¿Tenía razón Stephen Hawking?

22 Abr

Hasta ahora la pregunta más importante que podía hacerse el ser humano era sobre las consecuencias de sus actos. Decía Deleuze que hemos pasado en el  ejercicio del poder soberano de un poder que «hace morir y deja vivir» —el del Rey que puede matar al súbdito si se opone a él— a otro que «hace vivir y deja morir» —el del Estado del siglo XX que protege a los ciudadanos frente al peligro de terceros Estados y los avatares de la vida: estado del bienestar y lo hace producir—.

Con la advenimiento de la inteligencia artificial la pregunta más importante será si ésta es mejor que los seres humanos ¿Redirigirá la IA y la robotización el poder hacia un ejercicio de éste que no deja vivir y a la vez deja morir? ¿Hacia un poder indiferente ante la vida y la muerte de los seres humanos, que no interviene en la vida ni en la muerte de las personas —por considerarlas seres obsoletos— pero si interviene en la vida y en la muerte del verdadero sujeto relevante para la producción? Las empresas. Ya nos encontramos en un estadio en el que el poder interviene cada vez menos en la vida y muerte de los seres humanos, no así en la vida y muerte de las empresas: regula la forma de sus actos con reglas jurídicas que actúan como normas morales de comportamiento para éstas; qué es una buena o una mala muerte empresarial, incluso los casos en que las empresas pueden resucitar, a través de una ley de segunda oportunidad.

En el siglo XXI el poder bascula desde el Estado hacia las grandes corporaciones multinacionales. Ya no es ejercido monopolísticamente por el Estado, sino que cada vez es más compartido con éstas. Ciertos tratados internacionales les reconocen capacidad de colegislar. De esta manera las grandes corporaciones multinacionales se convierten por  la puerta de atrás en actores políticos y los Estados más en sujetos —en el sentido etimológico del término: aquél que se somete—. Lo vemos en el acuerdo de libre comercio que se han aprobado entre la Unión Europea y Canadá (CETA) y el que casi se llegó a aprobar con EE.UU (TTIP). Estos acuerdos introducen la debilidad en el corazón del Estado, que se torna dócil a las exigencias de las grandes corporaciones como resultado del chantaje permanente de futuras reclamaciones indemnizatorias por pérdida de beneficios. Su aprobación sanciona la desaparición de la soberanía del pueblo y del estado del bienestar.

En este contexto de exaltación de la libertad de empresa, ésta se ha transformado en un interfaz que zombifica a las personas por la mordedura del marketing y al medio ambiente con una producción que consume más recursos de los disponibles para la generación actual y genera más contaminación de la que los ecosistemas territoriales y planetarios son capaces de asimilar. La libertad individual —y su variante de libertad de empresa— ejercida de manera incondicional es arbitraria, pues interfiere la libertad individual de las generaciones futuras, al no tener en cuenta el efecto acumulativo de la producción que origina el ser humano en cuanto especie en el medio ambiente por la contaminación y el consumo de recursos.

Si los derechos humanos nacieron en el siglo XVIII como una defensa frente al poder de muerte del Estado. Al variar la forma de ejercicio del poder, la concepción de los derechos humanos ha de mutar en consonancia con aquél. La protección clásica que los derechos humanos confieren a los ciudadanos frente al Estado debe, pues, extenderse a las relaciones de éstos con las grandes multinacionales y empresas, a fin de mantener hoy una esfera equivalente de protección.

En este contexto emerge la inteligencia artificial y la robotización, una revolución comparable a la del neolítico, sino más.  Las preguntas y los interrogantes se amontonan: ¿Es ésta el germen de una nueva especie?, ¿la concepción de la libertad ya modificada por el cambio climático se resignificará por la inteligencia artificial?, ¿es necesario introducir la ética en los algoritmos de inteligencia artificial?, ¿se debería reconocer la igualdad entre humanos y robots inteligentes?, ¿se reconocerá libertad individual a androides con inteligencia artificial de similar que a los humanos o de alguna otra forma? En 2017 le fue otorgada la ciudadanía saudí y reconocidos los derechos de una persona a un robot llamado Sophia —en medio de las críticas por la situación de las mujeres en ese país y las condiciones migratorias—. ¿Es ésta una excepción o será una regla universal?

