Maltrato animal: animales, no semovientes

29 Jun

El dolor del toro tiene banda de música en televisión y su share está en rojo. Rojo sangre. Rojo despeñado.

Semoviente. Dícese del bien capaz de moverse por si sólo. Cosa que vive y respira. Cosa que es parte de un patrimonio. De acuerdo con ello, el daño a un animal es el daño a un bien. Esta es la concepción que tenemos de los animales. Arranca en el Génesis, que otorga al hombre, el dominio de los peces del mar, las aves del cielo y de todos los animales que se mueven sobre la tierra. La lucha contra el maltrato animal es, en primer término, una batalla cultural. Y en esta contienda, la palabra es la herramienta más útil que podemos utilizar.

Animal. Dícese ser sintiente, sensible. Sintiente significa sentir placer y dolor. Significa ser consciente de lo que le ocurre a tu cuerpo. Significa ser consciente de quien se es. Significa sentir agonía. Poder sentir lo que otros sienten cuando perciben tus estados emocionales. Significa tener empatía.

La más cruel y repetida escenificación del maltrato hacia los animales en España es la tauromaquia: las corridas de toros y el Toro de la Vega, en particular. No son éstas las únicas manifestaciones. Existen otras: el ahorcamiento de galgos, el tiro al pichón, el enjaulamiento de animales en zoológicos. La utilización de animales en los circos. O el abandono de animales.

Los espectáculos taurinos, cubiertos por el manto de la cultura, son, sin embargo, ejecuciones públicas. Por su crueldad gratuita, las corridas de toros constituyen un ejemplo de la banalidad del mal, a la que se refirió Hanna Arendt. El relato de Jesús Sepúlveda, técnico de sonido de Televisión Española, refleja, a través de su experiencia, este concepto. Decía en Facebook: «si en lugar de la mezcla de sonido de la banda de música, aplausos, bravos, olessss y demás… el sonido fuera el que capta» el micrófono «a pie de ruedo, donde se escucha perfectamente el sonido de la banderillas al entrar en la piel, los mugidos de dolor que da el animal a cada tortura a la que se somete…» Continuaba relatando: si se mostraran las heridas que se le producen al toro, los coágulos como la palma de una mano, la sangre que le brota acompasada al latir del corazón, la mirada que pone en animal antes de que le den la estocada final. Y el público viendo esto aplaude, «comiendo su bocata». Banalidad del mal.

A pesar de este oscuro panorama, el rechazo respecto a la crueldad y el maltrato sobre los animales ha comenzado a producirse en nuestra sociedad. Hoy los espectáculos que consisten en la tortura y muerte de animales son declinados. Y entre los jóvenes no gozan de predicamento ni seguimiento. Las corridas de toros tienen apenas una cuota de pantalla del 9,1% y 878.000 espectadores (share que no justificaría el mantenimiento de ningún programa en televisión). A pesar de todo, el sangriento espectáculo de la tauromaquia, vendido por esa industria como «arte», es mantenido artificialmente con subvenciones públicas. Retrasmisión que en muchas ocasiones se realiza en horario infantil. Se contribuye con ello a la socialización de los menores en el maltrato, que no distingue después contra quien se dirige.

Cada vez más ciudadanos exigen sobre el holocausto de millones de animales, que termine la barbarie. Grandes ciudades como Cádiz, Málaga, Lleida o Lugo, ya han prohibido la celebración de espectáculos con animales, siguiendo la iniciativa pionera de Barcelona. Madrid va a discutir esta prohibición. Se han aprobado leyes sobre bienestar animal. Existe una Asociación Parlamentaria en Defensa de los Animales (APDDA), que hace lobby político-institucional en favor de los animales. En algún Ayuntamiento, como el de Villena (Alicante), se ha creado la Concejalía de Políticas Animales. Aunque insuficientes son muestras que algo se está moviendo.

