Lo que hacemos mal en educación

14 Sep

 

La Editorial Octaedro acaba de publicar  (julio, 2019) un libro titulado “¿Qué hacemos mal en la educación?”. Lo coordinan los profesores Agustín de la Herrán, Javier M. Valle y José Luis Villena. A mí me encargaron un capítulo que titulé así: “Errores a troche y moche en la evaluación educativa”.

La estructura de la obra se ocupa de diferentes parcelas de la educación sobre las que diversos autores reflexionamos de forma crítica (mejor sería decir autocrítica), explorando las dimensiones defectuosas detectadas en las prácticas, sean éstas de aula, de las instituciones o de las políticas educativas.

Son trece los capítulos que configuran el libro, que roza las 400 páginas (399, exactamente): implantación de políticas educativas supranacionales, políticas educativas sobre el profesorado, curriculo escolar, educación de la sexualidad, uso de las TIC en las escuelas, evaluación, universidad, educación bilingüe, inclusión, educación social, investigación educativa, pedagogía y educación. Podrían ser otros los núcleos elegidos, podrían ser más. Muchos de ellos se entrecruzan, como es obvio. Creo que son suficientes para alimentar la reflexión e invitar al análisis crítico y a la mejora.

Quiero compartir con los lectores y lectoras algunas ideas que reflejan, a mi juicio, el espíritu y sentido de la obra.

Hace algunos años me pidieron que participase en un Congreso de Médicos que se iba a celebrar en Marbella. Un Congreso peculiar. Porque los Congresos de medicina, como casi todos los Congresos, suelen celebrarse a la luz de los éxitos alcanzados, de los hallazgos conseguidos. Éste, tan atípico como valiente, pretendía estudiar los fracasos de la medicina, los errores de diverso tiempo que llevan a desastres a veces irreparables. Deseaba consagrar el error como una forma de aprendizaje y de mejora profesional. Me encargaron la ponencia inaugural que titulé así: “La fertilidad del error”.

Entonces pensé que nunca se habia hecho algo similar en el campo de la educación. Y que sería necesaro hacerse muchas  preguntas críticas. Cuando recibí el encargo de participar en este libro sobre los errores que cometemos en educación, pensé que había llegado el momento de hacer algo similar a aquel Congreso, algo fructìfero (en formato libro ahora) que nos condujese a la necesaria actitud humilde con la que se debe afrontar la enseñanza y que, a la vez, nos pusiese en el camino de la mejora.

Reproduzco algunos párrafos de aquella intervención porque vienen como anillo al dedo.

“(…) En este Congreso, vamos a reflexionar sobre los fracasos como una estrategia de aprendizaje. Muchos de esos fracasos se apoyan en gravísimos errores. Algunos de ellos de consecuencias irreparables. Han muerto pacientes  a causa de errores de los profesionales de la salud. Otros han empeorado. Algunos se han quedado como estaban después de realizar  extremos sacrificios.

El catálogo de errores no tiene límites. Hay errores de conocimiento, de diagnóstico, de memoria, de habilidad, de voluntad, de coordinación, de estrategia, de organización, de orden… Hay errores individuales y colectivos. Hay errores reiterados y errores únicos. Ninguno intencionado, quizás, pero alguno fatal… A través de ellos, la ciencia puede avanzar, las instituciones aprender y los profesionales mejorar la práctica. Además, los médicos pueden, reconociendo los errores, hacerse más humildes y prudentes. Más sabios. Me decía José Luis Pinillos, famoso e imprescindible psicólogo español, ante una taza de café:

  • Desde el día en que me convencí de verdad de que no era Dios, se me solucionaron casi todos los problemas. Porque antes no podía cometer errores, no podía tener fallos, no podía aceptar desafecciones.

Aprender es arriesgarse a errar. El que nunca se equivoca es el que no hace nada. Lo decía lapidariamente Théodore de Banville: “Los que no hacen nada, nunca yerran”. No hay mayor equivocación que pretender evitar cualquier equivocación. El temor a equivocarse puede resultar paralizante.

Hace ya más de cincuenta años decía Gaston Bachelard que “se conoce en contra de un conocimiento, destruyendo conocimientos mal hechos, superando lo que en la mente hace de obstáculo”. Viene a decir que no hay verdad sin error rectificado.

