Los ninis

13 Jun

El neologismo nini,  procedente de la expresión “ni estudia ni trabaja” se escribe así, sin espacio ni guión y no necesita escribirse en cursiva o entre comillas. Equivale al acrónimo inglés NEET (not in employment,  education or training, que podría traducirse por ”ni trabaja, ni estudia ni recibe formación”). Se introdujo formalmente por primera vez en 1999 con la publicación del Informe “Bridging the gap: new opportunities for 16-18 years old not in education, amployment or training” elaborado por la Unidad de Exclusión de ese país.

Tres jóvenes se sientan cada día en el respaldo de un banco situado en una calle de un barrio obrero. Y allí filosofan y ven pasar la vida mientras consumen litros de cerveza y palmeras de chocolate.

No hay un solo tipo de ninis. Algunos (y algunas) bien podrían incorporar media docena más de conjunciones  copulativas: ni buscan, ni se agobian, ni se esfuerzan, ni se casan, ni sueñan, ni viajan, ni  tienen horizonte, ni delinquen … Serían los ninininininis. Una cosa es ser un nini que quiere serlo, que se acomoda a esa situaci nterpela sobre todo a la familia. Las familias de  la exxtenuación de nihilismo, que deja pasar los días bajo el cobijo familiar, que no espera más que las horas del desayuno, la comida, la merienda y la cena… Y otra muy distinta es ser un nini a la fuerza. Que no o trabaja porque no encuentra trabajo y no estudia porque no tiene dinero. Se desespera cada día que pasa en ese vacío vital, busca hasta el cansancio y se esfuerza por salir de su situación.

Los primeros son víctimas de la sociedad y víctimas de sí mismos, de su pereza, de su inacción, de su fatalismo… Los segundos son víctimas muy a su pesar. Porque han estudiado hasta  la extenuación para encontrarse con esa cruel inoperancia. Varias carreras, varios másteres varios idiomas… para esto.

Y, dentro de cada uno de los dos grupos, cada individuo vive de una manera particular la situación que atraviesa. Me gustaría saber cómo va evolucionando cada uno de ellos y de ellas, cómo va saliendo (si sale) de ese túnel oscuro de inactividad y de pesimismo. Me gustaría saber cómo van modificándose no solo sus situaciones personales (por ejemplo, cuando fallecen los padres) sino cambia su estado emocional (su autoconcepto, su relación con los demás, su concepción de la vida…).

He visto para Andalucía Televisión la película de Jesús Ponce “Déjate caer”. Una película honrada, sencilla y, a la vez profunda. Una película, estrenada en 2007, que pasó inadvertida para el público (no tanto para la crítica) y que he visto con verdadera delectación. Digo que la vi para Andalucía Televisión porque me invitaron a participar en una tertulia con el Director de la cinta y la estupenda actriz leonesa Isabel Ampudia, una de las actrices de la película. Fue una suerte para mí encontrarme con alguien de mi tierra después de ver la interpretación sobresaliente que hace del desgarrado personaje de Isabel.

Sin pretender encasillar a su director, creo que se le podría situar (en este y en otras de sus obras, por ejemplo en “15 días contigo”) dentro del realismo social. Jesús Ponce pone la cámara en la llaga. Construye en “Déjate caer” un drama de los que invitan a pensar.

El origen de la película está, según el Director, en que “en todas las plazas de barrio siempre hay un grupo de gente a la que se la ha pasado el arroz (…) sigue ahí a su edad dejando que la vida pase por delante (…). Son una generación indefinida, no son parados, no son trabajadores, no son estudiantes, no son delincuentes, no son gente honrada… simplemente no son”.

Me gusta ese tipo de cine. Cine para pensar. Cine que describe, analiza e interpela. Los ninis de su película pertenecen a los del primer grupo que he descrito más arriba. Tres jóvenes se sientan cada día en el respaldo de un banco situado en una calle de un barrio obrero. Y allí filosofan y ven pasar la vida mientras consumen litros de cerveza y palmeras de chocolate.

– ¿Qué haces?, le pregunta su chica a uno de esos ninis de más de  treinta años.

– Yo, nada. ¿Y tú?

– Yo nada también.

“Déjate caer” es una película con profusión de primeros planos que nos meten dentro de la situación social y, sobre todo, dentro del alma de los protagonistas, dentro de sus estados anodinos de ánimo. Es una película que no se puede construir desde los despachos o los estudios sino desde la calle. Por eso los diálogos nacen fluidamente de la vida. Están cargados, de chispa, de realismo, de  humor.

