La batalla de las palabras

6 Dic

Términos como precariedad, desclasamiento, desigualdad, hasta ahora, estaban circunscritos al ámbito de las relaciones socioeconómicas. El cambio climático, sin embargo, ha modificado la frontera del significado de estas palabras, y de otras, agregando un nuevo sentido: el ambiental, hasta ahora desconocido e ignorado, pero que ha de ser puesto sobre el tablero político. Esta resignificación reclama la creación de un nuevo relato de innovación, que genere cambios a partir de un reencuadramiento de la realidad. Un ejemplo de esta evolución es el enunciado ‘precariedad ambiental’. La batalla cultural de las palabras tiene especial importancia en el desvelamiento de esta realidad silenciada, a la vez que saca a la ecología de los márgenes y la coloca en el centro de lo político.

El estado del bienestar que se construyó en Europa, después de la II Guerra Mundial, se levantó hipotecando el futuro. Sin tener en cuenta el coste ambiental del mismo. Este éxito ocasionó, sin embargo, un efecto negativo: malestar ambiental. Este malestar es la polución atmosférica, la lluvia ácida, la contaminación de suelos y aguas o el agotamiento de recursos naturales. Es soportable. Y como cualquier malestar físico se puede eliminar con un analgésico: el consumo. La intensificación y profundización de esta política económica depredadora, encaminada a una producción sin límite, ha transformado este malestar en precariedad ambiental: agujero de la capa de ozono, cambio climático, agotamiento de recursos naturales, afectación de los sistemas de sustentación de la vida. A pesar de la amenaza que esta constituye, no existe conciencia colectiva sobre la precariedad ambiental, hándicap que incrementa la importancia de la lucha por el significado de las palabras.

Un análisis del consumo de recursos naturales y de la capacidad de la biosfera para regenerar los ecosistemas, pone de manifiesto que hemos vivido por encima de las posibilidades ecológicas del planeta. A este hecho lo llamaré consumismo ambiental. Esta expresión pretende abrir el foco y hacer referencia no sólo al hecho del exceso de consumo, sino también mostrar que el consumo puede ser parte del problema: exceso de consumo de recursos naturales y destrucción los sistemas de sustento de la vida; o bien parte de la solución, porque actos como consumir, reciclar la basura, no malgastar el agua, utilizar el transporte público de manera preferente y reducir el uso del vehículo privado u otorgar preferencia al consumo de productos locales y ecológicamente responsables, han dejado de ser un mero acto privado y una opción individual, para convertirse en un gesto político con repercusión actual y futura.

La consecuencia que se deriva de ese consumismo es el endeudamiento ambiental, individual y colectivo, con el planeta. Un indicador lo mide: la huella ecológica. Se ha producido a través de una expansión cuantitativa del consumo de recursos naturales (gasto ambiental), sin tener en cuenta la tasa de generación y regeneración de los ingresos ambientales (recursos renovables y servicios ambientales de sustento de la vida). Para mantener  el nivel de la tasa de beneficio económico, por tanto, se han detraído recursos, ambientales y económicos, destinados a gasto social. A pesar de ello la creencia que «cuando la economía vuelva a crecer volveremos a consumir igual», sigue siendo mayoritaria en la sociedad. Esta creencia es propia de una sociedad que no ha tomado o no quiere tomar conciencia de la posición de subordinación y dependencia que el ser humano tiene respecto a la Naturaleza. El mayor problema no es, por tanto, el endeudamiento ambiental, sino la escasa conciencia de la precariedad de nuestra relación con la Naturaleza.

