En que queremos crecer (II)

7 Feb

La semana pasada explicaba que es mejor crecer en calidad de vida que continuar aferrados al mito del crecimiento del PIB. En este tema sin embargo hay todavía muchas preguntas por hacer y sin responder. Responder estas preguntas desmentirá la creencia que no hay grandes límites al crecimiento porque no hay límites a la inteligencia humana, a la imaginación y a la curiosidad. Ha sido precisamente la codicia, la falta de inteligencia, de imaginación y de curiosidad, la avidez y la rapacidad, las que nos han situado al borde del abismo. Por tanto, responder estas preguntas convertirá el reto de pensar en que queremos crecer en una oportunidad de vivir, de vivir mejor con menos.

Esta nueva sociedad, levantada sobre la sobriedad y la moderación, estaría organizada en comunidades más pequeñas que las grandes ciudades actuales. El estado actual de la técnica permitiría reducir la jornada laboral. El tiempo sería menos ajetreado, volvería a ser más lento, serían entonces los aromas, sensaciones y recuerdos los que se transformarían en espacios físicos o mentales. Con ello el espíritu se vaciaría de lo inútil, de los deseos que hacen el tiempo breve, efímero. Dedicaríamos así más  tiempo a fortalecer los lazos familiares y con los amigos. El apoyo mutuo sería la regla. En consecuencia, estas comunidades serían más fraternales. El aire, la tierra y el agua tras un tiempo estarían limpios. Significaría no admitir el beneficio de unos pocos a costa del de todos. Representaría organizar la sociedad con más sentido común. Y usted, ¿imagina cómo sería su vida en esta sociedad? Visualice como sería la convivencia, su alimentación, la naturaleza, la economía, la energía y el transporte que se usa.

Aún con errores, cualquiera que sea la dirección que tomemos habremos avanzado: la agricultura será ecológica, habrá más huertos urbanos, circularán menos coches, las energías utilizadas serán renovables, existirá una renta básica universal o similar, serán muy comunes modelos de intercambio de bienes y servicios sin dinero, el voluntariado y las redes e iniciativas de apoyo. Habrá más respeto a las personas y su diversidad. La creatividad y el arte serán muy importantes. Ahora estamos pasando de las ideas a la acción. Tendremos que rediseñar la cultura, los valores y los mitos, nuestro modo de consumo y como nos relacionamos: entre nosotros y con el entorno.

Estamos reaccionando ante la evidencia de la necesidad de cambio, aunque de todavía de manera incipiente e insuficiente. Un ejemplo local de esta reacción es la iniciativa, en la ciudad de Málaga, que pretende transformar un espacio industrial abandonado en un hábitat arbóreo con un ecosistema propio a semejanza del Central Park en Nueva York, el Hyde Park en Londres o el parque del Retiro en Madrid. Otro ejemplo a escala europea es el modelo de bioeconomía sostenible que está desarrollando la UE para transitar de una economía del petróleo a una sociedad basada en los recursos renovables y Andalucía ha sido una de las regiones elegidas para su implementación.

Ahora que hemos aprendido que planeta, persona y sociedad son la misma cosa es tiempo de sinceridad y de ser prácticos, porque no hay tiempo para excusas ni fracasos. Es tiempo de innovación, de eficacia y de compromiso, es tiempo de reinventar, renovar y restaurar, es el tiempo de la ciudadanía de la tierra. Hasta el próximo miércoles.

 

En que queremos crecer

5 Feb

Ahora es el momento de respuestas reales, no de respuestas sencillas. ¿En qué queremos crecer? En energías renovables, en tiempo con familia y amigos, en alimentos más saludables y ecológicos, en mayor salud, en ocio. O queremos crecer en energías sucias, en cambio climático, en precariedad laboral. Queremos crecer en calidad de vida o queremos seguir amontonando cosas sin sentido por las que pagamos un montón de dinero.  Puesto que hemos alterado los equilibrios básicos de la naturaleza es necesario que evolucionemos del «trabajar más para ganar más» al «trabajar menos para vivir mejor», es necesario dejar atrás la competencia para pasar a la cooperación. Ahora mismo la economía es un río desbordado por la crecida, pero tenemos que apostar por la decrecida para ajustar la producción y el consumo a los límites del planeta. Se ha preguntado usted lector ¿qué sistema democrático, que sociedad, que valores podrían resistir el desplome de los recursos y la onda de choque de los trastornos climáticos? Sólo puede hacerlo una sociedad que decide recorrer el camino hacia la moderación, la sobriedad, la frugalidad. Todos juntos. Ahora es el momento de iniciar esa transición, necesaria e inevitable, hacia la prosperidad sin crecimiento, de lo contrario será el planeta quien nos imponga este cambio.

Gandhi dijo: «el mundo tiene los recursos que el hombre necesita para satisfacer sus necesidades, pero no los suficientes para satisfacer su avidez». Ello nos obliga a hacernos preguntas. ¿Cómo combinar una disminución forzosa de las materias, recursos o energías que comienzan a agotarse, con el bienestar presente y el reparto equitativo para el futuro? Con un contrato ecológico, iniciativa a la que animo a unirse, para crear entre todos una dinámica colectiva en torno a una exigencia común. Ello significa que debemos renunciar a seguir considerándonos dioses y reconocer con humildad que sólo somos hombres, que compartimos una comunidad de destino con el resto de seres vivos, con quienes tenemos un vínculo de fraternidad.

Surge entonces un secreto importante. La palabra familia en otros tiempos designaba a los hombres, pero también a los humanos no humanos (siervos y esclavos) y a elementos de la naturaleza como las tierras y los animales. El significado antiguo de familia nos enseña el tejido de relaciones de la naturaleza, que es el modelo para la nueva asociación entre seres humanos y no humanos. Es con esta palabra como mejor se responde la pregunta ¿cómo nacen los hombres y las cosas?, pues en su seno quedan comprendidos hombres y cosas. Familia responde mejor a esta pregunta que la palabra nación: que designa a los seres humanos nacidos (participio pasado) en un mismo lugar. También responde mejor dicha pregunta que la palabra naturaleza: que designa lo que está por nacer (participio futuro). Ya que estas palabras separan ambas realidades.

Hoy los hombres viven en ciudades, inmersos exclusivamente en una red de relaciones humanas reducidas a la dimensión política, que no contempla la dependencia del clima, las sequías, la fecundidad de los animales y plantas, las heladas, donde viven alejados de los animales domesticados, la azada y las tierras de cultivo. Los seres humanos viven hoy en un «universo (…) que solo se agita en las plazas y salas de reuniones, donde todo se arregla con palabras y donde los únicos problemas son los provocados por técnicas verbales». Es decir, tenemos conocimiento de muchas cosas que sólo nos importan porque las vemos en televisión y somos tremendamente ignorantes acerca de lo que debería importarnos porque nadie nos explica por qué nos deben importar. Por eso vaya a su ventana y grite: estoy más que harto y no quiero seguir soportando esta manera estúpida de vivir. Mi abuelo me contaba que cuando ya no podía más, hacía esto. Yo también lo hago. ¿Se apunta a decirle al planeta que está en buenas manos? ¿Se apunta entonces a crecer en calidad de vida? Hasta el próximo miércoles.