El neoliberalismo es una mutación del capitalismo industrial. ¿Las mutaciones que trae la inteligencia artificial y la robotización son una nueva forma de capitalismo? De la misma manera que el capitalismo neoliberal está eliminando a la clase trabajadora, al hacer que cada trabajador se explote a sí mismo en su propia empresa, en esta nueva forma de capitalismo el trabajador asalariado al ser sustituible por máquinas resultará obsoleto por innecesario. ¿Traerá este capitalismo la independización de las relaciones productivas respecto de las fuerzas productivas? Los primeros intentos ya están aquí. Tesla automatizó totalmente una de sus fábricas. Ha reconocido, sin embargo, que ésta ha producido retrasos en la producción y ha anunciado la reincorporación de humanos a la cadena de producción. Esta mutación del capitalismo traerá nuevas correlaciones de fuerzas y los equilibrios de poder cambiarán. Los interrogantes continúan brotando. ¿Llegarán a tener los robots algún día derechos laborales, civiles y/o políticos? Un diario nacional publica la noticia que un robot ha sido candidato en las elecciones a Alcalde de uno de los distritos de Tokio, cuya una población es de 150.000 habitantes. Fue el tercer candidato más votado.

La sustitución de los seres humanos por robots en el proceso productivo producirá la obsolescencia objetiva de la izquierda. Como dice Yuval N. Harari cada técnica tiene sus dioses. Y la inteligencia artificial también los requiere. Surgirán, por tanto, nuevas religiones. Ésta obsolescencia que se anuncia es una culminación del proceso de  obsolescencia de la división entre izquierda/derecha que se inició con la globalización, fruto de la cual se ha originado una pugna entre los partidarios de la globalización neoliberal y sus detractores, atrincherados en la visión nacional/nacionalista, que ha hecho aflorar una nueva distribución ideológica en tres ejes: posliberalismo, populismo y ecologismo. En el eje liberal se agrupan tanto a la derecha neoliberal como a la socialdemocracia liberal partidaria de la globalización. En la etiqueta populista se incluye el espectro antiglobalizador desde la extrema derecha hasta la izquierda. La división izquierda/derecha, sin embargo, continúa presente en el imaginario político colectivo, aunque no es ya el eje dialéctico principal, sino una subdivisión secundaria que ordena las etiquetas ideológicas en el interior de cada eje. La denominación ecologismo —a pesar que no ha terminado de emerger como fuerza política de masas— se usa aquí de manera extensa, para encuadrar dentro de ella a los partidos políticos de corte ecologista y también a aquellos movimientos sociales que se encuentran más o menos próximos a la ideología ecologista.

En un escenario de cambio climático, de crisis de recursos y artificialización, el único superviviente es el robot, una especie que no muere. En él el planeta recupera para si —de una manera absoluta— la condición de base material (y financiera) de supervivencia de la especie humana, acelera el desarrollo y explotación de la minería espacial y confiere verosimilitud a la hipótesis planteada por Stephen Hawking, sobre la necesidad que tendrá la especie humana de colonizar nuevos planetas para sobrevivir. En un contexto tal ¿la supervivencia en la Tierra estaría protagonizada por las Arcas de Noé? ¿Llegarán a existir estaciones espaciales en órbitas cercanas a la Tierra? ¿Serían éstos hábitats para ricos, quedando la gente abandonada a su suerte de en una distopía terrestre de cambio climático y robots inteligentes? ¿Es necesaria una biopolítica extraplanetaria? ¿La irrupción de la inteligencia artificial es el alumbramiento de una nueva forma de vida? ¿En un contexto de cambio climático y salto tecnológico, de riesgo de supervivencia para la especie humana y la profunda transformación del ser humano que puede ocasionar el desarrollo tecnológico, es importante reivindicar el lobo? ¿Será sobrepasada por la evolución tecnológica y los acontecimientos la ecología política? Para poder seguir celebrando el Día de la Tierra, fecha en que se publica este post, debemos hacernos preguntas.

Los escenarios descritos no quieren ser una predicción o vaticinio, sino una invitación a la reflexión sobre el escenario de cambio climático en un contexto de artificialización y robotización del sistema productivo y de la sociedad y sobre la necesidad de pensar una reflexión política que de respuesta a esta realidad insoslayable a la que estamos abocados. Tal y como se pregunta Jonathan Nolan: «¿Qué pasaría si la inteligencia artificial nos matara, pero no por ser mala, sino porque nosotros somos los malos?».

