El día mundial de la mitad del ambiente

4 Jun

La decisión del Presidente de EE.UU. de abandonar el Acuerdo de París, sobre cambio climático, ha convertido el día mundial del medio ambiente en el día de la mitad del ambiente. Al ser EE.UU. el segundo emisor global de gases de efecto invernadero, la crisis climática ha puesto de manifiesto que la frontera entre lo global y lo local es difusa. Que lo local también es global. El Presidente Trump, no ha sido elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, en vez de los de París, como dice. La justificación de esa afirmación se ancla en un nacionalismo económico egoísta: América First, que no tiene en cuenta que las emisiones de CO2 de EE.UU. afectan a todos los ciudadanos del planeta, no sólo a los estadounidenses, ni que los recursos que consumen no son sólo estadounidenses. Dice Welzer que en el s. XXI no nos mataremos por la ideología, sino por los recursos. Y en ello estamos.

Trump niega que, tras la crisis climática, «las reglas del libre mercado» deban reinterpretarse y acomodarse a la capacidad de la biosfera. Que las leyes de comercio deban reescribirse. Y que ésta rescritura deba acarrear una «contención drástica de las fuerzas del mercado». La negación de la crisis climática, de Trump y de la derecha extrema, es la negativa a pagar la deuda ecológica que hemos contraído con el planeta por nuestra actividad económica. Ésta es un acto de codicia cuya finalidad es perseverar el bussines as usual y anunciar que la solución vendrá de la mano de la geoingeniería.  Y es, además, un acto de estupidez, pues, a pesar del cambio climático que hemos desatado, su punto de partida es la inamovilidad de los valores capitalistas dominantes. Stiglitz sugiere que si EE.UU. se retira del acuerdo sobre cambio climático, se pongan impuestos a los bienes allí producidos, cuando esos bienes no cumplan los estándares ambientales. Y no es mala idea.

La libertad no puede ser, entonces, un poder hacer, sin más límite que el que impone la ley humana. El cambio climático lo confirma. No puede ser ejercida más allá de los límites físicos del planeta. Adorada como un atributo divino. Contaminar no reafirma la soberanía, como pretende Trump, sino que hurta la libertad de otros y se apropia del bienestar de todos.

A fin de reforzar la observancia de los compromisos adquiridos por los países firmantes del Acuerdo de París, dada su naturaleza voluntaria, y de levantar una barrera frente a una posible epidemia de abandonos o que países firmantes que anuncien la inobservancia de facto de los compromisos adquiridos, siguiendo el ejemplo norteamericano, es útil que cada país constitucionalice los objetivos del Acuerdo de París e incorpore en su Constitución medidas de gobernanza climática, a fin de mantener el calentamiento de la Tierra por debajo de los 2°C, y evitar sus efectos catastróficos. La adopción de esta medida abriría la puerta al control, por los Tribunales Constitucionales y por los tribunales ordinarios, de las leyes o decisiones internas, que pudieran violentar los objetivos de estabilización climática. Al tiempo que se pondría la primera piedra de un futuro estado ecológico.

EE.UU. no tiene que comprar las entradas de la película que Trump quiere proyectar. Pero si acompañarnos a visitar la esperanza. Dar una vuelta por Loos-en-Gohelle, el pueblo minero francés que cambió de mentalidad, y desde su identidad, dejó de hacer lo que era costumbre, para avanzar hacia algo mejor, más sostenible, más ecológico, más racional, aprovechando las ventajas locales. El pueblo se ha convertido desde entonces, a la vez, en «lugar de memoria» y «camino del futuro». Y también deben acompañarnos a conocer Totnes, la pequeña ciudad inglesa donde nació el Movimiento de Ciudades en Transición, para que, como en ella, en todas las ciudades florezcan los comercios independientes, abunden los productos ecológicos locales elaborados de forma artesana, o se reparen bicicletas a cambio de abrazos o porciones de tarta.

