La única política (económica) posiblee

15 Abr

Desde la década de los noventa del siglo pasado el mantra más repetido −para imponer políticas económicas cuyo objetivo era detraer rentas de la clase trabajadora para entregarlas a los más fuertes económicamente− ha sido que dicha política es la única política (económica) posible. Esta política económica empobrecedora, así como la extracción insostenible de todo tipo de recursos han alcanzado su límite social y ecológico. Ecológicamente lo está indicando el cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales ocasionado. Socialmente lo confirma el empobrecimiento de la clase media y la pauperización de la clase trabajadora. Podemos repetir hoy, por tanto, pero por los motivos opuestos, que la única política (económica) posible es la que respeta los límites que impone el planeta a la extracción y consumo de recursos no renovables y la capacidad de absorción de la contaminación. Y la que es justa socialmente.

Para entender el actual panorama socio-político no podemos olvidar la influencia del agotamiento de recursos en el giro de la economía a la finaciarización y hacia las industrias tecnológicas. El presente es confuso, no un tiempo de certezas. Y el futuro no se percibe mejor que el pasado. Y esta confusión tiene anclada a la gente a un «posibilismo resignado» y falto de horizonte, en el que el peso del día a día impide «mirar más allá de lo inmediato». Circunstancia ésta última que explica el giro pesimista, nostálgico y reaccionario de la clase media antaño progresista.

Sabemos que mañana podemos no estar aquí. Pero este axioma ya no puede ser considerado solo desde la propia óptica vital. La crisis ecológica ha convertido esta posibilidad individual en una probabilidad colectiva si no actuamos ya. Si queremos recuperar el control sobre nuestro futuro, la única política posible es la que tiene como eje la sostenibilidad. La que se nos ha vendido como la única política (económica) posible: consumo, bajada de impuestos, recortes sociales, enriquecimiento del 1%, menos democracia, es mentira por insostenible social y ecológicamente. Es urgente, por tanto, que la sociedad abrace el cambio a lo verde: que abarca no solo la sostenibilidad, si no también la igualdad de las mujeres y los hombres en la sociedad, en los cuidados y en la reproducción de la vida biológica. Hoy, además, con urgencia.

Las consecuencias negativas que está imponiendo el cambio climático en nuestras vidas, hace que debamos formularnos muchas preguntas y reformularlo todo. Si queremos que mañana el presente vuelva a ser mejor que el pasado, si queremos dejar atrás la incertidumbre y recuperar la confianza, hemos de instaurar una nueva organización y un nuevo reparto del poder, la influencia y los recursos. En oleadas sucesivas debemos cambiar urgentemente las estructuras económicas actuales y las ideas políticas. Reformar e innovar los elementos culturales de la sociedad actual: defender la igualdad de mujeres y hombres; exigir más democracia; redefinir los sentimientos de pertenencia a la nación; y favorecer una familia no patrialcal. Y subrayar, como elemento de convicción, la estabilidad y la seguridad de esta nueva dinámica política, frente a la inestabilidad de la actual dinámica solo favorable para las clases dominantes.

O abrazamos el cambio o nos abrazamos a un pasado obsoleto. El mundo que está apareciendo no va a ser una continuación del que hoy tenemos –ecológica, tecnológica y socialmente−, sino uno completamente distinto. Hoy el pasado no es solo lo pretérito, es también la visión que solo contempla el presente. No podemos conformarnos solo con resolver a la urgencia o a la necesidad del día a día del ciudadano común, del gestor y/o del político. De lo inmediato. Porque entonces los acontecimientos nos sobrepasarán. Hemos de mirar más allá, a pesar de las dificultades. Hoy tenemos la opción de mirar al futuro, perspectiva que ha de tener como primera tarea la recuperación de la ilusión. Además de evitar un cambio climático descontrolado y una sociedad partida por la desigualdad que arroje a la pobreza a grandes partes de ella. En líneas muy genéricas esta visión del futuro se debe traducir en el abandono del enfoque mundo y el abrazo de la perspectiva planeta. En dejar de pensar y actuar desde perspectivas de clase o nación, para hacerlo desde la perspectiva de especie y de planeta, dentro de las cuales aquéllas habrán de insertase. Porque a pesar de las arengas, peroratas y discursos de los salvapatrias reaccionarios y los populistas, no tenemos más patria que el planeta.

La cuestión es: que sostenibilidad y como llegamos a ella. Pero, ¿y si la mayoría social aceptara continuar en el consumismo nihilista y en el entretenimiento banal y no hacer nada o no hacer lo suficiente para evitar las consecuencias del cambio climático –situación en la que aún nos encontramos, como ponen de manifiesto los científicos y los jóvenes con sus manifestaciones−?: ¿sería legítima dicha decisión?; ¿deberían los gobernantes elegidos por el pueblo continuar aplicando un programa de gobierno que conduce al desastre o deberían éstos gobernar en nombre de la justicia social, la igualdad y la equidad entre generaciones y aplicar un programa que contribuyera de manera real a la lucha contra el cambio climático y la crisis ecológica?; ¿tendría la minoría del presente derecho a rebelarse contra la decisión de la mayoría que la condena?; ¿puede una mayoría de ciudadanos del presente perjudicar los derechos, medios, posibilidades y modo de vida de los ciudadanos del futuro?

Lo inevitable es posible. Es urgente. Es ineludible. Hoy solo es factible abrazar el cambio, nunca conservar el pasado obsoleto. Y no solo hemos sumarnos al cambio, sino liderarlo desde la democracia y sobre premisas de sostenibilidad, igualdad y equidad. O eso u otros nos impondrán su cambio.

