Más vale un burro en mano

17 Jul

Cuando era más pequeño que Pulgarcito, a menudo me topaba con algún listillo de mi barrio dispuesto a dejarme en ridículo, aprovechándose de mi embelesada curiosidad y mi tierna inocencia. Muy majos ellos. Cuando no era un tonto como yo el que lo leyese, sería un burro volando lo que había. Sí, un burro. Y sí, yo el que miraba con mis orejitas puestas en la luna. Con el paso de los años y debido a ese atractivo personal que siempre me ha caracterizado y que, como se puede comprobar a simple vista, aún conservo, fueron las bellas muchachas de la zona las que cogieron el testigo con singular insistencia. Un sinvivir, para qué contarles.

Volviendo a los asuntos púdicos, resulta que anteayer lo vi de repente. En la tele. No era un burro, sino un hombre, volando. Y como un tonto -aún no he aprendido-, pretendí leer el rótulo de la pantalla con verdadero interés en conocer qué era aquello, aunque incrédulo de antemano por lo sufrido durante la infancia y, he de reconocer que, con la dificultad propia de un miope mal graduado, ríete tú de la presbicia, me quedé absolutamente boquiabierto.

Portaba aquel hombre-pajarito del telediario sin voz del bar de abajo, algo parecido a una metralleta de juguete mientras planeaba sobre militares en fila, con lo que no me pareció muy serio al principio, conmigo mismo a la defensiva todavía por si acaso. Lo supuse un actor-trapecista-malabarista de los que no pueden llegar a fin de mes cuando el Circo del Sol cierra para preparar su siguiente espectáculo. Sería un artista acuciado y colgado de un arnés tras un croma fosforito. Imaginé que podía tratarse de un buen montaje, de algún reclamo publicitario para el próximo estreno de una superproducción con muchas explosiones hecha en Hollywood, Z-Men o la tortugas Ninja Voladoras… pero no, era un verdadero señor volando, como mi burro de toda la vida. En Francia, un inventor ha dejado a Leonardo y sus planos como me dejaron a mí en mi comunión, con un monigote a la espalda.

Oh, cómo adelantan los ciencias desde el vocativo y Don Hilarión. Aquel niño que fui, siempre en la luna por culpa de Julio Verne, sería de los pocos que apostasen entonces por esta ficción en la que se ha convertido nuestra velocísima realidad. Internet, los drones, los museos de De La Torre, los patinetes eléctricos tirados y las personas voladoras, corren hacia el futuro.

Claro que, por otro lado, hay cosas que parecen no haber evolucionado tanto. No hablo ya de viajes a la luna, aunque quisiera, porque más que de los cuarenta y tantos años que hace que no volvemos a pisarla, desde aquel Apolo 17 de Avidesa, me preocupa el eclipse. No el lunar de mi boquita, que deslució anoche en el cielo. El que me solivianta es el eclipse de cada día en nuestra libertad de expresión al vislumbrarse recortada, que nos ha devuelto a los 70 en un viaje a destiempo.

Y es que, aunque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dictamine que incluso quemar la foto de nuestro monarca no es delito sino un gesto que se enmarca en el debate político y la libertad de expresión y añade que la condena de estos actos perjudicaría el pluralismo, la tolerancia y el espíritu democrático de una sociedad, el pasado domingo el grupo Adebán, tras 40 años cantando sus distintas versiones republicanas de la jota “Arriba, Abajo” sin problemas, los encontró en Cafranc (Huesca) cuando un sargento de la Guardia Civil les pidió que se identificaran por cantar versos tan hirientes para nuestro Estado de Derecho como este que decía: “arriba, abajo, que Felipe se busque un trabajo”. Que tiemblen en Cádiz.

A veces, sin duda, el supuesto progreso, qué le vamos a hacer, seguirá siendo el del burro volando. Esperémoslo sentados.

Hombre rico, hombre pobre.

10 Jul

El otro día me fui por ahí con un viejo amigo al que la vida le fue bien. Nos pusimos a contar los días que hacía que no nos veíamos, supongo que en cuanto los efluvios del ron nos embaucaron, pensando que serían algunos menos distanciados pero, superados los mil y uno a tanto alzado, nos cansamos de medirnos la lejanía y, a gustito, nos dispusimos a reír las noches en común de la vuelta de la esquina, muchas más, seguramente.

