Ausencia electoral

29 Abr

Hoy se acaba de configurar tanto en el Congreso de los Diputados como en el Senado un nuevo equilibrio de fuerzas políticas, en el que las fuerzas progresistas son más numerosas que las derechas. Son todos los que están, pero no están todos los que deberían. No hay en el Congreso de los Diputados una fuerza política que sea el referente verde que la sociedad pueda identificar y votar sin necesidad de hacerlo indirectamente a través de otra fuerza política. El partido verde (Equo) continúa invisible para los ciudadanos y subrepresentado con un solo diputado en la lista de Unidas Podemos. Con un pacto que le mantiene en la UCI política, condenado a mantenerse en estado de suspensión política. Vegetativo. Sin poder cumplir la principal función de cualquier partido político: ofrecer un programa político no sometido a más condicionantes que los que derivan de la fuerza parlamentaria de quien lo propone. Ausencia electoral que es una grave error.

La necesidad que una partido político, de un referente verde en la política española, lo ha puesto de manifiesto, una vez más, la ausencia en el debate electoral del tema más importante: el cambio climático. Este asunto solo una vez fue mencionado, y de pasada, por el candidato del Partido Socialista Obrero Español en el primer debate televisado. Después el silencio envolvió a todos los actores políticos. No se abordó en éstos, ni tampoco a lo largo de la campaña electoral, el debate del Plan Nacional sobre Energía y Clima 2021-2030, la idoneidad de los objetivos y medidas propuestas. De la ley de cambio climático. A pesar que España será uno de los países más afectados de la UE por este fenómeno. Los políticos españoles han demostrado no estar a la altura de la emergencia que vivimos.

A pesar que en plena precampaña Greta Thunberg −la adolescente sueca de 16 años que pide a los políticos que hagan caso a los científicos y no dejen tirados a los jóvenes con su inactividad ante la emergencia climática− intervino en el Parlamento Europeo y puso el debate sobre la mesa, en la campaña electoral se ha hablado más de los toreros que iban en las listas de la derecha que del cambio climático. En las comparecencias de los líderes para valorar los resultados electorales tampoco ninguna fuerza política hizo alusión alguna a este asunto. Ni siquiera vaga. Ni caso oiga. Y si nos fijamos en otras crisis colaterales a esta: desaparición de especies, agotamiento de recursos, contaminación por plásticos. Como si no existieran.

Hemos vivido una de las elecciones más decisivas desde el final de la Dictadura, en la que el riesgo de involución democrática y social era real. Pero, ¿justifica esta circunstancia que en la campaña electoral no se haya debatido sobre el cambio climático: el problema más importante que tenemos? ¿Justifica ello que nadie haya propuesto un pacto de estado sobre el cambio climático y la necesaria transición ecológica que hemos de hacer? ¿Justifica esto que ningún análisis político a puesto de manifiesto esta grave ausencia? ¿Cualquier asunto es más importante que el más importante de todos?

Se anuncia en las elecciones locales y autonómicas una posible victoria de las derechas sobre las izquierdas. Pero como ciudadano me importa saber si las nuevas Corporaciones Locales y Gobiernos Autonómicos adoptarán las medidas necesarias para evitar un incremento de temperaturas superior a 1,5ºC como recomienda el Acuerdo de París ¿va a ser éste el centro del debate de esta triple campaña electoral? ¿O unos seguirán racaneando su responsabilidad y otros negando lo que advierten hasta los adolescentes?

El arranque del Plan Nacional de Clima y Energía está previsto para 2021. Para entonces habrán transcurrido dos de los 11 años, que advierten los científicos, tenemos para cambiar en profundidad nuestra forma de vida y evitar un cambio climático fuera de control. Cambio que es algo más que la sustitución de una fuente de energía sucia por otra limpia. Quiere decir ello que cada día que pasa, cada mes, cada año que retrasamos la adopción de las medidas para combatir la emergencia climática, exigirá que las medidas que posteriormente tomemos sean más radicales, más dolorosas, pues dispondremos de menos tiempo para llevarlas a cabo. Retraso este que se traducirá en un mayor sufrimiento social de los más débiles. Los científicos, la ONU nos lo están diciendo: no hacemos lo suficiente, y lo repiten una y otra vez, pero los líderes políticos no les hacen caso. Y los adolescentes, los jóvenes, aterrorizados se están echando a la calle para pedir que hagamos caso a los científicos. Los movimientos sociales en favor del clima comienzan a surgir: Jóvenes por el Clima; Madres por el Clima; Extinción/Rebelión. Ante la inacción de los poderes públicos todos los ciudadanos hemos exigir que los líderes políticos que actúen.

Para el nuevo ciclo electoral que nazca es necesario que haya despuntado ya una fuerza política verde que sea el referente electoral de los ciudadanos. Que ponga este asunto en el centro de la discusión social y política en las instituciones y que hable con claridad. Sin tapujos. Que diga lo que es necesario decir: que tenemos que actuar sin demora y de manera decidida. Que el cambio ha de ser rápido y radical. Que ya no tenemos tiempo para estrategias graduales. Que ese tiempo pasó. Que si no hacemos nada, los efectos sociales de nuestra inacción serán peores que si ahora hacemos lo que tenemos que hacer. Que tenemos opciones. Que hemos de comenzar a actuar. En este ciclo electoral no ha podido ser, pero habrá de ser en el siguiente necesariamente.

Esta es la responsabilidad histórica que tiene el partido verde en España. Y ésta ha de ser asumida y cumplida. El partido verde no se puede justificar con la consecución de logros parciales. El envite no es la sostenibilidad, sino la supervivencia. Aún tenemos la opción de dejar a nuestros hijos un planeta y un mundo habitable y más justo ¡Hagámoslo!

La única política (económica) posiblee

15 Abr

Desde la década de los noventa del siglo pasado el mantra más repetido −para imponer políticas económicas cuyo objetivo era detraer rentas de la clase trabajadora para entregarlas a los más fuertes económicamente− ha sido que dicha política es la única política (económica) posible. Esta política económica empobrecedora, así como la extracción insostenible de todo tipo de recursos han alcanzado su límite social y ecológico. Ecológicamente lo está indicando el cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales ocasionado. Socialmente lo confirma el empobrecimiento de la clase media y la pauperización de la clase trabajadora. Podemos repetir hoy, por tanto, pero por los motivos opuestos, que la única política (económica) posible es la que respeta los límites que impone el planeta a la extracción y consumo de recursos no renovables y la capacidad de absorción de la contaminación. Y la que es justa socialmente.

