Azul y verde muerde

15 Ene

¿Es posible un gobierno entre conservadores y verdes? ¿Significa esa alianza lo mismo que el refrán que dice: azul y verde, muerde? Pienso que si. Y muerde mucho, a pesar de que el líder ecologista austriaco dijera que se había logrado «conciliar lo mejor de los dos mundos». Las críticas a la alianza provienen «principalmente de la Juventud Verde». Si alguien cree que el acuerdo con Los Verdes va a suponer un cambio de rumbo en la política antimigratoria del  Canciller austriaco, puede olvidarse de ello. Kurz declaró que: «La lucha contra la inmigración ilegal sigue ocupando el centro de mi política».

¿Cómo justifican Los Verdes austriacos su alianza con «un partido de derechas que en los últimos años ha endurecido su discurso en materia de inmigración con posiciones de extrema derecha» y que va aplicar un programa económico neoliberal que «ralentizará masivamente» la lucha contra el cambio climático?

Aunque los ciudadanos han reemplazado en las encuestas a la inmigración por el medio ambiente como principal preocupación, ha habido un fuerte incremento la abstención respecto a las anteriores elecciones (20 puntos). En este contexto Los Verdes austriacos han obtenido el mejor resultado de la historia (13,9%). Y el ÖVP, la derecha xenófoba austriaca, ha incrementado sus votos siete puntos, hasta el 37,5%. Y la extrema derecha del FPÖ aún bajando diez puntos respecto a las anteriores elecciones, ha obtenido el 16,17% de los sufragios ¿Será suficiente este cambio en las preocupaciones ciudadanas para que los votantes verdes se traguen el sapo de esta alianza? Lo dudo.

El acuerdo de gobierno firmado entre los conservadores y Los Verdes austriacos es un programa de gobierno conservador con una pátina verde. Encarna un «ecologismo de élites que no supone una ruptura con las políticas de empleo anteriores, sino que pretende redirigirlas hacia un capitalismo verde.» A cambio de un ministerio los ecologistas se han involucrado en una alianza excluyente que normaliza las políticas reaccionarias de la derecha austriaca: rechazo de la inmigración, del islam y de la integración de los migrantes. El Canciller austriaco declaró tras el acuerdo: «Es bueno poder continuar nuestro trabajo para Austria», refiriéndose a la anterior coalición con la extrema derecha. «Es posible proteger el clima y las fronteras».

Las declaraciones del líder verde señalando que para ellos «los derechos de las personas y nuestro plan verde están por encima de cualquier acuerdo de gobierno», resultan poco creíbles tras el pacto de gobierno alcanzado. Hubieran resultado mucho más creíbles, si ante las diferencias entre ambas formaciones en política económica, climática y migratoria hubiesen alcanzado un pacto de investidura que les hubiese dejado libres en la oposición para criticar la deriva xenófoba y neoliberal del nuevo gobierno. El acercamiento del ÖVP a los ecologistas es parte del giro medioambiental que están llevando a cabo la derecha reaccionaria y la ultraderecha europeas para continuar en el poder. En similares términos a los expresados por el Canciller austriaco se ha manifestado, la portavoz del partido ultraderechista francés Agrupación Nacional, Marine Le Pen, para quien «las fronteras son el mayor aliado del medio ambiente». Ello significa protección contra el colapso climático para los europeos, de la que quedan excluidos los no europeos.

Otra reacción a este pacto que no debe ser obviada ha sido la del presidente del Partido Popular Europeo, Donald Tusk, de un marcado carácter étnico. Declaró éste que la protección del planeta «es para los cristianos el undécimo mandamiento». ¿Por qué dice que es un mandamiento solo para los cristianos y no para todos los europeos? ¿Acaso no estamos todos amenazados por la emergencia climática? Esta declaración aparentemente inocua revela el fondo xenófobo de la política migratoria de la derecha europea.

Pero Los Verdes austriacos no son los únicos infectados. Se han sumado también a este nuevo formato político los socialdemócratas daneses, quienes desplegaron una campaña electoral dominada por un discurso xenófobo con matices ambientalistas y a la que ha seguido una política de endurecimiento de las reglas respecto a los migrantes musulmanes. Esta parece ser la tendencia que se está instalando en Europa: futuro sostenible y restricciones migratorias más duras. Capitalismo verde a cambio de derechos humanos. Con este pacto Los Verdes austriacos puede decirse que han dejado de ser inteligentes para ser solo vivientes.

El líder ecologista austriaco es consciente de que este experimento puede ser un precedente para otros países. Se ve en sus declaraciones: «Desde Europa nos miran». La misma percepción la tiene el presidente del Partido Popular Europeo, quien declaró que: «esta coalición es una directriz para los conservadores». ¿Va a ser ésta la nueva bipolaridad política europea futura?

Otra pregunta que es necesario hacerse es sobre las consecuencias de esta alianza. El efecto que va a ocasionar es la normalización del discurso de la ultraderecha –al menos allí donde se ha consumado− y la obtención de credibilidad para su discurso sobre el cambio climático: que la preocupación por el clima es una cuestión esencialmente nacionalista, posición que apuesta en Europa por el ámbito interestatal a la vez que debilita la supranacionalidad europea.

¿Y quien va a ser el mayor beneficiado con esta alianza? La primera respuesta la da la demoscopia y es generacional. La extrema derecha es la elección más popular entre los menores de 30 años en Austria. En el resto de Europa la ultraderecha sigue avanzando entre los milenials y la Generación Z: lo ha hecho en la Francia de Le Pen y en la Italia de Salvini. Y resulta indiciario que la edad de la mayoría de los ministros del nuevo gobierno austriaco esté entre los treinta y cuarenta años. Al lado de los 58 años del dirigente verde.

La probable reelección de Trump −en un trasfondo de agravación de la emergencia  climática, de aumento y extensión de los desplazamientos migratorios que hará prioritarios estos asuntos− hará que más partidos de las derechas liberal y soberanista viren hacia la ultraderecha, que al igual que la derecha xenófoba austriaca buscarán la legitimidad que les proporcionan las alianzas con los partidos ecologistas. En este contexto –más que nunca− éstos deben evitar alianzas con las derechas y con unas izquierdas poco relevantes que solo aspiran a mantener «el viejo statu quo». Y atribuirse para si «la normalidad democrática» y la defensa de una «racionalidad e institucionalidad» razonables, a fin de romper el control de otros sobre sus narrativas y dejar de cantar otras canciones. Creer en nuestros objetivos.

¿Pero en vez de enfrentarse a esa derecha extrema Los Verdes austriacos han pactado con ella? ¿Por qué? ¿Es un ajuste de los ecologistas a esta deriva? ¿Son ansias de ocupar el poder? El error que Los Verdes austriacos quizás hayan cometido es haber considerado como mérito propio un resultado electoral favorable influido por el fuerte aumento de la abstención que en principio lo hace coyuntural. La forma en que el dirigente verde coge la mano del líder conservador resulta significativa.

                            

Y aunque Los Verdes están capitalizando por ahora la acción climática y el voto contra la derecha, esta alianza puede pasarles factura electoralmente en los próximos comicios debido al desencanto de los jóvenes -que el propio Kogler dice le han apoyado- por un programa económico neoliberal impuesto por la derecha que «ralentizará masivamente» la lucha contra el cambio climático, según los Jóvenes Verdes austriacos.

A más largo plazo el voto de las clases medias con «conciencia ecológica» pueden pasar a engrosar las filas de la extrema derecha −de la misma forma que el voto socialdemócrata migró a aquélla ante el fracaso de éstos para oponerse a la austeridad− debido al aumento y extensión de los desplazamientos migratorios y si las medidas que se pactadas para afrontar la emergencia climática resultan ineficaces haciendo que la crisis climática se profundice.

El horror de la crisis climática además de en los efectos ambientales, está en la forma en que las sociedades se preparan para afrontarlo. Y la estrategia de Los Verdes austriacos y los socialdemócratas daneses desmantela la idea de llevar a cabo una transición justa. Arruina y deja sin contenido, además, el programa electoral verde en materia de inmigración, en el que se dice que «hay  proporcionar apoyo a […] la gente en busca de refugio, para que puedan construir una nueva vida». ¿Este es el apoyo? ¿Son admisibles políticas públicas de transición energética implementadas sobre la exclusión y el rechazo del diferente, sobre la definición estrecha y cruel de quien pertenece y quien no pertenece a un determinado territorio a efectos de protección? ¿Se han hecho cómplices Los Verdes austriacos de la xenofobia de la derecha y de la ultraderecha con su alianza? Marine Le Pen, la líder francesa de la ultraderechista Agrupación Nacional, ahonda ese discurso en la misma dirección sosteniendo que a los migrantes «no les importa el ambiente; no tienen patria».

Que las cosas que es necesario hacer para atajar la crisis climática no sean populares, nada tienen que ver con la xenofobia de la derecha y la ultraderecha. La alianza entre Los Verdes y la derecha austriaca ha destapado la necesidad de llevar a cabo un amplio debate político y social que redefina lo deseable y lo posible. Un debate en el que lo deseable no sea traicionado por lo posible.

De investiduras, patrias y planetas

6 Ene

España y la Constitución si se pueden romper, pero no por una confabulación comunista, separatista y pro-etarra como dicen las derechas y la ultraderecha. España puede ser rota por el cambio climático y sus consecuencias sociales y ecológicas, si continúa la inacción o la insuficiencia de la acción climática y no modificamos nuestra manera de movernos, alimentarnos, de producir y consumir energía y los bienes necesarios para asegurarnos un buen vivir en equilibrio con la Naturaleza. El problema más grande que tiene España no es Cataluña, como dicen los independentistas. El problema más grave que España tiene es la emergencia climática.

