Del austericidio financiero a la austeridad energética

2 Sep

El nivel de energía disponible por una sociedad, condiciona el nivel o calidad de vida de ésta. Y hoy la disponibilidad de energías fósiles está en declive. El petróleo ya ha llegado a su cénit o pico y en los próximos años viene el pico del gas y el del carbón. La relación entre sistema financiero y energía la explica muy bien Manuel Casal. Señala éste que el declive energético hará inviables los actuales sistemas monetarios. Y que la falta de crecimiento económico hará inviable el sistema financiero al estar éste basado en el interés compuesto. La austeridad financiera es, así, la receta empleada para sostener la tasa de ganancia del capital. Veamos cómo es esta relación.

Lo señalado anteriormente se puede explicar con los dos sencillos gráficos que a aparecen a continuación, —la idea de los círculos concéntricos la tomo del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial, que plasmo de manera aproximada en la figura 2 de abajo y desarrollo en la figura 1—. Mientras en la primera figura, describe la actual relación de la civilización industrial en la biosfera: la economía actúa como capa o nivel omnicomprensivo que abarca todas las demás. Las restantes capas quedan supeditadas a las leyes económicas que niegan a las demás; la figura 2, representa la correcta inmersión de la especie y la sociedad humana en la biosfera, en la cual el ambiente es el nivel o capa en el que se incluyen los demás y actúa como límite de lo posible para las sociedades humanas y no humanas, sin que ello implique la negación o contraposición con los restantes niveles o capas.

           

Partiendo de la forma de la forma de inclusión del ser humano en la biosfera y la relación con el ambiente descrita para la figura 1, el principal motor de la sociedad en Occidente desde la Revolución Industrial ha sido la fe en el progreso, entendido como crecimiento económico. En coherencia con la organización económica, social y tecnológica de la civilización industrial y con su postulado principal: el progreso, las fuerzas políticas se han organizado en la defensa de los intereses de los grupos sociales (clases) que representan, a fin de obtener una parte mayor de la riqueza que se creaba, sin interesarse por los límites que impone la biosfera. El caballo de batalla ha sido y es la distribución de la riqueza que se genera. Hasta la segunda mitad del siglo XX ninguna fuerza política cuestionó el dogma del crecimiento. En los años 60 del pasado siglo el movimiento ecologista fue el primero que lo hizo. A partir de este momento ha surgido una nueva divisoria política entre fuerzas productivistas o antiproductivistas —o industrialistas y no industrialistas— según defiendan el dogma del crecimiento económico sin límites (entendido como producción ilimitada) o, por el contrario, que éste esté ceñido a los límites biofísicos y termodinámicos que impone el planeta. Esta nueva divisoria establece una nueva pugna política: la de los límites que impone la biosfera.

                        

Figura 3, (elaboración propia). Gráfico en el que se relaciona la puesta en práctica de las divisas de la Revolución Francesa, el tiempo histórico en el que aparecen y la ideología que levanta la bandera

Si se realiza un análisis de las etapas históricas que ha atravesado la civilización industrial, y se toma como eje de dicho examen la divisa de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, se observará que tanto la lucha por la libertad de la Revolución Liberal, como la lucha por la igualdad de la Revolución Socialista, han tenido en su centro la disputa por la apropiación de los recursos materiales, junto a otras luchas como: la del control de los medios de producción y la de la distribución de la riqueza. La libertad burguesa no era solo política: no solo aspiraba a sacudirse el dominio del poder del rey, reclamaba sobre todo libertad económica: la liberación de los recursos naturales, la libertad de comercio y de empresa que exigía la Revolución Industrial y que el absolutismo no podía afrontar, merced de la intervención en la economía, del déficit público y del grado de parasitismo del estamento nobiliario y la Corte que consumían directamente —en Francia— un sexto —16.6%— del presupuesto nacional. Y la igualdad socialista no solo aspiraba al acceso del proletariado a la propiedad de los medios de producción para producir y distribuir la riqueza estatalmente generada, sino que la misma conllevaba la necesidad de acceder a los recursos de manera ilimitada para poder materializar las aspiraciones del pueblo.

Los gráficos 1 y 3 ponen de manifiesto que la batalla política ha estado centrada en el nivel económico y político del gráfico 2, obviando los restantes niveles. Ello ha llevado a una subversión de dicho orden y a la preponderancia de lo económico sobre todo lo demás con olvido del nivel antropológico —entendido como la repercusión de y sobre la especie, tanto humana como restantes— y el ambiente —o biosfera— que da sustento a la vida en el planeta, tal y como se indica en la figura 1. Esta subversión ha llevado a considerar el medio ambiente como un subconjunto de la economía, como un mero stock de aprovisionamiento para la actividad productiva. Diversos estudios revelan, sin embargo, la falacia del mito de la calidad de vida ligada al crecimiento del PIB, ya que por encima de un determinado nivel de renta per cápita anual (13.000 euros), no hay mayor calidad de vida, sino mayor consumo de energía y recursos materiales, superficial y destructivo.

