¿Centro verde? No, delante

27 Dic

¿Economía o ecología? Este es el cruce que tenemos ante nosotros. O seguimos por el camino transitado, dominado por la economía. O emprendemos uno nuevo, regido por la ecología. Pero este nuevo punto de partida requiere enfocar la acción política fuera del eje izquierda/derecha. Desde el ¿centro verde? No, éste es parte de dicho eje. La respuesta debe ser estar delante. Anticiparnos. Ello obliga redistribuir la gama de las posiciones izquierda/derecha, mediante la reasignación de las diferencias entre éstas desde el punto de vista de la sostenibilidad/insostenibilidad de las mismas (Latour). Un indicador apto para  esta reordenación sería la huella ecológica. Veamos.

  La emergencia climática es una compleja crisis ecosocial que necesita tres respuestas para abordar los tres niveles o planos que presenta: la ecológica, la social y la generacional. La razón para ello es que los beneficiados y los perjudicados por el cambio climático se encuentran en distintas áreas o zonas y pertenecen a distintas generaciones (Padilla Rosa). Se trata de elegir si vamos seguir oponiendo las exigencias del desarrollo a los ciclos de generación y renovación de la Naturaleza. Dicho de otra manera: si solo vamos a seguir gobernando el presente u optaremos no menoscabar el futuro teniendo en cuenta la repercusión de nuestros actos en él. El primer camino lleva a la sostenibilidad débil, al ecoescepticismo o al negacionismo –según el color del gobierno que esté en el poder−. El segundo conduce a la sostenibilidad fuerte, si las soluciones se buscan fuera del mercado.

                                                             

La respuesta a la emergencia climática requiere medidas generaciones junto a las medidas sociales y ambientales en el  gobierno del presente. No hacerlo nos empujaría al desastre. Unas no excluyen otras. Una política y un gobierno así concebidos cambiarían nuestra manera de estar en el planeta y la relación con la Naturaleza. Sería éste un gobierno erigido sobre valores como la fraternidad, el cuidado y la equidad y no sobre valores meramente económicos. Un gobierno donde libertad e igualdad no son enfrentadas sino conectadas.

De todo ello puede extraerse una conclusión. Sin la respuesta generacional pero con un gobierno progresistas-izquierda en el poder, la acción política se situaría en una zona intermedia entre la sostenibilidad débil y el ecoescepticismo social que no mitigaría los efectos más graves de la crisis climática. Si se tratara de un gobierno conservador-liberal su acción política quedaría empantanada en el ecoescepticismo de mercado. Y un gobierno conservador-reaccionario se situaría en una zona entre el ecoescepticismo de mercado y el neonegacionismo. Esta conclusión describe la vida política española e internacional.

                                                

Ejemplos de programa de sostenibilidad débil, de progresistas-izquierda, son los de PSOE, Unidas Podemos y Más País, aún no ensayados en España. Pero en Europa sí tenemos ejemplo de ella. Ejemplifica este tipo de política el acuerdo de gobierno en Dinamarca, donde social liberales, socialistas y rojiverdes han firmado un pacto de gobierno que se compromete a una reducción de emisiones CO2, legalmente vinculante, del 70% en 2030. Es una muestra de una política de sostenibilidad débil con fuerte ambición y compromiso climático y restricciones inmigratorias duras, dentro del marco económico neoliberal europeo. No incluye políticas generacionales. El pacto rompe los esquemas tradicionales, no es un pacto como los descritos más arriba, más clásicos.

En España, además, hay quienes dicen –como Más País− que tenemos que ganar tiempo y hacer solo lo que está en el sentido común de la época, es decir, solo que la sociedad puede aceptar. Pero con ello no habremos ganado tiempo como pretenden sino que el problema lo pasaremos a la generación de Greta y la de sus hijos e hijas. Y a las que vendrán después, mientras que el gobierno actual hace como que resuelve la emergencia climática. ¿Podría ser esta estrategia tan errónea como se puede ver en el ejemplo opuesto: la decisión de Donald Trump, de sacar a EE.UU. del Acuerdo de París?