El análisis realizado en algunos estudios cualitativos sobre la crisis en España, permite aventurar la hipótesis de que es posible extrapolar la reacción de ciertos grupos sociales ante el consumo y la precariedad laboral, a las conductas productoras de endeudamiento ambiental, a pesar de la crisis climática que soportamos, al actuar el consumo como estimulante frente al tedio que produce esta sociedad. Igual que determinados grupos de jóvenes han asumido la precariedad laboral como «condición de vida», como una circunstancia con la que hay que «contar y saber manejarse en ella», la escasa conciencia por el deterioro ambiental que conlleva nuestra forma de vida, hace que éste pueda ser percibido de similar manera: como una contingencia con la que hay que contar. Como el precio que hay que pagar por disfrutar de un consumo ilimitado. La ausencia de conciencia ambiental junto a cada vez peores condiciones laborales, hacen que carezca de sentido la lógica de disciplina ambiental, de sacrificio consumista, para preservar el planeta para las generaciones futuras. De resultar cierta esta hipótesis estaríamos ante un cierto nihilismo ambiental en los grupos sociales de renta baja y bajo nivel de cualificación y estudios. Coincide la aparición de este nihilismo con el giro electoral que se está produciendo hacia opciones de extrema derecha nacionalista, xenófoba y supremacista, en algunos países, que tienen como uno de los pilares de su programa político mayor endeudamiento y precariedad ambiental.

El estudio: «De la moral del sacrificio a la conciencia de la precariedad», establece una correspondencia entre modelo de consumo, acceso a la propiedad y explotación laboral, que, además, pone de manifiesto la conexión directa que hay entre éstas y la explotación de la Naturaleza: «La condición precaria implica un modelo de consumo completamente desligado del acceso a la propiedad, y en ese sentido una ruptura con la lógica del sacrificio y el ahorro orientado a consolidar un patrimonio. Desde una posición más activista se habría de adaptar el modo de vida a un consumo muy modesto para no entrar en los altos niveles de explotación laboral a los que habría que someterse para reproducir los viejos modos de consumo y de acceso a la propiedad.» Si en condiciones de crisis económica y de trabajo cada vez más precarias, ciertos grupos sociales de renta más baja, han reaccionado rechazando el ahorro («…si yo gano 1.000 euros y me puedo permitir comprarme 500 en ropa…¿para qué trabajo, para guardar?»), la misma reacción de estos puede preverse ante la necesidad de ahorro ambiental, en favor de las generaciones futuras, que exige el cambio climático para evitar un incremento de temperaturas catastrófico. El riesgo que existe es que esta deserción se extienda y llegue a generalizarse. En este caso será necesaria mucha pedagogía social, para no hacer inútil, estrategias éticas como las apuntadas antes: convertir a cada individuo en parte de la solución y no del problema. Hipótesis, ideas, para la reflexión, debate, experimentación y uso, en su caso. Para ganar la batalla de las palabras. Y la de las ideas.

 

PIB y huella ecológica

21 Jul

El PIB, como índice de medición del progreso, es la cuenta del Gran Capitán. Y parafraseando el verso final de la coplilla que dio lugar a ese tópico, este progreso se hace con el capital de la Tierra, porque el PIB contabiliza el crecimiento, pero no tiene en cuenta los costes ambientales del mismo. A fuerza de repetir la canción del PIB, se ha instalado en el imaginario colectivo la creencia que es posible sostener un crecimiento infinito en un planeta finito. Se quiere ignorar que la tasa de renovación de la Naturaleza no es ilimitada y que no puede sostener un crecimiento económico infinito. La crisis del petróleo de 1973 no fue únicamente una crisis de precios, fue una manifestación de la crisis que sufría el capital natural. A partir de ese momento el capital natural disponible per capita fue decreciente y deficitario. Ante las insuficiencias del PIB para medir el desarrollo de una manera adecuada, han aparecido indicadores sobre el impacto de la actividad humana en la Naturaleza. Uno de ellos es la huella ecológica. Hay otros indicadores específicos, como el de la huella de carbono o la huella hídrica. Y otros indicadores alternativos como el Ïndice de Desarrollo Humano o el Ïndice de Felicidad Bruta.