España como Estado biorregional

17 Jun

España como Estado biorregional es un análisis de dos realidades distintas y distantes como la cuestión nacional y la crisis climática, que ensaya una ordenación diferente de las cosas. El objetivo del mismo es aportar plasticidad, movilidad e inducir una metamorfosis conceptual en este asunto; abrir el debate y crear un estado de reflexión más allá de las ideas preexistentes sobre la cuestión. Para ello se plantean vínculos desde la afinidad y la conciencia de especie. Y este post es un extracto corto del mismo.

El trabajo se divide en cuatro partes. La primera analiza dos realidades aparentemente inconexas —la cuestión nacional y la crisis climática— desde la observación de las relaciones que se dan entre clima y nación, que contiene además una propuesta de sustitución categorial. La segunda realiza una relectura ambiental de la historia política desde la década de 1950 en adelante. La tercera es una justificación general del biorregionalismo y señala su objetivo político. Y la cuarta parte propone la incorporación de un acontecimiento y de un hecho biofísico al texto de la Constitución, como son: el cambio climático y las biorregiones.

Palabras como patria, soberanía, estado, nación, patriarcado, planeta, biorregión, biodiversidad, son el espacio donde se residencia el conflicto entre clima y nación. Pero a pesar de la urgencia política con que se manifiesta, la cuestión nacional no es ni debería ser una prioridad. Si España es una sola nación, una nación de naciones o una parte del territorio quiere independizarse, es una controversia lateral que silencia de la anomalía en la que están instaladas las relaciones de la humanidad con el planeta e impide captar la urgencia de la misma, al eclipsarla del debate político.

El asunto que debe concernirnos de forma prioritaria —puesto que no tenemos otro planeta de recambio— es, por tanto, la crisis climática: ¿cómo vamos a afrontar el cambio climático y los retos ecológicos que trae este siglo?; ¿cómo vamos a abordar la agenda climática y la agenda social del siglo XXI?; ¿cuál sería la forma de organización territorial del Estado que mejor serviría para afrontar el reto climático: las Comunidades Autónomas, un Estado federal o confederal o una organización biorregional?

                                     

                                                                  Mapa eleborado por la Red Ibércia de Permacultura

En este contexto resulta ineludible establecer una conexión entre democracia y planeta, dos cuestiones incomunicadas hasta ahora. Lo que era puramente contexto (el planeta), a partir de ahora también es objeto: objeto de decisiones, objeto político, objeto de debate, objeto central de la democracia. Surge así un nuevo sujeto colectivo de derechos: la especie, junto a la nación o la clase social, adecuado al nuevo contexto planetario de crisis civilizatoria (climática y de recursos), que exige una respuesta política dirigida a establecer derechos y deberes planetarios y nuevos paradigmas de organización social.

La vinculación entre planeta y democracia la encarna la nueva forma de organización político-social: la biorregional. El modelo biorregional es pues una mirada a «una vida humana y una política», no estatal y no jurídica, inspirada en criterios biocéntricos y de sostenibilidad a largo plazo, útil para definir comarcas naturales –que comprenden comunidades humanas, animales y vegetales– pensadas como unidades políticas. Su paradigma es una guía válida para organizar la vida de una comunidad de acuerdo con sus sistemas naturales; sus estructuras de intercambio, tanto interiores como exteriores; sus propias necesidades como comunidad; y sus propios sistemas de sostenimiento biológico a largo plazo.

España, es un país extremadamente vulnerable al cambio climático, al tener una economía que depende en gran medida de sectores estratégicos ligados a la Naturaleza y a la salud de los ecosistemas como: el turismo, la agricultura, ganadería y pesca, y gran parte de su población se encuentra en zonas de riesgo por olas de calor. En este contexto la acción climática del Estado es una cuestión de supervivencia. Tirando de historia cabría decir que si la invasión napoleónica hizo primar el interés nacional sobre el regional, el cambio climático debería establecer la primacía contraria: el interés biorregional sobre el nacional.

¿Hacia dónde nos partiremos? Lo desconozco. Pero lo cierto es que deberíamos poner rumbo a un nuevo proyecto civilizatorio, que reinvente la democracia hoy falseada, prostituida y convertida en ritual vacío y sustituya la sobreexplotación del planeta en beneficio de las multinacionales globalizadas, por reciprocidad, cooperación y sustentabilidad a favor de todos, único destino posible si queremos un futuro distinto al de la barbarie. Como dice Agamben, la vida y la muerte, no debemos olvidar, no son conceptos propiamente científicos, sino políticos, que en cuanto tales, solo adquieren un significado preciso por medio de una decisión.

Para leer el trabajo completo pincha aquí

La Catalunya fake

13 May

El discurso del candidato a la presidencia de la Generalitat —identitario y nacionalista, con tintes supremacistas— pidiendo el voto para un gobierno provisional y un Presidente de paja, instalado en el simbolismo de una República imposible, alejado de los principales problemas de los ciudadanos, mantiene a Cataluña en un tiempo fake. Sostiene este discurso una controversia lateral que silencia e invisibiliza otra primera urgente y trascendente: la anomalía en la que están instaladas las relaciones de la humanidad con el planeta, la cual no debe ser usada como pretexto para no pensar una reformulación del modelo civilizatorio.

Teniendo importancia esta cuestión, tiene la que realmente se le puede dar ante la realidad incuestionable del cambio climático. Es una cuestión de prioridades. Y aunque las prioridades pueden ser distintas en los diferentes actores políticos, la crisis climática debe concernirnos de manera prioritaria al no existir un planeta de recambio. Hemos de interrogarnos, pues, sin dilación, sobre ¿cómo vamos a afrontar el cambio climático y los retos ecológicos que trae este siglo?; ¿cómo vamos a abordar la agenda climática y la agenda social del siglo XXI?; ¿cuál sería la forma de organización territorial del Estado que mejor serviría para afrontar el reto climático: las Comunidades Autónomas, un Estado federal o confederal, una organización biorregional o un estado independiente?