Para responder a esta pregunta hay que partir de una idea: tener poder no garantiza nada si no se adoptan las medidas acertadas. Esto se puede ver en la gran coalición que se ha formado contra la decisión de Donald Trump, por quienes si quieren comprometerse a la reducción de emisiones en EE.UU.: el Movimiento de rebeldía climática en EEUU formado por 25 estados; 534 ciudades, condados y tribus; 2.008 empresas e inversores; 981 organizaciones culturales y religiosas; 38 de salud y 400 universidades, que representan el 51% de las emisiones. Calculan pueden reducir las emisiones un 25%. Y con un mayor esfuerzo de ciudades, estados y empresas se podría aumentar esta reducción a un 37%.

                                                     

Una muestra de sostenibilidad débil, liberal-conservadora, es el Pacto Verde presentado por la recién elegida Presidenta de la Comisión Europea, que ha sido concebido con medidas de mercado y soporta un déficit de financiación anual de 250.000 millones de euros. La reacción ciudadana a un plan de este tipo es conocida y ya ha sido vista: los chalecos amarillos en Francia. Como dice T. Picketty «la idea de tender a un uso más moderado de la energía sin moderar la desigualdad es una ilusión, porque no seremos capaces de pedirle a los que ganan menos y a los grupos de ingresos medios que cambien su forma de vida si los que más ganan siguen consumiendo a lo loco y generando muchas emisiones de carbono».

Los conservadores-reaccionarios tienen la falsa convicción que en el futuro seremos más ricos –aunque en realidad solo algunos serán más ricos−, lo que les lleva a pensar que no es rentable hacer esfuerzos en el presente para disminuir las emisiones que afectarán al futuro, pues las emisiones como se sabe afectarán más a los más pobres. No a ellos.

Modelos de ecoescepticismo de mercado y neonegacionismo son la actuación del PP, C’s y VOX en Madrid, con el desmantelamiento de la prohibición de circulación en el área de Madrid Central. O el proceder en Andalucía con el inicio de los trabajos de prospección para yacimientos de fracking el día que comenzaba la COP25 en Madrid. Cumbre que se ha cerrado con un débil llamamiento a aumentar la cacareada ambición y sin acuerdo sobre los mercados de carbono.

                                                    

No existe un derecho natural a contaminar, en consecuencia el principio ‘quién contamina paga’ no es válido. La premisa no es: si puedo pagar puedo contaminar. La premisa es no contaminar. Y los mercados de carbono se basan en este principio. Su funcionamiento hasta hoy no ha servido para reducir las emisiones de CO2, al contrario continúan incrementándose. La única opción viable que tenemos es una política, que cumpliendo de la obligación del presente, no altere −como hasta ahora− la dotación natural que las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar. El respeto de los derechos del futuro debe implicar «un menor sacrificio» al presente. Pero «un menor sacrificio» no significa que sea el menor sacrificio posible para el presente. Sino que alude al «menor sacrificio compatible» con los derechos del futuro, el cual es el marco del resto de políticas del presente.

El legado que dejemos al futuro es el indicador que establece la calidad de las políticas de maximización del bienestar social de la izquierda y las de maximización de la rentabilidad de la derecha y el que señala el mayor o menor contraste con las propuestas de bienestar social y protección de los derechos de las generaciones futuras de la ecología.

La trampa que tiende la izquierda a los ecologistas con sus coaliciones es visibiliza de su acción política al eje izquierda/derecha, estéril para éstos pero productivo para ella, desplazándola de la visibilización en su eje natural: sostenibilidad/insostenibilidad. El esfuerzo de diferenciación de la ecología respecto de la izquierda la convierte en una fuerza política sectorial y secundaria de la izquierda. Y no la deja aparecer como una fuerza política con un eje político diferente.

¿Y Equo donde ésta? Tras su coalición electoral con Más País y el rechazo del decrecimiento en la ponencia política de su última asamblea, Equo pone en entredicho su posicionamiento en la sostenibilidad fuerte, pues la objeción al decrecimiento hace que la equidad entre generaciones que defiende sea puramente nominal. Y sin política generacional no hay sostenibilidad fuerte.

