El nuevo marco de la acción política

14 Abr

La política del siglo XXI demanda un nuevo consenso marco que capte nuestro tiempo, para sobre él refundar los restantes pactos. Vivimos un «escenario posnatural» que –a golpe de calor y sequía en un mundo hiperglobalizado e hiperconectado– pide que los acuerdos políticos y sociales vigentes se conviertan en un contrato posmaterial. En la reforma de la Constitución de 1978 que se está reclamando en el Congreso de los Diputados, sin embargo, nadie ha alzado su voz en el Congreso en favor de traer al debate este nuevo consenso.

Debate que es necesario cuando la especie humana se ha convertido en una fuerza geológica. Cuando su influencia sobre el medio ambiente es de tal alcance y magnitud que la Tierra está «moviéndose hacia un estado diferente». Debido a ella hemos inaugurado una nueva era: el antropoceno. Con este término se expresa el impacto de la masiva influencia del ser humano sobre los sistemas biofísicos del planeta. Su consecuencia más visible y espectacular es el cambio climático. Pero no es la única. Se incluyen también en esta categoría: «la disminución de la superficie de selva virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las actividades mineras, las infraestructuras de transporte, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de organismos, la hibridación creciente». Hasta ahora el antropoceno sólo era una hipótesis científica huérfana de una tesis política que la acomodara a la praxis política. Hoy, sin embargo, esta hipótesis ha sido asumida por los partidos verdes. Esta orfandad hoy es menos huérfana con esos partidos operando como francotiradores. Hoy sólo es aislamiento, abandono e insuficiencia.

Es preciso, por todo ello, generar un consenso ecológico desde el que refundar los pactos y emociones políticas, sociales y territoriales a fin de legitimar la política de este tiempo. Una acción política en la que «los gobiernos, empresas, colectivos ciudadanos y otros [actores] compiten por la autoridad», «pero colaboran» para abordar los desafíos globales. En éste tiempo de política compleja conviven «grandes potencias mundiales, interdependencia globalizada y poderosas redes privadas» y estos actores con una crisis civilizatoria. No es tiempo de elecciones binarias.

Para fundar este nuevo consenso es vital desconectar el concepto de democracia del de nación y del de clase social, ya sea en forma de burguesía o de proletariado. Y conectarlo al concepto de especie. El objetivo de esta desconexión y reconexión es dejar atrás la democracia del tener –la de la acumulación de poder o riqueza ya se trate de naciones o de individuos−, para transitar hacia una democracia del ser –lo-uno-en-lo-diferente−, para ser parte de algo mayor organizado de forma holocrática. Se trata con ello de sustituir la mirada sobre el mapamundi, por la perspectiva del Planeta desde el espacio. No se puede ignorar lo conseguido por el ser humano, pero hay que saber que esto sólo es una parte de lo que somos. Dicho de otro modo: la historia humana sólo es una pequeña parte de la historia del planeta. Esto desde una perspectiva político-ideológica significa abandonar la conciencia nacional o de clase para sustituirla por la conciencia de especie.

La razón de ello es que dos siglos de civilización industrial, han causado una oposición entre las «fuerzas productivas» y las «fuerzas de la naturaleza» que amenaza con destruirlo todo. Las tres grandes fuerzas que hoy existen en el planeta: Naturaleza, ser humano y tecnología han formado dos bloques antagónicos. La unión de dos de ellas: el ser humano y la tecnología ha dado lugar a la creación de una economía planetaria –antropoceno− que es la mayor fuerza geológica existente. La tercera de ellas: la Naturaleza, el conjunto de seres vivos de la Tierra, tal como la describió Lovelock, es una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales y dotada de facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus partes constitutivas –Gaia−. La pugna hoy es a escala planetaria. ¿Podemos, entonces, hablar de soberanía humana o debemos sólo decir autonomía?

El cambio que se ha de operar no vendrá ni de la revolución, ni de la evolución. No es cuestión de letra más o menos. Se requiere un cambio de estado. Una metamorfosis. El ser humano, por tanto, ha de admitir que no tiene más patria que el Planeta y aceptar que somos ciudadanos de la Tierra. Una característica de estos ciudadanos sería la estar imbuidos de espíritu biorregional, que convive con un sentimiento nacional  que no invisibiliza los demás sentimientos de pertenencia. Este tipo de ciudadanía tiene rasgos comunes con los que poseen los «nativos digitales», cuyos valores definitorios son «la conectividad y la sostenibilidad». No se sienten seguros tras las fronteras que los separan de los demás fuera de sus países. Y «no creen que su destino sea pertenecer únicamente a los Estados políticos, sino conectarse a través de ellos.» Ellos, los menores de 24 años, los millenials, constituyen hoy el 40% de la población mundial.

La ciudad ha de ser concebida, por tanto, como una «naturaleza-habitada», como un espacio-tiempo en el que una y otra: ciudad y Naturaleza, no se diferencian, pues entre las dos no hay un límite que señale su cese, no existe un espaciamiento o distancia entra ambas que permita hacerlas distinguibles. La Naturaleza existe en el interior del límite −el planeta− y fuera de él no existe la ciudad. El límite no indica el cese de la Naturaleza, sino que manifiesta «aquello a partir de lo cual» empieza a existir. Es el límite entre materialidad e inmaterialidad. La naturaleza-habitada aparece como la organización del hombre en la Naturaleza. Esta ciudad así concebida estaría regida por las reglas de interdependencia y de la relacionalidad. En ella todo está relacionado con todo y, por tanto, todo dependería de todo. A nada podemos ser ajenos y nada puede sernos ajeno.

