La transición ecológica

8 Jun

Primero todo era sostenible. Después se planeó la Modernización Ecológica de Andalucía. En las últimas elecciones generales algunos hablaban de transición energética. Tras la creación del Ministerio de Transición Ecológica, vamos quemando etapas, caminamos hacia esa transición ecológica que necesitamos hacer.

Con la creación de este Ministerio y la inclusión dentro del mismo del medio ambiente, la energía y el cambio climático, los asuntos ecológicos se han colocando en el centro del debate político. Esto es una buena noticia. El medio ambiente ha dejado de ser una cuestión de cuatro locos románticos o una sección de la gestión política para hacerse mayor de edad. La incorporación de los problemas ecológicos al ámbito de las instituciones, ha supuesto la introducción de la ecología en la acción político-administrativa del Estado, así como en el debate político de los grupos parlamentarios, que de esta manera entra en la vida diaria de la gente. Ya es política.

Y aunque es un comienzo y no es malo, no tiremos las campanas al vuelo. Si se analiza la nueva estructura del Consejo de Ministros y la reestructuración de los áreas de algunos Ministerios podemos extraer algunas consecuencias respecto de la transición ecológica que impulsará el nuevo Gobierno.

La primera conclusión es que si examinamos la estructura del Gobierno se observa que la economía y la empresa quedan desgajadas de la transición ecológica. Alejadas. Separadas. La apuesta del PSOE se trata de una apuesta por un modelo económico más eficiente en el uso de los recursos y más prudente en la generación de externalidades. Una apuesta por un capitalismo verde, versión amigable de la globalización, que establece como una prioridad la protección del medio ambiente, pero enganchada al imperativo categórico clásico de «crecer o morir». No se ha hecho ecologista el partido socialista.

La segunda cuestión que se observa es la configuración de las áreas. Así el área de la de «Migraciones» se ha unido a «Trabajo» y «Seguridad Social». Este encuadramiento desconoce o no reconoce la realidad actual de las migraciones por razones climáticas y del incremento previsto de éstas. El nombre del Ministerio y la unión de esos tres sectores administrativos proyecta sobre la inmigración la idea de que la pérdida de puestos de trabajo, la reducción de las ayudas a los nacionales y el empeoramiento de los servicios públicos de bienestar es debido a su llegada. Es caldo de cultivo para la xenofobia.

Otra consecuencia, es que a pesar de los defectos que pueda presentar el diseño de la estructura ministerial, tiene la virtud de ejercer una influencia positiva en el tránsito de los ciudadanos desde las actitudes a los comportamientos ambientales, ya que desde las instituciones se penetrarán todas las esferas de la vida de la gente. Los españoles —como refleja el CIS en sus barómetros— opinan que  el Estado ha de conducir a la sociedad a la sostenibilidad. Con la creación de este Ministerio de Transición Ecológica comienza a converger la acción política institucional con la preocupación ciudadana por el medio ambiente. Podemos decir: estamos cambiando.

El Estado comienza así a ecologizarse. No solo de manera formal al hacer suyos determinados postulados, sino real al adecuar su estructura político-administrativa a la realidad físico-biológica del planeta y del territorio que ocupa. Este proceso se observa además en la incorporación de once mujeres al Gobierno y en la nueva denominación que se ha usado de «Consejo de Ministras y Ministros» en la fórmula de juramento de sus miembros. Y es que no se puede hablar de ecología sin feminismo. El aparato del Estado es por ahora punto de lanza y esta iniciativa se habrá de reflejar más tarde tanto en la economía como en la sociedad. La sostenibilidad comienza así a proyectarse sobre todos los ámbitos de la vida administrativa, social y económica, con una presencia continua en la vida cotidiana. Estos son algunos de los mensajes que trae el nuevo gobierno y sus nuevas denominaciones.

¿Tenía razón Stephen Hawking?

22 Abr

Hasta ahora la pregunta más importante que podía hacerse el ser humano era sobre las consecuencias de sus actos. Decía Deleuze que hemos pasado en el  ejercicio del poder soberano de un poder que «hace morir y deja vivir» —el del Rey que puede matar al súbdito si se opone a él— a otro que «hace vivir y deja morir» —el del Estado del siglo XX que protege a los ciudadanos frente al peligro de terceros Estados y los avatares de la vida: estado del bienestar y lo hace producir—.

