De investiduras, patrias y planetas

6 Ene

España y la Constitución si se pueden romper, pero no por una confabulación comunista, separatista y pro-etarra como dicen las derechas y la ultraderecha. España puede ser rota por el cambio climático y sus consecuencias sociales y ecológicas, si continúa la inacción o la insuficiencia de la acción climática y no modificamos nuestra manera de movernos, alimentarnos, de producir y consumir energía y los bienes necesarios para asegurarnos un buen vivir en equilibrio con la Naturaleza. El problema más grande que tiene España no es Cataluña, como dicen los independentistas. El problema más grave que España tiene es la emergencia climática.

Lo dramático es que una niña de 16 años haya comprendido la gravedad del momento, mejor que todo el arco parlamentario representado en el Congreso de los Diputados. Lo que los jóvenes está reivindicando en las calles no es «la equidad intergeneracional» −que puede ser acomodada a la oportunidad política−, como ha dicho en el debate de investidura el candidato a la presidencia del gobierno. Lo que están pidiendo es que se escuche a la ciencia y se actúe con la urgencia y de conformidad con lo que están diciendo los científicos. Por ello Greta dice en Twitter que la emergencia climática no es «una cuestión política más entre otras cuestiones políticas», una cuestión rutinaria, sino una «emergencia existencial»: «This can no longer be news among other news, an “important topic” among other topics, a “political issue” among other political issues or a crisis among other crises. This is not party politics or opinions. This is an existential emergency. And we must start treating it as such».

Nnguno de los intervinientes, sin embargo, pareció sentirse aludido por estas palabras. Las derechas instaladas en la más rancia exaltación patriótica con sus ‘Vivas al Rey y a España’ y las izquierdas en su ecoescepticismo social, dedicaron el tiempo a hablar de otras cosas: de patrias, del pasado, de la historia y de sus cuitas. Al tiempo que olvidaban que no tenemos planeta B. Que el planeta es la única patria que tenemos. Y esto significa −como  dicen los científicos− que en la situación de emergencia climática en que vivimos el tiempo de reacción está limitado a una década: 2020-2030. Pero solo piensan en el corto plazo, en el poder y en el dinero. De lo que hagamos en esta década dependerá como sea el futuro de la humanidad. ¿Hablamos ya de decrecimiento?

Lo importante para las derechas y la ultraderecha no es el futuro de la humanidad que nos jugamos en la acción climática que llevemos a cabo. Para ellas lo importante es crear el clima que les permita recuperar el poder que han perdido. Actúan de acuerdo con el principio: «lo importante no es la realidad, sino su percepción, que está condicionada por el lenguaje». Ello explica la escenificación y las expresiones gruesas que se escucharon en el hemiciclo: traición, golpe de Estado, villano de comic, acusaciones de fraude electoral, gritos de asesinos, terroristas. O la petición en las redes sociales, por un eurodiputado de VOX, de la intervención del ejército para parar el golpe de estado separatista de Cataluña.

                                          

El debate sobre si España es una sola nación, una nación de naciones o una parte del territorio quiere independizarse está silenciando la anomalía de las relaciones de la humanidad con el planeta. Tan es así que ninguna de las diputadas y diputados intervinientes trajeron al debate de investidura cuestiones –siquiera en sus líneas maestras− como: si la forma de organización territorial del Estado que tenemos es la mejor para afrontar el reto climático. O lo sería un Estado federal, uno confederal o una organización biorregional.

                         

Ni el candidato a la presidencia tampoco señaló, cuales serían las líneas generales, siquiera las más genéricas, respecto a la manera en que iba a afrontar la emergencia climática. Esperaba que hubiera dicho algo más que la mera enunciación de leyes que realizó, tratándose del más importante de todos los asuntos de gobierno de esta década.

Y aunque la música social y climática que desgranó el candidato a la presidencia suena bien. Y me hace respirar mejor saber que en España habrá un gobierno progresista. No puedo ocultar la preocupación y la decepción que sufrí al escuchar sus intervenciones, que confirmaron la sensación de green washing que me produjo leer el acuerdo de coalición de gobierno PSOE-UP.

                         

Esa preocupación y decepción la ocasiona la insuficiencia del programa de transición energética –que no ecológica− que propuso el candidato. Un programa que no tiene la ambición climática que están pidiendo desesperadamente los científicos, la ONU y los jóvenes. Con el programa esbozado no se alcanzará la reducción del 7% anual de las emisiones según las tasas recomendadas por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Ni mucho menos la reducción de entre 8-10% anual que es necesaria para que la transición ecológica sea justa.

La otra preocupación que me asalta sobre la transición energética anunciada, la origina la escuálida mayoría parlamentaria que sustentará al gobierno de coalición. Las leyes sobre cambio climático, transición ecológica, sostenibilidad que han de aprobarse requieren un amplio consenso, que será imposible alcanzar en esta XIV legislatura. Esta circunstancia acrecienta el riesgo de que la aprobación de dichas leyes con el voto en contra de las derechas, pueda traducirse en una reversión o atemperación de los objetivos posteriormente si llegado el caso éstas recuperaran el poder, como ocurrió con Madrid Central.

