La hora del planeta

10 Jul

Václav Havel decía que la esperanza es la certidumbre que algo tiene sentido, con independencia de como resulte. Inmersos en la hora del planeta como estamos, esta reflexión cobra especial importancia. La izquierda sabe cuál ha de ser el sentido de su actuación política y continúa trabajando siempre —inasequible al desaliento— en pos de él. La derecha actúa igual. ¿Pero y, Equo, el partido verde, el partido de la ecología política? Está atrapado en las confluencias y fines de la izquierda. Enmarañado en la aportación programática a la izquierda, como la única contribución posible realizar a la sociedad, debido a su debilidad orgánica. Si aceptara Equo una confluencia que no satisficiera las condiciones recogidas en las conclusiones de su Conferencia Política (Conferencia Política de Equo Andalucía 2017), olvidaría que el objetivo de cualquier partido político es competir en las contiendas electorales con las restantes fuerzas políticas, para ofrecer a sus potenciales votantes una opción distinta y diferenciada de las existentes.

Éste es el reto específico que marca la citada Conferencia Política: competir, incluso, en asociación con otras fuerzas políticas —con propuestas contempladas en el programa político ecologista—, pero con las siglas y representantes visibles e identificables por los electores, no diluidos e irreconocibles en otras opciones electorales. Pero éste, que debería ser el gran objetivo de cualquier partido político verde, en España, corre el riesgo de ser tomado como moneda de cambio a entregar a la izquierda, a fin de obtener unas migajas del pastel electoral.

En ese caso Equo, el partido verde español, aparecería ante sus potenciales votantes como una opción desesperanzada, más pendiente del sentido de lo que pueda resultar de sus pactos con otras fuerzas políticas, que de ofrecerle a sus electores la certidumbre que su actuación política —aunque sea fuera de las instituciones— tiene sentido, con independencia del resultado electoral que se pudiera obtener.

La cooperación política, parte del ADN político de los partidos verdes, expresamente recogida en documentos como el resultante de la Conferencia Política, no puede ser entendida ni ejercida como una estrategia de supervivencia orgánica, que entrega su programa y su acción política a las confluencias, coaliciones y otras reagrupaciones de la izquierda, refugiándose bajo las faldas de éstas como el personaje de ‘El Tambor de Hojalata’. Con esta estrategia el partido verde ha detenido su crecimiento político, al no llegar —desde debajo de los cálidos refajos de la izquierda— a sus potenciales electores, que quedan, de esta manera, huérfanos de referente político.

De la misma forma que la izquierda se está organizando para concurrir en las elecciones al Parlamento Europeo en una alianza que trasciende las fronteras nacionales, con la lucha contra el fascismo como objetivo aglutinador, los verdes europeos, y Equo como parte de ellos, no pueden perder de vista el objetivo que justifica y da sentido a su existencia política: la defensa del planeta, que ha de actuar como aglutinante para concurrir como bloque verde.

Igual que las izquierdas europeas: Podemos, La Francia Insumisa, y el Bloco de Esquerdas, a las que tratan de agregar a Die Linke, el partido socialista de Holanda y el Sinn Féin irlandés, exploran la posibilidad de agruparse para concurrir a las próximas elecciones al Parlamento Europeo en una alianza común, bajo el lema: «Ahora el pueblo»; los partidos verdes europeos —familia política ubicada en otro grupo político en el Parlamento Europeo— deberían concurrir a esas elecciones con la misma estrategia, bajo el paraguas de una candidatura del Partido Verde Europeo y un lema común, que podría ser: «La hora del planeta», con el objetivo de aportar al debate público emociones positivas como el cuidado, la responsabilidad, la empatía, la interdependencia y la justicia —muy requeridas en la política europea en estos momentos—, para que actúen de muralla ante una eventual «ósmosis de los sentimientos de la derecha fascista y la derecha decente», en un mundo en el que más personas que nunca se sienten superfluas y comienzan a ser percibidas por las clases dirigentes como una amenaza al nivel de vida actual, ante la evidencia cada día más percibida que no hay bastante pastel para todos y nunca más lo habrá.

