¿Habrá otros septiembres?

31 Jul

¿Y otros marzos? ¿O es que solo vamos a tener julios y agostos? A estas simples preguntas no sabría darle respuesta tras la investidura fallida del candidato Sánchez. En esos días se gastaron muchas palabras en cosas pequeñas. Solo se balbucearon algunas palabras sobre el cambio climático —eufemismo que diluye la gravedad de la situación—, pero la crisis climática no sobrevoló el Congreso, a pesar que los científicos nos dicen que estamos perdiendo la batalla contra ella. A pesar de las cumbres climáticas y de las medidas que se han adoptado, que se han revelado inútiles. A pesar de la presencia del partido ecologista —EQUO— en el Congreso y de una izquierda que se ha proclamado ecologista, este asunto no suscitó discusión ni debate ¡Señor, señor!

New Green Washing. Comienza a abrirse paso entre cierta izquierda el New Green Deal. El de Alexandria Ocasio Cortez. Y leo  —con incredulidad— que esta ‘izquierda guay´dice que éste —el Green New Deal— «no nos permitirá apagar el incendio.» Aunque «si mitigarlo». ¡¿Comoorr!? El planteamiento de «salir a ganar con objetivos realistas, aunque insuficientes» que hacen algunos, no es más que una estrategia hipócrita que —como no sabe qué hacer con el mensaje de la crisis climática— propone guardarlo en un cajón para más adelante.

Con esta maniobra −que es una simple rearticulación política de lo existente con un sentido diferente, un bonito lavado verde de cara que no evitará que la casa siga en llamas− se supedita la acción política a la obtención de buenos resultados en el corto plazo y se adapta el mensaje —que se construye y envía a la gente— al nivel de conciencia de la mayoría («indagar en el sentido común realmente existente»). Resulta que aquellos que llevan años con la boca llena de palabras como pueblo, gente, los de arriba y los de abajo y se han autoproclamado sus representantes, casi sus salvadores, los consideran idiotas y aspiran a gobernarlos mediante el engaño, si fuera preciso.

La pregunta realmente importante que debemos hacernos ante esta astucia es: ¿de qué servirá ganar elecciones si quienes proponen el Green New Deal dicen que no servirá para atajar la crisis climática? El problema es que cuando esta estrategia se muestre insuficiente y/o errónea —ya fracasó en Podemos— la frustración por las mentiras sobre la crisis climática desde el poder, el miedo y la necesidad harán que la gente abra las puertas al fascismo, siendo la derecha y la extrema derecha quienes expliquen entonces a la sociedad la crisis climática, sus causas y sus consecuencias. Y sus soluciones.

Esta estrategia revela, además, un análisis de coste/beneficio que asume «en diferido la muerte de muchas personas» y el sufrimiento de otras. Tremendo. La experiencia histórica nos advierte del peligro de considerar a las personas saldos sobrantes por constituir una amenaza a las necesidades de bienestar y seguridad de los grupos establecidos. Seguridad que hoy está vinculada al calentamiento global, debido a las convulsiones que este causará en las migraciones, el agua, la agricultura, los bosques, las pesquerías y los sectores industriales de todas las naciones, sin importar su ubicación, fortaleza económica o poderío militar.

La táctica presenta también un ángulo muerto. La hibridación de los conceptos de la teoría del discurso y la hegemonía con los de la ecología política, que propone Errejón, con su dialéctica de agravios, su ‘guerra de posiciones’ y ‘contragolpes’, puede tener efectos no deseados al propiciar ésta el refuerzo de identidades y agudizar las diferencias entre grupos, abonando el terreno para el avance del nacionalismo, que tendrá así una vía más para penetrar las emociones: la seguridad ambiental, usada para movilizar la conciencia y la acción ambiental. ¿Ecologismo? No. Puro populismo pintado de verde y al servicio de un objetivo: alcanzar el poder a toda costa. ¿Incluso a expensas de seguir manteniendo a la sociedad en un espejismo? Cuando «las ideas se hacen secundarias de su utilidad en un momento concreto y se vuelven instrumentales para mantener y acrecentar el poder», la respuesta —por desgracia— debe ser sí.

Decrecimiento. Un mundo más caliente, más rápido, más loco. Un mundo en el que no pensamos, no nos paramos, no aprendemos. Un mundo impulsado por un crecimiento exponencial que amenaza a la supervivencia, en el que los científicos nos dicen alarmados que no tenemos más allá de 2030 para actuar con rapidez y adoptar medidas sin precedentes y audaces. Un mundo así exige la adopción de una estrategia franca y a la vez ilusionante. Hay que advertir, por tanto, a la gente de la crisis climática sin tapujos ni remilgos, de sus efectos sociales, de la urgencia de ponernos manos a la obra sin demora y de la necesidad de «construir la siguiente civilización». El resultado será vivir cualitativamente mejor que ahora. Se trata de visualizar la crisis climática como una oportunidad, como el Gran Reto de este siglo que vamos a protagonizar como especie.