¿No significa esta concepción de la ciudad que el poder reside en la Naturaleza, que lo delega en la especie humana de forma transitoria? ¿No es esto una República? ¿No es esta República una nueva articulación del poder y del pueblo insertas en una comunidad planetaria? Esta República es lo más parecido a la definición de belleza de John Keats: La belleza es verdad, la verdad belleza, −eso es todo. Conoces la Tierra,/y todo cuanto necesitas conocer. (1)

(1) Con este artículo, como otros años, rindo homenaje a la ilusión colectiva que fue la II República, así como a todos aquellos que lucharon por traer a España sus ideales, muchos de los cuales murieron en su defensa, otros fueron represaliados y otros muchos tuvieron que partir hacia un exilio no deseado. Y especialmente rindo ese homenaje a mi abuelo: Casimiro Luque, que fue concejal del Ayuntamiento de Málaga por el Partido Radical-Socialista desde 1931 a 1933, quien tuvo que exiliarse a Chile con su familia durante 33 años por defender aquellos ideales, así como a su inseparable amigo y conmilitón Emilio Baeza Medina.

¿Por qué no triunfa la opción verde en España?

13 Jun

La ecología política tiene una visión del mundo, un proyecto de vida buena y un programa de cambio. Los dos elementos centrales en los que apoya su discurso son: la sustentabilidad y la «democratización de la democracia». En España se consideran ecologistas: el 5,0% de los ciudadanos como primera opción; y el 6,4% como segunda opción. El 11,4% de ciudadanos, se declara ecologistas, de una manera u otra. No es mal porcentaje para empezar a romper las barreras electorales. Entonces: ¿por qué no triunfa la opción verde en nuestro país? Esta es una pregunta que me formulado muchas veces.

Quien posee los medios de producción es el dueño de la riqueza. Así pues la pugna entre derecha e izquierda ha girado siempre sobre la propiedad de éstos y la redistribución de la riqueza. Y nada más. Pero la redistribución de la riqueza, en nuestra sociedad, es redistribución del consumo, que se realiza a través de una producción no sujeta a límites, para que el bienestar pueda alcanzar a todos. Entre derecha e izquierda hay diferencias sobre el nivel máximo o el óptimo de producción. La no sujeción de la producción a límites, sin embargo, es un dogma pacífico. Es desde este límite, el del planeta, desde donde los ecologistas señalan que habría que haber realizado tanto el debate sobre la producción, como la discusión sobre la redistribución, y el resto de debates derivados: economía, condiciones laborales, modelo de democracia.

La limitación de la producción, y su subordinación cuantitativa a los límites biofísicos del planeta —uno de los principios centrales del ecologismo— es un torpedo en la línea de flotación del proyecto político tanto de la izquierda como de la derecha, que deja al descubierto la inmundicia de sociedad industrial: la destrucción ambiental. Destrucción que, en España, encuentra legitimación bajo el manto de la libertad de empresa. Inmersos en el corto plazo, el debate sobre la producción queda enmascarado por  la controversia sobre la titularidad de los medios y la disputa por la redistribución de la riqueza. Por controversias sobre aspectos derivados de aquél —el medio ambiente, las energías renovables, la economía, el mercado de trabajo—, sin que se llegue a fijar en éstas la conexión entre planeta y producción. Estos debates son batallas sectoriales, que distraen la atención del debate principal, pues para el capitalismo los daños ecológicos pueden repararse sin interrumpir los mecanismos de mercado y de acumulación de riqueza. Sirva como prueba de lo dicho, que la reconversión de la civilización industrial y la creación de una relación simbiótica con la Naturaleza aún no ocupa el centro del debate político.

Impregnadas todas las fuerzas políticas, en mayor o menor grado, de aspectos sectoriales del programa ecologista, el espacio político verde es ocupado tanto desde la izquierda como desde la derecha, al tiempo que el ecologismo, por su debilidad, es expulsado de la centralidad del tablero político hacia sus márgenes, desde donde sólo ejerce un papel subalterno. Pero no estar presente en el escenario central de la política, en el tiempo de la política espectáculo, es complicado de mantener durante un período de tiempo prolongado. Derecha e izquierda ganan legitimación ante los ciudadanos, con la usurpación de parte del «corpus ideológico» ecologista, a la vez que éstos se descapitalizan por su invisibilidad y su dilución en otras fuerzas políticas, que les impide confrontar su proyecto en el mercado electoral.

Para las fuerzas políticas productivistas la Naturaleza no es políticamente relevante. El debate sobre la conexión entre sustentabilidad y democracia no existe. Ni interesa. El medio ambiente es considerado como una cuestión técnica, en manos de técnicos cuyas propuestas se dirigen a hacer más eficiente la máquina productiva. Menos consumo de recursos y energía por unidad de producto, es igual a mayor producción en términos de cantidad. Lo que se traduce en mayor beneficio, con el mismo, o casi el mismo, daño ambiental. No importa. Lo que cuenta es que todos estén contentos, tanto a derecha como a izquierda, a pesar que la sobreexplotación de la Naturaleza es la causa del agujero de la capa de ozono, del cambio climático, del agotamiento de recursos o de la crisis de biodiversidad. Estos problemas, sin embargo, son vendidos a los ciudadanos como complicaciones medioambientales inevitables de la moderna sociedad industrial, no como los efectos indeseables de la hiperproducción. Que, por cierto, son evitables.

