¿Por qué no triunfa la opción verde en España?

13 Jun

La ecología política tiene una visión del mundo, un proyecto de vida buena y un programa de cambio. Los dos elementos centrales en los que apoya su discurso son: la sustentabilidad y la «democratización de la democracia». En España se consideran ecologistas: el 5,0% de los ciudadanos como primera opción; y el 6,4% como segunda opción. El 11,4% de ciudadanos, se declara ecologistas, de una manera u otra. No es mal porcentaje para empezar a romper las barreras electorales. Entonces: ¿por qué no triunfa la opción verde en nuestro país? Esta es una pregunta que me formulado muchas veces.

Quien posee los medios de producción es el dueño de la riqueza. Así pues la pugna entre derecha e izquierda ha girado siempre sobre la propiedad de éstos y la redistribución de la riqueza. Y nada más. Pero la redistribución de la riqueza, en nuestra sociedad, es redistribución del consumo, que se realiza a través de una producción no sujeta a límites, para que el bienestar pueda alcanzar a todos. Entre derecha e izquierda hay diferencias sobre el nivel máximo o el óptimo de producción. La no sujeción de la producción a límites, sin embargo, es un dogma pacífico. Es desde este límite, el del planeta, desde donde los ecologistas señalan que habría que haber realizado tanto el debate sobre la producción, como la discusión sobre la redistribución, y el resto de debates derivados: economía, condiciones laborales, modelo de democracia.

La limitación de la producción, y su subordinación cuantitativa a los límites biofísicos del planeta —uno de los principios centrales del ecologismo— es un torpedo en la línea de flotación del proyecto político tanto de la izquierda como de la derecha, que deja al descubierto la inmundicia de sociedad industrial: la destrucción ambiental. Destrucción que, en España, encuentra legitimación bajo el manto de la libertad de empresa. Inmersos en el corto plazo, el debate sobre la producción queda enmascarado por  la controversia sobre la titularidad de los medios y la disputa por la redistribución de la riqueza. Por controversias sobre aspectos derivados de aquél —el medio ambiente, las energías renovables, la economía, el mercado de trabajo—, sin que se llegue a fijar en éstas la conexión entre planeta y producción. Estos debates son batallas sectoriales, que distraen la atención del debate principal, pues para el capitalismo los daños ecológicos pueden repararse sin interrumpir los mecanismos de mercado y de acumulación de riqueza. Sirva como prueba de lo dicho, que la reconversión de la civilización industrial y la creación de una relación simbiótica con la Naturaleza aún no ocupa el centro del debate político.

Impregnadas todas las fuerzas políticas, en mayor o menor grado, de aspectos sectoriales del programa ecologista, el espacio político verde es ocupado tanto desde la izquierda como desde la derecha, al tiempo que el ecologismo, por su debilidad, es expulsado de la centralidad del tablero político hacia sus márgenes, desde donde sólo ejerce un papel subalterno. Pero no estar presente en el escenario central de la política, en el tiempo de la política espectáculo, es complicado de mantener durante un período de tiempo prolongado. Derecha e izquierda ganan legitimación ante los ciudadanos, con la usurpación de parte del «corpus ideológico» ecologista, a la vez que éstos se descapitalizan por su invisibilidad y su dilución en otras fuerzas políticas, que les impide confrontar su proyecto en el mercado electoral.

Para las fuerzas políticas productivistas la Naturaleza no es políticamente relevante. El debate sobre la conexión entre sustentabilidad y democracia no existe. Ni interesa. El medio ambiente es considerado como una cuestión técnica, en manos de técnicos cuyas propuestas se dirigen a hacer más eficiente la máquina productiva. Menos consumo de recursos y energía por unidad de producto, es igual a mayor producción en términos de cantidad. Lo que se traduce en mayor beneficio, con el mismo, o casi el mismo, daño ambiental. No importa. Lo que cuenta es que todos estén contentos, tanto a derecha como a izquierda, a pesar que la sobreexplotación de la Naturaleza es la causa del agujero de la capa de ozono, del cambio climático, del agotamiento de recursos o de la crisis de biodiversidad. Estos problemas, sin embargo, son vendidos a los ciudadanos como complicaciones medioambientales inevitables de la moderna sociedad industrial, no como los efectos indeseables de la hiperproducción. Que, por cierto, son evitables.

El debate sobre la producción queda enmascarado tras debates parciales, velado. Sutilmente vedado. Se proyecta, así, la apariencia de estar trabajando en la dirección adecuada y estar haciendo lo suficiente. La realidad es que todo sigue igual, y se hace poco o nada. El caos ambiental se atribuye al consumo de los individuos, cuando en realidad ha sido originado por la hiperproducción del sistema capitalista. La tarea del ecologismo es hacer que la confrontación con el productivismo se convierta en la disputa política central, rediseñar la seguridad ambiental y climática y proyectar una nueva prosperidad colectiva, señalando el deterioro del bienestar —individual y colectivo— producido por causas ambientales. Este trabajo deberá ser acompañado del quehacer de la «democratización de la democracia», una de cuyas tareas esenciales es abrir el contenido de la sustentabilidad al diálogo y a la deliberación social, otra, dar voz a aquellos que no la tienen: las generaciones futuras y el mundo natural.