Hace tiempo leí un pequeño libro de Jean Pierre Astolfi titulado “El error, un medio para enseñar”. Dice el autor que si analizamos el error podemos comprender qué obstáculos existen para el aprendizaje. Por eso, el profesor puede decir a los alumnos: “Vuestros errores me interesan”. El error es un indicador de procesos. Los errores no son fallos condenables sino ocasiones para identificar los obstáculos.

Hay que explorar en el contenido del error, en su naturaleza. No basta detectarlo. Es preciso ponerse de acuerdo en lo que vamos a considerar un error, descubrirlo y analizarlo con precisión. Y luego ver cómo y por qué se produce. Finalmente, hay que aprender del error.

Umberto Eco habla de la fertilidad del error, de las posibilidades educativas de las equivocaciones y de los fallos. Reflexionar sobre ellos es un instrumento para la enseñanza y para el aprendizaje de los profesores.

Lo pernicioso del error no es haberlo cometido sino obstinarse en él, aferrarse a él como si la rectificación fuese humillante. Lo pernicioso del error es despreciarse por haberlo cometido. Hay quien no se perdona haber incurrido en un error. Es inadmisible para su autoestima. Esa es la gran equivocación.

Me gustará comprobar qué líderes políticos reconocen algún error en público. Si rectificar es de sabios, ¿tendremos muchos políticos entre ellos? Precisamente ellos, que podrían sentirse felices con las palabras de John Kenneth Galbraith: “Aunque todo lo demás nos falle, siempre podremos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular”. Además, aprenderíamos del error de forma gratuita. Es buen maestro (…)”.

No hacerse nunca preguntas o hacerlas pero responderlas de manera interesada y poco rigurosa es el origen de la instalación en las rutinas y en el error. Téngase en cuenta que la enseñanza es una de las pocas profesiones en las que es muy fácil atribuir a otros el propio fracaso. Los alumnos fracasan porque son torpes, perezosos, distraídos, revoltosos, poco esforzados… Las instituciones educativas fracasan porque los políticos promulgan leyes estúpidas y recortan de forma irresponsable los presupuestos, el sistema educativo obtiene malos resultados en PISA porque los profesores están mal formados y porque las familias tienen un nivel sociocultural  desastroso…

 

El error reiterado, reconocido y nunca corregido constituye una calamidad profesional. Es empecinarse en la incompetencia o, lo que es peor, en la perversidad. Para que el error sea beneficioso son necesarias algunas exigencias:

  • Estar en una actitud abierta, humilde y atenta para reconocer cuando y dónde se ha producido una limitación, un error, un fallo.
  • Estudiar cuál ha sido el origen del mismo. No es lo mismo un error causado por la incompetencia, que otro que tiene su oirigen en la falta de esfuerzo o de interés.
  • En tercer lugar, es preciso asumir humildemente el fallo, de manera que no sigamos achacando a los demás las deficiencias desde una posición autosuficiente.
  • En cuarto lugar, es necesario poner en acción aquellos medios y cambios que son necesarios para que el error no vuelva a repetirse.
  • En quinto lugar, es conveniente evaluar la situación para comprobar que las iniciativas que se han llevado a cabo han producido el efecto deseado.

De nada sirve confeccionar un catálogo de errores si no hacemos nada para remediarlos. Resulta masoquista regodearse en los fallos y en las limitaciones como si hubiéramos sido deslumbrados por un hechizo pesimisa. Lo importante de la autocrítica y de la apertura a la crítica es avivar la reflexion y espolear el compromiso.

No se hace todo mal. No. Se hacen muchas cosas bien. Se conciben bien, se hacen bien, se tratan de hacer mejor. No es muy sensato ver solo los agujeros en el queso. Pero no podemos olvidarnos de que existen. No se trata de fustigarnos inútilemente. Se trara de ver lo que estamos haciendo mal para poder mejorarlo.

Este libro puede ser una cura de humildad, tan necesaria para algunos profesionales. Una cura que nos haga poner los pies en la tierra y reflexionar con rigor y responsabilidad sobre aquello que hacemos y dejamos de hacer con el fin de mejorarlo. Bienvenido sea.