La tibieza de la ambición climática aparece, además, en una pequeña trampa que se introduce en las propuestas de planes de acción climática. La fecha de inicio de que se especifica es en la mayoría de los casos es 2019, cuando en realidad se iniciarán como más temprano en 2020. Este pequeño desfase del período de  actuación concretado hace que éste no sea real y por ello la posibilidad de no consecución de los objeticos se acentúe.

Ésta también queda reflejada en las intervenciones del candidato y sus socios de gobierno. El candidato socialista hizo alusión a la emergencia climática solo una vez en toda su intervención, amén de las medidas concretas que desgranó. Trató además la emergencia climática como una política sectorial, no como una política transversal. Iglesias, candidato a Vicepresidente, destacó en su intervención que España se iba a convertir en referente europeo de justicia social. Pero guardó silencio respecto a la justicia ambiental, ni hizo referencia alguna al cambio climático en su intervención. Tampoco la hizo el representante de En Común Podem, ni Alberto Garzón de IU. Aunque ellos no pierden ocasión para hacer referencia a la transición ecológica justa, excepto cuando tienen el marco idóneo para defenderla: el debate de investidura en sede parlamentaria. El candidato a la presidencia y sus socios de gobierno lo que hicieron fue tratar este asunto como uno más de la agenda política. Como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo para ello. Hicieron justo lo que los jóvenes están pidiendo que no se haga.

Pero a pesar de las promesas la realidad es tozuda. Tras el Acuerdo de París −que marcó un hito en cuanto al consenso político al respecto− las emisiones interanuales de CO2 siguen incrementándose. Ni siquiera ha sido posible todavía un pequeño descenso neto de emisiones. Una victoria simbólica.

Pero la actitud de las derechas y la ultraderecha −con el tono bronco y guerra-civilista que emplearon defendiendo la España uniforme− y la composición política del Congreso de los Diputados no son un buen augurio. El reto es de tal magnitud que requiere que tanto las empresas, como las ciudades, los ciudadanos y todos los gobiernos tomen cartas en el asunto. A la vista de la situación y de inacción climática se necesita qué la iniciativa ciudadana sea mayúscula, absoluta para sacar esto adelante. Una rebelión ciudadana.

                         

Habrá que ver en que queda la transición ecológica del nuevo gobierno. En que quedan las reducciones de emisiones en todas las áreas: energía, transporte, ocupación del suelo y agricultura, que demanda el Instituto de Sostenibilidad. Pues el programa de gobierno concentra su esfuerzo en la descarbonización de la producción eléctrica (85-95% de la misma deberá proceder de renovables en 2040) y en la movilidad urbana y de cercanías. Y el informe del IPCC de 2013, sin embargo, dice que para evitar un cambio climático descontrolado es necesaria una reducción del total de emisiones –y no solo de la producción eléctrica− del 84% en 2030. Los números no salen.

Y habrá que ver el efecto de un acuerdo de gobierno que no implica al sistema financiero en la emergencia climática, ni evita políticas contradictorias: habla de sostenibilidad y a la vez apuesta por una «política económica orientada a potenciar el crecimiento».

Pero una cosa es la letra de los discursos y otro la acción climática que despliegue. Los límites del programa verde del nuevo gobierno pueden quedar aprisionados en la «transición energética realista» que reclama el PNV. En la petición del candidato a la presidencia a sus socios de llevar a cabo una acción de gobierno moderada y de progreso. En el rechazo que manifestó el diputado de la derecha, de Foro por Asturias: que abominaba de la «transición energética radical» que planteaba el candidato socialista, pues empobrece las comarcas mineras y hace subir el recibo de la luz. Rechazo al que se unirá y remachará el resto de las derechas. Y éstas ya lo han dicho con toda contundencia: que no les gusta el gobierno de los socialistas con los comunistas, separatistas y pro-etarras, esa especie de nuevo Frente Popular.

Estamos a un paso de llegar a un punto de no retorno. En lo climático por todas las razones que he expuesto en esta y en otras entradas. Y en lo político porque la estrategia de la ultraderecha de crear caos, desafección y sembrar el miedo, solo busca crear el caldo de cultivo que favorezca su fortalecimiento y crecimiento. La transición ecológica va a ser un camino lleno de obstáculos tanto desde dentro como desde fuera del gobierno. Por eso mismo seguiré pensando y actuando con esperanza para que la vida, la de la generación de Greta y posteriores, no sea escrita por las dinámicas egoístas, irresponsables e insuficientes que han creado el problema. Trabajando por un Frente Climático y de Verdad Amplio. Espero y es mi deseo que los Reyes Magos no nos traigan carbón.

Tiempo de transiciones

16 Jul

El mayor reto que hoy tenemos es el cambio climático. Pero su aceleración coincide con el agotamiento de una fase de la historia de España y su sistema político: la Transición. Vivimos tiempos de transiciones políticas y ecológicas que hay que articular.

