La ecología política como centralidad del siglo XXI

23 Mar

El jueves pasado conversaba con un compañero en Sevilla. Hablábamos entre otras cosas del papel de la ecología política en la política actual. Para él, que está en la izquierda, era necesario que la ecología política, la izquierda y el nacionalismo progresista, confluyeran en Andalucía en un espacio más amplio. Con todo respeto, su visión no es la mía. En mi opinión el movimiento que debería producirse es de confluencia de ciertos sectores en la ecología política. Me explicaré.

El siglo XXI, el siglo de la crisis ecológico-social: de la escasez de recursos, del cambio climático y de la crisis de biodiversidad, es y será el siglo de la ecología política. Y es que los problemas del siglo XXI, de superación de los límites biofísicos del planeta, no se pueden resolver con las recetas ideológicas y los instrumentos políticos del siglo XX. Un dato confirma esta imposibilidad: cierta izquierda comienza a definirse además de cómo socialista, también como feminista y ecologista. Esta definición, compuesta, desvela la insuficiencia actual de su propuesta ideológica para analizar los problemas centrales de la sociedad y proponer soluciones para ellos. De ahí la agregación de adjetivos y la propuesta de construir un espacio más amplio. Muestra la izquierda, así, su impotencia tras la apariencia de una actualización. Es la constatación de un hecho.

Lo explicaré gráficamente. Durante los siglos XIX y XX los problemas centrales de la sociedad fueron sociales. En el siglo XXI, sin embargo, el problema central es una triple crisis, que entrelaza: una crisis climática causada por el hombre, una crisis energética y una crisis de la biodiversidad, originadas, todas ellas, por la deficiente inserción de los sistemas humanos en los sistemas naturales. Quiere decir esto que se ha producido un desplazamiento del eje de los problemas centrales de la sociedad desde lo social a lo ecológico. Y este desplazamiento no ha sido advertido o no quiere ser reconocido por la izquierda, como ponen de manifiesto su discurso y muchas de sus propuestas. Analizar y dar respuesta a los problemas desde la transversalidad de las políticas medioambientales, como pretende la izquierda, no es suficiente, pues la transversalidad pone el foco al final del proceso, cuando el problema ya existe, olvidando las causas que lo originaron. Es necesario situar, como hace la ecología, la crisis ecológico-social como centralidad política, económica y social, y actuar en el origen del problema: que es el actual modelo de producción y consumo.

Por tanto, la propuesta de creación de un espacio de izquierdas, ecologista y feminista, y además nacionalista, que se hace desde ciertos sectores, es una invitación a seguir actuando con la mirada puesta en el retrovisor. El siglo XXI requiere mirar hacia adelante. Y esta nueva visión la proporciona la ecología política, con su propuesta ideológica nueva, centrada en los retos y los problemas centrales que tenemos hoy. La concurrencia de la triple crisis ecológica y de la crisis financiera y social que explotó en 2008 nos proporciona un dato: que esta última tiene un origen medioambiental, la escasez de recursos. La crisis financiero-social es, entonces, una crisis ecológico-social. Y este dato nos lleva a una conclusión: la solución que plantea la izquierda a la crisis social, basada en el crecimiento ilimitado, es inviable en un planeta limitado, pues no hay planeta suficiente para mantener el ritmo de vida actual, para generar más acumulación de manera ilimitada y tener así más riqueza para repartir. La segunda conclusión es que para resolver la crisis social hemos de resolver al mismo tiempo la crisis de recursos, climática y de biodiversidad. No es suficiente poner primero el foco en la protección de los derechos humanos básicos: derecho al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación y a la justicia, y pensar que después podremos resolver la urgencia ecológica en la que estamos inmersos. No tenemos tiempo.

Me decía este compañero que, aunque situado en la izquierda, está a favor de un modelo de producción y consumo respetuoso con el planeta y sus límites. Y esto es una buena noticia, porque nos pone a ambos a jugar el mismo partido. Tendrá que decidir esta izquierda, entonces, por quien ficha: si por la ecología política o por aquella izquierda que está perdiendo el tren de la historia, por mantener posiciones ancladas en el pasado. Si yo me encontrara en esa disyuntiva mi opción sería fusionarme con el futuro, con la ecología política, y convertirme en la corriente ecosocialista dentro de ésta. Pero no digo nada nuevo. Este camino ya ha tenido un precedente en Cataluña. Fue el caso de la evolución de los comunistas del antiguo PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) que son los actuales ecosocialistas de ICV (Iniciativa per Catalunya–Verds), fuerza política que forma parte del Partido Verde Europeo y está integrada en el Grupo Verde del Parlamento Europeo. Y además para defender Andalucía y a su gente basta entender que sin planeta no hay Andalucía, que sin justicia ambiental no puede haber justicia social, porque somos, sobre todo, ciudadanos de la Tierra, parte de una comunidad planetaria integrada también por seres distintos de los humanos, no solamente andaluces o españoles. Por eso la soberanía política de Andalucía se defiende protegiendo el planeta.