Para entender el actual panorama socio-político no podemos olvidar la influencia del agotamiento de recursos en el giro de la economía a la finaciarización y hacia las industrias tecnológicas. El presente es confuso, no un tiempo de certezas. Y el futuro no se percibe mejor que el pasado. Y esta confusión tiene anclada a la gente a un «posibilismo resignado» y falto de horizonte, en el que el peso del día a día impide «mirar más allá de lo inmediato». Circunstancia ésta última que explica el giro pesimista, nostálgico y reaccionario de la clase media antaño progresista.

Sabemos que mañana podemos no estar aquí. Pero este axioma ya no puede ser considerado solo desde la propia óptica vital. La crisis ecológica ha convertido esta posibilidad individual en una probabilidad colectiva si no actuamos ya. Si queremos recuperar el control sobre nuestro futuro, la única política posible es la que tiene como eje la sostenibilidad. La que se nos ha vendido como la única política (económica) posible: consumo, bajada de impuestos, recortes sociales, enriquecimiento del 1%, menos democracia, es mentira por insostenible social y ecológicamente. Es urgente, por tanto, que la sociedad abrace el cambio a lo verde: que abarca no solo la sostenibilidad, si no también la igualdad de las mujeres y los hombres en la sociedad, en los cuidados y en la reproducción de la vida biológica. Hoy, además, con urgencia.

Las consecuencias negativas que está imponiendo el cambio climático en nuestras vidas, hace que debamos formularnos muchas preguntas y reformularlo todo. Si queremos que mañana el presente vuelva a ser mejor que el pasado, si queremos dejar atrás la incertidumbre y recuperar la confianza, hemos de instaurar una nueva organización y un nuevo reparto del poder, la influencia y los recursos. En oleadas sucesivas debemos cambiar urgentemente las estructuras económicas actuales y las ideas políticas. Reformar e innovar los elementos culturales de la sociedad actual: defender la igualdad de mujeres y hombres; exigir más democracia; redefinir los sentimientos de pertenencia a la nación; y favorecer una familia no patrialcal. Y subrayar, como elemento de convicción, la estabilidad y la seguridad de esta nueva dinámica política, frente a la inestabilidad de la actual dinámica solo favorable para las clases dominantes.

O abrazamos el cambio o nos abrazamos a un pasado obsoleto. El mundo que está apareciendo no va a ser una continuación del que hoy tenemos –ecológica, tecnológica y socialmente−, sino uno completamente distinto. Hoy el pasado no es solo lo pretérito, es también la visión que solo contempla el presente. No podemos conformarnos solo con resolver a la urgencia o a la necesidad del día a día del ciudadano común, del gestor y/o del político. De lo inmediato. Porque entonces los acontecimientos nos sobrepasarán. Hemos de mirar más allá, a pesar de las dificultades. Hoy tenemos la opción de mirar al futuro, perspectiva que ha de tener como primera tarea la recuperación de la ilusión. Además de evitar un cambio climático descontrolado y una sociedad partida por la desigualdad que arroje a la pobreza a grandes partes de ella. En líneas muy genéricas esta visión del futuro se debe traducir en el abandono del enfoque mundo y el abrazo de la perspectiva planeta. En dejar de pensar y actuar desde perspectivas de clase o nación, para hacerlo desde la perspectiva de especie y de planeta, dentro de las cuales aquéllas habrán de insertase. Porque a pesar de las arengas, peroratas y discursos de los salvapatrias reaccionarios y los populistas, no tenemos más patria que el planeta.

La cuestión es: que sostenibilidad y como llegamos a ella. Pero, ¿y si la mayoría social aceptara continuar en el consumismo nihilista y en el entretenimiento banal y no hacer nada o no hacer lo suficiente para evitar las consecuencias del cambio climático –situación en la que aún nos encontramos, como ponen de manifiesto los científicos y los jóvenes con sus manifestaciones−?: ¿sería legítima dicha decisión?; ¿deberían los gobernantes elegidos por el pueblo continuar aplicando un programa de gobierno que conduce al desastre o deberían éstos gobernar en nombre de la justicia social, la igualdad y la equidad entre generaciones y aplicar un programa que contribuyera de manera real a la lucha contra el cambio climático y la crisis ecológica?; ¿tendría la minoría del presente derecho a rebelarse contra la decisión de la mayoría que la condena?; ¿puede una mayoría de ciudadanos del presente perjudicar los derechos, medios, posibilidades y modo de vida de los ciudadanos del futuro?

Lo inevitable es posible. Es urgente. Es ineludible. Hoy solo es factible abrazar el cambio, nunca conservar el pasado obsoleto. Y no solo hemos sumarnos al cambio, sino liderarlo desde la democracia y sobre premisas de sostenibilidad, igualdad y equidad. O eso u otros nos impondrán su cambio.

Marzo del 19

15 Mar

Cuando los jóvenes dicen que ir a clase no tiene sentido en un  planeta sin futuro, no solo están diciendo una realidad evidente. Están actuando de una manera profundamente histórica y política. Con ese sencillo mensaje y las concentraciones semanales que están llevando a cabo los viernes ellos nos están diciendo que esos actos dan sentido a sus vidas. Que sus vidas están dando sentido a una época. Y que esta época está dando un nuevo sentido a la historia. Porque tenemos que admitir que tras estas movilizaciones ya nada será igual. Con ellas Mayo del 68 tiene su continuidad en Marzo del 19.

Esta continuidad se ve en la actualidad de algunas consignas de Mayo del 68: rompamos los viejos engranajes (del consumo y la producción desmedida); bajo el empedrado está la playa (bajo el asfalto y el cemento está la tierra); vuelta a la normalidad (en cuanto a la asunción de los límites que tiene el planeta). Éstas alcanzan todo su sentido hoy, en Marzo del 19, no solo simbólicamente, sino literalmente. Cobran un sentido más profundo, histórico, del que tuvieron cuando se formularon, en cuanto que ellas ahora no significan solo un cambio epocal o una modificación de los usos y costumbres sociales, sino que son expresión de otra forma de estar en el planeta. Lo que dicen las consignas que usan los jóvenes hoy, es que es necesaria una nueva relación con la Naturaleza: no hay planeta B; cambiemos el sistema, no el clima; salvemos el planeta, escrito en sus pancartas hechas de cartones reciclados y en sus manos. Su traducción es política es: una ola verde liderada por mujeres jóvenes, un auge del veganismo y una reactualización del feminismo con un fuerte componente “eco”.

