La igualdad tras la fraternidad es equidad

8 Nov

La quiebra de la igualdad ambiental es ya un hecho. La nueva fase del capitalismo del siglo XXI, ha ahondado en la concepción que colocaba al ser humano en el centro de las cosas (antropocentrismo), convertiéndolo en una fuerza geológica (antropocenismo). El escenario energético al que nos dirigimos es de guerra por los recursos, competición regional, vuelta a la soberanía nacional e incremento de tensiones entre regiones y/o culturas, que en buena medida se refleja, ya, en el discurso del nuevo presidente Trump y de la extrema derecha europea. Junto al escenario descrito no puede ni debe obviarse la nueva era climática en la que nos encontramos, al haberse sobrepasado, a nivel global, el umbral de 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera. Este umbral permanecerá así durante todo 2016 y no descenderá ya durante generaciones, siglos.

El cambio de era en el que nos encontramos, invalida las recetas de hace 40 años. El capitalismo ha intensificado la explotación de los territorios. La explotación de los cuerpos, que ha tocado techo, está siendo sustituida, principalmente, por la explotación de la psique. Ello hace necesario que nos planteemos nuevas preguntas. ¿Es suficiente la igualdad para enfrentarnos a un planeta en cambio climático, unos recursos energéticos en declive y un mundo sin trabajo? Implementar la igualdad entre países enriquecidos y países empobrecidos o dentro de cada país, incrementa la huella ecológica o alguno de sus indicadores sectoriales: huella de carbono o la huella de agua. ¿Es legítimo, entonces, implementar políticas de igualdad a costa de incrementar la huella humana en el planeta? No, porque una igualdad material que se alcance, más allá del límite de los recursos del planeta, traslada al futuro la desigualdad —material o climática— que debía haber sido resuelta hoy. El principio rector, entonces, debe ser la equidad, intra e intergeneracional.

La primera tarea en este tiempo es, por tanto, evitar que el medio ambiente se transforme en una nueva causa de desigualdad social. La igualdad, para ello, tiene que ser remozada. Precisa nuevos apellidos. Ejemplos de ello: «igualdad frente a», «igualdad dentro de». Igualdad frente al cambio climático, igualdad dentro de los límites del planeta. Esta reconstrucción requiere que la igualdad sea atravesada de fraternidad, de empatía y de cuidado de los otros. Sea impregnada de la ética de la responsabilidad, de equidad intergeneracional y de deber de cuidado de la biosfera. De esta manera, la igualdad, se vincula, al igual que la libertad, a la justicia, y posibilita la satisfacción de las necesidades de la generación presente y de las generaciones futuras, sin que por ello se sobrepasen los límites ecológicos de la biosfera. La igualdad, de esta manera, se hace equidad.

El contexto energético y climático ante el que nos encontramos, está determinando el escenario político, dirigiéndolo a una polarización, creciente, entre las fuerzas políticas que, más adelante, serán los polos de la confrontación: de un lado, neoconservadores y extrema derecha, de otro, las fuerzas ecologistas. Esta predicción comienza a ser corroborada por la realidad. La primera confirmación de este escenario se produjo en Austria, este año, con la vitoria del candidato ecologista en la disputa de la presidencia del estado, elección que el Tribunal Constitucional austriaco ordenó que se repitiese. Ratifica el análisis, la situación en la que se encuentra la izquierda: con el pie cambiado, sin apenas recursos discursivos. Sin proyecto. Melancólica. Debatiéndose entre: ser parte del universo neoliberal (socioliberales) o confrontar desde los márgenes del sistema (izquierda tradicional y nuevas izquierdas). Su única propuesta es una política económica keynesiana que devuelva el estado del bienestar, sin tener en cuenta que no existen recursos naturales ni planeta para continuar con una producción sin límite capaz de generar igualdad como hasta ahora.

Sólo una fuerza política: la ecologista, consciente de la necesidad del decrecimiento de la producción y de los límites del planeta, puede oponer un discurso sólido a los neoconservadores. La ecología política aparece, de esta manera, como única alternativa frente a la extrema derecha y el fascismo que viene, que ha saltado ya de la periferia al centro.