El campo de juego del partido y la naturaleza de los equipos que lo disputan están fijados. Siguiendo con el símil futbolístico, el equipo que juega en casa es la ecología política, en tanto que la izquierda es el equipo visitante. Antes fue al revés, es cierto. Pero el partido del siglo XX ya se jugó. Hoy estamos jugando el partido del siglo XXI. Por eso en este partido la ecología política es la centralidad, no la periferia. La pelota está en juego.

Por último, unos versos de Paul Celan, que para mí son un reflejo de la perfección: «Oí decir que hay/en el agua una piedra y un círculo/y sobre el agua una palabra/que en torno a la piedra el círculo tiende.» Quien quiera desenterrar el tesoro, deberá seguir el camino del agua, el camino que siempre desciende, eso dice Jung.

 

El Algarrobico: de la pornografía al erotismo

1 Mar

Sobre la sentencia del hotel El Algarrobico, pronunciada por el Tribunal Supremo, se ha dicho todo o casi todo. Una imagen, sin embargo, está grabada en mi mente: la que muestra el edificio del hotel en la prensa. Sobre su significado escribo.

El hotel, aparece como una mole blanca, poblado de grúas verticales, rompiendo el paraje que le circunda. El paisaje árido, de surcos y barrancos desiertos. El contacto entre la imagen y el ojo es inmediato. No hay misterio. La desnudez de la imagen —cuyo efecto sobre el paraje es pura violencia económica— es pornográfica. Sólo expresa la dimensión del precio. Su obscenidad carga de valor de exhibición la imagen, a la par que el paraje pierde la expresividad. El paraje ya no es paisaje, es puro lugar que puede consumirse. Un lugar que el hotel ha esclavizado y sometido a su servicio. El paraje ya sólo es el edificio y él es el paisaje.

Como atrevida pornostar, el hotel se exhibe impúdico, entre cortes y hendiduras. Flirtea con los que lo miran, ofreciendo «toda su carencia de misterio». Y explota el voyerismo que alimentan las redes. Busca su propio fin sin rodeos, sin velos, cual máquina narcisista de registro y de consumo. Sustrae el paraje del uso común que tenía, para transferirlo a la esfera del rendimiento económico. Y representa la explotación de la naturaleza asumida como un proceso biológico divergente.

El exceso de exposición ha velado la imagen. Ha determinado que el tribunal haya resuelto que el hotel sea derribado. Entretanto el edificio es un cuerpo agotado por la saciedad, apático, que yace sobre el paraje. La sentencia ha reconsagrado la tierra. Su ejecución traerá la redención del paisaje. El paraje otra vez templo recobrará su deseo erótico. La tierra recuperará su naturaleza cerrada. El paisaje su profundidad. Rescatada la memoria geológica de ese mundo, el peregrino volverá para abrir los caminos y contemplar el rostro femenino del paraje. El tiempo podrá ser medido otra vez con evocaciones.

En que queremos crecer (II)

7 Feb

La semana pasada explicaba que es mejor crecer en calidad de vida que continuar aferrados al mito del crecimiento del PIB. En este tema sin embargo hay todavía muchas preguntas por hacer y sin responder. Responder estas preguntas desmentirá la creencia que no hay grandes límites al crecimiento porque no hay límites a la inteligencia humana, a la imaginación y a la curiosidad. Ha sido precisamente la codicia, la falta de inteligencia, de imaginación y de curiosidad, la avidez y la rapacidad, las que nos han situado al borde del abismo. Por tanto, responder estas preguntas convertirá el reto de pensar en que queremos crecer en una oportunidad de vivir, de vivir mejor con menos.

Esta nueva sociedad, levantada sobre la sobriedad y la moderación, estaría organizada en comunidades más pequeñas que las grandes ciudades actuales. El estado actual de la técnica permitiría reducir la jornada laboral. El tiempo sería menos ajetreado, volvería a ser más lento, serían entonces los aromas, sensaciones y recuerdos los que se transformarían en espacios físicos o mentales. Con ello el espíritu se vaciaría de lo inútil, de los deseos que hacen el tiempo breve, efímero. Dedicaríamos así más  tiempo a fortalecer los lazos familiares y con los amigos. El apoyo mutuo sería la regla. En consecuencia, estas comunidades serían más fraternales. El aire, la tierra y el agua tras un tiempo estarían limpios. Significaría no admitir el beneficio de unos pocos a costa del de todos. Representaría organizar la sociedad con más sentido común. Y usted, ¿imagina cómo sería su vida en esta sociedad? Visualice como sería la convivencia, su alimentación, la naturaleza, la economía, la energía y el transporte que se usa.

Aún con errores, cualquiera que sea la dirección que tomemos habremos avanzado: la agricultura será ecológica, habrá más huertos urbanos, circularán menos coches, las energías utilizadas serán renovables, existirá una renta básica universal o similar, serán muy comunes modelos de intercambio de bienes y servicios sin dinero, el voluntariado y las redes e iniciativas de apoyo. Habrá más respeto a las personas y su diversidad. La creatividad y el arte serán muy importantes. Ahora estamos pasando de las ideas a la acción. Tendremos que rediseñar la cultura, los valores y los mitos, nuestro modo de consumo y como nos relacionamos: entre nosotros y con el entorno.