Esta estrategia — radicalmente opuesta a la estrategia hipócrita de ‘salir a ganar’ de otros— se concretaría en una acción política articulada sobre cinco ejes, definidos en nuevas estructuras, modelos y valores para una oposición en el terreno de los hechos: federalismo biorregional como forma de reorganización del poder del Estado y como expresión de la adaptación de la organización político-administrativa a la realidad físico-climática en la que se asienta; decrecimiento de la producción hasta el nivel que el planeta puede asimilar, tanto por consumo de recursos como por asimilación de residuos; la ‘especie’ como categoría política subjetiva portadora de los derechos y obligaciones planetarias que poseemos y a la que deben quedar subordinadas las categorías de nación, pueblo e individuo; equidad intergeneracional o pacto de justicia entre generaciones, que brinde a cada generación ciertos derechos planetarios para usar y disfrutar el planeta legado por los antepasados, a la vez que impone sobre cada una de ellas ciertos deberes planetarios para preservar la base de recursos naturales y culturales para las futuras generaciones; y fraternidad como nuevo valor y expresión de «un elevado sentido de los vínculos sociales derivado de una comunicación efectiva, de un uso constructivo del poder, del afecto optimista y de unos objetivos colectivos compartidos».

Hace muchos años, allá por los años 80 del siglo pasado,  Petra Kelly —la líder más conocida e importante del Partido Verde alemán— decía: «se ha hecho cada vez más importante votar lo que uno cree que está en lo cierto […] en vez de perder el voto en lo menos malo. Los debates dirigidos por los partidos establecidos […] son una impactante muestra de su incapacidad para dirigirse a sí mismos las nuevas preguntas sobre la supervivencia».

Si queremos tener otros septiembres debemos ofrecer a la gente la opción de votar a una fuerza política ecologista sin más apellidos, con líderes políticos pero también morales, que concurra a las convocatorias electorales de forma independiente y autónoma. No habrá futuro para ese partido sino. Los pactos y las coaliciones son la ilusión de quienes solo quieren explotar las ideas verdes para alcanzar o mantenerse en el poder, más allá de los límites físicos de un mundo finito. Toca ya emprender el camino.

Del austericidio financiero a la austeridad energética

2 Sep

El nivel de energía disponible por una sociedad, condiciona el nivel o calidad de vida de ésta. Y hoy la disponibilidad de energías fósiles está en declive. El petróleo ya ha llegado a su cénit o pico y en los próximos años viene el pico del gas y el del carbón. La relación entre sistema financiero y energía la explica muy bien Manuel Casal. Señala éste que el declive energético hará inviables los actuales sistemas monetarios. Y que la falta de crecimiento económico hará inviable el sistema financiero al estar éste basado en el interés compuesto. La austeridad financiera es, así, la receta empleada para sostener la tasa de ganancia del capital. Veamos cómo es esta relación.

Lo señalado anteriormente se puede explicar con los dos sencillos gráficos que a aparecen a continuación, —la idea de los círculos concéntricos la tomo del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial, que plasmo de manera aproximada en la figura 2 de abajo y desarrollo en la figura 1—. Mientras en la primera figura, describe la actual relación de la civilización industrial en la biosfera: la economía actúa como capa o nivel omnicomprensivo que abarca todas las demás. Las restantes capas quedan supeditadas a las leyes económicas que niegan a las demás; la figura 2, representa la correcta inmersión de la especie y la sociedad humana en la biosfera, en la cual el ambiente es el nivel o capa en el que se incluyen los demás y actúa como límite de lo posible para las sociedades humanas y no humanas, sin que ello implique la negación o contraposición con los restantes niveles o capas.

           

Partiendo de la forma de la forma de inclusión del ser humano en la biosfera y la relación con el ambiente descrita para la figura 1, el principal motor de la sociedad en Occidente desde la Revolución Industrial ha sido la fe en el progreso, entendido como crecimiento económico. En coherencia con la organización económica, social y tecnológica de la civilización industrial y con su postulado principal: el progreso, las fuerzas políticas se han organizado en la defensa de los intereses de los grupos sociales (clases) que representan, a fin de obtener una parte mayor de la riqueza que se creaba, sin interesarse por los límites que impone la biosfera. El caballo de batalla ha sido y es la distribución de la riqueza que se genera. Hasta la segunda mitad del siglo XX ninguna fuerza política cuestionó el dogma del crecimiento. En los años 60 del pasado siglo el movimiento ecologista fue el primero que lo hizo. A partir de este momento ha surgido una nueva divisoria política entre fuerzas productivistas o antiproductivistas —o industrialistas y no industrialistas— según defiendan el dogma del crecimiento económico sin límites (entendido como producción ilimitada) o, por el contrario, que éste esté ceñido a los límites biofísicos y termodinámicos que impone el planeta. Esta nueva divisoria establece una nueva pugna política: la de los límites que impone la biosfera.