Es necesaria una estrategia que contrarreste la tendencia autodestructiva de la derecha, que nos está conduciendo a una peligrosa competición por los recursos, en un planeta enfermo y en constante degradación. Ejemplo de ello, son las líneas básicas de actuación que propone la ecología política: cuidado de las personas, cuidado del medio ambiente y modelo económico sostenible, que conforman los ejes principales de su programa político. Materialización de las mismas son, en primer lugar, renta básica universal (RBU), parte esencial de un nuevo modelo de estado del bienestar. Es ésta el derecho de todo ciudadano a percibir una cantidad periódica que cubra, al menos, las necesidades vitales sin que por ello deba contraprestación alguna. Sus primeros ensayos –totales o parciales– ya han comenzado en países como Finlandia, Holanda, o Islandia. En segundo lugar, soberanía alimentaria, que es el elemento de conexión entre el cuidado de las personas y el del medio ambiente. Es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Y, en tercer término, un modelo económico verde, que combata de raíz la explotación tanto del hombre como de la Naturaleza, centrado en el bien común y la equidad entre generaciones, cuyos ejes estructurales son: decrecimiento de la producción, transición energética, economía social y transformadora y economía feminista y de los cuidados.

La pregunta es: ¿existe, fuera de la ecología política, visión y voluntad política, para acompañarla en el camino a la fraternidad, que es más que un cambio de paradigma? No. Pero la soledad de ésta no puede servirle de coartada para apostar por objetivos pequeños.

Medea, naturaleza y androcentrismo

7 Oct

La Naturaleza al igual que Medea, es sabia, hábil, fuerte, luchadora. Por eso es amada por unos y respetada y temida por todos. Durante mucho tiempo simbolizó la hembra horrible, imposible de apaciguar, incapaz de llegar a compromisos. Lo que está fuera de la razón. Lo que debe ser dominado.

Al igual que el mito griego, la Naturaleza y el ser humano representan un matrimonio muy racionalizado. Pero el hombre la trata como a una hechicera, como una bruja seductora, a la que cree poder dominar a través de la explotación. Con las herramientas que usa para su explotación, cree que la puede hacer vibrar como si una vulva se tratara. Como Jasón a Medea, el hombre ha traicionado a la Naturaleza con su amante: la técnica. Hechizado alumbra otras nuevas y la deifica.

Esta devoción androcéntrica, no es más que una tentativa de dominio. Horkheimer dice que el dominio sobre la Naturaleza incluye el dominio del hombre. Las mujeres, al igual que la Naturaleza, han sido constantemente relegadas a un papel subordinado: ellas al ámbito privado de la casa; Ella a la condición de mero stock de aprovisionamiento. Pero la Naturaleza, al igual que Medea o Antígona, ha comenzado a cobrarse su venganza, pero no una venganza sin más, sino una venganza de principios, de sus leyes. Ella se mantiene consecuente, lógica, pero no absurda, irracional. Por eso en la explotación de la naturaleza no hay tragedia, sino la fingida ignorancia del hombre. Ironía.

La forma-de-vida del hombre provoca que la Naturaleza se avergüence de las heridas en su cuerpo. De mirar y de «ser mirada». De tener que «asistir sin remedio a su propia ruina», de ser «testigo del propio perderse». Le ocasiona sonrojo ser «entregada a lo inasumible», que no es algo externo, sino que está en la propia intimidad de la Naturaleza: ¿hay algo más íntimo para ella que el hombre?.

La Naturaleza carga con su destino: el hombre (lo íntimo), al que no puede rechazar. Se somete a su explotación. Pero es con el acto del sometimiento como, paradójicamente, afirma su soberanía. Deviene (simbólicamente) en sujeto en el más pleno sentido de la palabra: el que se somete. La contemplación de la destrucción del planeta y la «imposibilidad de evasión» de sí misma, del conflicto entre ley y justicia (entre leyes de la Naturaleza y leyes económicas del hombre), ha mutado a la Naturaleza. La traición del hombre y su entrega a la técnica, ha transformado el grito de ésta en furia: en asesinato y en venganza. Medea ha resuelto matar a Antígona. Ha desatado para ello procesos de cambio global, que terminarán con la existencia del hombre en el planeta, si éste no abandona a su amante.