La crisis climáticoa no es una cuestión de eficiencia en  el uso de los recursos, como pretende la UE, que continúa operando en términos de reducción de costes. Es algo completamente distinto. Es cuestión que los ciudadanos sean tenidos en cuenta al tomar las decisiones que les afectan. Y es hora que éstos pasen a la acción y no dejen el liderazgo de la lucha contra el cambio climático a gobiernos o empresas. No tiene sentido seguir no haciendo nada, frente a quienes no hacen nada o frente a quienes contaminan. No lo harán esos otros por nosotros. Es hora que las personas nos conectemos con la Naturaleza, salgamos al aire libre y nos adentremos en ella para apreciar su belleza y reflexionar acerca de cómo somos parte integrante de ésta y lo mucho que de ella dependemos. Éste ha de ser el único año en que el día mundial del medio ambiente, tenga que ser vivido como el día de la mitad del ambiente.

Profanación, polución, corrupción

25 Ene

Tras ser arrojados al mundo los seres humanos ensuciamos nuestra guarida, igual que muchos animales, sin preguntarnos si vivimos encerrados en los muros de nuestras ciudades o vivimos bajo la bóveda de las constelaciones. Sin interrogarnos si nuestra morada es el mundo o ésta es el planeta. Ensuciamos la memoria, ensuciamos el entorno y ensuciamos la materia. La suciedad es el elemento común de la profanación, la polución y la corrupción. Tres acciones que personifican de forma figurada o real la acción de ensuciar. Manchando, contaminando y mancillando, hemos desobedecido a la pureza. Y a la pietas. Y esta impureza ―a la que le acompaña la impudicia, como no puede ser de otra manera― pone de manifiesto tres rupturas: trascendente, natural y moral.

Primera ruptura. Profanación. Dios ha muerto, proclamaron Hegel, Dostoiesvki y Nietzsche. Con esa muerte culminamos una práctica que iniciamos hace 430.000 años, en Atapuerca, con Cr-17. En el siglo XX la ciencia y la tecnología con su presunción de libertad subyacente, proveyeron al ser humano de una experiencia prometeica que le permitió escapar a las ataduras morales anteriores. Los nazis percibieron esos cambios. Ningún poder, sintieron, había ya por encima del hombre. El Holocausto inauguró una nueva era. La del exterminio masivo de vida humana exento de culpa. Sin necesidad de redención. Auschwitz fue el rito expiatorio, el juego sagrado que había que inventar, para que «el superhombre» apareciera digno de la grandeza del robo perpetrado: el del fuego de los dioses.

Segunda ruptura. Polución. Tras la muerte de Dios, envenenamos el planeta. El que creemos poseer en propiedad por herencia. Pero somos Tierra. Nuestro cuerpo está constituido con los elementos de la tierra, el aire nos da el aliento y el agua nos vivifica y restaura. Nada de este mundo, por tanto, nos puede resultar indiferente. «El libro de la naturaleza es uno e indivisible». Incluye el medio ambiente, la vida, las relaciones sociales, la economía. Todo. El cambio climático es fruto, a la vez que símbolo. Es el signo de una Naturaleza doliente, casi agonizante, cuya extinción está perpetrando el hombre. Desde una perspectiva teológica la Naturaleza sería un siervo doliente, que en su experiencia de soledad y tribulación, representa su propio misterio de pasión y cruz. El origen de esta encarnación está en el aislamiento del ser humano tras los muros de la ciudad, en la ruptura de nuestro lazo con la Naturaleza. En verse como habitantes del mundo, sin ver el planeta. Desde ella el hombre ejerce un poder sin límites sobre el planeta. La Naturaleza queda reducida a la naturaleza humana. Al igual que Dios, la Naturaleza tampoco es considerada hoy fuente normativa, moral o trascendente. El contrato natural ahora es un simple contrato de suministro.

