¿Cuándo comienza el siglo XXI?

6 Ago

El Consejo de la Unión Europea dice en su web, que el incremento de temperatura estará, a final de siglo, por encima de los 2ºC que establece el Acuerdo de París y que este incremento puede alcanzar los cinco grados si no se adoptan las medidas adecuadas. Señala además la Agencia de Medio Ambiente de la ONU que los planes de reducción de emisiones presentados por los estados firmantes, conducen a un incremento de 2,7ºC, que otros organismos cifran en 3,5ºC grados. El mundo que viene será más cálido, ¿cuándo comienza el siglo XXI?

Superar los dos grados del Acuerdo de París se puede resumir en los cuatro hitos de este párrafo. —y las cifras inversas del siguiente— que lo dicen todo: las olas de calor afectarían a la mitad de la población mundial, las sequías serían el pan de cada día en el Mediterráneo, la producción de alimentos se reduciría de manera ostensible e incremento del nivel del mar.

Por debajo de ese límite, sin embargo, la exposición a olas de calor se reducirían un 89%, las inundaciones un 76%, el declive de las cosechas un 41% y el estrés hídrico un 26%. Esta es la diferencia entre dar cumplimiento o no cumplir con el Acuerdo de París.

Para alcanzar ese objetivo, la exigencia de reducción de emisiones y el establecimiento de objetivos intermedios que adopten las fuerzas políticas en el interior de cada estado, España en este caso, resulta determinante para el devenir futuro de la humanidad. Estos objetivos se recogen en el siguiente cuadro comparativo:

                            

El cuadro de arriba contiene los compromisos de reducción de emisiones —vigentes— que han fijado las principales fuerzas políticas en España. Oscilan entre el 26%, sobre emisiones de 2005, del PP —recogidos en su proposición de ley de cambio climático y transición energética presentada en el Congreso de los Diputados— para 2030 y el 30%, sobre emisiones de 1990, del partido verde (EQUO), a nivel estatal, para 2020. Objetivo que en Andalucía amplía éste al 40%. Unidos Podemos propone una reducción del 35%, sobre emisiones de 1990, en la proposición de ley de cambio climático presentada en el Congreso de los Diputados. Objetivo que se aleja de las recomendaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC, para llegar a una economía sin emisiones en 2050, pues una reducción del 35% proyecta un incremento de temperatura superior a 2,4ºC, que además está por debajo del umbral de reducción del 40% establecido por la UE.

La primera conclusión que se extrae del cuadro es que salvo el compromiso de reducción del partido verde, el empeño del resto de fuerzas políticas para mantener la temperatura global del planeta por debajo del incremento de 2ºC acordado en París es escaso.

El anterior Gobierno del Partido Popular ya indicó en el documento que envió a la Comisión Europea en marzo del año pasado —que recogía la proyección de las emisiones de España hasta mediados de siglo—, que lo esperado era que las emisiones de gases de efecto invernadero de España, entre 2017 y 2030, no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. Y no parece que los compromisos indicados —con la salvedad indicada del partido verde— contengan esas medidas extraordinarias.

La segunda consecuencia, de los compromisos de reducción que proponen las diferentes fuerzas políticas, es que el efecto que  producirían es el de un alargamiento de la era de los combustibles fósiles, ya que menores e insuficientes reducciones al inicio del programa de mitigación continuarán incrementando el nivel de carbono en la atmosfera y de la temperatura que se quiere reducir. Esta es la trampa —o trampantojo— que esconden las propuestas de todas las fuerzas políticas analizadas. Muestran una preocupante falta de voluntad política —por unas u otras causas— para acometer la necesaria reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. La respuesta a esos datos es sencilla: son un lavado verde de cara a la insostenibilidad de un modo de vida inadmisible, ilógico y absurdo. Un ejemplo lo vemos en las declaraciones de la Ministra para la Transición Ecológica que en declaraciones recientes señalaba que el objetivo de reducción de España debía ser del 20%.

La incongruencia en este asunto comienza a ser visible en ciertas izquierdas. Admitió la Ministra —con toda naturalidad— que en el proceso de transición «habrá ganadores y perdedores». Nadie ha replicado sus declaraciones inaceptables, ni siquiera Podemos, adalid de la justicia social hoy y socio del POSE en el Parlamento murciano, con quien propone un objetivo de reducción para aquella región del 40% para 2030. ¿Improvisación, ignorancia o qué?