 

Decálogo para el Curso Nuevo

7 Sep

 

Estamos a las puertas de un nuevo curso escolar. Tengo ya como costumbre (son ya dieciséis años) dar la bienvenida al nuevo curso con un artículo. Porque considero que la llegada de un curso escolar es un acontecimiento que debería celebrar la sociedad con inmensa alegría. Me remito a los dos artículos en los que propuse en años anteriores la celebración de la FIESTA DE CURSO NUEVO al modo en el que se da la bienvenida al año nuevo cada 31 de diciembre. Me consta que algunos colegios han llevado a la práctica esta sugerencia. Enhorabuena.

La enorme maquinaria  del curso académico se pone en funcionamiento para que, en unas etapas de forma obligatoria y en otras de forma voluntaria, niños, jóvenes y adultos emprendan la aventura del aprendizaje. Profesores, directivos, instalaciones, materiales, tiempos, recursos… Todo un mundo en acción al servicio del saber y de la bondad. Porque no hay conocimiento útil si no nos hace mejores personas.

Un enorme presupuesto al servicio del proceso de enseñanza y aprendizaje que pretende formar los mejores ciudadanos y ciudadanas para construir una sociedad más justa y hermosa. Hay que formar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo.

Cómo no entender que se haga cuesta arriba la vuelta al trabajo después de un largo período de vacaciones. Madrugones, horarios marcados, normas, concentración, disciplina, esfuerzo, exigencia, evaluaciones, éxito y fracaso consecuentes…

Pero también reencuentro con amigos y compañeros, nuevos proyectos de enseñanza y de aprendizaje,  ilusión de compartir la experiencias, expectativa abiertas al futuro que se labra cada día…

Este año quiero dar la bienvenida al nuevo cuso con un decálogo de ideas encabezadas por un imperativo verbal. No son órdenes, claro. Son peticiones, deseos, ruegos, propuestas… En el libro “Pasión de enseñar”, que encierra el pensamiento pedagógico de la poetisa chilena Gabriela Mistral, hay un Decálogo de la maestra (pagina 22) que me brindó la idea. Yo he construido el mío, después de hacer muchos ensayos: eliminación, añadido, cambio de lugar… Éste es mi Decálogo.