Lo dramático es que una niña de 16 años haya comprendido la gravedad del momento, mejor que todo el arco parlamentario representado en el Congreso de los Diputados. Lo que los jóvenes está reivindicando en las calles no es «la equidad intergeneracional» −que puede ser acomodada a la oportunidad política−, como ha dicho en el debate de investidura el candidato a la presidencia del gobierno. Lo que están pidiendo es que se escuche a la ciencia y se actúe con la urgencia y de conformidad con lo que están diciendo los científicos. Por ello Greta dice en Twitter que la emergencia climática no es «una cuestión política más entre otras cuestiones políticas», una cuestión rutinaria, sino una «emergencia existencial»: «This can no longer be news among other news, an “important topic” among other topics, a “political issue” among other political issues or a crisis among other crises. This is not party politics or opinions. This is an existential emergency. And we must start treating it as such».

Nnguno de los intervinientes, sin embargo, pareció sentirse aludido por estas palabras. Las derechas instaladas en la más rancia exaltación patriótica con sus ‘Vivas al Rey y a España’ y las izquierdas en su ecoescepticismo social, dedicaron el tiempo a hablar de otras cosas: de patrias, del pasado, de la historia y de sus cuitas. Al tiempo que olvidaban que no tenemos planeta B. Que el planeta es la única patria que tenemos. Y esto significa −como  dicen los científicos− que en la situación de emergencia climática en que vivimos el tiempo de reacción está limitado a una década: 2020-2030. Pero solo piensan en el corto plazo, en el poder y en el dinero. De lo que hagamos en esta década dependerá como sea el futuro de la humanidad. ¿Hablamos ya de decrecimiento?

Lo importante para las derechas y la ultraderecha no es el futuro de la humanidad que nos jugamos en la acción climática que llevemos a cabo. Para ellas lo importante es crear el clima que les permita recuperar el poder que han perdido. Actúan de acuerdo con el principio: «lo importante no es la realidad, sino su percepción, que está condicionada por el lenguaje». Ello explica la escenificación y las expresiones gruesas que se escucharon en el hemiciclo: traición, golpe de Estado, villano de comic, acusaciones de fraude electoral, gritos de asesinos, terroristas. O la petición en las redes sociales, por un eurodiputado de VOX, de la intervención del ejército para parar el golpe de estado separatista de Cataluña.

                                          

El debate sobre si España es una sola nación, una nación de naciones o una parte del territorio quiere independizarse está silenciando la anomalía de las relaciones de la humanidad con el planeta. Tan es así que ninguna de las diputadas y diputados intervinientes trajeron al debate de investidura cuestiones –siquiera en sus líneas maestras− como: si la forma de organización territorial del Estado que tenemos es la mejor para afrontar el reto climático. O lo sería un Estado federal, uno confederal o una organización biorregional.

                         

Ni el candidato a la presidencia tampoco señaló, cuales serían las líneas generales, siquiera las más genéricas, respecto a la manera en que iba a afrontar la emergencia climática. Esperaba que hubiera dicho algo más que la mera enunciación de leyes que realizó, tratándose del más importante de todos los asuntos de gobierno de esta década.

Y aunque la música social y climática que desgranó el candidato a la presidencia suena bien. Y me hace respirar mejor saber que en España habrá un gobierno progresista. No puedo ocultar la preocupación y la decepción que sufrí al escuchar sus intervenciones, que confirmaron la sensación de green washing que me produjo leer el acuerdo de coalición de gobierno PSOE-UP.

                         

Esa preocupación y decepción la ocasiona la insuficiencia del programa de transición energética –que no ecológica− que propuso el candidato. Un programa que no tiene la ambición climática que están pidiendo desesperadamente los científicos, la ONU y los jóvenes. Con el programa esbozado no se alcanzará la reducción del 7% anual de las emisiones según las tasas recomendadas por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Ni mucho menos la reducción de entre 8-10% anual que es necesaria para que la transición ecológica sea justa.

La otra preocupación que me asalta sobre la transición energética anunciada, la origina la escuálida mayoría parlamentaria que sustentará al gobierno de coalición. Las leyes sobre cambio climático, transición ecológica, sostenibilidad que han de aprobarse requieren un amplio consenso, que será imposible alcanzar en esta XIV legislatura. Esta circunstancia acrecienta el riesgo de que la aprobación de dichas leyes con el voto en contra de las derechas, pueda traducirse en una reversión o atemperación de los objetivos posteriormente si llegado el caso éstas recuperaran el poder, como ocurrió con Madrid Central.

La tibieza de la ambición climática aparece, además, en una pequeña trampa que se introduce en las propuestas de planes de acción climática. La fecha de inicio de que se especifica es en la mayoría de los casos es 2019, cuando en realidad se iniciarán como más temprano en 2020. Este pequeño desfase del período de  actuación concretado hace que éste no sea real y por ello la posibilidad de no consecución de los objeticos se acentúe.

Ésta también queda reflejada en las intervenciones del candidato y sus socios de gobierno. El candidato socialista hizo alusión a la emergencia climática solo una vez en toda su intervención, amén de las medidas concretas que desgranó. Trató además la emergencia climática como una política sectorial, no como una política transversal. Iglesias, candidato a Vicepresidente, destacó en su intervención que España se iba a convertir en referente europeo de justicia social. Pero guardó silencio respecto a la justicia ambiental, ni hizo referencia alguna al cambio climático en su intervención. Tampoco la hizo el representante de En Común Podem, ni Alberto Garzón de IU. Aunque ellos no pierden ocasión para hacer referencia a la transición ecológica justa, excepto cuando tienen el marco idóneo para defenderla: el debate de investidura en sede parlamentaria. El candidato a la presidencia y sus socios de gobierno lo que hicieron fue tratar este asunto como uno más de la agenda política. Como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo para ello. Hicieron justo lo que los jóvenes están pidiendo que no se haga.

Pero a pesar de las promesas la realidad es tozuda. Tras el Acuerdo de París −que marcó un hito en cuanto al consenso político al respecto− las emisiones interanuales de CO2 siguen incrementándose. Ni siquiera ha sido posible todavía un pequeño descenso neto de emisiones. Una victoria simbólica.

Pero la actitud de las derechas y la ultraderecha −con el tono bronco y guerra-civilista que emplearon defendiendo la España uniforme− y la composición política del Congreso de los Diputados no son un buen augurio. El reto es de tal magnitud que requiere que tanto las empresas, como las ciudades, los ciudadanos y todos los gobiernos tomen cartas en el asunto. A la vista de la situación y de inacción climática se necesita qué la iniciativa ciudadana sea mayúscula, absoluta para sacar esto adelante. Una rebelión ciudadana.

                         

Habrá que ver en que queda la transición ecológica del nuevo gobierno. En que quedan las reducciones de emisiones en todas las áreas: energía, transporte, ocupación del suelo y agricultura, que demanda el Instituto de Sostenibilidad. Pues el programa de gobierno concentra su esfuerzo en la descarbonización de la producción eléctrica (85-95% de la misma deberá proceder de renovables en 2040) y en la movilidad urbana y de cercanías. Y el informe del IPCC de 2013, sin embargo, dice que para evitar un cambio climático descontrolado es necesaria una reducción del total de emisiones –y no solo de la producción eléctrica− del 84% en 2030. Los números no salen.

Y habrá que ver el efecto de un acuerdo de gobierno que no implica al sistema financiero en la emergencia climática, ni evita políticas contradictorias: habla de sostenibilidad y a la vez apuesta por una «política económica orientada a potenciar el crecimiento».

Pero una cosa es la letra de los discursos y otro la acción climática que despliegue. Los límites del programa verde del nuevo gobierno pueden quedar aprisionados en la «transición energética realista» que reclama el PNV. En la petición del candidato a la presidencia a sus socios de llevar a cabo una acción de gobierno moderada y de progreso. En el rechazo que manifestó el diputado de la derecha, de Foro por Asturias: que abominaba de la «transición energética radical» que planteaba el candidato socialista, pues empobrece las comarcas mineras y hace subir el recibo de la luz. Rechazo al que se unirá y remachará el resto de las derechas. Y éstas ya lo han dicho con toda contundencia: que no les gusta el gobierno de los socialistas con los comunistas, separatistas y pro-etarras, esa especie de nuevo Frente Popular.

Estamos a un paso de llegar a un punto de no retorno. En lo climático por todas las razones que he expuesto en esta y en otras entradas. Y en lo político porque la estrategia de la ultraderecha de crear caos, desafección y sembrar el miedo, solo busca crear el caldo de cultivo que favorezca su fortalecimiento y crecimiento. La transición ecológica va a ser un camino lleno de obstáculos tanto desde dentro como desde fuera del gobierno. Por eso mismo seguiré pensando y actuando con esperanza para que la vida, la de la generación de Greta y posteriores, no sea escrita por las dinámicas egoístas, irresponsables e insuficientes que han creado el problema. Trabajando por un Frente Climático y de Verdad Amplio. Espero y es mi deseo que los Reyes Magos no nos traigan carbón.

