Refugiados, una nación sin pueblo

1 Mar

Una burguesía nacional interesada en mantener una identidad popular fingida, con sueños de grandeza burguesa. Y una burguesía planetaria emancipada de esos sueños, que ha renunciado a cualquier identidad social reconocible. Entre ambas, los refugiados están diciéndonos que son residuos de la actividad burguesa, que se manifiesta en forma de pateras sobre la superficie del mar y cuerpos devorados por los peces en el fondo. De vallas fronterizas que no frenan la desesperación. De gente que cruza los desiertos. De no-ciudadanos.

Los refugiados representan el principio de razón suficiente: hay una razón por la que algo es más bien que la nada. Con sus pies, o a lomos de cualquier medio de transporte, se encaminan hacia las fronteras, que devoran sus derechos. Quienes eran sujetos políticos en su país, en la frontera sólo forman parte de una multiplicidad fragmentaria de cuerpos menesterosos y excluidos. Han pasado de ser sujeto, a ser fracción. Son hombres desnudos. Seres que no puede ser sacrificados, al estar protegidos por los derechos humanos, pero pueden ser asesinados con impunidad, ya que no tienen un Estado que les brinde protección. Su muerte carece de valor.

Son más de 300 millones en el mundo. 25 millones de ellos huyen a causa de un suceso climático. Y la previsión es que éstos últimos sean 200 millones en 2050. La patria significa para ellos una imposibilidad de sobrevivir. En Europa, además, existe una masa residente estable de 20 millones de inmigrantes procedentes de la Europa oriental, muchos de los cuales han renunciado a la protección de su Estado y no quieren ser naturalizados, ni repatriados. Esta imposibilidad ha alumbrado una nación sin pueblo, al haberse truncado la trilogía estado-nación-territorio.

Los cambios producidos en el sistema productivo: globalización, nueva organización del trabajo, creciente robotización. Combinado con masas de refugiados que no pueden seguir sobreviviendo en los lugares de los que vienen, y quieren participar en las oportunidades de supervivencia de los países privilegiados, ha disparado las expectativas electorales de la extrema derecha. Ésta se presenta con un discurso sustentado en el proteccionismo y la seguridad —que esconde xenofobia—, que plantea una falsa disyuntiva de pérdida-ganancia, entre la libertad de los ciudadanos y la historia de salvación de los refugiados. Este discurso se apoya en una tercera pata: la soberanía nacional. Pero este escenario no es inesperado. Es uno de los previstos por Naciones Unidas, entre los posibles, en relación con el agotamiento de los combustibles fósiles convencionales.

Se han levantado muros de la vergüenza en los países de refugio. Melilla, Grecia, Turquía. La extrema derecha, racista y supremacista ha conquistado el poder en los EE.UU. Ya está instalada en Rusia, Hungría, Polonia, Israel. En Francia, Alemania, Holanda, Austria, se prepara para ocuparlo. Asistimos a una continuación del fascismo y del nazismo, que políticamente «no han sido superados» y sobre cuyo signo aún vivimos. Al estar compenetradas la forma del estado y de la economía, el viraje que se está promoviendo se puede resumir en: más capitalismo y menos democracia. Trump es la opción dura de la guerra por recursos vitales. Es la elección por una lebensraum energética, que asegure la continuidad del modelo energético y productivo y que se traducirá en más refugiados. Confirman esta opinión las declaraciones que ha realizado hasta ahora el presidente americano. Éste prepara una política que es una copia de la que fuera la política económica nazi. Incremento del gasto militar, para volver a ganar guerras. Gasto a lo grande en infraestructuras. Y presupuesto centrado en el desarrollo económico, militar y de seguridad.

Pero hay otras opciones. El individuo, cualsea, importa tal cual es en su ser, con todos sus predicados, no por uno de ellos en particular. Ni por su pertenencia a un conjunto. «Quodlibet ens est unum, verum, bonum seu perfectum, cualquiera ente es uno, verdadero, bueno o perfecto». Se puede evitar la infamia. Agamben muestra un camino posible: el abandono de los conceptos fundamentales que representan los sujetos de lo político —el hombre, el ciudadano y sus derechos, el pueblo soberano, el trabajador— y la reconstrucción de la arquitectura política desde la figura del refugiado: «el concepto guía ya no sería el ius del ciudadano, sino el refugium del individuo.» Desde la idea de una «singularidad sin identidad», de una singularidad común, es posible construir ese refugio, que habrá de estar fundado en lazos de fraternidad, empatía y justicia. Hemos de partir, para ello, de una paradoja: el planeta es nuestro único refugio, pero, cada día, más partes del mismo dejan de serlo, debido al cambio climático. Las ciudades, cada vez más, serán, por ello, espacios de refugio para los que huyen y para los que no. Significa esto que debemos aprender a reconocer el refugiado que todos somos, aunque estemos inmóviles. Así está el paraíso.