María la portuguesa

6 Ago

El sistema capitalista no aprende de sus errores. La crisis de 2008 fue producto de los instrumentos matemáticos que decían asegurar contra todos los peligros. Pero el sistema en vez de corregir el rumbo ha acelerado en la misma dirección con el uso de algoritmos. Y con la crisis climática está ocurriendo lo mismo. Las fuerzas políticas —tradicionales y nuevas— no aspiran a solucionar emergencia climática, sino a mantenerla dentro de un límite asumible. Unos diciendo que no acabarán con ella aunque la mitigarán, otros intentando convencernos que la receta es crecer de manera ‘sostenible’. Esta dinámica se reproduce también respecto a la crisis climática, en la que también se mantiene la pugna izquierda/derecha: Green New Deal (izquierda) y capitalismo (derecha) o capitalismo verde si es liberal. De lo que se trata es de mantener la misma dirección. Fuera de ese eje se sitúa la Transición Ecológica del partido verde.

Recordemos las iniciativas de las distintas fuerzas políticas en relación con la crisis climática: el Horizonte Verde, de Unidas Podemos; el Green New Deal  (GND), de Errejón; la modernización ecológica, del PSOE; el capitalismo verde, de Ciudadanos; el neoliberalismo del PP; el negacionismo climático de VOX. Mientras tanto la ley de cambio climático sigue sin aprobarse y transcurren los días «de Ayamonte hasta Villareal, sin rumbo por el río, entre suspiros, una canción viene y va.»

Estas iniciativas tienen en común que sucumben al sentido común económico establecido: el crecimiento económico. Incorporando matices cada una, pero sin renunciar a él. Ninguna fuerza política reivindica el decrecimiento, salvo EQUO. La crisis climática es afrontada, así, desde los presupuestos económicos ortodoxos del FMI, del Banco Mundial, del Banco Central Europeo o la UE y abordada políticamente desde la lógica del eje izquierda/derecha: que es la del crecimiento y redistribución de la riqueza y no la de los límites del planeta. Por esa razón, excepto el partido verde, las fuerzas políticas plantean como transición ecológica lo que solo es una propuesta de sustitución energética —energías sucias por energías limpias— que resulta imposible de materializar por falta de recursos, para intentar mantener el crecimiento económico. Son, en definitiva, una expresión de continuidad de la política del crecimiento perpetuo, no proyectos para una nueva política económica.

EQUO con una visión decrecentista adopta la posición rupturista, aunque su propósito sea tan conservador como mantener los derechos existentes.

Resulta miserable que la ‘izquierda guay’, ante una cuestión que afecta a la supervivencia de la civilización, se dedique a decir que el ecologismo abandonó la idea de los «límites del crecimiento» para abrazar la «noción de desarrollo sostenible» por «influencia de la hegemonía neoliberal». Hay que recordar a estos recién llegados a la ecología que el partido verde nunca ha abandonado esta idea y que es la única fuerza política que defiende la necesidad de decrecer para atajar la crisis climática. Y decirles, también, que la estrategia de ‘objetivos realistas aunque insuficientes’ que proponen, ya fue ensayada y fracasó. Y lo más importante, ya no tenemos tiempo para eso.

«Momento maquiavélico». Proseguir hoy con políticas de crecimiento económico sería un error, porque el ‘mientras tanto’ —el tiempo que los científicos dicen que tenemos para eludir un cambio climático sin control— es de 10 años. La política económica debe proporcionar cohesión social y una cierta estabilidad financiera. Pero en la situación emergencia climática en que estamos debe tener como prioridad la seguridad y la estabilidad ecológica. Y la de proscribir la política que estimula el deseo más allá de los límites biofísicos del planeta. Frente a la repetición de políticas de crecimiento económico hoy incompatibles con la supervivencia de la sociedad, es urgente iniciar una transición ecológica que sirva realmente para atajar la emergencia climática y resulte útil a la gente.