Solo desde la singularidad de la aportación verde —sin enaguas protectoras ni intermediarios— sino como emisario de esas emociones positivas y como expresión de los valores y principios que identifican y diferencian a Equo de los restantes actores políticos: cuidado del medio ambiente; responsabilidad frente a las generaciones futuras; empatía en la construcción de relaciones de paz entre las personas y las naciones; interdependencia como expresión de la necesidad de un gobierno en red que abandone las jerarquías y de paso a la participación de todos en la toma de decisiones; y justicia como bandera desde la que mostrar unos valores que sean inclusivos de todos; tiene sentido la coexistencia de la izquierda y la ecología política como polos ideológicos diferentes y la cooperación entre ambas fuerzas políticas ante el autoritarismo y el racismo que empieza a renacer en Europa y la grave crisis climática y civilizatoria que padece el planeta y el mundo. El objetivo de ser el referente electoral verde debe ser por ello también el propósito de Equo para el próximo ciclo electoral español, que se abre con la cita de las elecciones autonómicas andaluzas.

Equo, como parte del Partido Verde Europeo, debe impulsar en Europa la construcción de esta gran coalición verde y concurrir en el ciclo electoral español de manera diferenciada o visible e identificable en asociación con otros. Cooperar, si, pero desde la exigencia y la esperanza que sirva de alimento y de cobijo para hacer grande y poderoso al partido verde.

¿Tenía razón Stephen Hawking?

22 Abr

Hasta ahora la pregunta más importante que podía hacerse el ser humano era sobre las consecuencias de sus actos. Decía Deleuze que hemos pasado en el  ejercicio del poder soberano de un poder que «hace morir y deja vivir» —el del Rey que puede matar al súbdito si se opone a él— a otro que «hace vivir y deja morir» —el del Estado del siglo XX que protege a los ciudadanos frente al peligro de terceros Estados y los avatares de la vida: estado del bienestar y lo hace producir—.

Con la advenimiento de la inteligencia artificial la pregunta más importante será si ésta es mejor que los seres humanos ¿Redirigirá la IA y la robotización el poder hacia un ejercicio de éste que no deja vivir y a la vez deja morir? ¿Hacia un poder indiferente ante la vida y la muerte de los seres humanos, que no interviene en la vida ni en la muerte de las personas —por considerarlas seres obsoletos— pero si interviene en la vida y en la muerte del verdadero sujeto relevante para la producción? Las empresas. Ya nos encontramos en un estadio en el que el poder interviene cada vez menos en la vida y muerte de los seres humanos, no así en la vida y muerte de las empresas: regula la forma de sus actos con reglas jurídicas que actúan como normas morales de comportamiento para éstas; qué es una buena o una mala muerte empresarial, incluso los casos en que las empresas pueden resucitar, a través de una ley de segunda oportunidad.

En el siglo XXI el poder bascula desde el Estado hacia las grandes corporaciones multinacionales. Ya no es ejercido monopolísticamente por el Estado, sino que cada vez es más compartido con éstas. Ciertos tratados internacionales les reconocen capacidad de colegislar. De esta manera las grandes corporaciones multinacionales se convierten por  la puerta de atrás en actores políticos y los Estados más en sujetos —en el sentido etimológico del término: aquél que se somete—. Lo vemos en el acuerdo de libre comercio que se han aprobado entre la Unión Europea y Canadá (CETA) y el que casi se llegó a aprobar con EE.UU (TTIP). Estos acuerdos introducen la debilidad en el corazón del Estado, que se torna dócil a las exigencias de las grandes corporaciones como resultado del chantaje permanente de futuras reclamaciones indemnizatorias por pérdida de beneficios. Su aprobación sanciona la desaparición de la soberanía del pueblo y del estado del bienestar.

En este contexto de exaltación de la libertad de empresa, ésta se ha transformado en un interfaz que zombifica a las personas por la mordedura del marketing y al medio ambiente con una producción que consume más recursos de los disponibles para la generación actual y genera más contaminación de la que los ecosistemas territoriales y planetarios son capaces de asimilar. La libertad individual —y su variante de libertad de empresa— ejercida de manera incondicional es arbitraria, pues interfiere la libertad individual de las generaciones futuras, al no tener en cuenta el efecto acumulativo de la producción que origina el ser humano en cuanto especie en el medio ambiente por la contaminación y el consumo de recursos.

