Viaja a tu sueño

20 Jul

 

Una estupenda agencia de viajes de Málaga, de nombre tan significativo como “Mochila o maleta” (sería igual a la inversa), tiene un lema interesante, una de cuyas partes le he pedido prestado, como verá el lector,  para titular este artículo. El lema dice: “No sueñes tu viaje: viaja a tu sueño”. También me gusta la primera parte, aunque solo haya utilizado la segunda para encabezar estas líneas. Porque se puede (se debe) soñar el viaje. Tanto es así, que siempre se ha dicho que es más importante el camino que la posada, la víspera que la fiesta. Se puede disfrutar mucho preparando e imaginando el viaje. A mí me gusta soñar el viaje, recrearlo mentalmente, disfrutarlo antes de que suceda. Es más, se puede soñar para que se haga realidad, además de soñarlo como una parte previa a su realización.

Dediqué el artículo anterior a elogiar la lectura como un modo magnífico de llenar el tiempo de ocio. “Leer da sueños”, titulé. Hoy quiero dedicar el espacio a realizar algunas reflexiones sombre la importancia de viajar. Decía Chesterton que viajar es comprender que estabas equivocado. En efecto, viajar es un modo de relativizar tu forma de pensar, de relacionarte, de hablar, de actuar y de vivir. Viajando puedes comprobar que hay otras culturas en las que las personas viven felices. “Como fuera de casa de uno en ningún sitio”, dice un amigo mío trastocando el viejo dicho que alaba la forma un tanto pueblerina de concebir la realidad. También es cierto lo que dice otro amigo, muy viajero: no se viaja para viajar, se viaja para decir que se ha viajado. ¿Cuántas veces nos han castigado con el repaso de las fotos y los videos del último viaje, del último crucero?

Viajar es paradójico. Porque te hace comprender lo pequeño que es tu mundo, lo discutibles que son tus costumbres, lo limitado que es tu idioma, lo peculiar que es tu arte, lo insuficiente que es tu gastronomía, lo curiosa que es tu religión,  lo pequeño que es tu pueblo. Pero, al mismo tiempo, viajar te hace valorar aquello que tienes porque lo puedes ver desde otra perspectiva.

“Viajar es fatal para el prejuicio, la intolerancia y la estrechez de mente”, decía Mark Twain. Viajar te abre la mente porque te pone en contacto con otras realidades, con otros regímenes políticos, con otras formas de pensar, con otras personas que viven armoniosamente en otro contexto histórico, geográfico y social.

Me gusta viajar en compañía, especialmente en familia, aunque entiendo que haya otras modalidades igualmente atractivas de viaje. Hay quien prefiere viajar solo. ¿Cómo no entenderlo? La elaboración y la ejecución del plan son menos complejas.

Me gusta  viajar relajado en tres sentidos. No comparto la voracidad cultural de quienes convierten el viaje en  un obsesiva experiencia de aprendizaje. Tampoco comparto esa tremenda ansiedad que sufren quienes piensan que van a ser asaltados y robados en cualquier esquina. Hay que ser prudente, pero no   hay que vivir  el viaje como si de cualquier escondite pudiera salir por sorpresa un ladrón o un asesino. Y, en tercer lugar, no me gusta viajar sin la obsesión de dejar un recuerdo fotográfico en cada calle, fachada o atardecer.

Viajar mucho es ampliar horizontes. Es saber valorar lo maravilloso, lo extraordinario.  “Nuestro destino de viaje nunca es un lugar sino una nueva forma de ver las cosas”, decía Henry Miller.

Oí contar que un hombre de escasa cultura viajó desde el pueblo a Granada. Al volver le preguntaron qué le había parecido la ciudad. Entre otras preguntas se produjo una inevitable:

– ¿Visitaste La Alhambra?

Ante la respuesta afirmativa, vino la consecuente indagación:

– ¿Qué te ha parecido La Ahambra?

La respuesta no tiene desperdicio:

– Bueno, como todas las Alhambras.

Hay muchas maneras de viajar. Se puede pasar por los circuitos turísticos sin penetrar ni un centímetro en la cultura y la idiosincrasia de las personas. Lo hacen quienes quieren recorrer kilómetros y kilómetros en el menor tiempo posible, como si estuvieran participando en un maratón.  Otros prefieren el turismo reposado y profundo que permite  conocer los entresijos de la realidad y explorar los recovecos de las concepciones, de las actitudes y de los comportamientos de las personas.  Es decir, que quieren saber lo que sucede y tratan de entrar en las causas y los porqués del acontecer.