                        

Figura 3, (elaboración propia). Gráfico en el que se relaciona la puesta en práctica de las divisas de la Revolución Francesa, el tiempo histórico en el que aparecen y la ideología que levanta la bandera

Si se realiza un análisis de las etapas históricas que ha atravesado la civilización industrial, y se toma como eje de dicho examen la divisa de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, se observará que tanto la lucha por la libertad de la Revolución Liberal, como la lucha por la igualdad de la Revolución Socialista, han tenido en su centro la disputa por la apropiación de los recursos materiales, junto a otras luchas como: la del control de los medios de producción y la de la distribución de la riqueza. La libertad burguesa no era solo política: no solo aspiraba a sacudirse el dominio del poder del rey, reclamaba sobre todo libertad económica: la liberación de los recursos naturales, la libertad de comercio y de empresa que exigía la Revolución Industrial y que el absolutismo no podía afrontar, merced de la intervención en la economía, del déficit público y del grado de parasitismo del estamento nobiliario y la Corte que consumían directamente —en Francia— un sexto —16.6%— del presupuesto nacional. Y la igualdad socialista no solo aspiraba al acceso del proletariado a la propiedad de los medios de producción para producir y distribuir la riqueza estatalmente generada, sino que la misma conllevaba la necesidad de acceder a los recursos de manera ilimitada para poder materializar las aspiraciones del pueblo.

Los gráficos 1 y 3 ponen de manifiesto que la batalla política ha estado centrada en el nivel económico y político del gráfico 2, obviando los restantes niveles. Ello ha llevado a una subversión de dicho orden y a la preponderancia de lo económico sobre todo lo demás con olvido del nivel antropológico —entendido como la repercusión de y sobre la especie, tanto humana como restantes— y el ambiente —o biosfera— que da sustento a la vida en el planeta, tal y como se indica en la figura 1. Esta subversión ha llevado a considerar el medio ambiente como un subconjunto de la economía, como un mero stock de aprovisionamiento para la actividad productiva. Diversos estudios revelan, sin embargo, la falacia del mito de la calidad de vida ligada al crecimiento del PIB, ya que por encima de un determinado nivel de renta per cápita anual (13.000 euros), no hay mayor calidad de vida, sino mayor consumo de energía y recursos materiales, superficial y destructivo.

Una relectura en clave ambiental de los acontecimientos políticos del último tercio del siglo XX, nos muestra nuevos hitos significativos que proporcionan una nueva comprensión de ese período histórico. En la década de 1970 la destrucción de la Naturaleza dejó de ser un mal condenable, para pasar a ser contemplada como una «pérdida de servicios». En 1971 se publicaron los resultados del trabajo de modelización del mundo titulado World Dynamics, que llegó a la conclusión que la economía mundial tendía a estancar su crecimiento y a colapsarse como resultado de una combinación de la disponibilidad de los recursos, la sobrepoblación y la contaminación. En 1972 se publicó el Informe Meadows sobre Los límites del crecimiento, con un fuerte impacto. Posteriormente el sistema económico mundial ha seguido muy de cerca el escenario de declive económico (escenario “caso base”) previsto en él. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo. En la década de 1980 comienza la extralimitación ecológica y el negacionismo tanto climático como de los límites biofísicos de la economía. Entre 2005-2008 se estima que se alcanzó el máximo nivel en la producción de petróleo (pico del petróleo). Y en 2008 se produjo la segunda crisis del petróleo.

No debe despreciarse la conexión entre los hitos ambientales indicados y el giro de la economía que posteriormente se produjo. El precedente fue firma de la Carta del Atlántico, en plena II Guerra Mundial, en 1941, que declaró la voluntad conjunta de los Estados Unidos y Gran Bretaña de garantiza igual acceso a las materias primas que les fueran necesarias para su prosperidad económica a los estados. Y que, a la vez, constituía una garantía para ambos Estados. El segundo paso se dio en 1957, con la creación de la CEE como un «orden de mercado» u «orden de competencia». En 1970 se produjo el resurgir del neoliberalismo y arrancó el proceso de financiarización de la economía. En lo político este resurgir se tradujo en la elección de una triada de presidentes neoliberales: Valéry Giscard d’Estaing (1974), Margaret Thatcher (1980) y Ronald Reagan (1981). En España, la muerte del dictador en 1975 permitió que nos sumáramos desde el inicio al renacimiento neoliberal con la aprobación de la Constitución de 1978, que es el pacto fundacional del neoliberalismo en España y cuyo texto ha marcado el rumbo que ha seguido nuestro país. La principal lectura que hay que hacer de su aprobación no es la que hace la izquierda como legitimación de la continuidad del pasado, sino como un instrumento de tránsito hacia el futuro neoliberal.

