Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico

26 Ago

La inacción generalizada de los partidos políticos respecto a la crisis terminal de la sociedad industrial, cuya traducción visible es el declive de las energías fósiles y la imposibilidad de que las energías renovables sean escalables en la cantidad y ritmo precisos para la sustitución fósil, nos sitúa en el tiempo de los hechos, de la acción, no en el de la espera en los discursos, si no queremos contar el cuento de Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico.

Hoy aún tenemos todas las opciones abiertas. La utopía aún es posible. Pero si las fuerzas políticas continúan mirando hacia otro lado —no digo los poderes económicos, pues esos siempre miraran hacia su lado—, y la gente común sigue desinformada, nos caeremos de esta civilización industrial como Pablo de Tarso se cayó del caballo. Cegados por la revelación de la realidad. La transición habrá de hacerse entonces de un día para otro. En tal caso la opción solo podrá ser la menos mala entre las distopías. ¿Quo vadis mundi? Al colapso de la civilización industrial, dijo Caperucita, que llevaba una cesta de productos industriales para su abuelita. ¿Se dará cuenta Caperucita del engaño del industrialismo feroz? ¿Matará el leñador al crecimiento económico malo y recuperará de sus entrañas al planeta?

El discurso oficial de las fuerzas políticas para responder al colapso de la civilización industrial es el ya manido e «impracticable desarrollo sostenible». ¿Sostener qué?, si la historia nos está avisando sobre la necesidad de refundar el mundo con el 85% menos de energía y unos recursos materiales muy mermados. Y del avance de la crisis climática. El discurso de la sostenibilidad solo sustenta la mentira de la viabilidad del crecimiento económico que se sigue alimentando. Según Juan Carlos Monedero hablando de decrecimiento no se ganan elecciones. Pero de seguir por ese camino terminaremos comiendo tierra.

A mi me gustaría conocer cual es la estrategia que van a proponer las fuerzas políticas para hacer frente al colapso civilizatorio y como piensan enfrentar el hat-trick que nos puede colar el planeta: descenso energético, de recursos materiales y crisis climática. Y los efectos sociales que traerá. ¿Qué estrategia piensa desarrollar cada una de las fuerzas políticas: son partidarias de una «estrategia franca» o están por desarrollar una «estrategia hipócrita», de decirle a la gente lo que quiere oír y mantener el crecimiento? A tenor de las declaraciones de sus líderes, la estrategia de las izquierdas es la hipócrita y la de la derecha la negacionista. Y digan lo que digan quienes las defienden, ambas tienen probabilidad de conducir a la gente hacia un fascismo escudado en la emergencia ecológica, cuando ésta, desesperada, busque soluciones.

¿Están las fuerzas políticas dispuestas a crear una mesa multipartidista, convocar expertos, escuchar, divulgar el escenario de colapso civilizatorio al que nos enfrentamos y empezar a proponer y debatir soluciones? Es mucho lo que está en juego y, necesario por ello, un pronunciamiento claro y explícito de cada fuerza política a este respecto. Más que mucho, todo está en juego. ¿O es qué piensan avisar y actuar «media hora antes del colapso» de la civilización industrial?

Hagamos la prueba del nueve. ¿Habría fuerzas políticas que llevaran en su programa político para las próximas elecciones autonómicas y municipales, europeas y generales dos sencillas medidas, que tomo prestadas del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente: una, colaborar en la realización de todo tipo de jornadas de divulgación social del peak oil o pico del petróleo y sus implicaciones para nuestra sociedad y; la otra, urgir a los responsables de las instalaciones de suministro de agua potable para que analicen las vulnerabilidades de las mismas en el caso de una súbita carencia de derivados del petróleo o de suministro eléctrico. ¿Suscribirán las lideresas y líderes políticos, excelentísimas señorías, el compromiso? ¿Serán este asunto y el cambio climático los ejes de sus campañas electorales? En caso negativo ¿vamos a dejar que continúen jugando con nosotros a la gallinita ciega?