  1. DISFRUTA. Ten la seguridad de que el trabajo que haces esel más importante, arriesgado y difícil que se le ha encomendado al ser humano en la historia: trabajar con la cabeza y el corazón de los alumnos y de las alumnas. (Y con el cuerpo, me corrigió hace tiempo un profesor de Educación Física, muy comprometido con su trabajo).  No vas a sufrir una tortura, vas a salvar a la humanidad de la ignorancia, de la insensibilidad  y de la injusticia. Vas a transformar el mundo a través de la formación de mejores ciudadanos. Tienes un oficio para disfrutar porque está fundado en el optimismo, es decir, en la seguridad de que el ser humano puede aprender, de que puede mejorar. Eres un profesional de la esperanza, del  aprendizaje y del desarrollo humano. Disfruta.
  2. ENSEÑA. Con la palabra y con el ejemplo. Conoce bien a tus alumnos y alumnas. Prepara las clases con mimo, rigor y pasión. Haz que se sientan protagonistas de su propio aprendizaje. Procura despertar en ellos el deseo de aprender. Considéralos dignos y capaces de descubrir el mundo. Investiga con ellos y para ellos. Sé una persona íntegra. No olvides que el ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos y alumnas con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.
  3. PREGÚNTATE. No lo des todo por sentado. No te entregues a las rutinas, que son el cáncer de las instituciones. No expliques la realidad de tal modo que te de la razón. No te dejes guiar por el sesgo de laconfirmación. No confundas pereza de pensamiento con firmes convicciones. Pon en tela de juicio tus prácticas, hazte preguntas, haz autocrítica. Pasa de una actitud ingenua a una actitud crítica. No hagas las cosas como siempre, o como todos. Sin más ni más. Pregúntate por qué haces lo que haces. Y por qué tienes esos resultados haciéndolo así. No le eches la culpa a los demás del fracaso.
  4. COMPARTE. Comparte las preguntas. Comparte lo que sabes.Comparte lo que sientes y lo que eres. Esta es una profesión que exige un quehacer colegiado. Es decir, fines compartidos y actitudes cooperativas. Eres miembro de un equipo. Únete a los que quieren trabajar de verdad y transformar la institución. Comparte también tus preocupaciones, tus problemas, tus dolores. Alguien te ayudará. Estoy seguro de  muchos querrán echarte una mano.
  5. INVESTIGA. Responde a las preguntas con rigor. No con suposiciones, intuiciones, aproximaciones o ilusiones. Que no te asuste la palara investigar. Cuando un profesor se hace una pregunta y se responde rigurosamente a ella está investigando. Para investigar, no siempre es necesario disponer de grandes muestras y de complejos tratamientosestadísticos. Lo importante es investigar sobre la propia práctica para transformarla en su racionalidad y en su justicia.
  6. ESCRIBE. El pensamiento caóticoy errático que tenemos sobre la práctica educativa, cuando nos ponemos a escribir, tiene que ser domesticado por las exigencias del texto. Para escribir tenemos que titular, estructurar, argumentar y concluir. Lo cual nos ayuda a comprender. No vale la excusa de la falta de tiempo, de la escasa importancia de lo que haces o de la dificultad de escribir, de publicar y difundir. No es tan difícil: sujeto, verbo y predicado; sujeto y verbo y predicado; sujeto verbo y predicado… Hasta que cuentes lo que quieres contar. Y luego difúndelo. Otros se sentirán animados y estmulados.
  7. APRENDE. Los títulos deberían tener fecha de caducidad. Hay que seguir aprendiendo siempre. Hace unos años titulé así un libro que publiqué en la Universidad Homo Sapiens: “Enseñar o el oficio de aprender”. Lee sin cesar, fórmate, cultívate. En el fondo todos somos aprendices natos. Todos deberíamos llevar, como los coches en la etapa inicial, la L de aprendices.
  8. INNOVA. No te entregues a las rutinas. No te abandones a la comodidad de lo que ya sabes y haces. Explora, busca, ensaya… No confundas cambios con mejoras. Piensa en lo que haces mal y transfórmalo. Piensa en lo que haces bien y mejóralo. Un grupo de profesionales de la enseñanza hemos reflexionado sobre aquello que hacemos mal en las políticas educativas,en la formación del profesorado, en la educación de la sexualidad, en la educación bilingüe, en la evaluación, en la inclusión, en la investigación educativa… Y acabamos de publicar un libro titulado “¿Qué hacemos mal en la educación?” (Editorial Octaedro, 2019). Es una llamada a la innovación.
  9. LEVÁNTATE. Si caes en el desaliento porque has fracasado, porque te has equivocado, porque has cometido errores, porque tienes dificultades, levántate. Con dos signos menos se puede construir un signo más. Existe la fertilidad del error. Si te hunden, si te machacan por querer ser mejor, no te dejes abatir. Piensa que no hay mayor venganza sobre nuestros enemigos que la de que nos vean felices.
  10. AMA. Si alguien no tiene capacidad de amar no debería dedicarse a la enseñanza. Dice Emilio Lledó que esta profesión gana autoridad por el amor a lo que se enseña y el amor a los que se enseña. La educación es una tarea que se sustenta en la comunicación y la comunicación que salva es el amor. Será el amor quien de sentido al esfuerzo, quien nos inste a comprender y a estimular, quien nos ayude a confiar y a tener esperanza.

Cada escuela puede construir su decálogo, Cada profesor el suyo, si es que hay discrepancias con éste. Que las habrá. Porque no todos damos la misma importancia a las mismas ideas, actitudes y experiencias. He tenido que descartar muchos verbos para dejar solo diez. Todos me parecían importantes y necesarios.

Quiero dar la bienvenida al nuevo curso y desear a todos los miembros de la comunidad educativa una experiencia llena de esfuerzos y de logros, cuajada de emociones y de felicidad.  Permitidme repetir una vez más este lema que me ha ayudado tanto en la vida: Que mi escuela sea mejor porque yo estoy enseñando (estudiando) en ella.