Cuando se recuerdan anécdotas del pasado entre malagueños con músculo abigarrado, siempre son muy divertidas. Cuando se rememora una aventura, se le arregla una parte confusa y se le añade una puntita de felicidad extra. Cada vez y se agrega. Así se contempla uno a sí mismo bastante más rubio, alto y delgado de lo que realmente nuestros genes nos permitirían ser en cualquier circunstancia, por más guapos y jóvenes que fuésemos. Yo más, siempre, por supuesto. Sin embargo, no fue la belleza la que imperó en estas pequeñas historias retocadas que nos lanzábamos el uno al otro aprovechando un descuido de memoria, sino el éxito rotundo en el que confluían todas ellas, con sus risotadas sinceras de viejos culpables. Tío, si nunca nos fue mal ¿por qué estábamos tan deprimidos? Nuestras plazas no tenían árboles, ¿te acuerdas?, le pregunté con demasiada nocturnidad. Así que hubo trocitos de cita que no recordaremos dentro de 20 años si seguimos aquí -y si no, tampoco-. Ni con inocentes adornos. Sobre todo se borrarán los momentos en los que agitábamos el hielo de muy al fondo, cuando pasaban todos los ángeles del cielo. Creo que porque no podía quitarse la gorra ni las gafas de sol. Gaby, ¿músculo abigarrado qué es?

Si tu amigo no sabe que con músculo abigarrado te refieres a la barriga, es que no tiene y está presumiendo. De eso, de reloj de diseño exclusivo y de hablar inglés como los ángeles de varios renglones más arriba, tan educados que no hacen ni un ruido. Tío, llevo un rato fijándome en tus calcetines, son perfectos. Se nota que son caros. Nunca se bajan, ¿verdad?. Yo creo, tío, que los míos son distintos porque me los compro siempre negros, muy parecidos, y los uno en una bola equivocada al 50 por ciento de ineficacia cuando los cojo del tendedero y los meto en el cajón de los calcetines desparejados.

Sólo los buenos amigos se intercambian los calcetines. No sé por qué en vez de eso, no le hablé del reloj de muñeca. De muñeco. Pero qué suavitos son. Valió la pena descalzarse aunque la camarera nos mirase así. Como si practicásemos sexo en público. Claro que, ¿cómo no va a sospechar de alguien con gorra y gafas oscuras que se se siente al fondo del local cuando no haya nadie y se ría tanto? Tío, ¿te has hecho un injerto capilar?

A mi amigo le sonrió la vida, sí. Nunca pensé que se pudiese vivir de eso cuando tiré la toalla. Nuestro amor incondicional me ha servido para que al final me quede también con sus zapatos y para averiguar que los millonarios tienen unos gustos muy estrafalarios para un pobre de su barrio. Horteras, en confianza. Le gusta el ambiente de unos conciertos de Marbella, que no especifico para no ofender a nadie. Cuanto más dinero gana, más se involucra en la Semana Santa. Ha empezado a ir al Rocío. Y le encanta. Ve fútbol en los palcos, en serio. Va a comedietas de teatro, eso sí, cuando le aseguran que se sentará donde nadie pueda molestarle con selfis. Bailará reguetón intelectual, sin tacos, como Aznar hablaba catalán, o sea, en la intimidad. Que sí, que ya existe el reguetón fino para ricos merdellones. ¿Trap? Tío, ¿te gustan los toros? ¿De verdad? ¿Desde cuándo?

Gaby, soy el mismo aunque ahora vote a Ciudadanos, me dijo a media lengua antes de que lo acostase en la cama de su hotel con la gorra puesta. Bueno, a Ciudadanos, podía ser peor… Esta confesión sí la recordaremos dentro de unos años como aquella otra de camino a una fiesta afterpunk cuando me soltó que le gustaba Madonna. ¿Cuántas veces lo habremos contado? ¿Me lo diría de verdad? ¿Yo pondría esa cara de sorpresa? En realidad, creo que siempre me gustó Madonna a mí. A ver si fue al revés y se apropió de mi extravagancia. ¿Quién sabe?

