Azul y verde muerde

15 Ene

¿Es posible un gobierno entre conservadores y verdes? ¿Significa esa alianza lo mismo que el refrán que dice: azul y verde, muerde? Pienso que si. Y muerde mucho, a pesar de que el líder ecologista austriaco dijera que se había logrado «conciliar lo mejor de los dos mundos». Las críticas a la alianza provienen «principalmente de la Juventud Verde». Si alguien cree que el acuerdo con Los Verdes va a suponer un cambio de rumbo en la política antimigratoria del  Canciller austriaco, puede olvidarse de ello. Kurz declaró que: «La lucha contra la inmigración ilegal sigue ocupando el centro de mi política».

¿Cómo justifican Los Verdes austriacos su alianza con «un partido de derechas que en los últimos años ha endurecido su discurso en materia de inmigración con posiciones de extrema derecha» y que va aplicar un programa económico neoliberal que «ralentizará masivamente» la lucha contra el cambio climático?

Aunque los ciudadanos han reemplazado en las encuestas a la inmigración por el medio ambiente como principal preocupación, ha habido un fuerte incremento la abstención respecto a las anteriores elecciones (20 puntos). En este contexto Los Verdes austriacos han obtenido el mejor resultado de la historia (13,9%). Y el ÖVP, la derecha xenófoba austriaca, ha incrementado sus votos siete puntos, hasta el 37,5%. Y la extrema derecha del FPÖ aún bajando diez puntos respecto a las anteriores elecciones, ha obtenido el 16,17% de los sufragios ¿Será suficiente este cambio en las preocupaciones ciudadanas para que los votantes verdes se traguen el sapo de esta alianza? Lo dudo.

El acuerdo de gobierno firmado entre los conservadores y Los Verdes austriacos es un programa de gobierno conservador con una pátina verde. Encarna un «ecologismo de élites que no supone una ruptura con las políticas de empleo anteriores, sino que pretende redirigirlas hacia un capitalismo verde.» A cambio de un ministerio los ecologistas se han involucrado en una alianza excluyente que normaliza las políticas reaccionarias de la derecha austriaca: rechazo de la inmigración, del islam y de la integración de los migrantes. El Canciller austriaco declaró tras el acuerdo: «Es bueno poder continuar nuestro trabajo para Austria», refiriéndose a la anterior coalición con la extrema derecha. «Es posible proteger el clima y las fronteras».

Las declaraciones del líder verde señalando que para ellos «los derechos de las personas y nuestro plan verde están por encima de cualquier acuerdo de gobierno», resultan poco creíbles tras el pacto de gobierno alcanzado. Hubieran resultado mucho más creíbles, si ante las diferencias entre ambas formaciones en política económica, climática y migratoria hubiesen alcanzado un pacto de investidura que les hubiese dejado libres en la oposición para criticar la deriva xenófoba y neoliberal del nuevo gobierno. El acercamiento del ÖVP a los ecologistas es parte del giro medioambiental que están llevando a cabo la derecha reaccionaria y la ultraderecha europeas para continuar en el poder. En similares términos a los expresados por el Canciller austriaco se ha manifestado, la portavoz del partido ultraderechista francés Agrupación Nacional, Marine Le Pen, para quien «las fronteras son el mayor aliado del medio ambiente». Ello significa protección contra el colapso climático para los europeos, de la que quedan excluidos los no europeos.

Otra reacción a este pacto que no debe ser obviada ha sido la del presidente del Partido Popular Europeo, Donald Tusk, de un marcado carácter étnico. Declaró éste que la protección del planeta «es para los cristianos el undécimo mandamiento». ¿Por qué dice que es un mandamiento solo para los cristianos y no para todos los europeos? ¿Acaso no estamos todos amenazados por la emergencia climática? Esta declaración aparentemente inocua revela el fondo xenófobo de la política migratoria de la derecha europea.

