De banderas, patrias y planetas

22 Dic

Un mundo en el que está en entredicho la distinción entre animales, humanos y máquinas. En el que se cuestiona la diferencia entre lo natural y lo artificial; los límites entre lo físico y lo no físico son muy imprecisos; las dicotomías entre la mente y el cuerpo, lo animal y lo humano, el organismo y la máquina, lo público y lo privado, la naturaleza y la cultura se diluyen (Moreno Ibarra). Un mundo en el que las tecnologías de comunicación y de la biotecnología, van a reestructurar el planeta con una oleada de megainfraestructuras transcontinentales e intercontinentales. Que, además, está apremiado por la emergencia climática. En un mundo en el que se difuminan los límites, carecen de sentido las diferencias identitarias basadas en el nacimiento, la religión, la lengua o la cultura. Pero a pesar de la incongruencia banderas y patrias, naciones y fronteras ocupan el espacio político.

¿Cómo combatir el discurso excluyente y de odio que difunde, propaga la extrema derecha? Con un discurso armado desde los valores de fraternidad y equidad, que son los que mejor nos van a servir para afrontar la crisis ecológica en la que estamos y desde los que mejor se puede hacer frente al discurso xenófobo y machista. El repliegue que vivimos a posiciones soberanistas y actitudes reaccionarias, es el espejo en el que se refleja una crisis climática global que no tiene fronteras. Que ha sido originada por quienes ahora extienden esas ideas destructoras. Un relato que sea eficaz para uno y otro propósito puede ser como lo que sigue: en cuanto seres humanos pertenecientes a la misma especie y habitantes del mismo planeta, tenemos un destino compartido.

Este destino común antes referido expande el significado habitual del lema: ‘no tenemos planeta B’ y le añade otro sentido. Si el destino humano es compartido, la identidad debe ser construida desde «lo que somos», es decir, desde lo común. Pues el individuo no pertenece solo «a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo es parte de una especie biológica, dotada de historia y necesitada de un futuro, con una existencia ligada al resto de seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo» (V. Toledo).

Pero cuando la identidad se establece, como hasta ahora, desde el «quienes somos», es decir, desde lo que nos diferencia, erige un sentimiento de pertenencia incompleto, parcial, que genera una identidad mutilada, egoísta, que distorsiona, deforma y retuerce la percepción de la realidad. Y hace que la resonancia emocional de la cuestión nacional invisibilice la pertenencia a la comunidad planetaria interdependiente, así como la anomalía en la que están instaladas las relaciones de la humanidad con el planeta. Ejemplo de ello son: el Brexit, las aspiraciones secesionistas de Escocia −y su petróleo del Mar del Norte−, las de las regiones ricas del Norte de Italia, el conflicto independentista catalán o el conflicto étnico de la Guerra de los Balcanes.

Esto se puede ver en que el cambio climático es global, no tiene fronteras. Las emisiones de CO2 causadas en un país producen efectos letales en otros continentes. Y los países que ya sufren más severamente las consecuencias del calentamiento del planeta, son aquéllos menos desarrollados cuyas economías han sido históricamente y son hoy menos contaminantes.

La aparición de predicadores del ‘yo primero’ −los Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orban, Putin, Abascal, con sus arengas de hacer grande otra vez la patria− es funcional para un capitalismo que ha superado los límites del planeta y es incapaz de asegurar el buen vivir universal dentro de los límites que éste marca. Estos profetas son el inicio del viraje de las sociedades hacia la prioridad en la salvaguarda del grupo, ante las dificultades que vendrán por la inacción premeditada de los gobiernos ante la emergencia climática y la gran competencia que viene por los recursos naturales en declive: energías fósiles, tierras raras, agua, tierras cultivables.

Como ‘no hay planeta B’ la patria no puede venir  designada por el lugar de nacimiento, pues, así concebida produce identidades parciales, que son un obstáculo para la reacción universal, coordinada y direccionada que se necesita ante a la emergencia climática.

Se impone, por tanto, una redefinición de este concepto. El lema referido, además, hace que el nuevo mapa político deba ser el planeta, no el territorio. Solo así aquél puede ser imaginado y convertido en un espacio compartido donde confluyen los ecosistemas y las civilizaciones humanas. En el que se consuma –que no consume− el destino común de los seres humanos. Y dejar de ser un espacio dividido por naciones, estados y fronteras en el que florecen los conflictos por los recursos y progresa el ansia de dominación. De esta manera la patria se hace matria. Ésta es mi tierra.

La desaparición de la estabilidad del sistema climático supone la pérdida de un derecho inherente a la condición y dignidad humana. De un derecho humano universal cuyos titulares son la totalidad de los seres humanos: los que habitan el presente pero también las generaciones futuras. Para evitar vernos privados de este derecho −por la crisis climática− es imprescindible el advenimiento de un nuevo sujeto, titular de derechos y obligaciones planetarias: la especie.

La identidad así construida, erigida desde la especie, no se fundaría sobre la soberanía sino que se apoyaría en la afinidad, que aporta singularidades «a la experiencia común de [quienes comparten] la misma suerte». Esta identidad actuaría como «matriz estructural» de lo que es común a los seres humanos: la pertenencia al planeta y a la misma especie biológica, que actúa por encima de los yoes histórica y socialmente creados: la nación, la clase, el género o la relación con el mercado y el consumo de bienes y servicios. Esta nueva identidad supondría el nacimiento de una conciencia de especie, que facilitaría la perspectiva planetaria de la realidad humana y generaría la necesidad de repensar los yoes históricos fuera del núcleo identitario tradicional.

