¿Es suficiente la solidaridad?

17 Ago

La política de mercados libres de la derecha y la propuesta de amplia prosperidad de la izquierda, ambas sin protección del medio ambiente, han desembocado en una crisis financiera, energética y climática. Ésta está transformando el significado del ‘nosotros’. «Lo nuestro» está siendo reemplazado por: «nosotros primero». Optar por «lo nuestro» es lógico. Abandonar a los demás, creer que nosotros estamos primero, es  una reacción de miedo que nos hace sentir bien. Más seguros. Ante ello surge la pregunta: ¿para enfrentarnos a esta situación es suficiente la solidaridad o necesitamos un valor que cree unos lazos más fuertes?

Hacer lo que nos hace sentir bien, es más fácil que hacer lo que es lógico. Un ejemplo de ello fueron las elecciones ganadas por Reagan prometiendo que la fiesta del consumo podía continuar, tras el anuncio de Jimmy Carter de que el petróleo y el gas estaban agotándose y eran necesarios sacrificios graduales y realistas. Éste fue el primer caso de influencia electoral de las cuestiones ambientales. ¿Están haciendo lo mismo Trump con su ‘América primero’; Iglesias cuando dice que ya que no se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema, aunque vamos al desastre ecológico, lo importante ahora es dar de comer a la gente; o Juan Carlos Monedero cuando dice: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». ¿Ante la dureza de los años que vendrán, caerán las banderas de la solidaridad para mantener el nivel de vida actual? ¿La negaremos como Pedro negó a Jesús de Nazaret? Al mantener y promover las izquierdas y las derechas las mismas políticas de producción y consumo sin límite, que nos han traído a este punto: ¿estamos instalados en lo que Manuel Casal llama «antes fascistas que sencillos»?

Lemas y afirmaciones como las de Trump, Iglesias o Monedero expresan valores conservadores que, desde una y otra perspectiva, ignoran las leyes del planeta. El del primero empuja a la apropiación y a la guerra por los recursos. Las de los segundos los sitúan en la irresponsabilidad ambiental, porque sin energía y con un planeta deteriorado, mañana, será improbable que se pueda dar de comer a tantos como somos hoy y mucho menos a los muchos más que se espera que seamos mañana (1). Todos ellos padecen un desfase moral. Y transmiten valores del mundo del siglo XX. Pero ese mundo ya no existe. ¿Se autoengañan y nos conducen al suicidio colectivo o engañan y arrastran a la gente al abismo en su ambición por el poder? ¿O es simple ignorancia?

Estamos destruyendo el lugar hermoso que es este planeta, cuyas condiciones benignas posibilitaron el acontecimiento de la vida. Pero a pesar de no tener un planeta de repuesto seguimos con la fiesta. El mal que hacemos al planeta se vuelve contra nosotros. Y se volverá contra nuestros nietos. Ese será el precio a pagar si se mantiene un nivel de producción y consumo insostenible. ¿Dejaremos que ellos nos maldigan?

Para evitar destruir el planeta y sortear la trampa del nuevo fascismo ambiental que acecha, no basta con apostar por un cambio de modelo energético, con realizar una transición a las energías renovables —que hasta la derecha secunda— y confiar en la tecnología para la resolución del cambio climático. Es necesaria una inmersión colectiva en nuevos valores dirigidos al cuidado, a la responsabilidad, a la equidad. Y a la resiliencia.

Cambiar las cosas es cambiar el modo que la gente tiene de ver el mundo. Seguir pensando, pues, en términos de mercado libre como las derechas o de prosperidad amplia como las izquierdas, sin cambiar los valores morales de la sociedad es crear y creer en la ilusión de un capitalismo verde. La crisis del sistema climático que hemos inducido exige la transformación del modelo industrial de civilización, no solo del energético. Para evitar esta artimaña —que a quienes más perjudica es a los más débiles y a los que menos han contribuido al colapso—, es necesario un reseteo moral. Dicho de otra manera, que la sociedad se sustente en una elección moral diferente, que escoja un modo de vida acorde con los límites que nos impone el planeta. Si nuestro bienestar procede en última instancia de los recursos, agotados éstos el bienestar de la sociedad en el futuro deberá tener otro origen.

Para llevar a cabo este cambio social es crucial que dominen la esfera pública los sentimientos de empatía, cuidado, responsabilidad e interdependencia, acompañantes naturales de los valores necesarios para restaurar las capacidades antiguas —justicia y equidad— precisas para preservar —entre las naciones y dentro de ellas— la armonía en la competencia por unos recursos cada día más escasos.

Debemos construir para ello una solidaridad más fuerte, fundada en lazos de hermandad entre quienes comparten, no solo intereses de clase, económicos o nacionales, sino también destino. Esta solidaridad fuerte es la fraternidad. Desde ella emergen nuevos valores, derechos y deberes vinculados a la justicia: la equidad intergeneracional; el gobierno ético: como gobierno cimentado en los derechos humanos y en los derechos de los seres no humanos; el desarrollo humano; y la construcción de la paz positiva. Solo desde una postura moral así conformada podremos superar el reto que tenemos planteado como especie, sin olvidar injusticia de las políticas neoliberales ni el fascismo que nos acecha. La sociedad ha de prepararse para el postcolapso de la civilización industrial. Un día si no, mientras  soportamos la ira de la Naturaleza, aflorarán preguntas sobre nuestra relación con el planeta que harán surgir en nosotros el dilema del verdugo.