Pero Los Verdes austriacos no son los únicos infectados. Se han sumado también a este nuevo formato político los socialdemócratas daneses, quienes desplegaron una campaña electoral dominada por un discurso xenófobo con matices ambientalistas y a la que ha seguido una política de endurecimiento de las reglas respecto a los migrantes musulmanes. Esta parece ser la tendencia que se está instalando en Europa: futuro sostenible y restricciones migratorias más duras. Capitalismo verde a cambio de derechos humanos. Con este pacto Los Verdes austriacos puede decirse que han dejado de ser inteligentes para ser solo vivientes.

El líder ecologista austriaco es consciente de que este experimento puede ser un precedente para otros países. Se ve en sus declaraciones: «Desde Europa nos miran». La misma percepción la tiene el presidente del Partido Popular Europeo, quien declaró que: «esta coalición es una directriz para los conservadores». ¿Va a ser ésta la nueva bipolaridad política europea futura?

Otra pregunta que es necesario hacerse es sobre las consecuencias de esta alianza. El efecto que va a ocasionar es la normalización del discurso de la ultraderecha –al menos allí donde se ha consumado− y la obtención de credibilidad para su discurso sobre el cambio climático: que la preocupación por el clima es una cuestión esencialmente nacionalista, posición que apuesta en Europa por el ámbito interestatal a la vez que debilita la supranacionalidad europea.

¿Y quien va a ser el mayor beneficiado con esta alianza? La primera respuesta la da la demoscopia y es generacional. La extrema derecha es la elección más popular entre los menores de 30 años en Austria. En el resto de Europa la ultraderecha sigue avanzando entre los milenials y la Generación Z: lo ha hecho en la Francia de Le Pen y en la Italia de Salvini. Y resulta indiciario que la edad de la mayoría de los ministros del nuevo gobierno austriaco esté entre los treinta y cuarenta años. Al lado de los 58 años del dirigente verde.

La probable reelección de Trump −en un trasfondo de agravación de la emergencia  climática, de aumento y extensión de los desplazamientos migratorios que hará prioritarios estos asuntos− hará que más partidos de las derechas liberal y soberanista viren hacia la ultraderecha, que al igual que la derecha xenófoba austriaca buscarán la legitimidad que les proporcionan las alianzas con los partidos ecologistas. En este contexto –más que nunca− éstos deben evitar alianzas con las derechas y con unas izquierdas poco relevantes que solo aspiran a mantener «el viejo statu quo». Y atribuirse para si «la normalidad democrática» y la defensa de una «racionalidad e institucionalidad» razonables, a fin de romper el control de otros sobre sus narrativas y dejar de cantar otras canciones. Creer en nuestros objetivos.

¿Pero en vez de enfrentarse a esa derecha extrema Los Verdes austriacos han pactado con ella? ¿Por qué? ¿Es un ajuste de los ecologistas a esta deriva? ¿Son ansias de ocupar el poder? El error que Los Verdes austriacos quizás hayan cometido es haber considerado como mérito propio un resultado electoral favorable influido por el fuerte aumento de la abstención que en principio lo hace coyuntural. La forma en que el dirigente verde coge la mano del líder conservador resulta significativa.

                            

Y aunque Los Verdes están capitalizando por ahora la acción climática y el voto contra la derecha, esta alianza puede pasarles factura electoralmente en los próximos comicios debido al desencanto de los jóvenes -que el propio Kogler dice le han apoyado- por un programa económico neoliberal impuesto por la derecha que «ralentizará masivamente» la lucha contra el cambio climático, según los Jóvenes Verdes austriacos.

A más largo plazo el voto de las clases medias con «conciencia ecológica» pueden pasar a engrosar las filas de la extrema derecha −de la misma forma que el voto socialdemócrata migró a aquélla ante el fracaso de éstos para oponerse a la austeridad− debido al aumento y extensión de los desplazamientos migratorios y si las medidas que se pactadas para afrontar la emergencia climática resultan ineficaces haciendo que la crisis climática se profundice.

