible en ciertas izquierdas. Admitió la Ministra —con toda naturalidad— que en el proceso de transición «habrá ganadores y perdedores». Nadie ha replicado sus declaraciones inaceptables, ni siquiera Podemos, adalid de la justicia social hoy y socio del POSE en el Parlamento murciano, con quien propone un objetivo de reducción para aquella región del 40% para 2030. ¿Improvisación, ignorancia o qué?

El acortamiento de la era fósil al que aludía más arriba, exige que el programa de mitigación deje atrás la filosofía de reducciones lineales acumulativas. Y adopte la contraria: mayores esfuerzos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero al inicio y decrecientes en el tiempo. El objetivo no es la economía hipocarbónica que plantean las fuerzas políticas convencionales (productivistas), si no la descarbonización de la economía que propugna el partido verde. No es una simple cuestión de matiz, es una cuestión de modelo.

A punto de cumplirse el año 2020 sin que se hayan alcanzado los porcentajes de reducción que pedía la formación ecologista, EQUO debería reivindicar como objetivo para 2030, al menos, una reducción de emisiones del 55% sobre emisiones de 1990, si se quiere alcanzar la completa descarbonización de la economía en 2050. Y tampoco debería aceptar que el objetivo de neutralidad en carbono que quiere aprobar la UE en la directiva de gobernanza en diciembre, quede indeterminado: «tan pronto como sea posible», sin que se establezca una fecha de cumplimiento límite. En el Congreso de los Diputados, en el seno de la coalición electoral que mantiene con otras fuerzas políticas, sin embargo, ¿apoyará o consentirá el partido verde un compromiso de reducción de emisiones inferior al manifestado en su programa electoral o defenderá una reducción drástica de las mismas en consonancia con aquél?

Si el Acuerdo de París acaba en fiasco y se mantiene la tendencia actual, el propio Consejo de la Unión Europea señala que, a finales de siglo, el incremento será de tres, cuatro o cinco grados. Parag Khanna dibuja —ver imagen de abajo— una perspectiva sombría, espeluznante, atroz de los efectos de un calentamiento de 4ºC.

                                 

Pero el cambio climático —más allá de los efectos ecológicos y las consecuencias sociales que acarrea— trae un mal de fondo que no está siendo percibido o no se quiere advertir. Si a la postre se produce un cambio climático «peligroso», fuera de control, nos exponemos a que los principales grupos sociales —en un contexto de desorientación existencial instigada por una percepción real o inducida de que no hay suficiente para todos— renuncien a la concepción intocable de la dignidad humana actual y abdiquen de los derechos humanos y a la protección de las minorías desfavorecidas en aras de su salvación. Este devenir se traduciría en el desencadenamiento de una  «crisis hitleriana en el siglo XXI» y en la vuelta de las «masas sobrantes», que Amery anuncia en su libro: ‘Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor’. Y respondiendo la pregunta que da título a esta entrada, diré que el inicio del siglo XXI puede ser fijado en el momento del ascenso al poder del nazismo en el siglo pasado.

Esta es la gran responsabilidad que tienen los actores políticos: que no solo han de ser conocedores de la catástrofe que constituye la crisis climática y sus repercusiones sociales, si no que además deben ser conscientes de la nueva «elección moral» que acompañará a un cambio climático fuera de control y las consecuencias de ésta. ¿Qué ocurrirá cuando las clases dirigentes perciban a la masa como una amenaza del nivel de vida actual? ¿Aparecerán nuevas «definiciones de los que sobran»? El sentimiento de justicia tiene una raíz biológica, emocional, que enlaza con la necesidad de preservar la armonía frente a la competencia por los recursos ¿Se eliminaría al 80% de «residuos del bienestar» que amenazan la supervivencia de la especie? Los viejos espectros vuelven a pasear a la luz del día con el pretexto de la crisis migratoria. El Mediterráneo se llena de cadáveres y las olas de calor se suceden.

Si queremos evitar el desencadenamiento de masacres por el agua o la tierra cultivable, la creencia sobre la escasez de recursos no puede convertirse en imaginario social. La alternativa es desarrollar políticas que recuperen capacidades antiguas como la justicia, la equidad y la fraternidad. Esta nueva política, en la práctica, tiene su traducción en la asunción de la responsabilidad con la biosfera, en una prosperidad sin crecimiento, en la realización de los deberes frente a las generaciones futuras, la conjunción de la agenda climática y la agenda social y en el desarrollo de la resiliencia al lado de la sostenibilidad. Es responsabilidad de todos que iniciemos el camino descrito, el cambio climático nos ha interpelado.