Viendo los acontecimientos que están sucediendo en España —como ya he dicho en otra ocasión—, la República quizás esté más cerca de lo que podemos pensar o imaginar. En tal caso, el reto de la República será superar el nominalismo del debate monarquía/república y lograr que su venida origine en la sociedad una impregnación real de los valores cívicos republicanos. Una sociedad con estos valores es más fácil que desarrolle la fraternidad —tan necesaria en estos momentos—, un lazo de unión más fuerte que el de la solidaridad. Un lazo de unión con los restantes habitantes del planeta.

Es evidente que los males de España —la corrupción entre ellos— no van a desaparecer porque seamos una República. Pero una sociedad con valores republicanos puede afrontar mejor estos males y la transición ecológica que necesariamente hemos de poner en marcha, para iniciar el camino hacia un modo de vida acorde con los límites que el planeta impone. Un camino hacia un modo de vida más ético en todos los aspectos: humano, político y ecológico, en el que el fracaso en uno de ellos implica el fracaso en los demás.

La gente —como nos dice el CIS— está pidiendo que el Estado conduzca a la sociedad a la sostenibilidad. Hagamos que la República lo haga. De esa manera se cumplirán nuestros deseos. No tenemos otra forma de escapar del desprecio y del odio. Nuestro y de las generaciones futuras.

La transición ecológica

8 Jun

Primero todo era sostenible. Después se planeó la Modernización Ecológica de Andalucía. En las últimas elecciones generales algunos hablaban de transición energética. Tras la creación del Ministerio de Transición Ecológica, vamos quemando etapas, caminamos hacia esa transición ecológica que necesitamos hacer.

Con la creación de este Ministerio y la inclusión dentro del mismo del medio ambiente, la energía y el cambio climático, los asuntos ecológicos se han colocando en el centro del debate político. Esto es una buena noticia. El medio ambiente ha dejado de ser una cuestión de cuatro locos románticos o una sección de la gestión política para hacerse mayor de edad. La incorporación de los problemas ecológicos al ámbito de las instituciones, ha supuesto la introducción de la ecología en la acción político-administrativa del Estado, así como en el debate político de los grupos parlamentarios, que de esta manera entra en la vida diaria de la gente. Ya es política.

Y aunque es un comienzo y no es malo, no tiremos las campanas al vuelo. Si se analiza la nueva estructura del Consejo de Ministros y la reestructuración de los áreas de algunos Ministerios podemos extraer algunas consecuencias respecto de la transición ecológica que impulsará el nuevo Gobierno.

La primera conclusión es que si examinamos la estructura del Gobierno se observa que la economía y la empresa quedan desgajadas de la transición ecológica. Alejadas. Separadas. La apuesta del PSOE se trata de una apuesta por un modelo económico más eficiente en el uso de los recursos y más prudente en la generación de externalidades. Una apuesta por un capitalismo verde, versión amigable de la globalización, que establece como una prioridad la protección del medio ambiente, pero enganchada al imperativo categórico clásico de «crecer o morir». No se ha hecho ecologista el partido socialista.

La segunda cuestión que se observa es la configuración de las áreas. Así el área de la de «Migraciones» se ha unido a «Trabajo» y «Seguridad Social». Este encuadramiento desconoce o no reconoce la realidad actual de las migraciones por razones climáticas y del incremento previsto de éstas. El nombre del Ministerio y la unión de esos tres sectores administrativos proyecta sobre la inmigración la idea de que la pérdida de puestos de trabajo, la reducción de las ayudas a los nacionales y el empeoramiento de los servicios públicos de bienestar es debido a su llegada. Es caldo de cultivo para la xenofobia.

Otra consecuencia, es que a pesar de los defectos que pueda presentar el diseño de la estructura ministerial, tiene la virtud de ejercer una influencia positiva en el tránsito de los ciudadanos desde las actitudes a los comportamientos ambientales, ya que desde las instituciones se penetrarán todas las esferas de la vida de la gente. Los españoles —como refleja el CIS en sus barómetros— opinan que  el Estado ha de conducir a la sociedad a la sostenibilidad. Con la creación de este Ministerio de Transición Ecológica comienza a converger la acción política institucional con la preocupación ciudadana por el medio ambiente. Podemos decir: estamos cambiando.

El Estado comienza así a ecologizarse. No solo de manera formal al hacer suyos determinados postulados, sino real al adecuar su estructura político-administrativa a la realidad físico-biológica del planeta y del territorio que ocupa. Este proceso se observa además en la incorporación de once mujeres al Gobierno y en la nueva denominación que se ha usado de «Consejo de Ministras y Ministros» en la fórmula de juramento de sus miembros. Y es que no se puede hablar de ecología sin feminismo. El aparato del Estado es por ahora punto de lanza y esta iniciativa se habrá de reflejar más tarde tanto en la economía como en la sociedad. La sostenibilidad comienza así a proyectarse sobre todos los ámbitos de la vida administrativa, social y económica, con una presencia continua en la vida cotidiana. Estos son algunos de los mensajes que trae el nuevo gobierno y sus nuevas denominaciones.