La Naturaleza, como las mujeres, determina lo que el razonamiento masculino es capaz de hacer. Ambas se colocan en el límite de la integridad y le dicen al hombre: por aquí no pasas con tus leyes económicas o sociales. Al igual que los mitos griegos, aquélla muestra al hombre el conflicto entre el modelo matrialcal y el patrialcal. Ponen al hombre frente a su límite. Éste para demostrar que la razón está de su parte, para no oír a lo femenino, está resuelto como Empédocles, a saltar otra vez a la boca del Etna. Quedará entonces otra sandalia al borde del cráter como señal de la incapacidad del hombre, que no del ser humano, y la sandalia desparecida será «la quimera de lo divino fracasado».

 

Un proyecto político del pasado

2 Oct

Dimitió el Secretario General del Partido Socialista en medio de un tremendo desgarro interno. Podemos está a punto de desgarrarse. IU los ha sufrido históricamente. Hay una impotencia de la izquierda española y europea en general. Esta situación me lleva a la conclusión que el problema, tanto de la socialdemocracia como del resto de la izquierda, no es de resultados o de liderazgo, es de proyecto político. Estamos en el siglo XXI, el siglo del cambio climático y la crisis ecológica, pero las recetas que la izquierda nos sigue ofreciendo no tienen en cuenta estos problemas. La izquierda continúa pensando el mundo en términos de desigualdad, sin atender a los límites, sin querer ver los problemas del planeta. Apuesta por la creación de riqueza sin límite para poder redistribuir y olvida que el planeta es finito, que no es posible que la sociedad exista sin el medio ambiente. Por esta razón la ecología política emergió a finales del siglo XX. Para dar respuesta a los problemas del mundo y del planeta, para dar respuesta a los problemas sociales y ambientales. Al mirar el presente y al futuro, al ser transversal, la ecología política es la nueva forma de hablar y pensar sobre los retos de la sociedad y los problemas de la gente.

Tiempo de ecología política

3 Ago

Vivimos un tiempo de hierro. Mecánico. Oxidado. El tiempo de la negación de la Naturaleza, que lleva al hombre a su fin. Al fin de la historia humana. Historia que admite aceleración o frenada como el tiempo de la máquina. Tiempo sin memoria. Fraccionado. Tiempo que «aleja al hombre de la Tierra». Lo destierra. Es necesario, por ello, recuperar la Tierra. Aceptar el tiempo geológico. Reconocer el tiempo de vida. Aprender que somos un instante contingente del tiempo de la Naturaleza. Es tiempo de ecología política.

El ser humano se tiene que arraigar otra vez en la Tierra. Expresión de esta necesidad es la ecología política. Ahondando en su significado puede decirse que ésta es un nuevo helenismo, cuyo objetivo es fusionar la historia humana en la historia del planeta. Su fundamento es un universalismo que abole las diferencias entre especies, razas, sexos o condiciones. Su idioma es el de la biosfera: el respeto a los límites de la Naturaleza. Es un ideal universal que se funda en la heterogeneidad y la diversidad y en una pertenencia que disuelve a las demás: la pertenencia a la Naturaleza. La ecología política no intenta crear un mundo humano, sino reintegrar el mundo humano en la Naturaleza. No hay patrias, sino planeta. Trata para ello que el hombre admita que lleva dentro de sí y que le envuelve el espíritu de la Naturaleza. Hombre y Naturaleza son «lo Uno-en-lo-diferente». La ecología política expresa esa fusión bajo la voz de la emoción y de la razón. Según este nuevo helenismo cada ser humano se autoconstituye en creador de la armonía de su propia existencia en la Naturaleza. Se convierte en un proyecto ético y estético irrepetible, que permite la continuidad de la misma como un lugar de contingencia.