Desde los límites

1 Ene

Estamos en el límite de lo político, de lo ecológico y de lo moral. Y desde ellos es de donde debemos pensar para actuar. Pero no veo que esto sea así. Veo unas fuerzas políticas instaladas en el posibilismo climático cuando no es tiempo ni hay tiempo para ello. Y me pregunto entonces: ¿de qué le serviría a un partido verde ganar elecciones o alcanzar el poder con un pacto o coalición, si la acción de gobierno o la actividad parlamentaria que se despliegue después no sirve para evitar un incremento global de la temperatura en el planeta superior a 1,5ºC? Esta pregunta no puede responderse en el vacío, sino que ha de ser contestada en relación con esta otra: ¿cuál es la finalidad y el objetivo de un partido verde? No tener en cuenta la segunda pregunta para contestar la primera hace que cualquier respuesta que se pueda obtener se vea como válida. Sirva de ejemplo para ilustrar esta cuestión el pacto de gobierno de Los Verdes y el partido de la derecha austriaca (ÖVP), aliado con la extrema derecha en la anterior legislatura.

Una respuesta a la pregunta formulada y que tiene en cuenta ambas cuestiones sería la que daba la dirigente verde alemana, Petra Kelly, al decir: «Como verdes no forma parte de nuestro concepto de la política buscar un sitio a la sombra de los partidos políticos establecidos ni ayudarlos a mantener el poder y el privilegio que forma parte de ellos. Ni aceptaremos ninguna alianza ni coalición. (…) Lo último que nosotros queremos es utilizar las idas verdes para rejuvenecer otro partido político.»

¿Cuál es entonces el objetivo de Los Verdes austriacos: evitar que la derecha y la extrema derecha vuelvan a gobernar juntas como en la anterior legislatura o hacer que los compromisos de Austria en relación con el Acuerdo de París sean lo suficientemente ambiciosos para que dicho país pueda contribuir a evitar un cambio climático fuera de control de los humanos? El primer objetivo es el principal para las izquierdas y al segundo se dedican cuando tienen tiempo o hay dinero suficiente. El segundo es el que debería ser el principal de un partido verde. La amenaza a la supervivencia solo puede resolverse mediante un cambio estructural, no a través del control de la crisis o de retoques cosméticos.

Otra respuesta, pero que solo tiene en cuenta la primera de las preguntas formuladas, es lateoría del «centro verde» que formulan algunos ecologistas en Twitter: «El “centro verde”, un partido ecologista capaz de trazar alianzas con los conservadores. “Un reparto posible de ministerios que daría (a los verdes) infraestructuras, transportes y medio ambiente, asuntos sociales y Justicia”. El ecologismo debe hacer una crítica feroz al capitalismo como causante de problemas climáticos y sociales. Después, ha de proponer alternativas. Y ahí se trata de transformar la sociedad, pero no sólo nuestra esquina rojiverde. Hay que involucrar a todo el mundo.»

Habría que volver a formularse las preguntas que P. Kelly se hacía: «¿podemos tener esperanza en un deseo positivo de cambio de su parte?; dado que sus propias estructuras son contrarias a los principios de la democracia, ¿pueden sus representantes cambiar sus políticas?». Su respuesta ayudará a ver el camino.

¿Realmente creemos que la acción climática de Austria tras este pacto de verdes y conservadores va hacer cambiar a éstos sus políticas y la acción climática que despliegue el gobierno va a estar en la línea de ambición reclamada por los científicos? Si no vale para ello: ¿para que sirve entonces la presencia de un partido verde en el gobierno?

Y otra respuesta sería la de Greta Thunberg en Twitter, más alineada con el cambio estructural que defendía Petra Kelly: «Es hora de comenzar a preguntar a nuestros [representantes] electos cómo van a lograr esto [evitar que la temperatura se incremente en más de 1,5ºC]. O dejar que expliquen por qué deberíamos renunciar al objetivo de 1,5°C y, al hacerlo, aumentar significativamente el riesgo de desencadenar reacciones en cadena irreversibles más allá del control humano.» En consonancia con los límites del planeta que describe Kate Raworth en la figura de abajo.

                                     

Hay que preguntarle entonces al nuevo Gobierno de ‘Coalición Progresista’ que se forme, como va a ser su acción climática y si va a renunciar a que España tenga la ambición que reclaman los científicos y la ONU con el cambio climático.

La respuesta la encontramos en el programa de gobierno es un bluf en materia de cambio climático. Planea sobre él sin aterrizar. Declara en el primer párrafo de la Introducción que el objetivo de este gobierno es situar «a España como referente de la protección de los derechos sociales en Europa». Pero debemos interrogarnos por qué no plantea también que España sea una referencia –en Europa y el mundo− en relación al cambio climático. No se entiende esta falta de ambición en la acción climática cuando la zona Mediterránea va a exigir acciones de mitigación más profundas, pues el incremento de la temperatura aquí es mayor que en otras zonas del planeta: hoy ya ha sobrepasado los 1,5ºC.

Avanzando en la lectura del programa de gobierno se observa que en el primer punto de las medidas se habla de «consolidar el crecimiento» económico, afirmación que concreta diciendo que será una «política económica orientada a potenciar el crecimiento». Que acto seguido califica de sostenible, sin más matiz ni explicación. Pero crecimiento y sostenibilidad son incompatibles. Ello me lleva a pensar que no estamos ante un olvido o una redacción defectuosa de este apartado del programa de gobierno, sino que el mismo no es más que un descomunal lavado verde de cara o green washing.

En esta democracia sin virtud, como decía Eugenio Trías nos «revolcamos en la sombra de la política». Ese lugar donde habita «la disposición al crimen, al fratricidio, al homicidio» que nos inviste de su poder de negación, destrucción y ruina. ¿Exagerado, pesimista? Ni lo uno ni lo otro.

La sospecha de que nos hemos instalado en la sombra de la política la confirma un análisis rápido de las medidas que el programa de gobierno PSOE-UP propone para luchar contra el cambio climático: no se hace referencia a objetivos de reducción de emisiones, sino a objetivos de generación eléctrica de origen renovable y la única mención que hace a la descarbonización es referida al sector eléctrico, sin referencia al resto de sectores productivos; se propone de manera genérica la implementación de una estrategia de rehabilitación de edificios, pero a largo plazo y sin referencia a la eficiencia energética; se habla de mejorar la eficiencia de la cadena logística pero sin más concreción; no se hace referencia alguna al transporte interurbano por carretera ni de potenciar la red ferroviaria, salvo en lo referido a los trenes de cercanías; no se propone incrementar la superficie forestal, solo habla de gestión y aprovechamiento sostenible; se propone establecer el delito de maltrato de animales salvajes, medida que no se entiende que tiene que ver con el cambio climático.

Este programa de gobierno en materia de cambio climático no establece compromisos ni específicos ni ambiciosos y sigue dejando las manos libres al Gobierno que se constituya para que continúe incumpliendo los compromisos que España contrajo con la firma del Acuerdo de París. Mi pregunta es: ¿para qué sirve? Respondo: para hacer creer a la gente que se están adoptando las medidas ambiciosas que reclaman los científicos para afrontar la crisis climática, cuando no es así.

Pero el verdadero alcance de las medidas de lucha contra la crisis climático del próximo gobierno la encontramos en el propio acuerdo donde se señala que los acuerdos se articularán «adaptándolos al nuevo contexto macroeconómico» y lo que dice el punto 8 del acuerdo que el PSOE ha firmado con el PNV, en el que se hace referencia a «posibilitar una transición energética realista».  Subrayo el término «realista» pues reafirma las sospechas que tenía al leer el programa de gobierno. El programa de este gobierno –por más que quiera vestir el muñeco del cambio climático y vendernos la moto− es un anuncio de que seguirá en la senda del cumplimiento insuficiente de los compromisos del Acuerdo de París que señalaba antes y que nos conduce –si no adoptamos ya medidas contundentes− a un incremento catastrófico de temperaturas de 3,4ºC o más. Y por eso mismo no se que pintaba Juanxto López Uralde, ex-portavoz y ex-miembro de Equo, en la presentación del programa de gobierno, otorgándole al mismo con su presencia un sello verde que ni tiene ni merece.

Aún reconociendo que las medidas tanto en relación con el cambio climático como las medidas sociales que se recogen en el programa de gobierno, son positivas, así como otras que se recogen respecto a la acción de gobierno en otras áreas. Las referidas al cambio climático son claramente insuficientes y no son las medidas que se podían esperar de un gobierno que se autodenomina progresista. No sirven las acciones que se quedan dentro del ámbito confortable de lo posible. La lucha contra el cambio climático no es compatible con un programa de crecimiento económico que evite el enfriamiento económico previsto a partir de 2020. Para lo único que van a servir estas medidas, es para que el Gobierno se ponga la medalla en relación con el cambio climático y pase la patata caliente a la generación de Greta y posteriores. Con el agravante de que sabía lo que iba a pasar y no ha hecho lo suficiente. ¿Qué debería hacer un partido verde en una tesitura como la de Austria? Permitir la investidura de un gobierno con la contrapartida de una serie de medidas acordadas y quedarse en la oposición desde donde seguir exigiendo el cumplimiento de su programa político y cuantas medidas sean necesarias para que la acción de gobierno sea climáticamente ambiciosa ¡Si Petra Kelly levantara la cabeza!

 

¿Centro verde? No, delante

27 Dic

¿Economía o ecología? Este es el cruce que tenemos ante nosotros. O seguimos por el camino transitado, dominado por la economía. O emprendemos uno nuevo, regido por la ecología. Pero este nuevo punto de partida requiere enfocar la acción política fuera del eje izquierda/derecha. Desde el ¿centro verde? No, éste es parte de dicho eje. La respuesta debe ser estar delante. Anticiparnos. Ello obliga redistribuir la gama de las posiciones izquierda/derecha, mediante la reasignación de las diferencias entre éstas desde el punto de vista de la sostenibilidad/insostenibilidad de las mismas (Latour). Un indicador apto para  esta reordenación sería la huella ecológica. Veamos.