Una relectura en clave ambiental de los acontecimientos políticos del último tercio del siglo XX, nos muestra nuevos hitos significativos que proporcionan una nueva comprensión de ese período histórico. En la década de 1970 la destrucción de la Naturaleza dejó de ser un mal condenable, para pasar a ser contemplada como una «pérdida de servicios». En 1971 se publicaron los resultados del trabajo de modelización del mundo titulado World Dynamics, que llegó a la conclusión que la economía mundial tendía a estancar su crecimiento y a colapsarse como resultado de una combinación de la disponibilidad de los recursos, la sobrepoblación y la contaminación. En 1972 se publicó el Informe Meadows sobre Los límites del crecimiento, con un fuerte impacto. Posteriormente el sistema económico mundial ha seguido muy de cerca el escenario de declive económico (escenario “caso base”) previsto en él. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo. En la década de 1980 comienza la extralimitación ecológica y el negacionismo tanto climático como de los límites biofísicos de la economía. Entre 2005-2008 se estima que se alcanzó el máximo nivel en la producción de petróleo (pico del petróleo). Y en 2008 se produjo la segunda crisis del petróleo.

No debe despreciarse la conexión entre los hitos ambientales indicados y el giro de la economía que posteriormente se produjo. El precedente fue firma de la Carta del Atlántico, en plena II Guerra Mundial, en 1941, que declaró la voluntad conjunta de los Estados Unidos y Gran Bretaña de garantiza igual acceso a las materias primas que les fueran necesarias para su prosperidad económica a los estados. Y que, a la vez, constituía una garantía para ambos Estados. El segundo paso se dio en 1957, con la creación de la CEE como un «orden de mercado» u «orden de competencia». En 1970 se produjo el resurgir del neoliberalismo y arrancó el proceso de financiarización de la economía. En lo político este resurgir se tradujo en la elección de una triada de presidentes neoliberales: Valéry Giscard d’Estaing (1974), Margaret Thatcher (1980) y Ronald Reagan (1981). En España, la muerte del dictador en 1975 permitió que nos sumáramos desde el inicio al renacimiento neoliberal con la aprobación de la Constitución de 1978, que es el pacto fundacional del neoliberalismo en España y cuyo texto ha marcado el rumbo que ha seguido nuestro país. La principal lectura que hay que hacer de su aprobación no es la que hace la izquierda como legitimación de la continuidad del pasado, sino como un instrumento de tránsito hacia el futuro neoliberal.

Y, en estas, llegamos a la reforma del artículo 135 de la Constitución, que prohibió el déficit público y antepuso el pago de la deuda a cualquier otra necesidad pública. Esta reforma es una vuelta de tuerca más, en España, de la política neoliberal instaurada en 1978, cuyo efecto práctico ha sido la «desposesión generalizada de la riqueza» a las clases populares, sin reparo alguno, por los detentadores del capital.

Ello nos pone en la pista de dos hipótesis: una, que la derecha es consciente de la intensa e irremediable escasez que viene; dos, el diagnóstico equivocado de la crisis que hace la izquierda, pues no se trata de una cuestión puramente económico-financiera que exige redistribuir, sino que además será necesario pisar el freno y relocalizar. La insistencia de la izquierda en el crecimiento económico es un error anacrónico que parte de una comprensión superficial de la actual crisis, por cuanto el crecimiento económico del que gozamos y la complejidad de los modernos Estados está en relación directa con la cantidad disponible de energía con alta tasa de retorno energético  que proporcionan las energías fósiles, actualmente en fase de declive.

Con el mantenimiento del mito del crecimiento, la izquierda se encierra en un bucle del que no puede salir y se desliza por el marco que establece la derecha. Tras la proclamar que la austeridad es mala, ¿cómo piensa la izquierda explicar a la sociedad que la austeridad es mala pero la frugalidad material es buena? Sin quererlo ni buscarlo legitima la austeridad financiera que ha impuesto el capital, al mantener el debate dentro del marco que ésta ha establecido, en vez hacer una impugnación total del sistema y establecer otro marco para el debate político: el de la transición civilizatoria hacia una sociedad de prosperidad sin crecimiento.