Las mujeres de la película (más listas, más consistentes, más fuertes que los varones, como suele suceder en la vida) son el eje sobre el que giran las historias y los hombres de la película.

El fenómeno de los ninis interpela de forma contundente a la sociedad. Un país cuyos jóvenes no tienen futuro, no tiene futuro. ¿Qué sociedad se puede permitir dejar sin horizonte a quienes tienen que abrir el horizonte? Los jóvenes necesitan valer para si mismos y para la sociedad. Necesitan sentirse útiles. No se les puede dejar sin futuro.

Interpela también al sistema educativo. ¿Qué respuesta da a las necesidades de estos jóvenes? ¿Cómo los ha preparado para la vida? ¿Qué herramientas les ha dado para interpretar el mundo? ¿Qué es lo que han aprendido a hacer? ¿Cómo los ha orientado para que puedan desenvolverse en el mercado laboral?

Interpela sobre todo a la familia. Las familias de los personajes de la película resultan paradigmáticas como pésimos nichos donde se cuecen estos desastres. Una madre sobreprotectora   que sigue llamando niño a  un  hijo que tiene mas de treinta años y que pasa la vida sentado en un banco y viviendo de la sopa boba que ella le prepara. Un matrimonio desentendido por completo de los problemas del hijo y cuyo padre se pasa el día viendo la televisión sin prestar la menor atención al drama de su hijo. Otro matrimonio que vive completamente ajeno al porvenir. Una madre que deja su pequeño hijo en las escaleras del edificio mientras se prostituye con su amante….

Me pregunto por el futuro de estos jóvenes que han superado la treintena sin el menor proyecto de vida, esperando atravesar cada jornada  sin la menor ambición, sin la menor pregunta, sin la menor inquietud. Me pregunto también por los hijos que podrán  tener estos jóvenes si algún día llegan a tenerlos.

Quiero hacer algunas consideraciones finales sobre la importancia del cine como instrumento de análisis, de comprensión, de denuncia, de cambio, de mejora de la sociedad. El cine nació como un espectáculo de barraca y los intelectuales mantuvieron una actitud recelosa, cuando no abiertamente despectiva hacia él. Hoy nadie discute que se trata de una herramienta poderosa para reflexionar sobre la vida, sobre la historia y sobre el ser humano. Hoy se hace imprescindible, como expliqué en mi libro “Imagen y educación”, aprender a ver cine. Para no ser manipulados, para disfrutar de sus historias y del modo de contarlas e, incluso, para poder expresarnos en sus códigos. Muy poquita gente hace cine para todos. Pero muchos siguen siendo analfabetos en este lenguaje que hoy puede considerarse el lenguaje materno. Y, como analfabetos, víctimas fáciles de la manipulación.

Hay que votar

23 May

Mañana, domingo, se celebran elecciones municipales en Málaga. Es necesario ir a votar.  Se trata de un deber ciudadano que no se puede soslayar bajo la excusa de la corrupción rampante de algunos políticos y de la terrible crisis económica y moral en la que nos hallamos. Ni el escepticismo, ni la desesperanza, ni la rabia, ni la pereza deben ser obstáculos insalvables.  Hay que ir a votar.

Y, después de votar, ha de seguir la participación. Las urnas son la cuna, no el ataúd de la democracia. Hay que tomar nota de lo prometido. Porque es preciso exigir el cumplimiento. No bastan las promesas. Hacen falta hechos y explicaciones.

No todos los políticos son malos. No todos los políticos son iguales. Digo, en primer lugar, que no todos los políticos son malos. No todas las políticas son malas. Creo que es antidemocrática esa condena generalizada, ese desprecio sin matices, esa descalificación categórica: “Todos son unos chorizos, todos son unos sinvergüenzas, todos son unos ladrones… Todos y todas”, dicen algunos. Pues no es verdad. No me gustan las bromas que descalifican sin piedad, que muestran una aversión visceral hacia quienes se dedican a la política. Es un planteamiento injusto, desleal y peligroso. Digo peligroso porque, en buena lógica, ese discurso nos llevaría a la idea de que es mejor un régimen dictatorial en el que uno solo mande, imponga, amenace y haga callar. Entiendo, por  contra, que hay mucha gente honesta en la política, gente sacrificada, altruista inteligente y generosa. Gente que quiere dedicar su vida al servicio del bien común. Decía Emilio Lledó hace unos días refiriéndose a los políticos: “Todo su ser es darse Su lucha es esa mirada generosa en busca de la justicia, de la belleza, de la bondad y de la verdad”.

