Servicios ambientales

26 May

Los servicios ambientales están en la UCI. Entorno estable, aire puro, agua limpia, tierra fértil, que eran servicios prestados por el planeta gratuitamente, ahora han de ser sostenidos por políticas ambientales, que tienen un coste económico, a fin de evitar su colapso. Hemos pasado de una naturaleza benefactora, a otra que se ha rebelado poniendo precio a sus servicios. ¿Cuánto valen los servicios que la naturaleza realiza? Valen la vida en el planeta.

El primer aviso se produjo en los años 70 del siglo pasado, con motivo de la publicación del informe sobre los límites del crecimiento en 1972. Después vino la primera crisis del petróleo en 1973. Y en 1974 se produjo el descubrimiento del agujero de la capa de ozono. Pero no hicimos caso de ellos. Esta desobediencia se constata con la elección de presidentes o primeros ministros neoliberales: Valéry Giscard d’Estain en Francia; Margaret Thatcher en el Reino Unido; y Ronald Reagan en Estados Unidos. Hoy es la época del cambio climático.

Las políticas ambientales son, por ello, políticas de supervivencia y calidad de vida. Al tiempo que de equidad. Evitar el colapso de los servicios esenciales para la vida, es una política para la gente, de la misma manera que lo es construir un hospital o una escuela. La existencia de políticas ambientales sólo puede ser explicada en un contexto en el que los seres humanos no se reconocen en la naturaleza, no se sienten parte de ella. Viven aislados de la naturaleza, dentro de un vacío de naturaleza. Hay que darle, por tanto, la razón a Shakespeare, cuando decía, en Macbeth, que «la vida es una historia contada por un idiota».

Los servicios ambientales, reverso de las políticas ambientales, son condicionados por el impacto generado por la demanda humana, sobre los recursos existentes en los ecosistemas del planeta y la capacidad ecológica de éste para regenerar sus recursos. Este impacto se conoce como huella ecológica. Y es la cantidad de hectáreas de territorio ecológicamente productivo que necesita una persona para producir los recursos consumidos y absorber los residuos que genera. Desde la perspectiva de las generaciones futuras, la diferencia entre la huella ecológica y la superficie biológicamente productiva, es el déficit o deuda ecológica que deja la generación actual.

La huella ecológica de cada español en 2015 era, según el Ministerio de Medio Ambiente, de 6,4 hectáreas de territorio, que es casi el triple de la capacidad del territorio español. Un análisis por provincias, pone de manifiesto que la mayoría presenta un déficit ambiental severo. Que se acentúa en Barcelona, Madrid, Guipúzcoa y Vizcaya, que necesitan más de diez veces su territorio para mantener el actual nivel de consumo. En 2015, el 13 de agosto, la humanidad ya había gastado todo su presupuesto ecológico anual. Cada año este día llega más temprano. La huella de carbono es la parte más importante de este exceso ecológico global. La absorción de gases de efecto invernadero, el año pasado, requirió el 85% de la biocapacidad del planeta. Habría hecho falta el doble de los bosques para absorber todo el carbono que emitió la humanidad a la atmósfera en 2015. Este es el estado de la cuestión.

Las políticas ambientales hoy, todavía, son parte de las políticas del bienestar. Actúan tanto sobre la salud individual, como sobre los costes del bienestar social, actual y de las generaciones futuras. Sin embargo, si continua el actual consumo de recursos y emisión de gases de efecto invernadero, las políticas ambientales se convertirán en parte de las políticas de seguridad, al ser las patologías ambientales multiplicadores de la inestabilidad. La previsión actual es un escenario de mayor impacto ecológico y social, con mayores pérdidas económicas y mayor riesgo de «recesión democrática». En este escenario se podría dar un deslizamiento hacia regímenes autoritarios o disfuncionales, que esgrimiera el cambio climático como técnica de control social y de persuasión bajo el pretexto de la necesidad de actuar y la escasez de tiempo. Con la legislación vigente, el cambio climático podría servir de pretexto para declarar el estado de excepción.

