El nuevo marco de la acción política

14 Abr

La política del siglo XXI demanda un nuevo consenso marco que capte nuestro tiempo, para sobre él refundar los restantes pactos. Vivimos un «escenario posnatural» que –a golpe de calor y sequía en un mundo hiperglobalizado e hiperconectado– pide que los acuerdos políticos y sociales vigentes se conviertan en un contrato posmaterial. En la reforma de la Constitución de 1978 que se está reclamando en el Congreso de los Diputados, sin embargo, nadie ha alzado su voz en el Congreso en favor de traer al debate este nuevo consenso.

Debate que es necesario cuando la especie humana se ha convertido en una fuerza geológica. Cuando su influencia sobre el medio ambiente es de tal alcance y magnitud que la Tierra está «moviéndose hacia un estado diferente». Debido a ella hemos inaugurado una nueva era: el antropoceno. Con este término se expresa el impacto de la masiva influencia del ser humano sobre los sistemas biofísicos del planeta. Su consecuencia más visible y espectacular es el cambio climático. Pero no es la única. Se incluyen también en esta categoría: «la disminución de la superficie de selva virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las actividades mineras, las infraestructuras de transporte, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de organismos, la hibridación creciente». Hasta ahora el antropoceno sólo era una hipótesis científica huérfana de una tesis política que la acomodara a la praxis política. Hoy, sin embargo, esta hipótesis ha sido asumida por los partidos verdes. Esta orfandad hoy es menos huérfana con esos partidos operando como francotiradores. Hoy sólo es aislamiento, abandono e insuficiencia.

Es preciso, por todo ello, generar un consenso ecológico desde el que refundar los pactos y emociones políticas, sociales y territoriales a fin de legitimar la política de este tiempo. Una acción política en la que «los gobiernos, empresas, colectivos ciudadanos y otros [actores] compiten por la autoridad», «pero colaboran» para abordar los desafíos globales. En éste tiempo de política compleja conviven «grandes potencias mundiales, interdependencia globalizada y poderosas redes privadas» y estos actores con una crisis civilizatoria. No es tiempo de elecciones binarias.

Para fundar este nuevo consenso es vital desconectar el concepto de democracia del de nación y del de clase social, ya sea en forma de burguesía o de proletariado. Y conectarlo al concepto de especie. El objetivo de esta desconexión y reconexión es dejar atrás la democracia del tener –la de la acumulación de poder o riqueza ya se trate de naciones o de individuos−, para transitar hacia una democracia del ser –lo-uno-en-lo-diferente−, para ser parte de algo mayor organizado de forma holocrática. Se trata con ello de sustituir la mirada sobre el mapamundi, por la perspectiva del Planeta desde el espacio. No se puede ignorar lo conseguido por el ser humano, pero hay que saber que esto sólo es una parte de lo que somos. Dicho de otro modo: la historia humana sólo es una pequeña parte de la historia del planeta. Esto desde una perspectiva político-ideológica significa abandonar la conciencia nacional o de clase para sustituirla por la conciencia de especie.

La razón de ello es que dos siglos de civilización industrial, han causado una oposición entre las «fuerzas productivas» y las «fuerzas de la naturaleza» que amenaza con destruirlo todo. Las tres grandes fuerzas que hoy existen en el planeta: Naturaleza, ser humano y tecnología han formado dos bloques antagónicos. La unión de dos de ellas: el ser humano y la tecnología ha dado lugar a la creación de una economía planetaria –antropoceno− que es la mayor fuerza geológica existente. La tercera de ellas: la Naturaleza, el conjunto de seres vivos de la Tierra, tal como la describió Lovelock, es una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales y dotada de facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus partes constitutivas –Gaia−. La pugna hoy es a escala planetaria. ¿Podemos, entonces, hablar de soberanía humana o debemos sólo decir autonomía?