El debate sobre la producción queda enmascarado tras debates parciales, velado. Sutilmente vedado. Se proyecta, así, la apariencia de estar trabajando en la dirección adecuada y estar haciendo lo suficiente. La realidad es que todo sigue igual, y se hace poco o nada. El caos ambiental se atribuye al consumo de los individuos, cuando en realidad ha sido originado por la hiperproducción del sistema capitalista. La tarea del ecologismo es hacer que la confrontación con el productivismo se convierta en la disputa política central, rediseñar la seguridad ambiental y climática y proyectar una nueva prosperidad colectiva, señalando el deterioro del bienestar —individual y colectivo— producido por causas ambientales. Este trabajo deberá ser acompañado del quehacer de la «democratización de la democracia», una de cuyas tareas esenciales es abrir el contenido de la sustentabilidad al diálogo y a la deliberación social, otra, dar voz a aquellos que no la tienen: las generaciones futuras y el mundo natural.

Hemos de preguntarnos, por tanto, hasta que punto responden las democracias, en su actual configuración, a los imperativos de una crisis climática que afecta potencialmente a la supervivencia de los ciudadanos, de las generaciones futuras y del mundo natural. ¿Cuáles son las alternativas? La democracia verde. En contra de lo que pueda parecer, el espacio político del ecologismo está virgen, pues la sensibilidad política medioambiental, en España, se encuentra en la denominada «izquierda verde», que es diferente del ecologismo, al cual ésta se tiene que federar. Corresponde a los ecologistas, por tanto, si desean ocupar el espacio central del tablero político que les corresponde, construir una alternativa que muestre su visión del mundo, su proyecto de vida buena y su programa de cambio, y confrontarlo electoralmente con las fuerzas políticas que usurpan su proyecto, para ofrecer a los ciudadanos su visión y la solución que proponen respecto a los retos que en el s. XXI se plantean para la humanidad y para el planeta. Los ciudadanos lo esperan con expectación.

El día mundial de la mitad del ambiente

4 Jun

La decisión del Presidente de EE.UU. de abandonar el Acuerdo de París, sobre cambio climático, ha convertido el día mundial del medio ambiente en el día de la mitad del ambiente. Al ser EE.UU. el segundo emisor global de gases de efecto invernadero, la crisis climática ha puesto de manifiesto que la frontera entre lo global y lo local es difusa. Que lo local también es global. El Presidente Trump, no ha sido elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, en vez de los de París, como dice. La justificación de esa afirmación se ancla en un nacionalismo económico egoísta: América First, que no tiene en cuenta que las emisiones de CO2 de EE.UU. afectan a todos los ciudadanos del planeta, no sólo a los estadounidenses, ni que los recursos que consumen no son sólo estadounidenses. Dice Welzer que en el s. XXI no nos mataremos por la ideología, sino por los recursos. Y en ello estamos.

Trump niega que, tras la crisis climática, «las reglas del libre mercado» deban reinterpretarse y acomodarse a la capacidad de la biosfera. Que las leyes de comercio deban reescribirse. Y que ésta rescritura deba acarrear una «contención drástica de las fuerzas del mercado». La negación de la crisis climática, de Trump y de la derecha extrema, es la negativa a pagar la deuda ecológica que hemos contraído con el planeta por nuestra actividad económica. Ésta es un acto de codicia cuya finalidad es perseverar el bussines as usual y anunciar que la solución vendrá de la mano de la geoingeniería.  Y es, además, un acto de estupidez, pues, a pesar del cambio climático que hemos desatado, su punto de partida es la inamovilidad de los valores capitalistas dominantes. Stiglitz sugiere que si EE.UU. se retira del acuerdo sobre cambio climático, se pongan impuestos a los bienes allí producidos, cuando esos bienes no cumplan los estándares ambientales. Y no es mala idea.

La libertad no puede ser, entonces, un poder hacer, sin más límite que el que impone la ley humana. El cambio climático lo confirma. No puede ser ejercida más allá de los límites físicos del planeta. Adorada como un atributo divino. Contaminar no reafirma la soberanía, como pretende Trump, sino que hurta la libertad de otros y se apropia del bienestar de todos.

A fin de reforzar la observancia de los compromisos adquiridos por los países firmantes del Acuerdo de París, dada su naturaleza voluntaria, y de levantar una barrera frente a una posible epidemia de abandonos o que países firmantes que anuncien la inobservancia de facto de los compromisos adquiridos, siguiendo el ejemplo norteamericano, es útil que cada país constitucionalice los objetivos del Acuerdo de París e incorpore en su Constitución medidas de gobernanza climática, a fin de mantener el calentamiento de la Tierra por debajo de los 2°C, y evitar sus efectos catastróficos. La adopción de esta medida abriría la puerta al control, por los Tribunales Constitucionales y por los tribunales ordinarios, de las leyes o decisiones internas, que pudieran violentar los objetivos de estabilización climática. Al tiempo que se pondría la primera piedra de un futuro estado ecológico.

EE.UU. no tiene que comprar las entradas de la película que Trump quiere proyectar. Pero si acompañarnos a visitar la esperanza. Dar una vuelta por Loos-en-Gohelle, el pueblo minero francés que cambió de mentalidad, y desde su identidad, dejó de hacer lo que era costumbre, para avanzar hacia algo mejor, más sostenible, más ecológico, más racional, aprovechando las ventajas locales. El pueblo se ha convertido desde entonces, a la vez, en «lugar de memoria» y «camino del futuro». Y también deben acompañarnos a conocer Totnes, la pequeña ciudad inglesa donde nació el Movimiento de Ciudades en Transición, para que, como en ella, en todas las ciudades florezcan los comercios independientes, abunden los productos ecológicos locales elaborados de forma artesana, o se reparen bicicletas a cambio de abrazos o porciones de tarta.