Las agencias de viajes y los guías proporcionan hoy una información estupenda que nace del estudio, de la experiencia y de la necesidad de ofrecer una ayuda inestimable a quienes viajan. Aunque, claro está, hay de todo. Leí en no recuerdo qué libro de Umberto Eco la historia de un guía de un museo sacro que iba explicando a los visitantes las peculiaridades de los diversos objetos y reliquias que allí se exponían. Al pasar por delante de una vitrina, dijo:

– Este es el cráneo de San Juan Bautista a la edad de 12 años.

Uno de los visitantes, con todo acierto, objetó:

– No puede ser. La Historia Sagrada dice que San Juan Bautista murió decapitado siendo adulto.

El guía guiso salir airoso de la embarazosa situación:

– Ya. Es que ese cráneo está en otro museo.

Es curioso recordar cuántas amistades fraguan en los viajes, de niños y de adultos. Nosotros creamos hace años un grupo denominado Amigos de alta mar (cuatro familias que coincidimos en un crucero)  que se ha mantenido en el tiempo. Pocos días de relación han dado lugar a una amistad que no ha forjado con otras personas un puñado de años compartiendo trabajo.

Es cierto que para viajar hace falta tener salud, tiempo  algo de dinero y mucha curiosidad. Hay de todo, sin embargo. He visto a personas muy mayores, con serios impedimentos físicos realizando viajes largos y  arriesgados. Y personas jóvenes y sanas que no son capaces de moverse. Hay personas con todo el tiempo del mundo que no saben programar ni un viaje de dos días y otras que aprovechan cualquier esquicio para escaparse. Hay formas de viajar más económicas que otras. No es igual una tienda de campaña que un Hotel de cinco estrellas. Finalmente hay quien tiene una curiosidad insaciable y hay quien viaje como una maleta.

La experiencia te hace preparar el viaje con rapidez y eficacia. Tengo una lista de cuarenta exigencias que te evitan luego contratiempos más o menos graves: desde el pasaporte hasta las medicinas, desde el dinero al repelente de mosquitos, desde  la computadora hasta el cepillo de dientes…

Conviene tener presente el catálogo de derechos del viajero. Desde el seguro de vida hasta la indemnización que tiene que pagar la compañía aérea por un retraso excesivo.

Hay formas de viajar que se pueden realizar sin moverse del sillón de la casa: leer libros de viajes, escuchar relatos de otros viajeros, compartir experiencias que se han vivido… Y escuchar programas de radio  (escucho Gente viajera de Ester Eiros en Onda cero) o ver programas de televisión (Españoles por el mundo de la 1 de  TVE) sobre la necesidad y el placer de viajar.

Mi añorado amigo y maestro Manuel Alcántara sostenía lo siguiente: Quien nos dice que no lee, bien podría ahorrarse la confidencia. Yo lo aplico a quien nos dice que nunca viaja y que no le gusta viajar.

Recorrer el mundo nos hace sentir ciudadanos del planeta. Nos hace sentir que pertenecemos a la raza humana. Las fronteras son las cicatrices de la historia. La condición de parroquianos se cura viajando y viajando. Viendo culturas y pueblos diferentes al nuestro. No solo se abre la mente a otras concepciones y realidades. Se abre también el corazón a otras personas y a otras necesidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

Leer da sueños

13 Jul

Estamos en pleno verano. Tiempo de viajes. Tiempo de ocio. Tiempo de
lectura. Los profesores y las profesoras disponen de un tiempo sin las exigencias profesionales de la preparación de clases y la corrección de ejercicios. Tienen tiempo libre, tiempo abierto para leer lo que deseen. Los estudiantes tienen la oportunidad de leer sin la presión de las demandas escolares. Pueden leer lo que les guste, no lo que les manden. Hay más libertad para la elección y más tiempo y tranquilidad para el disfrute.

Acabo de leer en el suplemento literario “La esfera de papel” del
periódico El País un reportaje de Rafa Sañudo titulado “Qué leer este verano”. El subtítulo es elocuente: “El verano invita a leer”. Y la etiqueta que preside el texto resulta excitante: “Leer y gozar”. He de confesar que me gustaría leerlo todo. Todo de cada sección del suplemento: Narrativa española, Narrativa extranjera, Best sellers, Historia, Ensayo, Pensamiento y filosofía, Memorias, Clásicos, Poesía, Policíaca, Infantil y juvenil, Fotografía, Teatro, Cine, Comic… Sí, incluida la sección de Infantil y juvenil. Porque me gusta saber qué puedo recomendar a mi hija.