Estamos reaccionando ante la evidencia de la necesidad de cambio, aunque de todavía de manera incipiente e insuficiente. Un ejemplo local de esta reacción es la iniciativa, en la ciudad de Málaga, que pretende transformar un espacio industrial abandonado en un hábitat arbóreo con un ecosistema propio a semejanza del Central Park en Nueva York, el Hyde Park en Londres o el parque del Retiro en Madrid. Otro ejemplo a escala europea es el modelo de bioeconomía sostenible que está desarrollando la UE para transitar de una economía del petróleo a una sociedad basada en los recursos renovables y Andalucía ha sido una de las regiones elegidas para su implementación.

Ahora que hemos aprendido que planeta, persona y sociedad son la misma cosa es tiempo de sinceridad y de ser prácticos, porque no hay tiempo para excusas ni fracasos. Es tiempo de innovación, de eficacia y de compromiso, es tiempo de reinventar, renovar y restaurar, es el tiempo de la ciudadanía de la tierra. Hasta el próximo miércoles.

 

En que queremos crecer

5 Feb

Ahora es el momento de respuestas reales, no de respuestas sencillas. ¿En qué queremos crecer? En energías renovables, en tiempo con familia y amigos, en alimentos más saludables y ecológicos, en mayor salud, en ocio. O queremos crecer en energías sucias, en cambio climático, en precariedad laboral. Queremos crecer en calidad de vida o queremos seguir amontonando cosas sin sentido por las que pagamos un montón de dinero.  Puesto que hemos alterado los equilibrios básicos de la naturaleza es necesario que evolucionemos del «trabajar más para ganar más» al «trabajar menos para vivir mejor», es necesario dejar atrás la competencia para pasar a la cooperación. Ahora mismo la economía es un río desbordado por la crecida, pero tenemos que apostar por la decrecida para ajustar la producción y el consumo a los límites del planeta. Se ha preguntado usted lector ¿qué sistema democrático, que sociedad, que valores podrían resistir el desplome de los recursos y la onda de choque de los trastornos climáticos? Sólo puede hacerlo una sociedad que decide recorrer el camino hacia la moderación, la sobriedad, la frugalidad. Todos juntos. Ahora es el momento de iniciar esa transición, necesaria e inevitable, hacia la prosperidad sin crecimiento, de lo contrario será el planeta quien nos imponga este cambio.

Gandhi dijo: «el mundo tiene los recursos que el hombre necesita para satisfacer sus necesidades, pero no los suficientes para satisfacer su avidez». Ello nos obliga a hacernos preguntas. ¿Cómo combinar una disminución forzosa de las materias, recursos o energías que comienzan a agotarse, con el bienestar presente y el reparto equitativo para el futuro? Con un contrato ecológico, iniciativa a la que animo a unirse, para crear entre todos una dinámica colectiva en torno a una exigencia común. Ello significa que debemos renunciar a seguir considerándonos dioses y reconocer con humildad que sólo somos hombres, que compartimos una comunidad de destino con el resto de seres vivos, con quienes tenemos un vínculo de fraternidad.

Surge entonces un secreto importante. La palabra familia en otros tiempos designaba a los hombres, pero también a los humanos no humanos (siervos y esclavos) y a elementos de la naturaleza como las tierras y los animales. El significado antiguo de familia nos enseña el tejido de relaciones de la naturaleza, que es el modelo para la nueva asociación entre seres humanos y no humanos. Es con esta palabra como mejor se responde la pregunta ¿cómo nacen los hombres y las cosas?, pues en su seno quedan comprendidos hombres y cosas. Familia responde mejor a esta pregunta que la palabra nación: que designa a los seres humanos nacidos (participio pasado) en un mismo lugar. También responde mejor dicha pregunta que la palabra naturaleza: que designa lo que está por nacer (participio futuro). Ya que estas palabras separan ambas realidades.

Hoy los hombres viven en ciudades, inmersos exclusivamente en una red de relaciones humanas reducidas a la dimensión política, que no contempla la dependencia del clima, las sequías, la fecundidad de los animales y plantas, las heladas, donde viven alejados de los animales domesticados, la azada y las tierras de cultivo. Los seres humanos viven hoy en un «universo (…) que solo se agita en las plazas y salas de reuniones, donde todo se arregla con palabras y donde los únicos problemas son los provocados por técnicas verbales». Es decir, tenemos conocimiento de muchas cosas que sólo nos importan porque las vemos en televisión y somos tremendamente ignorantes acerca de lo que debería importarnos porque nadie nos explica por qué nos deben importar. Por eso vaya a su ventana y grite: estoy más que harto y no quiero seguir soportando esta manera estúpida de vivir. Mi abuelo me contaba que cuando ya no podía más, hacía esto. Yo también lo hago. ¿Se apunta a decirle al planeta que está en buenas manos? ¿Se apunta entonces a crecer en calidad de vida? Hasta el próximo miércoles.