Estas movilizaciones juveniles, –símbolo de la alianza entre juventud y ciencia− tienen un significado más profundo: ser un viraje de la historia y, a la vez, ser la memoria de la civilización industrial de la que venimos. Ellos han conseguido suspender la lógica del mundo capitalista como había sido conocida hasta ahora, demostrando su falsedad (les deja sin futuro). A la vez que están estableciendo simultáneamente la lógica de una nueva universalidad que describe lo que hasta ahora pudo ser y no llegó a ser, por estar toda la vida subordinada a la obtención de beneficio económico.

Frente a la vieja concepción de la política entendida como una disputa por la forma de estar en el mundo, los jóvenes nos proponen entenderla de una manera más amplia: como una forma de estar en el planeta. La degradación ambiental que la civilización industrial ha causado es de tal magnitud, que los jóvenes se han topado no solo con toda la porquería que hemos lanzado al aire, al agua y a la tierra, sino que se han dado de bruces con los límites del planeta: cambio climático, contaminación por plásticos de las aguas de todo el planeta y reducción de la biodiversidad. Límites que para ellos se han convertido en limitaciones que atacan su salud y su seguridad y les son impuestas por quienes dicen que les aman.

Ante este futuro −aterrador y frustrante− los jóvenes nos interpelan. En los organismos internacionales, en los parlamentos, en la calle. Están concienciados y se han empoderado. Piden cuentas: ¡por qué no habéis hecho vuestros deberes! Piden explicaciones a los políticos de por qué no hacen lo suficiente cuando la solución es conocida: eliminar los gases de efecto invernadero de la economía. Se preguntan por qué les legamos un planeta sin futuro que les deja sin destino, si tanto les importamos.

Instalados en el abismo del cambio climático, la realidad de la vida de cada ser humano ya no puede ser explicada, comprendida y descifrada solo desde la realidad del mundo (la sociedad) y sus contradicciones, sino que ésta debe ser revelada, desplegada y vivida en el contexto planetario degrado por la acción humana.

En Marzo del 19 hemos de escuchar a los científicos y los gritos de nuestros jóvenes. Actuar de manera inmediata. Hoy, más que nunca, planeta y democracia forman una realidad inseparable. La solución de la crisis ambiental solo puede ser alcanzada entre todos. Como dice Sebastiao Salgado: el ser humano es «la sal de la tierra». Pero sin aire y sin agua no hay sal.

 

El puzzle climático de las elecciones del 28-A

11 Mar

Las encuestas descartan, por ahora, la posibilidad de un gobierno de izquierdas en coalición con fuerzas nacionalistas tras las elecciones del 28-A, debido al hundimiento electoral de Podemos y por la propia actitud de bloqueo parlamentario que anuncia parte de los independentistas catalanes. Un gobierno PSOE-Ciudadanos tras las elecciones generales del 28-A es el escenario más probable al que nos enfrentaremos.

Pero un gobierno así se traduciría en un capitalismo verde de corte socio-liberal. Muy liberal en muchas políticas: economía, trabajo, globalización, energía, cambio climático. Y más a la derecha en lo social. Estupendo para el mundo y para el 1%, pero fatal para el planeta, para los niños y para el 99% restante. Este parece que es el resultado más previsble de las próximas elecciones generales. Este resultado electoral que tendría consecuencias en el incremento de la temperatura del planeta y con él contribuiríamos a que este amento fuera de 3ºC o más. Pero si el resultado de las elecciones fuera otro gobierno tripartito de la derecha, con los xenófobos, machistas, homófobos y negacionistas climáticos de Vox apoyando desde el Parlamento o formando parte del Gobierno del Estado, volvemos al pasado y continuamos en el terreno del business as usual, y con él contribuiríamos a que este aumento de temperatura del planeta fuera de 5ºC o más.

Si analizamos los programas electorales de las distintas fuerzas políticas y las declaraciones de sus principales dirigentes nos encontramos con que:

VOX: Rocío Monasterio, una de las principales dirigentes de Vox, señaló que el cambio climático no es una amenaza, ni tan siquiera un riesgo, sino un «camelo», «un argumentario falso».

PP: Antepone todo tipo de intereses a  la protección del medio ambiente. Hay contraste entre sus promesas y las acciones del PP ejemplos de esto: la supresión de los incentivos económicos para la instalación de nuevas infraestructuras de producción de energía renovable y en conocido como impuesto al sol con el que prohibió el autoconsumo solar.

Ciudadanos: Apuesta por el fraking. Apuesta por la presencia del carbón en el mix energético y por combatir el cambio climático con el principio de quien contamina paga y sensibilización ciudadana. No hace referencia al tema nuclear.

IU a pesar de su compromiso con la protección y defensa del medio ambiente sigue siendo deudora de la hipoteca contraída con el sector del carbón; y las políticas económicas que tanto PSOE como Podemos proponen no alteran la lógica del sistema ni ponen en peligro sus fundamentos y con estas políticas contribuiríamos a un incremento de temperatura en el planeta de entre 2-3ºC. Dos grados, dicen los científicos, ya es un incremento no deseable. Y los efectos negativos del cambio climático serán mayores y ocasionarán más efectos negativos en los adolescentes y las mujeres.

Houston, tenemos un problema climático. Porque el clima tiene un comportamiento no lineal. Un aumento de la temperatura de 2° C no es el doble de virulento que uno de 1° C (que ya se ha producido), puede serlo varias veces más. Y un incremento de 3 o 4° C será letal para los seres humanos y para el planeta. Las consecuencias para el planeta y para los seres humanos y nuestra civilización se multiplicarán. Previsiblemente, dicen los científicos, se producirán catástrofes naturales, escasez de agua y alimentos, corrientes migratorias de una magnitud desconocida, y conflictos armados. Nos quedan 12 años para revertir el incremento y dar solución al problema del cambio climático.

Pero la insuficiencia de la acción climática puesta en práctica por los gobiernos, las trabas que pone la derecha y la negación de la realidad de la extrema derecha, no deben desincentivarnos en la lucha por dejar un planeta y un mundo mejor a nuestros hijos y a nuestros nietos. Debemos, por el contrario, tomar ejemplo de los adolescentes que faltan a sus clases y las mujeres, que salen a la calle a reivindicar sus derechos. Y como ellos y ellas, cada uno, debemos empoderarnos y exigir un planeta habitable y un futuro digno y lleno de igualdad. Y la primera prueba que tenemos por delante son las elecciones generales del 28-A. El voto a la derecha y a la extrema derecha ataca a nuestra supervivencia y a nuestra decencia. No lo podemos olvidar. Y las consecuencias de no prestar atención han de ser tenidas en cuenta. Muy en cuenta. No podemos escuchar los cantos de sirena. Nuestro voto, nuestra decisión, a partir de hoy, cuenta más que nunca. Supervivencia, igualdad y voto ya están ligados.