Mi patria es el planeta

18 May

Errejón dice que la patria es la gente. Para mí es el Planeta. Trataré de explicar este sentimiento desde lo particular a lo universal. Desde lo personal a lo político.

Soy hijo de una andaluza y de un catalán. Una bisabuela era irlandesa. Un abuelo fue un republicano exiliado. La historia de mi familia ha sido la de los exilios cruzados entre generaciones. Nacemos en un lugar, vivimos en otro. También yo me convertí en un planeta errante. Nací en Chile, vivo en España. Eso fue cuando las alamedas se cerraron para la gente. Me he mezclado y me he encontrado con gente que no debía haber conocido. Soy mestizo por origen, pero no por Tierra. He vivido en diferentes países, pero dichos lugares son del mismo planeta. La gente de cada lugar es importante. Todos somos importantes. No importa la lengua, no importa la religión, no importan las ideas, no importa la bandera. Si se eliminan las fronteras somos ciudadanos del mundo. Unos se llaman cosmopolitas. Otros internacionalistas. El término mundo, sin embargo, etimológicamente hace referencia a un lugar cerrado. El mundus. El pozo o cripta que se excavaba junto al ágora, donde se depositaban los documentos y planos de la fundación de la ciudad. Los países también son lugares cerrados por fronteras. En ellos depositamos las constituciones. La política se repliega sobre el mundo, sobre los seres humanos. Le falta la perspectiva del planeta, de los otros, del «afuera de la ciudad».

Quiero ir más allá, al afuera. Dejo para ello que resuene mi pasión por la naturaleza. Ese sentimiento que hace que me sienta en casa en cada lugar donde voy o donde estoy. Como el pájaro, como el río. Vinculado al aire, al agua. Por eso la única soberanía a la que me someto es a la de la Tierra, a la de sus leyes. Soy ciudadano de la Tierra. Somos ciudadanos de la Tierra. Miembros de una comunidad más amplia, abierta, habitada no sólo por seres humanos. Y no sólo por aquéllos que ahora moramos. También por aquéllos que vendrán después, que ocuparán el mismo planeta. En él no existe el exilio. No hay nostalgia. No hay fronteras. Y las naturales son territorios de transición, lugares de mezcla. Los seres humanos, sin embargo, debido a nuestro repliegue sobre el mundo, estamos creando más fronteras. Murallas climáticas que marcarán el territorio habitable. Esas que harán que, en 2040, en Almería y Murcia haya migraciones que despoblarán esos territorios por las condiciones climáticas y la escasez de agua. Estos desplazamientos sucederán también en otros lugares del planeta. Crecerá la violencia dentro de las comunidades. Dentro de los países. En las fronteras. Se reavivarán viejos conflictos. Se producirán nuevas guerras. Habrá éxodos. Ya no lucharemos por las ideas, nos mataremos por los recursos. Por el clima. ¿También en nuestra ciudad?

No basta, por tanto, con que hoy nos ocupemos sólo de nuestra gente. Esta es una política replegada sobre una realidad superada. El mundo. Hay más gentes. Otros seres que también son parte del planeta. No basta que en el siglo XXI nos ocupemos de las necesidades que imponen los derechos humanos: vivienda, sanidad, educación, justicia. Hemos roto el planeta. Será el siglo de la sed, del hambre, del calor, de la subida del mar, de las migraciones. Hace falta además una política para el planeta, que es una política para la gente. Igual que lo es la política social, la sanitaria, la educativa. En este siglo tendremos que garantizar primero el medio ambiente. Será la necesidad más vital. No es una necesidad hipotética. Es una necesidad de la gente que vive en el planeta. En el planeta real, sacudido por el cambio climático, por el agotamiento de los recursos, por la crisis de biodiversidad. Es nuestra responsabilidad para con los otros que también viven en el planeta. Para satisfacer esta necesidad, para poner en marcha esta política, es necesario trascender lo estatal e instalarnos en lo planetario. Los problemas globales del siglo XXI, exigirán que optemos entre el Estado o el Planeta. No hay más patria que el Planeta. No tenemos otro. Tenemos que elegir. Y la elección es continuidad o ruptura.

