La ecología política como centralidad del siglo XXI (II)

30 Mar

Decía en el primer artículo de esta serie que el siglo XXI es y será el siglo de la ecología política. Para entender esta afirmación y la época en la que nos hallamos, hemos de partir de un hecho: el contexto ecológico está derrotando a la política, a la economía y a la sociedad, y ha adquirido una primacía que antes era ignorada. Su emergencia ha contribuido a la ruptura del bipartidismo tradicional y al nacimiento de un nuevo ciclo político. El último ciclo electoral en España (europeas, autonómicas, municipales y generales), aún no cerrado, se salda con la presencia de dos diputados y una diputada de EQUO en el Congreso de los Diputados. Les acompañan diputados y diputadas autonómicas en Andalucía, Baleares, Madrid y Valencia y más de cien concejales en Ayuntamientos de toda España. Queda por ver si las elecciones autonómicas de Euskadi y Galicia incrementan esta representación. Pero ésta es sólo la primera etapa de la entrada en la escena institucional de un nuevo discurso y una nueva dialéctica: la de la ecología política. La centralidad de las cuestiones medioambientales ha alcanzado a la reordenación del tablero político. Dicho de otra manera, el tablero político se está rediseñando para encarar los nuevos desafíos del siglo XXI con la llegada de la  ecología política, que es la herramienta para afrontar los retos globales.

El nuevo tablero político refleja, por tanto, no sólo la problemática social derivada de la lucha por el reparto de la riqueza acumulada, a través de la clásica divisoria izquierda/derecha o la nueva arriba/abajo, sino que, por primera vez, los problemas ambientales van a poder ser puestos encima de la mesa, por una fuerza política que defiende la transformación del actual sistema depredador de producción y consumo, en otro que sea respetuoso con los límites biofísicos del planeta. La reordenación del tablero político se ha materializado, por consiguiente, desde una doble perspectiva: cuantitativa, con la nueva correlación de fuerzas surgida; y cualitativa, con la entrada en las instituciones de un tercer polo ideológico, la ecología política, aunque todavía de manera incipiente y de la mano de otras fuerzas políticas. En este nuevo contexto más complejo, multipartidario y con tres espacios ideológicos en competencia (izquierda, derecha y ecología política), se manifiesta una nueva divisoria que antes estaba soterrada, silenciada.

Esta divisoria es la denominada productivismo/antiproductivismo. Su dialéctica traza la frontera entre los límites de la acumulación de riqueza y los límites biofísicos del planeta. Es la divisoria central del actual tablero político, pues subordinada y subsume la dialéctica de acumulación/reparto de la riqueza, de la izquierda y la derecha, en la dialéctica de los límites y la equidad, que propone la ecología política, al estar dicha acumulación condicionada y limitada por los límites físicos del planeta. Es, además, una divisoria transversal, que interpela a las personas por encima de sus adscripciones ideológicas previas, para construir una nueva identidad política. La razón de su centralidad y primacía es evidente y fácil de entender: sin medio ambiente, no hay sociedad humana. Esta divisoria, asimismo, tiene el efecto de poner a las fuerzas políticas frente al contexto de crisis ecológica en el que estamos inmersos, obligándolas a posicionarse del lado del planeta o contra el planeta, a que elijan un nuevo modelo de producción y consumo o continúen consintiendo la depredación de recursos hasta el agotamiento. Esta dialéctica fortalece a la ecología política, pues a medida que las restantes fuerzas políticas varíen su posición a favor de un modelo de producción y consumo respetuoso con el planeta, la ecología política aparecerá ante los ciudadanos como una fuerza política para el cambio, útil y necesaria. Y si este postulado es aceptado ya por parte de la izquierda, puede decirse, entonces, que una parte de la izquierda se está haciendo o es ecologista.

En este contexto, la coincidencia de ciertas izquierdas con la ecología política, debe dar fruto. Es el momento de pasar de las palabras a los hechos. Debe haber una confluencia mirando al futuro, en el sujeto con capacidad de agregación política que, sin duda, es la ecología política. Esta es la dimensión ganadora, porque si hay un hecho constatado es que el planeta es finito y los desafíos que tenemos por delante son globales: el cambio climático; la crisis de recursos; las personas migrantes y refugiadas procedentes de territorios en guerra o agotados por el saqueo de los recursos; la desigualdad entre hombres y mujeres, que la crisis ecológica intensifica y acentúa en las  comunidades deprimidas. Es el momento de reemplazar los conceptos del siglo XX, por otros propios del siglo XXI: competitividad por cooperación, economía de mercado por economía para el bien común, y globalización por conciencia global, de repensar la libertad y la igualdad a luz de la justicia y la fraternidad. Es momento de recuperar los valores de cuidado y protección de los recursos naturales, de demandar un nuevo modelo de trabajo productivo y reproductivo.