Hemos de preguntarnos, por tanto, hasta que punto responden las democracias, en su actual configuración, a los imperativos de una crisis climática que afecta potencialmente a la supervivencia de los ciudadanos, de las generaciones futuras y del mundo natural. ¿Cuáles son las alternativas? La democracia verde. En contra de lo que pueda parecer, el espacio político del ecologismo está virgen, pues la sensibilidad política medioambiental, en España, se encuentra en la denominada «izquierda verde», que es diferente del ecologismo, al cual ésta se tiene que federar. Corresponde a los ecologistas, por tanto, si desean ocupar el espacio central del tablero político que les corresponde, construir una alternativa que muestre su visión del mundo, su proyecto de vida buena y su programa de cambio, y confrontarlo electoralmente con las fuerzas políticas que usurpan su proyecto, para ofrecer a los ciudadanos su visión y la solución que proponen respecto a los retos que en el s. XXI se plantean para la humanidad y para el planeta. Los ciudadanos lo esperan con expectación.

El día mundial de la mitad del ambiente

4 Jun

La decisión del Presidente de EE.UU. de abandonar el Acuerdo de París, sobre cambio climático, ha convertido el día mundial del medio ambiente en el día de la mitad del ambiente. Al ser EE.UU. el segundo emisor global de gases de efecto invernadero, la crisis climática ha puesto de manifiesto que la frontera entre lo global y lo local es difusa. Que lo local también es global. El Presidente Trump, no ha sido elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, en vez de los de París, como dice. La justificación de esa afirmación se ancla en un nacionalismo económico egoísta: América First, que no tiene en cuenta que las emisiones de CO2 de EE.UU. afectan a todos los ciudadanos del planeta, no sólo a los estadounidenses, ni que los recursos que consumen no son sólo estadounidenses. Dice Welzer que en el s. XXI no nos mataremos por la ideología, sino por los recursos. Y en ello estamos.

Trump niega que, tras la crisis climática, «las reglas del libre mercado» deban reinterpretarse y acomodarse a la capacidad de la biosfera. Que las leyes de comercio deban reescribirse. Y que ésta rescritura deba acarrear una «contención drástica de las fuerzas del mercado». La negación de la crisis climática, de Trump y de la derecha extrema, es la negativa a pagar la deuda ecológica que hemos contraído con el planeta por nuestra actividad económica. Ésta es un acto de codicia cuya finalidad es perseverar el bussines as usual y anunciar que la solución vendrá de la mano de la geoingeniería.  Y es, además, un acto de estupidez, pues, a pesar del cambio climático que hemos desatado, su punto de partida es la inamovilidad de los valores capitalistas dominantes. Stiglitz sugiere que si EE.UU. se retira del acuerdo sobre cambio climático, se pongan impuestos a los bienes allí producidos, cuando esos bienes no cumplan los estándares ambientales. Y no es mala idea.

La libertad no puede ser, entonces, un poder hacer, sin más límite que el que impone la ley humana. El cambio climático lo confirma. No puede ser ejercida más allá de los límites físicos del planeta. Adorada como un atributo divino. Contaminar no reafirma la soberanía, como pretende Trump, sino que hurta la libertad de otros y se apropia del bienestar de todos.

A fin de reforzar la observancia de los compromisos adquiridos por los países firmantes del Acuerdo de París, dada su naturaleza voluntaria, y de levantar una barrera frente a una posible epidemia de abandonos o que países firmantes que anuncien la inobservancia de facto de los compromisos adquiridos, siguiendo el ejemplo norteamericano, es útil que cada país constitucionalice los objetivos del Acuerdo de París e incorpore en su Constitución medidas de gobernanza climática, a fin de mantener el calentamiento de la Tierra por debajo de los 2°C, y evitar sus efectos catastróficos. La adopción de esta medida abriría la puerta al control, por los Tribunales Constitucionales y por los tribunales ordinarios, de las leyes o decisiones internas, que pudieran violentar los objetivos de estabilización climática. Al tiempo que se pondría la primera piedra de un futuro estado ecológico.

EE.UU. no tiene que comprar las entradas de la película que Trump quiere proyectar. Pero si acompañarnos a visitar la esperanza. Dar una vuelta por Loos-en-Gohelle, el pueblo minero francés que cambió de mentalidad, y desde su identidad, dejó de hacer lo que era costumbre, para avanzar hacia algo mejor, más sostenible, más ecológico, más racional, aprovechando las ventajas locales. El pueblo se ha convertido desde entonces, a la vez, en «lugar de memoria» y «camino del futuro». Y también deben acompañarnos a conocer Totnes, la pequeña ciudad inglesa donde nació el Movimiento de Ciudades en Transición, para que, como en ella, en todas las ciudades florezcan los comercios independientes, abunden los productos ecológicos locales elaborados de forma artesana, o se reparen bicicletas a cambio de abrazos o porciones de tarta.

La crisis climáticoa no es una cuestión de eficiencia en  el uso de los recursos, como pretende la UE, que continúa operando en términos de reducción de costes. Es algo completamente distinto. Es cuestión que los ciudadanos sean tenidos en cuenta al tomar las decisiones que les afectan. Y es hora que éstos pasen a la acción y no dejen el liderazgo de la lucha contra el cambio climático a gobiernos o empresas. No tiene sentido seguir no haciendo nada, frente a quienes no hacen nada o frente a quienes contaminan. No lo harán esos otros por nosotros. Es hora que las personas nos conectemos con la Naturaleza, salgamos al aire libre y nos adentremos en ella para apreciar su belleza y reflexionar acerca de cómo somos parte integrante de ésta y lo mucho que de ella dependemos. Éste ha de ser el único año en que el día mundial del medio ambiente, tenga que ser vivido como el día de la mitad del ambiente.