Solo con ella se podrá lograr mejorar el trabajo, que las economías individuales vayan mejor y que las posibilidades de futuro sean esperanzadoras. Solo desde ella la gente que se va a dormir preocupada porque no tiene trabajo; porque tiene uno pero los ingresos son insuficientes o porque teniéndolo no sabe cuánto tiempo va a conservarlo podrá conseguir la estabilidad y seguridad que anhelan. Pero lo más importante, solo desde ella se podrá alcanzar el equilibrio climático y ecológico, sin los cuales nada de lo anterior es posible.

Ello implicará posicionarse frente a los economistas ortodoxos —tanto de la izquierda como de la derecha—, a las multinacionales, a los conglomerados empresariales y a las empresas tecnológicas: Amazon, Facebook, Uber, y favorecer a los parados, a los precarios, a los autónomos, a los pequeños empresarios y comercios y a los funcionarios.

No se puede decir lo mismo del Green New Deal (GND) —ese que nos dicen sus promotores que «no nos permitirá apagar el incendio» aunque «si mitigarlo»—, ni de los programas ambientales de las fuerzas tradicionales, que se colocan en el lado de la continuidad, en el lado de la política económica ortodoxa pintada de verde y perpetúan la inestabilidad y la precariedad que afecta a la gente. Imagínese a un paciente aquejado de colesterol al que el médico en vez de darle un tratamiento para reducirlo a los niveles aconsejables, le manda una pastillita para que el colesterol no descienda, sino que se incremente más lentamente. Esto es el GND de la ‘izquierda guay’.

EQUO —el partido ecologista— debe explicar sin remilgos la verdad de la crisis climática y actuar estratégicamente no limitándose a obtener el apoyo de la parte de la parte izquierda de la población, sino buscar el de la mayor parte de ella. Ya que la emergencia climática y la crisis ecológica nacen de las mismas lógicas, en este asunto no hay españoles de derechas o de izquierdas, ni extranjeros o españoles. Solo hay personas y ciudadanos.

Por ello, EQUO debe buscar con su actuar las contradicciones de la política de crecimiento, ahondar en ellas, ver como perjudica a la población y proponer sus soluciones para atajar la crisis climática y conservar el Estado del Bienestar, teniendo en cuenta que las circunstancias que se dieron en la segunda mitad del siglo XX en nada se parecerán a las de este siglo. Y debe liderar cultural, moral y políticamente la transición que hemos de iniciar. Es su tiempo.

Tiempo de transiciones

16 Jul

El mayor reto que hoy tenemos es el cambio climático. Pero su aceleración coincide con el agotamiento de una fase de la historia de España y su sistema político: la Transición. Vivimos tiempos de transiciones políticas y ecológicas que hay que articular.

Viendo los acontecimientos que están sucediendo en España —como ya he dicho en otra ocasión—, la República quizás esté más cerca de lo que podemos pensar o imaginar. En tal caso, el reto de la República será superar el nominalismo del debate monarquía/república y lograr que su venida origine en la sociedad una impregnación real de los valores cívicos republicanos. Una sociedad con estos valores es más fácil que desarrolle la fraternidad —tan necesaria en estos momentos—, un lazo de unión más fuerte que el de la solidaridad. Un lazo de unión con los restantes habitantes del planeta.

Es evidente que los males de España —la corrupción entre ellos— no van a desaparecer porque seamos una República. Pero una sociedad con valores republicanos puede afrontar mejor estos males y la transición ecológica que necesariamente hemos de poner en marcha, para iniciar el camino hacia un modo de vida acorde con los límites que el planeta impone. Un camino hacia un modo de vida más ético en todos los aspectos: humano, político y ecológico, en el que el fracaso en uno de ellos implica el fracaso en los demás.

La gente —como nos dice el CIS— está pidiendo que el Estado conduzca a la sociedad a la sostenibilidad. Hagamos que la República lo haga. De esa manera se cumplirán nuestros deseos. No tenemos otra forma de escapar del desprecio y del odio. Nuestro y de las generaciones futuras.