¿Cuándo comienza el siglo XXI?

6 Ago

El Consejo de la Unión Europea dice en su web, que el incremento de temperatura estará, a final de siglo, por encima de los 2ºC que establece el Acuerdo de París y que este incremento puede alcanzar los cinco grados si no se adoptan las medidas adecuadas. Señala además la Agencia de Medio Ambiente de la ONU que los planes de reducción de emisiones presentados por los estados firmantes, conducen a un incremento de 2,7ºC, que otros organismos cifran en 3,5ºC grados. El mundo que viene será más cálido, ¿cuándo comienza el siglo XXI?

Superar los dos grados del Acuerdo de París se puede resumir en los cuatro hitos de este párrafo. —y las cifras inversas del siguiente— que lo dicen todo: las olas de calor afectarían a la mitad de la población mundial, las sequías serían el pan de cada día en el Mediterráneo, la producción de alimentos se reduciría de manera ostensible e incremento del nivel del mar.

Por debajo de ese límite, sin embargo, la exposición a olas de calor se reducirían un 89%, las inundaciones un 76%, el declive de las cosechas un 41% y el estrés hídrico un 26%. Esta es la diferencia entre dar cumplimiento o no cumplir con el Acuerdo de París.

Para alcanzar ese objetivo, la exigencia de reducción de emisiones y el establecimiento de objetivos intermedios que adopten las fuerzas políticas en el interior de cada estado, España en este caso, resulta determinante para el devenir futuro de la humanidad. Estos objetivos se recogen en el siguiente cuadro comparativo:

                            

El cuadro de arriba contiene los compromisos de reducción de emisiones —vigentes— que han fijado las principales fuerzas políticas en España. Oscilan entre el 26%, sobre emisiones de 2005, del PP —recogidos en su proposición de ley de cambio climático y transición energética presentada en el Congreso de los Diputados— para 2030 y el 30%, sobre emisiones de 1990, del partido verde (EQUO), a nivel estatal, para 2020. Objetivo que en Andalucía amplía éste al 40%. Unidos Podemos propone una reducción del 35%, sobre emisiones de 1990, en la proposición de ley de cambio climático presentada en el Congreso de los Diputados. Objetivo que se aleja de las recomendaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC, para llegar a una economía sin emisiones en 2050, pues una reducción del 35% proyecta un incremento de temperatura superior a 2,4ºC, que además está por debajo del umbral de reducción del 40% establecido por la UE.

La primera conclusión que se extrae del cuadro es que salvo el compromiso de reducción del partido verde, el empeño del resto de fuerzas políticas para mantener la temperatura global del planeta por debajo del incremento de 2ºC acordado en París es escaso.

El anterior Gobierno del Partido Popular ya indicó en el documento que envió a la Comisión Europea en marzo del año pasado —que recogía la proyección de las emisiones de España hasta mediados de siglo—, que lo esperado era que las emisiones de gases de efecto invernadero de España, entre 2017 y 2030, no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. Y no parece que los compromisos indicados —con la salvedad indicada del partido verde— contengan esas medidas extraordinarias.

La segunda consecuencia, de los compromisos de reducción que proponen las diferentes fuerzas políticas, es que el efecto que  producirían es el de un alargamiento de la era de los combustibles fósiles, ya que menores e insuficientes reducciones al inicio del programa de mitigación continuarán incrementando el nivel de carbono en la atmosfera y de la temperatura que se quiere reducir. Esta es la trampa —o trampantojo— que esconden las propuestas de todas las fuerzas políticas analizadas. Muestran una preocupante falta de voluntad política —por unas u otras causas— para acometer la necesaria reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. La respuesta a esos datos es sencilla: son un lavado verde de cara a la insostenibilidad de un modo de vida inadmisible, ilógico y absurdo. Un ejemplo lo vemos en las declaraciones de la Ministra para la Transición Ecológica que en declaraciones recientes señalaba que el objetivo de reducción de España debía ser del 20%.

La incongruencia en este asunto comienza a ser visible en ciertas izquierdas. Admitió la Ministra —con toda naturalidad— que en el proceso de transición «habrá ganadores y perdedores». Nadie ha replicado sus declaraciones inaceptables, ni siquiera Podemos, adalid de la justicia social hoy y socio del POSE en el Parlamento murciano, con quien propone un objetivo de reducción para aquella región del 40% para 2030. ¿Improvisación, ignorancia o qué?

El acortamiento de la era fósil al que aludía más arriba, exige que el programa de mitigación deje atrás la filosofía de reducciones lineales acumulativas. Y adopte la contraria: mayores esfuerzos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero al inicio y decrecientes en el tiempo. El objetivo no es la economía hipocarbónica que plantean las fuerzas políticas convencionales (productivistas), si no la descarbonización de la economía que propugna el partido verde. No es una simple cuestión de matiz, es una cuestión de modelo.

A punto de cumplirse el año 2020 sin que se hayan alcanzado los porcentajes de reducción que pedía la formación ecologista, EQUO debería reivindicar como objetivo para 2030, al menos, una reducción de emisiones del 55% sobre emisiones de 1990, si se quiere alcanzar la completa descarbonización de la economía en 2050. Y tampoco debería aceptar que el objetivo de neutralidad en carbono que quiere aprobar la UE en la directiva de gobernanza en diciembre, quede indeterminado: «tan pronto como sea posible», sin que se establezca una fecha de cumplimiento límite. En el Congreso de los Diputados, en el seno de la coalición electoral que mantiene con otras fuerzas políticas, sin embargo, ¿apoyará o consentirá el partido verde un compromiso de reducción de emisiones inferior al manifestado en su programa electoral o defenderá una reducción drástica de las mismas en consonancia con aquél?

Si el Acuerdo de París acaba en fiasco y se mantiene la tendencia actual, el propio Consejo de la Unión Europea señala que, a finales de siglo, el incremento será de tres, cuatro o cinco grados. Parag Khanna dibuja —ver imagen de abajo— una perspectiva sombría, espeluznante, atroz de los efectos de un calentamiento de 4ºC.