TTIP, esa armada (In)vencible

11 May

TTIP, TISA, TAFTA, CETA, no es el molesto ruido de los tacones de la vecina de arriba. ¿Qué son entonces estas abreviaturas? Son las siglas de los tratados sobre libre comercio que se están negociando entre Estados Unidos y la Unión Europea. Estos tratados tienen como objetivo imponer los estándares americanos medioambientales, laborales, alimentarios y sanitarios. Más bajos que los europeos. Significaría la presencia en lo expositores de los supermercados de alimentos transgénicos, de carne lavada con amoniaco, de alimentos en cuya producción se han utilizados pesticidas, antibióticos y productos químicos prohibidos en Europa. Nula o escasa información en las etiquetas de los productos. Disminución de la calidad de la asistencia sanitaria y una proliferación de la sanidad privada. E igual ocurriría con la educación. Estos tratados, en realidad, son los buques insignia de la armada económica de EEUU, que igual que la «Felicísima Armada» española, apodada por los ingleses «Invencible», navegan amenazadores. Su estrategia es la conquista comercial de Europa. ¿Qué se juega España con estos tratados? Un ejemplo anecdótico, pero revelador: en relación a las denominaciones de origen los tratados abren la puerta a que imitaciones de vinos como los de Jerez o los de Málaga, o del turrón de Jijona, puedan exportarse a la UE bajo esos nombres aun siendo fabricadas en EEUU.

¿Y cuáles son las principales amenazas de estos tratados?: una menor autonomía legislativa de los Estados; y un poder sin precedente de las multinacionales, a las cuales se les otorga capacidad para colegislar, bajo el eufemismo de «cooperación regulatoria». Esta potestad se apoya en la posibilidad que tienen las empresas de demandar y exigir indemnizaciones millonarias a los Estados ante tribunales de arbitraje privados, si consideran que sus intereses empresariales pueden ser perjudicados por leyes o políticas. Un ejemplo es la reclamación que presentó la empresa canadiense TransCanada a EEUU por bloquear la construcción de un oleoducto. Exige 15.000 millones de dólares al Gobierno estadounidense, por los daños provocados por su negativa a aprobar la construcción del oleoducto, que hubiera permitido transportar el crudo desde los yacimientos canadienses hasta las refinerías estadounidenses en el Golfo de México.

Estos tratados son un peligro. Democrático, social, ecológico, sanitario. Atentan a las soberanías nacionales, por la opcacidad de la negociación. Los diputados europeos tienen exageradamente restringido el acceso de a los documentos, debido a la confidencialidad extrema que se ha acordado por los negociadores. Se ha sabido que ciertas partes de los tratados no serán públicadas hasta transcurridos cinco años desde su entrada en vigor. Esta estrategia es torpe porque no tiene en cuenta o desdeña otros factores como la movilización y el rechazo ciudadano. Rebelión que está incrementando día a día el rechazo a los tratados y alimentando en los ciudadanos el sentimiento creciente que los acuerdos comerciales no tienen en cuenta sus intereses. La filtración de Greenpeace Holanda ha reventado la estrategia de opacidad, a la vez que ha confirmado las sospechas que ya existían sobre el contenido del TTIP. A partir de este momento el tratado está muerto. Tras el fracaso de la negociación vuelve a resonar la frase de Felipe II tras la vuelta de la Armada (In)vencible: «Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades».

La Comisión Europea dice ahora, sin embargo, que no aceptará en ningún caso una rebaja de la protección en cuestiones como seguridad alimentaria, protección al consumidor, privacidad o medio ambiente. En el apartado de energía, con todo, los tratados prevén, en su redacción actual, facilitar la exportación, desde EEUU a la UE, de carbón, petróleo crudo, productos derivados del petróleo y gas natural, incluidas las exportaciones de gas de esquisto estadounidense y las de petróleo de arenas bituminosas de Canadá. ¿Creemosa a la Comisión Europea? Va a ser que no. Prefiero confiar en este asunto, en partidos como EQUO o IU, para los cuales el TTIP es un asunto de oposición frontal. O en Podemos que hará de este asunto un tema central en la campaña electoral a punto de comenzar. Señores capitalistas, si pretenden el triunfo en esta empresa, que al parecer es de origen divino, como lo fue el de la Armada (In)vencible, sus negociadores y demás personal de las delegaciones, pueden observar la directriz que dio Felipe II a su flota antes de partir: no blasfemar y antes de la caída del día rezar el Ave María y los sábados la Salve. Quizás les dé resultado así.