Saber contar

31 Ago

 

Decía Gabriela Mistral que, si fuese directora de una Escuela Normal (institución que forma a los futuros docentes en México) no concedería el título de maestro “a quien no contase con agilidad, con dicha, con frescura y hasta con alguna fascinación”.

En el sugerente libro “Pasión de enseñar”, publicado por la Editorial UV de la Universidad de Valparaíso, que recoge el pensamiento pedagógico de la poetisa chilena, hay un interesante capítulo que se titula “Contar”. Así de escueto. Así de sencillo. El texto fue escrito por la famosa Premio Nobel allá por el año 1929 y publicado en “Antología mayor” en 1992. Dice Gabriela Mistral en ese breve y enjundioso capítulo:

“Contar es la mitad de las lecciones, contar es medio horario y medio manejo de los niños cuando, en adagio, contar es encantar, con lo cual entra en la magia”. Y añade, en otro parte del mismo texto: “”Quedamos, pues, en que quien sabe contar donosamente, tiene aprovechado y seguro medio programa”.

No se trata solo de contar historias sino de saber contar. Y, así, dice:”

– “La zoología es un buen contar de la criatura-león, de la criatura-ave, de la criatura-serpiente…”.

– “La botánica no es menos contar que la zoología. Se cuenta con la misma arquitectura bella del relato la cosecha y elaboración del lino…”.

– “La geografía es siempre un contar en el gran geógrafo…”.

– “La química es también contar…”.

Dice la escritora chilena: “Yo dividía hace años los temas en temas aureolados y temas sin aureola, es decir, los que se prestan a una transfiguración del asunto gracias a un comentario hábil y los que esquivan o rechazan su dignificación a criatura gloriosa… Ahora yo creo que no existen sino temas aureolados o sobrenaturales, y que mi pereza para punzarlos hasta sacarles esplendor era la que dictaba aquella tonta clasificación. He leído un artículo ajeno sobre los cristales a esas mismas alumnas obreras y las he tenido dos horas como debajo de un hechizo. Sé que después de esa lectura su mirada para el simple vidrio, y no digamos para el cristal de roca, será una mirada nueva”.

Y expone cuáles son, a su juicio, las características del buen contar.

– “El buen narrador no borda florituras pedantes ni florituras empalagosas; no fuerza con el adjetivo habilidoso el interés; éste brota honrado y límpido del núcleo mismo de la fábula. El narrador es vivo a causa de la sobriedad, que cuenta casi siempre alguna cosa mágica, o extraordinaria a lo menos, que está bien cargada de electricidad creadora”.

– “El contador ha de ser sencillo y hasta humilde si ha de repetir sin añadidura fábula maestra que no necesita adobo, deberá ser donoso, surcado de gracia en la palabra, espejeante de donaire pues el niño es más sensible que Goethe o que Ronsard a la gracia”.

– “El contador deberá reducirlo todo a imágenes, cuando describe, además de contar, y también cuando solo cuenta, dejando sin auxilio de estampa solo aquello que no puede transmutarse en ella”.

– “Deberá renunciar a lo extenso, que en la narración es más gozo de adulto que de niño, deberá desgajar en el racimo de fábulas que se ha ido formando las de relación caliente con su medio: fruta, árbol, bestia o paisaje cotidiano”.

– “Procurará que su cara y su gesto le ayuden fraternalmente al relato bello, porque el niño gusta de ver conmovido el rostro del que cuenta”.

– “Si su voz es fea, medios hay de que la eduque siquiera un poco hasta sacarle alguna dulzura, pues es regalo que agradece el que escucha una voz grata y que se pliega como una seda al asunto”.

Hasta aquí las indicaciones de Gabriela Mistral. No ha explicitado, aunque se deduce de este escrito suyo y de otros que aparecen en el mismo libro, que es indispensable el gusto de contar y el amor a quienes se cuenta.

Hay que tener qué contar y hay que saber cómo contarlo. Poco se hace en las Facultades de Educación al respecto en la formación de los futuros maestros. Poco se tiene en cuenta el desarrollo del arte y la ciencia de contar. Se insiste en la presentación de trabajos escritos, pero nada en la oratoria. Algunos poseen cualidades innatas, que facilitan la maestría, pero todo se puede aprender. Y una de las mejores formas de aprender es que alguien que domine el oficio se dedique a enseñarlo.

