Violencia ecológica: medios y fines

30 Dic

Si la violencia tiene formas específicas en lo histórico y en lo social, y se produce en contextos igualmente específicos que le otorgan sentido, la forma específica de violencia de la época en que vivimos es la violencia ecológica: una explotación económica, sin límites, de la Naturaleza, hasta el punto de violentar y destruir sus leyes. Esta violencia, que ha cambiado la relación entre medios y fines, sin embargo, no es calificada como tal. Es apreciada como fuerza legítima, violencia autorizada, poder legal o poder del estado. El ensayo de W. Benjamín «Zur Kritik der Gewalt», de 1920, ha adquirido, otra vez, inusitada vigencia, debido al cambio climático. La manifestación de sus efectos y su progresiva amplificación ha creado una crisis global y del orden democrático-(neo)liberal, similar a la que ocasionó el ascenso del nacionalsocialismo en Alemania. La especificidad de la situación actual es la interrelación entre la crisis ecológica global, de la que su mayor expresión es el cambio climático; una crisis financiera; y la crisis del trabajo que ha originado la automatización.

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La vigencia que muestra el ensayo de Benjamín, pone de actualidad nuevamente el problema de la violencia. En este caso, el de la violencia ecológica. En este contexto debemos preguntarnos si la violencia, esta violencia en concreto, sólo puede ser perpetrada en el ámbito del derecho, la política o la moral. O si también es posible la existencia de una violencia natural, posibilidad hasta ahora negada.

El cambio climático, en una paradoja, permite afirmar la existencia de este tipo de violencia. Éste no puede ser calificado como un suceso semejante a un terremoto. Un seísmo es resultado de la acción de las leyes de la geología. Se desencadena sin intervención humana. El cambio climáticono es un suceso. Ni tampoco un simple fenómeno. Es la respuesta de la Naturaleza al quebrantamiento de sus leyes. Es un acontecimiento. Algo  perturbador, que parece suceder de repente e interrumpe el curso normal de las cosas. Esta percepción es la que tiene la gente del cambio climático. Además como dice Zizek, «reconfigura el presente y habilita un futuro impensable sin él,  (…) redimensiona y articula el pasado que le precede para que este pasado pueda abrazarlo, encajarlo, explicarlo.»

Pero el cambio climático es, además, antropogénico. Un acontecimiento originado por la mano del hombre, bajo el amparo del Derecho del Estado. Violencia natural desatada por el hombre, que opera y despliega sus efectos en la biosfera. Pero también en el orden simbólico del derecho, de la política y de la moral. Guerras del petróleo por el control de los yacimientos y la seguridad del suministro; migraciones masivas por causas ambientales. Auge de una extrema derecha xenófoba y nacionalista. Tratados, acuerdos y convenciones climáticas (el último, el Acuerdo Climático de París).

El cambio climático es poder constituyente

La violencia del cambio climático afecta a la «vida desnuda», pero también al animal político, al «’algo más’ del zoon politikon aristotélico». Afecta a la vida desprovista de protección jurídica y, del mismo modo, al ciudadano y a la ciudad. Es ley natural rota. Violencia pura.  Destruye el derecho humano y las leyes económicas. Pero a la vez funda, instituye, un nuevo derecho, cuyo marco y límite habrán de ser las leyes naturales. Es poder constituyente. Afecta a la política. El modelo de deliberación parlamentaria de producción de las leyes queda, por tanto, puesto en cuestión. Y si la democracia está en crisis, también lo estará el concepto de derecho propio de ella. Ese que proclamó que la propiedad es un derecho inviolable y sagrado, y declaró la libertad de empresa, productora de la violencia ecológica.

El cambio climático evidencia la ironía que él mismo constituye: el máximo despliegue de poder humano, coincide con su máxima impotencia

La violencia ecológica, por tanto, niega el axioma que el enjuiciamientode los medios sólo puede hacerse desde el derecho positivo activo y no desde el derecho natural. El cambio climático muestra la necesidad que este enjuiciamiento se realice desde esta segunda óptica: la de la ley natural. En la distinción entre medios y fines, se ha sostenido hasta ahora que cuando había una contradicción entre fines justos y medios justificados no existía una solución. La explotación sin límites de la Naturaleza se ha considerado un medio legítimo para alcanzar progreso y bienestar social e individual. No existía contradicción entre medios y fines. Eran justificados y justos. El cambio climático, sin embargo, ha advertido la necesidad ineludible de interrumpir, de detener,la continuidad violencia ecológica-derecho. Desvela una violencia que pretende un fin injusto. Que se apoya en un derecho inaplicable, cómplice de la destrucción de la Naturaleza y sus leyes. El cambio climático evidencia la ironía que él mismo constituye: el máximo despliegue de poder humano (científico, técnico y económico), coincide con la máxima impotencia humana.  Violencia instalada en la Naturaleza que se erige como autoridad, para excluir la violencia económica que amenaza el orden natural.