                                 

Pero el cambio climático —más allá de los efectos ecológicos y las consecuencias sociales que acarrea— trae un mal de fondo que no está siendo percibido o no se quiere advertir. Si a la postre se produce un cambio climático «peligroso», fuera de control, nos exponemos a que los principales grupos sociales —en un contexto de desorientación existencial instigada por una percepción real o inducida de que no hay suficiente para todos— renuncien a la concepción intocable de la dignidad humana actual y abdiquen de los derechos humanos y a la protección de las minorías desfavorecidas en aras de su salvación. Este devenir se traduciría en el desencadenamiento de una  «crisis hitleriana en el siglo XXI» y en la vuelta de las «masas sobrantes», que Amery anuncia en su libro: ‘Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor’. Y respondiendo la pregunta que da título a esta entrada, diré que el inicio del siglo XXI puede ser fijado en el momento del ascenso al poder del nazismo en el siglo pasado.

Esta es la gran responsabilidad que tienen los actores políticos: que no solo han de ser conocedores de la catástrofe que constituye la crisis climática y sus repercusiones sociales, si no que además deben ser conscientes de la nueva «elección moral» que acompañará a un cambio climático fuera de control y las consecuencias de ésta. ¿Qué ocurrirá cuando las clases dirigentes perciban a la masa como una amenaza del nivel de vida actual? ¿Aparecerán nuevas «definiciones de los que sobran»? El sentimiento de justicia tiene una raíz biológica, emocional, que enlaza con la necesidad de preservar la armonía frente a la competencia por los recursos ¿Se eliminaría al 80% de «residuos del bienestar» que amenazan la supervivencia de la especie? Los viejos espectros vuelven a pasear a la luz del día con el pretexto de la crisis migratoria. El Mediterráneo se llena de cadáveres y las olas de calor se suceden.

Si queremos evitar el desencadenamiento de masacres por el agua o la tierra cultivable, la creencia sobre la escasez de recursos no puede convertirse en imaginario social. La alternativa es desarrollar políticas que recuperen capacidades antiguas como la justicia, la equidad y la fraternidad. Esta nueva política, en la práctica, tiene su traducción en la asunción de la responsabilidad con la biosfera, en una prosperidad sin crecimiento, en la realización de los deberes frente a las generaciones futuras, la conjunción de la agenda climática y la agenda social y en el desarrollo de la resiliencia al lado de la sostenibilidad. Es responsabilidad de todos que iniciemos el camino descrito, el cambio climático nos ha interpelado.

Green washing

28 Jul

¿Se puede mostrar acatamiento al Acuerdo de París sobre cambio climático y tener como objetivo el crecimiento económico? Mantener los tratados del TTIP, TISA, TTP o CETA. Hablar de sostenibilidad, de crecer con energías renovables. Encontrar en los discursos referencias a las incomodidades que el cambio climático ya está produciendo y producirá en la vida cotidiana de los españoles. Y no enunciar siquiera la necesidad de decrecer. La receta mágica que se usa, es la llamada transición energética. Pero a pesar de los malabarismos lingüísticos del green washing, la respuesta sigue siendo: no. No es posible conciliar crecimiento económico y lucha contra el cambio climático. Una premisa anula a la otra.

Para compatibilizar economía y clima la receta es sustituir el objetivo del crecimiento económico por el de la prosperidad sin crecimiento.  Pero no es este el camino por el que vamos. Una muestra es el debate del techo de gasto para los presupuestos del año que viene. El entendimiento al que hay que llegar no es solo sobre el gasto social y el actividad económica. Ese debate está cojo si conjuntamente no se aborda la cuestión de las emisiones de CO2 a la atmósfera y su limitación, los efectos que se derivan y las soluciones que es necesario adoptar.

A día de hoy está claro que la base sobre la que se deberían construir los Presupuestos Generales del Estado no es el gasto financiero, si no el gasto social y el cuidado del medio ambiente. En 2017 España experimentó el mayor incremento de emisiones desde 2002. En Sevilla ya se ha medido un incremento que supera el umbral de incremento de 1,5°C establecido en el Acuerdo de París: 1,53ºC; en Granada el incremento medido es de 1,34ºC y en Málaga del 1,13ºC. A día de hoy los pronósticos dicen que los episodios de sequía serán cada vez más frecuentes, prolongados e intensos. Pero ésto los presupuestos no lo saben.

El anterior Gobierno del Partido Popular —en un documento enviado a la Comisión Europea en marzo del año pasado, que contenía las proyecciones de emisiones hasta mediados de siglo— ya reconoció que lo esperado era que entre 2017 y 2030 las emisiones de gases de efecto invernadero de España no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. ¿Ha tomado, ha preparado o ha anunciado alguna el nuevo Gobierno? ¿O está haciendo la política climática a expensas del ciclo electoral?

Resulta ilustrativo que el Gobierno, tras la creación del Ministerio para la Transición Ecológica no haya puesto de manifiesto en el debate sobre el techo de gasto esta realidad y enunciado las directrices de una modificación que haga del presupuesto un instrumento efectivo para combatir el calentamiento global. ¿Esta es la utilidad del Ministerio para la Transición Ecológica recién creado? ¿Está el Gobierno instalado en el juego del green washing?

Asimismo es llamativo el planteamiento electoralista a corto plazo de cierta izquierda que se descubre en sus respuestas. En la de Juan Carlos Monedero que dice —como recoge Manuel Casal en el libro ‘La izquierda ante el colapso de la civilización industrial’—: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». Y en la de Pablo Iglesias a la pregunta Jordi Évole, sobre si aplicar políticas expansivas para salir de la crisis equivalía a incentivar el consumismo: «tú y yo nos podemos poner de acuerdo en que el capitalismo nos conduce al desastre ecológico, pero ahora lo importante es dar de comer a la gente». Sin energía y con la biosfera deteriorada, se podrá dar pan hoy, pero es improbable, mucho, que se pueda dar mañana, al menos, a tanta gente como hoy. ¿Qué le dirán mañana a la gente que les votó, cuando el sol abrase la tierra, falte el agua y el mar inunde sus ciudades? ¿A quién echarán la culpa? Esa realidad que ni izquierda ni derecha quieren enunciar, no pueden admitirla públicamente porque entonces todo su discurso político se derrumbaría. Y esta actitud sugiere que aceptan la realidad o su tiempo habrá pasado.

Resulta extravagante, por ello, que a pesar de la trampa mortal en que las derechas y las izquierdas nos sitúan, los diputados del partido verde presentes en el Congreso de los Diputados, no hayan puesto la realidad encima de la mesa —dentro o fuera del hemiciclo— , abriendo el debate sobre la destrucción ambiental, el sobregiro, el endeudamiento ecológico a las generaciones futuras y exigiendo reformas para que el trámite de la aprobación del techo de gasto contemple el límite del gasto ambiental permitido, expresado en forma de huella de carbono, huella de agua y huella ecológica. U otra herramienta que pudiera ser más adecuada. ¿Para que están allí entonces?