El acortamiento de la era fósil al que aludía más arriba, exige que el programa de mitigación deje atrás la filosofía de reducciones lineales acumulativas. Y adopte la contraria: mayores esfuerzos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero al inicio y decrecientes en el tiempo. El objetivo no es la economía hipocarbónica que plantean las fuerzas políticas convencionales (productivistas), si no la descarbonización de la economía que propugna el partido verde. No es una simple cuestión de matiz, es una cuestión de modelo.

A punto de cumplirse el año 2020 sin que se hayan alcanzado los porcentajes de reducción que pedía la formación ecologista, EQUO debería reivindicar como objetivo para 2030, al menos, una reducción de emisiones del 55% sobre emisiones de 1990, si se quiere alcanzar la completa descarbonización de la economía en 2050. Y tampoco debería aceptar que el objetivo de neutralidad en carbono que quiere aprobar la UE en la directiva de gobernanza en diciembre, quede indeterminado: «tan pronto como sea posible», sin que se establezca una fecha de cumplimiento límite. En el Congreso de los Diputados, en el seno de la coalición electoral que mantiene con otras fuerzas políticas, sin embargo, ¿apoyará o consentirá el partido verde un compromiso de reducción de emisiones inferior al manifestado en su programa electoral o defenderá una reducción drástica de las mismas en consonancia con aquél?

Si el Acuerdo de París acaba en fiasco y se mantiene la tendencia actual, el propio Consejo de la Unión Europea señala que, a finales de siglo, el incremento será de tres, cuatro o cinco grados. Parag Khanna dibuja —ver imagen de abajo— una perspectiva sombría, espeluznante, atroz de los efectos de un calentamiento de 4ºC.

                                 

Pero el cambio climático —más allá de los efectos ecológicos y las consecuencias sociales que acarrea— trae un mal de fondo que no está siendo percibido o no se quiere advertir. Si a la postre se produce un cambio climático «peligroso», fuera de control, nos exponemos a que los principales grupos sociales —en un contexto de desorientación existencial instigada por una percepción real o inducida de que no hay suficiente para todos— renuncien a la concepción intocable de la dignidad humana actual y abdiquen de los derechos humanos y a la protección de las minorías desfavorecidas en aras de su salvación. Este devenir se traduciría en el desencadenamiento de una  «crisis hitleriana en el siglo XXI» y en la vuelta de las «masas sobrantes», que Amery anuncia en su libro: ‘Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor’. Y respondiendo la pregunta que da título a esta entrada, diré que el inicio del siglo XXI puede ser fijado en el momento del ascenso al poder del nazismo en el siglo pasado.

Esta es la gran responsabilidad que tienen los actores políticos: que no solo han de ser conocedores de la catástrofe que constituye la crisis climática y sus repercusiones sociales, si no que además deben ser conscientes de la nueva «elección moral» que acompañará a un cambio climático fuera de control y las consecuencias de ésta. ¿Qué ocurrirá cuando las clases dirigentes perciban a la masa como una amenaza del nivel de vida actual? ¿Aparecerán nuevas «definiciones de los que sobran»? El sentimiento de justicia tiene una raíz biológica, emocional, que enlaza con la necesidad de preservar la armonía frente a la competencia por los recursos ¿Se eliminaría al 80% de «residuos del bienestar» que amenazan la supervivencia de la especie? Los viejos espectros vuelven a pasear a la luz del día con el pretexto de la crisis migratoria. El Mediterráneo se llena de cadáveres y las olas de calor se suceden.

Si queremos evitar el desencadenamiento de masacres por el agua o la tierra cultivable, la creencia sobre la escasez de recursos no puede convertirse en imaginario social. La alternativa es desarrollar políticas que recuperen capacidades antiguas como la justicia, la equidad y la fraternidad. Esta nueva política, en la práctica, tiene su traducción en la asunción de la responsabilidad con la biosfera, en una prosperidad sin crecimiento, en la realización de los deberes frente a las generaciones futuras, la conjunción de la agenda climática y la agenda social y en el desarrollo de la resiliencia al lado de la sostenibilidad. Es responsabilidad de todos que iniciemos el camino descrito, el cambio climático nos ha interpelado.