Tengo un amigo (un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo) con dotes excepcionales para la narración de historias. Me refiero a Paco Abril, conocido y reconocido cuentacuentos. Hace unos años me pidió que prologase un libro suyo titulado “Los dones de los cuentos” (Octaedro, 2016).

El libro de Paco Abril tiene un Anexo 2 titulado “Apuntes para una teoría del contar”. Coincide en algunas ideas con Gabriela Mistral, como en la que dice que solo habrá un buen contador “cuando consiga la difícil sencillez de narrar sin alharacas, con el único recurso de la palabra”.

Y añade otras exigencias como la de ser un buen escuchador, la de tener ganas de contar, la de sentir su repertorio como propio, la de no ser un actor ni un declamador, la de elegir historias que lo emocionen, lo satisfagan, lo llenen, lo conmuevan… Dice, literalmente: “El contador debe poner la mejor disposición para relatar. Intentará seguir, la difícil máxima de los payasos: Aunque no tengas ganas, deberás salir a la pista con ganas; de lo contrario, no salgas”.

Y añade: “Para que no nos falte olfato, deberemos guiarnos al buscar el repertorio por lo que un niño pidió un día a su progenitor: “Papá, cuéntame un cuento que tenga y de repente”. Ese y de repente quiere decir que disponga de algún ingrediente que conmueva, que tenga emoción”.

Recuerdo la preciosa novela “La contadora de películas” (Alfaguara, 2009), del escritor chileno Hernán Rivera Letelier, que narra la historia de la niña María Margarita, que cuenta a su padre enfermo y a sus cuatro hermanos las películas que no pueden ver, él porque está impedido, ellos porque son pobres. Cuenta tan bien las películas, narra con tanta facilidad y encanto, que llega un momento en el que las personas prefieren acudir, previo pago, a la narración de la niña que a contemplar la proyección de la película en la sala de cine. Dice la protagonista de la novela:

“Mientras tomaba mi taza de te y me preparaba a contar la película de pie contra la pared blanca, mi padre no se cansaba de repetir a sus invitados que, aunque la película fuera en blanco y negro y a media pantalla, esta niña, compadres, parece que la contara en tecnicolor y cinemascope”

Quiero cerrar el artículo, para poner broche de oro, reproduciendo una breve historia que nos cuenta mi admirado y ya fallecido Eduardo Galeano en su libro “Bocas del tiempo” (Siglo XXI. Barcelona, 2004):

Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali cuando un desconocido se acercó a su mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil, a sus órdenes, para servirlo:

– Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.

-¿Yo?

-Me han dicho que usted puede.

Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil aclaró que no era analfabeto.

-Yo puedo escribir, pero una carta así, no puedo.

-¿Y para quién es la carta?

-Para…ella.

-Y usted ¿qué quiere decirle?-

-Si lo sé, no le pido.

Enrique se rascó la cabeza. Esa noche puso manos a la obra. Al día siguiente el albañil leyó la carta:

– Eso, dijo, y le brillaron los ojos, eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir”.

NOTA: Dedico este artículo a Carlos Arronada Carro, profesor de Lengua y Literatura del IES Juana I de Castilla de Tordesillas (Valladolid). Él sabe muy bien por qué y por qué hoy, 31 de agosto, precisamente.

Las puertas giratorias

24 Ago

Universidad para asesinos (Tusquets, 2019) es el título de una novela que acabo de leer casi de un tirón. Me interesan los libros que hablan de la vida de las instituciones educativas, sean del género que sean, se centren del nivel que se centren. En este caso, del profesorado universitario y de las puertas giratorias por las que los docentes entran y salen de la docencia.

Permítame el lector, o lectora, hacer un nuevo elogio de la lectura. Nos mete en interesantes cuestiones filosóficas, nos entretiene con tramas inquietantes y nos invita a reflexionar sobre dimensiones visibles o invisibles de la realidad. Muchas veces salgo de mi campo de lectura preferido para abordar, sobre todo en verano, temas de puro entretenimiento. Leer para disfrutar, no solo para hacer deberes. Hoy, por ejemplo, he llegado a la última página, 494 exactamente, de Piso para dos, cuyos apuntes de portada dan pie a la curiosa trama: «Tiffy y León comparten cama», «Tiffy y León no se conocen». Es ópera prima de la autora londinense Beth O’Leary, que confiesa haber escrito la novela en el tren de ida y vuelta al trabajo.