A modo de anécdota puede destacarse que existe una bandera que nos representa como especie. Con ella se quiere «recordar a las personas de la Tierra que podemos compartir este planeta sin importar las nacionalidades de origen, y que los ciudadanos de la tierra se cuidarán en el planeta en que vivan». Los anillos unidos entre sí, sobre un fondo azul océano, representan que en nuestro planeta todo, directa o indirectamente, esta interconectado.                         

La focalización de las emociones en la superación de la crisis civilizatoria, que engloba: la emergencia climática, la crisis de biodiversidad, la sequía creciente, el declive energético, la contaminación por plásticos, el agotamiento de tierras raras, puede actuar a modo de cámara de despresurización en los conflictos nacionalistas. Y contribuir a la reducción de su intensidad, debido al alejamiento de lo emocional del centro de gravedad.

La necesidad de esta nueva categoría es política. En la medida que los derechos y obligaciones planetarias  se han fraccionado en derechos individuales, sin la protección de una arquitectura coercitiva estatal adecuada que garantice la protección y el cumplimiento efectivo de unos y otras, el efecto resultante es el mantenimiento del metabolismo del mercado y, consecuencia de ello, la exacerbación y profundización de las consecuencias ecológicas de la crisis civilizatoria, que a su vez agravarán la desigualdad e incrementarán los conflictos sociales. En esta maraña la emergencia climática flota en la atmósfera. Y el agotamiento de las energías fósiles es enterrado a más profundidad que nunca.

En la actualidad se está pasando de una redistribución más o menos equitativa a otra desigual en favor de las clases dirigentes. Y a medida que vayamos avanzando hacia estadios de mayor rigor climático, más escasez y mayor competencia por el control de la energía y de los recursos, la salvaguarda del ‘yo primero’ y del ‘hagamos la patria grande otra vez’ se concentrará cada vez más en los intereses de las élites. Se producirá entonces el salto de la competencia por los recursos al pillaje y a la guerra, surgiendo nuevas formas de desigualdad y discriminación. Esta es la hoja de ruta de la metamorfosis del capitalismo en neofascismo.

Llorar no basta

22 Jun

En los años 40 del pasado siglo la vergüenza anidó en Alemania. En este siglo se ha instalado en EE.UU., Gran Bretaña, Hungría, Eslovenia, Austria, Italia. El virus se extiende por otros países. La extrema derecha europea presiona para instar campos de concentración (eufemísticamente denominados plataformas de recepción) fuera de las fronteras de la UE para clasificar a los migrantes en aptos o no aptos para poder entrar dentro de las fronteras europeas. ¿Y la dignidad humana? Llorar no basta. Los seres humanos que huyen, desprovistos de estatuto de ciudadanía que los proteja (nuda hominen), se nos amontonan en la puerta del primer mundo.

                                           

Hoy cuando el racismo y la xenofobia se extiende por Europa otra vez, conviene recordar las palabras de Giorgo Agamben: la vida y la muerte no son conceptos propiamente científicos, sino políticos, que en cuanto tales, solo adquieren un significado preciso por medio de una decisión. Muchas vidas quedarán afectadas o cortadas por las decisiones que gobernantes sin escrúpulos están tomando hoy. Gobernantes que se sienten fuertes frente a la debilidad de quienes no tienen quien les proteja y solo piden refugio. La última y más feroz expresión de esta vergüenza proviene de Italia, cuna del fascismo, donde parece rebrotar de la mano del actual Ministro de Interior, que ha cerrado los puertos italianos a las embarcaciones de rescate de inmigrantes y propone crear registros de gitanos.

El respeto a las reglas que reclama el Ministro de Interior italiano, como excusa para no acoger a quienes necesitan protección, comienza con el respeto a la dignidad humana, que es un valor inherente al ser humano por el simple hecho de serlo, en cuanto ser racional, dotado de libertad. ​Dignidad que no es una cualidad otorgada por nadie, sino consustancial al ser humano, que no depende de ningún tipo de condicionamiento ni de diferencias étnicas, de sexo, de condición social o cualquier otro tipo. Esta es la primera regla.

El eje Roma-Berlín-Viena —de infausto recuerdo en el siglo pasado— ha resucitado otra vez de la mano de la extrema derecha, para forzar una política migratoria racista y xenófoba en la UE. Al igual que entonces, ésta brama por una la Europa cristina y niega protección a quienes necesitándola profesan otras religiones o tienen un origen étnico diferente, a la vez que calla el origen cristiano de la dignidad humana que olvida. Con mayor crudeza cada vez los síntomas de una lenta agonía del Estado democrático-liberal están dejando paso a una era negra de valores no necesariamente democráticos. En esta tesitura España debe realizar una política migratoria cuya base sea la dignidad humana y sirva de contrapeso a la política negra de la extrema derecha. Debe influir en la política migratoria de la UE. No es suficiente una política que se quede en gestos como el de la recepción del Aquarius.

La crisis migratoria está mostrando la insuficiencia de los conceptos fundamentales que representan los sujetos de lo político: el hombre, el ciudadano y sus derechos, el pueblo soberano, el trabajador, así como la necesidad de reconstruir la arquitectura política desde la figura del refugiado: «el concepto guía ya no sería el ius del ciudadano, sino el refugium del individuo», dice Agamben. Éste es el paradigma de una nueva conciencia histórica: la de la especie, que se vincula al planeta —donde la única propiedad que existe es lo masticado, tragado e incorporado al cuerpo— y no al mundo.

En este mundo que levanta muros, es importante advertir que el planeta no impone fronteras. La vieja receta de la soberanía y la identidad responde a la pregunta sobre quiénes somos (alemanes, italianos, marroquíes), pero no se interroga sobre qué somos (seres humanos). No solo pertenecemos «a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación o a una cofradía religiosa o política. Antes de todo eso somos parte de una especie biológica, dotada de historia y necesitada de futuro. Nadie es «carne humana», solo lo son quienes lo afirman de otros.