Poder y soberanía en Cataluña

1 Oct

«Un poder superior es aquél que configura el futuro del otro, y no aquel que lo bloquea. (…) Sin hacer  ningún ejercicio de poder, el soberano toma sitio en el alma del otro», dice Buyng-Chul Han. A esta descripción de la lógica del poder se ajusta en gran medida la actuación del Govern de la Generalitat. Consigue de esta manera neutralizar la voluntad de acción de aquellos que no son partidarios de la independencia y muestra que quiere ampliar la libertad. Con ello está motivando a la acción a sus partidarios. Y está claro que el Govern, a diferencia del Gobierno del Estado, está siguiendo los consejos que Maquiavelo dio al Príncipe de aunar libertad, astucia y razón, como método político para neutralizar los condicionamientos y alcanzar los objetivos. En este artículo examinaré las lógicas y los significados que tienen algunos de los actos que está realizando tanto el Gobierno del Estado como el Govern de la Generalitat.

Comenzaré analizando algunas intervenciones del Gobierno del PP. En una de ellas el Presidente Rajoy pidió a los dirigentes catalanes que reflexionaran y volvieran «a la racionalidad y a la legalidad». En otra advirtió al President de la Generalitat que nada bueno se podía producir con su actuación. Estas intrusiones nos transportan al pasaje bíblico del proceso de Jesús de Nazaret en el que Pilato le dice: «¿No sabes que puedo liberarte o hacer que te crucifiquen?» (Mt 27,17). Este pasaje refleja con toda exactitud el concepto del derecho a decidir que reconoce el Gobierno. Con estas intervenciones el Presidente no está proyectando la fortaleza del poder del Estado, sólo trasluce su debilidad. Estas advertencias junto a la admonición que el Ministro del Interior hizo al President de la Generalitat en la Junta de Seguridad muestran la voluntad de vencer, pero además son la notificación oficial, pública y personal de un posible empleo de la fuerza de continuar por el camino emprendido. A esta forma de notificación el Derecho le reconoce el efecto de dejar constancia −escrita y firmada− del requerimiento efectuado al destinatario y de su recepción por el mismo.

El Presidente del Gobierno, persistiendo en su autismo político, llamó a los catalanes, días después, a no aceptar formar parte de las mesas electorales. Esta exhortación −prosiguiendo con la alegoría del proceso a Jesús de Nazaret− equivale al lavado de manos de Pilato que relata la Biblia (Mt 27,24). Es un yo lo avisé, allá ustedes. Es la hipócrita escrupulosidad con la que Rajoy y el PP creen purificarse ante un eventual recurso a la fuerza. Pero estas palabras no se pueden desligar de la pasividad que ha mostrado el Gobierno del PP respecto a Cataluña durante años. Y la respuesta dada por el President Puigdemont a las advertencias de que el referéndum no se celebrará, ha sido como la que la multitud/pueblo dio a Pilato tras eximirse éste de la responsabilidad por la muerte de Jesús: «¡Nosotros y nuestros hijos cargaremos con su muerte!» (Mt 27,25). Esa respuesta es un aquí estamos los catalanes.

El segundo de los hechos que quiero analizar es el uso que el Govern de la Generalitat ha realizado de la movilización de la gente: ocupación de espacios públicos, −como los colegios o las plazas−; las colas que han pedido que se formen desde temprano el 1-O –a cuya visualización contribuye la reducción del número de colegios electorales, al margen que se pueda votar o no−; las manifestaciones; la convocatoria de huelga general. Es un uso elaborado e inteligente. En todas ellas existe un elemento común: la aclamación, en forma de cántico de lemas, levantamiento de manos, aplausos. Estas expresiones tienen una importancia más allá del simple gesto. En el Imperio Romano en los comicios electorales la aclamación podía sustituir a las votaciones de los individuos. Y Rousseau decía que la aclamación, el grito de aprobación o rechazo de la masa reunida, era la verdadera democracia.