 

De banderas, patrias y planetas

22 Dic

Un mundo en el que está en entredicho la distinción entre animales, humanos y máquinas. En el que se cuestiona la diferencia entre lo natural y lo artificial; los límites entre lo físico y lo no físico son muy imprecisos; las dicotomías entre la mente y el cuerpo, lo animal y lo humano, el organismo y la máquina, lo público y lo privado, la naturaleza y la cultura se diluyen (Moreno Ibarra). Un mundo en el que las tecnologías de comunicación y de la biotecnología, van a reestructurar el planeta con una oleada de megainfraestructuras transcontinentales e intercontinentales. Que, además, está apremiado por la emergencia climática. En un mundo en el que se difuminan los límites, carecen de sentido las diferencias identitarias basadas en el nacimiento, la religión, la lengua o la cultura. Pero a pesar de la incongruencia banderas y patrias, naciones y fronteras ocupan el espacio político.

¿Cómo combatir el discurso excluyente y de odio que difunde, propaga la extrema derecha? Con un discurso armado desde los valores de fraternidad y equidad, que son los que mejor nos van a servir para afrontar la crisis ecológica en la que estamos y desde los que mejor se puede hacer frente al discurso xenófobo y machista. El repliegue que vivimos a posiciones soberanistas y actitudes reaccionarias, es el espejo en el que se refleja una crisis climática global que no tiene fronteras. Que ha sido originada por quienes ahora extienden esas ideas destructoras. Un relato que sea eficaz para uno y otro propósito puede ser como lo que sigue: en cuanto seres humanos pertenecientes a la misma especie y habitantes del mismo planeta, tenemos un destino compartido.

Este destino común antes referido expande el significado habitual del lema: ‘no tenemos planeta B’ y le añade otro sentido. Si el destino humano es compartido, la identidad debe ser construida desde «lo que somos», es decir, desde lo común. Pues el individuo no pertenece solo «a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo es parte de una especie biológica, dotada de historia y necesitada de un futuro, con una existencia ligada al resto de seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo» (V. Toledo).

Pero cuando la identidad se establece, como hasta ahora, desde el «quienes somos», es decir, desde lo que nos diferencia, erige un sentimiento de pertenencia incompleto, parcial, que genera una identidad mutilada, egoísta, que distorsiona, deforma y retuerce la percepción de la realidad. Y hace que la resonancia emocional de la cuestión nacional invisibilice la pertenencia a la comunidad planetaria interdependiente, así como la anomalía en la que están instaladas las relaciones de la humanidad con el planeta. Ejemplo de ello son: el Brexit, las aspiraciones secesionistas de Escocia −y su petróleo del Mar del Norte−, las de las regiones ricas del Norte de Italia, el conflicto independentista catalán o el conflicto étnico de la Guerra de los Balcanes.

Esto se puede ver en que el cambio climático es global, no tiene fronteras. Las emisiones de CO2 causadas en un país producen efectos letales en otros continentes. Y los países que ya sufren más severamente las consecuencias del calentamiento del planeta, son aquéllos menos desarrollados cuyas economías han sido históricamente y son hoy menos contaminantes.

La aparición de predicadores del ‘yo primero’ −los Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orban, Putin, Abascal, con sus arengas de hacer grande otra vez la patria− es funcional para un capitalismo que ha superado los límites del planeta y es incapaz de asegurar el buen vivir universal dentro de los límites que éste marca. Estos profetas son el inicio del viraje de las sociedades hacia la prioridad en la salvaguarda del grupo, ante las dificultades que vendrán por la inacción premeditada de los gobiernos ante la emergencia climática y la gran competencia que viene por los recursos naturales en declive: energías fósiles, tierras raras, agua, tierras cultivables.

Como ‘no hay planeta B’ la patria no puede venir  designada por el lugar de nacimiento, pues, así concebida produce identidades parciales, que son un obstáculo para la reacción universal, coordinada y direccionada que se necesita ante a la emergencia climática.

Se impone, por tanto, una redefinición de este concepto. El lema referido, además, hace que el nuevo mapa político deba ser el planeta, no el territorio. Solo así aquél puede ser imaginado y convertido en un espacio compartido donde confluyen los ecosistemas y las civilizaciones humanas. En el que se consuma –que no consume− el destino común de los seres humanos. Y dejar de ser un espacio dividido por naciones, estados y fronteras en el que florecen los conflictos por los recursos y progresa el ansia de dominación. De esta manera la patria se hace matria. Ésta es mi tierra.