A diferencia de las doctrinas de hierro del siglo XX: liberalismo y socialismo, cuya expresión política es la construcción de un pueblo o de una casta, la expresión política de la ecología es la construcción de una civilización, que haga realidad la idea de la igualdad fundamental de todos en la Naturaleza. Humanos y no humanos. Una Naturaleza que es límite y horizonte, que disuelve las limitaciones geográficas, étnicas o de otro tipo y abole los puntos étnicos o geográficos destinados al dominio político de los otros: especies y seres humanos.

Esta diferencia tiene su origen en la diferente concepción del tiempo que tienen las tres ideologías. La ecología política tiene una idea circular del tiempo, profana. Para ésta el origen es el comienzo en una eterna repetición atravesada por el azar. Esta concepción permite que el ser humano siga siendo un ser histórico pues imposibilita el fin de la historia, al estar subsumida la historia humana en la Naturaleza. Hay un acontecimiento que exige que todos crean en él: el cambio climático. Este suceso muestra la necesidad de una historia con una temporalidad diferente. De un tiempo que establezca un lazo con el futuro y cree duración. Evidencia la necesidad de la política. Nociones propias de esta concepción son: comunidad planetaria, ciudadanía de la Tierra o cuerpo político-biológico, que conectan lo humano y lo político con la materialidad de la Tierra.

Frente ella está la concepción lineal del tiempo judeocristiana, propia del liberalismo y del socialismo, que conduce al final de la historia humana, resultado de una visión económica, productivista y materialista del progreso. Este tiempo de la ciudadanía burguesa, trae de la mano la necesidad de expansión del comercio. En él nada nuevo puede ser dicho (todo está inventado ya), sólo puede ser meramente administrado a través de las «tareas de producción, circulación y consumo». Significa la victoria de la economía y de la administración. El triunfo de la absolutización del trabajo. La victoria del amo sobre el esclavo. Es el preludio, por creencia compartida, del reemplazo de la política por la ciencia.

Después de las segundas elecciones generales en España, todas las fuerzas políticas, excepto una, la ecología política, luchan por alcanzar el gobierno de la máquina de producción y consumo. Unas en términos de economía y administración. Otras para la construcción de la unidad popular. Pero hay alternativa. La que aspira a un hacer que no se degrade en la pura actividad y trabajo. La que inscribe la democracia en la asunción vital del ejemplo, que niega la posibilidad de separar la vida de sus formas. La alternativa verde. La historia «no depende del destino, sino del diseño.»

La historia se repite como farsa

22 Sep

A principios del siglo XIX, nos dice Naciones Unidas, ya se sospechó por primera vez que había cambios naturales en el clima producto de la actividad industrial y se identificó el efecto invernadero natural. En la década de los años 50 del siglo XX, se inició la recogida de datos sobre las concentraciones de CO2, que demostraron que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente. Durante la historia de la segunda mitad del siglo XX, ocurrieron, además, ciertos hitos ambientales, con potencial suficiente para marcar las narrativas políticas, sin llegar a producir ese cambio. En 1972 se publicó el informe sobre los límites del crecimiento, en cargado por el Club de Roma. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo, fecha en la que EE.UU. consumía el 33 por 100 de la producción petrolera total. En 1974 el químico mexicano Mario Molina, publicó en la revista Nature el descubrimiento del agujero de la capa de ozono.

En terreno político, se produjeron acontecimientos, aparentemente desconectados de los anteriores: la creación en 1957 de la CEE, la elección del neoliberal Valéry Giscard d’Estaing como Presidente de la República Francesa, entre 1974 y 1981. La elección Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido, quien ocupó el cargo entre 1980 1990. El acceso de Ronald Reagan a la Presidencia de los EE.UU. entre 1981 y 1989. La desaparición de la URSS en 1991 y la aparición de la globalización neoliberal, que ya había arrancado en la década de los 80 del s. XX con la desregulación de los mercados promovida por Reagan.