El horror de la crisis climática además de en los efectos ambientales, está en la forma en que las sociedades se preparan para afrontarlo. Y la estrategia de Los Verdes austriacos y los socialdemócratas daneses desmantela la idea de llevar a cabo una transición justa. Arruina y deja sin contenido, además, el programa electoral verde en materia de inmigración, en el que se dice que «hay  proporcionar apoyo a […] la gente en busca de refugio, para que puedan construir una nueva vida». ¿Este es el apoyo? ¿Son admisibles políticas públicas de transición energética implementadas sobre la exclusión y el rechazo del diferente, sobre la definición estrecha y cruel de quien pertenece y quien no pertenece a un determinado territorio a efectos de protección? ¿Se han hecho cómplices Los Verdes austriacos de la xenofobia de la derecha y de la ultraderecha con su alianza? Marine Le Pen, la líder francesa de la ultraderechista Agrupación Nacional, ahonda ese discurso en la misma dirección sosteniendo que a los migrantes «no les importa el ambiente; no tienen patria».

Que las cosas que es necesario hacer para atajar la crisis climática no sean populares, nada tienen que ver con la xenofobia de la derecha y la ultraderecha. La alianza entre Los Verdes y la derecha austriaca ha destapado la necesidad de llevar a cabo un amplio debate político y social que redefina lo deseable y lo posible. Un debate en el que lo deseable no sea traicionado por lo posible.

De investiduras, patrias y planetas

6 Ene

España y la Constitución si se pueden romper, pero no por una confabulación comunista, separatista y pro-etarra como dicen las derechas y la ultraderecha. España puede ser rota por el cambio climático y sus consecuencias sociales y ecológicas, si continúa la inacción o la insuficiencia de la acción climática y no modificamos nuestra manera de movernos, alimentarnos, de producir y consumir energía y los bienes necesarios para asegurarnos un buen vivir en equilibrio con la Naturaleza. El problema más grande que tiene España no es Cataluña, como dicen los independentistas. El problema más grave que España tiene es la emergencia climática.

Lo dramático es que una niña de 16 años haya comprendido la gravedad del momento, mejor que todo el arco parlamentario representado en el Congreso de los Diputados. Lo que los jóvenes está reivindicando en las calles no es «la equidad intergeneracional» −que puede ser acomodada a la oportunidad política−, como ha dicho en el debate de investidura el candidato a la presidencia del gobierno. Lo que están pidiendo es que se escuche a la ciencia y se actúe con la urgencia y de conformidad con lo que están diciendo los científicos. Por ello Greta dice en Twitter que la emergencia climática no es «una cuestión política más entre otras cuestiones políticas», una cuestión rutinaria, sino una «emergencia existencial»: «This can no longer be news among other news, an “important topic” among other topics, a “political issue” among other political issues or a crisis among other crises. This is not party politics or opinions. This is an existential emergency. And we must start treating it as such».

Nnguno de los intervinientes, sin embargo, pareció sentirse aludido por estas palabras. Las derechas instaladas en la más rancia exaltación patriótica con sus ‘Vivas al Rey y a España’ y las izquierdas en su ecoescepticismo social, dedicaron el tiempo a hablar de otras cosas: de patrias, del pasado, de la historia y de sus cuitas. Al tiempo que olvidaban que no tenemos planeta B. Que el planeta es la única patria que tenemos. Y esto significa −como  dicen los científicos− que en la situación de emergencia climática en que vivimos el tiempo de reacción está limitado a una década: 2020-2030. Pero solo piensan en el corto plazo, en el poder y en el dinero. De lo que hagamos en esta década dependerá como sea el futuro de la humanidad. ¿Hablamos ya de decrecimiento?

Lo importante para las derechas y la ultraderecha no es el futuro de la humanidad que nos jugamos en la acción climática que llevemos a cabo. Para ellas lo importante es crear el clima que les permita recuperar el poder que han perdido. Actúan de acuerdo con el principio: «lo importante no es la realidad, sino su percepción, que está condicionada por el lenguaje». Ello explica la escenificación y las expresiones gruesas que se escucharon en el hemiciclo: traición, golpe de Estado, villano de comic, acusaciones de fraude electoral, gritos de asesinos, terroristas. O la petición en las redes sociales, por un eurodiputado de VOX, de la intervención del ejército para parar el golpe de estado separatista de Cataluña.

