Aborto: ¿libertad o derecho?

10 Ago

Toda mujer que se plantea interrumpir su embarazo ha de encarar —de la forma cruda, incluso cruel— su libertad. Como otras veces, en otros lugares y tiempos, el intento de legalización del aborto en Argentina días atrás, ha reproducido las razones, posiciones y debates y la polarización social entre partidarios y opositoresal mismo. El debate como se ha conducido hasta ahora es desde la perspectiva de los derechos. Pero si se quiere encontrar una salida a la regulación del aborto es necesario cambiar dicho marco, llevándolo a un terreno que sea más propicio para el consenso. Este terreno es el de la libertad y la tolerancia. Aborto: ¿libertad o derecho?

Un derecho es el poder, la capacidad, que el ordenamiento jurídico concede a un individuo para poder exigir a terceros una conducta positiva o negativa de hacer o de no hacer algo. Y el único derecho que tiene reconocido el feto —si posteriormente ve la luz— es patrimonial: el derecho a la herencia. La libertad es la capacidad del individuo para obrar según su propio criterio o voluntad, sin que le pueda ser impuesto el deseo de otro u otros de manera coercitiva. Podemos decir entonces que el derecho es un poder que es otorgado; y que la libertad es una potencia innata, que no ha de ser concedida, consentida ni autorizada.

Una de las libertades que gozamos en nuestra sociedad es la libertad de conciencia. Y la libertad de conciencia es tolerancia. Y la tolerancia es la contemplación del individuo por otros desde el exterior de su otredad. Es reconocimiento del otro, respeto por la diferencia y por la pluralidad. Es capacidad para comprender y para hacerse comprender. Es moderación y templanza. Y asimismo es responsabilidad —en cuanto componente básico del comportamiento moral, que sólo responde a la moral propia— que surge de la cercanía con el otro. ¿Y hay cercanía mayor que la de la madre con el feto? Reconocimiento y tolerancia son, pues, la única posibilidad de convivencia.

Entendida la interrupción del embarazo como el ejercicio de la libertad de conciencia, ésta abarca tanto la libertad psicológica o libertad de decisión, como la libertad moral o libertad de elección. La capacidad de decisión sobre el embarazo la tiene la mujer de manera originaria, es innata a ella, no necesita que este poder le sea otorgado por otro. Aunque la Constitución reconoce que todos tienen derecho a la vida, y se puede entender que el feto está dentro de la esfera de significación del adverbio ‘todos’, éste no ha desempodera a la mujer para ejercer su libertad cuando exista esa imposibilidad de convivencia que es el aborto, ni ha apoderado al Estado para que la ejerza en su lugar mediante una prohibición. Nada dice la Constitución en tal sentido.

La decisión de interrumpir el embarazo al estar ubicada en el ámbito interno de cada mujer reclama la no injerencia de terceros en la adopción de la misma. Esta concepción de la interrupción del embarazo como una libertad extrae la decisión del ámbito moral (derecho) y la trae al ámbito de la democracia (libertad). Ello sólo es posible con una ley de plazos que no criminalice a la mujer por el ejercicio de su libertad y legalice la interrupción del embarazo hasta un plazo determinado sin someter dicha decisión a condición alguna.

Pero si la interrupción del embarazo es configurada como un derecho, niega a la mujer la soberanía de decidir sobre su embarazo en virtud de su libertad de conciencia. La consideración del aborto como un derecho significa que otro —el Estado y su aparato— debe dar su consentimiento para que la mujer tenga ese poder. Esta concepción del aborto configura una mujer con una capacidad de decisión limitada. Así entendidas las cosas este derecho se convierte en una concesión de una parte de la sociedad respecto del ámbito de decisión interno de las mujeres. Sobre su ámbito de libertad. La mujer en este caso solo puede decidir en los supuestos autorizados para ejercer el poder concedido, con menor o mayor amplitud según se trate de una ley prohibicionista o de supuestos más o menos restrictiva. Al ser una decisión tomada por otro —quien le otorga el ámbito de poder— éste se convierte en el dueño de la libertad de la mujer. Una cuestión de libertad de conciencia de la mujer, se convierte así en una cuestión de la voluntad de otro.