  La emergencia climática es una compleja crisis ecosocial que necesita tres respuestas para abordar los tres niveles o planos que presenta: la ecológica, la social y la generacional. La razón para ello es que los beneficiados y los perjudicados por el cambio climático se encuentran en distintas áreas o zonas y pertenecen a distintas generaciones (Padilla Rosa). Se trata de elegir si vamos seguir oponiendo las exigencias del desarrollo a los ciclos de generación y renovación de la Naturaleza. Dicho de otra manera: si solo vamos a seguir gobernando el presente u optaremos no menoscabar el futuro teniendo en cuenta la repercusión de nuestros actos en él. El primer camino lleva a la sostenibilidad débil, al ecoescepticismo o al negacionismo –según el color del gobierno que esté en el poder−. El segundo conduce a la sostenibilidad fuerte, si las soluciones se buscan fuera del mercado.

                                                             

La respuesta a la emergencia climática requiere medidas generaciones junto a las medidas sociales y ambientales en el  gobierno del presente. No hacerlo nos empujaría al desastre. Unas no excluyen otras. Una política y un gobierno así concebidos cambiarían nuestra manera de estar en el planeta y la relación con la Naturaleza. Sería éste un gobierno erigido sobre valores como la fraternidad, el cuidado y la equidad y no sobre valores meramente económicos. Un gobierno donde libertad e igualdad no son enfrentadas sino conectadas.

De todo ello puede extraerse una conclusión. Sin la respuesta generacional pero con un gobierno progresistas-izquierda en el poder, la acción política se situaría en una zona intermedia entre la sostenibilidad débil y el ecoescepticismo social que no mitigaría los efectos más graves de la crisis climática. Si se tratara de un gobierno conservador-liberal su acción política quedaría empantanada en el ecoescepticismo de mercado. Y un gobierno conservador-reaccionario se situaría en una zona entre el ecoescepticismo de mercado y el neonegacionismo. Esta conclusión describe la vida política española e internacional.

                                                

Ejemplos de programa de sostenibilidad débil, de progresistas-izquierda, son los de PSOE, Unidas Podemos y Más País, aún no ensayados en España. Pero en Europa sí tenemos ejemplo de ella. Ejemplifica este tipo de política el acuerdo de gobierno en Dinamarca, donde social liberales, socialistas y rojiverdes han firmado un pacto de gobierno que se compromete a una reducción de emisiones CO2, legalmente vinculante, del 70% en 2030. Es una muestra de una política de sostenibilidad débil con fuerte ambición y compromiso climático y restricciones inmigratorias duras, dentro del marco económico neoliberal europeo. No incluye políticas generacionales. El pacto rompe los esquemas tradicionales, no es un pacto como los descritos más arriba, más clásicos.

En España, además, hay quienes dicen –como Más País− que tenemos que ganar tiempo y hacer solo lo que está en el sentido común de la época, es decir, solo que la sociedad puede aceptar. Pero con ello no habremos ganado tiempo como pretenden sino que el problema lo pasaremos a la generación de Greta y la de sus hijos e hijas. Y a las que vendrán después, mientras que el gobierno actual hace como que resuelve la emergencia climática. ¿Podría ser esta estrategia tan errónea como se puede ver en el ejemplo opuesto: la decisión de Donald Trump, de sacar a EE.UU. del Acuerdo de París?

Para responder a esta pregunta hay que partir de una idea: tener poder no garantiza nada si no se adoptan las medidas acertadas. Esto se puede ver en la gran coalición que se ha formado contra la decisión de Donald Trump, por quienes si quieren comprometerse a la reducción de emisiones en EE.UU.: el Movimiento de rebeldía climática en EEUU formado por 25 estados; 534 ciudades, condados y tribus; 2.008 empresas e inversores; 981 organizaciones culturales y religiosas; 38 de salud y 400 universidades, que representan el 51% de las emisiones. Calculan pueden reducir las emisiones un 25%. Y con un mayor esfuerzo de ciudades, estados y empresas se podría aumentar esta reducción a un 37%.

                                                     

Una muestra de sostenibilidad débil, liberal-conservadora, es el Pacto Verde presentado por la recién elegida Presidenta de la Comisión Europea, que ha sido concebido con medidas de mercado y soporta un déficit de financiación anual de 250.000 millones de euros. La reacción ciudadana a un plan de este tipo es conocida y ya ha sido vista: los chalecos amarillos en Francia. Como dice T. Picketty «la idea de tender a un uso más moderado de la energía sin moderar la desigualdad es una ilusión, porque no seremos capaces de pedirle a los que ganan menos y a los grupos de ingresos medios que cambien su forma de vida si los que más ganan siguen consumiendo a lo loco y generando muchas emisiones de carbono».

Los conservadores-reaccionarios tienen la falsa convicción que en el futuro seremos más ricos –aunque en realidad solo algunos serán más ricos−, lo que les lleva a pensar que no es rentable hacer esfuerzos en el presente para disminuir las emisiones que afectarán al futuro, pues las emisiones como se sabe afectarán más a los más pobres. No a ellos.

Modelos de ecoescepticismo de mercado y neonegacionismo son la actuación del PP, C’s y VOX en Madrid, con el desmantelamiento de la prohibición de circulación en el área de Madrid Central. O el proceder en Andalucía con el inicio de los trabajos de prospección para yacimientos de fracking el día que comenzaba la COP25 en Madrid. Cumbre que se ha cerrado con un débil llamamiento a aumentar la cacareada ambición y sin acuerdo sobre los mercados de carbono.

                                                    

No existe un derecho natural a contaminar, en consecuencia el principio ‘quién contamina paga’ no es válido. La premisa no es: si puedo pagar puedo contaminar. La premisa es no contaminar. Y los mercados de carbono se basan en este principio. Su funcionamiento hasta hoy no ha servido para reducir las emisiones de CO2, al contrario continúan incrementándose. La única opción viable que tenemos es una política, que cumpliendo de la obligación del presente, no altere −como hasta ahora− la dotación natural que las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar. El respeto de los derechos del futuro debe implicar «un menor sacrificio» al presente. Pero «un menor sacrificio» no significa que sea el menor sacrificio posible para el presente. Sino que alude al «menor sacrificio compatible» con los derechos del futuro, el cual es el marco del resto de políticas del presente.

El legado que dejemos al futuro es el indicador que establece la calidad de las políticas de maximización del bienestar social de la izquierda y las de maximización de la rentabilidad de la derecha y el que señala el mayor o menor contraste con las propuestas de bienestar social y protección de los derechos de las generaciones futuras de la ecología.

La trampa que tiende la izquierda a los ecologistas con sus coaliciones es visibiliza de su acción política al eje izquierda/derecha, estéril para éstos pero productivo para ella, desplazándola de la visibilización en su eje natural: sostenibilidad/insostenibilidad. El esfuerzo de diferenciación de la ecología respecto de la izquierda la convierte en una fuerza política sectorial y secundaria de la izquierda. Y no la deja aparecer como una fuerza política con un eje político diferente.

¿Y Equo donde ésta? Tras su coalición electoral con Más País y el rechazo del decrecimiento en la ponencia política de su última asamblea, Equo pone en entredicho su posicionamiento en la sostenibilidad fuerte, pues la objeción al decrecimiento hace que la equidad entre generaciones que defiende sea puramente nominal. Y sin política generacional no hay sostenibilidad fuerte.

 

De banderas, patrias y planetas

22 Dic

Un mundo en el que está en entredicho la distinción entre animales, humanos y máquinas. En el que se cuestiona la diferencia entre lo natural y lo artificial; los límites entre lo físico y lo no físico son muy imprecisos; las dicotomías entre la mente y el cuerpo, lo animal y lo humano, el organismo y la máquina, lo público y lo privado, la naturaleza y la cultura se diluyen (Moreno Ibarra). Un mundo en el que las tecnologías de comunicación y de la biotecnología, van a reestructurar el planeta con una oleada de megainfraestructuras transcontinentales e intercontinentales. Que, además, está apremiado por la emergencia climática. En un mundo en el que se difuminan los límites, carecen de sentido las diferencias identitarias basadas en el nacimiento, la religión, la lengua o la cultura. Pero a pesar de la incongruencia banderas y patrias, naciones y fronteras ocupan el espacio político.

¿Cómo combatir el discurso excluyente y de odio que difunde, propaga la extrema derecha? Con un discurso armado desde los valores de fraternidad y equidad, que son los que mejor nos van a servir para afrontar la crisis ecológica en la que estamos y desde los que mejor se puede hacer frente al discurso xenófobo y machista. El repliegue que vivimos a posiciones soberanistas y actitudes reaccionarias, es el espejo en el que se refleja una crisis climática global que no tiene fronteras. Que ha sido originada por quienes ahora extienden esas ideas destructoras. Un relato que sea eficaz para uno y otro propósito puede ser como lo que sigue: en cuanto seres humanos pertenecientes a la misma especie y habitantes del mismo planeta, tenemos un destino compartido.

Este destino común antes referido expande el significado habitual del lema: ‘no tenemos planeta B’ y le añade otro sentido. Si el destino humano es compartido, la identidad debe ser construida desde «lo que somos», es decir, desde lo común. Pues el individuo no pertenece solo «a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo es parte de una especie biológica, dotada de historia y necesitada de un futuro, con una existencia ligada al resto de seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo» (V. Toledo).