                                          

El debate sobre si España es una sola nación, una nación de naciones o una parte del territorio quiere independizarse está silenciando la anomalía de las relaciones de la humanidad con el planeta. Tan es así que ninguna de las diputadas y diputados intervinientes trajeron al debate de investidura cuestiones –siquiera en sus líneas maestras− como: si la forma de organización territorial del Estado que tenemos es la mejor para afrontar el reto climático. O lo sería un Estado federal, uno confederal o una organización biorregional.

                         

Ni el candidato a la presidencia tampoco señaló, cuales serían las líneas generales, siquiera las más genéricas, respecto a la manera en que iba a afrontar la emergencia climática. Esperaba que hubiera dicho algo más que la mera enunciación de leyes que realizó, tratándose del más importante de todos los asuntos de gobierno de esta década.

Y aunque la música social y climática que desgranó el candidato a la presidencia suena bien. Y me hace respirar mejor saber que en España habrá un gobierno progresista. No puedo ocultar la preocupación y la decepción que sufrí al escuchar sus intervenciones, que confirmaron la sensación de green washing que me produjo leer el acuerdo de coalición de gobierno PSOE-UP.

                         

Esa preocupación y decepción la ocasiona la insuficiencia del programa de transición energética –que no ecológica− que propuso el candidato. Un programa que no tiene la ambición climática que están pidiendo desesperadamente los científicos, la ONU y los jóvenes. Con el programa esbozado no se alcanzará la reducción del 7% anual de las emisiones según las tasas recomendadas por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Ni mucho menos la reducción de entre 8-10% anual que es necesaria para que la transición ecológica sea justa.

La otra preocupación que me asalta sobre la transición energética anunciada, la origina la escuálida mayoría parlamentaria que sustentará al gobierno de coalición. Las leyes sobre cambio climático, transición ecológica, sostenibilidad que han de aprobarse requieren un amplio consenso, que será imposible alcanzar en esta XIV legislatura. Esta circunstancia acrecienta el riesgo de que la aprobación de dichas leyes con el voto en contra de las derechas, pueda traducirse en una reversión o atemperación de los objetivos posteriormente si llegado el caso éstas recuperaran el poder, como ocurrió con Madrid Central.

La tibieza de la ambición climática aparece, además, en una pequeña trampa que se introduce en las propuestas de planes de acción climática. La fecha de inicio de que se especifica es en la mayoría de los casos es 2019, cuando en realidad se iniciarán como más temprano en 2020. Este pequeño desfase del período de  actuación concretado hace que éste no sea real y por ello la posibilidad de no consecución de los objeticos se acentúe.

Ésta también queda reflejada en las intervenciones del candidato y sus socios de gobierno. El candidato socialista hizo alusión a la emergencia climática solo una vez en toda su intervención, amén de las medidas concretas que desgranó. Trató además la emergencia climática como una política sectorial, no como una política transversal. Iglesias, candidato a Vicepresidente, destacó en su intervención que España se iba a convertir en referente europeo de justicia social. Pero guardó silencio respecto a la justicia ambiental, ni hizo referencia alguna al cambio climático en su intervención. Tampoco la hizo el representante de En Común Podem, ni Alberto Garzón de IU. Aunque ellos no pierden ocasión para hacer referencia a la transición ecológica justa, excepto cuando tienen el marco idóneo para defenderla: el debate de investidura en sede parlamentaria. El candidato a la presidencia y sus socios de gobierno lo que hicieron fue tratar este asunto como uno más de la agenda política. Como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo para ello. Hicieron justo lo que los jóvenes están pidiendo que no se haga.

Pero a pesar de las promesas la realidad es tozuda. Tras el Acuerdo de París −que marcó un hito en cuanto al consenso político al respecto− las emisiones interanuales de CO2 siguen incrementándose. Ni siquiera ha sido posible todavía un pequeño descenso neto de emisiones. Una victoria simbólica.