Y digo también que no todos (ni todas) son iguales. No me gusta esa manía de meter a todo el mundo en un saco y poner fuera una etiqueta negativa.  “Podrido”.  “Da igual a quien votar, dicen algunos, porque todos son iguales”. Siempre que se afirma esto no se piensa en una igualación positiva, sino en una descalificación general. Lo que se quiere decir es que todos son igual de sinvergüenzas. No es verdad. Hay muchos tipos de personas que se dedican, transitoria o permanentemente, a la política. No solamente porque hay personas diferentes, sino porque hay programas muy distintos. Sí, hay dos grandes tipos de políticos: los inclasificables y los de difícil clasificación.

De las dos premisas anteriores se deriva la necesidad de ejercer el derecho al voto. Y de hacerlo de forma responsable. Lo cual significa que hay que votar. Y que hay que conocer qué es lo que propone cada uno de ellos (o de ellas). Es decir, hay que saber qué y a quién se vota. Y por qué. Por esos me gustan más los debates que los mítines. Porque permiten saber quién es quién.

Hay un tercer prejuicio que se deriva del segundo que acabo de comentar. Me refiero al que afirma que no hay derechas e izquierdas, que no hay diferencia de propuestas, que no hay distinción entre las opciones. Creo que no es cierto. Creo que es muy diferente un programa de derechas y otro de izquierdas. (Ya sé que estoy simplificando la cuestión, pero el espacio de que dispongo no me permite más amplitud en las argumentaciones)

Me voy a mojar.

Y voy a decir que prefiero un programa de izquierdas porque responde mejor a mi concepción de la sociedad. Cuando pienso en cuestiones importantes (educación, sanidad, distribución de los bienes, solución de conflictos, seguridad, divorcio, aborto, homosexualidad, religión, medio ambiente, igualdad, libertad, solidaridad…) veo que la izquierda hace propuestas que coinciden más con mis ideales, con mis deseos, con mis concepciones… Por consiguiente, voy a votar a la izquierda.

Diré más. Independientemente de siglas e ideologías, voy a votar a una persona (o unas personas, mientras no haya listas abiertas) que tengan una trayectoria intachable. Es decir, personas honradas, personas de bien, personas que tengan principios y no solo palabras.

Y más, Creo que el modo de gobernar de los varones está ya  muy contrastado. Nosotros tenemos un estilo de gobierno que no ha sido muy exitoso. No digo que porque gobierne una mujer, todo va a hacerlo bien. No digo que vaya a hacerlo mejor que un hombre. Pero sí creo que su estilo, su modo de entender la vida, la realidad y la historia es peculiar. Bien es cierto que una mujer puede copiar los esquemas, los estilos, los hábitos del hombre por ser los que se estilan. Pero creo que si gobernasen según su talente y particular idiosincrasia  nos iría mucho mejor. Por consiguiente, votaré a una mujer.

Voy a utilizar otro criterio, aunque sé que de forma menos decisiva que los anteriores. Me voy a inclinar por una persona relativamente joven, con experiencia política, Porque la política mira al futuro y los jóvenes tienen una visión de la realidad diferente a la de quienes han atravesado ya muchos años en puestos políticos.

Y, después de votar, ha de seguir la participación. Las urnas son la cuna, no el ataúd de la democracia. Hay que tomar nota de lo prometido. Porque es preciso exigir el cumplimiento. No bastan las promesas. Hacen falta hechos y explicaciones.

La vigilancia de la ciudadanía ayudará a que los políticos actúen de forma honesta y transparente. Hay que pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica, como día Paulo Freire. No valen todas las explicaciones, todos los hechos, todas las promesas, todas las alianzas. Hay que exigir que esa cercanía (casi asfixiante) que los políticos y las políticas muestran en campaña electoral se mantenga cuando termina el recuento de votos y empiezan a celebrarse los resultados. No se puede olvidar lo que se dijo sobre la importancia de escuchar a la ciudadanía, de conocer sus necesidades y demandas. Quiero recordar a los políticos y a las políticas el aforismo chino referido a la amistad y que ahora atribuyo a la política: “Recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del ciudadano, de lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente”.