El Acuerdo de París: ¿un texto herético?

11 Nov

Sólo nos queda un dios −la crisis climática− ¡y queremos matarlo! Tras el Acuerdo de París la historia del ser humano ya no volverá a ser determinada «desde arriba». Nuestra suerte debería quedar fijada desde abajo, «por la acción infrahumana de las glándulas, genes y átomos». ¿Seremos capaces? Con este acuerdo los seres humanos dicen querer realinear lo real, lo simbólico y lo imaginario; o sea, lo físico, lo político y lo social. La entropía, la sostenibilidad y el crecimiento, sin embargo, testifican en su contra y dan cuenta de la capacidad del ser humano para imponer fantasías escritas sobre la realidad, la crisis climática en este caso. A pesar del éxito diplomático del Acuerdo de París, éste hace concordar los deseos con la realidad sólo porque éstos forzaron a la realidad a hacerlo.

El Acuerdo de París es presentado como un dogma de fe climática. Salvífico. Pero no es el acontecimiento mesiánico que nos librará de la crisis climática que se había anunciado. Es un momento más, como tantos otros, que participa de la lógica histórica capitalista sin interrumpirla. A pesar de las proclamas que contiene, no se hace mención en él a la descarbonización de la economía. En sustitución de ella se habla de «emisiones neutras». Un eufemismo que es un artificio de compensación de las emisiones con procesos de reabsorción de CO2, una apuesta por el uso masivo de sumideros de carbono: reforestación, geoingeniería y almacenamiento de CO2. Una solución técnocrática. El Acuerdo de París evidencia que «el mercado es más fuerte que la moralidad y [piensa que] el poderío de la técnica está muy por encima del de la naturaleza». Véase como las cumbres climáticas son patrocinadas por empresas: la COP23, que se está celebrando en Bonn, por la firma automovilística BMW y la empresa de paquetería y logística DHL, la cumbre de París por la automovilística Nissan y el gigante Ikea, o la de Marrakech por el BNP-Paribas, banco financiador de grandes proyectos de extracción minera. Greenwashing empresarial. El Acuerdo de París, −parafraseando a Antígona− se aparta de la ley ancestral –la de la Naturaleza− para reescribir la ley humana sobre arena con pintura verde. Hemos de continuar trabajando, a pesar de todo, para cambiar las insuficiencias de París. Nos lo jugamos todo.

El cumplimiento de las recomendaciones emanadas de los informes del panel de expertos de la ONU no garantiza que no se produzca el escenario de cambio climático que se quiere impedir. Ello se debe a que las conclusiones de sus informes toman como guía el límite de lo indudable. Ellos sólo contienen los cálculos más conservadores de los resultados obtenidos tras un proceso de negociación política sobre los que existe un consenso generalizado, pues los actores políticos intervinientes, preventivamente, rechazan cualquier obligación y evitan el imperativo de actuar que pudiera resultar de los análisis. Pero el acuerdo se vende a los ciudadanos como justo y ambicioso. Como dice la Agencia de Medio Ambiente de la ONU: los compromisos de reducción presentados por los países firmantes son insuficientes para alcanzar el objetivo de no sobrepasar en más de 1,5ºC la temperatura de la época preindustrial. La realidad es destructora y puede ser más destructiva. A pesar de ello, la Cumbre de Bonn, la COP 23, será un compás de espera hasta la de Katowice, en 2018, donde se deberían adoptar medidas concretas en la lucha contra el cambio climático. Seguimos retrasando la adopción de medidas eficaces. Eso significa una transición energética más abrupta.

El texto resultante de la Cumbre de París, en consecuencia, puede ser calificado como herético. Resulta llamativo que un acuerdo que se presenta como un dogma −científico y político−, no sea tal, sino que sea la plasmación de creencias individuales –económicas e ideológicas− fruto de la presión de los intereses económicos sobre el consenso científico más ambicioso. Su resultado es un texto débil y vacuo, que convierte la posibilidad de atajar el cambio climático en una cuestión de fe. La «búsqueda moderna del poder», que es una alianza entre progreso científico y crecimiento económico, ignora la variable ecológica de toda actividad humana.