La batalla cultural de las palabras cobra, por tanto, especial importancia para desvelar esa realidad silenciada y la necesidad de no continuar instalados en el presente del crecimiento económico. El escenario dibujado por el cambio climático reclama la creación un nuevo relato que genere cambios a partir de un reenmarcamiento de la realidad. Exige imaginar el futuro para que éste no devore a nuestros niños, como consecuencia de las malas decisiones de hoy. ¿Alguien le echará huevos?

El acoplamiento de la economía al medio ambiente

22 Jul

Las emisiones de CO2 en España, uno de los principales gases de efecto invernadero, crecieron un 4,4% el año pasado. Es la mayor subida desde 2002. La subida se debió, sobre todo, a la generación de electricidad a base de carbón ante la caída de la hidroeléctrica por la escasez de lluvias. España sigue mostrándose incapaz de desacoplar el crecimiento económico —un 3,1% en 2017— de las emisiones de gases de efecto invernadero. Y como cada año el Consejo de Ministros aprobó el techo de gasto para 2019 y el cuadro macroeconómico para el periodo 2019-2021, que prevé un crecimiento económico entre el 2,7% para este año y el 2,1% en 2021. Con estas premisas y la previsión de disminución de las precipitaciones a lo largo del siglo, la pregunta es: ¿será España capaz disminuir las emisiones de CO2 y generar prosperidad sin crecimiento económico? ¿Acoplaremos la economía al medio ambiente? Estas preguntas tienen especial relevancia en el caso de España, al ser el turismo nuestra principal industria, cuyo buen funcionamiento depende de la calidad del medio ambiente. Y también sugieren la necesaria reconversión económica y productiva que tendremos que afrontar.

La realidad descrita y la necesidad que se deriva de ella requieren tener en cuenta en los Presupuestos Generales del Estado —y en la contabilidad de las empresas a la par— no solo el gasto financiero y no financiero de la actividad económica, sino también los costes ambientales que se derivan de la misma, para poder acoplar, así, la actividad económica a los límites y la capacidad del planeta. Nadie el Congreso de los Diputados, sin embargo, lo ha exigido. ¿Por qué?

Desde una óptica financiero-contable, las emisiones de gases de efecto invernadero son un gasto —ambiental— típico, aunque no tipificado: consumimos aire limpio e incrementamos la temperatura media del planeta, al emitir más gases que calientan la atmósfera de los que los mares y los bosques pueden absorber, para llevar a cabo la actividad económica. Al haber abusado del crédito ambiental, a partir de ahora, deberemos destinar recursos económicos para obtener los servicios ambientales que hasta ahora la Naturaleza nos proveía gratuitamente: aire, agua y tierra limpios.

Teniendo en cuenta que la ONU ha advertido que los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que han remitido los firmantes del Acuerdo de París, sobre cambio climático, no son suficientes para cumplir el objetivo previsto en el mismo, es necesario redoblar los esfuerzos. En España las políticas sobre cambio climático, hasta ahora, se ejecutaban con órganos administrativos dispersos y planes de acción sectoriales. Veremos el uso que se hace de la herramienta que es el recién creado Ministerio para la Transición Ecológica. Tampoco existe un instrumento legislativo que establezca una autorización limitativa jurídicamente vinculante para las emisiones de efecto invernadero. Los compromisos —los del Acuerdo de París, hay que hacer notar— son una mera declaración de intenciones, sin vinculación jurídica para los Estados. Los presupuestos pueden calificarse todavía como antiecológicos, en cuanto que no integran el ciclo económico en el ciclo ecológico del planeta. España contribuye a este superávit negativo consumiendo casi el triple de recursos de los que puede regenerar. Desde hace décadas, por tanto, gastamos más recursos naturales de los que tenemos.

De la misma manera que anualmente se aprueba el presupuesto de los gastos que puede realizar una Administración, previa aprobación del techo de gasto no financiero para ese año, la realidad del cambio climático y la contribución negativa de España al mismo, debería impulsar la creación de un presupuesto de emisiones de gases de efecto invernadero, vinculado al presupuesto económico y tramitado de forma paralela aquél. Ello obligará a las empresas a considerarlo en su cuenta de explotación y en su contabilidad, haciendo que la economía inicie la senda del decrecimiento.

De crearse este instrumento sería más que un plan de directrices. Sería la expresión cifrada, conjunta y sistemática de las emisiones de gases de efecto invernadero que, como máximo, podrían realizarse en España el ejercicio correspondiente.  La plasmación jurídico-contable de una limitación vinculante, que establecería los objetivos de reducción de emisiones a cumplir ese año, así como los mecanismos necesarios de incentivación y coerción para alcanzar el nivel de reducción determinado. Comprendo que en este mundo neoliberal esta propuesta es una herejía. Pero hemos de cambiar de hábitos.

Existen instrumentos para realizar su cálculo —sin necesidad de inventarlos ex profeso—, como la huella de carbono, que permiten determinar las emisiones directas o indirectas ocasionadas por un estado, un individuo, una organización, un evento o un producto. Tenemos las herramientas, lo que no existe es la voluntad política de ponerlas en práctica, aunque si hay voluntad social: el Barómetro del CIS de noviembre 2016 nos dice que el 59,2% de los españoles está en desacuerdo con la afirmación que muchas de las amenazas al medio ambiente son exageradas. Y que el 51,7% está de acuerdo en hacer todo lo que es bueno para el medio ambiente aún cuando le cueste más dinero o le lleve más tiempo. En Andalucía la disposición a pagar por el medio ambiente es aceptada mayoritariamente entre la población: el 77,6% de la gente que se define de izquierdas, el 60,9% de quienes se proclaman de centro y el 47,0% de quienes se dicen de derechas. Y el 36,1% el 26,1% y el 23,7%, respectivamente en esos grupos ideológicos, aceptan recortes en el nivel de vida para proteger el medio ambiente. Las fuerzas políticas no ecologistas, sin embargo, tienen miedo que estas medidas les hagan perder votos a favor de sus competidores electorales, no así el movimiento de  economía solidaria y el feminista.

Evitar que el cambio climático quede fuera de control requiere planificación. Pero la acción del Estado, por si sola, no será suficiente sin la cooperación de los ciudadanos y los movimientos sociales organizados. Es necesario, por tanto, crear un círculo virtuoso de participación ciudadana, porque frenar el cambio climático es una empresa de toda la sociedad, no solo un proyecto estatal.