Si los derechos humanos nacieron en el siglo XVIII como una defensa frente al poder de muerte del Estado. Al variar la forma de ejercicio del poder, la concepción de los derechos humanos ha de mutar en consonancia con aquél. La protección clásica que los derechos humanos confieren a los ciudadanos frente al Estado debe, pues, extenderse a las relaciones de éstos con las grandes multinacionales y empresas, a fin de mantener hoy una esfera equivalente de protección.

En este contexto emerge la inteligencia artificial y la robotización, una revolución comparable a la del neolítico, sino más.  Las preguntas y los interrogantes se amontonan: ¿Es ésta el germen de una nueva especie?, ¿la concepción de la libertad ya modificada por el cambio climático se resignificará por la inteligencia artificial?, ¿es necesario introducir la ética en los algoritmos de inteligencia artificial?, ¿se debería reconocer la igualdad entre humanos y robots inteligentes?, ¿se reconocerá libertad individual a androides con inteligencia artificial de similar que a los humanos o de alguna otra forma? En 2017 le fue otorgada la ciudadanía saudí y reconocidos los derechos de una persona a un robot llamado Sophia —en medio de las críticas por la situación de las mujeres en ese país y las condiciones migratorias—. ¿Es ésta una excepción o será una regla universal?

El neoliberalismo es una mutación del capitalismo industrial. ¿Las mutaciones que trae la inteligencia artificial y la robotización son una nueva forma de capitalismo? De la misma manera que el capitalismo neoliberal está eliminando a la clase trabajadora, al hacer que cada trabajador se explote a sí mismo en su propia empresa, en esta nueva forma de capitalismo el trabajador asalariado al ser sustituible por máquinas resultará obsoleto por innecesario. ¿Traerá este capitalismo la independización de las relaciones productivas respecto de las fuerzas productivas? Los primeros intentos ya están aquí. Tesla automatizó totalmente una de sus fábricas. Ha reconocido, sin embargo, que ésta ha producido retrasos en la producción y ha anunciado la reincorporación de humanos a la cadena de producción. Esta mutación del capitalismo traerá nuevas correlaciones de fuerzas y los equilibrios de poder cambiarán. Los interrogantes continúan brotando. ¿Llegarán a tener los robots algún día derechos laborales, civiles y/o políticos? Un diario nacional publica la noticia que un robot ha sido candidato en las elecciones a Alcalde de uno de los distritos de Tokio, cuya una población es de 150.000 habitantes. Fue el tercer candidato más votado.

La sustitución de los seres humanos por robots en el proceso productivo producirá la obsolescencia objetiva de la izquierda. Como dice Yuval N. Harari cada técnica tiene sus dioses. Y la inteligencia artificial también los requiere. Surgirán, por tanto, nuevas religiones. Ésta obsolescencia que se anuncia es una culminación del proceso de  obsolescencia de la división entre izquierda/derecha que se inició con la globalización, fruto de la cual se ha originado una pugna entre los partidarios de la globalización neoliberal y sus detractores, atrincherados en la visión nacional/nacionalista, que ha hecho aflorar una nueva distribución ideológica en tres ejes: posliberalismo, populismo y ecologismo. En el eje liberal se agrupan tanto a la derecha neoliberal como a la socialdemocracia liberal partidaria de la globalización. En la etiqueta populista se incluye el espectro antiglobalizador desde la extrema derecha hasta la izquierda. La división izquierda/derecha, sin embargo, continúa presente en el imaginario político colectivo, aunque no es ya el eje dialéctico principal, sino una subdivisión secundaria que ordena las etiquetas ideológicas en el interior de cada eje. La denominación ecologismo —a pesar que no ha terminado de emerger como fuerza política de masas— se usa aquí de manera extensa, para encuadrar dentro de ella a los partidos políticos de corte ecologista y también a aquellos movimientos sociales que se encuentran más o menos próximos a la ideología ecologista.