Como bien explica Manuel Casal en su libro, la actual creación de dinero bancario a escala mundial está basada en la perpetua creación de deuda, lo cual requiere que la economía de mañana sea, en términos cuantitativos, mayor que la de hoy para permitir no solo devolver el crédito sino también pagar los intereses. La Gran Recesión de 2008-2009 —que fue una crisis con origen ambiental—  fue un efecto del agotamiento del petróleo, tras haber alcanzado el pico de producción. El esquema de crecimiento actual asentado en la expansión del crédito, requiere un flujo creciente de energía barata que alimente la economía real. Cuando ese flujo de energía fósil barata se ha secado debido al cenit del petróleo, el sistema ha comenzado a fallar y seguirá esa senda hasta el colapso. Si no se pueden pagar los intereses de la deuda el sistema no es viable. Y hoy no cabe esperar  siquiera que se alcance la capacidad de devolver el principal de los préstamos vivos.

Separar lo financiero de la base material de la economía ha sido posible un tiempo, pero esta disociación no es posible mantenerla a largo plazo con el declive de las energías fósiles. La Gran Crisis de 2008 ha evidenciado que «lo sociopolíticamente posible es (…) un subconjunto de lo posible físicamente». Lo que está más allá de los límites que impone la biosfera, por tanto, está fuera de las posibilidades de la política. Así pues, en vez de aplicar recortes, austeridad y rescates financieros, operaciones que —como dice Antonio Turiel— no son más que un plan de liquidación de activos para pagar una deuda impagable y con los intereses prometidos, es necesario que la deuda ecológica sea tenida en cuenta; se implemente una política de recortes de la producción excesiva para la biosfera y superflua para la sociedad; se establezca un plan de austeridad energética real; y se ordene e implemente un objetivo de rescate y restauración de las partes dañas de la biosfera. No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades financieras, como gusta acusar a la derecha, sino por encima de los límites del planeta, que es un matiz que siempre queda oculto.

Siguiendo el hilo conductor que trazan las divisas de la Revolución Francesa y partiendo de los retos y amenazas que —como especie— hemos de afrontar en el siglo XXI: la transición civilizatoria y el cambio climático, hemos de dirigir la evolución de nuestros valores hacia la fraternidad y encaminarnos hacia la inmersión real de la civilización humana dentro de los límites de la biosfera. Propuestas de este calado, hoy por hoy, solo están siendo formuladas por el movimiento decrecentista/colapsista y la ecología política. Jugar con las reglas del sistema no sirve y quienes debido a su realismo político han han impugnado el sistema han sido adjetivados de terroristas. La vía por la que hemos de transitar —como sociedad y como especie— pasa, por tanto, por recorrer el camino que va desde el austericidio financiero hasta la austeridad energética voluntaria y planificada, la autolimitación, la frugalidad y la vida simple. Lo demás, como dice un amigo, es música de flauta.

¿Por qué no triunfa la opción verde en España?

13 Jun

La ecología política tiene una visión del mundo, un proyecto de vida buena y un programa de cambio. Los dos elementos centrales en los que apoya su discurso son: la sustentabilidad y la «democratización de la democracia». En España se consideran ecologistas: el 5,0% de los ciudadanos como primera opción; y el 6,4% como segunda opción. El 11,4% de ciudadanos, se declara ecologistas, de una manera u otra. No es mal porcentaje para empezar a romper las barreras electorales. Entonces: ¿por qué no triunfa la opción verde en nuestro país? Esta es una pregunta que me formulado muchas veces.

Quien posee los medios de producción es el dueño de la riqueza. Así pues la pugna entre derecha e izquierda ha girado siempre sobre la propiedad de éstos y la redistribución de la riqueza. Y nada más. Pero la redistribución de la riqueza, en nuestra sociedad, es redistribución del consumo, que se realiza a través de una producción no sujeta a límites, para que el bienestar pueda alcanzar a todos. Entre derecha e izquierda hay diferencias sobre el nivel máximo o el óptimo de producción. La no sujeción de la producción a límites, sin embargo, es un dogma pacífico. Es desde este límite, el del planeta, desde donde los ecologistas señalan que habría que haber realizado tanto el debate sobre la producción, como la discusión sobre la redistribución, y el resto de debates derivados: economía, condiciones laborales, modelo de democracia.