La configuración del aborto como un derecho concedido, sitúa la decisión en el ámbito de la moral. En el terreno del bien y del mal. El debate es, entonces, una lucha por la hegemonía entre concepciones morales opuestas, en la que al final habrá un ganador y un perdedor. Con esta concepción la decisión que debe ser ubicada en el ámbito íntimo de la mujer, queda sitúada en el centro del ágora como objeto de debate moral —entre una moral religiosa y otra laica—, de debate político y de debate social. En esta contienda todos reclaman su poder de decidir por otros: unos exigiendo su derecho a que el Estado permita un hacer, un hacer concreto, que consiste en abortar; otros clamando que el Estado lo impida. El resultado siempre es una suma cero: la ganancia de uno implica una perdida exacta del otro. La autorización o prohibición del aborto —en definitiva de la libertad de conciencia de la mujer— queda entonces sujeta la correlación de fuerzas que exista en el Parlamento en cada momento.

Esta configuración del aborto, por último, considera a la mujer como un ser necesitado de tutela y por tanto incapaz para tomar correctamente ciertas decisiones, además de ser un signo de intolerancia e inmadurez democrática al establecer —solo con la autoridad y legitimación de los poderes que la sancionan y aplican como única razón— la supremacía de una opción moral sobre otra.

Una sociedad democrática y ética debe buscar en la regulación del aborto una solución ganancia-ganancia, en lugar de adoptar soluciones ganancia-pérdida. Dada la pluralidad de concepciones morales existentes, la configuración del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, es un signo de madurez y tolerancia democrática, que no interfiere en el ámbito de decisión interno de la mujer y mantiene esta decisión en el ámbito del que nunca hubo de salir.

Esta configuración de la interrupción del embarazo crea para la mujer un contexto que le permite ejercer su libertad y tomar esta decisión sin soportar los costes de criminalización, sufrimiento psíquico e incertidumbre que acarrea una legislación restrictiva o prohibicionista. La concepción del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, crea una realidad social suave para la mujer, la cuida en ese trance y la ayuda a restañar sus heridas. Las mujeres necesitan cuidados, no que salven sus almas. Lo demás es música de celestial.

El tiempo que resta

4 Oct

Cada vez que la derecha ve que se le escapa el tiempo, detiene la historia. El tiempo se le escapó a la derecha española al plantear un recurso contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña ante el Tribunal Constitucional. Y a la derecha catalana al aprobar en el Parlamento de Cataluña las leyes de referéndum y transitoriedad, con las que activó el bucle creación/salvación. La derecha española ha detenido otra vez la historia con un uso desproporcionado de la fuerza en Cataluña, en alianza con una derecha catalana que se ha instalado en una declaración unilateral de independencia estrambótica y estrafalaria. Sin mayoría, sin ley. El estado de cosas y la escalada del conflicto pide analizar la situación desde la perspectiva de una teología política secular, para desvelar sin filtros ni velos la gravedad de la situación.

El acontecimiento catalán irrumpe en clave mesiánica. Quien proclama la excepción no es la autoridad vigente, sino quien quien quuiere a subvertir su poder. Los frenos de mano han sido activados. surge la cuestión de si volverán a rehacerse las comunidades mesiánicas. Y si habrá «repliegue de lo religioso en lo profano».

La declaración de vigencia del tiempo mesiánico fue sancionada por el Rey el 3 de octubre al ordenar el cumplimiento y la consumación integral de la ley, cuando dijo: es la «responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones», ante el intento de «quebrar la unidad de España y la soberanía nacional». Declaracion que tenía el visto bueno de la Unión Europea y de los poderes económicos americano y europeo. Véanse las declaraciones del Vicepresidente primero de la Unión Europea Franz Timmermans y los editoriales de los diarios Wall Street, Le Monde y Liberation. Todas las decisiones están tomadas ya. ¿Nos encontramos, otra vez, en el umbral de una cruzada entre ángeles y profetas? El ejército ha comenzado a desplazar efectivos –logísticos, por ahora− a Cataluña.