La huella ecológica representa el área de tierra y agua ecológicamente productivos –cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos– y el volumen de aire, necesarios para generar recursos y además para asimilar los residuos producidos por cada población, individuo o actividad de acuerdo a su modo de vida, de una forma indefinida. El propósito es evaluar el impacto sobre el planeta de un determinado modo o forma de vida y compararlo con su biocapacidad. Se busca con ello conocer la sostenibilidad de la actividad analizada. Un ejemplo ilustrativo: «En EE.UU. se gastan 10 calorías procedentes de combustibles fósiles para obtener 1,4 calorías de alimentos» (Carlos Fernández Urosa). La huella de carbono, por su parte, mide los gases de efecto invernadero emitidos directa o indirectamente por un estado, un individuo, una organización, un evento o un producto.

El punto de partida de la correlación que hay entre PIB y huella ecológica, son las diferentes posiciones de la derecha, la izquierda y la ecología política con respecto al crecimiento económico. Unos, derecha e izquierda, defienden la consecución del progreso social a través del crecimiento económico ilimitado (productivistas). Otros, la ecología política, sostienen que en la consecución del progreso social no se pueden ignorar los límites del planeta y es necesario replantearse la orientación y el sentido de la producción dentro de un mundo finito (antiproductivistas).

Si se considera, además, el posicionamiento de las fuerzas políticas en relación con los indicadores señalados, afloran mas diferencias entre los tres polos ideológicos. La derecha sólo reconoce como índice de medición fiable el PIB y no considera los indicadores de impacto ambiental. Vive en una burbuja economicista y cortoplacista que le hace ignorar el coste ambiental de la actividad humana. Para ella la solución de los problemas ambientales (cuando reconoce su existencia) es tecnológica. La izquierda está igualmente instalada en el dogma del crecimiento económico ilimitado. Reconoce el deterioro ambiental que produce la actividad económica, pero subordina la solución al bienestar social. Su apuesta, ingenua o interesada, es una transición energética que reduzca la huella de carbono, sin renunciar al dogma del crecimiento económico, y por tanto a la reducción de la huella ecológica. Esta posición deja sin resolver la crisis de recursos y de biodiversidad.

El resultado de dos siglos de crecimiento económico sin control es un planeta esquilmado y quebrado. El patrimonio neto natural está por debajo del 50 por 100 del capital natural que existía antes de la industrialización. Un dato. Por debajo de este umbral la legislación societaria considera inviable a una entidad mercantil y la condena a la disolución. Si continuamos por esta senda, también haremos inviable el planeta. Éste ya presenta una cuenta de explotación negativa, que nos avisa de la destructiva evolución que ha tenido la actividad humana sobre la biosfera desde el inicio de la Revolución Industrial hasta nuestros días. Los números rojos se advierten la deuda de carbono que, las anteriores generaciones y la actual, dejan a las generaciones futuras, en forma de cambio climático.

¿Cuál es la posición de la ecología política? Ésta advierte de la insostenibilidad de la asignación de los recursos naturales basada sólo en criterios de eficiencia económica. Esta asignación economicista y cortoplacista tiene como resultado el sobreaprovechamiento de la Naturaleza: utilización de los recursos renovables por encima de su tasa de regeneración; explotación de los recursos no renovables sin tener en cuenta sus existencias limitadas; y grave sobrepasamiento de la capacidad de asimilación de residuos por la biosfera. La reducción de la huella de carbono por sí sola, como pretenden algunos, es insuficiente. Para ecología política la solución pasa por reducir tanto la huella de carbono como la huella ecológica, hasta ajustarlas a la biocapacidad del planeta. Eso significa adaptar la producción y el consumo a los límites de la biosfera.

La distinción entre el productivismo y el antiproductivismo traza, nítidamente, la frontera entre una sociedad insostenible y una sociedad sostenible. Una sociedad del buen vivir. Dibuja una obcecación. Esta obsesión por la producción sin límite ni medida, como dice Eugenio Trías, ha erosionado y arruinado la libertad; ha situado la justicia, (y la equidad intergeneracional, afirmo Yo), en la última fila; ha imposibilitado la felicidad o buena vida. Igualdad y fraternidad, han sido reinterpretadas desde ese prisma. La liberación de los seres humanos de la economía es, por tanto, la emancipación pendiente de las sociedades posmodernas.