La desaparición de la estabilidad del sistema climático supone la pérdida de un derecho inherente a la condición y dignidad humana. De un derecho humano universal cuyos titulares son la totalidad de los seres humanos: los que habitan el presente pero también las generaciones futuras. Para evitar vernos privados de este derecho −por la crisis climática− es imprescindible el advenimiento de un nuevo sujeto, titular de derechos y obligaciones planetarias: la especie.

La identidad así construida, erigida desde la especie, no se fundaría sobre la soberanía sino que se apoyaría en la afinidad, que aporta singularidades «a la experiencia común de [quienes comparten] la misma suerte». Esta identidad actuaría como «matriz estructural» de lo que es común a los seres humanos: la pertenencia al planeta y a la misma especie biológica, que actúa por encima de los yoes histórica y socialmente creados: la nación, la clase, el género o la relación con el mercado y el consumo de bienes y servicios. Esta nueva identidad supondría el nacimiento de una conciencia de especie, que facilitaría la perspectiva planetaria de la realidad humana y generaría la necesidad de repensar los yoes históricos fuera del núcleo identitario tradicional.

A modo de anécdota puede destacarse que existe una bandera que nos representa como especie. Con ella se quiere «recordar a las personas de la Tierra que podemos compartir este planeta sin importar las nacionalidades de origen, y que los ciudadanos de la tierra se cuidarán en el planeta en que vivan». Los anillos unidos entre sí, sobre un fondo azul océano, representan que en nuestro planeta todo, directa o indirectamente, esta interconectado.                         

La focalización de las emociones en la superación de la crisis civilizatoria, que engloba: la emergencia climática, la crisis de biodiversidad, la sequía creciente, el declive energético, la contaminación por plásticos, el agotamiento de tierras raras, puede actuar a modo de cámara de despresurización en los conflictos nacionalistas. Y contribuir a la reducción de su intensidad, debido al alejamiento de lo emocional del centro de gravedad.

La necesidad de esta nueva categoría es política. En la medida que los derechos y obligaciones planetarias  se han fraccionado en derechos individuales, sin la protección de una arquitectura coercitiva estatal adecuada que garantice la protección y el cumplimiento efectivo de unos y otras, el efecto resultante es el mantenimiento del metabolismo del mercado y, consecuencia de ello, la exacerbación y profundización de las consecuencias ecológicas de la crisis civilizatoria, que a su vez agravarán la desigualdad e incrementarán los conflictos sociales. En esta maraña la emergencia climática flota en la atmósfera. Y el agotamiento de las energías fósiles es enterrado a más profundidad que nunca.

En la actualidad se está pasando de una redistribución más o menos equitativa a otra desigual en favor de las clases dirigentes. Y a medida que vayamos avanzando hacia estadios de mayor rigor climático, más escasez y mayor competencia por el control de la energía y de los recursos, la salvaguarda del ‘yo primero’ y del ‘hagamos la patria grande otra vez’ se concentrará cada vez más en los intereses de las élites. Se producirá entonces el salto de la competencia por los recursos al pillaje y a la guerra, surgiendo nuevas formas de desigualdad y discriminación. Esta es la hoja de ruta de la metamorfosis del capitalismo en neofascismo.

Ni a la izquierda ni a la derecha, delante

10 Dic

El cambio climático ha refrendado hoy el posicionamiento político histórico de los partidos verdes: ni a la izquierda ni a la derecha, delante. ¿Pero quién está delante? Hoy esta definición tiene más sentido que nunca pues una Tierra habitable, un clima en el que poder vivir es un derecho humano. No hay, pues, un ecologismo de izquierdas y otro de derechas. Hay grados de sostenibilidad o insostenibilidad. Aserto este que se puede representar gráficamente de la siguiente manera:

                                                   

¿Pero, por qué la acción política habría de desplazar del frontispicio político al eje izquierda/derecha y descansar sobre el eje: sostenibilidad/ insostenibilidad? La razón es sencilla: cada generación que habita el mundo sólo es usuaria y custodia del planeta que recibe en fideicomiso. No propietaria del «patrimonio común natural» que éste constituye. Por tanto, no puede adoptar decisiones distributivas (de consumo de recursos o de contaminación y destrucción de la biosfera) que comprometan la capacidad de las generaciones futuras para tomar sus propias decisiones.