Y, en estas, llegamos a la reforma del artículo 135 de la Constitución, que prohibió el déficit público y antepuso el pago de la deuda a cualquier otra necesidad pública. Esta reforma es una vuelta de tuerca más, en España, de la política neoliberal instaurada en 1978, cuyo efecto práctico ha sido la «desposesión generalizada de la riqueza» a las clases populares, sin reparo alguno, por los detentadores del capital.

Ello nos pone en la pista de dos hipótesis: una, que la derecha es consciente de la intensa e irremediable escasez que viene; dos, el diagnóstico equivocado de la crisis que hace la izquierda, pues no se trata de una cuestión puramente económico-financiera que exige redistribuir, sino que además será necesario pisar el freno y relocalizar. La insistencia de la izquierda en el crecimiento económico es un error anacrónico que parte de una comprensión superficial de la actual crisis, por cuanto el crecimiento económico del que gozamos y la complejidad de los modernos Estados está en relación directa con la cantidad disponible de energía con alta tasa de retorno energético  que proporcionan las energías fósiles, actualmente en fase de declive.

Con el mantenimiento del mito del crecimiento, la izquierda se encierra en un bucle del que no puede salir y se desliza por el marco que establece la derecha. Tras la proclamar que la austeridad es mala, ¿cómo piensa la izquierda explicar a la sociedad que la austeridad es mala pero la frugalidad material es buena? Sin quererlo ni buscarlo legitima la austeridad financiera que ha impuesto el capital, al mantener el debate dentro del marco que ésta ha establecido, en vez hacer una impugnación total del sistema y establecer otro marco para el debate político: el de la transición civilizatoria hacia una sociedad de prosperidad sin crecimiento.

Como bien explica Manuel Casal en su libro, la actual creación de dinero bancario a escala mundial está basada en la perpetua creación de deuda, lo cual requiere que la economía de mañana sea, en términos cuantitativos, mayor que la de hoy para permitir no solo devolver el crédito sino también pagar los intereses. La Gran Recesión de 2008-2009 —que fue una crisis con origen ambiental—  fue un efecto del agotamiento del petróleo, tras haber alcanzado el pico de producción. El esquema de crecimiento actual asentado en la expansión del crédito, requiere un flujo creciente de energía barata que alimente la economía real. Cuando ese flujo de energía fósil barata se ha secado debido al cenit del petróleo, el sistema ha comenzado a fallar y seguirá esa senda hasta el colapso. Si no se pueden pagar los intereses de la deuda el sistema no es viable. Y hoy no cabe esperar  siquiera que se alcance la capacidad de devolver el principal de los préstamos vivos.

Separar lo financiero de la base material de la economía ha sido posible un tiempo, pero esta disociación no es posible mantenerla a largo plazo con el declive de las energías fósiles. La Gran Crisis de 2008 ha evidenciado que «lo sociopolíticamente posible es (…) un subconjunto de lo posible físicamente». Lo que está más allá de los límites que impone la biosfera, por tanto, está fuera de las posibilidades de la política. Así pues, en vez de aplicar recortes, austeridad y rescates financieros, operaciones que —como dice Antonio Turiel— no son más que un plan de liquidación de activos para pagar una deuda impagable y con los intereses prometidos, es necesario que la deuda ecológica sea tenida en cuenta; se implemente una política de recortes de la producción excesiva para la biosfera y superflua para la sociedad; se establezca un plan de austeridad energética real; y se ordene e implemente un objetivo de rescate y restauración de las partes dañas de la biosfera. No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades financieras, como gusta acusar a la derecha, sino por encima de los límites del planeta, que es un matiz que siempre queda oculto.

Siguiendo el hilo conductor que trazan las divisas de la Revolución Francesa y partiendo de los retos y amenazas que —como especie— hemos de afrontar en el siglo XXI: la transición civilizatoria y el cambio climático, hemos de dirigir la evolución de nuestros valores hacia la fraternidad y encaminarnos hacia la inmersión real de la civilización humana dentro de los límites de la biosfera. Propuestas de este calado, hoy por hoy, solo están siendo formuladas por el movimiento decrecentista/colapsista y la ecología política. Jugar con las reglas del sistema no sirve y quienes debido a su realismo político han han impugnado el sistema han sido adjetivados de terroristas. La vía por la que hemos de transitar —como sociedad y como especie— pasa, por tanto, por recorrer el camino que va desde el austericidio financiero hasta la austeridad energética voluntaria y planificada, la autolimitación, la frugalidad y la vida simple. Lo demás, como dice un amigo, es música de flauta.

¿Es suficiente la solidaridad?