Si se produce el choque, éste será entre la fuerza de los hechos y el peso de la ley, sin que quede espacio para la fuerza de la razón. Cataluña y España ya han activado el modo comunidad mesiánica que reclama salvación. Unos declarando la independencia de la España antidemocrática y franquista, con las masas en la calle; los otros invocando protección contra la massa contaminada del pecado original, que quiere romper la «Nación». Todo el foco está sobre Cataluña, pero en el resto de España también están pasando cosas. Las juras de bandera civiles, sus juramentos, y el compromiso de apoyo a la seguridad y la defensa de España. Comienzan a asomar banderas de España en los balcones.  Y hay manifestaciones en defensa de la unidad. El malestar y el agravio empieza a aflorar en el resto del país. Mucha gente está harta de lo que consideran el chantaje catalán. Todavía no se ha cruzado la línea de no retorno. Hay una ocasión más, una última oportunidad todavía, para alcanzar algún tipo de entendimiento. Aprovechémosla.

Si los independentistas habían demostrado haber leído a Maquiavelo, el anuncio de la declaración unilateral de independencia (DUI) denota que no han leído a Tzun Su. Han calculado mal la repercusión que tendría una declaración unilateral de independencia en una Europa plagada de tensiones territoriales latentes. Y han sabido ver que la independencia de Cataluña generaba un conflicto más allá de las fronteras de España, pues «si se permitiera a una región ejercer unilateralmente, en un contexto de estado de derecho, el derecho a la autodeterminación», ésta señalaría el camino al resto de regiones europeas que quisieran ejercitarlo y se  pondría fin, así, a «la inviolabilidad de fronteras establecidas a precio de sangre» (Diario Liberation). No se han dado cuenta, o no han querido ver los independentistas que la declaración unilateral de independencia atenta contra uno de los pilares de la Unión Europea: «el imperio de la ley». El Vicepresidente primero de la Unión Europea ha enviado un ultimátum a Puigdemont: «Si la ley no te da lo que quieres, te puedes oponer o trabajar para cambiarla, pero no se debe ignorar». Añadiendo: a veces imponer la supremacía de la ley requiere «el uso proporcionado de la fuerza.» Los independentistas no han medido las repercusiones exteriores de su incitación a los ciudadanos a la desobediencia a las fuerzas de seguridad del estado, su apoyo una huelga general, su petición de retirada de las «fuerzas de ocupación» de Cataluña, de la expulsión de la fuerzas de seguridad del Estado de algunos municipios a instancias de las instituciones locales, de la total ausencia de garantías del referéndum, de la vulneración de todas las leyes.

Ante la soledad internacional Puigdemont busca, desesperado, la mediación del Arzobispo de Barcelona y del Abad de Montserrat. Está derrotado y lo sabe, pero su  opción es redoblar el desafío: «república o república». El Gobierno de Rajoy sólo está sostenido por el respaldo de la Unión Europea, como ultima barrera para evitar el contagio de una epidemia cesionista en otros países europeos. Rajoy sólo es el mal menor, el dique de contención de una gripe se puede extender por Europa. El camino lo ha marcado Cataluña. España ha quedado desacreditada en Europa por la gestión de la crisis catalana y la actuación de las instituciones catalanas. Ningún partido político está a la altura del desafío histórico al que nos enfrentamos. Costará que Europa vuelva a confiar en nosotros.

«Cuando Dios creó a los ángeles –reza un hadith− estos alzaron la cabeza al cielo y preguntaron: “Señor, ¿con quién estás?”. El respondió: “Estoy con aquel que es víctima de una injusticia, hasta que su derecho sea restablecido”.» Hoy el restablecimiento será por la ley.