El cambio que se ha de operar no vendrá ni de la revolución, ni de la evolución. No es cuestión de letra más o menos. Se requiere un cambio de estado. Una metamorfosis. El ser humano, por tanto, ha de admitir que no tiene más patria que el Planeta y aceptar que somos ciudadanos de la Tierra. Una característica de estos ciudadanos sería la estar imbuidos de espíritu biorregional, que convive con un sentimiento nacional  que no invisibiliza los demás sentimientos de pertenencia. Este tipo de ciudadanía tiene rasgos comunes con los que poseen los «nativos digitales», cuyos valores definitorios son «la conectividad y la sostenibilidad». No se sienten seguros tras las fronteras que los separan de los demás fuera de sus países. Y «no creen que su destino sea pertenecer únicamente a los Estados políticos, sino conectarse a través de ellos.» Ellos, los menores de 24 años, los millenials, constituyen hoy el 40% de la población mundial.

La ciudad ha de ser concebida, por tanto, como una «naturaleza-habitada», como un espacio-tiempo en el que una y otra: ciudad y Naturaleza, no se diferencian, pues entre las dos no hay un límite que señale su cese, no existe un espaciamiento o distancia entra ambas que permita hacerlas distinguibles. La Naturaleza existe en el interior del límite −el planeta− y fuera de él no existe la ciudad. El límite no indica el cese de la Naturaleza, sino que manifiesta «aquello a partir de lo cual» empieza a existir. Es el límite entre materialidad e inmaterialidad. La naturaleza-habitada aparece como la organización del hombre en la Naturaleza. Esta ciudad así concebida estaría regida por las reglas de interdependencia y de la relacionalidad. En ella todo está relacionado con todo y, por tanto, todo dependería de todo. A nada podemos ser ajenos y nada puede sernos ajeno.

¿No significa esta concepción de la ciudad que el poder reside en la Naturaleza, que lo delega en la especie humana de forma transitoria? ¿No es esto una República? ¿No es esta República una nueva articulación del poder y del pueblo insertas en una comunidad planetaria? Esta República es lo más parecido a la definición de belleza de John Keats: La belleza es verdad, la verdad belleza, −eso es todo. Conoces la Tierra,/y todo cuanto necesitas conocer. (1)

(1) Con este artículo, como otros años, rindo homenaje a la ilusión colectiva que fue la II República, así como a todos aquellos que lucharon por traer a España sus ideales, muchos de los cuales murieron en su defensa, otros fueron represaliados y otros muchos tuvieron que partir hacia un exilio no deseado. Y especialmente rindo ese homenaje a mi abuelo: Casimiro Luque, que fue concejal del Ayuntamiento de Málaga por el Partido Radical-Socialista desde 1931 a 1933, quien tuvo que exiliarse a Chile con su familia durante 33 años por defender aquellos ideales, así como a su inseparable amigo y conmilitón Emilio Baeza Medina.

La historia se repite como farsa

22 Sep

A principios del siglo XIX, nos dice Naciones Unidas, ya se sospechó por primera vez que había cambios naturales en el clima producto de la actividad industrial y se identificó el efecto invernadero natural. En la década de los años 50 del siglo XX, se inició la recogida de datos sobre las concentraciones de CO2, que demostraron que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente. Durante la historia de la segunda mitad del siglo XX, ocurrieron, además, ciertos hitos ambientales, con potencial suficiente para marcar las narrativas políticas, sin llegar a producir ese cambio. En 1972 se publicó el informe sobre los límites del crecimiento, en cargado por el Club de Roma. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo, fecha en la que EE.UU. consumía el 33 por 100 de la producción petrolera total. En 1974 el químico mexicano Mario Molina, publicó en la revista Nature el descubrimiento del agujero de la capa de ozono.

En terreno político, se produjeron acontecimientos, aparentemente desconectados de los anteriores: la creación en 1957 de la CEE, la elección del neoliberal Valéry Giscard d’Estaing como Presidente de la República Francesa, entre 1974 y 1981. La elección Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido, quien ocupó el cargo entre 1980 1990. El acceso de Ronald Reagan a la Presidencia de los EE.UU. entre 1981 y 1989. La desaparición de la URSS en 1991 y la aparición de la globalización neoliberal, que ya había arrancado en la década de los 80 del s. XX con la desregulación de los mercados promovida por Reagan.