En un escenario de cambio climático, de crisis de recursos y artificialización, el único superviviente es el robot, una especie que no muere. En él el planeta recupera para si —de una manera absoluta— la condición de base material (y financiera) de supervivencia de la especie humana, acelera el desarrollo y explotación de la minería espacial y confiere verosimilitud a la hipótesis planteada por Stephen Hawking, sobre la necesidad que tendrá la especie humana de colonizar nuevos planetas para sobrevivir. En un contexto tal ¿la supervivencia en la Tierra estaría protagonizada por las Arcas de Noé? ¿Llegarán a existir estaciones espaciales en órbitas cercanas a la Tierra? ¿Serían éstos hábitats para ricos, quedando la gente abandonada a su suerte de en una distopía terrestre de cambio climático y robots inteligentes? ¿Es necesaria una biopolítica extraplanetaria? ¿La irrupción de la inteligencia artificial es el alumbramiento de una nueva forma de vida? ¿En un contexto de cambio climático y salto tecnológico, de riesgo de supervivencia para la especie humana y la profunda transformación del ser humano que puede ocasionar el desarrollo tecnológico, es importante reivindicar el lobo? ¿Será sobrepasada por la evolución tecnológica y los acontecimientos la ecología política? Para poder seguir celebrando el Día de la Tierra, fecha en que se publica este post, debemos hacernos preguntas.

Los escenarios descritos no quieren ser una predicción o vaticinio, sino una invitación a la reflexión sobre el escenario de cambio climático en un contexto de artificialización y robotización del sistema productivo y de la sociedad y sobre la necesidad de pensar una reflexión política que de respuesta a esta realidad insoslayable a la que estamos abocados. Tal y como se pregunta Jonathan Nolan: «¿Qué pasaría si la inteligencia artificial nos matara, pero no por ser mala, sino porque nosotros somos los malos?».

Soberanía y democracia en Cataluña

26 Sep

«Una cabeza, un voto», que es un principio esencial de la democracia, está en conflicto con «una mentira, un voto» y también entra en colisión con «un show, un voto», dice Paolo Flores d’Arcais en «Democracia». La campaña por la independencia de Cataluña está sustentada en mentiras: no se trata de independencia, sino de democracia; Cataluña no saldrá de la Unión Europea; derecho a decidir; volem votar. Casi todos los actores han montado su propio show. Si el 61% de los catalanes no otorga validez a la consulta, ¿es democracia el referéndum del 1-O?

La argumentación lógica sobre la que se apoya la soberanía del ciudadano, es un deber recíproco de todos para con todos. Cuando ésta es sustituida por la mentira, dejamos en el camino parte de la dignidad que nos caracteriza como personas. Si la verdad no domina la vida pública se niega a los ciudadanos la posibilidad de formarse una opinión autónoma y de efectuar una elección libre. La mentira en política es, de por sí, una «usurpación de soberanía». La campaña en favor de la independencia de Cataluña está plagada de falsedades y presenta una paradoja: se roba a los ciudadanos soberanía de elección para que decidan sobre su soberanía política. La democracia se ha convertido en Cataluña en una ficción con un guión que dice que ésta está movilizada: votaciones sin garantías, manifestaciones, escraches a instituciones, a partidos políticos contrarios a la independencia, cierre del Parlament. Esta es la nueva liturgia.

Cataluña no saldrá de Europa tras la independencia dicen, a pesar de los desmentidos realizados por las autoridades de la Unión Europea. Esta mentira es repetida de manera incansable. Es un mantra que se presenta como una opinión, sustentada en la creencia subjetiva que finalmente esta circunstancia no se producirá. La mentira  es convertida en una opinión lícita y defendible. Y el hecho incuestionable: Cataluña no sería miembro de la Unión Europea en caso de independencia, queda degradado a mera opinión. La dicotomía verdadero/falso desaparece del debate público y es sustituida por un enfrentamiento entre opiniones simuladamente verdaderas. La falsa información ennoblecida en opinión se hace pasar por sentido común. ¿Cui prodest, a quién aprovecha?

