El rey está desnudo

5 Jun

Cuarenta y seis años después del establecimiento del Día Mundial del Medio Ambiente , el rey —el medio ambiente— sigue desnudo. Más que nunca. La amenaza al medio ambiente es económica y política. Pero el peligro proviene también de la indiferencia de una ciudadana adormecida por el consumo.

El medio ambiente lo amenazan los actos económicos que inciden directamente en él: un exceso de producción y consumo de bienes, que se traduce en más emisiones de CO2 y en un exceso de residuos ocasionados por la producción, que la biosfera no es capaz de absorber: carbono, plásticos, químicos.

Pero otras actitudes tampoco ayudan a salir del bucle destructor: el negacionismo climático del nuevo Presidente Norteamericano, fundado en absurdas teorías de conspiración comercial contra su país;  el auge de nacionalismos que han cruzado la frontera de la reivindicación de «lo nuestro», para defender la discriminación ambiental frente a otros: «nosotros primero»; el Tratado sobre la Carta de Energía —en constante ampliación—, que garantiza a las corporaciones poderes para frenar la transición energética  mediante mecanismos de protección de inversiones ISDS, que garantizan amplios derechos para demandar directamente a los Estados ante tribunales de arbitraje privados; un acuerdo de reducción de emisiones insuficiente para evitar que se sobrepasen los objetivos de reducción de emisiones, que eviten incrementos de temperaturas mayores de 2ºC en 2100; o la apuesta por la tecnificación de las soluciones al cambio climático y de la sociedad, la cual requiere una gran cantidad de energía. Ejemplo de lo primero es el Acuerdo de París y de  lo último la apuesta de los países de industrialización temprana por la geoingeniería.

¿Pero, por qué el rey está desnudo? El origen de esta impúdica desnudez está en el tedio —que es la condición moderna— que corroe nuestras sociedades, y que en sí mismo es una fuerza motora del consumo, pues la necesidad de aliviarlo promueve una búsqueda interminable de novedad y excitación. Ante la falta de estímulos, nos dice la psicología conductista aplicada a la conducta de los consumidores, los miembros de esta sociedad —azuzados por el márketing— buscan formas de consumo que proporcionen emociones que incrementen el nivel de excitación. Somos consumidores de placer. Y no podemos negamos nuestro chute diario de consumo/placer. El peligro de este enganche al consumo es que podemos desaparecer por el calenturón de temperatura que produce la sobredosis de producción que mantiene nuestro consumo.

A pesar de todo, sin embargo, encuentro algunos datos que me inducen optimismo. El Barómetro del CIS de noviembre 2016 nos dice que el 59,2% de los españoles está en desacuerdo con la afirmación que muchas de las amenazas al medio ambiente son exageradas. Y que el 51,7% está de acuerdo en hacer todo lo que es bueno para el medio ambiente aún cuando le cueste más dinero o le lleve más tiempo. Estos datos del CIS coinciden con los que presenta el estudio de la Fundación de Estudios Andaluces. En Andalucía el 54% de los individuos que están «muy en desacuerdo» con que las amenazas al medio ambiente son exageradas; el 50,3% está a favor de pagar precios mas elevados por el medio ambiente; y el 44,5% esta dispuesto a aceptar recortes en su nivel de vida.

Junto a estos datos pueden destacarse otros referidos a la conciencia ambiental de los andaluces, mi Comunidad Autónoma de residencia. Señalo algunas conclusiones de las encuestas:

El Ecobarómetro nos dice que los andaluces tienen una gran preocupación general por el medioambiente. Señalan igualmente que es una opinión muy extendida que el modelo actual de consumo de recursos naturales compromete el bienestar de las generaciones futuras (tres de cada cuatro andaluces opinan así).

Se percibe por éstos —en más del 80%— que la situación del medio ambiente a nivel del planeta no es buena.

Dos de cada tres andaluces consideran que el medio ambiente, lejos de ser un obstáculo para el progreso, es un activo para el desarrollo y el bienestar de Andalucía. Y más del 60% de ellos afirman que las políticas ambientales son un estímulo al desarrollo y a la innovación tecnológica.

Creen éstos que los ciudadanos tenemos mucho que decir en la lucha contra el cambio climático a través de sus actitudes y comportamientos y a través de sus prácticas cotidianas, para reducir las causas que lo provocan (la emisión de gases de efecto invernadero) y adaptarse a sus consecuencias.

Y a la pregunta que realiza la Encuesta sobre la Realidad Social de Andalucía: «¿qué deberíamos hacer» ante el cambio climático?, respondemos mayoritariamente (96%) que «deberíamos anticiparnos a las posibles consecuencias del cambio climático», así como que debemos «reducir el consumo energético».

Estos datos me inducen optimismo y me hacen confiar en que estamos despertando de la borrachera de consumo. En que los ciudadanos estamos pasando a la acción y vamos por delante de los gobiernos y las empresas. Y esta actitud no es solo patrimonio de los andaluces, sino que se extiende por doquier. Hemos comprendido los ciudadanos que no tiene sentido seguir no haciendo nada. Así cada día somos más los que no queremos seguir creyendo en el cuento que nos cuentan y gritamos: ¡el Rey está desnudo!

¿Por qué no triunfa la opción verde en España?

13 Jun

La ecología política tiene una visión del mundo, un proyecto de vida buena y un programa de cambio. Los dos elementos centrales en los que apoya su discurso son: la sustentabilidad y la «democratización de la democracia». En España se consideran ecologistas: el 5,0% de los ciudadanos como primera opción; y el 6,4% como segunda opción. El 11,4% de ciudadanos, se declara ecologistas, de una manera u otra. No es mal porcentaje para empezar a romper las barreras electorales. Entonces: ¿por qué no triunfa la opción verde en nuestro país? Esta es una pregunta que me formulado muchas veces.