El guateque de Ivanka

3 Jul

No puedo decir que me caiga mal Ivanka Trump. Al contrario. Ese tipo de personas que se encuentran desubicadas en la fiesta, o que simplemente nunca saben por qué están donde están, como una hoja lanzada por el destino sobre una corriente al paso, me caen muy bien. En realidad se parecen mucho a mí. Soy incapaz de ir solo a cualquier acto donde se congreguen más de dos personas e, incluso, una. El mundo, gracias a un video filtrado con pésimo audio, ha podido ver a Ivanka en la última reunión del G20. Me recordó a Peter Sellers en El Guateque (The Party), otro personaje o persona que, a veces, cuesta distinguir; de esos que me caen bien por lo antes referido. Ambos, Ivanka y Sellers, personaje y persona o la viceversa, intentan entablar conversación en una fiesta donde no estaban invitados. El método más rápido puede ser el de acercase al primer corrillo que uno vea y reírse con ganas tras el primer chiste que cuenten, o lanzar un comentario tal como quien arroja un bombazo para la reflexión, de los que dejan vibrando el aire un par de horas después de que hayan cerrado el local. Aquí llega el momento Ivanka, o Sellers, y la risa brota cuando alguien narra su secuestro con tortura incluida, mientas que el lamento resuena durante la exposición del último chiste bueno que alguien memorizó para ligar con la concurrencia.

En las imágenes se contempla el palique de varios líderes y lideresas mundiales sin canapés ni copas en la mano, actitud más preocupante de lo que parece. Nuestros guías exhiben sobriedad. Para que ustedes vean lo bien que domino lenguas extranjeras, ahí hacían piña, durante seria charla, Theresa May, Christine Lagarde y Emmanuel Macron, entre otros. En esto llega Ivanka y asalta la conversación. Si uno imagina que el parlamento entre tan principales ciudadanos versaba sobre los ajustes que nos van a hacer y sufrirán los mismos, que para eso ya tienen experiencia en lo de pasarlo mal, cierta lógica prejuiciosa nos conduciría a pensar, vistas las caras de los contertulios, que Ivanka se descolgó con una frase lapidaria sobre lo mal que huele esa colonia que compran los menesterosos en el top manta de Nueva York tan cerca de la casa de papá. De ahí los rostros desencajados. Aquella carcajada del Sellers cuando otro narraba una tragedia. Si uno pone vocecitas a los interlocutores mientras departen con semblante de póquer sobre las ocasiones en que los respectivos cónyuges han confundido la crema depilatoria con el dentífrico en esos viajes tan de rigor, e introducimos igual sentencia de la Ivanka, el resultado cambia de sol a sol. Como la imagino en ambos escenarios, me da penita. No puedo evitarlo. Me hago uno con ella, en el sentido espiritual del término, claro está. No se merecía tantos memes que le han florecido en Internet. Aparece inmiscuida entre los mandamases aliados en la Conferencia de Yalta, en la cama junto a Yoko Ono y Lennon, o tras el retrato de la Gioconda. Escenas todas que el común de los mortales considera imprescindibles para el devenir de la humanidad, y a lo mejor no.

Papi Donald Trump es un anarquista en puridad. A partir de un número de millones en la cuenta corriente, el Estado no es más que una opresión con sus exigencias de impuestos y con esos códigos legales que sirven para proteger las vidas y haciendas de los que tienen algo que llevarse a la boca. Los ricos y los pobres de pedigrí coinciden en que ninguno de ellos puede perder nada. Mientras menos estructuras existan mejor para ambos. Lo del estado social y de derecho fastidia por igual a los dos extremos. Y aquí viene el papel de Ivanka introducida como cuña en madera entre los organismos internacionales. Si ella puede, el público medio considerará que también puede, esto es, que aquellos prohombres y mujeres no lo son tanto y que, en realidad, un grupo de idiotas henchidos de sustancias estupefacientes rigen nuestro destino. De ahí, a una revolución como la pintada en la escena final de El Guateque, no media más que otro telediario abierto por Ivanka.