Green washing

28 Jul

¿Se puede mostrar acatamiento al Acuerdo de París sobre cambio climático y tener como objetivo el crecimiento económico? Mantener los tratados del TTIP, TISA, TTP o CETA. Hablar de sostenibilidad, de crecer con energías renovables. Encontrar en los discursos referencias a las incomodidades que el cambio climático ya está produciendo y producirá en la vida cotidiana de los españoles. Y no enunciar siquiera la necesidad de decrecer. La receta mágica que se usa, es la llamada transición energética. Pero a pesar de los malabarismos lingüísticos del green washing, la respuesta sigue siendo: no. No es posible conciliar crecimiento económico y lucha contra el cambio climático. Una premisa anula a la otra.

Para compatibilizar economía y clima la receta es sustituir el objetivo del crecimiento económico por el de la prosperidad sin crecimiento.  Pero no es este el camino por el que vamos. Una muestra es el debate del techo de gasto para los presupuestos del año que viene. El entendimiento al que hay que llegar no es solo sobre el gasto social y el actividad económica. Ese debate está cojo si conjuntamente no se aborda la cuestión de las emisiones de CO2 a la atmósfera y su limitación, los efectos que se derivan y las soluciones que es necesario adoptar.

A día de hoy está claro que la base sobre la que se deberían construir los Presupuestos Generales del Estado no es el gasto financiero, si no el gasto social y el cuidado del medio ambiente. En 2017 España experimentó el mayor incremento de emisiones desde 2002. En Sevilla ya se ha medido un incremento que supera el umbral de incremento de 1,5°C establecido en el Acuerdo de París: 1,53ºC; en Granada el incremento medido es de 1,34ºC y en Málaga del 1,13ºC. A día de hoy los pronósticos dicen que los episodios de sequía serán cada vez más frecuentes, prolongados e intensos. Pero ésto los presupuestos no lo saben.

El anterior Gobierno del Partido Popular —en un documento enviado a la Comisión Europea en marzo del año pasado, que contenía las proyecciones de emisiones hasta mediados de siglo— ya reconoció que lo esperado era que entre 2017 y 2030 las emisiones de gases de efecto invernadero de España no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. ¿Ha tomado, ha preparado o ha anunciado alguna el nuevo Gobierno? ¿O está haciendo la política climática a expensas del ciclo electoral?

Resulta ilustrativo que el Gobierno, tras la creación del Ministerio para la Transición Ecológica no haya puesto de manifiesto en el debate sobre el techo de gasto esta realidad y enunciado las directrices de una modificación que haga del presupuesto un instrumento efectivo para combatir el calentamiento global. ¿Esta es la utilidad del Ministerio para la Transición Ecológica recién creado? ¿Está el Gobierno instalado en el juego del green washing?

Asimismo es llamativo el planteamiento electoralista a corto plazo de cierta izquierda que se descubre en sus respuestas. En la de Juan Carlos Monedero que dice —como recoge Manuel Casal en el libro ‘La izquierda ante el colapso de la civilización industrial’—: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». Y en la de Pablo Iglesias a la pregunta Jordi Évole, sobre si aplicar políticas expansivas para salir de la crisis equivalía a incentivar el consumismo: «tú y yo nos podemos poner de acuerdo en que el capitalismo nos conduce al desastre ecológico, pero ahora lo importante es dar de comer a la gente». Sin energía y con la biosfera deteriorada, se podrá dar pan hoy, pero es improbable, mucho, que se pueda dar mañana, al menos, a tanta gente como hoy. ¿Qué le dirán mañana a la gente que les votó, cuando el sol abrase la tierra, falte el agua y el mar inunde sus ciudades? ¿A quién echarán la culpa? Esa realidad que ni izquierda ni derecha quieren enunciar, no pueden admitirla públicamente porque entonces todo su discurso político se derrumbaría. Y esta actitud sugiere que aceptan la realidad o su tiempo habrá pasado.

Resulta extravagante, por ello, que a pesar de la trampa mortal en que las derechas y las izquierdas nos sitúan, los diputados del partido verde presentes en el Congreso de los Diputados, no hayan puesto la realidad encima de la mesa —dentro o fuera del hemiciclo— , abriendo el debate sobre la destrucción ambiental, el sobregiro, el endeudamiento ecológico a las generaciones futuras y exigiendo reformas para que el trámite de la aprobación del techo de gasto contemple el límite del gasto ambiental permitido, expresado en forma de huella de carbono, huella de agua y huella ecológica. U otra herramienta que pudiera ser más adecuada. ¿Para que están allí entonces?