La crisis climáticoa no es una cuestión de eficiencia en  el uso de los recursos, como pretende la UE, que continúa operando en términos de reducción de costes. Es algo completamente distinto. Es cuestión que los ciudadanos sean tenidos en cuenta al tomar las decisiones que les afectan. Y es hora que éstos pasen a la acción y no dejen el liderazgo de la lucha contra el cambio climático a gobiernos o empresas. No tiene sentido seguir no haciendo nada, frente a quienes no hacen nada o frente a quienes contaminan. No lo harán esos otros por nosotros. Es hora que las personas nos conectemos con la Naturaleza, salgamos al aire libre y nos adentremos en ella para apreciar su belleza y reflexionar acerca de cómo somos parte integrante de ésta y lo mucho que de ella dependemos. Éste ha de ser el único año en que el día mundial del medio ambiente, tenga que ser vivido como el día de la mitad del ambiente.

Profanación, polución, corrupción

25 Ene

Tras ser arrojados al mundo los seres humanos ensuciamos nuestra guarida, igual que muchos animales, sin preguntarnos si vivimos encerrados en los muros de nuestras ciudades o vivimos bajo la bóveda de las constelaciones. Sin interrogarnos si nuestra morada es el mundo o ésta es el planeta. Ensuciamos la memoria, ensuciamos el entorno y ensuciamos la materia. La suciedad es el elemento común de la profanación, la polución y la corrupción. Tres acciones que personifican de forma figurada o real la acción de ensuciar. Manchando, contaminando y mancillando, hemos desobedecido a la pureza. Y a la pietas. Y esta impureza ―a la que le acompaña la impudicia, como no puede ser de otra manera― pone de manifiesto tres rupturas: trascendente, natural y moral.

Primera ruptura. Profanación. Dios ha muerto, proclamaron Hegel, Dostoiesvki y Nietzsche. Con esa muerte culminamos una práctica que iniciamos hace 430.000 años, en Atapuerca, con Cr-17. En el siglo XX la ciencia y la tecnología con su presunción de libertad subyacente, proveyeron al ser humano de una experiencia prometeica que le permitió escapar a las ataduras morales anteriores. Los nazis percibieron esos cambios. Ningún poder, sintieron, había ya por encima del hombre. El Holocausto inauguró una nueva era. La del exterminio masivo de vida humana exento de culpa. Sin necesidad de redención. Auschwitz fue el rito expiatorio, el juego sagrado que había que inventar, para que «el superhombre» apareciera digno de la grandeza del robo perpetrado: el del fuego de los dioses.

Segunda ruptura. Polución. Tras la muerte de Dios, envenenamos el planeta. El que creemos poseer en propiedad por herencia. Pero somos Tierra. Nuestro cuerpo está constituido con los elementos de la tierra, el aire nos da el aliento y el agua nos vivifica y restaura. Nada de este mundo, por tanto, nos puede resultar indiferente. «El libro de la naturaleza es uno e indivisible». Incluye el medio ambiente, la vida, las relaciones sociales, la economía. Todo. El cambio climático es fruto, a la vez que símbolo. Es el signo de una Naturaleza doliente, casi agonizante, cuya extinción está perpetrando el hombre. Desde una perspectiva teológica la Naturaleza sería un siervo doliente, que en su experiencia de soledad y tribulación, representa su propio misterio de pasión y cruz. El origen de esta encarnación está en el aislamiento del ser humano tras los muros de la ciudad, en la ruptura de nuestro lazo con la Naturaleza. En verse como habitantes del mundo, sin ver el planeta. Desde ella el hombre ejerce un poder sin límites sobre el planeta. La Naturaleza queda reducida a la naturaleza humana. Al igual que Dios, la Naturaleza tampoco es considerada hoy fuente normativa, moral o trascendente. El contrato natural ahora es un simple contrato de suministro.

Tercera ruptura. Corrupción. Tras la II Guerra Mundial las democracias liberales, en su pretensión de apropiación de la Naturaleza, cayeron, sin saberlo, en lo más profundo del pensamiento hitleriano. Su ambición de confinarla de una manera absoluta a una existencia sujeta al tiempo: el tiempo del consumo, que es el tiempo que pasa. Ésta es la misma ambición que la que tenía Hitler respecto al ser humano. Y en esta voluntad de apropiación absoluta se revela en una máxima: la hipernaturaleza productiva. Principio que sanciona un nuevo concepto de Naturaleza, que igual que el principio totalitario de «hiperhumanidad» busca crear una nueva naturaleza. Lo hace desde una práctica eugenésica usando para ello una doble delimitación: positiva, al fijar de manera activa el ideal de Naturaleza ―transformada genéticamente― a través del uso de una diversidad biológica reducida sólo a las variedades de mayor rendimiento productivo y al empleo de métodos industriales de producción alimentaria en masa; y negativa, a través de la eliminación de la parte de la Naturaleza que es perjudicial para el sistema económico, esa que destruye la prosperidad debido a su insuficiente tasa de producción, y que se concreta en una no-naturaleza. Este fundamentalismo economicista neoliberal, que exalta por encima de cualquier otro aspecto, cualidad o característica, la eficiencia económica, y aniquila los cuerpos superfluos o corruptos, es el equivalente a la glorificación totalitaria de la sangre del nazismo y al ennoblecimiento de los trabajadores en armas del estalinismo. Un dato, a la vez que consecuencia, emana de esta ruptura: el incremento de la temperatura media que el planeta alcanzó en 2016 es el que estaba previsto alcanzar en 2100.

Epílogo. La ciudad de la modernidad ha roto el contrato natural. Ya no es un simbionte. Se ha convertido en un parasito. Obtiene todo de su hospedador y a cambio produce le daño. Profana, poluciona, corrompe. Ha levantado un altar para que la llama del fuego prometéico de producción y de consumo, que viaja de ciudad en ciudad, no se apague. ¿Para ir a dónde? La ruta continúa inalterada. Seguimos instalados en el participio femenino de romper (rupta): arrebatando y quebrando. La ciudad «habita la historia», porque el contrato social moderno ignora la Naturaleza. Por él hemos desanudado el lazo que nos ataba al planeta, cortado el vínculo «que enlaza el tiempo que pasa y transcurre y el tiempo que hace». Sin responsabilidad, exentos de culpa, ponemos cartas en el féretro de la Naturaleza, para que las lea Dios cuando le lleguen. Solo comprendiendo lo que no somos, decía C. Amery, podremos seguir siendo la corona de la creación.