¿Qué es el peak oil o pico del petróleo —y del resto de energías fósiles— del que hablo? A grandes rasgos y en unas pocas cuantas palabras. Éste señala el cenit de la producción petrolera, así como del gas y del carbón, tras cada uno de los cuales la tasa de producción de cada energía fósil entra en un declive terminal. Este evento va a traer un colapso de la civilización industrial que hemos montado, por la imposibilidad de sustitución por energías renovables como decía más arriba. La disponibilidad energética fósil será el 15% de la actual. El cambio puede ser abrupto, si no se reacciona a tiempo y, en cualquier caso, será revolucionario y requerirá grandes dosis de empatía, responsabilidad, justicia y conciencia de nuestra interdependencia. Ingredientes necesarios para un gobierno ético e imprescindibles para la construcción de la paz. El caos económico es evitable si actuamos en la forma señalada y efectuamos el cambio en el tiempo adecuado, es decir, si empezamos ya, y no escondemos la cabeza en el hoyo de la confianza en la ciencia y la tecnología para encontrar nuevas fuentes energéticas ilimitadas, que hagan innecesario el austericidio energético. Y para ello hace falta determinación en el logro de los objetivos.

El cambio civilizatorio que hemos de realizar hacia una sociedad sin energías fósiles, como dice Manuel Casal, no es ninguna tragedia para la gente corriente, si lo será, en cambio, para unas élites que no podrán continuar con su modo de vida despilfarrador, despreocupado. Egoísta. Hay una añoranza de simplificar la vida en mucha gente. La  nueva civilización que ha de surgir y que habrá que construir nos ofrece la oportunidad de retornar a una vida más simple y más local. De apartarnos del camino al que otros nos quieren llevar y dirigirnos hacia donde sentimos que queremos estar. No por ello podemos olvidar que las élites tienen su modelo de civilización postpetróleo: la  tecnoutopía ciborg. Y que en caso de fracaso total nos embestirá la distopía zombie de un mundo sin petróleo y sin hielo. Eso significará que el lobo feroz se comió a Caperucita. Entonces nos lamentaremos y diremos: ¡pobre Caperucita! Unos llorarán, otros invocarán a Dios y otros pedirán la guillotina para quienes nos trajeron hasta aquí. Es hora del retorno a los límites.

¿Es suficiente la solidaridad?

17 Ago

La política de mercados libres de la derecha y la propuesta de amplia prosperidad de la izquierda, ambas sin protección del medio ambiente, han desembocado en una crisis financiera, energética y climática. Ésta está transformando el significado del ‘nosotros’. «Lo nuestro» está siendo reemplazado por: «nosotros primero». Optar por «lo nuestro» es lógico. Abandonar a los demás, creer que nosotros estamos primero, es  una reacción de miedo que nos hace sentir bien. Más seguros. Ante ello surge la pregunta: ¿para enfrentarnos a esta situación es suficiente la solidaridad o necesitamos un valor que cree unos lazos más fuertes?

Hacer lo que nos hace sentir bien, es más fácil que hacer lo que es lógico. Un ejemplo de ello fueron las elecciones ganadas por Reagan prometiendo que la fiesta del consumo podía continuar, tras el anuncio de Jimmy Carter de que el petróleo y el gas estaban agotándose y eran necesarios sacrificios graduales y realistas. Éste fue el primer caso de influencia electoral de las cuestiones ambientales. ¿Están haciendo lo mismo Trump con su ‘América primero’; Iglesias cuando dice que ya que no se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema, aunque vamos al desastre ecológico, lo importante ahora es dar de comer a la gente; o Juan Carlos Monedero cuando dice: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». ¿Ante la dureza de los años que vendrán, caerán las banderas de la solidaridad para mantener el nivel de vida actual? ¿La negaremos como Pedro negó a Jesús de Nazaret? Al mantener y promover las izquierdas y las derechas las mismas políticas de producción y consumo sin límite, que nos han traído a este punto: ¿estamos instalados en lo que Manuel Casal llama «antes fascistas que sencillos»?