En el buen entendido de que el ciudadano no es una persona pasiva, que espera con los brazos cruzados a juzgar lo que hacen los demás, sino que es un individuo activo, comprometido, trabajador y responsable. Y una persona que participa en la construcción de una ciudad justa, hermosa,  ecológica, silenciosa, limpia, culta, solidaria, habitable.  Una ciudad creativa e inteligente en las que se pueda vivir dignamente. Todos y toda. Porque si la ciudad se construye para adultos conductores, apresurados, malhumorados, egoístas e insolidarios, no pueden vivir en ella los niños, las mujeres, los ancianos, los enfermos, los discapacitados… Mi querido y admirado amigo Francesco Tonucci dice que una ciudad construida con el parámetro de un niño, es una ciudad en la pueden vivir todos y todas felizmente.

La cultura fracasa, dice mi también amigo José Antonio Marina en el libro “La cultura fracasada”, cuando en ella no se puede vivir dignamente. Propondré para terminar este lema que me ha servido mucho en la vida: “Que mi ciudad sea mejor porque yo vivo en ella”. Y, para que sea mejor, hay que ir a votar.

Vida en la escuela

25 Abr

Los terribles acontecimientos sucedidos en el instituto Joan Fuster del barrio de La Sagrera de Barcelona, en  los que murió asesinado un profesor de Ciencias Sociales y fueron heridos varios miembros de la comunidad educativa por un joven de 13 años que sufrió un brote psicótico, nos han dejado consternados.

Durante unos días, estos hechos han estado en el epicentro de la noticia, han ocupado la parte más visible del escaparate de la realidad. La muerte en la escuela (¡un profesor asesinado por un alumno!) se convierte en noticia de cabecera de telediarios, periódicos y radios.

Durante unos días, estos hechos han estado en el epicentro de la noticia, han ocupado la parte más visible del  escaparate de la realidad. La muerte en la escuela (¡un  profesor asesinado por un alumno!) se convierte en noticia de cabecera de telediarios, periódicos y radios. De pronto, la realidad educativa cobra un inusitado interés que antes no tenía. Ahora empieza a considerarse preocupante la violencia escolar, la vigilancia en las entradas a los centros, la seguridad de los docentes, el papel de los tutores, la actividad del orientador, el ejemplo de los padres, la salud emocional de los niños y de los jóvenes… Ahora –y solo ahora, cuando el cadáver del profesor todavía no se ha enfriado- se abre un debate apasionado sobre el quehacer de la escuela y de la familia en la educación.

Pero no antes. Pero no después. Todo volverá a la normalidad. Los estudiantes acudirán a las aulas con sus mochilas a la espalda, los profesores afrontarán sus decisivas tareas, los padres llevarán a sus hijos a los centros escolares, sin que casi nadie reflexione o se preocupe por lo que sucede en el interior de las aulas. Hasta el señor Wert, al parecer Ministro de Educación, ha salido a la palestra para decir que este es un caso aislado y que la convivencia en la institución educativa es buena. Pero antes, ojalá que no lo pueda volver a hacer, ha endurecido las condiciones laborales de los profesores (más horas, menos sueldo), ha aumentado el número de alumnos en las aulas y ha reducido el número de los especialistas en las escuelas…

Lo que es noticia es la muerte en la escuela, la violencia en la escuela, la tragedia en la escuela. Pero no es noticia casi nunca la vida en la escuela, la convivencia en la escuela, la educación en la escuela. Es noticia el profesor muerto a mano de un alumno, pero no lo son los profesores que cada día hacen frente a sus responsabilidades con menores sueldos, peores condiciones y escasa formación inicial y permanente.

“El crimen de Barcelona eleva a un nivel insólito la violencia escolar”, titula en primera página El País. “Tengo que matar a más”, titula casi a toda página El Mundo. Nunca veremos en la cabecera del periódico este titular: “Millones de escolares trabajaron hoy en las escuelas aprendiendo a ser más críticos, más lúcidos y más solidarios”. Nunca veremos abrir un telediario con este avance: “Miles y miles de profesores trabajan con ilusión y esfuerzo en las aulas para ayudar a que los alumnos y las alumnas se conviertan en mejores ciudadanos y ciudadanas”.

Hace unos artículos, alguien comentaba en mi blog que debería existir un telediario de buenas noticias. Sólo de buenas noticias. Aunque esto parezca una contradicción en la cultura que vivimos. Porque en ella el concepto de noticia equivale a desgracia, calamidad o desastre. Noticia son los asesinatos, los secuestros, las violaciones, los diferentes e inagotables tipos de corrupción. Pero la bondad, el bien (y la educación concretamente) no  lo son. A fuerza de tantas malas noticias, nos hemos acostumbrado a identificar novedad con calamidad, información con desastre,  actualidad con maldad. Me apena  oír hablar de educación solo cuando hay un conflicto, un escándalo, una tragedia, un secuestro o una violación en la escuela.