Déjenme que para construir un mundo compartido, también termine hoy con unos versos de Paul Celan: «Donde hay hielo hay frescura para dos./Para dos: por eso te hice venir./Un aliento tal de fuego te rodeaba–/venías de la rosa.» Hasta el próximo miércoles.

La ecología política como centralidad del siglo XXI

23 Mar

El jueves pasado conversaba con un compañero en Sevilla. Hablábamos entre otras cosas del papel de la ecología política en la política actual. Para él, que está en la izquierda, era necesario que la ecología política, la izquierda y el nacionalismo progresista, confluyeran en Andalucía en un espacio más amplio. Con todo respeto, su visión no es la mía. En mi opinión el movimiento que debería producirse es de confluencia de ciertos sectores en la ecología política. Me explicaré.

El siglo XXI, el siglo de la crisis ecológico-social: de la escasez de recursos, del cambio climático y de la crisis de biodiversidad, es y será el siglo de la ecología política. Y es que los problemas del siglo XXI, de superación de los límites biofísicos del planeta, no se pueden resolver con las recetas ideológicas y los instrumentos políticos del siglo XX. Un dato confirma esta imposibilidad: cierta izquierda comienza a definirse además de cómo socialista, también como feminista y ecologista. Esta definición, compuesta, desvela la insuficiencia actual de su propuesta ideológica para analizar los problemas centrales de la sociedad y proponer soluciones para ellos. De ahí la agregación de adjetivos y la propuesta de construir un espacio más amplio. Muestra la izquierda, así, su impotencia tras la apariencia de una actualización. Es la constatación de un hecho.

Lo explicaré gráficamente. Durante los siglos XIX y XX los problemas centrales de la sociedad fueron sociales. En el siglo XXI, sin embargo, el problema central es una triple crisis, que entrelaza: una crisis climática causada por el hombre, una crisis energética y una crisis de la biodiversidad, originadas, todas ellas, por la deficiente inserción de los sistemas humanos en los sistemas naturales. Quiere decir esto que se ha producido un desplazamiento del eje de los problemas centrales de la sociedad desde lo social a lo ecológico. Y este desplazamiento no ha sido advertido o no quiere ser reconocido por la izquierda, como ponen de manifiesto su discurso y muchas de sus propuestas. Analizar y dar respuesta a los problemas desde la transversalidad de las políticas medioambientales, como pretende la izquierda, no es suficiente, pues la transversalidad pone el foco al final del proceso, cuando el problema ya existe, olvidando las causas que lo originaron. Es necesario situar, como hace la ecología, la crisis ecológico-social como centralidad política, económica y social, y actuar en el origen del problema: que es el actual modelo de producción y consumo.

Por tanto, la propuesta de creación de un espacio de izquierdas, ecologista y feminista, y además nacionalista, que se hace desde ciertos sectores, es una invitación a seguir actuando con la mirada puesta en el retrovisor. El siglo XXI requiere mirar hacia adelante. Y esta nueva visión la proporciona la ecología política, con su propuesta ideológica nueva, centrada en los retos y los problemas centrales que tenemos hoy. La concurrencia de la triple crisis ecológica y de la crisis financiera y social que explotó en 2008 nos proporciona un dato: que esta última tiene un origen medioambiental, la escasez de recursos. La crisis financiero-social es, entonces, una crisis ecológico-social. Y este dato nos lleva a una conclusión: la solución que plantea la izquierda a la crisis social, basada en el crecimiento ilimitado, es inviable en un planeta limitado, pues no hay planeta suficiente para mantener el ritmo de vida actual, para generar más acumulación de manera ilimitada y tener así más riqueza para repartir. La segunda conclusión es que para resolver la crisis social hemos de resolver al mismo tiempo la crisis de recursos, climática y de biodiversidad. No es suficiente poner primero el foco en la protección de los derechos humanos básicos: derecho al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación y a la justicia, y pensar que después podremos resolver la urgencia ecológica en la que estamos inmersos. No tenemos tiempo.