Pero la actitud de las derechas y la ultraderecha −con el tono bronco y guerra-civilista que emplearon defendiendo la España uniforme− y la composición política del Congreso de los Diputados no son un buen augurio. El reto es de tal magnitud que requiere que tanto las empresas, como las ciudades, los ciudadanos y todos los gobiernos tomen cartas en el asunto. A la vista de la situación y de inacción climática se necesita qué la iniciativa ciudadana sea mayúscula, absoluta para sacar esto adelante. Una rebelión ciudadana.

                         

Habrá que ver en que queda la transición ecológica del nuevo gobierno. En que quedan las reducciones de emisiones en todas las áreas: energía, transporte, ocupación del suelo y agricultura, que demanda el Instituto de Sostenibilidad. Pues el programa de gobierno concentra su esfuerzo en la descarbonización de la producción eléctrica (85-95% de la misma deberá proceder de renovables en 2040) y en la movilidad urbana y de cercanías. Y el informe del IPCC de 2013, sin embargo, dice que para evitar un cambio climático descontrolado es necesaria una reducción del total de emisiones –y no solo de la producción eléctrica− del 84% en 2030. Los números no salen.

Y habrá que ver el efecto de un acuerdo de gobierno que no implica al sistema financiero en la emergencia climática, ni evita políticas contradictorias: habla de sostenibilidad y a la vez apuesta por una «política económica orientada a potenciar el crecimiento».

Pero una cosa es la letra de los discursos y otro la acción climática que despliegue. Los límites del programa verde del nuevo gobierno pueden quedar aprisionados en la «transición energética realista» que reclama el PNV. En la petición del candidato a la presidencia a sus socios de llevar a cabo una acción de gobierno moderada y de progreso. En el rechazo que manifestó el diputado de la derecha, de Foro por Asturias: que abominaba de la «transición energética radical» que planteaba el candidato socialista, pues empobrece las comarcas mineras y hace subir el recibo de la luz. Rechazo al que se unirá y remachará el resto de las derechas. Y éstas ya lo han dicho con toda contundencia: que no les gusta el gobierno de los socialistas con los comunistas, separatistas y pro-etarras, esa especie de nuevo Frente Popular.

Estamos a un paso de llegar a un punto de no retorno. En lo climático por todas las razones que he expuesto en esta y en otras entradas. Y en lo político porque la estrategia de la ultraderecha de crear caos, desafección y sembrar el miedo, solo busca crear el caldo de cultivo que favorezca su fortalecimiento y crecimiento. La transición ecológica va a ser un camino lleno de obstáculos tanto desde dentro como desde fuera del gobierno. Por eso mismo seguiré pensando y actuando con esperanza para que la vida, la de la generación de Greta y posteriores, no sea escrita por las dinámicas egoístas, irresponsables e insuficientes que han creado el problema. Trabajando por un Frente Climático y de Verdad Amplio. Espero y es mi deseo que los Reyes Magos no nos traigan carbón.

Desde los límites

1 Ene

Estamos en el límite de lo político, de lo ecológico y de lo moral. Y desde ellos es de donde debemos pensar para actuar. Pero no veo que esto sea así. Veo unas fuerzas políticas instaladas en el posibilismo climático cuando no es tiempo ni hay tiempo para ello. Y me pregunto entonces: ¿de qué le serviría a un partido verde ganar elecciones o alcanzar el poder con un pacto o coalición, si la acción de gobierno o la actividad parlamentaria que se despliegue después no sirve para evitar un incremento global de la temperatura en el planeta superior a 1,5ºC? Esta pregunta no puede responderse en el vacío, sino que ha de ser contestada en relación con esta otra: ¿cuál es la finalidad y el objetivo de un partido verde? No tener en cuenta la segunda pregunta para contestar la primera hace que cualquier respuesta que se pueda obtener se vea como válida. Sirva de ejemplo para ilustrar esta cuestión el pacto de gobierno de Los Verdes y el partido de la derecha austriaca (ÖVP), aliado con la extrema derecha en la anterior legislatura.

Una respuesta a la pregunta formulada y que tiene en cuenta ambas cuestiones sería la que daba la dirigente verde alemana, Petra Kelly, al decir: «Como verdes no forma parte de nuestro concepto de la política buscar un sitio a la sombra de los partidos políticos establecidos ni ayudarlos a mantener el poder y el privilegio que forma parte de ellos. Ni aceptaremos ninguna alianza ni coalición. (…) Lo último que nosotros queremos es utilizar las idas verdes para rejuvenecer otro partido político.»