Pero cuando la identidad se establece, como hasta ahora, desde el «quienes somos», es decir, desde lo que nos diferencia, erige un sentimiento de pertenencia incompleto, parcial, que genera una identidad mutilada, egoísta, que distorsiona, deforma y retuerce la percepción de la realidad. Y hace que la resonancia emocional de la cuestión nacional invisibilice la pertenencia a la comunidad planetaria interdependiente, así como la anomalía en la que están instaladas las relaciones de la humanidad con el planeta. Ejemplo de ello son: el Brexit, las aspiraciones secesionistas de Escocia −y su petróleo del Mar del Norte−, las de las regiones ricas del Norte de Italia, el conflicto independentista catalán o el conflicto étnico de la Guerra de los Balcanes.

Esto se puede ver en que el cambio climático es global, no tiene fronteras. Las emisiones de CO2 causadas en un país producen efectos letales en otros continentes. Y los países que ya sufren más severamente las consecuencias del calentamiento del planeta, son aquéllos menos desarrollados cuyas economías han sido históricamente y son hoy menos contaminantes.

La aparición de predicadores del ‘yo primero’ −los Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orban, Putin, Abascal, con sus arengas de hacer grande otra vez la patria− es funcional para un capitalismo que ha superado los límites del planeta y es incapaz de asegurar el buen vivir universal dentro de los límites que éste marca. Estos profetas son el inicio del viraje de las sociedades hacia la prioridad en la salvaguarda del grupo, ante las dificultades que vendrán por la inacción premeditada de los gobiernos ante la emergencia climática y la gran competencia que viene por los recursos naturales en declive: energías fósiles, tierras raras, agua, tierras cultivables.

Como ‘no hay planeta B’ la patria no puede venir  designada por el lugar de nacimiento, pues, así concebida produce identidades parciales, que son un obstáculo para la reacción universal, coordinada y direccionada que se necesita ante a la emergencia climática.

Se impone, por tanto, una redefinición de este concepto. El lema referido, además, hace que el nuevo mapa político deba ser el planeta, no el territorio. Solo así aquél puede ser imaginado y convertido en un espacio compartido donde confluyen los ecosistemas y las civilizaciones humanas. En el que se consuma –que no consume− el destino común de los seres humanos. Y dejar de ser un espacio dividido por naciones, estados y fronteras en el que florecen los conflictos por los recursos y progresa el ansia de dominación. De esta manera la patria se hace matria. Ésta es mi tierra.

La desaparición de la estabilidad del sistema climático supone la pérdida de un derecho inherente a la condición y dignidad humana. De un derecho humano universal cuyos titulares son la totalidad de los seres humanos: los que habitan el presente pero también las generaciones futuras. Para evitar vernos privados de este derecho −por la crisis climática− es imprescindible el advenimiento de un nuevo sujeto, titular de derechos y obligaciones planetarias: la especie.

La identidad así construida, erigida desde la especie, no se fundaría sobre la soberanía sino que se apoyaría en la afinidad, que aporta singularidades «a la experiencia común de [quienes comparten] la misma suerte». Esta identidad actuaría como «matriz estructural» de lo que es común a los seres humanos: la pertenencia al planeta y a la misma especie biológica, que actúa por encima de los yoes histórica y socialmente creados: la nación, la clase, el género o la relación con el mercado y el consumo de bienes y servicios. Esta nueva identidad supondría el nacimiento de una conciencia de especie, que facilitaría la perspectiva planetaria de la realidad humana y generaría la necesidad de repensar los yoes históricos fuera del núcleo identitario tradicional.

A modo de anécdota puede destacarse que existe una bandera que nos representa como especie. Con ella se quiere «recordar a las personas de la Tierra que podemos compartir este planeta sin importar las nacionalidades de origen, y que los ciudadanos de la tierra se cuidarán en el planeta en que vivan». Los anillos unidos entre sí, sobre un fondo azul océano, representan que en nuestro planeta todo, directa o indirectamente, esta interconectado.                         

La focalización de las emociones en la superación de la crisis civilizatoria, que engloba: la emergencia climática, la crisis de biodiversidad, la sequía creciente, el declive energético, la contaminación por plásticos, el agotamiento de tierras raras, puede actuar a modo de cámara de despresurización en los conflictos nacionalistas. Y contribuir a la reducción de su intensidad, debido al alejamiento de lo emocional del centro de gravedad.

La necesidad de esta nueva categoría es política. En la medida que los derechos y obligaciones planetarias  se han fraccionado en derechos individuales, sin la protección de una arquitectura coercitiva estatal adecuada que garantice la protección y el cumplimiento efectivo de unos y otras, el efecto resultante es el mantenimiento del metabolismo del mercado y, consecuencia de ello, la exacerbación y profundización de las consecuencias ecológicas de la crisis civilizatoria, que a su vez agravarán la desigualdad e incrementarán los conflictos sociales. En esta maraña la emergencia climática flota en la atmósfera. Y el agotamiento de las energías fósiles es enterrado a más profundidad que nunca.

En la actualidad se está pasando de una redistribución más o menos equitativa a otra desigual en favor de las clases dirigentes. Y a medida que vayamos avanzando hacia estadios de mayor rigor climático, más escasez y mayor competencia por el control de la energía y de los recursos, la salvaguarda del ‘yo primero’ y del ‘hagamos la patria grande otra vez’ se concentrará cada vez más en los intereses de las élites. Se producirá entonces el salto de la competencia por los recursos al pillaje y a la guerra, surgiendo nuevas formas de desigualdad y discriminación. Esta es la hoja de ruta de la metamorfosis del capitalismo en neofascismo.

Ni a la izquierda ni a la derecha, delante

10 Dic

El cambio climático ha refrendado hoy el posicionamiento político histórico de los partidos verdes: ni a la izquierda ni a la derecha, delante. ¿Pero quién está delante? Hoy esta definición tiene más sentido que nunca pues una Tierra habitable, un clima en el que poder vivir es un derecho humano. No hay, pues, un ecologismo de izquierdas y otro de derechas. Hay grados de sostenibilidad o insostenibilidad. Aserto este que se puede representar gráficamente de la siguiente manera:

                                                   

¿Pero, por qué la acción política habría de desplazar del frontispicio político al eje izquierda/derecha y descansar sobre el eje: sostenibilidad/ insostenibilidad? La razón es sencilla: cada generación que habita el mundo sólo es usuaria y custodia del planeta que recibe en fideicomiso. No propietaria del «patrimonio común natural» que éste constituye. Por tanto, no puede adoptar decisiones distributivas (de consumo de recursos o de contaminación y destrucción de la biosfera) que comprometan la capacidad de las generaciones futuras para tomar sus propias decisiones.

Para poder conjugar las necesidades no solo de todos los individuos sino de todas las generaciones, el primer mandamiento es el del ‘cuidado’: de la Naturaleza y de las personas. Sin cuidados no hay acción política posible. Por ello para la ecología los valores primeros de la acción política son, por este orden, la fraternidad y la equidad entre generaciones. Su centro es la fraternidad y desde ella mana el resto de principios que la inspiran. Ante la pregunta: «¿Hay recursos para todos?  «¿Hay bastante para garantizar la libertad general [y la igualdad] frente al temor y la miseria?», la ecología no plantea un «dilema entre libertad e igualdad» como hace la economía (C. Amery), sino que las conecta desde el cuidado y la justicia. Ello significa que las bases de la autoconciencia individual, pero también política, han de ser construidas con apoyos distintos de los meramente económicos.

Diré esto en un lenguaje político más al uso. No solo hay que pensar en las necesidades de los individuos del presente, también hay que tener en cuenta las de las generaciones futuras. La acción política, por tanto, ha de tener en cuenta no solo la libertad y la igualdad de los individuos del presente, sino también las repercusiones que las decisiones que éstos tomen en ejercicio de su  libertad y en su búsqueda de la felicidad tengan para la libertad e igualdad de las generaciones futuras. Debe evitarse a toda costa que las decisiones del presente puedan tener un carácter irreversible para el futuro. Por ello a los jóvenes se les ha de dar un papel en las decisiones y en las herramientas para enfrentar la emergencia climática.

Pero estamos a punto de incumplir esta premisa política fundamental. La hipocresía verde lo invade todo. Desde el ecoescepticismo político del que tenemos ejemplos en programas políticos como el Compromiso Verde del PP de Andalucía, el capitalismo verde de Ciudadanos, la modernización ecológica del PSOE, el Pacto Verde propuesto por la Presidenta de la Comisión Europea que según las estimaciones de los expertos tiene una “brecha verde” de inversión, es decir, el dinero que falta frente al que sería necesario para lograr la transición ecológica, de entre 250.000 y 300.000 millones de euros, los compromisos insuficientes para  descarbonizar la economía que envían los Gobiernos a la ONU, la declaración de emergencia climática de un Parlamento Europeo con doble sede –Bruselas y Estrasburgo− que emite 19.000 Tne CO2 anuales.

A la sostenibilidad débil que proponen las fuerzas políticas con propuestas como el Horizonte Verde de Unidas Podemos, el Acuerdo Verde para una España justicialista de Más País o el rechazo de Equo a incluir en su programa político el decrecimiento. Mucho ruido verde.

Pasando por el ecoescepticismo de mercado del que es ejemplo el intento de las grandes empresas energéticas y bancos de aguar  las reglas de «etiquetado verde» que la Comisión Europea quiere establecer para identificar las inversiones sostenibles para el medio ambiente.

De cara a la recesión que se anuncia, para algunas economistas del Partido Laborista− como Grace Blakely, una de las caras jóvenes más conocidas de la izquierda en el Reino Unido− o la demócrata estadounidense Alexandria Ocasio Cortez, la idea de un Green New Deal proporciona un margen de maniobra potencial pues dicho programa se basa en la demanda y la inversión, y también en ecologizar la economía a largo plazo.