La sucesión de estos y otros hitos ambientales y acontecimientos políticos no fue casual y ponen de manifiesto que el sistema capitalista era consciente, ya en 1950, que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente, así como de la crisis de recursos naturales y el calentamiento global que se venía encima. La globalización no es sólo un fruto singularmente ideológico del neoliberalismo, producto de la victoria del capitalismo sobre el socialismo, tiene un  componente de última cosecha y, en consecuencia, de adaptación − a su manera− al escenario calentamiento global y recursos menguantes: defensa y apropiación de éstos por la guerra si fuera necesario. Sirvan de ejemplo de esto último las guerras del petróleo: la guerra civil de Nigeria entre 1967-1970, la guerra Iran-Irak 1980-1988. Las dos Guerras del Golfo Pérsico contra Irak: la de 1990-1991 y la de 2003-2013. La Guerra de Afganistán de 2001-2014. A las que debe sumarse la guerra Libia de 2011 y la actual guerra civil en Siria, iniciada en 2011. Junto a ellas están las guerras por otros recursos: como los diamantes, el coltán o el agua. La globalización no ha ajustado el capitalismo a los límites del planeta, por ha contrario, en su función de última recogida, ha incrementado el metabolismo social de la producción y del consumo y mantener la plusvalía.

En lo ideológico, la izquierda, en su conjunto, se ha quedado sin respuesta, ante la globalización, las guerras de recursos y la crisis ambiental. La izquierda se ha retirado a los márgenes del sistema, enrocada en sus principios y convertida en una fuerza conservadora. Y la socialdemocracia tras someterse a los postulados neoliberales, remasterizada como social-liberalismo, se diferencia de la derecha como una Coca-Cola de una Pepsi-Cola. La ausencia de confrontación entre los proyectos de la derecha neoliberal y el social-liberalismo, junto a la falta de respuesta de la izquierda, ha producido resignación y desafección, enviando a la gente a sus casas. Todo ello se ha traducido en una crisis de representación y languidez democrática, cuya consecuencia ha terminado en una ruptura de las narrativas, consensos e instituciones, sus actores y el equilibrio entre fuerzas nacido tras la II Guerra Mundial, que ha desembocado en el surgimiento de nuevas fuerzas políticas populistas a la derecha en los países del norte y del centro de Europa (Austria, Hungría, Francia, Finlandia, Holanda) y a la izquierda, en el Sur (Italia, Grecia, España), que tienen como objetivo la reconstrucción de las identidades colectivas enterradas por el auge del individualismo.

Una característica común tanto de las fuerzas políticas clásicas como de  las nuevas fuerzas emergentes, es que todas mantienen en el corazón de su proyecto político la redistribución de la riqueza sin observar los límites de lo admisible para el planeta, sin aceptar la finitud del planeta, que visualizó el Informe del Club de Roma en 1972, ni, por tanto, el axioma de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza. La producción de bienes y servicios, por tanto, ha de estar condicionada y limitada, necesariamente, por los límites físicos de la biosfera. El autismo climático y la ceguera ante el agotamiento del petróleo de hoy, repete la relación depredadora con la Naturaleza del pasado, hoy, sin embargo, como comedia o farsa. Este no reconocimiento de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza, establece la frontera entre las fuerzas políticas (entre productivistas y antiproductivistas). Expresa así la principal dialéctica de la política de este siglo, si se quiere evitar el colapso civilizatorio. En este contexto una izquierda, conocedora del núcleo de la crisis ecológica causada por la expansión de la productividad capitalista desde Marx, así como de la amenaza que la producción ilimitada supone para la vida en la Tierra, sin haberse opuesto nunca a ella, es parte del problema y no de la solución. La ecología política, por tanto, sola por ahora, debe asumir su compromiso fundacional y la obligación que con él contrajo: hacer sentir a la gente que cuando vota puede contribuir a un cambio y que su voto es útil y necesario y crea una diferencia real.