Con la advenimiento de la inteligencia artificial la pregunta más importante será si ésta es mejor que los seres humanos ¿Redirigirá la IA y la robotización el poder hacia un ejercicio de éste que no deja vivir y a la vez deja morir? ¿Hacia un poder indiferente ante la vida y la muerte de los seres humanos, que no interviene en la vida ni en la muerte de las personas —por considerarlas seres obsoletos— pero si interviene en la vida y en la muerte del verdadero sujeto relevante para la producción? Las empresas. Ya nos encontramos en un estadio en el que el poder interviene cada vez menos en la vida y muerte de los seres humanos, no así en la vida y muerte de las empresas: regula la forma de sus actos con reglas jurídicas que actúan como normas morales de comportamiento para éstas; qué es una buena o una mala muerte empresarial, incluso los casos en que las empresas pueden resucitar, a través de una ley de segunda oportunidad.

En el siglo XXI el poder bascula desde el Estado hacia las grandes corporaciones multinacionales. Ya no es ejercido monopolísticamente por el Estado, sino que cada vez es más compartido con éstas. Ciertos tratados internacionales les reconocen capacidad de colegislar. De esta manera las grandes corporaciones multinacionales se convierten por  la puerta de atrás en actores políticos y los Estados más en sujetos —en el sentido etimológico del término: aquél que se somete—. Lo vemos en el acuerdo de libre comercio que se han aprobado entre la Unión Europea y Canadá (CETA) y el que casi se llegó a aprobar con EE.UU (TTIP). Estos acuerdos introducen la debilidad en el corazón del Estado, que se torna dócil a las exigencias de las grandes corporaciones como resultado del chantaje permanente de futuras reclamaciones indemnizatorias por pérdida de beneficios. Su aprobación sanciona la desaparición de la soberanía del pueblo y del estado del bienestar.

En este contexto de exaltación de la libertad de empresa, ésta se ha transformado en un interfaz que zombifica a las personas por la mordedura del marketing y al medio ambiente con una producción que consume más recursos de los disponibles para la generación actual y genera más contaminación de la que los ecosistemas territoriales y planetarios son capaces de asimilar. La libertad individual —y su variante de libertad de empresa— ejercida de manera incondicional es arbitraria, pues interfiere la libertad individual de las generaciones futuras, al no tener en cuenta el efecto acumulativo de la producción que origina el ser humano en cuanto especie en el medio ambiente por la contaminación y el consumo de recursos.

Si los derechos humanos nacieron en el siglo XVIII como una defensa frente al poder de muerte del Estado. Al variar la forma de ejercicio del poder, la concepción de los derechos humanos ha de mutar en consonancia con aquél. La protección clásica que los derechos humanos confieren a los ciudadanos frente al Estado debe, pues, extenderse a las relaciones de éstos con las grandes multinacionales y empresas, a fin de mantener hoy una esfera equivalente de protección.

En este contexto emerge la inteligencia artificial y la robotización, una revolución comparable a la del neolítico, sino más.  Las preguntas y los interrogantes se amontonan: ¿Es ésta el germen de una nueva especie?, ¿la concepción de la libertad ya modificada por el cambio climático se resignificará por la inteligencia artificial?, ¿es necesario introducir la ética en los algoritmos de inteligencia artificial?, ¿se debería reconocer la igualdad entre humanos y robots inteligentes?, ¿se reconocerá libertad individual a androides con inteligencia artificial de similar que a los humanos o de alguna otra forma? En 2017 le fue otorgada la ciudadanía saudí y reconocidos los derechos de una persona a un robot llamado Sophia —en medio de las críticas por la situación de las mujeres en ese país y las condiciones migratorias—. ¿Es ésta una excepción o será una regla universal?