Violencia ecológica: medios y fines

30 Dic

Si la violencia tiene formas específicas en lo histórico y en lo social, y se produce en contextos igualmente específicos que le otorgan sentido, la forma específica de violencia de la época en que vivimos es la violencia ecológica: una explotación económica, sin límites, de la Naturaleza, hasta el punto de violentar y destruir sus leyes. Esta violencia, que ha cambiado la relación entre medios y fines, sin embargo, no es calificada como tal. Es apreciada como fuerza legítima, violencia autorizada, poder legal o poder del estado. El ensayo de W. Benjamín «Zur Kritik der Gewalt», de 1920, ha adquirido, otra vez, inusitada vigencia, debido al cambio climático. La manifestación de sus efectos y su progresiva amplificación ha creado una crisis global y del orden democrático-(neo)liberal, similar a la que ocasionó el ascenso del nacionalsocialismo en Alemania. La especificidad de la situación actual es la interrelación entre la crisis ecológica global, de la que su mayor expresión es el cambio climático; una crisis financiera; y la crisis del trabajo que ha originado la automatización.

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La vigencia que muestra el ensayo de Benjamín, pone de actualidad nuevamente el problema de la violencia. En este caso, el de la violencia ecológica. En este contexto debemos preguntarnos si la violencia, esta violencia en concreto, sólo puede ser perpetrada en el ámbito del derecho, la política o la moral. O si también es posible la existencia de una violencia natural, posibilidad hasta ahora negada.

El cambio climático, en una paradoja, permite afirmar la existencia de este tipo de violencia. Éste no puede ser calificado como un suceso semejante a un terremoto. Un seísmo es resultado de la acción de las leyes de la geología. Se desencadena sin intervención humana. El cambio climáticono es un suceso. Ni tampoco un simple fenómeno. Es la respuesta de la Naturaleza al quebrantamiento de sus leyes. Es un acontecimiento. Algo  perturbador, que parece suceder de repente e interrumpe el curso normal de las cosas. Esta percepción es la que tiene la gente del cambio climático. Además como dice Zizek, «reconfigura el presente y habilita un futuro impensable sin él,  (…) redimensiona y articula el pasado que le precede para que este pasado pueda abrazarlo, encajarlo, explicarlo.»

Pero el cambio climático es, además, antropogénico. Un acontecimiento originado por la mano del hombre, bajo el amparo del Derecho del Estado. Violencia natural desatada por el hombre, que opera y despliega sus efectos en la biosfera. Pero también en el orden simbólico del derecho, de la política y de la moral. Guerras del petróleo por el control de los yacimientos y la seguridad del suministro; migraciones masivas por causas ambientales. Auge de una extrema derecha xenófoba y nacionalista. Tratados, acuerdos y convenciones climáticas (el último, el Acuerdo Climático de París).

El cambio climático es poder constituyente

La violencia del cambio climático afecta a la «vida desnuda», pero también al animal político, al «’algo más’ del zoon politikon aristotélico». Afecta a la vida desprovista de protección jurídica y, del mismo modo, al ciudadano y a la ciudad. Es ley natural rota. Violencia pura.  Destruye el derecho humano y las leyes económicas. Pero a la vez funda, instituye, un nuevo derecho, cuyo marco y límite habrán de ser las leyes naturales. Es poder constituyente. Afecta a la política. El modelo de deliberación parlamentaria de producción de las leyes queda, por tanto, puesto en cuestión. Y si la democracia está en crisis, también lo estará el concepto de derecho propio de ella. Ese que proclamó que la propiedad es un derecho inviolable y sagrado, y declaró la libertad de empresa, productora de la violencia ecológica.

El cambio climático evidencia la ironía que él mismo constituye: el máximo despliegue de poder humano, coincide con su máxima impotencia

La violencia ecológica, por tanto, niega el axioma que el enjuiciamientode los medios sólo puede hacerse desde el derecho positivo activo y no desde el derecho natural. El cambio climático muestra la necesidad que este enjuiciamiento se realice desde esta segunda óptica: la de la ley natural. En la distinción entre medios y fines, se ha sostenido hasta ahora que cuando había una contradicción entre fines justos y medios justificados no existía una solución. La explotación sin límites de la Naturaleza se ha considerado un medio legítimo para alcanzar progreso y bienestar social e individual. No existía contradicción entre medios y fines. Eran justificados y justos. El cambio climático, sin embargo, ha advertido la necesidad ineludible de interrumpir, de detener,la continuidad violencia ecológica-derecho. Desvela una violencia que pretende un fin injusto. Que se apoya en un derecho inaplicable, cómplice de la destrucción de la Naturaleza y sus leyes. El cambio climático evidencia la ironía que él mismo constituye: el máximo despliegue de poder humano (científico, técnico y económico), coincide con la máxima impotencia humana.  Violencia instalada en la Naturaleza que se erige como autoridad, para excluir la violencia económica que amenaza el orden natural.