Esta idea, que no es nueva, surgió en 2008 cuando un grupo de economistas se reunió y propusieron un gran programa de inversión que a la vez hiciera la economía más sostenible. Era la alternativa a la política neoliberal. Señala Blakeley que se podía haber respondido de otra manera a la Gran Recesión mediante la inversión en tecnología verde, transportes, reducción de la desigualdad. Y haber disminuido su impacto a la vez que se impulsaba la producción y la productividad a largo plazo. Pero no se hizo.

El Green New Deal es la continuidad de una política del crecimiento perpetuo corregida, no un proyecto para una nueva política económica. Éste no elimina el sistema de mercantilización ni los motores de expansión.

Es un espacio intermedio entre el ecoescepticismo y la sostenibilidad débil que no evitará los peores efectos del calentamiento global, pero que tiñe de verde el capitalismo y concede unos años más a las élites para la obtención de beneficios. Esas mismas que han tomado la decisión −y están ejecutando− de romper todos los lazos de solidaridad, ahora más necesarios que nunca ¿Es esta la receta −cínica o ingenua, no lo se− de «ganar tiempo», que algunos proponen para hacer frente a la emergencia climática? Aunque no se que tiempo se puede ganar ante ella.

                                                

Por el contrario, este es el momento de hablar claro y sin tapujos sobre las opciones para evitar los efectos más adversos del calentamiento global, antes que el tiempo se agote y el imaginario social se adormezca colonizado por la ficción de los coches eléctricos y la transición energética como solución a la emergencia climática y, a la vez, sostener el nivel de vida y prometer el aumento de las oportunidades de empleo. Pero el incremento verde del PIB no es la receta mágica, conlleva la dificultad añadida que este incremento supondría para la reducción de emisiones de CO2.

Para afrontar la emergencia climática las economías desarrolladas incluidas en el Anexo I del Protocolo de Kioto deberían recortar sus emisiones de CO2 entre el 8−10% anual. Este recorte  es posible hacerlo de manera equitativa, como se demostró en Cuba en la década de 1990. Pero el espacio político de la sostenibilidad fuerte: decir la verdad, decrecimiento de los sectores sucios y sustitución por sectores limpios con «medidas de reducción de la demanda», transición ecológica justa, reruralización del territorio y renaturalización, sigue sin ser políticamente ocupado. Da pavor. El dilema entre lo que debe hacerse y lo que puede hacerse sin perder dinero, votos o poder, mantiene atrapadas a instituciones y políticos. Nadie se hace preguntas: ¿transición dentro o fuera del capitalismo?, ¿austeridad o mantenimiento del modelo?, ¿cómo redistribuir?, ¿limitar la población? Ni éstas ni otras. Pero el cambio llegará se quiera o no. Lo queda por saber es a que coste.

Para las élites, sin embargo, este dilema no existe: ya resolvieron abandonar la idea de un futuro común donde todos pudiéramos prosperar de igual manera y han decidido para ello desembarazarse de todos los lazos de solidaridad (B. Latour) ¿Cuantas vidas deberán perderse para que los líderes mundiales tomen las decisiones correctas?

Greta Thumberg decía en Madrid que la esperanza no está dentro de los muros de la COP25 sino en la calle: en las manifestaciones climáticas, en las  asambleas de los barrios, en la rebelión que se comienza a manifestar, en las respuestas de la gente en las encuestas que sobre la crisis climática que se publican estos días durante la COP25 de Madrid: nueve de cada 10 españoles piensa que es urgente dar un paso adelante y actuar; seis de cada 10 está a favor de prohibir los coches diesel y de gasolina a partir de 2040, a optar por energías limpias aunque sean más caras, a comprar productos locales y a no usar el avión en trayectos cortos; y cinco de cada 10 está dispuesto a dejar de comer carne. Y tiene razón. Lo demás está vacío.

Pero la actitud de quienes piensan más en el dinero que en la vida: esos como Jair Bolsonaro, el pirómano de la selva amazónica; Donald Trump, que hacen chistes sobre el frío que hace en pleno recalentamiento global; Xi Jinping, el presidente chino, que aspira a seguir contaminando por el procedimiento de comprar cuotas de emisión de gases a países tan pobres que ni siquiera se pueden permitir el lujo de poseer industrias; y tantos otros, hace que me pregunte con Manuel Arias: «¿hasta qué punto [responderán] nuestras democracias liberales a los imperativos de la [emergencia climática] que afectan potencialmente a la supervivencia de los individuos presentes, las generaciones futuras y del mundo natural»? ¿Hay alguien ahí o tendremos que elegir entre salvarnos o morir a la fuerza?

 

Francisco Soler

El engaño tiene dos caras

18 Nov

Los años posteriores a la II Guerra Mundial se denominan los «Treinta Gloriosos. Con esta expresión se designa la época de crecimiento económico continuo y progreso material de las sociedades de industrialización temprana ―o sociedades occidentales―. Pero la verdad puede yacer bajo la superficie, enterrada. Olvidada. Y el tiempo acabar destapándola. Así ha ocurrido con el calentamiento global. Ha destapado la segunda y monstruosa faz del beneficio empresarial vendido como progreso: un crecimiento exponencial de la huella de la actividad humana en el planeta causante de la actual emergencia climática. Más que hablar de la edad de oro del capitalismo ―los llamados «Treinta Gloriosos»― es necesario constatar su reverso distópico: la «Gran Aceleración».

Cambiar el marco del relato sobre el que se asientan las bases de la sociedad actual industrial es, pues, imprescindible para que pueda llevarse a cabo la gran transformación productiva, económica y social a emprender si queremos evitar un calentamiento global fuera del control humano. Pero la resistencia de la sociedad a poner fin a la fiesta del consumismo resulta naturalmente lógica, desde el momento en que el progreso material alcanzado se ha vendido como el mayor logro de la humanidad. A pesar de las injusticias y las desigualdades económicas y del deterioro ambiental ocasionado. Que se han justificado y han sido aceptados como el precio que hemos tenido que pagar por ese progreso. Un progreso que nos ha llevado al colapso.

La no sustitución de este marco mantendrá la ficción del crecimiento económico infinito y permitirá la pervivencia del marco político tramposo que le acompaña, con unos actores que no explican a la ciudadanía la gravedad de la crisis climática y ecológica y no adoptan las medidas necesarias por miedo a perder votos. La cobardía de las fuerzas políticas para abordar la crisis climática tendrá como resultado ―cuando colapse el sistema climático― la llegada del autoritarismo o del fascismo con su relato y sus soluciones. La opción del 1% más rico, a quien no le importa vivir en un planeta hostil porque cree que el dinero lo soluciona todo.

Solo desde otro marco diferente, el de la «Gran Aceleración», desde el que se explique a la ciudadanía de manera clara y sin tapujos la responsabilidad de la actividad económica en la degradación ecológica, las migajas de prosperidad ofrecidas como progreso, el engaño al que la sociedad ha sido sometida, así como el coste social y ecológico pagado, podrá ser entendida y aceptada la necesidad de una reducción drástica de las emisiones en el menor tiempo posible según lo planteado por la comunidad científica y la conveniencia de caminar hacia una sociedad diferente: resiliente, ecológica, justa y feminista.

En este sentido el anuncio del Papa Francisco ―en el XX Congreso Internacional de la Asociación de Derecho Penal― sobre la reflexión de la Iglesia Católica respecto a la introducción en el Catecismo del «pecado ecológico» ―«y en particular» el «ecocidio»―, es importante. Este anuncio junto a la encíclica papal sobre el medio ambiente: Laudatio Si, la incorporación de su mensaje ecologista al ideario de los colegios católicos y la aparición de ecoparroquias como ejemplo de cuidado cristinano de la creación ―medio ambiente― es un paso importante para la aceptación de la transición ecológica por la sociedad. La autoridad moral de la Iglesia favorecerá ―entre los católicos y los no católicos― el avance de la toma de conciencia sobre la emergencia climática y la imperiosa necesidad de la reducción de emisiones de CO2.

El paso del tiempo nos ha terminado mostrando que el engaño tenía dos caras: la del progreso de los «Treinta Gloriosos» y la de la contaminación y la explotación sin límite del planeta y de las personas de la «Gran Aceleración». La de unas fuerzas económicas guiadas por el beneficio ciego y la de unas fuerzas políticas temerosas de perder votos. En el cuadro «La alegoría de la verdad y el tiempo», de Annibale Carracci, cuando la verdad sale a la luz pisotea al engaño. Hoy, de igual manera, la inocultable la crisis climática y ecológica está revelando que el relato de los «Treinta Gloriosos» fue una invención ―suficientemente repetida― que se convirtió en verdad en nuestra mente y en la de los demás. Pero el mundo se está despertando. Y el cambio guste o no, viene.

 

 

 

 

 

El envite es un órdago a la grande

31 Oct

Si queremos llegar a final de mes, hoy debemos dejar atrás los falsos dilemas, mirar a la Medusa de frente sin quedar petrificados y abordar la más irrefutable cuestión política de cuantas tenemos que afrontar como seres humanos: «las condiciones que requiere la continuidad de nuestra especie en un planeta limitado». Es decir, como enfrentar la crisis climática y ecológica. De lo contrario, los seres humanos ―en este verse como habitantes del mundo sin ver el planeta― deberemos enfrentarnos, por nuestra desobediencia a la pureza, a una cuarta ruptura: la existencial. La extinción.

Los científicos nos están diciendo que no hacemos lo suficiente para combatir el calentamiento global y la emergencia climática. Que son necesarios «cambios sin precedentes y en todos los aspectos de la sociedad» para limitar el calentamiento a 1,5ºC. Transformaciones que ―según la ONU― habrán de constituir «una reorganización sistémica de los factores tecnológicos, económicos y sociales, incluyendo paradigmas, objetivos y valores».