Corazón verde

28 Ene

La mano ha traído a los seres humanos el progreso, el arte, la belleza. Con la mano nos relacionamos con otros seres mostrando afecto, desafecto o violencia. La mano es también el principal instrumento de manipulación del medio ambiente que tenemos. El planeta está en nuestras manos. Literal y simbólicamente. Visualice dos manos, las suyas, sosteniendo el planeta. Imagine que sus manos acogen y cuidan el planeta. ¿Qué sensación produce en usted este pensamiento? Imagine ahora que con sus manos usted exprime el planeta. ¿Cuál es la sensación que tiene ahora? ¿Cuándo está en la naturaleza, tiene la sensación de estar en casa? Hágase preguntas, descubra el porqué, el cómo y la importancia que tienen estas sensaciones.

Cómo puede comprobar existe una conexión entre el medio ambiente y sus emociones. Quizás no sabía esto. Quizás aunque tenía esa emoción no había establecido la conexión. Quizás que no tenía ninguna todavía. En cualquier caso, descúbralas, descúbrase. Investigue. Descubra que su corazón es verde, tome conciencia que es parte de la naturaleza. Visualícese dentro de ella, de la misma manera que se visualiza dentro de su coche o de su casa. Sienta que la naturaleza es parte de usted y usted de ella. Cualquier cosa que se haga contra ella entonces: ¿a quién se la están haciendo en realidad? ¿Se ha preguntado cómo le afectan estos impactos? ¿Puede concretar cuáles son esos impactos en su vida?

Hasta ahora los seres humanos han destruido su entorno natural, aunque, en dichos casos, la destrucción se reducía a áreas concretas. Ahora, sin embargo, la destrucción que hemos causado es global. Ya no podemos seguir haciendo trampas al solitario, aunque hacemos como que no pasa nada y seguimos con la fiesta (síndrome del Titánic). Es necesario, por tanto, que tomemos conciencia que naturaleza y seres humanos somos la misma cosa. Es hora que nos demos cuenta que lo que le hacemos a ella nos lo estamos haciendo a nosotros. Es necesario que tomemos el planeta por los cuernos. El planeta es para siempre, no tenemos otro.

Piense esto. La naturaleza es el aire, el agua, la tierra, las plantas, los animales, los alimentos, los ríos, los lagos, los mares, los océanos. Le pregunto entonces: ¿qué es su cuerpo para usted: un templo en el que usted cuida todo lo que entra en él o un cubo de basura donde usted tira cualquier cosa? ¿Y la naturaleza? Entonces, ¿si usted se ocupa de la naturaleza, de quién se está ocupando: de los árboles, de los pájaros, de los ríos… o de usted? Espero que todas estas preguntas le provoquen el pensamiento: ¡vaya, no había pensado en ello de esta forma!

La historia se repite como farsa

22 Sep

A principios del siglo XIX, nos dice Naciones Unidas, ya se sospechó por primera vez que había cambios naturales en el clima producto de la actividad industrial y se identificó el efecto invernadero natural. En la década de los años 50 del siglo XX, se inició la recogida de datos sobre las concentraciones de CO2, que demostraron que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente. Durante la historia de la segunda mitad del siglo XX, ocurrieron, además, ciertos hitos ambientales, con potencial suficiente para marcar las narrativas políticas, sin llegar a producir ese cambio. En 1972 se publicó el informe sobre los límites del crecimiento, en cargado por el Club de Roma. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo, fecha en la que EE.UU. consumía el 33 por 100 de la producción petrolera total. En 1974 el químico mexicano Mario Molina, publicó en la revista Nature el descubrimiento del agujero de la capa de ozono.

En terreno político, se produjeron acontecimientos, aparentemente desconectados de los anteriores: la creación en 1957 de la CEE, la elección del neoliberal Valéry Giscard d’Estaing como Presidente de la República Francesa, entre 1974 y 1981. La elección Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido, quien ocupó el cargo entre 1980 1990. El acceso de Ronald Reagan a la Presidencia de los EE.UU. entre 1981 y 1989. La desaparición de la URSS en 1991 y la aparición de la globalización neoliberal, que ya había arrancado en la década de los 80 del s. XX con la desregulación de los mercados promovida por Reagan.

La sucesión de estos y otros hitos ambientales y acontecimientos políticos no fue casual y ponen de manifiesto que el sistema capitalista era consciente, ya en 1950, que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente, así como de la crisis de recursos naturales y el calentamiento global que se venía encima. La globalización no es sólo un fruto singularmente ideológico del neoliberalismo, producto de la victoria del capitalismo sobre el socialismo, tiene un  componente de última cosecha y, en consecuencia, de adaptación − a su manera− al escenario calentamiento global y recursos menguantes: defensa y apropiación de éstos por la guerra si fuera necesario. Sirvan de ejemplo de esto último las guerras del petróleo: la guerra civil de Nigeria entre 1967-1970, la guerra Iran-Irak 1980-1988. Las dos Guerras del Golfo Pérsico contra Irak: la de 1990-1991 y la de 2003-2013. La Guerra de Afganistán de 2001-2014. A las que debe sumarse la guerra Libia de 2011 y la actual guerra civil en Siria, iniciada en 2011. Junto a ellas están las guerras por otros recursos: como los diamantes, el coltán o el agua. La globalización no ha ajustado el capitalismo a los límites del planeta, por ha contrario, en su función de última recogida, ha incrementado el metabolismo social de la producción y del consumo y mantener la plusvalía.