En Cataluña no se está luchando contra el cambio climático, ni se están queriendo ver los riesgos que éste conlleva. En el resto de España tampoco. Por eso para hablar de vida como pedía el candidato a la Presidencia de la Generalitat, es urgente afrontar la crisis climática. Esta si es una situación real de excepción, que sino la remediamos no nos permitirá hablar de nada en Cataluña, ni en España. El ciclo en el que estamos no es solo político: autonomista o republicano como afirman algunos grupos en el Parlament, sino climático y de cambio civilizatorio. De supervivencia. En este contexto no tiene sentido crear diferencias identitarias y continuar usando el mapamundi para establecer fronteras donde antes no las había. Hoy el nuevo mapa es el planeta, no el territorio. Guste o no guste es así.

La solución biorregional como modelo de organización territorial no es un mero ejercicio teórico de la teoría política verde, sino un modelo que puede dar respuesta a muchas reivindicaciones que desde Cataluña se están reclamando para su autogobierno. Es una mirada a «una vida humana y una política» no estatal y no jurídica que reivindican la mayoría parlamentaria independentista y otros grupos de la Cámara. A la vez es una palanca de resistencia frente una mundialización desigual y una globalización uniformadora, que no establece barreras, pero ordena límites: limita los intercambios a aquellos que resulten posibles dentro del territorio y del planeta y no trata de imponer un molde económico, cultural y político desde el Estado, la clase o el género dominante.

La biorregión es un marco que se puede armar dentro del Estado de acuerdo con las características singulares que definen a cada biorregión social, política, climática, hídrica y geológicamente, con respeto a sus sistemas naturales, sus estructuras de intercambio interiores y exteriores, sus propias necesidades como comunidad, sus sistemas de sostenimiento biológico a largo plazo, sus ritmos propios. Y, todo ello, con observancia del significado profundo que tienen para la gente que vive en cada una de ellas. Ya que el 48% de los catalanes que vota independentista no es independentista, estas pautas pueden constituir un punto de partida sobre las que llegar a construir un consenso transversal o al menos mayoritario en el Parlament de Catalunya sobre la organización institucional del autogobierno.

Continuar un discurso fake que no solo abusa de las palabras, que se empeña en el ilusionismo de un proceso constituyente para construir un estado independiente en forma de República, desde una unilateralidad quiebra la legalidad constituida y que no goza del apoyo de la mayoría de ciudadanos catalanes, adrezado con campañas de señalamiento y declaraciones contra los «malos catalanes», se hace irrazonable en cualquier contexto político, pero aún más en el contexto climático cada día más adverso en que vivimos, en el que el calor y la escasez de agua ya están presentes en la vida cotidiana de los ciudadanos. Este discurso mentiroso solo es el símbolo de la pugna entre las derechas españolas para asegurarse un mercado propio, en la lucha por la financiarización de todo lo que la Naturaleza brinda. Batalla en la que el control físico del territorio es una prioridad estratégica.

La resolución del contencioso no requiere, por tanto, derruirlo todo y volver a construirlo todo nuevamente, como sería del gusto de los independentistas. Solo basta con mover un palmo el foco para salir del bucle. Abordar la cuestión nacional e identitaria desde una perspectiva diferente. La solución, o al menos una de las posibles, es buscar vínculos que nos anclen al planeta y no al mundo (territorio) como hasta ahora. Ese vínculo es el de la afinidad, más amplio que la identidad y no excluyente. La afinidad aporta sentido y dirección a los diferentes sentimientos de pertenencia, sin limitar ni coartar la mezcla entre ellos. No es una camiseta como la identidad. Es una «matriz estructural» de lo que es común a los seres humanos: la pertenencia a un mismo planeta y a una misma especie biológica, por encima de los yoes histórica y socialmente creados: la nación, la clase, el género o la relación con el mercado y el consumo de bienes y servicios.

Así concebida la cuestión ésta no queda reducida a la terra patria (a la tierra paterna), sino que se amplía al planeta terra. En la era de la crisis climática es necesario crear junto a la conexión entre sociedad y democracia, otra entre planeta y democracia. Lo que hasta ahora era puramente contexto (el planeta), a partir de ahora también es objeto de decisiones, objeto político, objeto central de la democracia. Y quizás deba ser también sujeto. La terra patria es así el planeta terra, la tierra de todos y para todos. Esta conjunción entre planeta y democracia se materializa institucionalmente en la biorregión.

La lengua, la historia o la cultura ya no definen en la práctica la cuestión nacional, desde ahora ya es determinada por la cuestión climática. Los cálculos más optimistas calculan ciento cuarenta millones de migrantes climáticos en los próximos treinta años, cifra que se irá incrementando a medida que el cambio climático se haga más profundo. El sujeto biológico (la especie) se hace sujeto político. La Nación da paso así a la Nación planetaria: la comunidad formada por todos los seres humanos; asociada a un territorio: el planeta; que tiene una cultura compartida: las leyes de la Naturaleza; que comparte cierto grado de solidaridad, manifestada en la existencia de los servicios ambientales y el necesario cuidado de los mismos; y que comparte cierto grado de memoria histórica, a través de la información de experiencias de miedo y estrés transmitidas en el ADN, la memoria de nuestros antepasados.

Esta manera de afrontar la cuestión nacional, acorde con el cambio epocal en el que nos encontramos, se interroga «por lo que somos», por delante de por quiénes somos. La pertenencia adquiere así diferente significado y evidencia la disfuncionalidad actual de la vieja receta de soberanía e identidad. La iniciativa está sobre la mesa. ¿Se atreverá alguien a abanderarla? No lo sé, pero Facebook ha escogido Barcelona para instalar un centro de control de ‘fake news’.