Todos los asuntos que han cobrado actualidad a raíz del crimen del instituto de Barcelona eran actualidad viva antes del 18 de abril. Y lo serán después: el aprendizaje de la violencia en una sociedad cargada de pulsiones agresivas, la educación en el seno de las familias, la atención a la diversidad de cada alumno, el desarrollo emocional, la calidad de la educación, las enfermedades mentales de los niños y de los jóvenes, la edad penal de los jóvenes…

A raíz del trágico suceso se ha puesto sobre el tapete de las preocupaciones la seguridad de los profesores y de las profesoras. Pero todos los días acuden a las aulas, sabia, humilde y pacientemente los profesores sin que nadie se pregunte en qué condiciones lo hacen. No preocupa mucho quiénes son, cómo han sido elegidos, cómo son formados y cómo son tratados por la política educativa. Si esa profesión es tan delicada, difícil e importante tiene que seleccionarse para ella a las mejores personas de un país. No a quien no valga para otra cosa.

Téngase en cuenta que en cualquier profesión el mejor profesional es aquel que mejor manipula los materiales, pero en esta el mejor profesional es el que más y mejor los libera. En esta sociedad del conocimiento todo el mundo sabe que quien tiene conocimiento tiene poder. El profesor dedica su vida a compartir con los alumnos el conocimiento que posee.

Hace unos días leí una frase de Arturo Pérez Reverte, autor con quien no comparto muchas ideas sobre educación, que considero extremadamente  lúcida: “Deberíamos triplicar el sueldo a los profesores. Hacer de ellos una profesión bien pagada, rigurosa, de élite. Son nuestra única salvación”.

A raíz de la tragedia se ha empezado a hablar de la escuela y de la educación. Pero la escuela estaba ahí y muchos de quienes ahora hablan y hablan y escriben y escriben, la tenían completamente olvidada.

Creo que la educación es el asunto más importante del país. Pocas veces aparece esta preocupación como prioritaria en las encuestas del CIS. Pocas veces se plantea la educación como una cuestión de vital importancia para la sociedad. Una educación de calidad de todos y de todas y para todos y para todas, Ese es el camino para la transformación profunda de vida en común. Creo con Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”.

La solución a los problemas del país y de la humanidad no está, a mi juicio, en los despachos ministeriales, ni en los cuarteles, ni en las industrias, ni en las multinacionales, ni en los bancos, ni en las iglesias. Está en las escuelas. Está en la educación. No quiero decir que otras instancias no puedan aportar nada. Claro que sí. Todos somos necesarios para construir una sociedad mejor. Pero los cimientos de esa sociedad justa y hermosa se construyen a través de una verdadera educación. Una educación que no es mera instrucción, ni mera socialización ni, por supuesto,  mero adoctrinamiento. Una educación entendida como un proceso que nos ayuda a pensar críticamente para entender el mundo y que nos impulsa a ser solidarios y compasivos son los demás. En definitiva, una tarea  que nos ayuda a pensar y a convivir. Esa es, a mi juicio, la gran noticia.

Sin mujeres

31 Ene

El nuevo gobierno griego está integrado exclusivamente por varones. Diez ministerios, diez ministros. Y a correr. Cien por cien de hombres. Como en una nueva Iglesia laica, el jefe Alexis Tsipras, ha decidido excluir a las mujeres en su rápida operación selectiva, una vez ganadas las elecciones. Habrá entendido que no hay en el partido Syriza ni en toda Grecia una mujer preparada para desempeñar las tareas que, al parecer, pueden realizar a la perfección sus colegas varones. Estoy seguro de que se habrá apoyado en muchas y valiosas mujeres para ganar las elecciones.

El nuevo gobierno griego está integrado exclusivamente por varones. Diez ministerios, diez ministros. Y a correr. Cien por cien de hombres.

(No sé si me ha producido más sorpresa que indignación o más indignación que sorpresa oírle al Papa  decir en Filipinas hace unos días que todavía queda mucho machismo en la sociedad. No daba crédito a lo que oía. Porque dice eso el jefe supremo de una Iglesia que excluye a las mujeres del sacerdocio y del poder. Ver para creer).