Tercera ruptura. Corrupción. Tras la II Guerra Mundial las democracias liberales, en su pretensión de apropiación de la Naturaleza, cayeron, sin saberlo, en lo más profundo del pensamiento hitleriano. Su ambición de confinarla de una manera absoluta a una existencia sujeta al tiempo: el tiempo del consumo, que es el tiempo que pasa. Ésta es la misma ambición que la que tenía Hitler respecto al ser humano. Y en esta voluntad de apropiación absoluta se revela en una máxima: la hipernaturaleza productiva. Principio que sanciona un nuevo concepto de Naturaleza, que igual que el principio totalitario de «hiperhumanidad» busca crear una nueva naturaleza. Lo hace desde una práctica eugenésica usando para ello una doble delimitación: positiva, al fijar de manera activa el ideal de Naturaleza ―transformada genéticamente― a través del uso de una diversidad biológica reducida sólo a las variedades de mayor rendimiento productivo y al empleo de métodos industriales de producción alimentaria en masa; y negativa, a través de la eliminación de la parte de la Naturaleza que es perjudicial para el sistema económico, esa que destruye la prosperidad debido a su insuficiente tasa de producción, y que se concreta en una no-naturaleza. Este fundamentalismo economicista neoliberal, que exalta por encima de cualquier otro aspecto, cualidad o característica, la eficiencia económica, y aniquila los cuerpos superfluos o corruptos, es el equivalente a la glorificación totalitaria de la sangre del nazismo y al ennoblecimiento de los trabajadores en armas del estalinismo. Un dato, a la vez que consecuencia, emana de esta ruptura: el incremento de la temperatura media que el planeta alcanzó en 2016 es el que estaba previsto alcanzar en 2100.

Epílogo. La ciudad de la modernidad ha roto el contrato natural. Ya no es un simbionte. Se ha convertido en un parasito. Obtiene todo de su hospedador y a cambio produce le daño. Profana, poluciona, corrompe. Ha levantado un altar para que la llama del fuego prometéico de producción y de consumo, que viaja de ciudad en ciudad, no se apague. ¿Para ir a dónde? La ruta continúa inalterada. Seguimos instalados en el participio femenino de romper (rupta): arrebatando y quebrando. La ciudad «habita la historia», porque el contrato social moderno ignora la Naturaleza. Por él hemos desanudado el lazo que nos ataba al planeta, cortado el vínculo «que enlaza el tiempo que pasa y transcurre y el tiempo que hace». Sin responsabilidad, exentos de culpa, ponemos cartas en el féretro de la Naturaleza, para que las lea Dios cuando le lleguen. Solo comprendiendo lo que no somos, decía C. Amery, podremos seguir siendo la corona de la creación.

La naturaleza irónica del cambio climático

28 Sep

Vivimos en un planeta esquilmado, quebrado, con un patrimonio neto natural inferior al 50 por 100 del capital natural que existía antes de la industrialización. Su cuenta de explotación también presenta pérdidas. Se traducen en una deuda de carbono, en forma de cambio climático, para la generación actual y para las generaciones futuras. Queremos ignorar que las decisiones que hoy adoptamos causarán problemas irreversibles e incertidumbres a las generaciones futuras. Olvidamos la naturaleza limitada de los recursos naturales y de la capacidad del planeta de reciclar los residuos. Vivimos instalados en el mito del crecimiento económico y en la guerra soterrada por los combustibles fósiles que están perturbando el planeta.