El nuevo marco de la acción política

14 Abr

La política del siglo XXI demanda un nuevo consenso marco que capte nuestro tiempo, para sobre él refundar los restantes pactos. Vivimos un «escenario posnatural» que –a golpe de calor y sequía en un mundo hiperglobalizado e hiperconectado– pide que los acuerdos políticos y sociales vigentes se conviertan en un contrato posmaterial. En la reforma de la Constitución de 1978 que se está reclamando en el Congreso de los Diputados, sin embargo, nadie ha alzado su voz en el Congreso en favor de traer al debate este nuevo consenso.

Debate que es necesario cuando la especie humana se ha convertido en una fuerza geológica. Cuando su influencia sobre el medio ambiente es de tal alcance y magnitud que la Tierra está «moviéndose hacia un estado diferente». Debido a ella hemos inaugurado una nueva era: el antropoceno. Con este término se expresa el impacto de la masiva influencia del ser humano sobre los sistemas biofísicos del planeta. Su consecuencia más visible y espectacular es el cambio climático. Pero no es la única. Se incluyen también en esta categoría: «la disminución de la superficie de selva virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las actividades mineras, las infraestructuras de transporte, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de organismos, la hibridación creciente». Hasta ahora el antropoceno sólo era una hipótesis científica huérfana de una tesis política que la acomodara a la praxis política. Hoy, sin embargo, esta hipótesis ha sido asumida por los partidos verdes. Esta orfandad hoy es menos huérfana con esos partidos operando como francotiradores. Hoy sólo es aislamiento, abandono e insuficiencia.

Es preciso, por todo ello, generar un consenso ecológico desde el que refundar los pactos y emociones políticas, sociales y territoriales a fin de legitimar la política de este tiempo. Una acción política en la que «los gobiernos, empresas, colectivos ciudadanos y otros [actores] compiten por la autoridad», «pero colaboran» para abordar los desafíos globales. En éste tiempo de política compleja conviven «grandes potencias mundiales, interdependencia globalizada y poderosas redes privadas» y estos actores con una crisis civilizatoria. No es tiempo de elecciones binarias.

Para fundar este nuevo consenso es vital desconectar el concepto de democracia del de nación y del de clase social, ya sea en forma de burguesía o de proletariado. Y conectarlo al concepto de especie. El objetivo de esta desconexión y reconexión es dejar atrás la democracia del tener –la de la acumulación de poder o riqueza ya se trate de naciones o de individuos−, para transitar hacia una democracia del ser –lo-uno-en-lo-diferente−, para ser parte de algo mayor organizado de forma holocrática. Se trata con ello de sustituir la mirada sobre el mapamundi, por la perspectiva del Planeta desde el espacio. No se puede ignorar lo conseguido por el ser humano, pero hay que saber que esto sólo es una parte de lo que somos. Dicho de otro modo: la historia humana sólo es una pequeña parte de la historia del planeta. Esto desde una perspectiva político-ideológica significa abandonar la conciencia nacional o de clase para sustituirla por la conciencia de especie.

La razón de ello es que dos siglos de civilización industrial, han causado una oposición entre las «fuerzas productivas» y las «fuerzas de la naturaleza» que amenaza con destruirlo todo. Las tres grandes fuerzas que hoy existen en el planeta: Naturaleza, ser humano y tecnología han formado dos bloques antagónicos. La unión de dos de ellas: el ser humano y la tecnología ha dado lugar a la creación de una economía planetaria –antropoceno− que es la mayor fuerza geológica existente. La tercera de ellas: la Naturaleza, el conjunto de seres vivos de la Tierra, tal como la describió Lovelock, es una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales y dotada de facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus partes constitutivas –Gaia−. La pugna hoy es a escala planetaria. ¿Podemos, entonces, hablar de soberanía humana o debemos sólo decir autonomía?

El cambio que se ha de operar no vendrá ni de la revolución, ni de la evolución. No es cuestión de letra más o menos. Se requiere un cambio de estado. Una metamorfosis. El ser humano, por tanto, ha de admitir que no tiene más patria que el Planeta y aceptar que somos ciudadanos de la Tierra. Una característica de estos ciudadanos sería la estar imbuidos de espíritu biorregional, que convive con un sentimiento nacional  que no invisibiliza los demás sentimientos de pertenencia. Este tipo de ciudadanía tiene rasgos comunes con los que poseen los «nativos digitales», cuyos valores definitorios son «la conectividad y la sostenibilidad». No se sienten seguros tras las fronteras que los separan de los demás fuera de sus países. Y «no creen que su destino sea pertenecer únicamente a los Estados políticos, sino conectarse a través de ellos.» Ellos, los menores de 24 años, los millenials, constituyen hoy el 40% de la población mundial.

La ciudad ha de ser concebida, por tanto, como una «naturaleza-habitada», como un espacio-tiempo en el que una y otra: ciudad y Naturaleza, no se diferencian, pues entre las dos no hay un límite que señale su cese, no existe un espaciamiento o distancia entra ambas que permita hacerlas distinguibles. La Naturaleza existe en el interior del límite −el planeta− y fuera de él no existe la ciudad. El límite no indica el cese de la Naturaleza, sino que manifiesta «aquello a partir de lo cual» empieza a existir. Es el límite entre materialidad e inmaterialidad. La naturaleza-habitada aparece como la organización del hombre en la Naturaleza. Esta ciudad así concebida estaría regida por las reglas de interdependencia y de la relacionalidad. En ella todo está relacionado con todo y, por tanto, todo dependería de todo. A nada podemos ser ajenos y nada puede sernos ajeno.