 

(1) ¿Hemos llegado al pico de comida? La escasez se cierne a medida que las tasas de producción mundial disminuyen: Tom Bawden indica en en el artículo del 28.1.2015, publicado en The Independent, que maíz, arroz y hasta trigo y pollo desaceleran el crecimiento de su producción. Recientes investigaciones indican además que la producción de huevos, carne, verduras, soja, y así hasta 21 productos básicos, está empezando a quedarse sin impulso. Mientras la población mundial continúa creciendo. Se espera llegue a nueve mil millones en 2050. Los problemas causados por la creciente población se han visto agravados por el crecimiento de las poblaciones adineradas de la clase media en países como China y la India, que exigen una dieta más sustanciosa. Si a lo anterior se une el pico del fósforo (2) —más complejo y difícil que el del petróleo— y las implicaciones que tiene para la inviabilidad a largo plazo —incluso a medio— de la agricultura industrial, al ser éste un recurso no renovable, puede comprenderse que las luces rojas se hayan encendido.

(2) Por qué el agotamiento del fósforo debería preocuparte, Iñaki Berazaluce, Yorokubu, 2.12.2013

Ante el declive del fósforo para la agricultura, Jesús Bermúdez, Crisis energética, 18.8.2018

Las prohibiciones de discriminación del siglo XXI

16 Sep

Ayer veía la película sobre Clara Campoamor y el papel que jugó en el reconocimiento de la prohibición de discriminación por razón de sexo, que inevitablemente ha inspirado este artículo. El cambio climático y la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos exigen, por la amenaza y la injusticia que constituyen, que se establezca una especie de policía del futuro. Este papel puede ser desempeñado por la prohibición de discriminación que se estableciera por razón del tiempo en que nacemos y por razón de la especie. Sería esta prohibición un instrumento de lucha contra el cambio climático. Al igual  la prohibición de discriminación por razón de religión nació de las guerras de religión en la Europa del siglo XVI, que la prohibición de discriminación por nacimiento fue el resultado de las revoluciones liberales del siglo XVII frente a los privilegios de la nobleza, que la prohibición de discriminación por razón de la raza nació tras la derrota de la esclavitud en el siglo XIX, que la prohibición de discriminación por circunstancia personal o social fue el símbolo de la lucha de clases en el siglo XX o que la prohibición de discriminación por razón de sexo fue una victoria en la lucha inconclusa contra la dominación patriarcal en el siglo XX.

La instauración de esta prohibición de discriminación evitaría la tiranía de un «presente que lo coloniza todo», que vive a costa del futuro y la dominación que imponemos a las otras especies que con-viven con nosotros en esta nave llamada Tierra. Y puesto que somos la única especie en este planeta capaz de saber que tenemos un futuro, el establecimiento de esta doble prohibición de discriminación nos haría más humanos.

Este reconocimiento supondría un giro de ciento ochenta grados al concepto de democracia actual. Significaría extender el interés general más allá del interés electoral y extender la soberanía política más allá de la especie humana. Representaría –de alguna manera– un cierto reconocimiento de soberanía política a otras especies. Ya veríamos cómo, en que grado y con que extensión. Nos ayudaría a advertir que no tenemos más derechos que nuestros descendientes, ni tampoco más derechos que el resto de especies. Un efecto de esta prohibición se proyectaría sobre el concepto de propiedad, pues la misma prohíbe el exclusivismo espacial de la especie humana que legitima la apropiación de los espacios y de lo incluido en ellos y su dominio y ataca el imperialismo temporal que el presente impone al futuro debido a las cargas que deja a las generaciones futuras, por la administración irresponsable de los bienes comunes.

Esta prohibición convertiría la obligación moral que el hombre tiene con la biosfera en una obligación jurídica. Dicho de otra manera con ella la ley natural se normativizaría. De esta prohibición de discriminación se derivarían nuevas concepciones, derechos, principios y valores. A título de ejemplo pueden señalarse: otro concepto de la responsabilidad, los derechos planetarios, la equidad intergeneracional y la fraternidad. Comenzaría a emerger entonces una conciencia de pertenencia a una comunidad planetaria. La biopolítica se haría impotente y se establecerían las bases para transformarla en un mero poder de ejecución sin autonomía respecto a las leyes y límites de la naturaleza. Dejaríamos entonces de ocupar el futuro y de convertirlo en un basurero debido a la externalización de nuestros impactos ecológicos.

Dice Innerarity que cuando los contextos de acción se extienden en el espacio hasta afectar a personas de otro punto del mundo y se despliegan en el tiempo condicionando futuros cercanos y distantes –y de otras especies agrego yo–, hasta el punto de convertir la relación con la naturaleza en una forma de violencia específica: la violencia ecológica, entonces hay muchos conceptos y prácticas que requieren una profunda revisión. Les dejo esta densa reflexión cargada de nuevas concepciones y significaciones. Hasta el próximo miércoles.