No se puede pensar que el ganador de las elecciones griegas tenga un olfato muy afinado para los nombramientos. Eso pienso y eso digo. Cuando se han escolarizado en similares condiciones  los niños y las niñas se ha podido comprobar en todo el mundo que las niñas, en general, han trabajado mejor y han obtenido mejores resultados. Es fácil suponer que entre las mujeres habrá, pues, más personas de valor que entre los hombres.

Lo que pasa es que, como en este caso, a las mujeres  se las traga la falla del sexismo. Han demostrado que son mejores, pero luego desaparecen como por arte de magia de la vida pública, del poder, de la banca, de los negocios, del ejército, de la política, de la academia y de la Iglesia. El sexismo es un zanja que, a pesar de haber arrojado a ella muchos cadáveres de mujeres, muchas injusticias, muchas discriminaciones y muchas lágrimas, todavía sigue siendo muy profunda.

Cuando se habla del sistema de cuotas hay quien dice que si una mujer está en el gobierno debe ser porque vale y  no por ser mujer. Yo también lo digo. Pero creo que tiene más lógica –vistos los resultados del trabajo de las  mujeres en las escuelas y universidades- que hagamos esa afirmación referida a los hombres: si hay un hombre en el gobierno, debe ser porque vale y no porque es hombre.  Me temo que en este caso no ha sido así. Me temo que, en el caso del gobierno griego, los hombres han jugado con ventaja por el hecho de ser hombres. Defiendo el sistema de cuotas porque, cuando no existe, ya se ve lo que pasa. Y lo defiendo porque tengo la convicción de que si se exige que se repartan los cargos al cincuenta por ciento, será más fácil encontrar personas valiosas y capaces entre las mujeres.

Lo sucedido en la formación del gobierno griego no es un hecho que perjudique tanto a las mujeres como a los miembros del gabinete y, por supuesto, al pueblo griego. Porque se deja fuera  (en una situación tan crítica) a personas que no solo podrían aportar inteligencia y buen hacer, sino porque incorporarían una sensibilidad especial en el modo de entender lo que es el poder, lo que es la realidad y lo que es la vida. Y porque tendrían una capacidad de diálogo mucho mayor y, por consiguiente, mucho más eficaz para resolver los problemas

Por otra parte, cuando entran mujeres a formar parte del gobierno, suele designarse a hombres para ministerios considerados fuertes (Economía, Hacienda, Defensa…) y a mujeres para carteras  blandas  o menores (Asuntos sociales, Cultura, Educación, Igualdad…). Al feminizarse los cargos, se devalúan. Y, al estar devaluados, se pone al frente de ellos a mujeres. Porque sigue habiendo mucho sexismo en la sociedad, claro que sí.

El fenómeno afecta a las mujeres de manera doblemente negativa. En primer lugar porque  la deja fuera de las esferas de influencia. En segundo lugar porque desaparece su visibilidad. Teniendo en cuenta que existe la trampa del “mito de la excepción”, que podríamos formular de la siguiente manera: si una mujer llega, todas pueden llegar. No. No es verdad que así sea. Al menos no es verdad que puedan llegar con la misma facilidad que los hombres.

No se trata, pues, de un hecho sin trascendencia. Todos los fenómenos políticos tienen una enorme carga semántica. Lo sucedido tiene muchas lectoras. Ninguna de ellas favorece la causa de la igualdad.

Algunas mujeres gobiernan con el estilo de mando de los hombres. Para hacerse valer copian las concepciones, las actitudes y las prácticas de los gobernantes varones. Baste poner como ejemplo a la señora Margaret Tacher, convenientemente llamada “dama de hierro”. De ella se decía que llevaba faldas largas para que no se le vieran los atributos masculinos.

Todo está impregnado de sexismo. Porque cuando se incorpora a mujeres al gobierno y alguna de ella fracasa en su cometido, hay quien atribuye el fracaso a su condición de mujer. Cuando un hombre fracasa en ese mismo cometido se atribuye el fracaso a su torpeza o a su inexperiencia.

¿Cuál es la explicación de esta singular composición del gabinete? No es una simple casualidad. Se trata del reflejo de una actitud machista que todavía está muy arraigada en la sociedad.