¿No significa esta concepción de la ciudad que el poder reside en la Naturaleza, que lo delega en la especie humana de forma transitoria? ¿No es esto una República? ¿No es esta República una nueva articulación del poder y del pueblo insertas en una comunidad planetaria? Esta República es lo más parecido a la definición de belleza de John Keats: La belleza es verdad, la verdad belleza, −eso es todo. Conoces la Tierra,/y todo cuanto necesitas conocer. (1)

(1) Con este artículo, como otros años, rindo homenaje a la ilusión colectiva que fue la II República, así como a todos aquellos que lucharon por traer a España sus ideales, muchos de los cuales murieron en su defensa, otros fueron represaliados y otros muchos tuvieron que partir hacia un exilio no deseado. Y especialmente rindo ese homenaje a mi abuelo: Casimiro Luque, que fue concejal del Ayuntamiento de Málaga por el Partido Radical-Socialista desde 1931 a 1933, quien tuvo que exiliarse a Chile con su familia durante 33 años por defender aquellos ideales, así como a su inseparable amigo y conmilitón Emilio Baeza Medina.

Mi patria es el planeta (IV): soberanía y patria (I)

16 Abr

La divisa: «mi patria es el planeta», es la expresión de una universalidad política nueva: la planetaria. El cambio climático, el uso de los recursos naturales y la manera de estar en el planeta, requieren repensar la arquitectura política vigente. El estado debe ser reconfigurado como un ente autónomo, no soberano, a la par que se debe hacer emerger una entidad planetaria que ejerza una gobernanza global de las cuestiones que afectan al planeta. Invocar a la patria y reivindicar más soberanía para los estados, son las recetas del siglo XX, con las que se pudo dar solución a problemas que admitían solución estatal: los de la desigualdad, que podía ser corregidos mediante la adopción de medidas redistributivas. Pero los problemas ecológicos que padecemos en el siglo XXI, requieren solución global. La receta estatal es inoperativa y estéril frente a ellos, porque se trata de los problemas originados por el sobrepasamiento de los límites planetarios. Hace falta, por tanto, más planeta, no más estado. Una disrupción que cambie el escenario, no una transformación que renueve el atrezzo. Y sólo una opción política puede y es capaz plantearla: la ecología política. Así se plantea el siglo XXI.

Desde cierta izquierda se propone como receta, frente a la crisis de Europa, «reforzar la soberanía de los estados», «recuperar capacidades soberanas». Se afirma desde esa izquierda que la «salida de la crisis pasa por dotar de significado a la palabra soberanía». Y en el plano económico esta recuperación de soberanía se traduce en una apuesta por  el desarrollo industrial. Reivindicar la reindustrialización, en el siglo del cambio climático, cuando éste exige una transición hacia las energías renovables, cuyo principal efecto será la menor disposición de energía, y demanda un menor consumo de recursos, es un sinsentido. A las puertas de la 4ª Revolución Industrial (RI4), surge un interrogante: la reindustrialización que se reclama será intensiva en capital humano (mano de obra) o en capital tecnológico (robotización). Lo que exige el siglo XXI es relocalizar una producción decreciente y acortar las cadenas de comercialización. Agroecología en vez de agroindustria. Pero la izquierda está empeñada en vivir en el siglo XXI con las viejas recetas del siglo XX: soberanía y productivismo. Su objetivo político sigue siendo liberar los cuerpos (masa, pueblo, multitud). El de la derecha, dominar la psique del enjambre digital (Google, Facebook, big data). La realidad es que quien domina es el planeta. Ante el cambio climático no hay soberanía. Tampoco patria, pues todo pegamento, cualquiera que sea su color, quedará disuelto por el calor o ahogado por el agua salada.

Desde la ecología política expondré un plan para el cambio en el escenario soberano: autonomía,  biorregionalismo, ciudadanía de la Tierra y singularidad sin identidad. En este artículo trataré el primero de sus pilares.

La Tierra entró en «déficit ecológico» en 2016, el 8 de agosto. Ese día marcaba la fecha en la que la demanda anual de recursos naturales de la población mundial excedía de lo que la Tierra puede regenerar cada año. Este «déficit ecológico» se debe a que emitimos más dióxido de carbono a la atmósfera de lo que los océanos y bosques pueden absorber y a que agotamos las pesquerías y talamos los bosques más rápido de lo que se pueden regenerar y mantener. Este es el contexto en el que se reclama más soberanía para los estados y reindustrialización. Para esa izquierda el único déficit que cuenta es el social. Para la derecha neoliberal es el presupuestario. Viven en su mundo, que no es de este planeta.

El siglo XXI exige que cambiemos nuestra manera de estar en el planeta. Ello requiere, además de cambiar hábitos y afectos, reconfigurar la manera de ejercer el poder. Es necesario, por tanto, reflexionar sobre los conceptos centrales de lo político: soberanía y pueblo. Si soberano es quien tiene el poder de decisión, de dar leyes sin recibirlas de otro, tal cualidad sólo es predicable de la Naturaleza. Ella no recibe leyes del hombre, a pesar de su pretensión de observar las leyes económicas obviando las del planeta. Se puede afirmar, entonces, que la Naturaleza ostenta la posición del soberano. Tiene una soberanía originaria, anterior al orden político. Emana de ella el principio de primacía del orden natural sobre el orden económico humano. Toda la actividad del hombre, por tanto, debería quedar sujeta a las leyes de la Naturaleza. Las normas humanas carecerían de legitimación para oponerse a la ley natural. La explicación más clara de esta ilegitimidad nos la proporciona Habermas, que dice que «sólo son legítimas aquellas normas de acción que pudieran ser aceptadas por todos los posibles afectados por ellas.» Es patente que no han dado su aceptación a las normas humanas, los miembros de las generaciones futuras y los seres no humanos que integran la comunidad planetaria, quienes, sin embargo, son afectados por la actividad económica. En este sentido la relación del hombre con la Naturaleza está desligada de procesos de legitimación democrática.