Quien posee los medios de producción es el dueño de la riqueza. Así pues la pugna entre derecha e izquierda ha girado siempre sobre la propiedad de éstos y la redistribución de la riqueza. Y nada más. Pero la redistribución de la riqueza, en nuestra sociedad, es redistribución del consumo, que se realiza a través de una producción no sujeta a límites, para que el bienestar pueda alcanzar a todos. Entre derecha e izquierda hay diferencias sobre el nivel máximo o el óptimo de producción. La no sujeción de la producción a límites, sin embargo, es un dogma pacífico. Es desde este límite, el del planeta, desde donde los ecologistas señalan que habría que haber realizado tanto el debate sobre la producción, como la discusión sobre la redistribución, y el resto de debates derivados: economía, condiciones laborales, modelo de democracia.

La limitación de la producción, y su subordinación cuantitativa a los límites biofísicos del planeta —uno de los principios centrales del ecologismo— es un torpedo en la línea de flotación del proyecto político tanto de la izquierda como de la derecha, que deja al descubierto la inmundicia de sociedad industrial: la destrucción ambiental. Destrucción que, en España, encuentra legitimación bajo el manto de la libertad de empresa. Inmersos en el corto plazo, el debate sobre la producción queda enmascarado por  la controversia sobre la titularidad de los medios y la disputa por la redistribución de la riqueza. Por controversias sobre aspectos derivados de aquél —el medio ambiente, las energías renovables, la economía, el mercado de trabajo—, sin que se llegue a fijar en éstas la conexión entre planeta y producción. Estos debates son batallas sectoriales, que distraen la atención del debate principal, pues para el capitalismo los daños ecológicos pueden repararse sin interrumpir los mecanismos de mercado y de acumulación de riqueza. Sirva como prueba de lo dicho, que la reconversión de la civilización industrial y la creación de una relación simbiótica con la Naturaleza aún no ocupa el centro del debate político.

Impregnadas todas las fuerzas políticas, en mayor o menor grado, de aspectos sectoriales del programa ecologista, el espacio político verde es ocupado tanto desde la izquierda como desde la derecha, al tiempo que el ecologismo, por su debilidad, es expulsado de la centralidad del tablero político hacia sus márgenes, desde donde sólo ejerce un papel subalterno. Pero no estar presente en el escenario central de la política, en el tiempo de la política espectáculo, es complicado de mantener durante un período de tiempo prolongado. Derecha e izquierda ganan legitimación ante los ciudadanos, con la usurpación de parte del «corpus ideológico» ecologista, a la vez que éstos se descapitalizan por su invisibilidad y su dilución en otras fuerzas políticas, que les impide confrontar su proyecto en el mercado electoral.

Para las fuerzas políticas productivistas la Naturaleza no es políticamente relevante. El debate sobre la conexión entre sustentabilidad y democracia no existe. Ni interesa. El medio ambiente es considerado como una cuestión técnica, en manos de técnicos cuyas propuestas se dirigen a hacer más eficiente la máquina productiva. Menos consumo de recursos y energía por unidad de producto, es igual a mayor producción en términos de cantidad. Lo que se traduce en mayor beneficio, con el mismo, o casi el mismo, daño ambiental. No importa. Lo que cuenta es que todos estén contentos, tanto a derecha como a izquierda, a pesar que la sobreexplotación de la Naturaleza es la causa del agujero de la capa de ozono, del cambio climático, del agotamiento de recursos o de la crisis de biodiversidad. Estos problemas, sin embargo, son vendidos a los ciudadanos como complicaciones medioambientales inevitables de la moderna sociedad industrial, no como los efectos indeseables de la hiperproducción. Que, por cierto, son evitables.

El debate sobre la producción queda enmascarado tras debates parciales, velado. Sutilmente vedado. Se proyecta, así, la apariencia de estar trabajando en la dirección adecuada y estar haciendo lo suficiente. La realidad es que todo sigue igual, y se hace poco o nada. El caos ambiental se atribuye al consumo de los individuos, cuando en realidad ha sido originado por la hiperproducción del sistema capitalista. La tarea del ecologismo es hacer que la confrontación con el productivismo se convierta en la disputa política central, rediseñar la seguridad ambiental y climática y proyectar una nueva prosperidad colectiva, señalando el deterioro del bienestar —individual y colectivo— producido por causas ambientales. Este trabajo deberá ser acompañado del quehacer de la «democratización de la democracia», una de cuyas tareas esenciales es abrir el contenido de la sustentabilidad al diálogo y a la deliberación social, otra, dar voz a aquellos que no la tienen: las generaciones futuras y el mundo natural.

Hemos de preguntarnos, por tanto, hasta que punto responden las democracias, en su actual configuración, a los imperativos de una crisis climática que afecta potencialmente a la supervivencia de los ciudadanos, de las generaciones futuras y del mundo natural. ¿Cuáles son las alternativas? La democracia verde. En contra de lo que pueda parecer, el espacio político del ecologismo está virgen, pues la sensibilidad política medioambiental, en España, se encuentra en la denominada «izquierda verde», que es diferente del ecologismo, al cual ésta se tiene que federar. Corresponde a los ecologistas, por tanto, si desean ocupar el espacio central del tablero político que les corresponde, construir una alternativa que muestre su visión del mundo, su proyecto de vida buena y su programa de cambio, y confrontarlo electoralmente con las fuerzas políticas que usurpan su proyecto, para ofrecer a los ciudadanos su visión y la solución que proponen respecto a los retos que en el s. XXI se plantean para la humanidad y para el planeta. Los ciudadanos lo esperan con expectación.