Lemas y afirmaciones como las de Trump, Iglesias o Monedero expresan valores conservadores que, desde una y otra perspectiva, ignoran las leyes del planeta. El del primero empuja a la apropiación y a la guerra por los recursos. Las de los segundos los sitúan en la irresponsabilidad ambiental, porque sin energía y con un planeta deteriorado, mañana, será improbable que se pueda dar de comer a tantos como somos hoy y mucho menos a los muchos más que se espera que seamos mañana (1). Todos ellos padecen un desfase moral. Y transmiten valores del mundo del siglo XX. Pero ese mundo ya no existe. ¿Se autoengañan y nos conducen al suicidio colectivo o engañan y arrastran a la gente al abismo en su ambición por el poder? ¿O es simple ignorancia?

Estamos destruyendo el lugar hermoso que es este planeta, cuyas condiciones benignas posibilitaron el acontecimiento de la vida. Pero a pesar de no tener un planeta de repuesto seguimos con la fiesta. El mal que hacemos al planeta se vuelve contra nosotros. Y se volverá contra nuestros nietos. Ese será el precio a pagar si se mantiene un nivel de producción y consumo insostenible. ¿Dejaremos que ellos nos maldigan?

Para evitar destruir el planeta y sortear la trampa del nuevo fascismo ambiental que acecha, no basta con apostar por un cambio de modelo energético, con realizar una transición a las energías renovables —que hasta la derecha secunda— y confiar en la tecnología para la resolución del cambio climático. Es necesaria una inmersión colectiva en nuevos valores dirigidos al cuidado, a la responsabilidad, a la equidad. Y a la resiliencia.

Cambiar las cosas es cambiar el modo que la gente tiene de ver el mundo. Seguir pensando, pues, en términos de mercado libre como las derechas o de prosperidad amplia como las izquierdas, sin cambiar los valores morales de la sociedad es crear y creer en la ilusión de un capitalismo verde. La crisis del sistema climático que hemos inducido exige la transformación del modelo industrial de civilización, no solo del energético. Para evitar esta artimaña —que a quienes más perjudica es a los más débiles y a los que menos han contribuido al colapso—, es necesario un reseteo moral. Dicho de otra manera, que la sociedad se sustente en una elección moral diferente, que escoja un modo de vida acorde con los límites que nos impone el planeta. Si nuestro bienestar procede en última instancia de los recursos, agotados éstos el bienestar de la sociedad en el futuro deberá tener otro origen.

Para llevar a cabo este cambio social es crucial que dominen la esfera pública los sentimientos de empatía, cuidado, responsabilidad e interdependencia, acompañantes naturales de los valores necesarios para restaurar las capacidades antiguas —justicia y equidad— precisas para preservar —entre las naciones y dentro de ellas— la armonía en la competencia por unos recursos cada día más escasos.

Debemos construir para ello una solidaridad más fuerte, fundada en lazos de hermandad entre quienes comparten, no solo intereses de clase, económicos o nacionales, sino también destino. Esta solidaridad fuerte es la fraternidad. Desde ella emergen nuevos valores, derechos y deberes vinculados a la justicia: la equidad intergeneracional; el gobierno ético: como gobierno cimentado en los derechos humanos y en los derechos de los seres no humanos; el desarrollo humano; y la construcción de la paz positiva. Solo desde una postura moral así conformada podremos superar el reto que tenemos planteado como especie, sin olvidar injusticia de las políticas neoliberales ni el fascismo que nos acecha. La sociedad ha de prepararse para el postcolapso de la civilización industrial. Un día si no, mientras  soportamos la ira de la Naturaleza, aflorarán preguntas sobre nuestra relación con el planeta que harán surgir en nosotros el dilema del verdugo.