 El contrato social necesita ser acompañado de un contrato natural

El enjuiciamiento de la actividad humana desde la óptica de la ley natural, permite poner en relación dos realidades hasta ahora desconectadas: Naturaleza y mundo. Desde esta óptica se puede sostener que el cambio climático introduce la Naturaleza en la Historia y la Historia en la Naturaleza. Cabe preguntarse entonces: ¿Puede ser considerado el cambio climático una categoría histórica? Si. El cambio climático debe ser pensado como una nueva categoría del análisis histórico. Y es que la representación de la Historia que origina el cambio climático ya no puede mantenerse. La interrelación del ser humano con el planeta ya no es física, corporal, individual; sino global, colectiva. Ya no es con los elementos locales, sino con la atmósfera, los océanos, los desiertos, las selvas. Con las reservas de recursos. Las megalópolis han devenido «variables físicas que ni piensan, ni pacen, pesan.» Se han hecho tan irreverentes para el planeta como el grafitti de la pared de un cementerio que decía: «levantaos gandules, la tierra para el que la trabaja». En este contexto histórico, en el que la «teología de la producción» ha llevado hasta sus últimas consecuencias el mandato bíblico «dominarás la tierra», el viejo contrato social debe ser acompañado de un nuevo contrato natural. El ser humano no puede continuar viviendo encerrado en lo social, ignorando el planeta. «El contrato social viene directamente de la naturaleza.»

Política de supervivencia frente a la crisis ecológica, pero también frente a un fascismo latente como tendencia de masas que espera ser activado. Y lo será sino se firma el nuevo contrato. Un fascismo que, en su versión siglo XXI, se puede presentar también como un deslizamiento hacia regímenes autoritarios o disfuncionales que esgrimen el cambio climático como técnica de control social y de persuasión bajo el pretexto de actuación frente a la emergencia climática y la escasez de tiempo. Ecofascismo.  Algunos think tank piden ya que las implicaciones del cambio climático y el calentamiento global se integren en la estrategia de seguridad nacional y de defensa, no en la estrategia de lucha contra el cambio climático. Para Benjamín «la regla es el “estado de excepción”». Hoy éste es ecológico, además de social.

Medea, naturaleza y androcentrismo

7 Oct

La Naturaleza al igual que Medea, es sabia, hábil, fuerte, luchadora. Por eso es amada por unos y respetada y temida por todos. Durante mucho tiempo simbolizó la hembra horrible, imposible de apaciguar, incapaz de llegar a compromisos. Lo que está fuera de la razón. Lo que debe ser dominado.

Al igual que el mito griego, la Naturaleza y el ser humano representan un matrimonio muy racionalizado. Pero el hombre la trata como a una hechicera, como una bruja seductora, a la que cree poder dominar a través de la explotación. Con las herramientas que usa para su explotación, cree que la puede hacer vibrar como si una vulva se tratara. Como Jasón a Medea, el hombre ha traicionado a la Naturaleza con su amante: la técnica. Hechizado alumbra otras nuevas y la deifica.

Esta devoción androcéntrica, no es más que una tentativa de dominio. Horkheimer dice que el dominio sobre la Naturaleza incluye el dominio del hombre. Las mujeres, al igual que la Naturaleza, han sido constantemente relegadas a un papel subordinado: ellas al ámbito privado de la casa; Ella a la condición de mero stock de aprovisionamiento. Pero la Naturaleza, al igual que Medea o Antígona, ha comenzado a cobrarse su venganza, pero no una venganza sin más, sino una venganza de principios, de sus leyes. Ella se mantiene consecuente, lógica, pero no absurda, irracional. Por eso en la explotación de la naturaleza no hay tragedia, sino la fingida ignorancia del hombre. Ironía.

La forma-de-vida del hombre provoca que la Naturaleza se avergüence de las heridas en su cuerpo. De mirar y de «ser mirada». De tener que «asistir sin remedio a su propia ruina», de ser «testigo del propio perderse». Le ocasiona sonrojo ser «entregada a lo inasumible», que no es algo externo, sino que está en la propia intimidad de la Naturaleza: ¿hay algo más íntimo para ella que el hombre?.

La Naturaleza carga con su destino: el hombre (lo íntimo), al que no puede rechazar. Se somete a su explotación. Pero es con el acto del sometimiento como, paradójicamente, afirma su soberanía. Deviene (simbólicamente) en sujeto en el más pleno sentido de la palabra: el que se somete. La contemplación de la destrucción del planeta y la «imposibilidad de evasión» de sí misma, del conflicto entre ley y justicia (entre leyes de la Naturaleza y leyes económicas del hombre), ha mutado a la Naturaleza. La traición del hombre y su entrega a la técnica, ha transformado el grito de ésta en furia: en asesinato y en venganza. Medea ha resuelto matar a Antígona. Ha desatado para ello procesos de cambio global, que terminarán con la existencia del hombre en el planeta, si éste no abandona a su amante.

La Naturaleza, como las mujeres, determina lo que el razonamiento masculino es capaz de hacer. Ambas se colocan en el límite de la integridad y le dicen al hombre: por aquí no pasas con tus leyes económicas o sociales. Al igual que los mitos griegos, aquélla muestra al hombre el conflicto entre el modelo matrialcal y el patrialcal. Ponen al hombre frente a su límite. Éste para demostrar que la razón está de su parte, para no oír a lo femenino, está resuelto como Empédocles, a saltar otra vez a la boca del Etna. Quedará entonces otra sandalia al borde del cráter como señal de la incapacidad del hombre, que no del ser humano, y la sandalia desparecida será «la quimera de lo divino fracasado».