La sucesión de estos y otros hitos ambientales y acontecimientos políticos no fue casual y ponen de manifiesto que el sistema capitalista era consciente, ya en 1950, que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente, así como de la crisis de recursos naturales y el calentamiento global que se venía encima. La globalización no es sólo un fruto singularmente ideológico del neoliberalismo, producto de la victoria del capitalismo sobre el socialismo, tiene un  componente de última cosecha y, en consecuencia, de adaptación − a su manera− al escenario calentamiento global y recursos menguantes: defensa y apropiación de éstos por la guerra si fuera necesario. Sirvan de ejemplo de esto último las guerras del petróleo: la guerra civil de Nigeria entre 1967-1970, la guerra Iran-Irak 1980-1988. Las dos Guerras del Golfo Pérsico contra Irak: la de 1990-1991 y la de 2003-2013. La Guerra de Afganistán de 2001-2014. A las que debe sumarse la guerra Libia de 2011 y la actual guerra civil en Siria, iniciada en 2011. Junto a ellas están las guerras por otros recursos: como los diamantes, el coltán o el agua. La globalización no ha ajustado el capitalismo a los límites del planeta, por ha contrario, en su función de última recogida, ha incrementado el metabolismo social de la producción y del consumo y mantener la plusvalía.

En lo ideológico, la izquierda, en su conjunto, se ha quedado sin respuesta, ante la globalización, las guerras de recursos y la crisis ambiental. La izquierda se ha retirado a los márgenes del sistema, enrocada en sus principios y convertida en una fuerza conservadora. Y la socialdemocracia tras someterse a los postulados neoliberales, remasterizada como social-liberalismo, se diferencia de la derecha como una Coca-Cola de una Pepsi-Cola. La ausencia de confrontación entre los proyectos de la derecha neoliberal y el social-liberalismo, junto a la falta de respuesta de la izquierda, ha producido resignación y desafección, enviando a la gente a sus casas. Todo ello se ha traducido en una crisis de representación y languidez democrática, cuya consecuencia ha terminado en una ruptura de las narrativas, consensos e instituciones, sus actores y el equilibrio entre fuerzas nacido tras la II Guerra Mundial, que ha desembocado en el surgimiento de nuevas fuerzas políticas populistas a la derecha en los países del norte y del centro de Europa (Austria, Hungría, Francia, Finlandia, Holanda) y a la izquierda, en el Sur (Italia, Grecia, España), que tienen como objetivo la reconstrucción de las identidades colectivas enterradas por el auge del individualismo.

Una característica común tanto de las fuerzas políticas clásicas como de  las nuevas fuerzas emergentes, es que todas mantienen en el corazón de su proyecto político la redistribución de la riqueza sin observar los límites de lo admisible para el planeta, sin aceptar la finitud del planeta, que visualizó el Informe del Club de Roma en 1972, ni, por tanto, el axioma de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza. La producción de bienes y servicios, por tanto, ha de estar condicionada y limitada, necesariamente, por los límites físicos de la biosfera. El autismo climático y la ceguera ante el agotamiento del petróleo de hoy, repete la relación depredadora con la Naturaleza del pasado, hoy, sin embargo, como comedia o farsa. Este no reconocimiento de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza, establece la frontera entre las fuerzas políticas (entre productivistas y antiproductivistas). Expresa así la principal dialéctica de la política de este siglo, si se quiere evitar el colapso civilizatorio. En este contexto una izquierda, conocedora del núcleo de la crisis ecológica causada por la expansión de la productividad capitalista desde Marx, así como de la amenaza que la producción ilimitada supone para la vida en la Tierra, sin haberse opuesto nunca a ella, es parte del problema y no de la solución. La ecología política, por tanto, sola por ahora, debe asumir su compromiso fundacional y la obligación que con él contrajo: hacer sentir a la gente que cuando vota puede contribuir a un cambio y que su voto es útil y necesario y crea una diferencia real.