La batalla cultural de las palabras cobra, por tanto, especial importancia para desvelar esa realidad silenciada y la necesidad de no continuar instalados en el presente del crecimiento económico. El escenario dibujado por el cambio climático reclama la creación un nuevo relato que genere cambios a partir de un reenmarcamiento de la realidad. Exige imaginar el futuro para que éste no devore a nuestros niños, como consecuencia de las malas decisiones de hoy. ¿Alguien le echará huevos?

El acoplamiento de la economía al medio ambiente

22 Jul

Las emisiones de CO2 en España, uno de los principales gases de efecto invernadero, crecieron un 4,4% el año pasado. Es la mayor subida desde 2002. La subida se debió, sobre todo, a la generación de electricidad a base de carbón ante la caída de la hidroeléctrica por la escasez de lluvias. España sigue mostrándose incapaz de desacoplar el crecimiento económico —un 3,1% en 2017— de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y como cada año el Consejo de Ministros aprobó el techo de gasto para 2019 y el cuadro macroeconómico para el periodo 2019-2021, que prevé un crecimiento económico entre el 2,7% para este año y el 2,1% en 2021. Con estas premisas y la previsión de disminución de las precipitaciones a lo largo del siglo, la pregunta es: ¿será España capaz disminuir las emisiones de CO2 y generar prosperidad sin crecimiento económico? ¿Acoplaremos la economía al medio ambiente? Estas preguntas tienen especial relevancia en el caso de España, al ser el turismo nuestra principal industria, cuyo buen funcionamiento depende de la calidad del medio ambiente. Y también sugieren la necesaria reconversión económica y productiva que tendremos que afrontar.

La realidad descrita y la necesidad que se deriva de ella requieren tener en cuenta en los Presupuestos Generales del Estado —y en la contabilidad de las empresas a la par— no solo el gasto financiero y no financiero de la actividad económica, sino también los costes ambientales que se derivan de la misma, para poder acoplar, así, la actividad económica a los límites y la capacidad del planeta. Nadie el Congreso de los Diputados, sin embargo, lo ha exigido. ¿Por qué?

Desde una óptica financiero-contable, las emisiones de gases de efecto invernadero son un gasto —ambiental— típico, aunque no tipificado: consumimos aire limpio e incrementamos la temperatura media del planeta, al emitir más gases que calientan la atmósfera de los que los mares y los bosques pueden absorber, para llevar a cabo la actividad económica. Al haber abusado del crédito ambiental, a partir de ahora, deberemos destinar recursos económicos para obtener los servicios ambientales que hasta ahora la Naturaleza nos proveía gratuitamente: aire, agua y tierra limpios.

Teniendo en cuenta que la ONU ha advertido que los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que han remitido los firmantes del Acuerdo de París, sobre cambio climático, no son suficientes para cumplir el objetivo previsto en el mismo, es necesario redoblar los esfuerzos. En España las políticas sobre cambio climático, hasta ahora, se ejecutaban con órganos administrativos dispersos y planes de acción sectoriales. Veremos el uso que se hace de la herramienta que es el recién creado Ministerio para la Transición Ecológica. Tampoco existe un instrumento legislativo que establezca una autorización limitativa jurídicamente vinculante para las emisiones de efecto invernadero. Los compromisos —los del Acuerdo de París, hay que hacer notar— son una mera declaración de intenciones, sin vinculación jurídica para los Estados. Los presupuestos pueden calificarse todavía como antiecológicos, en cuanto que no integran el ciclo económico en el ciclo ecológico del planeta. España contribuye a este superávit negativo consumiendo casi el triple de recursos de los que puede regenerar. Desde hace décadas, por tanto, gastamos más recursos naturales de los que tenemos.

De la misma manera que anualmente se aprueba el presupuesto de los gastos que puede realizar una Administración, previa aprobación del techo de gasto no financiero para ese año, la realidad del cambio climático y la contribución negativa de España al mismo, debería impulsar la creación de un presupuesto de emisiones de gases de efecto invernadero, vinculado al presupuesto económico y tramitado de forma paralela aquél. Ello obligará a las empresas a considerarlo en su cuenta de explotación y en su contabilidad, haciendo que la economía inicie la senda del decrecimiento.