 

Un proyecto político del pasado

2 Oct

Dimitió el Secretario General del Partido Socialista en medio de un tremendo desgarro interno. Podemos está a punto de desgarrarse. IU los ha sufrido históricamente. Hay una impotencia de la izquierda española y europea en general. Esta situación me lleva a la conclusión que el problema, tanto de la socialdemocracia como del resto de la izquierda, no es de resultados o de liderazgo, es de proyecto político. Estamos en el siglo XXI, el siglo del cambio climático y la crisis ecológica, pero las recetas que la izquierda nos sigue ofreciendo no tienen en cuenta estos problemas. La izquierda continúa pensando el mundo en términos de desigualdad, sin atender a los límites, sin querer ver los problemas del planeta. Apuesta por la creación de riqueza sin límite para poder redistribuir y olvida que el planeta es finito, que no es posible que la sociedad exista sin el medio ambiente. Por esta razón la ecología política emergió a finales del siglo XX. Para dar respuesta a los problemas del mundo y del planeta, para dar respuesta a los problemas sociales y ambientales. Al mirar el presente y al futuro, al ser transversal, la ecología política es la nueva forma de hablar y pensar sobre los retos de la sociedad y los problemas de la gente.

La naturaleza irónica del cambio climático

28 Sep

Vivimos en un planeta esquilmado, quebrado, con un patrimonio neto natural inferior al 50 por 100 del capital natural que existía antes de la industrialización. Su cuenta de explotación también presenta pérdidas. Se traducen en una deuda de carbono, en forma de cambio climático, para la generación actual y para las generaciones futuras. Queremos ignorar que las decisiones que hoy adoptamos causarán problemas irreversibles e incertidumbres a las generaciones futuras. Olvidamos la naturaleza limitada de los recursos naturales y de la capacidad del planeta de reciclar los residuos. Vivimos instalados en el mito del crecimiento económico y en la guerra soterrada por los combustibles fósiles que están perturbando el planeta.

Para buscar respuesta al abuso de la Naturaleza, acudo a la tragedia griega de Antígona. Tomo como punto de aproximación, el conflicto entre los seres humanos y la divinidad. Entre las leyes de los hombres y las leyes de los dioses. Es importante advertir la imposibilidad moderna de la tragedia debido a la sustitución de la razón sagrada por la irónica. Esta oscilación nos indica el camino. Etimológicamente lo sagrado es lo que funda, lo esencial, lo que protege. E ironía significa fingir ignorancia. El uso del significado etimológico de ambos términos, en el ámbito de la relación de los seres humanos con la Naturaleza, muestra la negación que hacemos del carácter esencial de las leyes de la naturaleza y como otorgamos a las leyes económicas un fingido carácter sagrado que no poseen. La naturaleza irónica del cambio climático queda desvelada de esta manera.  Esta afirmación conlleva, a su vez, la negación de la naturaleza trágica de este acontecimiento. Admitirla equivaldría a negar la culpa del ser humano en la producción del cambio climático, ya que en la tragedia la culpa es una fatalidad, que deriva de un acontecimiento sobre el que el ser humano no tiene control. Aceptar la naturaleza trágica del cambio climático, supondría admitir la tesis de quienes sostienen que éste es un acontecimiento originado por la variabilidad natural del clima, no por el hombre.

En la ironía posmoderna del cambio climático y la crisis ecológica y de biodiversidad, que no tragedia, en cuanto que la culpa hay que buscarla en los hombres y no en los dioses, la Naturaleza, que se niega a ser el cuerpo fecundo de la actividad económica del hombre, representa a Antígona. Los seres humanos encarnan el papel de Creonte, el rey que impone la ley humana de la economía. Y el cambio climático, resultado de la infracción de las leyes de cierre de ciclos de la Naturaleza, representa a Polinices, el hermano muerto y no enterrado de Antígona. El calentamiento global simboliza la pérdida de la conciencia del hombre de su pertenencia a la Naturaleza, semejante a la que producía el no enterramiento de los cadáveres para los antiguos. Un tabú. Los residuos (de carbono) procedentes de la actividad económica, quedan en el agua, en la tierra, en el aire, sin enterrar, como en el mito griego. Condenados a vagar por el planeta sin desaparecer, igual que las almas de los muertos no enterrados, que vagaban por la orilla del río Leto, sin poder sumergirse en él. Los residuos son la forma posmoderna de la imposibilidad de olvidar el calentamiento global. La forma posmoderna de martirio de hombres, especies y ecosistemas. Se infringe, así, la más antigua de las leyes biológicas: la de la higiene. Y entonces tanto los seres humanos como la Naturaleza sólo pueden sobrevivir.

Para sumergirnos en el río Leto, por tanto, y superar nuestra fingida ignorancia del cambio climático, es necesario que aceptemos que los límites del planeta son los elementos esenciales en los que se funda la vida. Son lo que nos protege. Son sagrados. Pero si en nuestro afán de decidir por nosotros mismos y actuar de manera independiente del entorno, continuamos con esa fingida ignorancia, negando los límites, la Naturaleza nos mostrará la finitud de cualquier ley humana. «La ironía dramática de lo callado [,entonces,] será abrasadora.»

Economía circular

15 Sep

La economía circular imita a la naturaleza. Es un modelo que tiene por objetivo reducir la entra de recursos y la producción de desechos. En él los materiales establecen un bucle que repite su entrada en el circuito de producción de manera repetida. Esta reutilización de materiales disminuye el consumo de recursos naturales vírgenes. Se trata de abandonar la filosofía de usar y tirar y, con ella, el consumo sin límites como medio para alcanzar el progreso social.

La razón de ello es que la asignación de recursos naturales solamente basada en criterios de eficiencia económica, como ha ocurrido hasta ahora, es insostenible ambientalmente. El uso de los recursos con un criterio lineal (entrada en el sistema de producción, transformación y obsolescencia programada sin reutilización) nos ha llevado a un sobreaprovechamiento del medio ambiente, cuya consecuencia es que los recursos renovables son utilizados por encima de su tasa de regeneración; los recursos no renovables son explotados sin tener en cuenta sus existencias limitadas; y la capacidad de asimilación de la biosfera está siendo gravemente sobrepasada. Esta sobreutilización, a su vez, ha afectado gravemente a la función de sustento de vida de los sistemas naturales, con alteraciones a escala global como la disminución de la capa de ozono, el cambio climático o la pérdida de biodiversidad.