Pero como decirlo a una sociedad en la que la propensión al consumo es mayor entre las rentas bajas que entre las altas ―mayoritaria por tanto―. Como decirlo cuando sabes que cada día que pasa, cada mes, cada año que retrasamos la adopción de las medidas que conlleven reducciones netas del consumo exigirá que las que tomemos posteriormente ―al disponer de menos tiempo para llevarlas a cabo― deban ser más radicales y dolorosas y gravar más a los que menos tienen y enriquecer a los que más tienen. Hace falta muchísima pedagogía para la comprensión profunda de la crisis ecológica y la emergencia climática y como nos está afectando ya. Y a ella no pueden renunciar los partidos políticos.

Hay que hablar con franqueza de la emergencia climática y ecológica para generar las condiciones políticas necesarias y repetirlo una y otra vez para vacunar a la gente contra el mensaje de la extrema derecha. Ésta no se está cortando en explicar la crisis a su manera, negándola, y en beneficio de su propio plan político. La gente debe tener una comprensión cabal de lo que sucede, por qué sucede y cuales son las alternativas.

La rebelión de amplios sectores sociales por sus expectativas arruinadas, la creciente desigualdad, la corrupción persistente y una profunda sensación de frustración, con las «crecientes tensiones sociales y políticas», es evidente que tiene que ver con factores como los avances tecnológicos, la productividad, las políticas fiscales regresivas, el cambio climático o el declive de los combustibles fósiles.

La emergencia climática y el declive energético apuntan a que las políticas para combatir y atajar la desigualdad no podrán provenir ―como antaño― de la extracción sin freno de materias primas ni del incremento del consumo agregado de los hogares. Y que las inversiones públicas que se destinen a combatir la desigualdad, las transferencias sociales y el aumento del salario mínimo habrán de cumplir la regla: ‘emisiones cero’.

Esto es tanto como decir que al igual que el incremento de la desigualdad y las tensiones sociales y políticas muestran los límites del sistema económico, la crisis climática y ecológica exterioriza los límites del planeta que permiten la vida, de los cuales: el ozono estratosférico sigue estable; agua dulce, calcificación de los océanos, y usos del suelo están en riesgo de ser sobrepasados; y biodiversidad, agotamiento del nitrógeno y el fósforo y clima ha sido desbordados. Y para muestra un botón: Qatar ha comenzado a refrigerar las calles para combatir el aumento de las temperaturas.

Si las políticas surgidas del pacto neoliberal de la década de los 90 del siglo pasado explican un cierto regreso a la lucha de clases del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, la crisis ecológica, de la que el calentamiento global es una manifestación, ha destapado un conflicto entre generaciones que condena a los jóvenes a la inseguridad climática, alimentaria, laboral, económica y familiar. Éste se ve en la irrupción social del movimiento Juventud por el Clima y las huelgas climáticas globales. Y en la aparición de otros movimientos homólogos como Madres por el Clima o Científicos por el Clima.

Los múltiples retos del siglo XXI requieren, por tanto, la reconstrucción del pacto social roto por las élites. Y demandan, además, la institución de un pacto entre generaciones, que garantice a las futuras generaciones el uso del planeta y de unos recursos, al menos, en las mismas condiciones en que nos fue entregado por las anteriores, de manera que las acciones actuales no condicionen a aquéllas su capacidad para tomar sus propias decisiones.

Sin estas dos alianzas no será posible reconstruir la cohesión social fracturada, de la que son expresión conflictos como los chalecos amarillos, el Brexit, las revueltas de Chile, Brasil o Ecuador, el auge de la extrema derecha y los partidos populistas, los gobiernos iliberales de Europa del Este. O la propia crisis independentista de Cataluña, que goza de apoyo en amplias capas de la población y de una juventud inmersa en la inseguridad y la falta de perspectivas laborales. Estas circunstancias hacen que la independencia sea sentida por muchos como la única vía que les permitirá escapar de un presente precario y sin alternativas.

La primera tarea de las fuerzas políticas, por tanto, tras las elecciones del 10-N, debe ser el cambio de sus hábitos: el fin del bloqueo político y de la inacción climática.

La superación del bloqueo político, primer paso para avanzar en la solución del desencuentro entre Cataluña y el resto de España y del resto de empresas pendientes, se traduce en la necesidad de generar espacios de diálogo y alcanzar nuevos pactos y alianzas políticas, económicas, sociales y de sostenibilidad, con los los que generar ilusión en el futuro en territorios y grupos sociales.

 El acceso al agua, la fragilidad de los ecosistemas, la alimentación, la salud y la seguridad se agravará en las próximas décadas de continuar la inacción climática, atentando contra nuestra seguridad actual y futura.

Así será el Mediterráneo en 2100 y España un desierto desde Algeciras a Pamplona

Es ineludible, por tanto, establecer un nuevo compromiso con las generaciones de españoles y españolas que nacen hoy, pero también con las generaciones futuras. Y esta alianza ha de ser de igualdad y libertad, es decir, económica y social. A la vez que un pacto de equidad y fraternidad, es decir, climático y ecológico, para evitar que el presente se convierta en tirano y déspota de si mismo y del futuro.

La inacción de los gobiernos, su falta de respuestas políticas a la emergencia climática y ecológica, hace ineludible la asunción por todas las fuerzas políticas de las reivindicaciones del movimiento de justicia climática, como programa político común: declaración de emergencia climática y ejecución de políticas acordes con lo señalado por la ciencia y dotadas de recursos económicos suficientes para abordarlas; decir la verdad a los ciudadanos respecto a la crítica situación climática y ecológica que vive el planeta y señalar la responsabilidad del crecimiento económico en la degradación actual, al ser una garantía para llevar a cabo un giro efectivo, pues sin una adecuada comprensión de la gravedad de la crisis no se podrá salir del estado de inacción actual; acción inmediata: consistente en la reducción drástica de emisiones en el menor tiempo posible, de acuerdo con lo planteado por la comunidad científica; democracia real, mediante la puesta en marcha de instrumentos ciudadanos participativos de supervisión y garantía de cumplimiento de las medidas climáticas que sean adoptadas; y justicia climática, convirtiendo ésta en el centro de toda acción para evitar que los que menos ha contribuido al problema y los sectores más vulnerables sean los que más sufran los efectos.

¿Y si, como sociedad, no estamos dispuestos a hacerlo? Habremos de vivir ―cada día más― lo que Churchill llamó «la era de las consecuencias», pues el capitalismo que viene ―escoltado por el calentamiento global y el declive de los combustibles fósiles― reordenará la sociedad de forma que ésta funcione para sus propósitos, con reformas amparadas en el paraguas de la innovación, lo tecnológicamente avanzado y las empresas creativas, tales como: la inteligencia artificial, la automatización, la robotización, el tratamiento masivo de datos o la captura de carbono.

El capitalismo se está pintando de verde y como ciudadanos debemos saber elegir y optar por aquellas ideas que resultan inspiradoras en lo moral y fértiles en lo teórico, aptas para iniciar la senda hacia una economía poscrecimiento, como el Acuerdo Verde para España, aunque no sepamos bien como realizarlas. Debemos enfocarnos en hacer lo que es necesario, en vez de hacer lo que es políticamente posible.

Las decisiones que hoy se adopten han de ser, por tanto, las más adecuadas. No aquéllas que sean definidas como las mejores que se pueden adoptar en un entorno lleno de incertidumbres. No podemos ser conformistas y hacer solo la parte que nos toque. Es necesario que hagamos comprender a «la gente» que no está dispuesta a renunciar a sus smartphones, a la comida rápida, los viajes ‘low cost’, a la ropa barata, a los automóviles o a la tecnología ―nosotros incluidos―, que el consumismo sin límite nos está llevando al abismo. Que es necesario y posible vivir de manera más justa, simple y sobria. No hay puntos intermedios entre la acción y la inacción, pero si caminos diversos, urgencias y niveles de miedo. El envite es un órdago a la grande. Hay que tirar del freno de emergencia.

Ausencia electoral

29 Abr

Hoy se acaba de configurar tanto en el Congreso de los Diputados como en el Senado un nuevo equilibrio de fuerzas políticas, en el que las fuerzas progresistas son más numerosas que las derechas. Son todos los que están, pero no están todos los que deberían. No hay en el Congreso de los Diputados una fuerza política que sea el referente verde que la sociedad pueda identificar y votar sin necesidad de hacerlo indirectamente a través de otra fuerza política. El partido verde (Equo) continúa invisible para los ciudadanos y subrepresentado con un solo diputado en la lista de Unidas Podemos. Con un pacto que le mantiene en la UCI política, condenado a mantenerse en estado de suspensión política. Vegetativo. Sin poder cumplir la principal función de cualquier partido político: ofrecer un programa político no sometido a más condicionantes que los que derivan de la fuerza parlamentaria de quien lo propone. Ausencia electoral que es una grave error.

La necesidad que una partido político, de un referente verde en la política española, lo ha puesto de manifiesto, una vez más, la ausencia en el debate electoral del tema más importante: el cambio climático. Este asunto solo una vez fue mencionado, y de pasada, por el candidato del Partido Socialista Obrero Español en el primer debate televisado. Después el silencio envolvió a todos los actores políticos. No se abordó en éstos, ni tampoco a lo largo de la campaña electoral, el debate del Plan Nacional sobre Energía y Clima 2021-2030, la idoneidad de los objetivos y medidas propuestas. De la ley de cambio climático. A pesar que España será uno de los países más afectados de la UE por este fenómeno. Los políticos españoles han demostrado no estar a la altura de la emergencia que vivimos.