De crearse este instrumento sería más que un plan de directrices. Sería la expresión cifrada, conjunta y sistemática de las emisiones de gases de efecto invernadero que, como máximo, podrían realizarse en España el ejercicio correspondiente.  La plasmación jurídico-contable de una limitación vinculante, que establecería los objetivos de reducción de emisiones a cumplir ese año, así como los mecanismos necesarios de incentivación y coerción para alcanzar el nivel de reducción determinado. Comprendo que en este mundo neoliberal esta propuesta es una herejía. Pero hemos de cambiar de hábitos.

Existen instrumentos para realizar su cálculo —sin necesidad de inventarlos ex profeso—, como la huella de carbono, que permiten determinar las emisiones directas o indirectas ocasionadas por un estado, un individuo, una organización, un evento o un producto. Tenemos las herramientas, lo que no existe es la voluntad política de ponerlas en práctica, aunque si hay voluntad social: el Barómetro del CIS de noviembre 2016 nos dice que el 59,2% de los españoles está en desacuerdo con la afirmación que muchas de las amenazas al medio ambiente son exageradas. Y que el 51,7% está de acuerdo en hacer todo lo que es bueno para el medio ambiente aún cuando le cueste más dinero o le lleve más tiempo. En Andalucía la disposición a pagar por el medio ambiente es aceptada mayoritariamente entre la población: el 77,6% de la gente que se define de izquierdas, el 60,9% de quienes se proclaman de centro y el 47,0% de quienes se dicen de derechas. Y el 36,1% el 26,1% y el 23,7%, respectivamente en esos grupos ideológicos, aceptan recortes en el nivel de vida para proteger el medio ambiente. Las fuerzas políticas no ecologistas, sin embargo, tienen miedo que estas medidas les hagan perder votos a favor de sus competidores electorales, no así el movimiento de  economía solidaria y el feminista.

Evitar que el cambio climático quede fuera de control requiere planificación. Pero la acción del Estado, por si sola, no será suficiente sin la cooperación de los ciudadanos y los movimientos sociales organizados. Es necesario, por tanto, crear un círculo virtuoso de participación ciudadana, porque frenar el cambio climático es una empresa de toda la sociedad, no solo un proyecto estatal.

En el s. XXI el cumplimiento de las obligaciones climáticas no será una más de las obligaciones que hayan de ser observadas por los Estados, las empresas y los ciudadanos, será la principal de las obligaciones que hayan de cumplirse para lograr la supervivencia de los estados y de sus nacionales.

El control parlamentario de los actos del rey

19 Jul

El coordinador federal de IU, Alberto Garzón, solicitó hace unos días la comparecencia del rey emérito Juan Carlos I en el Congreso de los Diputados, en el marco de una comisión de investigación, cuya creación ha solicitado, para poner en claro las «presuntas irregularidades» en las que el monarca podría habría incurrido, tras las revelaciones realizadas por Corina zu Sayn-Wittgenstein. Nadie, sin embargo, ha propuesto que el Congreso estudie alguna forma de control parlamentario de los actos del rey.

Diez años antes, no obstante, el diputado verde en el Congreso de los Diputados, Francisco Garrido, adscrito al grupo socialista, durante la legislatura 2004-2008, ya planteó la posibilidad de control de los actos del rey en el recurso de amparo que interpuso contra la inadmisión a trámite por la Mesa del Congreso de dos preguntas dirigidas al Gobierno, relativas a la publicidad que —por parte de la familia real— se había dado a las clínicas privadas donde la entonces esposa del Príncipe de Asturias había dado a luz a la segunda de sus hijas.

El planteamiento de esta cuestión se abordó, a juicio de los expertos en Derecho Constitucional consultados de la única forma posible plantearla, sustentada en tres principios constitucionales: el control parlamentario de los actos del gobierno, la técnica del refrendo de los actos del rey y el principio democrático del Estado. Las preguntas así formuladas, enmarcadas en estos principios, no desbordan el marco establecido en la Constitución y en el Reglamento del Congreso, pues de esta manera las mismas quedaban referidas al ámbito de la gestión política de la gestión presupuestaria del gobierno, que bajo la cobertura del principio democrático del Estado penetraba el privilegio de la inviolabilidad que la Constitución consagra respecto del Rey, sin incurrir en contradicción legal con la inmunidad concedida.