Ya sé que este tipo de situaciones no se dan solo en la política. Tienen lugar en todas las esferas, incluida la educación. Hace algunos años coordiné en la editorial Graó un libro con el título “El harén pedagógico”. La expresión  es de Stephen Ball. Y viene  a reflejar una situación de todos conocida: en muchas instituciones educativas hay un varón que dirige y muchas mujeres que obedecen. Las causas son múltiples, como indico en el capítulo del libro que titulé “Yo tengo que hacer la cena”, tratando de explicar que las propias mujeres, algunas veces, adoptan actitudes y tienen comportamientos abiertamente machistas.

Dice la profesora Santos Sanz que “la razón real de la ausencia de la mujer en tareas de dirección es debida a su falta de identificación con el modelo de liderazgo imperante, y a las diferencias de modos, maneras y estilos en relación a sus compañeros directivos, evidentemente al margen de la eficacia de un estilo u otro en la gestión”.

Creo que fue Nelson Mandela quien dijo que hasta que en el mundo no haya  un porcentaje del 75% de mujeres en el gobierno, no habremos avanzado lo suficiente. Escuché el dato en una intervención de Federico Mayor Zaragoza en el Ateneo de Málaga. Espero no haber memorizado mal el dato.

No voy a entrar en otras cuestiones de naturaleza política que me perecen importantes, como el hecho de que la izquierda radical pacte para formar gobierno con Panos Kammenos, líder de Griegos Independientes, el partido nacionalista de derechas que, como es obvio, sostenía un programa electoral diametralmente opuesto al de sus actuales socios.

Tampoco entraré en cuestiones relacionadas con lo que se puede esperar de este gobierno ni estableceré paralelismos con la situación española que va a tener en 2015 varias citas electorales. Creo que es más que suficiente, para esta reflexión sabatina, que nos preguntemos por las causas de la exclusión de mujeres en el gobierno griego.

Violencia sutil contra la infancia (y IV)

16 Ago

Dediqué el primer artículo de esta serie a reflexionar sobre algunas formas de violencia subrepticia contra los niños y las niñas en la familia. El segundo, en la escuela. El tercero, en la sociedad. Hoy me centraré en la violencia sutil contra la infancia procedente de los medios audiovisuales y de internet.

Quizá la mayor violencia que ejercen contra los niños y las niñas es la dependencia que su uso puede generar en ellos y en ellas, haciéndoles ermitaños del siglo XXI, esclavos de las manipulaciones ajenas.

Vivimos en una iconosfera. El asedio de las imágenes es verdaderamente espectacular. Existe un poder centralizado que produce imágenes cargadas de significados. Y la mayoría somos analfabetos en el lenguaje de las imágenes. Por eso nos pueden engañar fácilmente.

Este enorme caudal de mensajes contiene muchas agresiones contra la infancia. Mencionaré algunas.

– Difuminación de fronteras entre la realidad y la ficción

La separación entre la violencia real y la ficticia no es muy clara. No se sabe, al encender la televisión, si el disparo que mata a una persona está en una película o está tomada de la realidad.

Para el niño puede ser más “real” un personaje de la televisión que su abuela que vive en el otro extremo de la ciudad. Esto distorsiona su modo de percibir la realidad de forma fiel y de percibirse a sí mismo de forma sana.

– La distancia como abstracción de la realidad

Hay gente que sufre, que muere de hambre, que es violada, que está secuestrada, que padece enfermedades, sumida en la ignorancia… Pero la distancia genera un filtro de abstracción en los medios.

Un piloto de guerra puede apretar el botón de una bomba que causará la muerte de miles de personas, pero acaso no es capaz de golpear a un niño con sus puños. La distancia hace que la destrucción que provoca no le parezca tan real.

– Hipertrofia de lo sensitivo

La imagen recorre un camino que llega antes a la sensibilidad que a la cabeza. La preponderancia de estímulos visuales provoca en el niño de hoy una excrecencia sensitiva, una hipertrofia de la sensibilidad.

“El ciego aprende mediante el tacto, el hombre sensitivo aprenderá por medio de toda la violencia y la conmoción física y afectiva. Conocerá por medio del efecto que producen en su cuerpo los anuncios luminosos, los escaparates publicitarios, los slóganes verbales y musicales de la radio y la televisión” , dice Mc Luahn.

En el año 1984 escribí un libro titulado “Imagen y educación”. Un libro en el que trataba de llevar a la consideración de mis lectores y lectoras las exigencias educativas de la nueva cultura de la imagen. Hoy seguimos sin resolver muchos de aquellos problemas que yo apuntaba.