A mí me gustaría que el verano durase más para poder leer más. Porque encuentro un gran placer en la lectura. Y puedo leer en todos los sitios. En cualquier lugar de la casa, de la ciudad, del mundo… Puedo leer en los aviones, en el salón o en la terraza de la casa, en la habitación del hotel, en un banco de la calle…

Me gusta leer libros propiamente dichos a pesar de tener un e-book que me regalaron hace tiempo. Me gusta el tacto de las hojas, el hecho de pasar las páginas, el olor del papel, la variedad infinita de marcapáginas… Acabo de comprar en el aeropuerto de Barajas un marcapáginas electrónico que es un diccionario abreviado. Si encuentras durante la lectura una palabra que desconoces, enciendes el marcapáginas, la escribes y aparece el significado en la pequeña ventanilla. Un bonito y curioso regalo. A quienes me cantan las excelencias de la lectura en el e-book les pregunto si han encontrado alguna vez unos pétalos de rosa entre las páginas de la
lectura digital.

Me acaban de regalar en Santiago de Chile un precioso libro sobre el
pensamiento pedagógico de Gabriela Mistral. Se titula “Pasión de enseñar”. Algún día escribiré algo sobre él en estas páginas. Hago referencia a él ahora porque tiene una encuadernación antigua que, al no tener canto, permite ver el cosido de las páginas. No me han podido hacer un regalo mejor.

Hace unos meses mi querido amigo Carlos Arconada que, en cultivada
generosidad, hace regalos sin venir a cuento, me envió uno precioso: un ex libris con mi nombre escoltando la imagen de un búho. De todos y todas es sabido que el ex libris es un sello que, colocado en la primera página de un libro, indica de quién es propiedad. Ya tenía uno desde hace muchos años. La amistad de Carlos lo ha arrumbado a un segundo plano. No hay mejores regalos para mí que los relacionados con el mundo de los libros.

Tengo en casa más de diez mil libros. Son parte de mi vida. No sabría vivir sin ellos. ¿Qué sería de mí sin la lectura? ¿Qué sería de mi casa sin libros? Estar rodeado de libros hace casi inevitable la lectura. Porque, desde cualquier estantería, el libro reclama tu atención, te llama de forma irresistible. Por eso me sorprende y preocupa tanto que haya quien no solo no lee sino que considera la lectura un castigo.

Me preocupa la desafección de muchas personas hacia la lectura. Sobre todo, la de niños y jóvenes. No sé si es la red, con sus seducciones; no sé si es el esfuerzo que necesariamente requiere concentrarse; no sé si son las prisas por moverse de un lugar a otro; no sé si es la condición efímera de su atención; no sé si es la mala didáctica de la lectura que hemos utilizado; no sé si es el mal ejemplo que algunos adultos ofrecen; no sé, en definitiva, a qué se debe este rechazo que veo cada día más intenso hacia ese arte y esa ciencia que es la lectura.

Lo veo en mi hija. Antes era una lectora compulsiva y ahora, con su móvil ejerciendo de rey de sus preferencias, le ha dado la espalda a los libros y apenas si lee lo que es obligatorio en el colegio. Me tiene preocupado porque ha perdido una afición que antes. Me gustaría que leyera por placer, no por darme a mí ese gusto. Espero que pronto vuelva sobre sus pasos.

Lo veo en los estudiantes de mi Universidad que no se apasionan por leer, que no disfrutan leyendo. Me dejó perplejo la pregunta que me hizo uno de mis alumnos a quien le estaba recomendado una serie de lecturas para cursar la asignatura:

– Profesor, ¿no me puede perdonar uno?

El verbo elegido para hacer la petición dejaba al descubierto la
valoración de castigo que entrañaba para él la lectura de los libros
recomendados.

Alguna vez he contado la anécdota que compartió con sus lectores y
lectoras el ya fallecido Eduardo Haro Tecglen. Estaba haciendo una mudanza y, entre los objetos que tenía que llevar de una vivienda a otra, estaban muchas cajas de libros. Un joven transportaba sudando cajas de libros. Eduardo le dijo:

– Siento mucho que tengas que hacer un esfuerzo tan fuerte. Los libros son muy pesados y las cajas demasiado grandes.

El chico respondió de forma rápida y contundente:

– Don Eduardo, no se preocupe usted por mí. Lo mío no tiene importancia. Lo malo es lo suyo, que tiene que leerlos.

Me han contado que en una librería de la localidad argentina de Armstrong se encuentra un cartel con este interesante lema: Leer da sueños. Sueños, en plural. No sueño, como piensan algunos detractores de esta maravillosa forma de llenar el tiempo. Es sabido que algunas personas utilizan la lectura como somnífero. A mí me desvela.

¿Por qué da sueños la lectura y no sueño? Pues por el mismo ejercicio en el que consiste. Nos hace salir de nuestra realidad prosaica para meternos en una realidad fantástica, que no es la que tocamos con las manos y pisamos con los pies.

