Mi patria es el planeta (II): la ciudadanía de la Tierra

10 Ago

El siglo XXI requiere que abandonemos el enfoque mundo y abracemos la perspectiva planeta. Exige ello transitar desde la noción de sociedad a la de comunidad planetaria. Armonizar la ciudadanía estatal con una nueva ciudadanía de la Tierra. Para ello es necesario construir un nuevo sentimiento de identidad y redefinir nuestro sentimiento de pertenencia.

El territorio fue definido, primeramente, por las fronteras de los estados. Hoy vuelve a ser delimitado por el cambio climático, que está determinando los espacios habitables, los recursos disponibles, los movimientos migratorios y la seguridad de las personas. El territorio del planeta está siendo redefinido por el sumergimiento de unas zonas debido a la subida del nivel del mar y por el deshielo de otras. Pero también, y sobre todo, debido a la aparición de murallas climáticas, nueva categoría de fronteras que separan por inhabitables territorios antes habitables. En este contexto, cuyo efecto es el desplazamiento masivo de seres humanos en busca de refugio, las fronteras políticas se convierten en instrumentos de agresión a los derechos humanos de los desplazados. La solución no es el viejo control de fronteras para la salvaguarda de los intereses y la cohesión nacionales. Exige desarrollar una perspectiva planetaria de la ciudadanía, del estado, así como de las relaciones con la Naturaleza. Transitar desde la “nación de ciudadanos” al planeta de ciudadanos.

La sociedad humana es sólo un subgrupo de la comunidad planetaria. Comparte morada con el resto de seres no humanos. También con aquéllos que vendrán después y ocuparán el mismo planeta. El primer deber de toda comunidad es velar por la continuidad de la misma en el tiempo. Para lograrla hay que insertar en la actividad económica la variable intergeneracional o justicia entre generaciones. Se materializa ésta con el reconocimiento y establecimiento de derechos y obligaciones planetarios, cuyo efecto es vincular a los ciudadanos con el planeta y con el futuro.

¿Qué son estos derechos y obligaciones? Los derechos planetarios, son derechos inherentes a todas las generaciones, no limitados a las posteriores cercanas. Comprenden los derechos a gozar de condiciones de biodiversidad y calidad ambiental equivalentes a las disfrutadas por generaciones anteriores. En cuanto a los deberes planetarios, el principal es que cada generación sólo puede tomar del planeta aquello que le resulte necesario para satisfacer sus necesidades, sin comprometer la capacidad ecológica y socioeconómica de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Este deber contiene cinco deberes de uso: de conservación de los recursos; de acceso equitativo a la utilización de los recursos; de prever o disminuir el impacto negativo sobre los recursos o la calidad ambiental; de minimizar los desastres; de soportar los costes del daño.

¿Cómo materializar estos derechos y obligaciones? Una fórmula sería el establecimiento de un estatus ciudadano desdoblado: en una ciudadanía de la Tierra, estatus que se poseería por el mero hecho de pertenecer a la comunidad planetaria, al que quedarían vinculados los derechos y deberes planetarios, garantizados por un organismo global y los estados. Este estatus encuentra su fundamento en la fraternidad, que  subvierte, transforma y trasciende la concepción racionalista de la libertad y la igualdad al abrirse a la empatía y al cuidado del otro. Junto a ella estaría la ciudadanía clásica, conectada al estado o ente supranacional de residencia, a la que se vincularían los derechos políticos y sociales. Un único espacio y múltiples territorios. Se trata de forjar un sentimiento de identidad planetaria. De construir una identidad inclusiva que parte del hecho que todos habitamos el mismo planeta, y se basa únicamente en el nosotros, no en un ellos y un nosotros. Sería expresión de la alianza entre los seres humanos y del lazo del éstos con el planeta, que se materializaría en la ciudadanía de la Tierra, a través del cuidado de las generaciones futuras y la totalidad de lo viviente. Estaría acompañada de un sentimiento de pertenencia, de arraigo, al territorio de residencia, apoyado en un patriotismo constitucional verde, que significa que la libertad de empresa se transforma en «libertad dentro de» los límites del planeta y dentro de la cuota de recursos que cada generación tiene asignados; que la igualdad es reconstruida desde la realidad del cambio climático, el reconocimiento de la finitud del planeta y la problemática del acceso a los recursos y a los servicios ambientales. Y que la justicia también es ambiental: derecho a un medio ambiente más limpio, más sano y más seguro, porque no hay justicia social sin justicia ambiental, pues las desigualdades sociales hoy tienen su origen no sólo en el desigual acceso a los recursos, sino también en el desigual acceso a los servicios ambientales.