 

(1) ¿Hemos llegado al pico de comida? La escasez se cierne a medida que las tasas de producción mundial disminuyen: Tom Bawden indica en en el artículo del 28.1.2015, publicado en The Independent, que maíz, arroz y hasta trigo y pollo desaceleran el crecimiento de su producción. Recientes investigaciones indican además que la producción de huevos, carne, verduras, soja, y así hasta 21 productos básicos, está empezando a quedarse sin impulso. Mientras la población mundial continúa creciendo. Se espera llegue a nueve mil millones en 2050. Los problemas causados por la creciente población se han visto agravados por el crecimiento de las poblaciones adineradas de la clase media en países como China y la India, que exigen una dieta más sustanciosa. Si a lo anterior se une el pico del fósforo (2) —más complejo y difícil que el del petróleo— y las implicaciones que tiene para la inviabilidad a largo plazo —incluso a medio— de la agricultura industrial, al ser éste un recurso no renovable, puede comprenderse que las luces rojas se hayan encendido.

(2) Por qué el agotamiento del fósforo debería preocuparte, Iñaki Berazaluce, Yorokubu, 2.12.2013

Ante el declive del fósforo para la agricultura, Jesús Bermúdez, Crisis energética, 18.8.2018

Aborto: ¿libertad o derecho?

10 Ago

Toda mujer que se plantea interrumpir su embarazo ha de encarar —de la forma cruda, incluso cruel— su libertad. Como otras veces, en otros lugares y tiempos, el intento de legalización del aborto en Argentina días atrás, ha reproducido las razones, posiciones y debates y la polarización social entre partidarios y opositoresal mismo. El debate como se ha conducido hasta ahora es desde la perspectiva de los derechos. Pero si se quiere encontrar una salida a la regulación del aborto es necesario cambiar dicho marco, llevándolo a un terreno que sea más propicio para el consenso. Este terreno es el de la libertad y la tolerancia. Aborto: ¿libertad o derecho?

Un derecho es el poder, la capacidad, que el ordenamiento jurídico concede a un individuo para poder exigir a terceros una conducta positiva o negativa de hacer o de no hacer algo. Y el único derecho que tiene reconocido el feto —si posteriormente ve la luz— es patrimonial: el derecho a la herencia. La libertad es la capacidad del individuo para obrar según su propio criterio o voluntad, sin que le pueda ser impuesto el deseo de otro u otros de manera coercitiva. Podemos decir entonces que el derecho es un poder que es otorgado; y que la libertad es una potencia innata, que no ha de ser concedida, consentida ni autorizada.

Una de las libertades que gozamos en nuestra sociedad es la libertad de conciencia. Y la libertad de conciencia es tolerancia. Y la tolerancia es la contemplación del individuo por otros desde el exterior de su otredad. Es reconocimiento del otro, respeto por la diferencia y por la pluralidad. Es capacidad para comprender y para hacerse comprender. Es moderación y templanza. Y asimismo es responsabilidad —en cuanto componente básico del comportamiento moral, que sólo responde a la moral propia— que surge de la cercanía con el otro. ¿Y hay cercanía mayor que la de la madre con el feto? Reconocimiento y tolerancia son, pues, la única posibilidad de convivencia.

Entendida la interrupción del embarazo como el ejercicio de la libertad de conciencia, ésta abarca tanto la libertad psicológica o libertad de decisión, como la libertad moral o libertad de elección. La capacidad de decisión sobre el embarazo la tiene la mujer de manera originaria, es innata a ella, no necesita que este poder le sea otorgado por otro. Aunque la Constitución reconoce que todos tienen derecho a la vida, y se puede entender que el feto está dentro de la esfera de significación del adverbio ‘todos’, éste no ha desempodera a la mujer para ejercer su libertad cuando exista esa imposibilidad de convivencia que es el aborto, ni ha apoderado al Estado para que la ejerza en su lugar mediante una prohibición. Nada dice la Constitución en tal sentido.

La decisión de interrumpir el embarazo al estar ubicada en el ámbito interno de cada mujer reclama la no injerencia de terceros en la adopción de la misma. Esta concepción de la interrupción del embarazo como una libertad extrae la decisión del ámbito moral (derecho) y la trae al ámbito de la democracia (libertad). Ello sólo es posible con una ley de plazos que no criminalice a la mujer por el ejercicio de su libertad y legalice la interrupción del embarazo hasta un plazo determinado sin someter dicha decisión a condición alguna.