Universidad de asesinos me interesó también por el autor, Petros Márkaris (Estambul, 1937), un novelista griego que escribe interesantes obras policíacas, protagonizadas por el avispado comisario Kostas Jaritos. Me gustó especialmente, de las obras de Márkaris, su exitosa trilogía de la crisis: Con el agua al cuello, Liquidación final y Pan, educación y libertad. Todas ellas trufadas de crímenes y de apasionantes estrategias de investigación policial. (Acaba de fallecer a los 93 años Andrea Camilleri, el mayor exponente, a mi juicio, con Petros Márkaris, de la novela policíaca europea contemporánea. Camilleri fue el genial creador del comisario Montalbano).

Comienza la novela de Márkaris con unas pintorescas vacaciones en El Epiro, región de la que es originaria la familia Jaritos, en las que la pareja traba estrecha amistad con tres peculiares mujeres solteras: Kaliopi, Arguiró y Tasía. El comisario regresa a la rutina para encontrarse con la novedad de que Guizas, director de su Departamento, se jubila. Accidentalmente tiene que hacerse cargo del puesto y acometer la investigación del asesinato, recientemente perpetrado, del ministro de Reordenación Administrativa Kléarjos Rapsanis, antes profesor universitario de Derecho, que ha sido envenenado con un pesticida introducido en una tarta, llevada a su domicilio por una misteriosa joven.
Sin mucha dilación, es asesinado el profesor Aris Arjontidis, que ha dejado la docencia, para asumir el cargo de secretario de Estado de Educación. Los asesinos le asaltan con una moto mientras hace jogging por la mañana temprano y, una vez en el suelo, lo apuñalan sin piedad.

Las pesquisas se intensifican y diversifican sin encontrar pistas relevantes. Todo hace pensar, sin embargo, que los sospechosos tienen vinculaciones con la enseñanza y no con la política (el título de la novela ofrece pistas inequívocas al respecto). Pronto se produce un tercer asesinato, el de un profesor que regresa a la Universidad después de haber desempeñado el puesto de ministro Economía. Dos mujeres le inyectan un veneno dentro de su coche.

Cada uno de los asesinatos es seguido de un manifiesto que condena el abandono de la docencia (en los dos primeros casos) y la vuelta a la misma, después de una inadmisible ausencia en el tercero. Cada uno de los manifiestos está dedicado a un antiguo y venerado profesor que, a juicio de los autores de los manifiestos y de los asesinatos, merecía un reconocimiento que las víctimas no han sabido ganarse.

El inicio del tercer comunicado es muy revelador: «El profesor universitario y exministro de Economía Stellos Kostópulos está muerto. No solo castigamos a los que abandonan la universidad para convertirse en ministros, sino a todos aquellos que consideran que la universidad es su coto privado, al que pueden regresar tranquilamente una vez terminadas sus vacaciones en algún cargo gubernamental. La universidad no es una residencia privada ni una puerta giratoria que permita salir por un lado para volver a entrar por el otro».

La causa parece estar clara. La suscribe un colega que le escribe el siguiente tuit al profesor Rapsanis: «Has entrado en política. Has cumplido la ilusión de tu vida. Pero pronto dejarán de llamarte Rapsanis para llamarte Engañanis. Porque vosotros solo sabéis engañar a la gente».

No voy a desvelar, como es lógico, el desenlace que, con ingenio, va tejiendo el autor. Desenlace que, como es debido, encierra intriga durante mucho tiempo y, al final, sorpresa. No se me ocurre dejar ni siquiera una pista por si me estoy dirigiendo a algún futuro lector. Alguna vez he contado que un acomodador de cine, acompaña a su asiento a un espectador rezagado. La sala ya está completamente oscura. La película ha comenzado. Una vez sentado en su localidad, el espectador da una propina al acomodador (técnico en colocación, se dice ahora utilizando un curioso eufemismo). Cuando éste comprueba, ayudado de su linterna, que le ha entregado una moneda de dos céntimos, vuelve sobre sus pasos a la localidad del espectador y, acercándose a su oído, susurra:

– El asesino es el sheriff.