 

La luz y su factura

2 May

Hoy escribiré sobre cosas cotidianas, como la luz y su factura. Lo haré desvelando aspectos que se hallan en la sombra o, al menos, en la penumbra, e influyen en la cuantía del recibo. Me refiero a las ayudas públicas a determinadas fuentes energéticas y las decisiones políticas que las adoptan.

¿Sabía: qué en España las empresas eléctricas tienen 26 millones de clientes particulares; qué el sector eléctrico es un oligopolio, con predominio de participación extranjera; qué la generación de energía solar o eólica por particulares, para autoconsumo, está penalizada por el conocido como impuesto al sol; qué la generación de energía nuclear recibe 80 veces más ayudas públicas que las energías renovables; qué la minería del carbón nacional se mantiene con ayudas públicas tanto a la extracción como a la producción de energía eléctrica; qué el carbón es responsable del 70% de las emisiones CO2 del sector productor de electricidad en España?

Hace escasos días fue presentada en el Congreso de los Diputados, una Proposición No de Ley, que bonifica el tipo impositivo que grava el carbón nacional; qué fue aprobada en la penumbra de la Comisión de Hacienda y Administraciones Públicas, donde no hay presencia de los diputados ecologistas de Equo, con los votos a favor de PSOE, Podemos, Foro Asturias, y las abstenciones de PP y C’S. La iniciativa aprobada y la situación del sector descrita, evocan una secuencia de la película de «Los Hermanos Marx en el Oeste». Aquélla en la que Groucho indica a sus hermanos que hay madera en el tren para alimentar el fogón y grita desde la locomotora: ¡Traed madera, traed madera! El plano final muestra el tren en marcha con los vagones desmantelados, sin techo y sin paredes.

La razón invocada para la aprobación proposición no de ley fue de soberanía energética: la reducción de la dependencia de las importaciones de carbón. A pesar del disfraz, no deja de ser un reclamo electoralista coloreado de nacionalismo energético. No se ha dicho, porque no interesa, que la iniciativa traerá efectos perjudiciales. Socio-económicos, porque la bonificación no sirve para iniciar la transición de las zonas mineras afectadas hacia una economía descarbonizada. No moviliza recursos económicos a sectores de economía verde: como las energías renovables, que crean puestos de trabajo de calidad. Sólo mantiene puestos de trabajos subsidiados y condena a la población de las zonas afectadas a un futuro huérfano de futuro. Medioambientales, porque al incentivar la utilización de energías sucias de baja calidad, como es el carbón nacional, nos aleja del objetivo de la Conferencia de París, de limitar el aumento de temperatura global a menos de 2ºC. La bajada impositiva ignora la realidad de crisis climática. Es reflejo de la creencia extendida que hay tiempo para resolver primero la crisis económica y después la triple emergencia ecológica: de recursos, climática y de biodiversidad, que padecemos. Pero, ¡no tenemos tiempo!

Estas entretelas, corrientemente ubicadas más allá de los límites de lo cotidiano, en la esfera político-económica, se ubican en la tramoya. Al ser la energía la sangre de la sociedad, el tejido conectivo que alimenta todo el entramado social, forma parte de la vida de cada día. Determina el modo de vida de todos y cada uno de nosotros. La próxima vez, por tanto, que pague la factura de la luz, piense en la influencia que tienen en su vida los actos de quienes, elegidos o no, dicen estar a su servicio. La política no puede ser justificada a través de la ley, que surge en la penumbra. Sólo puede justificarse a través de los hechos, que se sitúan en la luz. Sólo la impertinencia de la luz puede juzgar. Juzgue usted.