17 Ago

La política de mercados libres de la derecha y la propuesta de amplia prosperidad de la izquierda, ambas sin protección del medio ambiente, han desembocado en una crisis financiera, energética y climática. Ésta está transformando el significado del ‘nosotros’. «Lo nuestro» está siendo reemplazado por: «nosotros primero». Optar por «lo nuestro» es lógico. Abandonar a los demás, creer que nosotros estamos primero, es  una reacción de miedo que nos hace sentir bien. Más seguros. Ante ello surge la pregunta: ¿para enfrentarnos a esta situación es suficiente la solidaridad o necesitamos un valor que cree unos lazos más fuertes?

Hacer lo que nos hace sentir bien, es más fácil que hacer lo que es lógico. Un ejemplo de ello fueron las elecciones ganadas por Reagan prometiendo que la fiesta del consumo podía continuar, tras el anuncio de Jimmy Carter de que el petróleo y el gas estaban agotándose y eran necesarios sacrificios graduales y realistas. Éste fue el primer caso de influencia electoral de las cuestiones ambientales. ¿Están haciendo lo mismo Trump con su ‘América primero’; Iglesias cuando dice que ya que no se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema, aunque vamos al desastre ecológico, lo importante ahora es dar de comer a la gente; o Juan Carlos Monedero cuando dice: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». ¿Ante la dureza de los años que vendrán, caerán las banderas de la solidaridad para mantener el nivel de vida actual? ¿La negaremos como Pedro negó a Jesús de Nazaret? Al mantener y promover las izquierdas y las derechas las mismas políticas de producción y consumo sin límite, que nos han traído a este punto: ¿estamos instalados en lo que Manuel Casal llama «antes fascistas que sencillos»?

Lemas y afirmaciones como las de Trump, Iglesias o Monedero expresan valores conservadores que, desde una y otra perspectiva, ignoran las leyes del planeta. El del primero empuja a la apropiación y a la guerra por los recursos. Las de los segundos los sitúan en la irresponsabilidad ambiental, porque sin energía y con un planeta deteriorado, mañana, será improbable que se pueda dar de comer a tantos como somos hoy y mucho menos a los muchos más que se espera que seamos mañana (1). Todos ellos padecen un desfase moral. Y transmiten valores del mundo del siglo XX. Pero ese mundo ya no existe. ¿Se autoengañan y nos conducen al suicidio colectivo o engañan y arrastran a la gente al abismo en su ambición por el poder? ¿O es simple ignorancia?

Estamos destruyendo el lugar hermoso que es este planeta, cuyas condiciones benignas posibilitaron el acontecimiento de la vida. Pero a pesar de no tener un planeta de repuesto seguimos con la fiesta. El mal que hacemos al planeta se vuelve contra nosotros. Y se volverá contra nuestros nietos. Ese será el precio a pagar si se mantiene un nivel de producción y consumo insostenible. ¿Dejaremos que ellos nos maldigan?

Para evitar destruir el planeta y sortear la trampa del nuevo fascismo ambiental que acecha, no basta con apostar por un cambio de modelo energético, con realizar una transición a las energías renovables —que hasta la derecha secunda— y confiar en la tecnología para la resolución del cambio climático. Es necesaria una inmersión colectiva en nuevos valores dirigidos al cuidado, a la responsabilidad, a la equidad. Y a la resiliencia.

Cambiar las cosas es cambiar el modo que la gente tiene de ver el mundo. Seguir pensando, pues, en términos de mercado libre como las derechas o de prosperidad amplia como las izquierdas, sin cambiar los valores morales de la sociedad es crear y creer en la ilusión de un capitalismo verde. La crisis del sistema climático que hemos inducido exige la transformación del modelo industrial de civilización, no solo del energético. Para evitar esta artimaña —que a quienes más perjudica es a los más débiles y a los que menos han contribuido al colapso—, es necesario un reseteo moral. Dicho de otra manera, que la sociedad se sustente en una elección moral diferente, que escoja un modo de vida acorde con los límites que nos impone el planeta. Si nuestro bienestar procede en última instancia de los recursos, agotados éstos el bienestar de la sociedad en el futuro deberá tener otro origen.

Para llevar a cabo este cambio social es crucial que dominen la esfera pública los sentimientos de empatía, cuidado, responsabilidad e interdependencia, acompañantes naturales de los valores necesarios para restaurar las capacidades antiguas —justicia y equidad— precisas para preservar —entre las naciones y dentro de ellas— la armonía en la competencia por unos recursos cada día más escasos.