¿Cuál es entonces el objetivo de Los Verdes austriacos: evitar que la derecha y la extrema derecha vuelvan a gobernar juntas como en la anterior legislatura o hacer que los compromisos de Austria en relación con el Acuerdo de París sean lo suficientemente ambiciosos para que dicho país pueda contribuir a evitar un cambio climático fuera de control de los humanos? El primer objetivo es el principal para las izquierdas y al segundo se dedican cuando tienen tiempo o hay dinero suficiente. El segundo es el que debería ser el principal de un partido verde. La amenaza a la supervivencia solo puede resolverse mediante un cambio estructural, no a través del control de la crisis o de retoques cosméticos.

Otra respuesta, pero que solo tiene en cuenta la primera de las preguntas formuladas, es lateoría del «centro verde» que formulan algunos ecologistas en Twitter: «El “centro verde”, un partido ecologista capaz de trazar alianzas con los conservadores. “Un reparto posible de ministerios que daría (a los verdes) infraestructuras, transportes y medio ambiente, asuntos sociales y Justicia”. El ecologismo debe hacer una crítica feroz al capitalismo como causante de problemas climáticos y sociales. Después, ha de proponer alternativas. Y ahí se trata de transformar la sociedad, pero no sólo nuestra esquina rojiverde. Hay que involucrar a todo el mundo.»

Habría que volver a formularse las preguntas que P. Kelly se hacía: «¿podemos tener esperanza en un deseo positivo de cambio de su parte?; dado que sus propias estructuras son contrarias a los principios de la democracia, ¿pueden sus representantes cambiar sus políticas?». Su respuesta ayudará a ver el camino.

¿Realmente creemos que la acción climática de Austria tras este pacto de verdes y conservadores va hacer cambiar a éstos sus políticas y la acción climática que despliegue el gobierno va a estar en la línea de ambición reclamada por los científicos? Si no vale para ello: ¿para que sirve entonces la presencia de un partido verde en el gobierno?

Y otra respuesta sería la de Greta Thunberg en Twitter, más alineada con el cambio estructural que defendía Petra Kelly: «Es hora de comenzar a preguntar a nuestros [representantes] electos cómo van a lograr esto [evitar que la temperatura se incremente en más de 1,5ºC]. O dejar que expliquen por qué deberíamos renunciar al objetivo de 1,5°C y, al hacerlo, aumentar significativamente el riesgo de desencadenar reacciones en cadena irreversibles más allá del control humano.» En consonancia con los límites del planeta que describe Kate Raworth en la figura de abajo.

                                     

Hay que preguntarle entonces al nuevo Gobierno de ‘Coalición Progresista’ que se forme, como va a ser su acción climática y si va a renunciar a que España tenga la ambición que reclaman los científicos y la ONU con el cambio climático.

La respuesta la encontramos en el programa de gobierno es un bluf en materia de cambio climático. Planea sobre él sin aterrizar. Declara en el primer párrafo de la Introducción que el objetivo de este gobierno es situar «a España como referente de la protección de los derechos sociales en Europa». Pero debemos interrogarnos por qué no plantea también que España sea una referencia –en Europa y el mundo− en relación al cambio climático. No se entiende esta falta de ambición en la acción climática cuando la zona Mediterránea va a exigir acciones de mitigación más profundas, pues el incremento de la temperatura aquí es mayor que en otras zonas del planeta: hoy ya ha sobrepasado los 1,5ºC.

Avanzando en la lectura del programa de gobierno se observa que en el primer punto de las medidas se habla de «consolidar el crecimiento» económico, afirmación que concreta diciendo que será una «política económica orientada a potenciar el crecimiento». Que acto seguido califica de sostenible, sin más matiz ni explicación. Pero crecimiento y sostenibilidad son incompatibles. Ello me lleva a pensar que no estamos ante un olvido o una redacción defectuosa de este apartado del programa de gobierno, sino que el mismo no es más que un descomunal lavado verde de cara o green washing.

