La muerte en directo

30 Ene

He asistido atónito a otro despreciable mercadeo de la desgracia ajena por televisión. Alguien parece haber descubierto, apartando los escrúpulos de sus previsiones de beneficio, que el tratamiento informativo de la pena solidaria vende una barbaridad y los medios de comunicación en general, con su particular soga de números rojos al cuello, se han lanzado a una carrera despiadada sin límites, árbitros ni reglas, para ofrecernos el mejor entretenimiento de sucesos posible, agitado en truculento directo y en prime time.

Nadie parece dispuesto a renunciar a ese filón publicitario por cuestiones éticas, ni de libros de estilo incomestibles. Han logrado sentarnos al fin a todos, en torno a la familia y al perro, con la mantita de pobres sobre las rodillas para recordarnos lo pequeñitos que somos y lo mucho peor aún que nos podría ir si nuestro destino se retorciera otro palmo más tan sólo, sufriendo lo de otros en comandita, aunque afortunadamente en tercera persona, al calor del hogar y hasta la pausa de los anuncios.

Desde la pasada Guerra del Golfo en directo hasta hoy, que los acontecimientos desgraciados los respiramos a través de la mirilla digital, nos hemos acomodado en la era de las telecomunicaciones y nos cuestionamos menos las cosas del derecho y la prudencia, incluso lo de irrumpir en la intimidad del que padece los peores tormentos. Así, hasta en el peor minuto de quebranto, le exigimos a sus trágicos protagonistas que se coloquen donde los compadezcamos mejor, para no perdernos el desenlace de su fatídica historia. He visto a unos padres llorar la pérdida de su hijo sin tener que imaginarlos derrumbados. No sé a cuento de qué ni con qué pretexto informativo me los mostraron así. No sé con qué derecho. Y no sólo eso, llamamos a su hijito de dos años, fallecido, por su nombre, no sólo en los grandes titulares de los periódicos, también en el salón de nuestras casas, como si lo hubiésemos conocido, como si fuese un poquito de todos. No es verdad. Le usurpamos la privacidad y le violentamos su nombre porque nos lo han ofrecido los telediarios en bandeja de plata. Y nos lo hemos zampado, hasta creernos parte de la trama. Para nosotros este accidente sólo debería haber sido un hecho terrible y luctuoso más. Por nuestro bien. Por el de nuestra sociedad de valores. Y lo que es más importante, por el respeto al dolor verdadero de los que sí han formado parte de su vida.

¿Qué medallas? ¿A quién? ¿Por qué? ¿A qué mineros, a qué bomberos, a qué guardias civiles quiere quién distinguir? ¿A los que hemos visto por la tele? ¿A esos, precisamente, de los que habéis oído hablar en la radio? ¿Los que han salido en las fotos de los diarios durante estos días? Lo único que los hace distintos a los demás héroes que comparten su oficio es nuestro ombligo. No somos tan importantes. La Tierra gira alrededor del Sol. De verdad.

Nos han metido tan adentro de ese pozo, que podríamos santificar, si nos dejaran, al pequeño. Nos han hecho tan partícipes de su desgracia que hemos necesitado encontrar culpables en cadenas de whatsapp, en bulos sobre los padres, en falsas redes de narcotráfico, en agujereadores desalmados del subsuelo axárquico… hasta en un escritor que usa el humor ¿negro? para agitar conciencias, señalando como nadie lo peor de cada uno de nosotros mismos.

Ojalá devolvamos de una vez todo el pesar a quien de verdad le pertenece, a su familia. Todo el sosiego posible a la vez. Ojalá que el foco mediático se desvíe pronto para que ningún político que nos represente siga insultando o menospreciando a nadie públicamente en nombre de la desgracia. Ojalá hallemos todos un respiro al sinvivir de realidad virtual al que nos conseguirán hacer adictos si no sabemos ponerle nuestros propios límites a este horrendo Gran Hermano.

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