Me decía este compañero que, aunque situado en la izquierda, está a favor de un modelo de producción y consumo respetuoso con el planeta y sus límites. Y esto es una buena noticia, porque nos pone a ambos a jugar el mismo partido. Tendrá que decidir esta izquierda, entonces, por quien ficha: si por la ecología política o por aquella izquierda que está perdiendo el tren de la historia, por mantener posiciones ancladas en el pasado. Si yo me encontrara en esa disyuntiva mi opción sería fusionarme con el futuro, con la ecología política, y convertirme en la corriente ecosocialista dentro de ésta. Pero no digo nada nuevo. Este camino ya ha tenido un precedente en Cataluña. Fue el caso de la evolución de los comunistas del antiguo PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) que son los actuales ecosocialistas de ICV (Iniciativa per Catalunya–Verds), fuerza política que forma parte del Partido Verde Europeo y está integrada en el Grupo Verde del Parlamento Europeo. Y además para defender Andalucía y a su gente basta entender que sin planeta no hay Andalucía, que sin justicia ambiental no puede haber justicia social, porque somos, sobre todo, ciudadanos de la Tierra, parte de una comunidad planetaria integrada también por seres distintos de los humanos, no solamente andaluces o españoles. Por eso la soberanía política de Andalucía se defiende protegiendo el planeta.

El campo de juego del partido y la naturaleza de los equipos que lo disputan están fijados. Siguiendo con el símil futbolístico, el equipo que juega en casa es la ecología política, en tanto que la izquierda es el equipo visitante. Antes fue al revés, es cierto. Pero el partido del siglo XX ya se jugó. Hoy estamos jugando el partido del siglo XXI. Por eso en este partido la ecología política es la centralidad, no la periferia. La pelota está en juego.

Por último, unos versos de Paul Celan, que para mí son un reflejo de la perfección: «Oí decir que hay/en el agua una piedra y un círculo/y sobre el agua una palabra/que en torno a la piedra el círculo tiende.» Quien quiera desenterrar el tesoro, deberá seguir el camino del agua, el camino que siempre desciende, eso dice Jung.

 

El Algarrobico: de la pornografía al erotismo

1 Mar

Sobre la sentencia del hotel El Algarrobico, pronunciada por el Tribunal Supremo, se ha dicho todo o casi todo. Una imagen, sin embargo, está grabada en mi mente: la que muestra el edificio del hotel en la prensa. Sobre su significado escribo.

El hotel, aparece como una mole blanca, poblado de grúas verticales, rompiendo el paraje que le circunda. El paisaje árido, de surcos y barrancos desiertos. El contacto entre la imagen y el ojo es inmediato. No hay misterio. La desnudez de la imagen —cuyo efecto sobre el paraje es pura violencia económica— es pornográfica. Sólo expresa la dimensión del precio. Su obscenidad carga de valor de exhibición la imagen, a la par que el paraje pierde la expresividad. El paraje ya no es paisaje, es puro lugar que puede consumirse. Un lugar que el hotel ha esclavizado y sometido a su servicio. El paraje ya sólo es el edificio y él es el paisaje.

Como atrevida pornostar, el hotel se exhibe impúdico, entre cortes y hendiduras. Flirtea con los que lo miran, ofreciendo «toda su carencia de misterio». Y explota el voyerismo que alimentan las redes. Busca su propio fin sin rodeos, sin velos, cual máquina narcisista de registro y de consumo. Sustrae el paraje del uso común que tenía, para transferirlo a la esfera del rendimiento económico. Y representa la explotación de la naturaleza asumida como un proceso biológico divergente.

El exceso de exposición ha velado la imagen. Ha determinado que el tribunal haya resuelto que el hotel sea derribado. Entretanto el edificio es un cuerpo agotado por la saciedad, apático, que yace sobre el paraje. La sentencia ha reconsagrado la tierra. Su ejecución traerá la redención del paisaje. El paraje otra vez templo recobrará su deseo erótico. La tierra recuperará su naturaleza cerrada. El paisaje su profundidad. Rescatada la memoria geológica de ese mundo, el peregrino volverá para abrir los caminos y contemplar el rostro femenino del paraje. El tiempo podrá ser medido otra vez con evocaciones.