Robotismo

31 Jul

Por si la Academia de la Lengua había hecho una de las suyas y había modificado su ortografía, he usado mi ordenador portátil y me he dirigido, cual Caperucita por el cíber-bosque, hacia su página web. La palabra “robot” se sigue escribiendo con esa “t” de “traicionero” y, si se tratara de un plural, usaríamos “robots”, tal como si imitásemos su cacofónico e hipotético idioma. Recuerdo que cuando pequeño me quedé mirando alguno en las estanterías del escaparate de la tienda de juguetes. De latón, insignificantes y aburridos. Pero, sobre todo, estaban ahí, ellos en su mundo y yo en el mío. Bien delimitadas ambas fronteras. Ellos en ese hábitat del tedio que correteaban sin ningún sentido ni dirección; yo dedicado a esas cosas mías, que aún no he averiguado del todo cuáles son. Los humanos no sabemos cómo rellenar esta existencia que tampoco queremos que finalice. Los robots nacen para una misión definida. Su ventaja.

En aquellos entonces, prefería usar un balón de fútbol para jugar. Sé que no me lo invento, que una vez dispuse de un cuerpo que me permitía correr y hacer esas pequeñas diabluras que todos los niños del planeta cometen. Ahora, igual que predijeron aquellas películas de ciencia ficción que podía ver minutos después de separar la nariz del escaparate de la juguetería, ellos han invadido mi mundo, se han sumergido en mi espacio y, sospecho, que me observan desde algún lugar cómodo, con aire acondicionado y electricidad fresca en abundancia. Sin que me diera cuenta, hoy yo habito aquel estante. Así como un personaje transita de un sueño a otro, aquellos minúsculos ingenios de lata y lucecitas han mutado en virus apenas detectables. La humanidad padece robotismo y carece de vacunas. Los propios robots nos hicieron creer entre series, muñecos y estampas, que serían identificables, que sabríamos dónde se encuentran, o cómo pulsar el interruptor que detiene su actividad. Gracias a su aspecto antropomórfico, eran susceptibles de recibir una buena pedrada en la cabeza, una de las características más humanas que conozco.

La conspiración ha sido perfecta. Nos han infectado mediante el engaño de su voz sin cuerpo y, en muchas ocasiones, parece que sin oído. Como hipótesis razonable, todo esto puede haber sido organizado por unos japoneses clandestinos, o nazis, como venganza por haber perdido la guerra. Aunque yo no descartaría la conexión alienígena. De ahí, ciertos fallos estratégicos tan palpables. Por ejemplo, pretenden que me afilie a una determinada compañía eléctrica, de televisión, de gas o telefónica. Elementos imprescindibles para el control efectivo de la ciudadanía. Sin embargo, el robot llama al teléfono a la hora de la siesta, momento en que, por muy sensual que module el tono de su voz, jamás calmará la furia ibera con la que atiendo al dispositivo sólo para sentir un pequeño placer, una minúscula victoria, cuando mando a la máquina a hacer puñetas, frase que la desconcertará, sin duda, dada su ausencia de manos y de puño. Pero claro, ellos o ellas, que no sé cómo referirme a ellos o ellas, son dueños de un mayor número de hilos de marioneta del que sospechamos. Pocos minutos después de mis gritos al micrófono, siempre se interrumpe el abastecimiento de agua o electricidad, incluso tuve que salir de la ducha enjabonado porque dejó de encenderse el calentador. Miro por las esquinas, busco la cámara. Voy por la casa pegando alaridos, desnudo con un cuchillo en la mano y retándolos para que se manifiesten. Me rindo y llamo a la compañía del suministro que se haya descompuesto ese día. Exhiben su poder. Estoy yo tras el escaparate y se burlan de mí. “Por favor, repita el motivo de su llamada”. “No le entiendo. Por favor, diga o marque el número de usuario”. “Le paso con otro departamento”. “Repita el motivo de su llamada”. Y así, hasta que cortan la comunicación. No me cabe duda, o estos sucesos son la prueba del robotismo, o en casa están a punto de aparecer las caras de Bélmez.

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