Para poder conjugar las necesidades no solo de todos los individuos sino de todas las generaciones, el primer mandamiento es el del ‘cuidado’: de la Naturaleza y de las personas. Sin cuidados no hay acción política posible. Por ello para la ecología los valores primeros de la acción política son, por este orden, la fraternidad y la equidad entre generaciones. Su centro es la fraternidad y desde ella mana el resto de principios que la inspiran. Ante la pregunta: «¿Hay recursos para todos?  «¿Hay bastante para garantizar la libertad general [y la igualdad] frente al temor y la miseria?», la ecología no plantea un «dilema entre libertad e igualdad» como hace la economía (C. Amery), sino que las conecta desde el cuidado y la justicia. Ello significa que las bases de la autoconciencia individual, pero también política, han de ser construidas con apoyos distintos de los meramente económicos.

Diré esto en un lenguaje político más al uso. No solo hay que pensar en las necesidades de los individuos del presente, también hay que tener en cuenta las de las generaciones futuras. La acción política, por tanto, ha de tener en cuenta no solo la libertad y la igualdad de los individuos del presente, sino también las repercusiones que las decisiones que éstos tomen en ejercicio de su  libertad y en su búsqueda de la felicidad tengan para la libertad e igualdad de las generaciones futuras. Debe evitarse a toda costa que las decisiones del presente puedan tener un carácter irreversible para el futuro. Por ello a los jóvenes se les ha de dar un papel en las decisiones y en las herramientas para enfrentar la emergencia climática.

Pero estamos a punto de incumplir esta premisa política fundamental. La hipocresía verde lo invade todo. Desde el ecoescepticismo político del que tenemos ejemplos en programas políticos como el Compromiso Verde del PP de Andalucía, el capitalismo verde de Ciudadanos, la modernización ecológica del PSOE, el Pacto Verde propuesto por la Presidenta de la Comisión Europea que según las estimaciones de los expertos tiene una “brecha verde” de inversión, es decir, el dinero que falta frente al que sería necesario para lograr la transición ecológica, de entre 250.000 y 300.000 millones de euros, los compromisos insuficientes para  descarbonizar la economía que envían los Gobiernos a la ONU, la declaración de emergencia climática de un Parlamento Europeo con doble sede –Bruselas y Estrasburgo− que emite 19.000 Tne CO2 anuales.

A la sostenibilidad débil que proponen las fuerzas políticas con propuestas como el Horizonte Verde de Unidas Podemos, el Acuerdo Verde para una España justicialista de Más País o el rechazo de Equo a incluir en su programa político el decrecimiento. Mucho ruido verde.

Pasando por el ecoescepticismo de mercado del que es ejemplo el intento de las grandes empresas energéticas y bancos de aguar  las reglas de «etiquetado verde» que la Comisión Europea quiere establecer para identificar las inversiones sostenibles para el medio ambiente.

De cara a la recesión que se anuncia, para algunas economistas del Partido Laborista− como Grace Blakely, una de las caras jóvenes más conocidas de la izquierda en el Reino Unido− o la demócrata estadounidense Alexandria Ocasio Cortez, la idea de un Green New Deal proporciona un margen de maniobra potencial pues dicho programa se basa en la demanda y la inversión, y también en ecologizar la economía a largo plazo.

Esta idea, que no es nueva, surgió en 2008 cuando un grupo de economistas se reunió y propusieron un gran programa de inversión que a la vez hiciera la economía más sostenible. Era la alternativa a la política neoliberal. Señala Blakeley que se podía haber respondido de otra manera a la Gran Recesión mediante la inversión en tecnología verde, transportes, reducción de la desigualdad. Y haber disminuido su impacto a la vez que se impulsaba la producción y la productividad a largo plazo. Pero no se hizo.