El neoliberalismo es una mutación del capitalismo industrial. ¿Las mutaciones que trae la inteligencia artificial y la robotización son una nueva forma de capitalismo? De la misma manera que el capitalismo neoliberal está eliminando a la clase trabajadora, al hacer que cada trabajador se explote a sí mismo en su propia empresa, en esta nueva forma de capitalismo el trabajador asalariado al ser sustituible por máquinas resultará obsoleto por innecesario. ¿Traerá este capitalismo la independización de las relaciones productivas respecto de las fuerzas productivas? Los primeros intentos ya están aquí. Tesla automatizó totalmente una de sus fábricas. Ha reconocido, sin embargo, que ésta ha producido retrasos en la producción y ha anunciado la reincorporación de humanos a la cadena de producción. Esta mutación del capitalismo traerá nuevas correlaciones de fuerzas y los equilibrios de poder cambiarán. Los interrogantes continúan brotando. ¿Llegarán a tener los robots algún día derechos laborales, civiles y/o políticos? Un diario nacional publica la noticia que un robot ha sido candidato en las elecciones a Alcalde de uno de los distritos de Tokio, cuya una población es de 150.000 habitantes. Fue el tercer candidato más votado.

La sustitución de los seres humanos por robots en el proceso productivo producirá la obsolescencia objetiva de la izquierda. Como dice Yuval N. Harari cada técnica tiene sus dioses. Y la inteligencia artificial también los requiere. Surgirán, por tanto, nuevas religiones. Ésta obsolescencia que se anuncia es una culminación del proceso de  obsolescencia de la división entre izquierda/derecha que se inició con la globalización, fruto de la cual se ha originado una pugna entre los partidarios de la globalización neoliberal y sus detractores, atrincherados en la visión nacional/nacionalista, que ha hecho aflorar una nueva distribución ideológica en tres ejes: posliberalismo, populismo y ecologismo. En el eje liberal se agrupan tanto a la derecha neoliberal como a la socialdemocracia liberal partidaria de la globalización. En la etiqueta populista se incluye el espectro antiglobalizador desde la extrema derecha hasta la izquierda. La división izquierda/derecha, sin embargo, continúa presente en el imaginario político colectivo, aunque no es ya el eje dialéctico principal, sino una subdivisión secundaria que ordena las etiquetas ideológicas en el interior de cada eje. La denominación ecologismo —a pesar que no ha terminado de emerger como fuerza política de masas— se usa aquí de manera extensa, para encuadrar dentro de ella a los partidos políticos de corte ecologista y también a aquellos movimientos sociales que se encuentran más o menos próximos a la ideología ecologista.

En un escenario de cambio climático, de crisis de recursos y artificialización, el único superviviente es el robot, una especie que no muere. En él el planeta recupera para si —de una manera absoluta— la condición de base material (y financiera) de supervivencia de la especie humana, acelera el desarrollo y explotación de la minería espacial y confiere verosimilitud a la hipótesis planteada por Stephen Hawking, sobre la necesidad que tendrá la especie humana de colonizar nuevos planetas para sobrevivir. En un contexto tal ¿la supervivencia en la Tierra estaría protagonizada por las Arcas de Noé? ¿Llegarán a existir estaciones espaciales en órbitas cercanas a la Tierra? ¿Serían éstos hábitats para ricos, quedando la gente abandonada a su suerte de en una distopía terrestre de cambio climático y robots inteligentes? ¿Es necesaria una biopolítica extraplanetaria? ¿La irrupción de la inteligencia artificial es el alumbramiento de una nueva forma de vida? ¿En un contexto de cambio climático y salto tecnológico, de riesgo de supervivencia para la especie humana y la profunda transformación del ser humano que puede ocasionar el desarrollo tecnológico, es importante reivindicar el lobo? ¿Será sobrepasada por la evolución tecnológica y los acontecimientos la ecología política? Para poder seguir celebrando el Día de la Tierra, fecha en que se publica este post, debemos hacernos preguntas.

Los escenarios descritos no quieren ser una predicción o vaticinio, sino una invitación a la reflexión sobre el escenario de cambio climático en un contexto de artificialización y robotización del sistema productivo y de la sociedad y sobre la necesidad de pensar una reflexión política que de respuesta a esta realidad insoslayable a la que estamos abocados. Tal y como se pregunta Jonathan Nolan: «¿Qué pasaría si la inteligencia artificial nos matara, pero no por ser mala, sino porque nosotros somos los malos?».