En el s. XXI el cumplimiento de las obligaciones climáticas no será una más de las obligaciones que hayan de ser observadas por los Estados, las empresas y los ciudadanos, será la principal de las obligaciones que hayan de cumplirse para lograr la supervivencia de los estados y de sus nacionales.

Tiempo de transiciones

16 Jul

El mayor reto que hoy tenemos es el cambio climático. Pero su aceleración coincide con el agotamiento de una fase de la historia de España y su sistema político: la Transición. Vivimos tiempos de transiciones políticas y ecológicas que hay que articular.

Viendo los acontecimientos que están sucediendo en España —como ya he dicho en otra ocasión—, la República quizás esté más cerca de lo que podemos pensar o imaginar. En tal caso, el reto de la República será superar el nominalismo del debate monarquía/república y lograr que su venida origine en la sociedad una impregnación real de los valores cívicos republicanos. Una sociedad con estos valores es más fácil que desarrolle la fraternidad —tan necesaria en estos momentos—, un lazo de unión más fuerte que el de la solidaridad. Un lazo de unión con los restantes habitantes del planeta.

Es evidente que los males de España —la corrupción entre ellos— no van a desaparecer porque seamos una República. Pero una sociedad con valores republicanos puede afrontar mejor estos males y la transición ecológica que necesariamente hemos de poner en marcha, para iniciar el camino hacia un modo de vida acorde con los límites que el planeta impone. Un camino hacia un modo de vida más ético en todos los aspectos: humano, político y ecológico, en el que el fracaso en uno de ellos implica el fracaso en los demás.

La gente —como nos dice el CIS— está pidiendo que el Estado conduzca a la sociedad a la sostenibilidad. Hagamos que la República lo haga. De esa manera se cumplirán nuestros deseos. No tenemos otra forma de escapar del desprecio y del odio. Nuestro y de las generaciones futuras.

Una Constitución para el siglo XXI

6 Dic

La política del siglo XXI demanda un nuevo consenso marco que capte nuestro tiempo, para sobre él refundar los restantes pactos. Vivimos en un «escenario posnatural» −de la mano de la hiperglobalización y la hiperconectividad− que a golpe de calor y de sequía pide que los acuerdos políticos y sociales vigentes se transformen en un contrato posmaterial. En un acuerdo de sostenibilidad ambiental. Más allá de los necesarios debates sobre la reforma de la Constitución Española, nada se ha dicho en ellos sobre a este aspecto. Nadie ha alzado su voz reclamando la introducción en el texto constitucional de normas para afrontar los retos de este siglo. Y si nadie lo hace no dispondremos de una Constitución para el siglo XXI.

Para comprender la necesidad de esta metamorfosis, hay que tomar como punto de partida el hecho indudable que la especie humana se ha convertido en una fuerza geológica. Su influencia sobre el medio ambiente es de tal alcance y magnitud que la Tierra está «moviéndose hacia un estado diferente»: la era del antropoceno. Esta expresión quiere reflejar el impacto de la masiva influencia del ser humano sobre los sistemas biofísicos planetarios. Su efecto más visible es el cambio climático. Pero no es el único. También se incluyen en esta categoría eventos como: «la disminución de la superficie de selva virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las actividades mineras, las infraestructuras de transporte, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de organismos o la hibridación creciente».  Pero los nuevos retos no se pueden afrontar con las viejas recetas.

Es preciso, por tanto, generar un consenso ecológico, que debe ser trasladado a la reforma de la Constitución que se hubiera de aprobar, para desde él refundar los pactos políticos, sociales y territoriales existentes, a fin de legitimar la política para este tiempo. Nuevo consenso que debe tener como propósito la superación de los dos siglos de civilización industrial causantes de la oposición entre las «fuerzas productivas» y las «fuerzas de la naturaleza», que amenaza con destruirlo todo. Las tres fuerzas que hoy existen sobre el planeta: Naturaleza, ser humano y tecnología, han formado dos bloques antagónicos. La unión de dos de ellas: el ser humano y la tecnología han hecho nacer una economía cuyo metabolismo planetario es la mayor fuerza geológica existente. La tercera es la Naturaleza como fue descrita por Lovelock: una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales, dotada de facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus partes constitutivas –Gaia−. ¿Puede entonces hablar el ser humano de soberanía o sólo debe hablar de autonomía?

En el siglo XXI la acción política se desarrollará en un mundo diferente del actual. En este tiempo nuevo convivirán «grandes potencias mundiales, interdependencia globalizada y poderosas redes privadas» con una crisis ecológica y civilizatoria. En este mundo de «cadenas de suministro»: urbano, móvil, saturado de tecnología, además de descifrar «la geopolítica», será necesario no perder de vista «la geoeconomía»: en esta hipereconomía las «megainfraestructuras de conexión (nuevas tuberías, cables, ferrocarriles y canales) y la conectividad digital (que posibilita nuevas formas de comunidad)» salvan las fronteras naturales y atraviesan las fronteras políticas. Importa «menos quien posee (o reclama) el territorio que quien lo utiliza (o administra)». Lo que constituye una reconfiguración del Estado. En un mundo diferente las constituciones deben pasar de ser un instrumento de ordenación interna del sistema de atribución de derechos y distribución del poder, como hasta ahora, a actuar también como un dispositivo de ordenación de las relaciones del ser humano con la Naturaleza dentro de los límites que nos impone el planeta, juntamente con instrumentos internacionales y supranacionales.

Para que esta nueva constitución pueda ver la luz, será necesario incorporar en la Constitución Española de 1978 herramientas de simple geografía –como las biorregiones− que permitan modular desde el poder público la interacción entre demografía, política, ecología y tecnología, junto a los mecanismos de geografía política tradicionales ya recogidos en ella para la defensa de los derechos y la distribución del poder: horizontalmente –Corona, Gobierno, Cortes Generales y Poder Judicial− y verticalmente –Comunidades Autónomas, Provincias y Municipios, u otras formas de distribución que en el futuro se puedan adoptar. La incorporación de las biorregiones a la Constitución Española es una forma de introducir en la política la complejidad y sutilidad de la Naturaleza, de la que el ejercicio del poder no puede ser ajeno. Las biorregiones califican la sostenibilidad ambiental dándole dirección y sentido, además de establecer límites al uso del territorio, de los recursos y a ideas que hasta ahora eran pensadas como absolutas: soberanía, territorio, nacionalismo, supremacía militar, en tanto que la importancia estratégica en el mundo de hoy recae no en el territorio o en la población de los Estados, sino en la «conectividad (física, económica y digital) con los flujos de recursos, capital, datos talento y otros activos» que éstos desarrollen.

