Naturaleza sin alfabeto (II)

7 Jul

La luz está en ámbar. El planeta nos va desterrar. Igual que en la película Avatar fuimos expulsados por el pueblo de los na’vi de su planeta por destruir el Árbol Casa. El Árbol Madre en nuestro planeta es la biodiversidad. El alfabeto de la Naturaleza. Y lo estamos destruyendo. A pesar que los seres humanos somos solo una de sus letras. Y si el alfabeto se corrompe, el planeta enfermará.

Un día, quizás, tengamos que formular la pregunta: ¿Cuál es el lecho de tu ausencia Naturaleza?, que buscamos y buscamos en todas las playas donde arribamos, entre manos huérfanas [1]. Y Ella contestará: tras haberme venerado como fuente para el enriquecimiento sin límites ni ética, nada en su lugar se halla ya, los trazos originales se han interrumpido, han convulsionado. Y mi ausencia será el exilio por el que vuestra vida fluya. Aparecerá sin morir, ni reclamar su rescate. Yo me refugiaré entre el agua de la lluvia y el suelo mojado. Esa dimensión apátrida que el agua en su éxodo olvida.

No soy profeta, tampoco dios. Soy madre y amiga. Pero si continuáis con los excesos para reajustar la naturaleza a las leyes económicas, su alfabeto quedará incompleto, su gramática rota, su la sintaxis descompuesta. Vaciada quedaré de la liturgia que os trae la inocencia. Enmudeceré. Y estaréis en una orfandad desgajada. Comenzará entonces la época del asco, de la náusea. Las estrellas se abatirán desde el cielo; los peces zozobrarán en las calles; habrá urbes que vomitarán sin saber porqué. En ese tiempo ya sólo se oirán los gemidos de la esposa; el silencio compungido de la madre; la muerte. Tiempo de sinrazones que habrá de ser conciencia. Para recuperar la lealtad: compasión, espiritualidad. En el puente bajo el que se despeña el río pensaréis, entonces, en los días de reglas negras, de silencios, de ojos ciegos, de años muertos sucedidos. Y preguntaréis como terminar con el suicidio de los manzanos.

Conexión conmigo y reverencia a lo sagrado. Esos son mis mandamientos. La unión con las fuerzas de la naturaleza os traerá la comprensión de mi equilibrio y la reverencia por la vida. La unión con los animales con los que compartís la Tierra, os devolverá la comunión con ellos. Os permitirá ver a través de los ojos del lince, sentir la tierra bajo los pies como el caballo en su trote o la majestuosidad de planear en el viento como el halcón. Así vuestra sangre ya no estará endeudada. La piedra rota. Ni el agua salpicada.

Debéis interrogaros sobre quien sois. Sobre la vida que estáis viviendo. Quizás Prometeo tenga que volver a robar el fuego a los dioses para que despierte otra vez vuestra consciencia de la totalidad. Ese día sabréis que la Naturaleza es límite y horizonte. Entonces me diréis: «te veo», como dicen los na’vi. Y sabréis entonces que sois «semilla». Que sois ciudadanos de la Tierra y la habitáis junto con las margaritas y las mariposas. Que vuestros derechos y obligaciones son planetarios. Bajo las gotas del agua del río, entonces, habrá gris piedra, tras las piedras estará el lecho del río, y en el lecho del río nada extraño. Sólo el enjambre de gotas de agua. ¡Habréis encontrado a los dioses!

[1] En este artículo el relato está construido con versos propios prosificados. Trato con él de bucear desde la belleza y la emoción en la relación con la Naturaleza

Naturaleza sin alfabeto

22 Jun

El hombre como hélice de la Naturaleza. Es la metáfora de una biosfera agotada por el uso. Oxidada. Convertida en fuego petrificado. A partir de esta alegoría, el relato, compuesto con versos prosificados, juega con la capacidad evocadora de la poesía, buceando en la relación con la Naturaleza desde la belleza y la emoción.

Mientras recogía las manzanas, pensaba en el pecado. En el pecado del hombre con la Naturaleza. En su orfandad desgajada. En los días de reglas negras, de silencios, de ojos ciegos, de años muertos sucedidos, tras ser la Naturaleza despojada de sus alfabetos. Convertida en campo de concentración. A pesar de los años transcurridos desde el ultraje. De la iniquidad. De la vergüenza. No podemos devorar su corazón, ni su cerebro. Ni borrar nuestros recuerdos, aunque vivan en un bosque de manzanos suicidados. No se compondrán los versos malditos, escritos con tinta del árbol del mal. El jardín, aún sin paraíso, nunca quedará sin tierra mojada ni olor.

Hubo un tiempo en que dejé de contar los veranos. Las estaciones. Las gotas de agua. El rocío. El ábaco estaba oxidado. Dejé de contar las gotas caídas y aquellas que caen. Tampoco puedo imaginar las que han de caer. Pero permanece, indeleble, el perfume del tiempo. Indecible. Trae la memoria de su sonrisa, del verde de sus ojos, del aroma de su nombre: Naturaleza. Desde ese planeta imaginable, no hay destierros, exilios, desiertos. Hay un mar que me encontré, un mar azul, azul de azules ojos y piel de espuma. Un mar de caracolas, y olas. Un mar que quiero abrazar, desabrazado ahora.

Me pica la pierna izquierda. No sé si es la contaminación del agua, del aire, del alimento o las cosquillas de un enjambre de gotas de agua. Si su significado es el mismo que cuando me pica la mano del mismo lado. El picor me confunde. No sé si mi cama es mi cama o el planeta es mi patria. Absurdo. Me elevo y vago en mi universo, como ahora. Y me pregunto sobre la Naturaleza. Sobre el amor. Me dejo fluir tras saber que el mundo ya no es Caos. Que ya no copulamos con la noche. Que ya no somos sólo pez. ¿Fue todo un sueño, un sueño y nada más?

Adorar es más fuerte, que amar, y reír, aunque desde el dolor para llorar. El alma desea. Y los ojos se cierran. A pesar que la cera de la vela en los dedos goteará. Y los abrasará. Sí, adorar es más fuerte, que amar. ¡Más fuerte que aprender o imaginar! Cera caliente para endurecer el corazón. Pero, sin tener tiempo para soplar los dedos. Estos versos, de Olga Mogilevskaya, junto con los anteriores, ilustran la paradójica relación que mantenemos con la Naturaleza. El espejo, por ello, no sabe si ser límite u horizonte. Me pellizco. Quiero comprobar que la Naturaleza se desliza, otra vez, dentro de mí. Que se ahonda bajo mi piel. Para pensarla secreta. A borbotones. Y encontrarla, como el agua encuentra a la tierra, ocupando la levedad de sus vacíos. Pero la mentira crece en el espejo. Veo estrellas que se abaten desde el cielo. Un pez cíclope que zozobra en la calle. Una urbe que vomita sin saber por qué. Un lápiz pinta con su sombra, porque ya no queda mundo. Ella es para nosotros, sólo, una película muda de un único bit. No oímos la súplica de la Naturaleza que nos dice: ¡Piénsame amor mío, piénsame, por Dios!