Naturaleza sin alfabeto

22 Jun

El hombre como hélice de la Naturaleza. Es la metáfora de una biosfera agotada por el uso. Oxidada. Convertida en fuego petrificado. A partir de esta alegoría, el relato, compuesto con versos prosificados, juega con la capacidad evocadora de la poesía, buceando en la relación con la Naturaleza desde la belleza y la emoción.

Mientras recogía las manzanas, pensaba en el pecado. En el pecado del hombre con la Naturaleza. En su orfandad desgajada. En los días de reglas negras, de silencios, de ojos ciegos, de años muertos sucedidos, tras ser la Naturaleza despojada de sus alfabetos. Convertida en campo de concentración. A pesar de los años transcurridos desde el ultraje. De la iniquidad. De la vergüenza. No podemos devorar su corazón, ni su cerebro. Ni borrar nuestros recuerdos, aunque vivan en un bosque de manzanos suicidados. No se compondrán los versos malditos, escritos con tinta del árbol del mal. El jardín, aún sin paraíso, nunca quedará sin tierra mojada ni olor.

Hubo un tiempo en que dejé de contar los veranos. Las estaciones. Las gotas de agua. El rocío. El ábaco estaba oxidado. Dejé de contar las gotas caídas y aquellas que caen. Tampoco puedo imaginar las que han de caer. Pero permanece, indeleble, el perfume del tiempo. Indecible. Trae la memoria de su sonrisa, del verde de sus ojos, del aroma de su nombre: Naturaleza. Desde ese planeta imaginable, no hay destierros, exilios, desiertos. Hay un mar que me encontré, un mar azul, azul de azules ojos y piel de espuma. Un mar de caracolas, y olas. Un mar que quiero abrazar, desabrazado ahora.

Me pica la pierna izquierda. No sé si es la contaminación del agua, del aire, del alimento o las cosquillas de un enjambre de gotas de agua. Si su significado es el mismo que cuando me pica la mano del mismo lado. El picor me confunde. No sé si mi cama es mi cama o el planeta es mi patria. Absurdo. Me elevo y vago en mi universo, como ahora. Y me pregunto sobre la Naturaleza. Sobre el amor. Me dejo fluir tras saber que el mundo ya no es Caos. Que ya no copulamos con la noche. Que ya no somos sólo pez. ¿Fue todo un sueño, un sueño y nada más?

Adorar es más fuerte, que amar, y reír, aunque desde el dolor para llorar. El alma desea. Y los ojos se cierran. A pesar que la cera de la vela en los dedos goteará. Y los abrasará. Sí, adorar es más fuerte, que amar. ¡Más fuerte que aprender o imaginar! Cera caliente para endurecer el corazón. Pero, sin tener tiempo para soplar los dedos. Estos versos, de Olga Mogilevskaya, junto con los anteriores, ilustran la paradójica relación que mantenemos con la Naturaleza. El espejo, por ello, no sabe si ser límite u horizonte. Me pellizco. Quiero comprobar que la Naturaleza se desliza, otra vez, dentro de mí. Que se ahonda bajo mi piel. Para pensarla secreta. A borbotones. Y encontrarla, como el agua encuentra a la tierra, ocupando la levedad de sus vacíos. Pero la mentira crece en el espejo. Veo estrellas que se abaten desde el cielo. Un pez cíclope que zozobra en la calle. Una urbe que vomita sin saber por qué. Un lápiz pinta con su sombra, porque ya no queda mundo. Ella es para nosotros, sólo, una película muda de un único bit. No oímos la súplica de la Naturaleza que nos dice: ¡Piénsame amor mío, piénsame, por Dios!

Mi patria es el planeta

18 May

Errejón dice que la patria es la gente. Para mí es el Planeta. Trataré de explicar este sentimiento desde lo particular a lo universal. Desde lo personal a lo político.