¿Sería entonces la soberanía predicable de las instituciones humanas? La respuesta debe ser negativa. El ser humano en su dimensión colectiva y organizada, el estado, tendría poder de decisión, de dar leyes, obviamente. Pero se trataría de un poder de segundo grado, cuyo ejercicio estaría limitado por los condicionantes ecológicos que impone la biosfera. Este poder estaría restringido por la ley natural, que es primer fundamento de todo, incluso del propio poder humano. Y éste es parte de la misma ecuación que el clima, cuya variación puede determinar la historia humana, con un impacto más importante que las relaciones de producción. De la misma manera que en otras épocas las variaciones naturales del clima han condicionado nuestra historia: la caída del Imperio Romano, el desencadenamiento de la Revolución Francesa o el comienzo de la Revolución Industrial. Este poder humano de segundo grado puede ser denominado y conceptuado como autonomía. Y esta nueva concepción de la soberanía hace necesaria una redelimitación de la noción del sujeto de esa autonomía, para rearticularlo con conceptos como comunidad planetaria y ciudadanía de la Tierra.

El ser humano no está solo en la biosfera, sino que (con)vive con otros seres no humanos. Todos se integran en una comunidad planetaria, de la que el hombre sólo es un subgrupo dentro de una comunidad más amplia. Con ella comparte cierto grado de solidaridad, que se manifiesta en la existencia de los servicios ambientales y su necesario cuidado. También comparte un cierto grado de memoria histórica, que constituye la memoria de nuestros antepasados, y se revela en la transmisión de experiencias a través del ADN de los seres vivos. Esta memoria extiende el concepto de patria, al desvincularlo de los lazos de la familia o el clan, de la tierra paterna. Los extiende a todos los antepasados, al planeta. Se pasa, así, de la terra patria (tierra paterna) al planeta terra, como patria de todos. Cuando se invoca al pueblo el pensamiento clásico sólo incluye en él, como sujeto político del Estado-nación, a la generación humana que en cada momento habita el planeta. Pero si tomamos en consideración la comunidad planetaria, el concepto pueblo reclama una doble inclusión: la de las generaciones futuras y la de los seres no humanos, para completar los vacíos de la concepción clásica del sujeto político. El pueblo, entonces, como dice Agamben, se hace Pueblo. Se transforma en un concepto universal que trasciende tanto el ámbito temporal como el biológico. ¿No tienen reconocidos derechos, desde el siglo XX, entes abstractos como las personas jurídicas? ¿No se ha reconocido personalidad jurídica al río Whanganui y al Parque Natural Te Urewera, en Nueva Zelanda? ¿Por qué no reconocer, entonces, ciertos derechos a los seres vivos no humanos y ampliar los derechos reconocidos a los seres humanos no nacidos (generaciones futuras)?

La disputa fundamental hoy no se da, por tanto, entre democracia y oligarquía, como algunos pretenden. La crisis ecológica ha modificado las prioridades de actuación. La humanidad se enfrenta hoy a una dramática opción, en la que está en juego su propia supervivencia: cambio climático controlado, si se adoptan las medidas necesarias; o colapso civilizatorio, en caso contrario. En este trance no hay disputa. No es una situación de suma cero. Por eso cuando cierta izquierda dice que de esta crisis se sale con el reforzamiento de la soberanía de los estados y que la única forma para ello es mejorar las condiciones laborales, los salarios, fortalecer los servicios públicos y hacer que los más ricos paguen impuestos como el resto, al obviar la crisis ecológica sólo muestra su ceguera a la realidad del siglo XXI. La resolución de la crisis social sólo tiene sentido cuando se plantea en el marco de la solución de la crisis climática, con la que está conectada, y sin la que no hay solución posible. Nuestro no es el planeta, sólo la gloria de conservarlo.

 

Mi patria es el planeta (III): Biorregionalismo

23 Sep

Las fronteras de los estados, que son líneas arbitrarias, atraviesan las fronteras que dibuja la naturaleza, que son fronteras vivas. Naciones y estados se superponen a biorregiones. Delimitaciones políticas, culturales, urbanísticas, se entrecruzan, se solapan, con los límites naturales, que quedan ocultos. Unos mapas esconden otros. Debajo y alrededor de las líneas de casas y fábricas, calles, cloacas, autopistas, vías de tren, aeropuertos, oleoductos, gasoductos, jurisdicciones legales, fronteras, la geografía natural de la vida perdura. Comparados con los ecosistemas, los sistemas humanos resultan torpes e imperfectos.

¿Qué es un estado? Según el Tratado de Paz de Westfalia de 1648, es una organización destinada al dominio de un territorio y una población. ¿Y una biorregión? Es un área geográfica con características comunes definida por sus límites naturales: clima, ríos, geología, fauna, flora, y determinada por sus ritmos propios. Tiene un significado profundo para la gente que vive en ella. En ellos hay un arraigamiento a la tierra, al lugar donde se vive y un respeto por los demás seres vivos. Hay una interconexión entre todas las formas de vida. A esta conexión se le llama resonancia, que se manifiesta en formas-de-vida específicas en cada lugar. La biorregión es un territorio geográfico, ecológico, social, económico, a la vez que mental y emocional, que cuestiona las fronteras políticas y la organización estatal y posibilita la reconexión con el planeta.

En el contexto de la creación de la identidad planetaria, la idea de un único espacio y múltiples territorios, el biorregionalismo la materializa en una imagen: un planeta y múltiples biorregiones. La identidad se entiende entonces como identificación. «Identificarse es un proceso.» Sucesiva o simultáneamente podemos estar atravesados por diferentes identificaciones, unas más fuertes que otras. La identidad, sin embargo, «es una camiseta o un tatuaje que uno no se lo puede quitar.» Un ejemplo de identidad-camiseta es el mito del crecimiento como única manera de generar bienestar, que se ha impuesto a la sociedad actual.