Debemos construir para ello una solidaridad más fuerte, fundada en lazos de hermandad entre quienes comparten, no solo intereses de clase, económicos o nacionales, sino también destino. Esta solidaridad fuerte es la fraternidad. Desde ella emergen nuevos valores, derechos y deberes vinculados a la justicia: la equidad intergeneracional; el gobierno ético: como gobierno cimentado en los derechos humanos y en los derechos de los seres no humanos; el desarrollo humano; y la construcción de la paz positiva. Solo desde una postura moral así conformada podremos superar el reto que tenemos planteado como especie, sin olvidar injusticia de las políticas neoliberales ni el fascismo que nos acecha. La sociedad ha de prepararse para el postcolapso de la civilización industrial. Un día si no, mientras  soportamos la ira de la Naturaleza, aflorarán preguntas sobre nuestra relación con el planeta que harán surgir en nosotros el dilema del verdugo.

 

(1) ¿Hemos llegado al pico de comida? La escasez se cierne a medida que las tasas de producción mundial disminuyen: Tom Bawden indica en en el artículo del 28.1.2015, publicado en The Independent, que maíz, arroz y hasta trigo y pollo desaceleran el crecimiento de su producción. Recientes investigaciones indican además que la producción de huevos, carne, verduras, soja, y así hasta 21 productos básicos, está empezando a quedarse sin impulso. Mientras la población mundial continúa creciendo. Se espera llegue a nueve mil millones en 2050. Los problemas causados por la creciente población se han visto agravados por el crecimiento de las poblaciones adineradas de la clase media en países como China y la India, que exigen una dieta más sustanciosa. Si a lo anterior se une el pico del fósforo (2) —más complejo y difícil que el del petróleo— y las implicaciones que tiene para la inviabilidad a largo plazo —incluso a medio— de la agricultura industrial, al ser éste un recurso no renovable, puede comprenderse que las luces rojas se hayan encendido.

(2) Por qué el agotamiento del fósforo debería preocuparte, Iñaki Berazaluce, Yorokubu, 2.12.2013

Ante el declive del fósforo para la agricultura, Jesús Bermúdez, Crisis energética, 18.8.2018

La igualdad tras la fraternidad es equidad

8 Nov

La quiebra de la igualdad ambiental es ya un hecho. La nueva fase del capitalismo del siglo XXI, ha ahondado en la concepción que colocaba al ser humano en el centro de las cosas (antropocentrismo), convertiéndolo en una fuerza geológica (antropocenismo). El escenario energético al que nos dirigimos es de guerra por los recursos, competición regional, vuelta a la soberanía nacional e incremento de tensiones entre regiones y/o culturas, que en buena medida se refleja, ya, en el discurso del nuevo presidente Trump y de la extrema derecha europea. Junto al escenario descrito no puede ni debe obviarse la nueva era climática en la que nos encontramos, al haberse sobrepasado, a nivel global, el umbral de 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera. Este umbral permanecerá así durante todo 2016 y no descenderá ya durante generaciones, siglos.

El cambio de era en el que nos encontramos, invalida las recetas de hace 40 años. El capitalismo ha intensificado la explotación de los territorios. La explotación de los cuerpos, que ha tocado techo, está siendo sustituida, principalmente, por la explotación de la psique. Ello hace necesario que nos planteemos nuevas preguntas. ¿Es suficiente la igualdad para enfrentarnos a un planeta en cambio climático, unos recursos energéticos en declive y un mundo sin trabajo? Implementar la igualdad entre países enriquecidos y países empobrecidos o dentro de cada país, incrementa la huella ecológica o alguno de sus indicadores sectoriales: huella de carbono o la huella de agua. ¿Es legítimo, entonces, implementar políticas de igualdad a costa de incrementar la huella humana en el planeta? No, porque una igualdad material que se alcance, más allá del límite de los recursos del planeta, traslada al futuro la desigualdad —material o climática— que debía haber sido resuelta hoy. El principio rector, entonces, debe ser la equidad, intra e intergeneracional.

La primera tarea en este tiempo es, por tanto, evitar que el medio ambiente se transforme en una nueva causa de desigualdad social. La igualdad, para ello, tiene que ser remozada. Precisa nuevos apellidos. Ejemplos de ello: «igualdad frente a», «igualdad dentro de». Igualdad frente al cambio climático, igualdad dentro de los límites del planeta. Esta reconstrucción requiere que la igualdad sea atravesada de fraternidad, de empatía y de cuidado de los otros. Sea impregnada de la ética de la responsabilidad, de equidad intergeneracional y de deber de cuidado de la biosfera. De esta manera, la igualdad, se vincula, al igual que la libertad, a la justicia, y posibilita la satisfacción de las necesidades de la generación presente y de las generaciones futuras, sin que por ello se sobrepasen los límites ecológicos de la biosfera. La igualdad, de esta manera, se hace equidad.