Esta es la importancia que tiene la movilización promovida desde el Govern. Si la votación finalmente no se puede realizar con normalidad 1-O el significado simbólico de la aclamación tendrá sentido político. Y sus promotores podrán reclamarlo y hacerlo valer. Carl Schmitt decía que la aclamación era «la expresión pura e inmediata del pueblo como poder democrático constituyente.» Le otorgaba una función constitutiva, que puede ser usada como fuente de voluntad constituyente. Es sobre ella que los partidarios de la independencia, en última instancia, pretenden alumbrar la nueva República de Cataluña. De ahí la apelación continuada del Govern a la necesidad de una presencia masiva de gente en las calles el día de la votación y a la movilización que se están pidiendo y a la que se anima desde las asociaciones independentistas. Igual sentido tiene la huelga general convocada a partir del 2-O por las asociaciones independentistas. Quiero pensar que es este, y no la pura coerción de la ley, el motivo que tiene el Gobierno del Estado para impedir a toda costa la votación el 1-O.

El conflicto catalán contrapone dos mundos: «el de los hechos y el de las verdades», que se enfrentan de manera inmediata y, no se si también, de modo inconciliable: el de la nueva realidad catalana creada y el de la verdad eterna de la «Nación». En él se mezcla también lo «humano y lo divino». El pacto que la Independencia ofrece es «Yo te libraré y tú me glorificas». A partir de este momento la pregunta que Pilato hizo a Jesús: ¿No hay ninguna verdad sobre la Tierra?, cada uno deberá responderla, objetarla o rebatirla. ¿Continuaremos en la conllevancia, inauguraremos un nuevo pacto para todos o emprenderemos caminos separados?

Violencia ecológica: medios y fines

30 Dic

Si la violencia tiene formas específicas en lo histórico y en lo social, y se produce en contextos igualmente específicos que le otorgan sentido, la forma específica de violencia de la época en que vivimos es la violencia ecológica: una explotación económica, sin límites, de la Naturaleza, hasta el punto de violentar y destruir sus leyes. Esta violencia, que ha cambiado la relación entre medios y fines, sin embargo, no es calificada como tal. Es apreciada como fuerza legítima, violencia autorizada, poder legal o poder del estado. El ensayo de W. Benjamín «Zur Kritik der Gewalt», de 1920, ha adquirido, otra vez, inusitada vigencia, debido al cambio climático. La manifestación de sus efectos y su progresiva amplificación ha creado una crisis global y del orden democrático-(neo)liberal, similar a la que ocasionó el ascenso del nacionalsocialismo en Alemania. La especificidad de la situación actual es la interrelación entre la crisis ecológica global, de la que su mayor expresión es el cambio climático; una crisis financiera; y la crisis del trabajo que ha originado la automatización.

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La vigencia que muestra el ensayo de Benjamín, pone de actualidad nuevamente el problema de la violencia. En este caso, el de la violencia ecológica. En este contexto debemos preguntarnos si la violencia, esta violencia en concreto, sólo puede ser perpetrada en el ámbito del derecho, la política o la moral. O si también es posible la existencia de una violencia natural, posibilidad hasta ahora negada.

El cambio climático, en una paradoja, permite afirmar la existencia de este tipo de violencia. Éste no puede ser calificado como un suceso semejante a un terremoto. Un seísmo es resultado de la acción de las leyes de la geología. Se desencadena sin intervención humana. El cambio climáticono es un suceso. Ni tampoco un simple fenómeno. Es la respuesta de la Naturaleza al quebrantamiento de sus leyes. Es un acontecimiento. Algo  perturbador, que parece suceder de repente e interrumpe el curso normal de las cosas. Esta percepción es la que tiene la gente del cambio climático. Además como dice Zizek, «reconfigura el presente y habilita un futuro impensable sin él,  (…) redimensiona y articula el pasado que le precede para que este pasado pueda abrazarlo, encajarlo, explicarlo.»

Pero el cambio climático es, además, antropogénico. Un acontecimiento originado por la mano del hombre, bajo el amparo del Derecho del Estado. Violencia natural desatada por el hombre, que opera y despliega sus efectos en la biosfera. Pero también en el orden simbólico del derecho, de la política y de la moral. Guerras del petróleo por el control de los yacimientos y la seguridad del suministro; migraciones masivas por causas ambientales. Auge de una extrema derecha xenófoba y nacionalista. Tratados, acuerdos y convenciones climáticas (el último, el Acuerdo Climático de París).