Cuando en una elección —política o refrendaria— la verdad es falseada, sustituida y endulzada por un continuum de hechos verdaderos, simulación narrativa y efectos publicitarios, el principio «una cabeza, un voto» es sustituido por la posverdad: verdad alternativa o mentira emotiva repetida sin complejo en la que  los hechos son ignorados. En ésta la regla es: «una falacia, un voto». El uso obsceno, impúdico, deshonesto, de la palabra −la demagogia posverdadera−, reemplaza la voluntad de los ciudadanos por la voluntad de los demagogos. En estas circunstancias el ciudadano no decide, porque otros ya lo han hecho por él. Él sólo cree, aplaude, combate. Es una masa maleable y moldeable. Y el debate público se convierte en una prueba de pulsiones, emociones y malestares. El voto así no expresa voluntades autónomas, sino que es una simple herramienta de contable para que cuadre el balance que se quiere presentar. Es la amputación del voto. Se trata de vencer no de con-vencer. Mientras tanto unos siguen exaltando la bandera, la patria y la Constitución, a través de las juras de bandera para civiles, como la del fin de semana pasado en Girona, o la que se ha pedido hacer en Madrid. Otros juegan a llamar a la huelga general tras el referéndum. Y otros ponen sobre la mesa una declaración unilateral de independencia. Cada uno a lo suyo que el interés general es de todos.

En este escenario hablar de presos políticos, de fuerzas de ocupación, de medidas represoras o de intervención encubierta de la Generalitat, como hace cierta izquierda, en vez de fiscalizar la actuación del Gobierno ante cualquier exceso y exigir al Govern de la Generalitat la vuelta a la legalidad, es olvidar o desconocer que la ley es expresión de la voluntad de los ciudadanos. Y se quiera o no, con esta posición se debilita la capacidad del Estado para defenderse frente ataques ilegales.

Esta posición de la izquierda la ha llevado a renunciar a su coherencia democrática, sin darse cuenta que con ella abandona su compromiso de «devolver a los ciudadanos su fragmento de soberanía y la certeza de la legalidad». Olvida también las palabras que pronunció en el Parlamento de Cataluña ante el atropello que constituyó la aprobación de las leyes de referéndum y transitoriedad. Ella que debería ser, y ser reconocida, como el «guardián intratable de la democracia», remplaza el respeto por la verdad de los hechos, el no consentimiento de la desigualdad ante la ley que significa la ruptura de la legalidad y la argumentación lógica en el debate, por la mentira. ¿Cálculo interesado o miopía? En cualquier caso se trata de una oportunidad perdida para virar hacia una «democracia tomada en serio».

La crisis catalana está poniendo de manifiesto, hoy más que nunca, que la democracia corre el riesgo de no significar ya nada en España. ¿Quién defiende la democracia?

La historia se repite como farsa

22 Sep

A principios del siglo XIX, nos dice Naciones Unidas, ya se sospechó por primera vez que había cambios naturales en el clima producto de la actividad industrial y se identificó el efecto invernadero natural. En la década de los años 50 del siglo XX, se inició la recogida de datos sobre las concentraciones de CO2, que demostraron que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente. Durante la historia de la segunda mitad del siglo XX, ocurrieron, además, ciertos hitos ambientales, con potencial suficiente para marcar las narrativas políticas, sin llegar a producir ese cambio. En 1972 se publicó el informe sobre los límites del crecimiento, en cargado por el Club de Roma. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo, fecha en la que EE.UU. consumía el 33 por 100 de la producción petrolera total. En 1974 el químico mexicano Mario Molina, publicó en la revista Nature el descubrimiento del agujero de la capa de ozono.

En terreno político, se produjeron acontecimientos, aparentemente desconectados de los anteriores: la creación en 1957 de la CEE, la elección del neoliberal Valéry Giscard d’Estaing como Presidente de la República Francesa, entre 1974 y 1981. La elección Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido, quien ocupó el cargo entre 1980 1990. El acceso de Ronald Reagan a la Presidencia de los EE.UU. entre 1981 y 1989. La desaparición de la URSS en 1991 y la aparición de la globalización neoliberal, que ya había arrancado en la década de los 80 del s. XX con la desregulación de los mercados promovida por Reagan.