En lo ideológico, la izquierda, en su conjunto, se ha quedado sin respuesta, ante la globalización, las guerras de recursos y la crisis ambiental. La izquierda se ha retirado a los márgenes del sistema, enrocada en sus principios y convertida en una fuerza conservadora. Y la socialdemocracia tras someterse a los postulados neoliberales, remasterizada como social-liberalismo, se diferencia de la derecha como una Coca-Cola de una Pepsi-Cola. La ausencia de confrontación entre los proyectos de la derecha neoliberal y el social-liberalismo, junto a la falta de respuesta de la izquierda, ha producido resignación y desafección, enviando a la gente a sus casas. Todo ello se ha traducido en una crisis de representación y languidez democrática, cuya consecuencia ha terminado en una ruptura de las narrativas, consensos e instituciones, sus actores y el equilibrio entre fuerzas nacido tras la II Guerra Mundial, que ha desembocado en el surgimiento de nuevas fuerzas políticas populistas a la derecha en los países del norte y del centro de Europa (Austria, Hungría, Francia, Finlandia, Holanda) y a la izquierda, en el Sur (Italia, Grecia, España), que tienen como objetivo la reconstrucción de las identidades colectivas enterradas por el auge del individualismo.

Una característica común tanto de las fuerzas políticas clásicas como de  las nuevas fuerzas emergentes, es que todas mantienen en el corazón de su proyecto político la redistribución de la riqueza sin observar los límites de lo admisible para el planeta, sin aceptar la finitud del planeta, que visualizó el Informe del Club de Roma en 1972, ni, por tanto, el axioma de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza. La producción de bienes y servicios, por tanto, ha de estar condicionada y limitada, necesariamente, por los límites físicos de la biosfera. El autismo climático y la ceguera ante el agotamiento del petróleo de hoy, repete la relación depredadora con la Naturaleza del pasado, hoy, sin embargo, como comedia o farsa. Este no reconocimiento de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza, establece la frontera entre las fuerzas políticas (entre productivistas y antiproductivistas). Expresa así la principal dialéctica de la política de este siglo, si se quiere evitar el colapso civilizatorio. En este contexto una izquierda, conocedora del núcleo de la crisis ecológica causada por la expansión de la productividad capitalista desde Marx, así como de la amenaza que la producción ilimitada supone para la vida en la Tierra, sin haberse opuesto nunca a ella, es parte del problema y no de la solución. La ecología política, por tanto, sola por ahora, debe asumir su compromiso fundacional y la obligación que con él contrajo: hacer sentir a la gente que cuando vota puede contribuir a un cambio y que su voto es útil y necesario y crea una diferencia real.

Las prohibiciones de discriminación del siglo XXI

16 Sep

Ayer veía la película sobre Clara Campoamor y el papel que jugó en el reconocimiento de la prohibición de discriminación por razón de sexo, que inevitablemente ha inspirado este artículo. El cambio climático y la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos exigen, por la amenaza y la injusticia que constituyen, que se establezca una especie de policía del futuro. Este papel puede ser desempeñado por la prohibición de discriminación que se estableciera por razón del tiempo en que nacemos y por razón de la especie. Sería esta prohibición un instrumento de lucha contra el cambio climático. Al igual  la prohibición de discriminación por razón de religión nació de las guerras de religión en la Europa del siglo XVI, que la prohibición de discriminación por nacimiento fue el resultado de las revoluciones liberales del siglo XVII frente a los privilegios de la nobleza, que la prohibición de discriminación por razón de la raza nació tras la derrota de la esclavitud en el siglo XIX, que la prohibición de discriminación por circunstancia personal o social fue el símbolo de la lucha de clases en el siglo XX o que la prohibición de discriminación por razón de sexo fue una victoria en la lucha inconclusa contra la dominación patriarcal en el siglo XX.

La instauración de esta prohibición de discriminación evitaría la tiranía de un «presente que lo coloniza todo», que vive a costa del futuro y la dominación que imponemos a las otras especies que con-viven con nosotros en esta nave llamada Tierra. Y puesto que somos la única especie en este planeta capaz de saber que tenemos un futuro, el establecimiento de esta doble prohibición de discriminación nos haría más humanos.

Este reconocimiento supondría un giro de ciento ochenta grados al concepto de democracia actual. Significaría extender el interés general más allá del interés electoral y extender la soberanía política más allá de la especie humana. Representaría –de alguna manera– un cierto reconocimiento de soberanía política a otras especies. Ya veríamos cómo, en que grado y con que extensión. Nos ayudaría a advertir que no tenemos más derechos que nuestros descendientes, ni tampoco más derechos que el resto de especies. Un efecto de esta prohibición se proyectaría sobre el concepto de propiedad, pues la misma prohíbe el exclusivismo espacial de la especie humana que legitima la apropiación de los espacios y de lo incluido en ellos y su dominio y ataca el imperialismo temporal que el presente impone al futuro debido a las cargas que deja a las generaciones futuras, por la administración irresponsable de los bienes comunes.