La limitación de la producción, y su subordinación cuantitativa a los límites biofísicos del planeta —uno de los principios centrales del ecologismo— es un torpedo en la línea de flotación del proyecto político tanto de la izquierda como de la derecha, que deja al descubierto la inmundicia de sociedad industrial: la destrucción ambiental. Destrucción que, en España, encuentra legitimación bajo el manto de la libertad de empresa. Inmersos en el corto plazo, el debate sobre la producción queda enmascarado por  la controversia sobre la titularidad de los medios y la disputa por la redistribución de la riqueza. Por controversias sobre aspectos derivados de aquél —el medio ambiente, las energías renovables, la economía, el mercado de trabajo—, sin que se llegue a fijar en éstas la conexión entre planeta y producción. Estos debates son batallas sectoriales, que distraen la atención del debate principal, pues para el capitalismo los daños ecológicos pueden repararse sin interrumpir los mecanismos de mercado y de acumulación de riqueza. Sirva como prueba de lo dicho, que la reconversión de la civilización industrial y la creación de una relación simbiótica con la Naturaleza aún no ocupa el centro del debate político.

Impregnadas todas las fuerzas políticas, en mayor o menor grado, de aspectos sectoriales del programa ecologista, el espacio político verde es ocupado tanto desde la izquierda como desde la derecha, al tiempo que el ecologismo, por su debilidad, es expulsado de la centralidad del tablero político hacia sus márgenes, desde donde sólo ejerce un papel subalterno. Pero no estar presente en el escenario central de la política, en el tiempo de la política espectáculo, es complicado de mantener durante un período de tiempo prolongado. Derecha e izquierda ganan legitimación ante los ciudadanos, con la usurpación de parte del «corpus ideológico» ecologista, a la vez que éstos se descapitalizan por su invisibilidad y su dilución en otras fuerzas políticas, que les impide confrontar su proyecto en el mercado electoral.

Para las fuerzas políticas productivistas la Naturaleza no es políticamente relevante. El debate sobre la conexión entre sustentabilidad y democracia no existe. Ni interesa. El medio ambiente es considerado como una cuestión técnica, en manos de técnicos cuyas propuestas se dirigen a hacer más eficiente la máquina productiva. Menos consumo de recursos y energía por unidad de producto, es igual a mayor producción en términos de cantidad. Lo que se traduce en mayor beneficio, con el mismo, o casi el mismo, daño ambiental. No importa. Lo que cuenta es que todos estén contentos, tanto a derecha como a izquierda, a pesar que la sobreexplotación de la Naturaleza es la causa del agujero de la capa de ozono, del cambio climático, del agotamiento de recursos o de la crisis de biodiversidad. Estos problemas, sin embargo, son vendidos a los ciudadanos como complicaciones medioambientales inevitables de la moderna sociedad industrial, no como los efectos indeseables de la hiperproducción. Que, por cierto, son evitables.

El debate sobre la producción queda enmascarado tras debates parciales, velado. Sutilmente vedado. Se proyecta, así, la apariencia de estar trabajando en la dirección adecuada y estar haciendo lo suficiente. La realidad es que todo sigue igual, y se hace poco o nada. El caos ambiental se atribuye al consumo de los individuos, cuando en realidad ha sido originado por la hiperproducción del sistema capitalista. La tarea del ecologismo es hacer que la confrontación con el productivismo se convierta en la disputa política central, rediseñar la seguridad ambiental y climática y proyectar una nueva prosperidad colectiva, señalando el deterioro del bienestar —individual y colectivo— producido por causas ambientales. Este trabajo deberá ser acompañado del quehacer de la «democratización de la democracia», una de cuyas tareas esenciales es abrir el contenido de la sustentabilidad al diálogo y a la deliberación social, otra, dar voz a aquellos que no la tienen: las generaciones futuras y el mundo natural.

Hemos de preguntarnos, por tanto, hasta que punto responden las democracias, en su actual configuración, a los imperativos de una crisis climática que afecta potencialmente a la supervivencia de los ciudadanos, de las generaciones futuras y del mundo natural. ¿Cuáles son las alternativas? La democracia verde. En contra de lo que pueda parecer, el espacio político del ecologismo está virgen, pues la sensibilidad política medioambiental, en España, se encuentra en la denominada «izquierda verde», que es diferente del ecologismo, al cual ésta se tiene que federar. Corresponde a los ecologistas, por tanto, si desean ocupar el espacio central del tablero político que les corresponde, construir una alternativa que muestre su visión del mundo, su proyecto de vida buena y su programa de cambio, y confrontarlo electoralmente con las fuerzas políticas que usurpan su proyecto, para ofrecer a los ciudadanos su visión y la solución que proponen respecto a los retos que en el s. XXI se plantean para la humanidad y para el planeta. Los ciudadanos lo esperan con expectación.