Soy hijo de una andaluza y de un catalán. Una bisabuela era irlandesa. Un abuelo fue un republicano exiliado. La historia de mi familia ha sido la de los exilios cruzados entre generaciones. Nacemos en un lugar, vivimos en otro. También yo me convertí en un planeta errante. Nací en Chile, vivo en España. Eso fue cuando las alamedas se cerraron para la gente. Me he mezclado y me he encontrado con gente que no debía haber conocido. Soy mestizo por origen, pero no por Tierra. He vivido en diferentes países, pero dichos lugares son del mismo planeta. La gente de cada lugar es importante. Todos somos importantes. No importa la lengua, no importa la religión, no importan las ideas, no importa la bandera. Si se eliminan las fronteras somos ciudadanos del mundo. Unos se llaman cosmopolitas. Otros internacionalistas. El término mundo, sin embargo, etimológicamente hace referencia a un lugar cerrado. El mundus. El pozo o cripta que se excavaba junto al ágora, donde se depositaban los documentos y planos de la fundación de la ciudad. Los países también son lugares cerrados por fronteras. En ellos depositamos las constituciones. La política se repliega sobre el mundo, sobre los seres humanos. Le falta la perspectiva del planeta, de los otros, del «afuera de la ciudad».

Quiero ir más allá, al afuera. Dejo para ello que resuene mi pasión por la naturaleza. Ese sentimiento que hace que me sienta en casa en cada lugar donde voy o donde estoy. Como el pájaro, como el río. Vinculado al aire, al agua. Por eso la única soberanía a la que me someto es a la de la Tierra, a la de sus leyes. Soy ciudadano de la Tierra. Somos ciudadanos de la Tierra. Miembros de una comunidad más amplia, abierta, habitada no sólo por seres humanos. Y no sólo por aquéllos que ahora moramos. También por aquéllos que vendrán después, que ocuparán el mismo planeta. En él no existe el exilio. No hay nostalgia. No hay fronteras. Y las naturales son territorios de transición, lugares de mezcla. Los seres humanos, sin embargo, debido a nuestro repliegue sobre el mundo, estamos creando más fronteras. Murallas climáticas que marcarán el territorio habitable. Esas que harán que, en 2040, en Almería y Murcia haya migraciones que despoblarán esos territorios por las condiciones climáticas y la escasez de agua. Estos desplazamientos sucederán también en otros lugares del planeta. Crecerá la violencia dentro de las comunidades. Dentro de los países. En las fronteras. Se reavivarán viejos conflictos. Se producirán nuevas guerras. Habrá éxodos. Ya no lucharemos por las ideas, nos mataremos por los recursos. Por el clima. ¿También en nuestra ciudad?

No basta, por tanto, con que hoy nos ocupemos sólo de nuestra gente. Esta es una política replegada sobre una realidad superada. El mundo. Hay más gentes. Otros seres que también son parte del planeta. No basta que en el siglo XXI nos ocupemos de las necesidades que imponen los derechos humanos: vivienda, sanidad, educación, justicia. Hemos roto el planeta. Será el siglo de la sed, del hambre, del calor, de la subida del mar, de las migraciones. Hace falta además una política para el planeta, que es una política para la gente. Igual que lo es la política social, la sanitaria, la educativa. En este siglo tendremos que garantizar primero el medio ambiente. Será la necesidad más vital. No es una necesidad hipotética. Es una necesidad de la gente que vive en el planeta. En el planeta real, sacudido por el cambio climático, por el agotamiento de los recursos, por la crisis de biodiversidad. Es nuestra responsabilidad para con los otros que también viven en el planeta. Para satisfacer esta necesidad, para poner en marcha esta política, es necesario trascender lo estatal e instalarnos en lo planetario. Los problemas globales del siglo XXI, exigirán que optemos entre el Estado o el Planeta. No hay más patria que el Planeta. No tenemos otro. Tenemos que elegir. Y la elección es continuidad o ruptura.