Esta prohibición convertiría la obligación moral que el hombre tiene con la biosfera en una obligación jurídica. Dicho de otra manera con ella la ley natural se normativizaría. De esta prohibición de discriminación se derivarían nuevas concepciones, derechos, principios y valores. A título de ejemplo pueden señalarse: otro concepto de la responsabilidad, los derechos planetarios, la equidad intergeneracional y la fraternidad. Comenzaría a emerger entonces una conciencia de pertenencia a una comunidad planetaria. La biopolítica se haría impotente y se establecerían las bases para transformarla en un mero poder de ejecución sin autonomía respecto a las leyes y límites de la naturaleza. Dejaríamos entonces de ocupar el futuro y de convertirlo en un basurero debido a la externalización de nuestros impactos ecológicos.

Dice Innerarity que cuando los contextos de acción se extienden en el espacio hasta afectar a personas de otro punto del mundo y se despliegan en el tiempo condicionando futuros cercanos y distantes –y de otras especies agrego yo–, hasta el punto de convertir la relación con la naturaleza en una forma de violencia específica: la violencia ecológica, entonces hay muchos conceptos y prácticas que requieren una profunda revisión. Les dejo esta densa reflexión cargada de nuevas concepciones y significaciones. Hasta el próximo miércoles.

La ecología política: un espacio político autónomo (y II)

9 Sep

Durante el período 2000-2008, se reeditó en Andalucía, la fracasada estrategia intentada de Los Verdes con IU, que esta vez propició un pacto de gobierno entre ecología política y socialdemocracia. En la primera legislatura (2000-2004) este pacto reportó a Los Verdes un diputado en el Parlamento de Andalucía, así como la gestión de la Dirección General de Educación Ambiental. Durante la segunda legislatura (2004-2008) el pacto se amplió y alumbró el proyecto de «modernización ecológica de Andalucía», que se tradujo para los ecologistas en una propuesta de cincuenta medidas programáticas y la gestión de tres centros directivos: la Dirección General de Educación Ambiental, así como las recién creadas Dirección General de Agricultura Ecológica y la Secretaría General de Sostenibilidad, aunque sin incluir miembros de Los Verdes en las listas del PSOE al Parlamento de Andalucía. En dicha legislatura Los Verdes también obtuvieron en las elecciones generales un acta en el Congreso de los Diputados, por la circunscripción de Sevilla, integrados en las listas del PSOE. En otras Comunidades Autónomas la ecología política también utilizó la estrategia del pacto de gobierno, aunque en escenarios diferentes.

Pero esta estrategia tenía dos peajes que la ecología política debía pagar: uno, el desarrollo de políticas complementarias o correctoras del crecimiento, que era un límite infranqueable para su praxis política; y dos, la  renuncia durante la vigencia del pacto a la articulación en torno a ella de mayorías sociales de ruptura del consenso económico-ambiental. Para implementar la estrategia se concibió una herramienta: la «modernización ecológica», que no fue producto de la impotencia, como dicen Garrido y González, sino que por el contrario, fue fruto de una voluntad decidida a ocupar espacios de gobierno como estrategia de cambio gradual desde dentro. Este pacto de gobierno se tradujo en la consideración de muchas de las reivindicaciones de la ecología política y provocó en ésta el olvido de la necesidad articular mayorías sociales de reforma económico-ambiental, al tiempo que creó una ilusión de visibilidad e influencia inexistente. El ejemplo más claro de esta ilusión fue la participación de Los Verdes, en calidad de asesores del PSOE, en la elaboración del Estatuto de Autonomía de Andalucía de 2007, responsabilidad que recayó en Francisco Soler, miembro del Consejo Andaluz de Los Verdes, en aquel momento. El fruto de esa participación fue la inclusión en la ley suprema andaluza de muchos de los principios y demandas de la ecología política. El resultado fue el Estatuto de Autonomía más avanzado medioambientalmente de los aprobados tras las reformas estatutarias que se produjeron en 2007. Se rechazaron, sin embargo, las propuestas de mayor carga ideológica ecologista: aquellas que chocaban con la política económica del PSOE, como fue el caso de las propuestas antinucleares o de decrecimiento. Esta participación, sin embargo, no tuvo repercusión ni mediática ni efecto político alguno para Los Verdes. A pesar de los beneficios que se prometían sus dirigentes, el resultado fue el contrario al deseado: se reforzó la apariencia subordinada y secundaria de la ecología política, pues el PSOE se presentó como una fuerza de progreso, como la fuerza de la «modernización ecológica», al tiempo que la ecología política quedaba eclipsada por la escasa visibilidad que proporcionaba la gestión de tres centros directivos y el por el desconocimiento por los ciudadanos del pacto y del trabajo que estaban realizado Los Verdes.