Es necesario comenzar la transición hacia formas de organización del territorio, cuya eficacia y funcionalidad sido probada durante millones de años, que nos conduzcan a la rehabitación del territorio: las biorregiones. A su rehabilitación si están ecológicamente afectadas: disminuidas en sus recursos y/o contaminadas por los residuos generados. Tenemos que convertir el territorio en un lugar de vida, no únicamente en un lugar de residencia. Esto significa convertirnos en nativos del lugar. Ser parte del territorio, familiarizarnos con sus características naturales y con sus heridas si las tuviere. Ser conscientes de las relaciones ecológicas que operan dentro y alrededor del mismo. Establecer una cultura adaptada a los ciclos y a las condiciones concretas del medio. A los límites de ese territorio. Construir una forma-de-vida conectada con el entorno. Ser los amantes de la Tierra, en definitiva. Para el paradigma biorregional los objetivos sociales se contemplan desde una perspectiva ecocéntrica, a la vez que femenina –toda vez que Terra es la deidad romana equivalente a Gea, la diosa griega de la feminidad y la fecundidad– exenta de toda forma de autoritarismo, dominación o soberanía.

El biorregionalismo no es un mero ejercicio teórico de la teoría política verde. Es, como dice Josep Puig, un objetivo político útil para la construcción de una nueva organización territorial que supere los caducos criterios económico-político-administrativos sobre los que se establece la actual división territorial. Este modelo es una mirada que se inspira en criterios biocéntricos y de sostenibilidad a largo plazo, útil para definir comarcas naturales –comunidades humanas, animales y vegetales– pensadas como unidades políticas. El paradigma biorregional es una guía válida para organizar la vida de una comunidad de acuerdo con sus sistemas naturales; sus estructuras de intercambio, tanto interiores como exteriores; sus propias necesidades como comunidad; y sus propios sistemas de sostenimiento biológico a largo plazo. Es una oportunidad para una vuelta a la naturaleza. Es un regreso al futuro consciente que la vuelta al pasado es imposible.

Mi patria es el planeta (II): la ciudadanía de la Tierra

10 Ago

El siglo XXI requiere que abandonemos el enfoque mundo y abracemos la perspectiva planeta. Exige ello transitar desde la noción de sociedad a la de comunidad planetaria. Armonizar la ciudadanía estatal con una nueva ciudadanía de la Tierra. Para ello es necesario construir un nuevo sentimiento de identidad y redefinir nuestro sentimiento de pertenencia.

El territorio fue definido, primeramente, por las fronteras de los estados. Hoy vuelve a ser delimitado por el cambio climático, que está determinando los espacios habitables, los recursos disponibles, los movimientos migratorios y la seguridad de las personas. El territorio del planeta está siendo redefinido por el sumergimiento de unas zonas debido a la subida del nivel del mar y por el deshielo de otras. Pero también, y sobre todo, debido a la aparición de murallas climáticas, nueva categoría de fronteras que separan por inhabitables territorios antes habitables. En este contexto, cuyo efecto es el desplazamiento masivo de seres humanos en busca de refugio, las fronteras políticas se convierten en instrumentos de agresión a los derechos humanos de los desplazados. La solución no es el viejo control de fronteras para la salvaguarda de los intereses y la cohesión nacionales. Exige desarrollar una perspectiva planetaria de la ciudadanía, del estado, así como de las relaciones con la Naturaleza. Transitar desde la “nación de ciudadanos” al planeta de ciudadanos.

La sociedad humana es sólo un subgrupo de la comunidad planetaria. Comparte morada con el resto de seres no humanos. También con aquéllos que vendrán después y ocuparán el mismo planeta. El primer deber de toda comunidad es velar por la continuidad de la misma en el tiempo. Para lograrla hay que insertar en la actividad económica la variable intergeneracional o justicia entre generaciones. Se materializa ésta con el reconocimiento y establecimiento de derechos y obligaciones planetarios, cuyo efecto es vincular a los ciudadanos con el planeta y con el futuro.

¿Qué son estos derechos y obligaciones? Los derechos planetarios, son derechos inherentes a todas las generaciones, no limitados a las posteriores cercanas. Comprenden los derechos a gozar de condiciones de biodiversidad y calidad ambiental equivalentes a las disfrutadas por generaciones anteriores. En cuanto a los deberes planetarios, el principal es que cada generación sólo puede tomar del planeta aquello que le resulte necesario para satisfacer sus necesidades, sin comprometer la capacidad ecológica y socioeconómica de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Este deber contiene cinco deberes de uso: de conservación de los recursos; de acceso equitativo a la utilización de los recursos; de prever o disminuir el impacto negativo sobre los recursos o la calidad ambiental; de minimizar los desastres; de soportar los costes del daño.

¿Cómo materializar estos derechos y obligaciones? Una fórmula sería el establecimiento de un estatus ciudadano desdoblado: en una ciudadanía de la Tierra, estatus que se poseería por el mero hecho de pertenecer a la comunidad planetaria, al que quedarían vinculados los derechos y deberes planetarios, garantizados por un organismo global y los estados. Este estatus encuentra su fundamento en la fraternidad, que  subvierte, transforma y trasciende la concepción racionalista de la libertad y la igualdad al abrirse a la empatía y al cuidado del otro. Junto a ella estaría la ciudadanía clásica, conectada al estado o ente supranacional de residencia, a la que se vincularían los derechos políticos y sociales. Un único espacio y múltiples territorios. Se trata de forjar un sentimiento de identidad planetaria. De construir una identidad inclusiva que parte del hecho que todos habitamos el mismo planeta, y se basa únicamente en el nosotros, no en un ellos y un nosotros. Sería expresión de la alianza entre los seres humanos y del lazo del éstos con el planeta, que se materializaría en la ciudadanía de la Tierra, a través del cuidado de las generaciones futuras y la totalidad de lo viviente. Estaría acompañada de un sentimiento de pertenencia, de arraigo, al territorio de residencia, apoyado en un patriotismo constitucional verde, que significa que la libertad de empresa se transforma en «libertad dentro de» los límites del planeta y dentro de la cuota de recursos que cada generación tiene asignados; que la igualdad es reconstruida desde la realidad del cambio climático, el reconocimiento de la finitud del planeta y la problemática del acceso a los recursos y a los servicios ambientales. Y que la justicia también es ambiental: derecho a un medio ambiente más limpio, más sano y más seguro, porque no hay justicia social sin justicia ambiental, pues las desigualdades sociales hoy tienen su origen no sólo en el desigual acceso a los recursos, sino también en el desigual acceso a los servicios ambientales.