En esta lidia cultural, en favor de los animales, la acción que podemos ejercer de manera inmediata, es, como decía antes, el uso de la palabra. Porque la palabra es performativa. Una vez dicha genera una nueva realidad, que se empieza a desarrollar a la vez que transforma la existente. Un ejemplo. Sustituya el vocablo vivir, por el de convivir. Convivir significa vivir-con. Este término nos dice que no somos los dueños del planeta, ni del resto de seres vivos que lo habitan. Al convivir nos situamos en términos de igualdad en dignidad con los animales, en cuanto seres vivos que somos ambos. En tanto seres sintientes también, por las mismas razones, no podemos ejercer sobre ellos el mal. Ni podemos utilizarlos como instrumentos para la diversión. Con ellos sólo cabe una ética y una cultura de la paz. Esa igualdad exige el respeto de su dignidad.

Naturaleza sin alfabeto

22 Jun

El hombre como hélice de la Naturaleza. Es la metáfora de una biosfera agotada por el uso. Oxidada. Convertida en fuego petrificado. A partir de esta alegoría, el relato, compuesto con versos prosificados, juega con la capacidad evocadora de la poesía, buceando en la relación con la Naturaleza desde la belleza y la emoción.

Mientras recogía las manzanas, pensaba en el pecado. En el pecado del hombre con la Naturaleza. En su orfandad desgajada. En los días de reglas negras, de silencios, de ojos ciegos, de años muertos sucedidos, tras ser la Naturaleza despojada de sus alfabetos. Convertida en campo de concentración. A pesar de los años transcurridos desde el ultraje. De la iniquidad. De la vergüenza. No podemos devorar su corazón, ni su cerebro. Ni borrar nuestros recuerdos, aunque vivan en un bosque de manzanos suicidados. No se compondrán los versos malditos, escritos con tinta del árbol del mal. El jardín, aún sin paraíso, nunca quedará sin tierra mojada ni olor.

Hubo un tiempo en que dejé de contar los veranos. Las estaciones. Las gotas de agua. El rocío. El ábaco estaba oxidado. Dejé de contar las gotas caídas y aquellas que caen. Tampoco puedo imaginar las que han de caer. Pero permanece, indeleble, el perfume del tiempo. Indecible. Trae la memoria de su sonrisa, del verde de sus ojos, del aroma de su nombre: Naturaleza. Desde ese planeta imaginable, no hay destierros, exilios, desiertos. Hay un mar que me encontré, un mar azul, azul de azules ojos y piel de espuma. Un mar de caracolas, y olas. Un mar que quiero abrazar, desabrazado ahora.

Me pica la pierna izquierda. No sé si es la contaminación del agua, del aire, del alimento o las cosquillas de un enjambre de gotas de agua. Si su significado es el mismo que cuando me pica la mano del mismo lado. El picor me confunde. No sé si mi cama es mi cama o el planeta es mi patria. Absurdo. Me elevo y vago en mi universo, como ahora. Y me pregunto sobre la Naturaleza. Sobre el amor. Me dejo fluir tras saber que el mundo ya no es Caos. Que ya no copulamos con la noche. Que ya no somos sólo pez. ¿Fue todo un sueño, un sueño y nada más?

Adorar es más fuerte, que amar, y reír, aunque desde el dolor para llorar. El alma desea. Y los ojos se cierran. A pesar que la cera de la vela en los dedos goteará. Y los abrasará. Sí, adorar es más fuerte, que amar. ¡Más fuerte que aprender o imaginar! Cera caliente para endurecer el corazón. Pero, sin tener tiempo para soplar los dedos. Estos versos, de Olga Mogilevskaya, junto con los anteriores, ilustran la paradójica relación que mantenemos con la Naturaleza. El espejo, por ello, no sabe si ser límite u horizonte. Me pellizco. Quiero comprobar que la Naturaleza se desliza, otra vez, dentro de mí. Que se ahonda bajo mi piel. Para pensarla secreta. A borbotones. Y encontrarla, como el agua encuentra a la tierra, ocupando la levedad de sus vacíos. Pero la mentira crece en el espejo. Veo estrellas que se abaten desde el cielo. Un pez cíclope que zozobra en la calle. Una urbe que vomita sin saber por qué. Un lápiz pinta con su sombra, porque ya no queda mundo. Ella es para nosotros, sólo, una película muda de un único bit. No oímos la súplica de la Naturaleza que nos dice: ¡Piénsame amor mío, piénsame, por Dios!