A pesar que en plena precampaña Greta Thunberg −la adolescente sueca de 16 años que pide a los políticos que hagan caso a los científicos y no dejen tirados a los jóvenes con su inactividad ante la emergencia climática− intervino en el Parlamento Europeo y puso el debate sobre la mesa, en la campaña electoral se ha hablado más de los toreros que iban en las listas de la derecha que del cambio climático. En las comparecencias de los líderes para valorar los resultados electorales tampoco ninguna fuerza política hizo alusión alguna a este asunto. Ni siquiera vaga. Ni caso oiga. Y si nos fijamos en otras crisis colaterales a esta: desaparición de especies, agotamiento de recursos, contaminación por plásticos. Como si no existieran.

Hemos vivido una de las elecciones más decisivas desde el final de la Dictadura, en la que el riesgo de involución democrática y social era real. Pero, ¿justifica esta circunstancia que en la campaña electoral no se haya debatido sobre el cambio climático: el problema más importante que tenemos? ¿Justifica ello que nadie haya propuesto un pacto de estado sobre el cambio climático y la necesaria transición ecológica que hemos de hacer? ¿Justifica esto que ningún análisis político a puesto de manifiesto esta grave ausencia? ¿Cualquier asunto es más importante que el más importante de todos?

Se anuncia en las elecciones locales y autonómicas una posible victoria de las derechas sobre las izquierdas. Pero como ciudadano me importa saber si las nuevas Corporaciones Locales y Gobiernos Autonómicos adoptarán las medidas necesarias para evitar un incremento de temperaturas superior a 1,5ºC como recomienda el Acuerdo de París ¿va a ser éste el centro del debate de esta triple campaña electoral? ¿O unos seguirán racaneando su responsabilidad y otros negando lo que advierten hasta los adolescentes?

El arranque del Plan Nacional de Clima y Energía está previsto para 2021. Para entonces habrán transcurrido dos de los 11 años, que advierten los científicos, tenemos para cambiar en profundidad nuestra forma de vida y evitar un cambio climático fuera de control. Cambio que es algo más que la sustitución de una fuente de energía sucia por otra limpia. Quiere decir ello que cada día que pasa, cada mes, cada año que retrasamos la adopción de las medidas para combatir la emergencia climática, exigirá que las medidas que posteriormente tomemos sean más radicales, más dolorosas, pues dispondremos de menos tiempo para llevarlas a cabo. Retraso este que se traducirá en un mayor sufrimiento social de los más débiles. Los científicos, la ONU nos lo están diciendo: no hacemos lo suficiente, y lo repiten una y otra vez, pero los líderes políticos no les hacen caso. Y los adolescentes, los jóvenes, aterrorizados se están echando a la calle para pedir que hagamos caso a los científicos. Los movimientos sociales en favor del clima comienzan a surgir: Jóvenes por el Clima; Madres por el Clima; Extinción/Rebelión. Ante la inacción de los poderes públicos todos los ciudadanos hemos exigir que los líderes políticos que actúen.

Para el nuevo ciclo electoral que nazca es necesario que haya despuntado ya una fuerza política verde que sea el referente electoral de los ciudadanos. Que ponga este asunto en el centro de la discusión social y política en las instituciones y que hable con claridad. Sin tapujos. Que diga lo que es necesario decir: que tenemos que actuar sin demora y de manera decidida. Que el cambio ha de ser rápido y radical. Que ya no tenemos tiempo para estrategias graduales. Que ese tiempo pasó. Que si no hacemos nada, los efectos sociales de nuestra inacción serán peores que si ahora hacemos lo que tenemos que hacer. Que tenemos opciones. Que hemos de comenzar a actuar. En este ciclo electoral no ha podido ser, pero habrá de ser en el siguiente necesariamente.

Esta es la responsabilidad histórica que tiene el partido verde en España. Y ésta ha de ser asumida y cumplida. El partido verde no se puede justificar con la consecución de logros parciales. El envite no es la sostenibilidad, sino la supervivencia. Aún tenemos la opción de dejar a nuestros hijos un planeta y un mundo habitable y más justo ¡Hagámoslo!

La única política (económica) posible

15 Abr

Desde la década de los noventa del siglo pasado el mantra más repetido −para imponer políticas económicas cuyo objetivo era detraer rentas de la clase trabajadora para entregarlas a los más fuertes económicamente− ha sido que dicha política es la única política (económica) posible. Esta política económica empobrecedora, así como la extracción insostenible de todo tipo de recursos han alcanzado su límite social y ecológico. Ecológicamente lo está indicando el cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales ocasionado. Socialmente lo confirma el empobrecimiento de la clase media y la pauperización de la clase trabajadora. Podemos repetir hoy, por tanto, pero por los motivos opuestos, que la única política (económica) posible es la que respeta los límites que impone el planeta a la extracción y consumo de recursos no renovables y la capacidad de absorción de la contaminación. Y la que es justa socialmente.

Para entender el actual panorama socio-político no podemos olvidar la influencia del agotamiento de recursos en el giro de la economía a la finaciarización y hacia las industrias tecnológicas. El presente es confuso, no un tiempo de certezas. Y el futuro no se percibe mejor que el pasado. Y esta confusión tiene anclada a la gente a un «posibilismo resignado» y falto de horizonte, en el que el peso del día a día impide «mirar más allá de lo inmediato». Circunstancia ésta última que explica el giro pesimista, nostálgico y reaccionario de la clase media antaño progresista.

Sabemos que mañana podemos no estar aquí. Pero este axioma ya no puede ser considerado solo desde la propia óptica vital. La crisis ecológica ha convertido esta posibilidad individual en una probabilidad colectiva si no actuamos ya. Si queremos recuperar el control sobre nuestro futuro, la única política posible es la que tiene como eje la sostenibilidad. La que se nos ha vendido como la única política (económica) posible: consumo, bajada de impuestos, recortes sociales, enriquecimiento del 1%, menos democracia, es mentira por insostenible social y ecológicamente. Es urgente, por tanto, que la sociedad abrace el cambio a lo verde: que abarca no solo la sostenibilidad, si no también la igualdad de las mujeres y los hombres en la sociedad, en los cuidados y en la reproducción de la vida biológica. Hoy, además, con urgencia.

Las consecuencias negativas que está imponiendo el cambio climático en nuestras vidas, hace que debamos formularnos muchas preguntas y reformularlo todo. Si queremos que mañana el presente vuelva a ser mejor que el pasado, si queremos dejar atrás la incertidumbre y recuperar la confianza, hemos de instaurar una nueva organización y un nuevo reparto del poder, la influencia y los recursos. En oleadas sucesivas debemos cambiar urgentemente las estructuras económicas actuales y las ideas políticas. Reformar e innovar los elementos culturales de la sociedad actual: defender la igualdad de mujeres y hombres; exigir más democracia; redefinir los sentimientos de pertenencia a la nación; y favorecer una familia no patrialcal. Y subrayar, como elemento de convicción, la estabilidad y la seguridad de esta nueva dinámica política, frente a la inestabilidad de la actual dinámica solo favorable para las clases dominantes.

O abrazamos el cambio o nos abrazamos a un pasado obsoleto. El mundo que está apareciendo no va a ser una continuación del que hoy tenemos –ecológica, tecnológica y socialmente−, sino uno completamente distinto. Hoy el pasado no es solo lo pretérito, es también la visión que solo contempla el presente. No podemos conformarnos solo con resolver a la urgencia o a la necesidad del día a día del ciudadano común, del gestor y/o del político. De lo inmediato. Porque entonces los acontecimientos nos sobrepasarán. Hemos de mirar más allá, a pesar de las dificultades. Hoy tenemos la opción de mirar al futuro, perspectiva que ha de tener como primera tarea la recuperación de la ilusión. Además de evitar un cambio climático descontrolado y una sociedad partida por la desigualdad que arroje a la pobreza a grandes partes de ella. En líneas muy genéricas esta visión del futuro se debe traducir en el abandono del enfoque mundo y el abrazo de la perspectiva planeta. En dejar de pensar y actuar desde perspectivas de clase o nación, para hacerlo desde la perspectiva de especie y de planeta, dentro de las cuales aquéllas habrán de insertase. Porque a pesar de las arengas, peroratas y discursos de los salvapatrias reaccionarios y los populistas, no tenemos más patria que el planeta.

La cuestión es: que sostenibilidad y como llegamos a ella. Pero, ¿y si la mayoría social aceptara continuar en el consumismo nihilista y en el entretenimiento banal y no hacer nada o no hacer lo suficiente para evitar las consecuencias del cambio climático –situación en la que aún nos encontramos, como ponen de manifiesto los científicos y los jóvenes con sus manifestaciones−?: ¿sería legítima dicha decisión?; ¿deberían los gobernantes elegidos por el pueblo continuar aplicando un programa de gobierno que conduce al desastre o deberían éstos gobernar en nombre de la justicia social, la igualdad y la equidad entre generaciones y aplicar un programa que contribuyera de manera real a la lucha contra el cambio climático y la crisis ecológica?; ¿tendría la minoría del presente derecho a rebelarse contra la decisión de la mayoría que la condena?; ¿puede una mayoría de ciudadanos del presente perjudicar los derechos, medios, posibilidades y modo de vida de los ciudadanos del futuro?

Lo inevitable es posible. Es urgente. Es ineludible. Hoy solo es factible abrazar el cambio, nunca conservar el pasado obsoleto. Y no solo hemos sumarnos al cambio, sino liderarlo desde la democracia y sobre premisas de sostenibilidad, igualdad y equidad. O eso u otros nos impondrán su cambio.