Monólogo de ascensor

25 Jun

Llegué a Málaga con mi familia compartiendo todavía con mis hermanas el asiento de atrás del coche. Mi padre, nacido en la emigración española en Marruecos, había tenido una vida laboral azarosa, lo normal en el gremio de la construcción, que me llevó a pasear camisetas del Betis por la meseta castellana y de la Selección Española, cuando todavía nadie en su sano juicio hubiera osado apodarla ‘La Roja’, en un San Sebastián donde los compañeros del cole se obstinaban en pensar que alguien con tal atuendo solo podía ser hijo de guardia civil, lo que, con ETA en los inicios de su periodo más sanguinario, podía llegar a ser algo parecido a pintarse una diana en el pecho. Yo qué sabía. Sabía que me gustaban los años de Mundiales de fútbol y los veraneos en la Costa del Sol. Allí, a nuestro paraíso estival, decía mi padre que volvíamos para siempre en el verano del 84, y la verdad es que aquella Carretera de Cádiz poblada por los hijos obreros del ‘baby boom’ llegó a ser a su modo un paraíso, aunque ya sin Tívoli ni hamacas de pago.

A cambio, los de mi generación teníamos la playa al lado todo el año, por más que sucia y pobre; el Portillo que nos trasladaba al edén nocturno de Torremolinos, y la incertidumbre adolescente expirada con el humo de los primeros cigarros en los pasillos del Instituto de Huelin. Zozobras, que nunca solían concernir al futuro, aunque sin saberlo, los de mi generación estábamos subiendo pisos en el ascensor social, porque nuestros padres y madres, en su mayoría de origen rural y humilde, se habían dejado los cuernos para que pudiéramos “tener estudios”, así se decía, aceptando pasar del campo a las fábricas, de la casa encalada al piso 11 con vistas al callejón de detrás, en una hilera infinita de torres que albergaban miles de sueños aplazados y de noches desveladas entre sumas y letras.

Muchos de aquellos adolescentes cumplimos las expectativas de nuestros padres, y no menos, sus peores pesadillas, y unos y otros nos saludamos con afecto cuando nos encontramos por la calle. Los ascensores de las torres que habitábamos hoy ya son otros, y siguen llevando a pisos sin glamour, pero no se atascan. Se atascó, ese sí, el llamado ascensor social, el que durante algún tiempo, y pensábamos los ingenuos que por siempre, permitió que los sacrificios de los mayores auparan a los vástagos del piso de VPO al chalé adosado lejos del barrio, lejos de todo en realidad. Pero hoy sabemos que los hijos de aquellos compañeros de clase que nos miran tímidos y desconfiados mientras nosotros nos contamos azares y batallitas, tendrán que irse lejos para tratar de seguir esa lógica de que la evolución siempre es a mejor. Dicen los expertos que el ascensor social en España no funciona mucho peor que en otros países, pero no hace parada en los pisos inferiores. Que si tienes suerte, en cuatro generaciones te lleva de la pobreza a la clase media, salvo que te haya tocado el bajo, un desventurado 20 por ciento del vecindario que se quedará para siempre en el patio de luces donde todo el mundo arroja basura y mueren los calcetines desparejados.

En la parte de mi antiguo barrio que antes se perdía en la nada; en playas desoladas con chambaos y barcas de pescadores y chimeneas fantasma de fábricas extinguidas, están haciendo edificios de 75 metros de altura en pisos de lujo. Las Picasso Tower. Porque ahora la zona es la mejor de Málaga. Cerca del aeropuerto, del centro, del Parque Tecnológico, de la Universidad y a pie de playa. Dicen que los compradores, que ya se han adjudicado el 30% de los pisos de la primera power a precios de 650.000 euros en adelante, son y serán en su mayoría altos empresarios tecnológicos españoles y extranjeros, y aunque la construcción generará sin duda riqueza en la zona y más de 1.500 puestos de trabajo, a los habitantes de las power no les hará falta bajar ni a la playa si no quieren, porque tendrán piscinas interiores y exteriores, gimnasios y clases de spinning, SPA, sala de cine, ludoteca, guardería y zona de coworking para relacionarse entre ellos, y ascensores que te suben del piso 1 al 20 en cuestión de segundos. A los de los edificios de detrás, que alguno hay, tal vez les quiten las vistas al mar pero a cambio se revalorizarán sus pisos y tendrán delante un sueño realizado, por más que ajeno y lejano.