Para buscar respuesta al abuso de la Naturaleza, acudo a la tragedia griega de Antígona. Tomo como punto de aproximación, el conflicto entre los seres humanos y la divinidad. Entre las leyes de los hombres y las leyes de los dioses. Es importante advertir la imposibilidad moderna de la tragedia debido a la sustitución de la razón sagrada por la irónica. Esta oscilación nos indica el camino. Etimológicamente lo sagrado es lo que funda, lo esencial, lo que protege. E ironía significa fingir ignorancia. El uso del significado etimológico de ambos términos, en el ámbito de la relación de los seres humanos con la Naturaleza, muestra la negación que hacemos del carácter esencial de las leyes de la naturaleza y como otorgamos a las leyes económicas un fingido carácter sagrado que no poseen. La naturaleza irónica del cambio climático queda desvelada de esta manera.  Esta afirmación conlleva, a su vez, la negación de la naturaleza trágica de este acontecimiento. Admitirla equivaldría a negar la culpa del ser humano en la producción del cambio climático, ya que en la tragedia la culpa es una fatalidad, que deriva de un acontecimiento sobre el que el ser humano no tiene control. Aceptar la naturaleza trágica del cambio climático, supondría admitir la tesis de quienes sostienen que éste es un acontecimiento originado por la variabilidad natural del clima, no por el hombre.

En la ironía posmoderna del cambio climático y la crisis ecológica y de biodiversidad, que no tragedia, en cuanto que la culpa hay que buscarla en los hombres y no en los dioses, la Naturaleza, que se niega a ser el cuerpo fecundo de la actividad económica del hombre, representa a Antígona. Los seres humanos encarnan el papel de Creonte, el rey que impone la ley humana de la economía. Y el cambio climático, resultado de la infracción de las leyes de cierre de ciclos de la Naturaleza, representa a Polinices, el hermano muerto y no enterrado de Antígona. El calentamiento global simboliza la pérdida de la conciencia del hombre de su pertenencia a la Naturaleza, semejante a la que producía el no enterramiento de los cadáveres para los antiguos. Un tabú. Los residuos (de carbono) procedentes de la actividad económica, quedan en el agua, en la tierra, en el aire, sin enterrar, como en el mito griego. Condenados a vagar por el planeta sin desaparecer, igual que las almas de los muertos no enterrados, que vagaban por la orilla del río Leto, sin poder sumergirse en él. Los residuos son la forma posmoderna de la imposibilidad de olvidar el calentamiento global. La forma posmoderna de martirio de hombres, especies y ecosistemas. Se infringe, así, la más antigua de las leyes biológicas: la de la higiene. Y entonces tanto los seres humanos como la Naturaleza sólo pueden sobrevivir.

Para sumergirnos en el río Leto, por tanto, y superar nuestra fingida ignorancia del cambio climático, es necesario que aceptemos que los límites del planeta son los elementos esenciales en los que se funda la vida. Son lo que nos protege. Son sagrados. Pero si en nuestro afán de decidir por nosotros mismos y actuar de manera independiente del entorno, continuamos con esa fingida ignorancia, negando los límites, la Naturaleza nos mostrará la finitud de cualquier ley humana. «La ironía dramática de lo callado [,entonces,] será abrasadora.»

La historia se repite como farsa

22 Sep

A principios del siglo XIX, nos dice Naciones Unidas, ya se sospechó por primera vez que había cambios naturales en el clima producto de la actividad industrial y se identificó el efecto invernadero natural. En la década de los años 50 del siglo XX, se inició la recogida de datos sobre las concentraciones de CO2, que demostraron que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente. Durante la historia de la segunda mitad del siglo XX, ocurrieron, además, ciertos hitos ambientales, con potencial suficiente para marcar las narrativas políticas, sin llegar a producir ese cambio. En 1972 se publicó el informe sobre los límites del crecimiento, en cargado por el Club de Roma. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo, fecha en la que EE.UU. consumía el 33 por 100 de la producción petrolera total. En 1974 el químico mexicano Mario Molina, publicó en la revista Nature el descubrimiento del agujero de la capa de ozono.

En terreno político, se produjeron acontecimientos, aparentemente desconectados de los anteriores: la creación en 1957 de la CEE, la elección del neoliberal Valéry Giscard d’Estaing como Presidente de la República Francesa, entre 1974 y 1981. La elección Margaret Thatcher como Primera Ministra del Reino Unido, quien ocupó el cargo entre 1980 1990. El acceso de Ronald Reagan a la Presidencia de los EE.UU. entre 1981 y 1989. La desaparición de la URSS en 1991 y la aparición de la globalización neoliberal, que ya había arrancado en la década de los 80 del s. XX con la desregulación de los mercados promovida por Reagan.