La base de todo ello era y es la técnica del refrendo de los actos del rey, mediante la cual se traslada la responsabilidad de estos actos desde el monarca a la autoridad que lo refrenda, que son el Presidente del Gobierno y los Ministros. Esta es la manera de compaginar dos principios que son antagónicos: el monárquico y el democrático. Se compatibiliza de esta manera la exigencia de responsabilidad y la inviolabilidad de la persona del rey, símbolo de la unidad y permanencia del Estado. La lógica de este control resulta aplastante al ser la institución monárquica sostenida por los presupuestos públicos.

Posteriormente durante la tramitación legislativa de esta iniciativa sería el momento de determinar el alcance de dicho control: si a todos los actos del rey o únicamente a aquellos que eran actos de distribución de los fondos que recibe el rey de los Presupuestos Generales del Estado.

La segunda razón que se puede esgrimir para la implantación de este control es el vínculo que une la institución monárquica con el principio democrático, en virtud del cual la monarquía española se legitima a través del reconocimiento del pueblo organizado en poder constituyente en 1978, de quien obtiene todos sus poderes y privilegios, así como su configuración constitucional como órgano constitucional del Estado social y democrático de derecho que se instaura.

La propuesta de control parlamentario que se deslizaba en el recurso de amparo que narro, sin embargo, fue inadmitida por el Tribunal Constitucional mediante una resolución de una línea. A tan frustrante desenlace se unieron fuertes presiones: sobre el letrado que firmó el recurso —que fue quien les escribe— y el diputado que lo interpuso.

Era una propuesta que arbitraba una solución a la contradicción que se deriva que un rey encarne la figura del Jefe de un Estado democrático, que la cortedad de miras de unos y de otros no quiso entender. La actual situación de cuestionamiento de la Corona es fruto de las decisiones erróneas adoptadas en el pasado. Quizás uno de los errores fue no haber aceptado el envite de aceptar el control parlamentario de los actos del rey.

Difícilmente creo que prosperará la comparecencia del rey emérito en el Congreso de los Diputados y la creación de la comisión de investigación que cierta izquierda reclama. Siendo tal petición una propuesta de mínimos desde el punto de vista del principio democrático, una actuación puntual, no es mal momento para que desde las instituciones del Estado se considere al menos el control parlamentario de los actos del rey, como forma de control permanente.

Lo que si es claro es que si a pesar del momento grave en el que se encuentra la monarquía en España, no se admite al menos dicho control, los defensores de esta forma de encarnación de la Jefatura del Estado habrán perdido otra oportunidad para afianzar la institución que defienden. Y en ese caso, más que nunca, creo que la monarquía en España habrá promovido —sin quererlo— el inicio de su fin. Y que pueda empezar a venir la República. Puede que el «Váyase Sr…», que durante una época se escuchó en el Congreso de los Diputados, se escuche entonces en la calle dirigido al rey.

Tiempo de transiciones

16 Jul

El mayor reto que hoy tenemos es el cambio climático. Pero su aceleración coincide con el agotamiento de una fase de la historia de España y su sistema político: la Transición. Vivimos tiempos de transiciones políticas y ecológicas que hay que articular.

Viendo los acontecimientos que están sucediendo en España —como ya he dicho en otra ocasión—, la República quizás esté más cerca de lo que podemos pensar o imaginar. En tal caso, el reto de la República será superar el nominalismo del debate monarquía/república y lograr que su venida origine en la sociedad una impregnación real de los valores cívicos republicanos. Una sociedad con estos valores es más fácil que desarrolle la fraternidad —tan necesaria en estos momentos—, un lazo de unión más fuerte que el de la solidaridad. Un lazo de unión con los restantes habitantes del planeta.

Es evidente que los males de España —la corrupción entre ellos— no van a desaparecer porque seamos una República. Pero una sociedad con valores republicanos puede afrontar mejor estos males y la transición ecológica que necesariamente hemos de poner en marcha, para iniciar el camino hacia un modo de vida acorde con los límites que el planeta impone. Un camino hacia un modo de vida más ético en todos los aspectos: humano, político y ecológico, en el que el fracaso en uno de ellos implica el fracaso en los demás.

La gente —como nos dice el CIS— está pidiendo que el Estado conduzca a la sociedad a la sostenibilidad. Hagamos que la República lo haga. De esa manera se cumplirán nuestros deseos. No tenemos otra forma de escapar del desprecio y del odio. Nuestro y de las generaciones futuras.