El cambio climático es poder constituyente

La violencia del cambio climático afecta a la «vida desnuda», pero también al animal político, al «’algo más’ del zoon politikon aristotélico». Afecta a la vida desprovista de protección jurídica y, del mismo modo, al ciudadano y a la ciudad. Es ley natural rota. Violencia pura.  Destruye el derecho humano y las leyes económicas. Pero a la vez funda, instituye, un nuevo derecho, cuyo marco y límite habrán de ser las leyes naturales. Es poder constituyente. Afecta a la política. El modelo de deliberación parlamentaria de producción de las leyes queda, por tanto, puesto en cuestión. Y si la democracia está en crisis, también lo estará el concepto de derecho propio de ella. Ese que proclamó que la propiedad es un derecho inviolable y sagrado, y declaró la libertad de empresa, productora de la violencia ecológica.

El cambio climático evidencia la ironía que él mismo constituye: el máximo despliegue de poder humano, coincide con su máxima impotencia

La violencia ecológica, por tanto, niega el axioma que el enjuiciamientode los medios sólo puede hacerse desde el derecho positivo activo y no desde el derecho natural. El cambio climático muestra la necesidad que este enjuiciamiento se realice desde esta segunda óptica: la de la ley natural. En la distinción entre medios y fines, se ha sostenido hasta ahora que cuando había una contradicción entre fines justos y medios justificados no existía una solución. La explotación sin límites de la Naturaleza se ha considerado un medio legítimo para alcanzar progreso y bienestar social e individual. No existía contradicción entre medios y fines. Eran justificados y justos. El cambio climático, sin embargo, ha advertido la necesidad ineludible de interrumpir, de detener,la continuidad violencia ecológica-derecho. Desvela una violencia que pretende un fin injusto. Que se apoya en un derecho inaplicable, cómplice de la destrucción de la Naturaleza y sus leyes. El cambio climático evidencia la ironía que él mismo constituye: el máximo despliegue de poder humano (científico, técnico y económico), coincide con la máxima impotencia humana.  Violencia instalada en la Naturaleza que se erige como autoridad, para excluir la violencia económica que amenaza el orden natural.

 El contrato social necesita ser acompañado de un contrato natural

El enjuiciamiento de la actividad humana desde la óptica de la ley natural, permite poner en relación dos realidades hasta ahora desconectadas: Naturaleza y mundo. Desde esta óptica se puede sostener que el cambio climático introduce la Naturaleza en la Historia y la Historia en la Naturaleza. Cabe preguntarse entonces: ¿Puede ser considerado el cambio climático una categoría histórica? Si. El cambio climático debe ser pensado como una nueva categoría del análisis histórico. Y es que la representación de la Historia que origina el cambio climático ya no puede mantenerse. La interrelación del ser humano con el planeta ya no es física, corporal, individual; sino global, colectiva. Ya no es con los elementos locales, sino con la atmósfera, los océanos, los desiertos, las selvas. Con las reservas de recursos. Las megalópolis han devenido «variables físicas que ni piensan, ni pacen, pesan.» Se han hecho tan irreverentes para el planeta como el grafitti de la pared de un cementerio que decía: «levantaos gandules, la tierra para el que la trabaja». En este contexto histórico, en el que la «teología de la producción» ha llevado hasta sus últimas consecuencias el mandato bíblico «dominarás la tierra», el viejo contrato social debe ser acompañado de un nuevo contrato natural. El ser humano no puede continuar viviendo encerrado en lo social, ignorando el planeta. «El contrato social viene directamente de la naturaleza.»

Política de supervivencia frente a la crisis ecológica, pero también frente a un fascismo latente como tendencia de masas que espera ser activado. Y lo será sino se firma el nuevo contrato. Un fascismo que, en su versión siglo XXI, se puede presentar también como un deslizamiento hacia regímenes autoritarios o disfuncionales que esgrimen el cambio climático como técnica de control social y de persuasión bajo el pretexto de actuación frente a la emergencia climática y la escasez de tiempo. Ecofascismo.  Algunos think tank piden ya que las implicaciones del cambio climático y el calentamiento global se integren en la estrategia de seguridad nacional y de defensa, no en la estrategia de lucha contra el cambio climático. Para Benjamín «la regla es el “estado de excepción”». Hoy éste es ecológico, además de social.