El contexto energético y climático ante el que nos encontramos, está determinando el escenario político, dirigiéndolo a una polarización, creciente, entre las fuerzas políticas que, más adelante, serán los polos de la confrontación: de un lado, neoconservadores y extrema derecha, de otro, las fuerzas ecologistas. Esta predicción comienza a ser corroborada por la realidad. La primera confirmación de este escenario se produjo en Austria, este año, con la vitoria del candidato ecologista en la disputa de la presidencia del estado, elección que el Tribunal Constitucional austriaco ordenó que se repitiese. Ratifica el análisis, la situación en la que se encuentra la izquierda: con el pie cambiado, sin apenas recursos discursivos. Sin proyecto. Melancólica. Debatiéndose entre: ser parte del universo neoliberal (socioliberales) o confrontar desde los márgenes del sistema (izquierda tradicional y nuevas izquierdas). Su única propuesta es una política económica keynesiana que devuelva el estado del bienestar, sin tener en cuenta que no existen recursos naturales ni planeta para continuar con una producción sin límite capaz de generar igualdad como hasta ahora.

Sólo una fuerza política: la ecologista, consciente de la necesidad del decrecimiento de la producción y de los límites del planeta, puede oponer un discurso sólido a los neoconservadores. La ecología política aparece, de esta manera, como única alternativa frente a la extrema derecha y el fascismo que viene, que ha saltado ya de la periferia al centro.

Es necesaria una estrategia que contrarreste la tendencia autodestructiva de la derecha, que nos está conduciendo a una peligrosa competición por los recursos, en un planeta enfermo y en constante degradación. Ejemplo de ello, son las líneas básicas de actuación que propone la ecología política: cuidado de las personas, cuidado del medio ambiente y modelo económico sostenible, que conforman los ejes principales de su programa político. Materialización de las mismas son, en primer lugar, renta básica universal (RBU), parte esencial de un nuevo modelo de estado del bienestar. Es ésta el derecho de todo ciudadano a percibir una cantidad periódica que cubra, al menos, las necesidades vitales sin que por ello deba contraprestación alguna. Sus primeros ensayos –totales o parciales– ya han comenzado en países como Finlandia, Holanda, o Islandia. En segundo lugar, soberanía alimentaria, que es el elemento de conexión entre el cuidado de las personas y el del medio ambiente. Es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Y, en tercer término, un modelo económico verde, que combata de raíz la explotación tanto del hombre como de la Naturaleza, centrado en el bien común y la equidad entre generaciones, cuyos ejes estructurales son: decrecimiento de la producción, transición energética, economía social y transformadora y economía feminista y de los cuidados.

La pregunta es: ¿existe, fuera de la ecología política, visión y voluntad política, para acompañarla en el camino a la fraternidad, que es más que un cambio de paradigma? No. Pero la soledad de ésta no puede servirle de coartada para apostar por objetivos pequeños.

De la libertad a la fraternidad

12 Oct

La Revolución Inglesa y la Revolución Industrial marcaron el inicio de las transformaciones políticas, económicas y técnicas que han conducido al ser humano, por su actividad sobre el medio ambiente, a ser la fuerza geológica más importante del planeta.

Se inició este tiempo con la desaparición de las fronteras internas y el cercamiento de los terrenos comunales. Con el tránsito de un sistema de propiedad vinculada a una sucesión o empleo, en la que sus dueños podían disponer libremente de los frutos o rentas pero no podían enajenarlas, a otro de propiedad individual enajenable. Se pasó de una sociedad de privilegios por nacimiento y sin movilidad social, a otra fundada en los méritos individuales que permite la movilidad social, cuyo motor social es la competencia. Fruto de ello, la libertad se entendió, en lo que al objeto de este artículo interesa, como “libertad de empresa”. Esta manera de entender la libertad nos ha conducido más allá de los límites del planeta. En esta sociedad el equilibrador de la libertad es la igualdad, que actúa como redistribuidor, pero no como límite.

La crisis climática, de recursos y biodiversidad actual, sin embargo, nos sitúa ante un nuevo tiempo histórico con una misión propia: la preservación del planeta y de las condiciones de vida para la generación actual y para las generaciones futuras. Que es también el objetivo estratégico de la ecología política. Para estar a la altura del reto al que nos enfrentamos, es necesario inagurar una nueva concepción de la libertad, en la que se establezca una restricción que afecte a las condiciones de su ejercicio y reconfigure la libertad, a secas, como una “libertad dentro de”: dentro de los límites del planeta y dentro de la cuota de recursos que cada generación puede disponer. De lo contrario, el cambio climático convertirá los límites del planeta en limitaciones para el ser humano. Para materializar esta noción de la libertad debemos abandonar la actual sociedad de competencia e instalarnos en la sociedad de la cooperación. Abandonar la cantidad y abrazar la cualidad, que en esencia es belleza. En esta sociedad el equilibrador de la libertad es la fraternidad. Que surge de la cooperación social y de la conciencia de esta cooperación, de la vida y el trabajo en común. Es en estos principios donde cristaliza la génesis social de los valores éticos y políticos que permiten la satisfacción de las necesidades humanas sin negar los límites ecológicos de la biosfera, teniendo en cuenta a todas las generaciones. En esta sociedad cooperativa, la fraternidad actúa como límite y como redistribuidor, tanto entre generaciones como dentro de cada generación.