Hoy, más que nunca, cuando mes tras mes se suceden los records de temperatura media del mundo, es necesario hacer realidad la expresión: no hay más patria que el planeta, y forjar el sentimiento de identidad planetario. Es necesario comenzar con las mutaciones moleculares y las enmiendas a la totalidad, para dejar a atrás la vieja sociedad industrial e instalarnos en la comunidad planetaria. Adquirir la ciudadanía de la Tierra. De continuar la parálisis actual, la segunda mitad del siglo XXI podría estar dominada por dictaduras ecofascistas que combinen la ecoeficiencia autoritaria con la justificación de las desigualdades sociales. El escenario resultante sería un mapamundi poblado de «archipiélagos bunkerizados de bienestar» en un mar de barbarie.

Tiempo de ecología política

3 Ago

Vivimos un tiempo de hierro. Mecánico. Oxidado. El tiempo de la negación de la Naturaleza, que lleva al hombre a su fin. Al fin de la historia humana. Historia que admite aceleración o frenada como el tiempo de la máquina. Tiempo sin memoria. Fraccionado. Tiempo que «aleja al hombre de la Tierra». Lo destierra. Es necesario, por ello, recuperar la Tierra. Aceptar el tiempo geológico. Reconocer el tiempo de vida. Aprender que somos un instante contingente del tiempo de la Naturaleza. Es tiempo de ecología política.

El ser humano se tiene que arraigar otra vez en la Tierra. Expresión de esta necesidad es la ecología política. Ahondando en su significado puede decirse que ésta es un nuevo helenismo, cuyo objetivo es fusionar la historia humana en la historia del planeta. Su fundamento es un universalismo que abole las diferencias entre especies, razas, sexos o condiciones. Su idioma es el de la biosfera: el respeto a los límites de la Naturaleza. Es un ideal universal que se funda en la heterogeneidad y la diversidad y en una pertenencia que disuelve a las demás: la pertenencia a la Naturaleza. La ecología política no intenta crear un mundo humano, sino reintegrar el mundo humano en la Naturaleza. No hay patrias, sino planeta. Trata para ello que el hombre admita que lleva dentro de sí y que le envuelve el espíritu de la Naturaleza. Hombre y Naturaleza son «lo Uno-en-lo-diferente». La ecología política expresa esa fusión bajo la voz de la emoción y de la razón. Según este nuevo helenismo cada ser humano se autoconstituye en creador de la armonía de su propia existencia en la Naturaleza. Se convierte en un proyecto ético y estético irrepetible, que permite la continuidad de la misma como un lugar de contingencia.

A diferencia de las doctrinas de hierro del siglo XX: liberalismo y socialismo, cuya expresión política es la construcción de un pueblo o de una casta, la expresión política de la ecología es la construcción de una civilización, que haga realidad la idea de la igualdad fundamental de todos en la Naturaleza. Humanos y no humanos. Una Naturaleza que es límite y horizonte, que disuelve las limitaciones geográficas, étnicas o de otro tipo y abole los puntos étnicos o geográficos destinados al dominio político de los otros: especies y seres humanos.

Esta diferencia tiene su origen en la diferente concepción del tiempo que tienen las tres ideologías. La ecología política tiene una idea circular del tiempo, profana. Para ésta el origen es el comienzo en una eterna repetición atravesada por el azar. Esta concepción permite que el ser humano siga siendo un ser histórico pues imposibilita el fin de la historia, al estar subsumida la historia humana en la Naturaleza. Hay un acontecimiento que exige que todos crean en él: el cambio climático. Este suceso muestra la necesidad de una historia con una temporalidad diferente. De un tiempo que establezca un lazo con el futuro y cree duración. Evidencia la necesidad de la política. Nociones propias de esta concepción son: comunidad planetaria, ciudadanía de la Tierra o cuerpo político-biológico, que conectan lo humano y lo político con la materialidad de la Tierra.

Frente ella está la concepción lineal del tiempo judeocristiana, propia del liberalismo y del socialismo, que conduce al final de la historia humana, resultado de una visión económica, productivista y materialista del progreso. Este tiempo de la ciudadanía burguesa, trae de la mano la necesidad de expansión del comercio. En él nada nuevo puede ser dicho (todo está inventado ya), sólo puede ser meramente administrado a través de las «tareas de producción, circulación y consumo». Significa la victoria de la economía y de la administración. El triunfo de la absolutización del trabajo. La victoria del amo sobre el esclavo. Es el preludio, por creencia compartida, del reemplazo de la política por la ciencia.

Después de las segundas elecciones generales en España, todas las fuerzas políticas, excepto una, la ecología política, luchan por alcanzar el gobierno de la máquina de producción y consumo. Unas en términos de economía y administración. Otras para la construcción de la unidad popular. Pero hay alternativa. La que aspira a un hacer que no se degrade en la pura actividad y trabajo. La que inscribe la democracia en la asunción vital del ejemplo, que niega la posibilidad de separar la vida de sus formas. La alternativa verde. La historia «no depende del destino, sino del diseño.»