La sucesión de estos y otros hitos ambientales y acontecimientos políticos no fue casual y ponen de manifiesto que el sistema capitalista era consciente, ya en 1950, que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera estaban aumentando muy rápidamente, así como de la crisis de recursos naturales y el calentamiento global que se venía encima. La globalización no es sólo un fruto singularmente ideológico del neoliberalismo, producto de la victoria del capitalismo sobre el socialismo, tiene un  componente de última cosecha y, en consecuencia, de adaptación − a su manera− al escenario calentamiento global y recursos menguantes: defensa y apropiación de éstos por la guerra si fuera necesario. Sirvan de ejemplo de esto último las guerras del petróleo: la guerra civil de Nigeria entre 1967-1970, la guerra Iran-Irak 1980-1988. Las dos Guerras del Golfo Pérsico contra Irak: la de 1990-1991 y la de 2003-2013. La Guerra de Afganistán de 2001-2014. A las que debe sumarse la guerra Libia de 2011 y la actual guerra civil en Siria, iniciada en 2011. Junto a ellas están las guerras por otros recursos: como los diamantes, el coltán o el agua. La globalización no ha ajustado el capitalismo a los límites del planeta, por ha contrario, en su función de última recogida, ha incrementado el metabolismo social de la producción y del consumo y mantener la plusvalía.

En lo ideológico, la izquierda, en su conjunto, se ha quedado sin respuesta, ante la globalización, las guerras de recursos y la crisis ambiental. La izquierda se ha retirado a los márgenes del sistema, enrocada en sus principios y convertida en una fuerza conservadora. Y la socialdemocracia tras someterse a los postulados neoliberales, remasterizada como social-liberalismo, se diferencia de la derecha como una Coca-Cola de una Pepsi-Cola. La ausencia de confrontación entre los proyectos de la derecha neoliberal y el social-liberalismo, junto a la falta de respuesta de la izquierda, ha producido resignación y desafección, enviando a la gente a sus casas. Todo ello se ha traducido en una crisis de representación y languidez democrática, cuya consecuencia ha terminado en una ruptura de las narrativas, consensos e instituciones, sus actores y el equilibrio entre fuerzas nacido tras la II Guerra Mundial, que ha desembocado en el surgimiento de nuevas fuerzas políticas populistas a la derecha en los países del norte y del centro de Europa (Austria, Hungría, Francia, Finlandia, Holanda) y a la izquierda, en el Sur (Italia, Grecia, España), que tienen como objetivo la reconstrucción de las identidades colectivas enterradas por el auge del individualismo.

Una característica común tanto de las fuerzas políticas clásicas como de  las nuevas fuerzas emergentes, es que todas mantienen en el corazón de su proyecto político la redistribución de la riqueza sin observar los límites de lo admisible para el planeta, sin aceptar la finitud del planeta, que visualizó el Informe del Club de Roma en 1972, ni, por tanto, el axioma de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza. La producción de bienes y servicios, por tanto, ha de estar condicionada y limitada, necesariamente, por los límites físicos de la biosfera. El autismo climático y la ceguera ante el agotamiento del petróleo de hoy, repete la relación depredadora con la Naturaleza del pasado, hoy, sin embargo, como comedia o farsa. Este no reconocimiento de la subordinación de la economía a las leyes de la naturaleza, establece la frontera entre las fuerzas políticas (entre productivistas y antiproductivistas). Expresa así la principal dialéctica de la política de este siglo, si se quiere evitar el colapso civilizatorio. En este contexto una izquierda, conocedora del núcleo de la crisis ecológica causada por la expansión de la productividad capitalista desde Marx, así como de la amenaza que la producción ilimitada supone para la vida en la Tierra, sin haberse opuesto nunca a ella, es parte del problema y no de la solución. La ecología política, por tanto, sola por ahora, debe asumir su compromiso fundacional y la obligación que con él contrajo: hacer sentir a la gente que cuando vota puede contribuir a un cambio y que su voto es útil y necesario y crea una diferencia real.