Hoy, más que nunca, cuando mes tras mes se suceden los records de temperatura media del mundo, es necesario hacer realidad la expresión: no hay más patria que el planeta, y forjar el sentimiento de identidad planetario. Es necesario comenzar con las mutaciones moleculares y las enmiendas a la totalidad, para dejar a atrás la vieja sociedad industrial e instalarnos en la comunidad planetaria. Adquirir la ciudadanía de la Tierra. De continuar la parálisis actual, la segunda mitad del siglo XXI podría estar dominada por dictaduras ecofascistas que combinen la ecoeficiencia autoritaria con la justificación de las desigualdades sociales. El escenario resultante sería un mapamundi poblado de «archipiélagos bunkerizados de bienestar» en un mar de barbarie.

Mi patria es el planeta

18 May

Errejón dice que la patria es la gente. Para mí es el Planeta. Trataré de explicar este sentimiento desde lo particular a lo universal. Desde lo personal a lo político.

Soy hijo de una andaluza y de un catalán. Una bisabuela era irlandesa. Un abuelo fue un republicano exiliado. La historia de mi familia ha sido la de los exilios cruzados entre generaciones. Nacemos en un lugar, vivimos en otro. También yo me convertí en un planeta errante. Nací en Chile, vivo en España. Eso fue cuando las alamedas se cerraron para la gente. Me he mezclado y me he encontrado con gente que no debía haber conocido. Soy mestizo por origen, pero no por Tierra. He vivido en diferentes países, pero dichos lugares son del mismo planeta. La gente de cada lugar es importante. Todos somos importantes. No importa la lengua, no importa la religión, no importan las ideas, no importa la bandera. Si se eliminan las fronteras somos ciudadanos del mundo. Unos se llaman cosmopolitas. Otros internacionalistas. El término mundo, sin embargo, etimológicamente hace referencia a un lugar cerrado. El mundus. El pozo o cripta que se excavaba junto al ágora, donde se depositaban los documentos y planos de la fundación de la ciudad. Los países también son lugares cerrados por fronteras. En ellos depositamos las constituciones. La política se repliega sobre el mundo, sobre los seres humanos. Le falta la perspectiva del planeta, de los otros, del «afuera de la ciudad».

Quiero ir más allá, al afuera. Dejo para ello que resuene mi pasión por la naturaleza. Ese sentimiento que hace que me sienta en casa en cada lugar donde voy o donde estoy. Como el pájaro, como el río. Vinculado al aire, al agua. Por eso la única soberanía a la que me someto es a la de la Tierra, a la de sus leyes. Soy ciudadano de la Tierra. Somos ciudadanos de la Tierra. Miembros de una comunidad más amplia, abierta, habitada no sólo por seres humanos. Y no sólo por aquéllos que ahora moramos. También por aquéllos que vendrán después, que ocuparán el mismo planeta. En él no existe el exilio. No hay nostalgia. No hay fronteras. Y las naturales son territorios de transición, lugares de mezcla. Los seres humanos, sin embargo, debido a nuestro repliegue sobre el mundo, estamos creando más fronteras. Murallas climáticas que marcarán el territorio habitable. Esas que harán que, en 2040, en Almería y Murcia haya migraciones que despoblarán esos territorios por las condiciones climáticas y la escasez de agua. Estos desplazamientos sucederán también en otros lugares del planeta. Crecerá la violencia dentro de las comunidades. Dentro de los países. En las fronteras. Se reavivarán viejos conflictos. Se producirán nuevas guerras. Habrá éxodos. Ya no lucharemos por las ideas, nos mataremos por los recursos. Por el clima. ¿También en nuestra ciudad?

No basta, por tanto, con que hoy nos ocupemos sólo de nuestra gente. Esta es una política replegada sobre una realidad superada. El mundo. Hay más gentes. Otros seres que también son parte del planeta. No basta que en el siglo XXI nos ocupemos de las necesidades que imponen los derechos humanos: vivienda, sanidad, educación, justicia. Hemos roto el planeta. Será el siglo de la sed, del hambre, del calor, de la subida del mar, de las migraciones. Hace falta además una política para el planeta, que es una política para la gente. Igual que lo es la política social, la sanitaria, la educativa. En este siglo tendremos que garantizar primero el medio ambiente. Será la necesidad más vital. No es una necesidad hipotética. Es una necesidad de la gente que vive en el planeta. En el planeta real, sacudido por el cambio climático, por el agotamiento de los recursos, por la crisis de biodiversidad. Es nuestra responsabilidad para con los otros que también viven en el planeta. Para satisfacer esta necesidad, para poner en marcha esta política, es necesario trascender lo estatal e instalarnos en lo planetario. Los problemas globales del siglo XXI, exigirán que optemos entre el Estado o el Planeta. No hay más patria que el Planeta. No tenemos otro. Tenemos que elegir. Y la elección es continuidad o ruptura.