Pero si la interrupción del embarazo es configurada como un derecho, niega a la mujer la soberanía de decidir sobre su embarazo en virtud de su libertad de conciencia. La consideración del aborto como un derecho significa que otro —el Estado y su aparato— debe dar su consentimiento para que la mujer tenga ese poder. Esta concepción del aborto configura una mujer con una capacidad de decisión limitada. Así entendidas las cosas este derecho se convierte en una concesión de una parte de la sociedad respecto del ámbito de decisión interno de las mujeres. Sobre su ámbito de libertad. La mujer en este caso solo puede decidir en los supuestos autorizados para ejercer el poder concedido, con menor o mayor amplitud según se trate de una ley prohibicionista o de supuestos más o menos restrictiva. Al ser una decisión tomada por otro —quien le otorga el ámbito de poder— éste se convierte en el dueño de la libertad de la mujer. Una cuestión de libertad de conciencia de la mujer, se convierte así en una cuestión de la voluntad de otro.

La configuración del aborto como un derecho concedido, sitúa la decisión en el ámbito de la moral. En el terreno del bien y del mal. El debate es, entonces, una lucha por la hegemonía entre concepciones morales opuestas, en la que al final habrá un ganador y un perdedor. Con esta concepción la decisión que debe ser ubicada en el ámbito íntimo de la mujer, queda sitúada en el centro del ágora como objeto de debate moral —entre una moral religiosa y otra laica—, de debate político y de debate social. En esta contienda todos reclaman su poder de decidir por otros: unos exigiendo su derecho a que el Estado permita un hacer, un hacer concreto, que consiste en abortar; otros clamando que el Estado lo impida. El resultado siempre es una suma cero: la ganancia de uno implica una perdida exacta del otro. La autorización o prohibición del aborto —en definitiva de la libertad de conciencia de la mujer— queda entonces sujeta la correlación de fuerzas que exista en el Parlamento en cada momento.

Esta configuración del aborto, por último, considera a la mujer como un ser necesitado de tutela y por tanto incapaz para tomar correctamente ciertas decisiones, además de ser un signo de intolerancia e inmadurez democrática al establecer —solo con la autoridad y legitimación de los poderes que la sancionan y aplican como única razón— la supremacía de una opción moral sobre otra.

Una sociedad democrática y ética debe buscar en la regulación del aborto una solución ganancia-ganancia, en lugar de adoptar soluciones ganancia-pérdida. Dada la pluralidad de concepciones morales existentes, la configuración del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, es un signo de madurez y tolerancia democrática, que no interfiere en el ámbito de decisión interno de la mujer y mantiene esta decisión en el ámbito del que nunca hubo de salir.

Esta configuración de la interrupción del embarazo crea para la mujer un contexto que le permite ejercer su libertad y tomar esta decisión sin soportar los costes de criminalización, sufrimiento psíquico e incertidumbre que acarrea una legislación restrictiva o prohibicionista. La concepción del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, crea una realidad social suave para la mujer, la cuida en ese trance y la ayuda a restañar sus heridas. Las mujeres necesitan cuidados, no que salven sus almas. Lo demás es música de celestial.

¿Cuándo comienza el siglo XXI?

6 Ago

El Consejo de la Unión Europea dice en su web, que el incremento de temperatura estará, a final de siglo, por encima de los 2ºC que establece el Acuerdo de París y que este incremento puede alcanzar los cinco grados si no se adoptan las medidas adecuadas. Señala además la Agencia de Medio Ambiente de la ONU que los planes de reducción de emisiones presentados por los estados firmantes, conducen a un incremento de 2,7ºC, que otros organismos cifran en 3,5ºC grados. El mundo que viene será más cálido, ¿cuándo comienza el siglo XXI?