Da sueños porque nos ofrece historias reales o ficticias que nos permiten conocer otras formas de vivir, de sentir y de pensar. Historias que no son la nuestra, que jamás habríamos imaginado.

Da sueños porque nos permite conocer personas, biografías, vivencias, aventuras y experiencias vitales muy distintas a la nuestra.

Da sueños porque nos permite hacer viajes sin movernos del salón de
nuestra casa o de la biblioteca o del e-book que tenemos en las manos.

Da sueños porque estimula nuestro pensamiento y nuestra imaginación,
porque nos incita a pensar, nos pone contra las cuerdas de la crítica. Y porque nos emociona y suscita nuestro interés y nuestro deseo de descubrir.

Da sueños porque permite encontrar tesoros de sabiduría, de humanidad, de ingenio, de aventuras, de proyectos, de emociones. La profesora chilena Carolina Urbina, entrañable amiga, me contó hace años que cuando un nieto arrancaba a leer, su padre le enviaba por correo postal a la casa un mapa al que adjuntaba un sobre con tarjetas diversas. En esas tarjetas le daba instrucciones al nieto para que, siguiendo el mapa, el niño encontrase un tesoro. El tesoro consistía en una botella llena de monedas de un peso. Si la búsqueda del tesoro tenía lugar en invierno el mapa representaba espacios de la casa y el jardín. Si tenía lugar en verano el mapa era de una playa o de un lugar al aire libre.

Leer da sueños, inspira sueños, genera sueños, contagia sueños, inventa sueños, multiplica sueños. ¿Por qué renunciar a la hermosa aventura de embarcarse en sueños maravillosos?

La inquietante soledad del Director

6 Jul

Pocos pondrán en duda la importancia que tiene la buena dirección de las instituciones escolares para conseguir los objetivos que se proponen en su proyecto educativo. Los fines compartidos y las actitudes cooperativas serán adecuadamente impulsadas desde una forma rica de entender la función directiva.

No me gustan mucho los siguientes verbos de la dirección: mandar, controlar, exigir, castigar, imponer, ordenar someter, silenciar, advertir… Me gustan más estos verbos: coordinar, dialogar, escuchar, aprender, estimular, pensar, aceptar, innovar, sugerir, investigar, proponer, crear, motivar, amar, hacer crecer…

No voy a plantear ahora cuestiones que considero importantes: por qué motivos quieren acceder algunas personas a la dirección, cómo se forman, qué tipo de tareas realizan, qué estilo de dirección asumen, qué sentimientos viven, qué conflictos tienen que afrontar, que signo (positivo o negativo) tiene su evolución… Voy a centrarme en una cuestión muy concreta y enseguida diré el motivo que me ha llevado a plantearla.

Mi entrañable amigo argentino Horacio Muros me ha sugerido varias veces la idea de hacer algunas reflexiones sobre la soledad que viven quienes dirigen las escuelas. Estoy seguro de que uno de los motivos por los que me ha hecho esa invitación es la vivencia de ese sentimiento en los más de veinte años que viene desempeñando el cargo.

La soledad tiene muchas caras, muchas dimensiones. Decía María Zambrano que “solo en soledad se siente la sed de verdad”. También es cierto lo que decía Ralph J. Bunche: “Me encuentro solitario cuando busco una mano y solo encuentro puños”. Cara y cruz. Haz y envés de la soledad. Habrá que reflexionar sobre el contenido psicológico y moral de esa singular vivencia-

Hay, a mi juicio, varios tipos de soledad en el ejercicio de la profesión directiva. El primero es la soledad física. El Director (siempre que hable de Director me estaré refiriendo a Directores y Directoras, a sabiendas de que el género es una cuestión fundamental en la consideración del poder en educación) está más solo físicamente que los profesores y las profesoras. Tiene un despacho en el que suele estar aislado (qué hermosa palabra). En la sala de profesorado están o pueden estar todos los docentes.

En mi libro “Las feromonas de la manzana. El valor educativo de la dirección” hay un capítulo titulado “La imagen en el espejo. El equipo directivo visto por el alumnado”. En él recojo varios testimonios de alumnos y alumnas:

– “Durante mi paso por el Colegio no recuerdo la figura del Director y después en el Instituto recuerdo al Director del centro, pero nunca he llegado a hablar con él. Lo recuerdo como una persona distante, siempre sentado en su despacho. Mi relación con los dos Directores durante mi experiencia ha sido casi inexistente, llegando al punto de que en bachillerato me enteré de quién era el Director cuando se jubiló y fue entonces cuando me enteré de quién era el viejo y el nuevo”

– “Al pedirme que relate mi historia acerca del Director y la relación que haya tenido conmigo me quedo en blanco, ya que en mi vida académica ninguno de los Directores o Directoras que he tenido en los centros donde yo estaba matriculada han tenido ninguna relación conmigo. Se puede decir que para mí la figura del Director tal y como me han hecho conocerla es aquella persona que sabías que existía por lo mucho que hablaban de ella, pero que permanecía en el despacho a puerta cerrada”.