La sucesión de estos y otros hitos ambientales y acontecimientos políticos no fue casual y ponen de manifiesto que el sistema capitalista era consciente, ya en 1950, que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente, así como de la crisis de recursos naturales y el calentamiento global que se venía encima. La globalización no es sólo un fruto singularmente ideológico del neoliberalismo, producto de la victoria del capitalismo sobre el socialismo, tiene un  componente de última cosecha y, en consecuencia, de adaptación − a su manera− al escenario calentamiento global y recursos menguantes: defensa y apropiación de éstos por la guerra si fuera necesario. Sirvan de ejemplo de esto último las guerras del petróleo: la guerra civil de Nigeria entre 1967-1970, la guerra Iran-Irak 1980-1988. Las dos Guerras del Golfo Pérsico contra Irak: la de 1990-1991 y la de 2003-2013. La Guerra de Afganistán de 2001-2014. A las que debe sumarse la guerra Libia de 2011 y la actual guerra civil en Siria, iniciada en 2011. Junto a ellas están las guerras por otros recursos: como los diamantes, el coltán o el agua. La globalización no ha ajustado el capitalismo a los límites del planeta, por ha contrario, en su función de última recogida, ha incrementado el metabolismo social de la producción y del consumo y mantener la plusvalía.

En lo ideológico, la izquierda, en su conjunto, se ha quedado sin respuesta, ante la globalización, las guerras de recursos y la crisis ambiental. La izquierda se ha retirado a los márgenes del sistema, enrocada en sus principios y convertida en una fuerza conservadora. Y la socialdemocracia tras someterse a los postulados neoliberales, remasterizada como social-liberalismo, se diferencia de la derecha como una Coca-Cola de una Pepsi-Cola. La ausencia de confrontación entre los proyectos de la derecha neoliberal y el social-liberalismo, junto a la falta de respuesta de la izquierda, ha producido resignación y desafección, enviando a la gente a sus casas. Todo ello se ha traducido en una crisis de representación y languidez democrática, cuya consecuencia ha terminado en una ruptura de las narrativas, consensos e instituciones, sus actores y el equilibrio entre fuerzas nacido tras la II Guerra Mundial, que ha desembocado en el surgimiento de nuevas fuerzas políticas populistas a la derecha en los países del norte y del centro de Europa (Austria, Hungría, Francia, Finlandia, Holanda) y a la izquierda, en el Sur (Italia, Grecia, España), que tienen como objetivo la reconstrucción de las identidades colectivas enterradas por el auge del individualismo.

Una característica común tanto de las fuerzas políticas clásicas como de  las nuevas fuerzas emergentes, es que todas mantienen en el corazón de su proyecto político la redistribución de la riqueza sin observar los límites de lo admisible para el planeta, sin aceptar la finitud del planeta, que visualizó el Informe del Club de Roma en 1972, ni, por tanto, el axioma de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza. La producción de bienes y servicios, por tanto, ha de estar condicionada y limitada, necesariamente, por los límites físicos de la biosfera. El autismo climático y la ceguera ante el agotamiento del petróleo de hoy, repete la relación depredadora con la Naturaleza del pasado, hoy, sin embargo, como comedia o farsa. Este no reconocimiento de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza, establece la frontera entre las fuerzas políticas (entre productivistas y antiproductivistas). Expresa así la principal dialéctica de la política de este siglo, si se quiere evitar el colapso civilizatorio. En este contexto una izquierda, conocedora del núcleo de la crisis ecológica causada por la expansión de la productividad capitalista desde Marx, así como de la amenaza que la producción ilimitada supone para la vida en la Tierra, sin haberse opuesto nunca a ella, es parte del problema y no de la solución. La ecología política, por tanto, sola por ahora, debe asumir su compromiso fundacional y la obligación que con él contrajo: hacer sentir a la gente que cuando vota puede contribuir a un cambio y que su voto es útil y necesario y crea una diferencia real.