Las prohibiciones de discriminación del siglo XXI

16 Sep

Ayer veía la película sobre Clara Campoamor y el papel que jugó en el reconocimiento de la prohibición de discriminación por razón de sexo, que inevitablemente ha inspirado este artículo. El cambio climático y la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos exigen, por la amenaza y la injusticia que constituyen, que se establezca una especie de policía del futuro. Este papel puede ser desempeñado por la prohibición de discriminación que se estableciera por razón del tiempo en que nacemos y por razón de la especie. Sería esta prohibición un instrumento de lucha contra el cambio climático. Al igual  la prohibición de discriminación por razón de religión nació de las guerras de religión en la Europa del siglo XVI, que la prohibición de discriminación por nacimiento fue el resultado de las revoluciones liberales del siglo XVII frente a los privilegios de la nobleza, que la prohibición de discriminación por razón de la raza nació tras la derrota de la esclavitud en el siglo XIX, que la prohibición de discriminación por circunstancia personal o social fue el símbolo de la lucha de clases en el siglo XX o que la prohibición de discriminación por razón de sexo fue una victoria en la lucha inconclusa contra la dominación patriarcal en el siglo XX.

La instauración de esta prohibición de discriminación evitaría la tiranía de un «presente que lo coloniza todo», que vive a costa del futuro y la dominación que imponemos a las otras especies que con-viven con nosotros en esta nave llamada Tierra. Y puesto que somos la única especie en este planeta capaz de saber que tenemos un futuro, el establecimiento de esta doble prohibición de discriminación nos haría más humanos.

Este reconocimiento supondría un giro de ciento ochenta grados al concepto de democracia actual. Significaría extender el interés general más allá del interés electoral y extender la soberanía política más allá de la especie humana. Representaría –de alguna manera– un cierto reconocimiento de soberanía política a otras especies. Ya veríamos cómo, en que grado y con que extensión. Nos ayudaría a advertir que no tenemos más derechos que nuestros descendientes, ni tampoco más derechos que el resto de especies. Un efecto de esta prohibición se proyectaría sobre el concepto de propiedad, pues la misma prohíbe el exclusivismo espacial de la especie humana que legitima la apropiación de los espacios y de lo incluido en ellos y su dominio y ataca el imperialismo temporal que el presente impone al futuro debido a las cargas que deja a las generaciones futuras, por la administración irresponsable de los bienes comunes.

Esta prohibición convertiría la obligación moral que el hombre tiene con la biosfera en una obligación jurídica. Dicho de otra manera con ella la ley natural se normativizaría. De esta prohibición de discriminación se derivarían nuevas concepciones, derechos, principios y valores. A título de ejemplo pueden señalarse: otro concepto de la responsabilidad, los derechos planetarios, la equidad intergeneracional y la fraternidad. Comenzaría a emerger entonces una conciencia de pertenencia a una comunidad planetaria. La biopolítica se haría impotente y se establecerían las bases para transformarla en un mero poder de ejecución sin autonomía respecto a las leyes y límites de la naturaleza. Dejaríamos entonces de ocupar el futuro y de convertirlo en un basurero debido a la externalización de nuestros impactos ecológicos.

Dice Innerarity que cuando los contextos de acción se extienden en el espacio hasta afectar a personas de otro punto del mundo y se despliegan en el tiempo condicionando futuros cercanos y distantes –y de otras especies agrego yo–, hasta el punto de convertir la relación con la naturaleza en una forma de violencia específica: la violencia ecológica, entonces hay muchos conceptos y prácticas que requieren una profunda revisión. Les dejo esta densa reflexión cargada de nuevas concepciones y significaciones. Hasta el próximo miércoles.