El cambio que se ha de operar para gobernar el mundo dentro de la Naturaleza no ha de venir ni de la revolución, ni de la evolución. Es necesaria una metamorfosis. Un cambio de estado. Los seres humanos hemos de admitir el hecho que el Planeta es nuestra patria. Que somos ciudadanos de la Tierra. Y este es un hecho político, no de administración –de recursos−. Realizar este cambio no exige ignorar lo conseguido hasta ahora por el ser humano, pero si requiere saber que este logro sólo es una parte de lo que somos. Dicho de otro modo: la historia humana no es la Historia, sólo es una pequeña parte de la Historia del Planeta. La comprensión de cual es nuestro sitio en planeta es el umbral para la adquisición de una conciencia de especie, que reemplace a la conciencia de clase. Desde esta perspectiva las categorías políticas adquieren otro significado.

Un ejemplo de este cambio del significado categorial lo podemos ver en el Preámbulo de la Constitución. En él se hace mención a la Nación Española, a los pueblos de España, a la cultura, a establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien, a usar nuestra soberanía, a la convivencia democrática, a un orden económico y social justo, a asegurar el imperio de la ley, a asegurar a todos una digna calidad de vida y a establecer una sociedad democrática avanzada. Es evidente, manifiesto y palmario que el antropoceno y los acontecimientos a él ligados –como la crisis climática− han renovado estos conceptos, tanto en el alcance como en el discernimiento que de los mismos teníamos hasta ahora. Esto implica la necesidad de redefinir y adaptar las categorías políticas a la realidad del siglo XXI; e introducir en la Constitución la variable ecológica y la intergeneracional, a través de normas o reglas que delimiten el marco de la actividad humana.

Hemos, por tanto, dejar de vivir replegados en el mundo y comenzar a habitar el planeta. Es ineludible que abordemos y acometamos la preservación del planeta del «entramado de infraestructuras de transporte, de energía y comunicaciones entre todas las personas y los recursos del mundo» antes que el planeta sea destruido. Si las constituciones han de continuar siendo reconocidas como la norma suprema de los Estados, y en particular la Constitución Española, la tarea de protección más importante que tendrán en el siglo XXI ha de ser la conservación del planeta.

El techo de gasto y el techo de emisiones

12 Jul

El Congreso de los Diputados convalidó ayer el techo de gasto para el ejercicio presupuestario de 2018. Se estableció con él el límite de gasto no financiero que puede reconocer, en este caso, la Administración del Estado el año que viene. Existe, sin embargo, un tipo de gasto que no está incluido en el techo de gasto ni en los presupuestos: las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, a pesar de ser estas emisiones un gasto (ambiental): consumimos aire limpio e incrementamos la temperatura media del planeta, al emitir más gases que calientan la atmósfera de los que los mares y los bosques pueden absorber, para llevar a cabo la actividad económica. A partir de ahora, para obtener estos servicios ambientales, que hasta ahora la Naturaleza nos proveía gratuitamente, deberemos destinar recursos económicos para ello.

Teniendo en cuenta que la ONU ha advertido que los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernaderoque han remitido los firmantes del Acuerdo de París, sobre cambio climático, no son suficientes para cumplir el objetivo previsto en el mismo, es necesario redoblar los esfuerzos. En España las políticas sobre cambio climático, hasta ahora, se ejecutan con órganos administrativos dispersos y planes de acción sectoriales. No existe un instrumento legislativo que constituya una autorización limitativa jurídicamente vinculante para las emisiones de efecto invernadero. Los compromisos —los del Acuerdo de París— son una mera declaración de intenciones, sin vinculación jurídica para el estado. Los presupuestos pueden calificarse como antiecológicos.

La deuda financiera acumulada del mundo es 3,3 veces el PIB mundial, según la revista Forbes. La otra cara de la moneda es una humanidad que consume 1,6 veces más de recursos que la capacidad de regeneración de la Tierra —España contribuye a este superavit negtivo consumiendo casi el triple de recursos de los que puede regenerar—. Desde hace décadas usamos una inexistente línea de crédito en nuestra demanda de recursos naturales. El planeta cada año, por tanto, tiene déficit ecológico. Una parte de ese déficit es la emisión de más dióxido de carbóno a la atmósfera de la que puede ser absorbida: es la llamada deuda de carbono. Ella sola representa un exceso de consumo de recursos de 0,96 planetas. Existe, pues, una correlación entre deuda financiera y deuda ambiental.

De la misma manera que anualmente se aprueba el presupuesto de los gastos que puede realizar una administración, previa aprobación del techo de gasto no financiero para ese año, y dada la realidad del cambio climático y de la contribución negativa de España al mismo, se debería elaborar un presupuesto de emisiones de gases de efecto invernadero, vinculado al presupuesto económico y tramitado de forma paralela aquél. Este instrumento sería más que un plan de directrices. Sería la expresión cifrada, conjunta y sistemática de las emisiones de gases de efecto invernadero que, como máximo, se podrían realizar en el ejercicio correspondiente. La plasmación jurídico-contable de una limitación vinculante, que establecería los objetivos de reducción de emisiones a cumplir ese año, así como los mecanismos necesarios de incentivación y coerción para alcanzar el nivel de reducción determinado. Para realizar su cálculo hay herramientas, como la huella de carbono, que permiten determinar las emisiones directas o indirectas ocasionadas por un estado, un individuo, una organización, un evento o un producto. Esta medida es un ejemplo de llevar la crítica del cambio climático a la (sobre)producción, donde radica el problema, y no a las acciones de consumo individual.

Evitar que el cambio climático quede fuera de control requiere planificación. Pero la acción del Estado será insuficiente en ausencia de la cooperación de los ciudadanos y los movimientos sociales. De igual manera la participación democrática y cívica no podrá desarrollarse eficazmente sin cambios institucionales, que den voz y voto a los ciudadanos en las decisiones ambientales. Se trata de crear un círculo virtuoso de participación, porque frenar el cambio climático es una empresa de toda la sociedad, no un proyecto estatal.

En el s. XXI el cumplimiento de las obligaciones climáticas no será una más de las obligaciones que habrán de ser observadas por los Estados, las empresas y los ciudadanos, será la principal de las obligaciones que habrá que cumplir para lograr la supervivencia de los éstos y de sus nacionales.

Si estos instrumentos y herramientas se llegaran a implantar, se habría dado un paso no sólo hacia una democracia verde, sino también hacia una democracia entre generaciones. Para ello hemos de sentir que el planeta es nuestra patria. Ahora sólo vivimos en una democracia neoliberal.