El Green New Deal es la continuidad de una política del crecimiento perpetuo corregida, no un proyecto para una nueva política económica. Éste no elimina el sistema de mercantilización ni los motores de expansión.

Es un espacio intermedio entre el ecoescepticismo y la sostenibilidad débil que no evitará los peores efectos del calentamiento global, pero que tiñe de verde el capitalismo y concede unos años más a las élites para la obtención de beneficios. Esas mismas que han tomado la decisión −y están ejecutando− de romper todos los lazos de solidaridad, ahora más necesarios que nunca ¿Es esta la receta −cínica o ingenua, no lo se− de «ganar tiempo», que algunos proponen para hacer frente a la emergencia climática? Aunque no se que tiempo se puede ganar ante ella.

                                                

Por el contrario, este es el momento de hablar claro y sin tapujos sobre las opciones para evitar los efectos más adversos del calentamiento global, antes que el tiempo se agote y el imaginario social se adormezca colonizado por la ficción de los coches eléctricos y la transición energética como solución a la emergencia climática y, a la vez, sostener el nivel de vida y prometer el aumento de las oportunidades de empleo. Pero el incremento verde del PIB no es la receta mágica, conlleva la dificultad añadida que este incremento supondría para la reducción de emisiones de CO2.

Para afrontar la emergencia climática las economías desarrolladas incluidas en el Anexo I del Protocolo de Kioto deberían recortar sus emisiones de CO2 entre el 8−10% anual. Este recorte  es posible hacerlo de manera equitativa, como se demostró en Cuba en la década de 1990. Pero el espacio político de la sostenibilidad fuerte: decir la verdad, decrecimiento de los sectores sucios y sustitución por sectores limpios con «medidas de reducción de la demanda», transición ecológica justa, reruralización del territorio y renaturalización, sigue sin ser políticamente ocupado. Da pavor. El dilema entre lo que debe hacerse y lo que puede hacerse sin perder dinero, votos o poder, mantiene atrapadas a instituciones y políticos. Nadie se hace preguntas: ¿transición dentro o fuera del capitalismo?, ¿austeridad o mantenimiento del modelo?, ¿cómo redistribuir?, ¿limitar la población? Ni éstas ni otras. Pero el cambio llegará se quiera o no. Lo queda por saber es a que coste.

Para las élites, sin embargo, este dilema no existe: ya resolvieron abandonar la idea de un futuro común donde todos pudiéramos prosperar de igual manera y han decidido para ello desembarazarse de todos los lazos de solidaridad (B. Latour) ¿Cuantas vidas deberán perderse para que los líderes mundiales tomen las decisiones correctas?

Greta Thumberg decía en Madrid que la esperanza no está dentro de los muros de la COP25 sino en la calle: en las manifestaciones climáticas, en las  asambleas de los barrios, en la rebelión que se comienza a manifestar, en las respuestas de la gente en las encuestas que sobre la crisis climática que se publican estos días durante la COP25 de Madrid: nueve de cada 10 españoles piensa que es urgente dar un paso adelante y actuar; seis de cada 10 está a favor de prohibir los coches diesel y de gasolina a partir de 2040, a optar por energías limpias aunque sean más caras, a comprar productos locales y a no usar el avión en trayectos cortos; y cinco de cada 10 está dispuesto a dejar de comer carne. Y tiene razón. Lo demás está vacío.

Pero la actitud de quienes piensan más en el dinero que en la vida: esos como Jair Bolsonaro, el pirómano de la selva amazónica; Donald Trump, que hacen chistes sobre el frío que hace en pleno recalentamiento global; Xi Jinping, el presidente chino, que aspira a seguir contaminando por el procedimiento de comprar cuotas de emisión de gases a países tan pobres que ni siquiera se pueden permitir el lujo de poseer industrias; y tantos otros, hace que me pregunte con Manuel Arias: «¿hasta qué punto [responderán] nuestras democracias liberales a los imperativos de la [emergencia climática] que afectan potencialmente a la supervivencia de los individuos presentes, las generaciones futuras y del mundo natural»? ¿Hay alguien ahí o tendremos que elegir entre salvarnos o morir a la fuerza?

 

Francisco Soler