– “Lo significativo de la figura del Director en el Colegio es que ni siquiera sabía quién era. Solo era una persona a la que teníamos miedo, pero sin rostro y te la imaginabas como un monstruo”.

Hay otro tipo de soledad que es la soledad emocional. El Director puede sentirse aislado. Unos se alejan de él por temor y otros por no ser tildados de sumisos, aduladores o interesados. Hay quien practica la crítica más cruel de manera virulenta. Se ensaña con todo tipo de discursos y comportamientos. Sea quien sea el Director. Hago lo que haga. Qué decir cuando en el seno de la comunidad hay una persona que aspiraba al cargo y fue relegado por quien hizo la elección o perdió en un concurso de méritos. Qué decir también de los grupos que ejercen una oposición sistemática.

Hay un tercer tipo de soledad a la que llamaré soledad decisoria. Me refiero a la necesidad de tomar decisiones en solitario. En España tenemos equipos directivos, de modo que muchas decisiones tienen carácter colegiado. Pero hay ocasiones en las que, por la urgencia o por las condiciones, el Director, como órgano unipersonal de gobierno, tiene que decidir sin poder realizar consultas ni llegar a una decisión compartida. Toda la responsabilidad descansa entonces sobre las espaldas del Director. Nadie le puede ayudar. Se encuentra solo ante deber de elegir, ante la necesidad de decidir. Con todos los riesgos y la angustia que eso conlleva.

Existe también, a mi juicio, a mi juicio, una soledad orgánica. El Director pertenece a la comunidad, pero es una parte distinta y visible. El Director tiene poder pero se trata de un poder institucional delegado. Está situado, en solitario, entre el poder y la comunidad. Puede decantarse hacia un lado o hacia otro. Puede sentirse más del poder o más de la comunidad. Puede querer agradar, sobre todo, al poder o a la comunidad. Pero está solo en el medio de ambas instancias.

Finalmente podríamos hablar de una soledad ontológica. Es decir una soledad que tiene que ver con la naturaleza misma de la función directiva. El Director está solo, es uno, es un cargo orgánico unipersonal. Puede tener equipo, puede evacuar consultas, pertenece a una comunidad pero, en última instancia, hay un Director que representa, se responsabiliza y ejerce su función en estricta soledad. Decía Schopenhauer que nadie puede salir de su individualidad. Joseph Conrad afirmaba: “Vivimos como soñamos: solos”.

Estas realidades producen estados de soledad, pero ninguno es igual que otro. Nunca se está solo de la misma manera. Es preciso recordar, por otra parte, que no es igual estar solo que sentirse solo.

Parte de la diferencia entre vivir soledad como un sentimiento destructivo o constructivo reside en la voluntariedad. Una cosa es estar solo por elección, como fruto de una decisión elaborada y otra estar condenado a una soledad que no se desea ni se ama.

Otra parte de la diferencia reside en el uso que se hace de la soledad. Un cuchillo puede utilizarse para herir o matar, pero también para liberarse de ataduras inmovilizadoras. Importa mucho la finalidad a la que conduce, lo que a la postre se hace con ella.

Finalmente, es decisiva la vivencia de la soledad. El hecho de que en ella nos sintamos felices o desgraciados. Lo que importa es cómo vivimos la soledad. El mismo hecho de estar solos o de sentirse solos a unos les reconforta y a otros les destruye.

La soledad puede estar teñida de muchos sentimientos: tristeza, angustia, temor, dolor, pesadumbre. Pero también de paz, seguridad, fortaleza, serenidad… Es muy importante reconocerla, sentirla, compartirla y trabajarla para ponerla al servicio del crecimiento personal y de la mejora de la comunidad. Decía Bodelaire: “Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada”.

Sosa cáustica

29 Jun

Acabo de leer, casi de un tirón, la novela de Francisco Sosa Wagner sobre la Universidad española. Después de hacerlo, tengo un sabor amargo. En la página 176 hace referencia el autor a “esta novela ácida” añadiendo entre paréntesis “pero verdadera”. He de decir que yo no la considero tan verdadera como él. Es ácida, sí, pero no verdadera. No lo es no porque cuente hechos falsos sino porque solo presenta hechos negativos y deja de contar muchos otros positivos. No solo es ácida. Es cáustica.