Servicios ambientales

26 May

Los servicios ambientales están en la UCI. Entorno estable, aire puro, agua limpia, tierra fértil, que eran servicios prestados por el planeta gratuitamente, ahora han de ser sostenidos por políticas ambientales, que tienen un coste económico, a fin de evitar su colapso. Hemos pasado de una naturaleza benefactora, a otra que se ha rebelado poniendo precio a sus servicios. ¿Cuánto valen los servicios que la naturaleza realiza? Valen la vida en el planeta.

El primer aviso se produjo en los años 70 del siglo pasado, con motivo de la publicación del informe sobre los límites del crecimiento en 1972. Después vino la primera crisis del petróleo en 1973. Y en 1974 se produjo el descubrimiento del agujero de la capa de ozono. Pero no hicimos caso de ellos. Esta desobediencia se constata con la elección de presidentes o primeros ministros neoliberales: Valéry Giscard d’Estain en Francia; Margaret Thatcher en el Reino Unido; y Ronald Reagan en Estados Unidos. Hoy es la época del cambio climático.

Las políticas ambientales son, por ello, políticas de supervivencia y calidad de vida. Al tiempo que de equidad. Evitar el colapso de los servicios esenciales para la vida, es una política para la gente, de la misma manera que lo es construir un hospital o una escuela. La existencia de políticas ambientales sólo puede ser explicada en un contexto en el que los seres humanos no se reconocen en la naturaleza, no se sienten parte de ella. Viven aislados de la naturaleza, dentro de un vacío de naturaleza. Hay que darle, por tanto, la razón a Shakespeare, cuando decía, en Macbeth, que «la vida es una historia contada por un idiota».

Los servicios ambientales, reverso de las políticas ambientales, son condicionados por el impacto generado por la demanda humana, sobre los recursos existentes en los ecosistemas del planeta y la capacidad ecológica de éste para regenerar sus recursos. Este impacto se conoce como huella ecológica. Y es la cantidad de hectáreas de territorio ecológicamente productivo que necesita una persona para producir los recursos consumidos y absorber los residuos que genera. Desde la perspectiva de las generaciones futuras, la diferencia entre la huella ecológica y la superficie biológicamente productiva, es el déficit o deuda ecológica que deja la generación actual.

La huella ecológica de cada español en 2015 era, según el Ministerio de Medio Ambiente, de 6,4 hectáreas de territorio, que es casi el triple de la capacidad del territorio español. Un análisis por provincias, pone de manifiesto que la mayoría presenta un déficit ambiental severo. Que se acentúa en Barcelona, Madrid, Guipúzcoa y Vizcaya, que necesitan más de diez veces su territorio para mantener el actual nivel de consumo. En 2015, el 13 de agosto, la humanidad ya había gastado todo su presupuesto ecológico anual. Cada año este día llega más temprano. La huella de carbono es la parte más importante de este exceso ecológico global. La absorción de gases de efecto invernadero, el año pasado, requirió el 85% de la biocapacidad del planeta. Habría hecho falta el doble de los bosques para absorber todo el carbono que emitió la humanidad a la atmósfera en 2015. Este es el estado de la cuestión.

Las políticas ambientales hoy, todavía, son parte de las políticas del bienestar. Actúan tanto sobre la salud individual, como sobre los costes del bienestar social, actual y de las generaciones futuras. Sin embargo, si continua el actual consumo de recursos y emisión de gases de efecto invernadero, las políticas ambientales se convertirán en parte de las políticas de seguridad, al ser las patologías ambientales multiplicadores de la inestabilidad. La previsión actual es un escenario de mayor impacto ecológico y social, con mayores pérdidas económicas y mayor riesgo de «recesión democrática». En este escenario se podría dar un deslizamiento hacia regímenes autoritarios o disfuncionales, que esgrimiera el cambio climático como técnica de control social y de persuasión bajo el pretexto de la necesidad de actuar y la escasez de tiempo. Con la legislación vigente, el cambio climático podría servir de pretexto para declarar el estado de excepción.