El hecho que la participación institucional no ayudara a la ecología política a visibilizarse y despegar electoralmente, fue una característica común de todos estos pactos. Garrido ha señalado a este respecto: que la existencia de  una contradicción entre desarrollo y ecología dificultó la conexión de ésta con la sociedad y lastró el desarrollo de la ecología política en Andalucía. Conclusión que es extensible al resto de territorios donde también se implementó esta estrategia. Una segunda característica común a estas alianzas era, como ya se ha dicho, que los pactos establecían una inclusión subordinada. Estas alianzas formaban parte de la estrategia de PSOE e IU para neutralizar o disgregar a sus antagonistas. El fracaso de la emergencia de la ecología política como un actor político relevante no puede ser atribuido, por tanto, exclusivamente a «la [fuerte] aspiración al modelo bienestarista y al crecimiento» que había «en los países del Sur» y que, según Garrido y González, borraba cualquier posibilidad de irrupción de la misma, pues dicha aspiración también existía en el resto de Europa en distintos grados según los países. Puede afirmarse, por tanto, que este fracaso también está fuertemente vinculado a la estrategia que empleó la ecología política, que apostó por la integración subalterna en vez de crear un espacio político autónomo con una presencia social fuerte, y por la política institucional renunciando a instituir sentidos compartidos. En aquellos lugares donde la ecología política rechazó la subalternidad y el pacto preelectoral para irrumpir y articuló en torno a ella fuertes mayorías sociales de ruptura del consenso económico-ambiental y de defensa de derechos y libertades, como en Alemania, irrumpió y se consolidó electoralmente.

Desde esta posición subordinada y sin apoyo social es innegable e indiscutible que la ecología política no podía superar su invisibilidad estructural ni aquella otra a la que era sometida, ni darse a conocer (el porcentaje de voto osciló entre el 0,4 y el 1,5%), ni por supuesto tener influencia  en la agenda política. Al ubicarse la ecología política en la izquierda se situó en el terreno de ésta y sobre los temas en los que sus antagonistas se sentían más cómodos y arropados, y convirtió así en misión imposible alcanzar el apoyo de las mayorías sociales necesarias para irrumpir. Se hizo rehén de la lógica y los objetivos de ésta, perdiendo así la autonomía y la capacidad para desplegar su propia estrategia y fijar su propia agenda. Era improbable, por tanto, que la ecología política pudiera crecer electoralmente y menos aún desplazar la discusión política desde el eje izquierda/derecha, al terreno de competencia política que le era más propicio: el eje productivista/antiproductivista. Esta estrategia dio a la socialdemocracia y a la izquierda la oportunidad de proyectar una imagen modernizada. Decía Petra Kelly que: «Lo último que nosotros queremos es utilizar las ideas verdes para rejuvenecer otro partido político».

Afirmar, por tanto,  como hacen Garrido y González, que el lugar de la ecología política hoy es Podemos y los espacios de «unidad popular», es –como ellos rechazan a modo de justificación– puro «oportunismo» «de quien se siente desvalido y busca una tabla de salvación ante la debacle electoral reiterada de Los Verdes». Oportunismo que resulta más patente, tras las manifestaciones públicas de Garrido de apoyo a Podemos. La insistencia en esta estrategia fracasada, por encima de cualquier otra consideración, obliga a interrogarse sobre a quién beneficia ésta, porque a la ecología política no ha sido. Por las razones expuestas, considero refutada la tesis de Garrido y González, respecto al lugar que debe ocupar hoy la ecología política. Y de lo que no cabe duda, es que ese lugar será el que decidan sus miembros libre y democráticamente.

 

La ecología política: un espacio político autónomo (I)

2 Sep

De vuelta de las vacaciones estivales comenzaré  esta temporada periodística con una réplica en dos partes al artículo de opinión de Francisco Garrido y Manuel González, titulado: «La convergencia estratégica de la Ecología Política en Podemos y la unidad popular», en el sus autores establecen como conclusión lo que ya apuntan en el título: «que el lugar de la Ecología Política hoy es Podemos y los espacios de “unidad popular” y de convergencia y cooperación política». El artículo puede leerse completo en el siguiente enlace: http://blogs.publico.es/otrasmiradas/5137/la-convergencia-estrategica-de-la-ecologia-politica-en-podemos-y-la-unidad-popular/.

Una objeción de carácter general que se le puede hacer a la tesis de Garrido y González, es que la instauración de un Estado del bienestar ecológicamente sostenible no es posible bajo el paraguas crecentista de las políticas socialdemócratas que defiende Podemos, cuya continuidad los propios autores reconocen «imposible debido a la crisis ecológica». La tesis sustentada por Garrido y González es una falacia argumental, justificada en la predisposición o sesgo cognitivo de sus autores respecto a la estrategia que proponen, pues para el establecimiento de un estado ecológico no basta con la sustitución del paradigma del crecimiento económico por el de la prosperidad como propugnan, sino que esta transformación implica un nuevo estado de ser y una nueva forma de estar en el planeta, para lo cual es necesario dejar atrás la vieja idea de la producción y el consumo como medios para alcanzar el progreso social. Significa dar prioridad al ser sobre el tener. Para ello, el estado debe ser refundado sobre la equidad y la justicia intergeneracional. Esto significa que debemos preguntarnos, como hace Marcellesi: ¿por qué, para qué, hasta dónde y cómo producimos, consumimos y trabajamos? En otras palabras: representa un cambio estructural y no un retoque cosmético, significa dejar de pensar en términos económicos: de flujo de beneficios, costes ambientales, etc. para hacerlo en términos de «democracia biocéntrica». Es cuidar las necesidades de las generaciones futuras y de la comunidad biótica. Y nada de ello se aprecia en Podemos, que apuesta por soluciones económicas de tipo «motor sistémico del crecimiento», que diría Dobson. ¿Entonces, para qué se quiere integrar la ecología política en Podemos?