Al fresco

19 Jun

El otro día fui de turista al centro. Hacía tiempo que no iba por culpa de netflix y mis prejuicios. Porque estoy en contra de todo lo que me gusta con ligereza, por ideología judeo-masónica e intelectualeta. Critico las canciones del verano por pegadizas; las fiestas de gastarse dinero en grandes superficies, por comerciales; las películas de risa o miedo, o con explosiones, por sus diálogos sin metafísica; de hecho, visto de negro para disimular mis excesos aunque pudiera parecer que lo hiciera en contra de alguien, casi con alevosía, como canción protesta en una época desafinada de mi vida. Pero el otro día salí contento, ya les digo, y estoy por ponerme esta noche una camisa blanca que me sirva de bandera que agitar, para rendirme de nuevo a la perdición de la mediocridad de la existencia disipada, sin recogida de firmas justas, por otra vez. Sin el nudo de la corbata. Me gusta el ketchup, pero no lo tomo porque estoy en otra liga, la de los listillos, y en mi casa le pongo kimchi a todo, pues el umami tiene ese algo especial que nos hace, a los de mi clase, diferentes al resto y un poco tontos, hasta clavarnos la cúspide en el culo. ¿Qué más me gusta sin poder declararlo en contra de mis principios?, dejenme pensar un momento… Ah, sí, me gusta llevar cubo y rastrillo a la playa. Pero no voy, porque tengo miedo de cada lunar que me salga por revolcarme en los reflejos de la arena. Aunque creo que eso forma parte de otra historia menos saludable.

A lo que iba, que me lío. Pues fui a ese centro de mi ciudad del que huyo habitualmente, con unos amigos igual de necesitados que yo de un respiro y mientras pregonábamos sobre la segunda despedida de soltera que vimos diluirse entre la muchedumbre circundante, se nos acercó un joven con tarjetas de chupito gratis a comisión, muy simpático. No sé cómo nos convenció de que a las 6 de la tarde, se podía hacer lo que a las 12 de la noche, aún con veinte años de más, y lo hicimos. ¡Lo que bailé en cuanto dejé mi piel de oso colgada en la entrada, con mi pesada losa de estirado simplón en los bolsillos. Supongo que aquello abrió mi mente y, liberados sin corsé, mis geniales michelines me ofrecieron tres deseos, como en las mil y una noches perdidas, y al salir del antro, dejaron de ofenderme las terrazas de los bares que lo ocupaban todo. Todas llenas de gente feliz. De turistas. Porque un malagueño entre turistas es un turista malagueño más, en su propia ciudad y plenamente mimetizado en la alegría. Ni un sitio libre. Cuando odiaba las mesas que me estorbaban sin estorbarme, no atendía a su éxito. Tanta gente equivocada no puede haber. ¡Lo que me he perdido por el supuesto ruido odioso y la solidaridad de mi rojerío! Para una vez que quería sentarme, no podía. Esto de unirse a la plebe, tiene sus inconvenientes. Pero ni una mesa libre, ¿eh?, ni una. Y explorando que estábamos, atentos, exigiendo lo que no alcanzábamos, me acordé de mis michelines y les pedí un segundo deseo. En seguida, un camarero en la Plaza Uncibay nos preguntó si éramos ocho. Ocho, sí. Ocho aunque fuese en una franquicia sin personalidad ninguna de las que rezo en arameo cuando me preguntan. Y nos invitó a una cerveza de pie, mientras esperábamos nuestro barrilito. Y pasó un coche de la policía municipal sin regañarnos por el botellón cásual (sic). Y lo bien que comimos. Y lo bien que nos trató Quique. Y lo poco que tardamos en desalojar para dejarle el sitio a los siguientes.

El otro día fui de turista al centro. Qué maravilla. Hoy gasto el tercer deseo. Que no se inmiscuya nadie demasiado en lo que funciona. Empezando por mí. A ver si me aguanto.