El subtítulo de la novela, que no aparece en portada, indica dónde va a poner el foco el autor: Aventuras, donaires y pendencias en los claustros. Subtítulo, por otra parte impreciso, porque la novela no habla solo de los claustros sino de la dinámica universitaria en general, que va mucho más allá de los claustros. Qué duda cabe de que hay otras dimensiones en las que se puede uno detener. Pero, el profesor Sosa Wagner ha querido centrarse en las dimensiones más negativas de la vida, las relaciones y el poder de la Universidad. En la micropolítica que describe solo hay intrigas y corruptelas. Solo ha visto los agujeros en el queso. Y no digo que no los tenga, pero no solo.

Si alguien pretende conocer la Universidad española a través de esta novela, quedará defraudado y hasta escandalizado. La institución que debe ser un faro moral para la sociedad aparece como un entramado de intrigas, mezquindades, rivalidades, sinecuras (palabra que repite no sé cuántas veces el autor), envidias, asechanzas, miserias, zancadillas, prebendas, ambiciones, trampas, peleas… De todo esto hay en la novela . Y en abundancia.

Me parece imprescindible hacer autocrítica. Considero necesario también abrirse a la crítica, pero no me gusta la autoflagelación (por masoquista) ni la heteroflagelación (por sádica).

Está muy claro que quien ha escrito esta obra tiene experiencia de lo que se cuece en la institución. No habla de oídas. Hay precisión en el galimatías terminológico de puestos académicos, cargos y funciones. Hay conocimiento de estrategias y maniobras. Pero yo me pregunto si es eso solo lo que ha visto el catedrático Sosa Wagner.

Hay también demasiada sorna sobre cuestiones que considero relevantes: la investigación, la selección de docentes, la evaluación de los méritos, las elecciones a rector, los tribunales de tesis, la autonomía universitaria…

Ya sé que se trata de una novela y no de una evaluación o un estudio científico. Ya sé que se trata de un ejercicio crítico que podría ser incluso saludable con un poco de sentido del humor y una imprescindible actitud autocrítica. Pero creo que se ha pasado en los tintes oscuros que llegan a presentar un retrato deformado y grotesco de la institución. La Universidad española no es eso. No es lo que describe el autor en su novela. O, mejor dicho, no es solo eso.

Pondré algunos ejemplos que no ha sido difícil encontrar. En cada página se podrían ver otros botones de muestra:

– – “Hemos vivido la elección de rector. Y cada vez es más claro que todo es una pantomima. Se encaraman en el poder gracias a los pactos y acuerdos que logran cerrar durante la campaña y esta circunstancia genera una hipoteca en el gobierno de una institución docente y científica convertido por esta vía en un gobierno que propende a un corporativismo destructor”.

– – “Charlie era el fruto de una de esas levas de profesorado que había ido tejiendo las sucesivas leyes universitarias especializadas en poblar los escalafones con mediocridades inofensivas”.

– – “Berena era una subordinada del rector, de los vicerrectores, de los jefes de área y de hectárea, de los secretarios, de los prosecretarios, y vicesecretarios, de los gerentes, contragerentes y subgerentes; no estaba bien que admitieran esas encopetadas autoridades académicas las habilidades de una jovencita que exhibía demasiado aplomo… y que les dejaba en ridículo”.

– – “Con la creación de plazas docentes hubo un cierto tumulto en las files de los miembros opuestos a don Manuel, aquellos que había votado en su contra con ocasión de las elecciones a rector. Estaban perfectamente localizados y aislados. Eran resentidos que no podían soportar haber fracasado a la hora de aupar a su candidato”.

– “No hay muchas novedades; ya sabe usted, Lucio, que la Universidad española es un gran cementerio. Yo, me lo ha oído decir alguna vez, al campus lo llamo campus santo”.
– “Hoy esto es inconcebible por la apatía de la juventud. La base del edificio universitario está enferma. Una situación muy grave, pues los muertos se empiezan a enfriar por los pies”.

– “Para mí lo peor es el paletismo que se ha adueñado de nuestros colegas más jóvenes, con las inevitables excepciones que siempre las hay. La mayoría no lee nada que sea creativo y alejado de sus afanes cotidianos”.

– “Malos tiempos, en efecto, querido Anselmo. Da risa acudir a alguna gestión al rectorado. Y advertir la tropa de personal puesto a dedo allí por el rector de turno, todos ellos profesores que nada saben de gestión universitaria y que, por ello, si algo les sale bien es por pura casualidad.

– “Y de los escritos de los pedagogos, a los pobres doctorandos y a los interinos les exigen acudir a cursos vacuos donde pretenden enseñarles cómo se dan clases de Física, de Farmacología o de Historia Moderna, Un saber que,, al parecer, atesoran los pedagogos, especialistas de la vacuidad”.