 El contrato social necesita ser acompañado de un contrato natural

El enjuiciamiento de la actividad humana desde la óptica de la ley natural, permite poner en relación dos realidades hasta ahora desconectadas: Naturaleza y mundo. Desde esta óptica se puede sostener que el cambio climático introduce la Naturaleza en la Historia y la Historia en la Naturaleza. Cabe preguntarse entonces: ¿Puede ser considerado el cambio climático una categoría histórica? Si. El cambio climático debe ser pensado como una nueva categoría del análisis histórico. Y es que la representación de la Historia que origina el cambio climático ya no puede mantenerse. La interrelación del ser humano con el planeta ya no es física, corporal, individual; sino global, colectiva. Ya no es con los elementos locales, sino con la atmósfera, los océanos, los desiertos, las selvas. Con las reservas de recursos. Las megalópolis han devenido «variables físicas que ni piensan, ni pacen, pesan.» Se han hecho tan irreverentes para el planeta como el grafitti de la pared de un cementerio que decía: «levantaos gandules, la tierra para el que la trabaja». En este contexto histórico, en el que la «teología de la producción» ha llevado hasta sus últimas consecuencias el mandato bíblico «dominarás la tierra», el viejo contrato social debe ser acompañado de un nuevo contrato natural. El ser humano no puede continuar viviendo encerrado en lo social, ignorando el planeta. «El contrato social viene directamente de la naturaleza.»

Política de supervivencia frente a la crisis ecológica, pero también frente a un fascismo latente como tendencia de masas que espera ser activado. Y lo será sino se firma el nuevo contrato. Un fascismo que, en su versión siglo XXI, se puede presentar también como un deslizamiento hacia regímenes autoritarios o disfuncionales que esgrimen el cambio climático como técnica de control social y de persuasión bajo el pretexto de actuación frente a la emergencia climática y la escasez de tiempo. Ecofascismo.  Algunos think tank piden ya que las implicaciones del cambio climático y el calentamiento global se integren en la estrategia de seguridad nacional y de defensa, no en la estrategia de lucha contra el cambio climático. Para Benjamín «la regla es el “estado de excepción”». Hoy éste es ecológico, además de social.

La batalla de las palabras

6 Dic

Términos como precariedad, desclasamiento, desigualdad, hasta ahora, estaban circunscritos al ámbito de las relaciones socioeconómicas. El cambio climático, sin embargo, ha modificado la frontera del significado de estas palabras, y de otras, agregando un nuevo sentido: el ambiental, hasta ahora desconocido e ignorado, pero que ha de ser puesto sobre el tablero político. Esta resignificación reclama la creación de un nuevo relato de innovación, que genere cambios a partir de un reencuadramiento de la realidad. Un ejemplo de esta evolución es el enunciado ‘precariedad ambiental’. La batalla cultural de las palabras tiene especial importancia en el desvelamiento de esta realidad silenciada, a la vez que saca a la ecología de los márgenes y la coloca en el centro de lo político.

El estado del bienestar que se construyó en Europa, después de la II Guerra Mundial, se levantó hipotecando el futuro. Sin tener en cuenta el coste ambiental del mismo. Este éxito ocasionó, sin embargo, un efecto negativo: malestar ambiental. Este malestar es la polución atmosférica, la lluvia ácida, la contaminación de suelos y aguas o el agotamiento de recursos naturales. Es soportable. Y como cualquier malestar físico se puede eliminar con un analgésico: el consumo. La intensificación y profundización de esta política económica depredadora, encaminada a una producción sin límite, ha transformado este malestar en precariedad ambiental: agujero de la capa de ozono, cambio climático, agotamiento de recursos naturales, afectación de los sistemas de sustentación de la vida. A pesar de la amenaza que esta constituye, no existe conciencia colectiva sobre la precariedad ambiental, hándicap que incrementa la importancia de la lucha por el significado de las palabras.