Otra objeción que se puede hacer a la tesis de Garrido y González, esta vez desde el terreno de la estrategia, es que para la ecología política la propuesta que lanzan ni es de convergencia ni es estratégica. No es de convergencia pues Podemos no es un espacio de “unidad popular” o cooperación política, ya que en aquellos territorios y con aquellas fuerzas políticas que no producen rendimiento electoral a la formación morada o no son actores importantes para el cambio, la convergencia queda limitada a una integración en sus listas, bajo sus condiciones o bien es rechazada, con la integración de alguna figura de interés como excepción. La propuesta tampoco es estratégica pues esta concurrencia es una integración subordinada. Un ejemplo del primer escenario descrito fue el de la participación de Equo en las últimas elecciones autonómicas andaluzas. Sus candidatos concurrieron integrados en las listas de Podemos, quien no les permitió indicar en la papeleta electoral al lado de su nombre el del partido de la ecología política (Equo), para que pudieran ser identificados por los electores. Fueron las condiciones impuestas. El partido morado, en cambio, si  permitió la diferenciación de ambas formaciones políticas en los actos públicos de campaña. Escenificaba de esta manera una concurrencia subordinada de actores diversos en sus listas, haciendo gala de un pluralismo ficticio, al tiempo que neutralizaba o disgregaba a sus adversarios y allanaba el camino hacia la hegemonía política y social que pretende. Fue una maniobra hegemónica calculada. Esta estrategia, ya se sabe, sólo produce beneficios al actor principal, pero nunca al subordinado, salvo que el término beneficio sea confundido con el de limosna o se quiera dar carta de naturaleza a lo que simplemente es un soborno. Un ejemplo del segundo escenario referido, el de rechazo del pacto, sería la postura de Podemos mantiene frente a IU. Con la propuesta que formulan Garrido y González, intentan favorecer la producción de una identidad transversal que convierta a Podemos en el epicentro orgánico de la contienda política y en la formación que fija los ejes discursivos. Hasta el propio Alcalde de Cádiz, miembro de Podemos, reconoce que éste no representa la unidad popular.

Una segunda objeción derivada de la anterior, es que las nuevas «mayorías sociales surgidas», no son mayorías de ruptura del consenso social respecto al patrón económico-ambiental existente, que es insostenible, sino que son mayorías sociales de contestación a la ruptura del estado del bienestar producida por la implementación de políticas de austeridad. Al ser la motivación para la movilización, en cada caso muy diferente y no efectuar los autores diferencia alguna entre ellas, la finalidad no declarada del  intento de integración que lanzan Garrido y González es crear una identidad única, atraer a esta formación política actores y voluntades y favorecer la hegemonía de Podemos sobre los grupos subordinados, entre los cuales estos autores sitúan a la ecología política. Podemos no busca la cooperación política, esta propuesta es por tanto la tentativa de repetir por tercera vez la misma estrategia de integración subordinada, a pesar de la pobreza de resultados que produjo en el pasado y que el único logro que alcanzó fue la invisibilización de la ecología política como se verá. Su praxis demuestra que esta estrategia sólo fue una «oportunidad de jugar en la política activa». La estrategia que ha de emprender la ecología política por tanto deberá ser la inversa: hacer converger en la ecología política las mayorías sociales de ruptura y reforma económico-ambiental para desarrollar una agenda política propia con capacidad de influencia.

Continuando con las objeciones, esta vez desde el terreno de la praxis política, la propuesta de convergencia de la ecología política es, como se ha dicho, un conato de repetición de una estrategia fracasada reiteradamente, cada vez que la misma fue puesta en práctica. De esta estrategia nació el pacto de Los Verdes de Andalucía con IU, durante los años 1994-1997, cuyo fruto fue el engendro IU-Los Verdes, Convocatoria por Andalucía. Este pacto reportó a la ecología política durante veinte meses, entre 1994 y 1996,  la presencia en el Parlamento de Andalucía con dos diputados, así como la elección de cuatro concejales en capitales de provincia, en las listas de IU, en las elecciones de 1995. El mayor coste de esta estrategia para la ecología política fue la inutilización de la marca «Los Verdes», debido al mal uso de la misma que hizo IU-Andalucía tras la terminación del pacto y la confusión que este abuso provocó en el electorado. Este uso ilegítimo continúa en la actualidad a pesar de no existir ya la alianza entre IU y aquella fuerza política. La consecuencia que se derivó de esta estrategia para la ecología política fue otorgar apariencia renovada a un proyecto político agotado: el de la izquierda, permitiendo a IU aparecer como la fuerza política motora de la izquierda. Continuará. Hasta el próximo miércoles.