Mi patria es el planeta

18 May

Errejón dice que la patria es la gente. Para mí es el Planeta. Trataré de explicar este sentimiento desde lo particular a lo universal. Desde lo personal a lo político.

Soy hijo de una andaluza y de un catalán. Una bisabuela era irlandesa. Un abuelo fue un republicano exiliado. La historia de mi familia ha sido la de los exilios cruzados entre generaciones. Nacemos en un lugar, vivimos en otro. También yo me convertí en un planeta errante. Nací en Chile, vivo en España. Eso fue cuando las alamedas se cerraron para la gente. Me he mezclado y me he encontrado con gente que no debía haber conocido. Soy mestizo por origen, pero no por Tierra. He vivido en diferentes países, pero dichos lugares son del mismo planeta. La gente de cada lugar es importante. Todos somos importantes. No importa la lengua, no importa la religión, no importan las ideas, no importa la bandera. Si se eliminan las fronteras somos ciudadanos del mundo. Unos se llaman cosmopolitas. Otros internacionalistas. El término mundo, sin embargo, etimológicamente hace referencia a un lugar cerrado. El mundus. El pozo o cripta que se excavaba junto al ágora, donde se depositaban los documentos y planos de la fundación de la ciudad. Los países también son lugares cerrados por fronteras. En ellos depositamos las constituciones. La política se repliega sobre el mundo, sobre los seres humanos. Le falta la perspectiva del planeta, de los otros, del «afuera de la ciudad».

Quiero ir más allá, al afuera. Dejo para ello que resuene mi pasión por la naturaleza. Ese sentimiento que hace que me sienta en casa en cada lugar donde voy o donde estoy. Como el pájaro, como el río. Vinculado al aire, al agua. Por eso la única soberanía a la que me someto es a la de la Tierra, a la de sus leyes. Soy ciudadano de la Tierra. Somos ciudadanos de la Tierra. Miembros de una comunidad más amplia, abierta, habitada no sólo por seres humanos. Y no sólo por aquéllos que ahora moramos. También por aquéllos que vendrán después, que ocuparán el mismo planeta. En él no existe el exilio. No hay nostalgia. No hay fronteras. Y las naturales son territorios de transición, lugares de mezcla. Los seres humanos, sin embargo, debido a nuestro repliegue sobre el mundo, estamos creando más fronteras. Murallas climáticas que marcarán el territorio habitable. Esas que harán que, en 2040, en Almería y Murcia haya migraciones que despoblarán esos territorios por las condiciones climáticas y la escasez de agua. Estos desplazamientos sucederán también en otros lugares del planeta. Crecerá la violencia dentro de las comunidades. Dentro de los países. En las fronteras. Se reavivarán viejos conflictos. Se producirán nuevas guerras. Habrá éxodos. Ya no lucharemos por las ideas, nos mataremos por los recursos. Por el clima. ¿También en nuestra ciudad?

No basta, por tanto, con que hoy nos ocupemos sólo de nuestra gente. Esta es una política replegada sobre una realidad superada. El mundo. Hay más gentes. Otros seres que también son parte del planeta. No basta que en el siglo XXI nos ocupemos de las necesidades que imponen los derechos humanos: vivienda, sanidad, educación, justicia. Hemos roto el planeta. Será el siglo de la sed, del hambre, del calor, de la subida del mar, de las migraciones. Hace falta además una política para el planeta, que es una política para la gente. Igual que lo es la política social, la sanitaria, la educativa. En este siglo tendremos que garantizar primero el medio ambiente. Será la necesidad más vital. No es una necesidad hipotética. Es una necesidad de la gente que vive en el planeta. En el planeta real, sacudido por el cambio climático, por el agotamiento de los recursos, por la crisis de biodiversidad. Es nuestra responsabilidad para con los otros que también viven en el planeta. Para satisfacer esta necesidad, para poner en marcha esta política, es necesario trascender lo estatal e instalarnos en lo planetario. Los problemas globales del siglo XXI, exigirán que optemos entre el Estado o el Planeta. No hay más patria que el Planeta. No tenemos otro. Tenemos que elegir. Y la elección es continuidad o ruptura.