– Desarrollo de la pasividad

Antiguamente, para el explorar el mundo, una persona debía abandonar su hogar, emprender un largo y arriesgado camino, arrastrar penalidades y resolver situaciones difíciles… Hoy basta apretar el botón de la televisión y el mundo “implota” por esa pequeña pantalla. Mientras tanto, el espectador se queda adormecido en un cómodo sillón.

Los estímulos recibidos del exterior son tan numerosos que apenas si podemos clasificarlos para dirigir nuestra atención. Somos seres comunicacionalmente pasivos. Desde los medios se dirigen constantemente e nosotros, pero nosotros no decimos nada.

– El alquiler de los ojos

Los medios audiovisuales no son solo algo que vemos sino algo con lo que vemos. Se han convertido en una extensión, en una ampliación de nuestros sentidos. Ahora bien, una vez creado un sentido, tenemos la necesidad de ejercitarlo.

Este sentido ampliado o engrandecido está en manos de otras personas. Y así el niño o la niña ven lo que otros quieren y como otros quieren. La realidad que presentan está filtrada por la óptica de sus intenciones y de sus intereses.

– La filosofía de la vida

A través de los medios se genera una filosofía de la vida muy particular: tener es más importante que ser, consumir es mejor que renunciar, ganar es preferible a perder, hacer es mejor que pensar, aparentar es más importante que ser, lo urgente vale más que lo importante, la cantidad es más importante que la cualidad…

Téngase en cuenta que, incluso técnicamente, es más fácil filmar la guerra que la paz, la superficialidad que la profundidad, la cantidad que la calidad, la apariencia que la realidad…

– Creación de necesidades artificiales

Habrá que precisar que “necesidades artificiales” es una expresión similar a “nieve frita”. Pero la expresión puede ayudarnos a entendernos. La televisión a través de la publicidad crea unos deseos que nos vemos impulsados a satisfacer. La presentación de esas falsas necesidades, a las que se vincula toda o parte de la felicidad, es más violenta para el niño o la niña, ya que se encuentra más indefenso ante las manipulaciones de la televisión. Eso es violencia.

Pero hoy todo se ha complicado (y enriquecido) con la aparición de internet. Cuando hablo de los peligros de la red, no quiero decir que no existan múltiples posibilidades de aprovechamiento y de formación en ella. Por supuesto que existen. Decir que hay que tener cuidado con los cuchillos para no cortarse no quiere decir que no sean útiles.

– Conocimientos adulterados

Antes, los conocimientos que recibía el niño y la niña procedían de la escuela y de la familia. Hoy el conocimiento se presenta en múltiples lugares de la red, casi en avalanchas. Pero, muchas veces es un conocimiento adulterado por intereses comerciales, políticos, religiosos…

Hay muchos engaños que se convierten en violencia para la mente y la forma de entender la vida de los niños y las niñas.

– Imposición de modas

En una etapa en la que no está fraguado el carácter, a los niños y a las niñas se les imponen modas en juegos, en indumentaria, en libros, en deportes…que ellos y ellas no pueden contradecir. La moda los arrastra. Las marcas les seducen.

Hay muchos anuncios tramposos que deberían ser denunciados por los defensores de los derechos de la infancia. Anuncios que persuaden e incitan a la compra o al convencimiento de que la felicidad se encuentra donde dice el anunciante.

– Invitaciones seductoras

A través de la red se producen invitaciones seductoras que llevan al gasto de dinero, al consumo de drogas, a la participación en actividades ilegales…

Muchas de estas invitaciones se convierten en trampas para quien llega sin una precavida actitud crítica. Hay muchas personas que se han visto inducidas a realizar comportamientos dañinos para la salud o para la moral.

– Relaciones falsificadas

Muchas de las relaciones que se producen a través de la red tienen lugar a través de la máscara de personalidades falsificadas… Muchos jóvenes han dialogado con personalidades camufladas y han tendido trampas horribles.

La mente del niño no es capaz de concebir que haya adultos tan depravados, capaces de arruinarles la vida por un intereses económicos, por placeres morbosos o, sencillamente, por el deseo de hacer daño.

Quizá la mayor violencia que ejercen contra los niños y las niñas es la dependencia que su uso puede generar en ellos y en ellas, haciéndoles ermitaños del siglo XXI, esclavos de las manipulaciones ajenas. Hay niños y niñas que dedican la mayor parte del tiempo a navegar en solitario por la red. Encerrados en sus cuartos, nada saben o nada quieren saber de quienes están a su lado. Ni de ellos mismos.