La afectación de los sistemas de sustento de la vida originada por la depredación de los recursos naturales, ha desvelado la necesidad de articular dos realidades enfrentadas: la biosfera y la economía. Una manera de enlazar los dos aspectos de la realidad es introduciendo del concepto de circularidad. Esta concepción redefine la economía, la transformarla en bioeconomía, al reglar la estrecha relación que existe entre economía y medio ambiente. Esta evolución de la concepción de la economía permite poner el foco en aspectos hasta ahora ignorados por la teoría económica: la equidad intra e inter generacional; los problemas de irreversibilidad e incertidumbre que la adopción de decisiones causan a las generaciones futuras; y las dinámicas complejas de los sistemas naturales.

Economía circular significa economía baja en recursos, producción limpia, empleo verde, uso intensivo de mano de obra, decrecimiento económico socialmente sostenible, política fiscal verde, uso eficiente de los recursos y servicios ambientales. Su finalidad es evitar la destrucción del capital natural y mantener la cantidad y calidad del mismo, para la generación presente y para las futuras, pues sin él la sociedad humana no es posible. Este modelo económico, a la vez, repudia la injusticia social, ya sea por el desigual acceso a los recursos, ya sea por la desigualdad de acceso a los servicios naturales: aire puro, agua limpia y tierra sin contaminar, que produce el sistema productivo. Un desarrollo que quiera ser sostenible tiene una relación inversa con la desigualdad.

Para hacer posible el nuevo modelo de economía circular, hace falta, por tanto, como dice Marcellesi, que «cada persona y cada sociedad» repiensen «de forma individual y colectiva el sentido de nuestra existencia y, por consiguiente, nuestro lugar adecuado en la naturaleza (…). Una reconversión ecológica de la economía y de la sociedad supone, contestar de manera democrática a las siguientes preguntas: ¿por qué, para qué, hasta dónde y cómo producimos, consumimos y trabajamos?». Exige la participación de todos.

Naturaleza sin alfabeto (II)

7 Jul

La luz está en ámbar. El planeta nos va desterrar. Igual que en la película Avatar fuimos expulsados por el pueblo de los na’vi de su planeta por destruir el Árbol Casa. El Árbol Madre en nuestro planeta es la biodiversidad. El alfabeto de la Naturaleza. Y lo estamos destruyendo. A pesar que los seres humanos somos solo una de sus letras. Y si el alfabeto se corrompe, el planeta enfermará.

Un día, quizás, tengamos que formular la pregunta: ¿Cuál es el lecho de tu ausencia Naturaleza?, que buscamos y buscamos en todas las playas donde arribamos, entre manos huérfanas [1]. Y Ella contestará: tras haberme venerado como fuente para el enriquecimiento sin límites ni ética, nada en su lugar se halla ya, los trazos originales se han interrumpido, han convulsionado. Y mi ausencia será el exilio por el que vuestra vida fluya. Aparecerá sin morir, ni reclamar su rescate. Yo me refugiaré entre el agua de la lluvia y el suelo mojado. Esa dimensión apátrida que el agua en su éxodo olvida.

No soy profeta, tampoco dios. Soy madre y amiga. Pero si continuáis con los excesos para reajustar la naturaleza a las leyes económicas, su alfabeto quedará incompleto, su gramática rota, su la sintaxis descompuesta. Vaciada quedaré de la liturgia que os trae la inocencia. Enmudeceré. Y estaréis en una orfandad desgajada. Comenzará entonces la época del asco, de la náusea. Las estrellas se abatirán desde el cielo; los peces zozobrarán en las calles; habrá urbes que vomitarán sin saber porqué. En ese tiempo ya sólo se oirán los gemidos de la esposa; el silencio compungido de la madre; la muerte. Tiempo de sinrazones que habrá de ser conciencia. Para recuperar la lealtad: compasión, espiritualidad. En el puente bajo el que se despeña el río pensaréis, entonces, en los días de reglas negras, de silencios, de ojos ciegos, de años muertos sucedidos. Y preguntaréis como terminar con el suicidio de los manzanos.

Conexión conmigo y reverencia a lo sagrado. Esos son mis mandamientos. La unión con las fuerzas de la naturaleza os traerá la comprensión de mi equilibrio y la reverencia por la vida. La unión con los animales con los que compartís la Tierra, os devolverá la comunión con ellos. Os permitirá ver a través de los ojos del lince, sentir la tierra bajo los pies como el caballo en su trote o la majestuosidad de planear en el viento como el halcón. Así vuestra sangre ya no estará endeudada. La piedra rota. Ni el agua salpicada.

Debéis interrogaros sobre quien sois. Sobre la vida que estáis viviendo. Quizás Prometeo tenga que volver a robar el fuego a los dioses para que despierte otra vez vuestra consciencia de la totalidad. Ese día sabréis que la Naturaleza es límite y horizonte. Entonces me diréis: «te veo», como dicen los na’vi. Y sabréis entonces que sois «semilla». Que sois ciudadanos de la Tierra y la habitáis junto con las margaritas y las mariposas. Que vuestros derechos y obligaciones son planetarios. Bajo las gotas del agua del río, entonces, habrá gris piedra, tras las piedras estará el lecho del río, y en el lecho del río nada extraño. Sólo el enjambre de gotas de agua. ¡Habréis encontrado a los dioses!

[1] En este artículo el relato está construido con versos propios prosificados. Trato con él de bucear desde la belleza y la emoción en la relación con la Naturaleza