– “Una imprudencia porque ahora ya el rector no se iba a doblegar a la voz –siempre ronca, bronca y sectaria- de los sindicatos”.

– “Terminada la entrevista con la jauría periodística, su secretaria le anunció que quería verle Berena”.

– “…pero es que en la Universidad todo es pequeño y cutre, un poco sórdido. Al profesor, con cien euros, lo tienes ganado”.

El personaje central que sirve de hilo conductor de la obra es un ser provinciano, paleto, mediocre, acomplejado, mezquino, tramposo, trepa y conspirador. Ni en la vida privada es una persona equilibrada, atractiva y sociable. Otro elemento más que añadir al relato sombrío del autor.

Creo que no hay estamento que se libre de las críticas acervas de Sosa Wagner. Ni el profesorado, ni el alumnado, ni el personal de administración y servicios, ni los periodistas, ni los partidos políticos, ni los sindicatos… No deja títere con cabeza.

Aunque había dejado mensajes suficientemente para los partidos políticos, no quiso poner el punto final sin dejar una descalificación al partido socialista. Una puyita que puede entenderse si se piensa que la deja muy clarita un destacado miembro de UPyD Unión.

Quienes recibimos las críticas más despiadadas (me sorprende mucho la importancia que nuestros críticos nos dan) somos los pedagogos, cuyo lenguaje siempre es vacuo, cuyos trabajos siempre son irrelevantes y cuyas actitudes siempre son prepotentes.

No he disfrutado leyendo esta novela. Eso no es la Universidad. O, mejor dicho, eso no es toda la Universidad. No he visto reflejada en ella mi experiencia ni la de la mayoría de los colegas que he conocido. No he visto la actitud comprometida y esforzada de muchos alumnos y alumnas, la pasión de muchos docentes por enseñar y aprender, la voluntad de la mayor parte del personal de administración y servicios por hacer bien su trabajo. No sé si el profesor Sosa Wagner no las ha visto o es que no lo ha querido contar. Me hubiera gustado que su experta pluma se hubiese ocupado también de las dimensiones positivas que, sin duda, atesora.

La marcha del cangrejo

22 Jun

Todo el mundo sabe que el cangrejo camina hacia atrás. El cangrejo avanza lentamente hacia la retaguardia. En lugar de ir hacia el frente, se mueve en dirección opuesta. Y eso nos pasa a los humanos con algunas concepciones, actitudes y comportamientos. En lugar de progresar, en lugar de ir hacia delante, vamos hacia atrás. La marcha del cangrejo. En nuestro caso es más problemático este sentido de la marcha ya que tenemos los ojos delante. El cangrejo puede ver lo que tiene al lado y detrás.

Resulta especialmente estúpido este comportamiento de desandar lo que habíamos avanzado en la buena dirección. No todas las conquistas que realizamos en el orden moral se mantienen en el tiempo porque sí. Algunas veces se retrocede, se avanza hacia atrás. No todos los cambios son mejoras. No todas las mejoras conquistadas son definitivas. Se puede perder lo que habíamos conquistado con tanto dolor y tanto esfuerzo. Voy a referirme a dos hechos, uno del norte y otro del sur de la península, en los que se manifiesta de forma meridiana ese retroceso moral.

Con estas líneas quiero denunciar los planteamientos de VOX, partido ultraderechista español recientemente configurado, respecto a los logros conquistados en la lucha contra el androcentrismo. Desde el año 2003 han tenido lugar en España 1000 muertes de mujeres a manos de sus parejas. Más de las que causó ETA en toda su historia. A VOX le repele todo lo relacionado con la violencia de género, contra esa violencia que se ejerce contra las mujeres por el simple hecho de ser mujeres.

Y, claro, quienes pactan con VOX, sufren imposiciones que obligan a caminar hacia atrás. En Andalucía, comunidad en la que vivo, por ejemplo, para que VOX retirara la enmienda a la totalidad que había presentado a los presupuestos, el Partido Popular y Ciudadanos, han tenido que pactar algunas concesiones indeseables. Digo yo que las considerarán concesiones indeseables. Porque más grave sería que estuvieran de acuerdo de partida. Una de ellas ha sido que, en lugar de hablar de violencia de género, se tenga que hablar de ahora en adelante de violencia intrafamiliar.

Y yo no digo que no haya otro tipo de violencia diferente a la de género en las familias, pero esta denominación que impone la ultraderecha, es una forma de diluir la importancia de la violencia de género.