Un análisis del consumo de recursos naturales y de la capacidad de la biosfera para regenerar los ecosistemas, pone de manifiesto que hemos vivido por encima de las posibilidades ecológicas del planeta. A este hecho lo llamaré consumismo ambiental. Esta expresión pretende abrir el foco y hacer referencia no sólo al hecho del exceso de consumo, sino también mostrar que el consumo puede ser parte del problema: exceso de consumo de recursos naturales y destrucción los sistemas de sustento de la vida; o bien parte de la solución, porque actos como consumir, reciclar la basura, no malgastar el agua, utilizar el transporte público de manera preferente y reducir el uso del vehículo privado u otorgar preferencia al consumo de productos locales y ecológicamente responsables, han dejado de ser un mero acto privado y una opción individual, para convertirse en un gesto político con repercusión actual y futura.

La consecuencia que se deriva de ese consumismo es el endeudamiento ambiental, individual y colectivo, con el planeta. Un indicador lo mide: la huella ecológica. Se ha producido a través de una expansión cuantitativa del consumo de recursos naturales (gasto ambiental), sin tener en cuenta la tasa de generación y regeneración de los ingresos ambientales (recursos renovables y servicios ambientales de sustento de la vida). Para mantener  el nivel de la tasa de beneficio económico, por tanto, se han detraído recursos, ambientales y económicos, destinados a gasto social. A pesar de ello la creencia que «cuando la economía vuelva a crecer volveremos a consumir igual», sigue siendo mayoritaria en la sociedad. Esta creencia es propia de una sociedad que no ha tomado o no quiere tomar conciencia de la posición de subordinación y dependencia que el ser humano tiene respecto a la Naturaleza. El mayor problema no es, por tanto, el endeudamiento ambiental, sino la escasa conciencia de la precariedad de nuestra relación con la Naturaleza.

El análisis realizado en algunos estudios cualitativos sobre la crisis en España, permite aventurar la hipótesis de que es posible extrapolar la reacción de ciertos grupos sociales ante el consumo y la precariedad laboral, a las conductas productoras de endeudamiento ambiental, a pesar de la crisis climática que soportamos, al actuar el consumo como estimulante frente al tedio que produce esta sociedad. Igual que determinados grupos de jóvenes han asumido la precariedad laboral como «condición de vida», como una circunstancia con la que hay que «contar y saber manejarse en ella», la escasa conciencia por el deterioro ambiental que conlleva nuestra forma de vida, hace que éste pueda ser percibido de similar manera: como una contingencia con la que hay que contar. Como el precio que hay que pagar por disfrutar de un consumo ilimitado. La ausencia de conciencia ambiental junto a cada vez peores condiciones laborales, hacen que carezca de sentido la lógica de disciplina ambiental, de sacrificio consumista, para preservar el planeta para las generaciones futuras. De resultar cierta esta hipótesis estaríamos ante un cierto nihilismo ambiental en los grupos sociales de renta baja y bajo nivel de cualificación y estudios. Coincide la aparición de este nihilismo con el giro electoral que se está produciendo hacia opciones de extrema derecha nacionalista, xenófoba y supremacista, en algunos países, que tienen como uno de los pilares de su programa político mayor endeudamiento y precariedad ambiental.

El estudio: «De la moral del sacrificio a la conciencia de la precariedad», establece una correspondencia entre modelo de consumo, acceso a la propiedad y explotación laboral, que, además, pone de manifiesto la conexión directa que hay entre éstas y la explotación de la Naturaleza: «La condición precaria implica un modelo de consumo completamente desligado del acceso a la propiedad, y en ese sentido una ruptura con la lógica del sacrificio y el ahorro orientado a consolidar un patrimonio. Desde una posición más activista se habría de adaptar el modo de vida a un consumo muy modesto para no entrar en los altos niveles de explotación laboral a los que habría que someterse para reproducir los viejos modos de consumo y de acceso a la propiedad.» Si en condiciones de crisis económica y de trabajo cada vez más precarias, ciertos grupos sociales de renta más baja, han reaccionado rechazando el ahorro («…si yo gano 1.000 euros y me puedo permitir comprarme 500 en ropa…¿para qué trabajo, para guardar?»), la misma reacción de estos puede preverse ante la necesidad de ahorro ambiental, en favor de las generaciones futuras, que exige el cambio climático para evitar un incremento de temperaturas catastrófico. El riesgo que existe es que esta deserción se extienda y llegue a generalizarse. En este caso será necesaria mucha pedagogía social, para no hacer inútil, estrategias éticas como las apuntadas antes: convertir a cada individuo en parte de la solución y no del problema. Hipótesis, ideas, para la reflexión, debate, experimentación y uso, en su caso. Para ganar la batalla de las palabras. Y la de las ideas.