La transición ecológica

8 Jun

Primero todo era sostenible. Después se planeó la Modernización Ecológica de Andalucía. En las últimas elecciones generales algunos hablaban de transición energética. Tras la creación del Ministerio de Transición Ecológica, vamos quemando etapas, caminamos hacia esa transición ecológica que necesitamos hacer.

Con la creación de este Ministerio y la inclusión dentro del mismo del medio ambiente, la energía y el cambio climático, los asuntos ecológicos se han colocando en el centro del debate político. Esto es una buena noticia. El medio ambiente ha dejado de ser una cuestión de cuatro locos románticos o una sección de la gestión política para hacerse mayor de edad. La incorporación de los problemas ecológicos al ámbito de las instituciones, ha supuesto la introducción de la ecología en la acción político-administrativa del Estado, así como en el debate político de los grupos parlamentarios, que de esta manera entra en la vida diaria de la gente. Ya es política.

Y aunque es un comienzo y no es malo, no tiremos las campanas al vuelo. Si se analiza la nueva estructura del Consejo de Ministros y la reestructuración de los áreas de algunos Ministerios podemos extraer algunas consecuencias respecto de la transición ecológica que impulsará el nuevo Gobierno.

La primera conclusión es que si examinamos la estructura del Gobierno se observa que la economía y la empresa quedan desgajadas de la transición ecológica. Alejadas. Separadas. La apuesta del PSOE se trata de una apuesta por un modelo económico más eficiente en el uso de los recursos y más prudente en la generación de externalidades. Una apuesta por un capitalismo verde, versión amigable de la globalización, que establece como una prioridad la protección del medio ambiente, pero enganchada al imperativo categórico clásico de «crecer o morir». No se ha hecho ecologista el partido socialista.

La segunda cuestión que se observa es la configuración de las áreas. Así el área de la de «Migraciones» se ha unido a «Trabajo» y «Seguridad Social». Este encuadramiento desconoce o no reconoce la realidad actual de las migraciones por razones climáticas y del incremento previsto de éstas. El nombre del Ministerio y la unión de esos tres sectores administrativos proyecta sobre la inmigración la idea de que la pérdida de puestos de trabajo, la reducción de las ayudas a los nacionales y el empeoramiento de los servicios públicos de bienestar es debido a su llegada. Es caldo de cultivo para la xenofobia.

Otra consecuencia, es que a pesar de los defectos que pueda presentar el diseño de la estructura ministerial, tiene la virtud de ejercer una influencia positiva en el tránsito de los ciudadanos desde las actitudes a los comportamientos ambientales, ya que desde las instituciones se penetrarán todas las esferas de la vida de la gente. Los españoles —como refleja el CIS en sus barómetros— opinan que  el Estado ha de conducir a la sociedad a la sostenibilidad. Con la creación de este Ministerio de Transición Ecológica comienza a converger la acción política institucional con la preocupación ciudadana por el medio ambiente. Podemos decir: estamos cambiando.

El Estado comienza así a ecologizarse. No solo de manera formal al hacer suyos determinados postulados, sino real al adecuar su estructura político-administrativa a la realidad físico-biológica del planeta y del territorio que ocupa. Este proceso se observa además en la incorporación de once mujeres al Gobierno y en la nueva denominación que se ha usado de «Consejo de Ministras y Ministros» en la fórmula de juramento de sus miembros. Y es que no se puede hablar de ecología sin feminismo. El aparato del Estado es por ahora punto de lanza y esta iniciativa se habrá de reflejar más tarde tanto en la economía como en la sociedad. La sostenibilidad comienza así a proyectarse sobre todos los ámbitos de la vida administrativa, social y económica, con una presencia continua en la vida cotidiana. Estos son algunos de los mensajes que trae el nuevo gobierno y sus nuevas denominaciones.