La postergación de la puesta en marcha de los objetivos que se contempla el Acuerdo de París hasta 2030, incluso a la segunda mitad del siglo XXI,  pasa la patata caliente de reducción de emisiones y de desaceleración del crecimiento a la generación siguiente, mientras los beneficios políticos de parecer que se toman medidas de sostenibilidad medioambiental son cosechados por los actuales gobiernos. El trabajo duro se traspasa a las generaciones futuras.

Para la asociación ecologista Amigos de la Tierra con este acuerdo «se está engañando a la gente.» No existen compromisos de reducción ni calendarios de obligado cumplimiento. ¿Y si no se consiguiera detener el calentamiento global? Los políticos tendrán la excusa del acuerdo intentado y los ingenieros podrán construir Arcas de Noé tecnológicas para la casta superior. Ya existen arcas. La Escuela Internacional de Beijing ha construido una cúpula protectora de la contaminación sobre las pistas de tenis y campos de deportes, para proteger a los hijos de los diplomáticos extranjeros y de la clase alta china. También lo han hecho otras escuelas. ¿Se puede repetir este modelo en caso de un cambio climático fuera de control? ¿Cómo se protegería al resto de la población en ese caso? ¿Acogeríamos a masas de refugiados? ¿Es el Acuerdo de París la coartada para la fabricación de esas Arcas de Noé para superricos? ¿Es 2050 la fecha límite en la cuál deberían estar construidas las Arcas, como nos contó, en la ficción, la película ‘2012’? El panel de expertos de la ONU señala que en este momento la temperatura media mundial ya ha sobrepasado en 0,9ºC la temperatura preindustrial. Aunque expertos como Ed Hawkins, del Centro Nacional de Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading, Reino Unido, dicen que ya habríamos superado el temido umbral de los 1,5ºC, que establece el acuerdo sobre cambio climático de París.

El Acuerdo de París es una bula que purifica y limpia el capitalismo. En coherencia no contempla la imposición de pena de excomunión para la negación o las desviaciones del dogma climático. Subraya el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) que si se cumplieran los compromisos voluntarios que se anunciaron por más de 180 países para reducir las emisiones en la capital francesa, solo se lograría un tercio de los recortes necesarios para estabilizar el clima. La comunidad científica nos reitera que eso significaría que el aumento de  las temperaturas sería de entre 3 y 4 grados. «Todo el mundo sabe que es necesario avanzar más, pero nadie dará el paso formal hasta que haya un documento que lo pida de forma explícita».

Creer que para superar la crisis climática es posible no establecer una estrategia de reconstrucción social, que no politice los conceptos ideológicos y/o teóricos  que han generado y legitimado las acciones y procesos que han dado lugar al cambio climático, es una blasfemia que aproxima a una solución tecnocrática. Concierne a la sociedad asegurar que las promesas del Acuerdo de París se cumplen. Y le toca  reclamar el fortalecimiento de las acciones nacionales. Una muestra de acciones de ese tipo es la incorporación a las Constituciones nacionales del objetivo climático que establece el Acuerdo de París, a fin de dotar de vinculación jurídica a los acuerdos de reducción de emisiones de los países firmantes, que ahora son una mera declaración de intenciones. ¿O es que la apuesta es por una solución autoritaria?

Y como apostasía puede ser calificada la decisión del Presidente de los EE.UU. de apartar a dicho país del Acuerdo de París. ¿Quién va a cubrir su cuota de reducción? Con el acuerdo climático las posiciones oscilan entre la apostasía y la blasfemia. Fluctúan entre la negación del dogma climático y la ofensa contra la majestad de la Naturaleza, al desplegar una solución simbólica que no interrumpe el presente de barbarie económica que imponemos al medio ambiente. Con él no se ha restaurado la sacralidad del hombre ni de la Naturaleza, sólo se han santificado sus cuerpos para continuar la explotación.

Como bien dice el presidente de la Asamblea de Naciones Unidas para el Medio Ambiente: «nos enfrentamos a una dura elección, nuestra ambición o sufrir las consecuencias». ¿Puede el demos, en este caso, elegir por mayoría seguir en la vía de la inacción y del consumo insostenible y obligar a quienes no han optado por ella a las consecuencias de un cambio climático sin control? ¿Podemos condenar a las generaciones futuras a una distopía? ¿Tiene la democracia un límite en este caso?