Superar los dos grados del Acuerdo de París se puede resumir en los cuatro hitos de este párrafo. —y las cifras inversas del siguiente— que lo dicen todo: las olas de calor afectarían a la mitad de la población mundial, las sequías serían el pan de cada día en el Mediterráneo, la producción de alimentos se reduciría de manera ostensible e incremento del nivel del mar.

Por debajo de ese límite, sin embargo, la exposición a olas de calor se reducirían un 89%, las inundaciones un 76%, el declive de las cosechas un 41% y el estrés hídrico un 26%. Esta es la diferencia entre dar cumplimiento o no cumplir con el Acuerdo de París.

Para alcanzar ese objetivo, la exigencia de reducción de emisiones y el establecimiento de objetivos intermedios que adopten las fuerzas políticas en el interior de cada estado, España en este caso, resulta determinante para el devenir futuro de la humanidad. Estos objetivos se recogen en el siguiente cuadro comparativo:

                            

El cuadro de arriba contiene los compromisos de reducción de emisiones —vigentes— que han fijado las principales fuerzas políticas en España. Oscilan entre el 26%, sobre emisiones de 2005, del PP —recogidos en su proposición de ley de cambio climático y transición energética presentada en el Congreso de los Diputados— para 2030 y el 30%, sobre emisiones de 1990, del partido verde (EQUO), a nivel estatal, para 2020. Objetivo que en Andalucía amplía éste al 40%. Unidos Podemos propone una reducción del 35%, sobre emisiones de 1990, en la proposición de ley de cambio climático presentada en el Congreso de los Diputados. Objetivo que se aleja de las recomendaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC, para llegar a una economía sin emisiones en 2050, pues una reducción del 35% proyecta un incremento de temperatura superior a 2,4ºC, que además está por debajo del umbral de reducción del 40% establecido por la UE.

La primera conclusión que se extrae del cuadro es que salvo el compromiso de reducción del partido verde, el empeño del resto de fuerzas políticas para mantener la temperatura global del planeta por debajo del incremento de 2ºC acordado en París es escaso.

El anterior Gobierno del Partido Popular ya indicó en el documento que envió a la Comisión Europea en marzo del año pasado —que recogía la proyección de las emisiones de España hasta mediados de siglo—, que lo esperado era que las emisiones de gases de efecto invernadero de España, entre 2017 y 2030, no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. Y no parece que los compromisos indicados —con la salvedad indicada del partido verde— contengan esas medidas extraordinarias.

La segunda consecuencia, de los compromisos de reducción que proponen las diferentes fuerzas políticas, es que el efecto que  producirían es el de un alargamiento de la era de los combustibles fósiles, ya que menores e insuficientes reducciones al inicio del programa de mitigación continuarán incrementando el nivel de carbono en la atmosfera y de la temperatura que se quiere reducir. Esta es la trampa —o trampantojo— que esconden las propuestas de todas las fuerzas políticas analizadas. Muestran una preocupante falta de voluntad política —por unas u otras causas— para acometer la necesaria reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. La respuesta a esos datos es sencilla: son un lavado verde de cara a la insostenibilidad de un modo de vida inadmisible, ilógico y absurdo. Un ejemplo lo vemos en las declaraciones de la Ministra para la Transición Ecológica que en declaraciones recientes señalaba que el objetivo de reducción de España debía ser del 20%.

La incongruencia en este asunto comienza a ser visible en ciertas izquierdas. Admitió la Ministra —con toda naturalidad— que en el proceso de transición «habrá ganadores y perdedores». Nadie ha replicado sus declaraciones inaceptables, ni siquiera Podemos, adalid de la justicia social hoy y socio del POSE en el Parlamento murciano, con quien propone un objetivo de reducción para aquella región del 40% para 2030. ¿Improvisación, ignorancia o qué?