En esta democracia sin virtud, como decía Eugenio Trías nos «revolcamos en la sombra de la política». Ese lugar donde habita «la disposición al crimen, al fratricidio, al homicidio» que nos inviste de su poder de negación, destrucción y ruina. ¿Exagerado, pesimista? Ni lo uno ni lo otro.

La sospecha de que nos hemos instalado en la sombra de la política la confirma un análisis rápido de las medidas que el programa de gobierno PSOE-UP propone para luchar contra el cambio climático: no se hace referencia a objetivos de reducción de emisiones, sino a objetivos de generación eléctrica de origen renovable y la única mención que hace a la descarbonización es referida al sector eléctrico, sin referencia al resto de sectores productivos; se propone de manera genérica la implementación de una estrategia de rehabilitación de edificios, pero a largo plazo y sin referencia a la eficiencia energética; se habla de mejorar la eficiencia de la cadena logística pero sin más concreción; no se hace referencia alguna al transporte interurbano por carretera ni de potenciar la red ferroviaria, salvo en lo referido a los trenes de cercanías; no se propone incrementar la superficie forestal, solo habla de gestión y aprovechamiento sostenible; se propone establecer el delito de maltrato de animales salvajes, medida que no se entiende que tiene que ver con el cambio climático.

Este programa de gobierno en materia de cambio climático no establece compromisos ni específicos ni ambiciosos y sigue dejando las manos libres al Gobierno que se constituya para que continúe incumpliendo los compromisos que España contrajo con la firma del Acuerdo de París. Mi pregunta es: ¿para qué sirve? Respondo: para hacer creer a la gente que se están adoptando las medidas ambiciosas que reclaman los científicos para afrontar la crisis climática, cuando no es así.

Pero el verdadero alcance de las medidas de lucha contra la crisis climático del próximo gobierno la encontramos en el propio acuerdo donde se señala que los acuerdos se articularán «adaptándolos al nuevo contexto macroeconómico» y lo que dice el punto 8 del acuerdo que el PSOE ha firmado con el PNV, en el que se hace referencia a «posibilitar una transición energética realista».  Subrayo el término «realista» pues reafirma las sospechas que tenía al leer el programa de gobierno. El programa de este gobierno –por más que quiera vestir el muñeco del cambio climático y vendernos la moto− es un anuncio de que seguirá en la senda del cumplimiento insuficiente de los compromisos del Acuerdo de París que señalaba antes y que nos conduce –si no adoptamos ya medidas contundentes− a un incremento catastrófico de temperaturas de 3,4ºC o más. Y por eso mismo no se que pintaba Juanxto López Uralde, ex-portavoz y ex-miembro de Equo, en la presentación del programa de gobierno, otorgándole al mismo con su presencia un sello verde que ni tiene ni merece.

Aún reconociendo que las medidas tanto en relación con el cambio climático como las medidas sociales que se recogen en el programa de gobierno, son positivas, así como otras que se recogen respecto a la acción de gobierno en otras áreas. Las referidas al cambio climático son claramente insuficientes y no son las medidas que se podían esperar de un gobierno que se autodenomina progresista. No sirven las acciones que se quedan dentro del ámbito confortable de lo posible. La lucha contra el cambio climático no es compatible con un programa de crecimiento económico que evite el enfriamiento económico previsto a partir de 2020. Para lo único que van a servir estas medidas, es para que el Gobierno se ponga la medalla en relación con el cambio climático y pase la patata caliente a la generación de Greta y posteriores. Con el agravante de que sabía lo que iba a pasar y no ha hecho lo suficiente. ¿Qué debería hacer un partido verde en una tesitura como la de Austria? Permitir la investidura de un gobierno con la contrapartida de una serie de medidas acordadas y quedarse en la oposición desde donde seguir exigiendo el cumplimiento de su programa político y cuantas medidas sean necesarias para que la acción de gobierno sea climáticamente ambiciosa ¡Si Petra Kelly levantara la cabeza!