Me ha molestado especialmente escuchar al Vicepresidente de la Junta de Andalucía Juan Marín, de Ciudadanos, decir que se trata de una simple denominación, una cuestión de palabras. Vamos, de algo que no tiene importancia. Pues no. Esa justificación es, a mi juicio, una postura ridícula y pueril que a nadie va a engañar. O, lo que sería peor, de una postura cínica e hipócrita que le resta importancia a un asunto de gravedad.

Las palabras son importantes porque contienen concepciones e ideas. Manifiestan actitudes y conducen a comportamientos. Todos sabemos lo que plantea VOX sobre la violencia de género. Y la aceptación de esta denominación es una claudicación en toda regla.

En la alianza con VOX que se ha producido en mi comunidad y, posteriormente, en varios municipios y autonomías del país, me repugna más la postura de Ciudadanos que la del PP. El PP negocia abiertamente con VOX. Así lo dice y así lo hace. Me parece un postura indecente, pero no la ocultan, no la camuflan. Ciudadanos se retira de la foto. “Nosotros no negociamos con VOX, negocia el PP”. Pero, caramba, ustedes negocian con el PP que ha negociado con VOX. Y ahí está el tripartito de derechas gobernando mi comunidad autónoma. ¿A quién pretende engañar Ciudadanos? Ciudadanos se ha coinvertido en un prestidigitador que pretende hacer ver que no negociado después de haberlo hecho. El truco es muy burdo. No cuela. Es como si, al ponerse una venda en los ojos, dejase de existir la realidad que está delante.

Estamos yendo hacia atrás como el cangrejo. Mi querida amiga Amparo Tomé me envía una información más que inquietante. SKOLAE, programa pionero de coeducación en Navarra y en el Estado, está en peligro. Diez personas, entre redactoras del programa,, tutoras o responsables, han sido llamadas a declarar el pasado 14 de junio ante el Tribunal Superior de Navarra. Una auténtica caza de brujas.

SKOLAE inspira el trabajo de los centros y comunidades educativas de Navarra para facilitar a todo el alumnado la posibilidad de aprender a vivir en igualdad (puede consultarse su página web).

Es un proceso que se asienta en el conocimiento, la libertad y la capacidad de decidir sobre el futuro sin condicionantes de género, aprendiendo a identificar las desigualdades, a luchar contra ellas y a ejercer el derecho a la igualdad en el ámbito de cada cultura, religión, clase social situación funcional, identidad y orientación sexual.

Desde el programa se aprende:

– a saber mirar y a saber entender la realidad en la que vivimos
– a ejercer la crítica y la responsabilidad ante la discriminación
– a desarrollar la autonomía y la independencia personal
– a saber y querer aportar para la construcción social en igualdad y respeto
– a vivir la sexualidad y el buen trato, lejos de la violencia machista

Puedo comprender muy bien lo que pasa con estas denuncias porque yo mismo participé (junto con Ana Freixas, Enma García, Juan Ramón Jiménez y José Luis Sánchez) en la redacción de un texto titulado “La coeducación, un compromiso social. Documento marco para Andalucía”. No me extrañaría que esos mismos u otros censores, nos denunciasen por parecidos motivos. Venga, a la hoguera.

Hace ya muchos años (exactamente en 1984) que escribí “Coeducar en la escuela. Por una enseñanza no sexista y liberadora” (Editorial Zero-Zyx, ya desaparecida). Treinta y cinco años después, no solo no se ha implantado esta exigencia en el sistema educativo sino que nos encontramos en un momento en el que se presenta una denuncia contra las autoras y tutoras de un programa de coeducación imprescindible, admirable y contrastado. ¿Cómo no sorprenderse e indignarse ante este retroceso?

No es difícil descubrir qué fuerzas, qué ideas, qué personas se encuentran detrás de estas denuncias. No es difícil identificar el sectarismo, el integrismo y la involución. Me repugna que, por ocupar espacios de poder, haya quien pacte con esas personas, dando pábulo de esa forma a que enturbien la limpieza democrática y a que se convierta en inútil todo el esfuerzo realizado para salir de la barbarie.

Quizás haya una actitud peor. La actitud de la indiferencia, la cobardía y el silencio. He hablado de dos hechos clamorosos que acaban de suceder en dos partes de la geografía española. Dos hechos inquietantes que suponen un retroceso respecto a logros que se habían ido consiguiendo con el sacrificio de muchas personas justas y sensibles. No podemos mirar para otro lado, no podemos cruzarnos de brazos. En una sociedad democrática es inadmisible practicar el deporte que consiste en encogerse de hombros y mirar hacia otra parte. Hay que avanzar hacia delante, en la buena dirección. En la dirección de la dignidad, de la justicia y del reconocimiento y la práctica de la igualdad.