La fraternidad es el tercer estadio de la triada de valores que proclamó la Revolución Francesa. Si la libertad trajo la tolerancia. Y la igualdad la justicia social. La fraternidad trae la responsabilidad, entendida como una ética orientada al futuro, que se traduce en equidad intergeneracional. Introduce el atributo emocional: la empatía, que permite poner el centro de gravedad de la política en el cuidado del otro (la generación actual, las generaciones futuras y la totalidad de lo viviente). Subvierte, transforma y trasciende, de esta manera, la concepción racionalista de la libertad y la igualdad de la Ilustración. A través de ella la libertad y la igualdad quedan vinculadas a la justicia, que tienen una raíz biológica. La fraternidad tiene que ver con la vida en grupo, con la necesidad de preservar la armonía frente a la competencia por los recursos». Sin ella sólo existe darwinismo intergeneracional y ecológico.

Petra Kelly, líder de Los Verdes alemanes, demandaba la introducción de la ternura como valor político y subversivo. Para mi, ésta, es la fraternidad.

Las prohibiciones de discriminación del siglo XXI

16 Sep

Ayer veía la película sobre Clara Campoamor y el papel que jugó en el reconocimiento de la prohibición de discriminación por razón de sexo, que inevitablemente ha inspirado este artículo. El cambio climático y la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos exigen, por la amenaza y la injusticia que constituyen, que se establezca una especie de policía del futuro. Este papel puede ser desempeñado por la prohibición de discriminación que se estableciera por razón del tiempo en que nacemos y por razón de la especie. Sería esta prohibición un instrumento de lucha contra el cambio climático. Al igual  la prohibición de discriminación por razón de religión nació de las guerras de religión en la Europa del siglo XVI, que la prohibición de discriminación por nacimiento fue el resultado de las revoluciones liberales del siglo XVII frente a los privilegios de la nobleza, que la prohibición de discriminación por razón de la raza nació tras la derrota de la esclavitud en el siglo XIX, que la prohibición de discriminación por circunstancia personal o social fue el símbolo de la lucha de clases en el siglo XX o que la prohibición de discriminación por razón de sexo fue una victoria en la lucha inconclusa contra la dominación patriarcal en el siglo XX.

La instauración de esta prohibición de discriminación evitaría la tiranía de un «presente que lo coloniza todo», que vive a costa del futuro y la dominación que imponemos a las otras especies que con-viven con nosotros en esta nave llamada Tierra. Y puesto que somos la única especie en este planeta capaz de saber que tenemos un futuro, el establecimiento de esta doble prohibición de discriminación nos haría más humanos.

Este reconocimiento supondría un giro de ciento ochenta grados al concepto de democracia actual. Significaría extender el interés general más allá del interés electoral y extender la soberanía política más allá de la especie humana. Representaría –de alguna manera– un cierto reconocimiento de soberanía política a otras especies. Ya veríamos cómo, en que grado y con que extensión. Nos ayudaría a advertir que no tenemos más derechos que nuestros descendientes, ni tampoco más derechos que el resto de especies. Un efecto de esta prohibición se proyectaría sobre el concepto de propiedad, pues la misma prohíbe el exclusivismo espacial de la especie humana que legitima la apropiación de los espacios y de lo incluido en ellos y su dominio y ataca el imperialismo temporal que el presente impone al futuro debido a las cargas que deja a las generaciones futuras, por la administración irresponsable de los bienes comunes.

Esta prohibición convertiría la obligación moral que el hombre tiene con la biosfera en una obligación jurídica. Dicho de otra manera con ella la ley natural se normativizaría. De esta prohibición de discriminación se derivarían nuevas concepciones, derechos, principios y valores. A título de ejemplo pueden señalarse: otro concepto de la responsabilidad, los derechos planetarios, la equidad intergeneracional y la fraternidad. Comenzaría a emerger entonces una conciencia de pertenencia a una comunidad planetaria. La biopolítica se haría impotente y se establecerían las bases para transformarla en un mero poder de ejecución sin autonomía respecto a las leyes y límites de la naturaleza. Dejaríamos entonces de ocupar el futuro y de convertirlo en un basurero debido a la externalización de nuestros impactos ecológicos.

Dice Innerarity que cuando los contextos de acción se extienden en el espacio hasta afectar a personas de otro punto del mundo y se despliegan en el tiempo condicionando futuros cercanos y distantes –y de otras especies agrego yo–, hasta el punto de convertir la relación con la naturaleza en una forma de violencia específica: la violencia ecológica, entonces hay muchos conceptos y prácticas que requieren una profunda revisión. Les dejo esta densa reflexión cargada de nuevas concepciones y significaciones. Hasta el próximo miércoles.