El acortamiento de la era fósil al que aludía más arriba, exige que el programa de mitigación deje atrás la filosofía de reducciones lineales acumulativas. Y adopte la contraria: mayores esfuerzos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero al inicio y decrecientes en el tiempo. El objetivo no es la economía hipocarbónica que plantean las fuerzas políticas convencionales (productivistas), si no la descarbonización de la economía que propugna el partido verde. No es una simple cuestión de matiz, es una cuestión de modelo.

A punto de cumplirse el año 2020 sin que se hayan alcanzado los porcentajes de reducción que pedía la formación ecologista, EQUO debería reivindicar como objetivo para 2030, al menos, una reducción de emisiones del 55% sobre emisiones de 1990, si se quiere alcanzar la completa descarbonización de la economía en 2050. Y tampoco debería aceptar que el objetivo de neutralidad en carbono que quiere aprobar la UE en la directiva de gobernanza en diciembre, quede indeterminado: «tan pronto como sea posible», sin que se establezca una fecha de cumplimiento límite. En el Congreso de los Diputados, en el seno de la coalición electoral que mantiene con otras fuerzas políticas, sin embargo, ¿apoyará o consentirá el partido verde un compromiso de reducción de emisiones inferior al manifestado en su programa electoral o defenderá una reducción drástica de las mismas en consonancia con aquél?

Si el Acuerdo de París acaba en fiasco y se mantiene la tendencia actual, el propio Consejo de la Unión Europea señala que, a finales de siglo, el incremento será de tres, cuatro o cinco grados. Parag Khanna dibuja —ver imagen de abajo— una perspectiva sombría, espeluznante, atroz de los efectos de un calentamiento de 4ºC.

                                 

Pero el cambio climático —más allá de los efectos ecológicos y las consecuencias sociales que acarrea— trae un mal de fondo que no está siendo percibido o no se quiere advertir. Si a la postre se produce un cambio climático «peligroso», fuera de control, nos exponemos a que los principales grupos sociales —en un contexto de desorientación existencial instigada por una percepción real o inducida de que no hay suficiente para todos— renuncien a la concepción intocable de la dignidad humana actual y abdiquen de los derechos humanos y a la protección de las minorías desfavorecidas en aras de su salvación. Este devenir se traduciría en el desencadenamiento de una  «crisis hitleriana en el siglo XXI» y en la vuelta de las «masas sobrantes», que Amery anuncia en su libro: ‘Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor’. Y respondiendo la pregunta que da título a esta entrada, diré que el inicio del siglo XXI puede ser fijado en el momento del ascenso al poder del nazismo en el siglo pasado.

Esta es la gran responsabilidad que tienen los actores políticos: que no solo han de ser conocedores de la catástrofe que constituye la crisis climática y sus repercusiones sociales, si no que además deben ser conscientes de la nueva «elección moral» que acompañará a un cambio climático fuera de control y las consecuencias de ésta. ¿Qué ocurrirá cuando las clases dirigentes perciban a la masa como una amenaza del nivel de vida actual? ¿Aparecerán nuevas «definiciones de los que sobran»? El sentimiento de justicia tiene una raíz biológica, emocional, que enlaza con la necesidad de preservar la armonía frente a la competencia por los recursos ¿Se eliminaría al 80% de «residuos del bienestar» que amenazan la supervivencia de la especie? Los viejos espectros vuelven a pasear a la luz del día con el pretexto de la crisis migratoria. El Mediterráneo se llena de cadáveres y las olas de calor se suceden.

Si queremos evitar el desencadenamiento de masacres por el agua o la tierra cultivable, la creencia sobre la escasez de recursos no puede convertirse en imaginario social. La alternativa es desarrollar políticas que recuperen capacidades antiguas como la justicia, la equidad y la fraternidad. Esta nueva política, en la práctica, tiene su traducción en la asunción de la responsabilidad con la biosfera, en una prosperidad sin crecimiento, en la realización de los deberes frente a las generaciones futuras, la conjunción de la agenda climática y la agenda social y en el desarrollo de la resiliencia al lado de la sostenibilidad. Es responsabilidad de todos que iniciemos el camino descrito, el cambio climático nos ha interpelado.