TTIP, esa armada (In)vencible

11 May

TTIP, TISA, TAFTA, CETA, no es el molesto ruido de los tacones de la vecina de arriba. ¿Qué son entonces estas abreviaturas? Son las siglas de los tratados sobre libre comercio que se están negociando entre Estados Unidos y la Unión Europea. Estos tratados tienen como objetivo imponer los estándares americanos medioambientales, laborales, alimentarios y sanitarios. Más bajos que los europeos. Significaría la presencia en lo expositores de los supermercados de alimentos transgénicos, de carne lavada con amoniaco, de alimentos en cuya producción se han utilizados pesticidas, antibióticos y productos químicos prohibidos en Europa. Nula o escasa información en las etiquetas de los productos. Disminución de la calidad de la asistencia sanitaria y una proliferación de la sanidad privada. E igual ocurriría con la educación. Estos tratados, en realidad, son los buques insignia de la armada económica de EEUU, que igual que la «Felicísima Armada» española, apodada por los ingleses «Invencible», navegan amenazadores. Su estrategia es la conquista comercial de Europa. ¿Qué se juega España con estos tratados? Un ejemplo anecdótico, pero revelador: en relación a las denominaciones de origen los tratados abren la puerta a que imitaciones de vinos como los de Jerez o los de Málaga, o del turrón de Jijona, puedan exportarse a la UE bajo esos nombres aun siendo fabricadas en EEUU.

¿Y cuáles son las principales amenazas de estos tratados?: una menor autonomía legislativa de los Estados; y un poder sin precedente de las multinacionales, a las cuales se les otorga capacidad para colegislar, bajo el eufemismo de «cooperación regulatoria». Esta potestad se apoya en la posibilidad que tienen las empresas de demandar y exigir indemnizaciones millonarias a los Estados ante tribunales de arbitraje privados, si consideran que sus intereses empresariales pueden ser perjudicados por leyes o políticas. Un ejemplo es la reclamación que presentó la empresa canadiense TransCanada a EEUU por bloquear la construcción de un oleoducto. Exige 15.000 millones de dólares al Gobierno estadounidense, por los daños provocados por su negativa a aprobar la construcción del oleoducto, que hubiera permitido transportar el crudo desde los yacimientos canadienses hasta las refinerías estadounidenses en el Golfo de México.

Estos tratados son un peligro. Democrático, social, ecológico, sanitario. Atentan a las soberanías nacionales, por la opcacidad de la negociación. Los diputados europeos tienen exageradamente restringido el acceso de a los documentos, debido a la confidencialidad extrema que se ha acordado por los negociadores. Se ha sabido que ciertas partes de los tratados no serán públicadas hasta transcurridos cinco años desde su entrada en vigor. Esta estrategia es torpe porque no tiene en cuenta o desdeña otros factores como la movilización y el rechazo ciudadano. Rebelión que está incrementando día a día el rechazo a los tratados y alimentando en los ciudadanos el sentimiento creciente que los acuerdos comerciales no tienen en cuenta sus intereses. La filtración de Greenpeace Holanda ha reventado la estrategia de opacidad, a la vez que ha confirmado las sospechas que ya existían sobre el contenido del TTIP. A partir de este momento el tratado está muerto. Tras el fracaso de la negociación vuelve a resonar la frase de Felipe II tras la vuelta de la Armada (In)vencible: «Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades».

La Comisión Europea dice ahora, sin embargo, que no aceptará en ningún caso una rebaja de la protección en cuestiones como seguridad alimentaria, protección al consumidor, privacidad o medio ambiente. En el apartado de energía, con todo, los tratados prevén, en su redacción actual, facilitar la exportación, desde EEUU a la UE, de carbón, petróleo crudo, productos derivados del petróleo y gas natural, incluidas las exportaciones de gas de esquisto estadounidense y las de petróleo de arenas bituminosas de Canadá. ¿Creemosa a la Comisión Europea? Va a ser que no. Prefiero confiar en este asunto, en partidos como EQUO o IU, para los cuales el TTIP es un asunto de oposición frontal. O en Podemos que hará de este asunto un tema central en la campaña electoral a punto de comenzar. Señores capitalistas, si pretenden el triunfo en esta empresa, que al parecer es de origen divino, como lo fue el de la Armada (In)vencible, sus negociadores y demás personal de las delegaciones, pueden observar la directriz que dio Felipe II a su flota antes de partir: no blasfemar y antes de la caída del día rezar el Ave María y los sábados la Salve. Quizás les dé resultado así.