Es sorprendente la tesis que defienden los asesinos. La docencia universitaria que, de una forma un tanto peregrina y trágica, se convierte en la causa de la muerte de los protagonistas asesinados, es tan importante que no puede ser abandonada así como así, por intereses particulares y ambiciosas metas personales. No se puede dejar a los estudiantes abandonados y los proyectos de investigación suspendidos. No se puede utilizar una puerta giratoria por la que se sale de la docencia para dedicarse a la política. Mientras tanto, el puesto docente sigue asegurado para que, al terminar la aventura, pueda ocuparlo de nuevo el arrepentido o el expulsado.

No caen en la cuenta los autores de los manifiestos que poner el conocimiento al servicio público es un acto de generosidad y de solidaridad. Se ve así que el conocimiento no es un constructo hermético sino que se puede aplicar a la vida. Y tampoco saben apreciar que el conocimiento adquirido en la gestión política puede servir de acicate y de enriquecimiento de la tarea docente. Los estudiantes, a la larga, no son castigados por ese abandono sino que son favorecidos al mejorarse la calidad de la enseñanza.

Me gustan también las puertas giratorias que permiten entrar en la docencia universitaria a personas que están trabajando en ámbitos profesionales diferentes. Así pueden llevar a las aulas la experiencia de sus trabajos.

Cuando fui director del Departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga contratamos a 20 docentes que procedían de la enseñanza Secundaria. Se trataba de profesores que impartían una o dos asignaturas mientras seguían con sus trabajos en los centros de Secundaria. La puerta giratoria les permitía entrar en y salir de la universidad. Constituían un aporte magnífico, que fue valorado muy positivamente por los estudiantes. El rector, sin embargo, se negó a renovar los contratos. Escribí entonces en Cuadernos de Pedagogía un artículo titulado El puente dinamitado.

Permítame el lector una observación final sobre las obras de Márkaris, en general. Su personaje central no es un comisario que realiza el trabajo como si nada más tuviera que hacer sino que tiene una vida privada que ocupa su tiempo y sus atenciones. Tiene familia, mujer e hijos… La vida de la familia se va entretejiendo con la dimensión profesional. Ahí existe también una interesante puerta giratoria.

Me gustan las puertas giratorias. No todas, claro. No aquellas que buscan el beneficio privado en detrimento del interés público. No me gustan, sin embargo, las personas que son capaces de entrar después de ti por una de ellas y salir antes.

El gradiente de la meta

17 Ago

 

Pronto empieza un nuevo curso escolar. Año tras año se van consumiendo los tiempos de la vida profesional del docente. De manera casi imperceptible van cayendo las hojas del calendario. Algunos, al llegar septiembre, van a ir  a su escuela diciendo:  me quedan tres años, me quedan  dos años, es mi último año… Yo creí que eso siempre les pasaba a los demás. Un día me llegó el turno. Y ya estoy jubilado.

Los alumnos  y alumnas siguen teniendo cada año la misma edad, pero el profesor va  realizando una suma inexorable de uno, más uno, más uno. Hasta que llega el final. Puede ser que algunos profesores que me lean estén a las puertas del último año. En ese caso, ¿qué sienten?, ¿qué les pasa?

Las fechas próximas a la jubilación constituyen para mí un buen instrumento de medida del compromiso con la profesión docente. Las vísperas de la fecha en la que el docente va a dejar definitivamente la tarea que ha realizado durante años permite diagnosticar lo que ha sucedido en su trayectoria profesional.

Me preocupa oír decir a algún colega, con un profundo sentimiento que mezcla rabia y decepción:

– Me queda un año para la jubilación Cuando ésta llegue voy a salir corriendo por la puerta de la escuela y no me va a alcanzar ni un vehículo a mil por hora.

¿Qué le ha pasado a ese docente? ¿Qué le está pasando? ¿Quién ha provocado en su corazón ese inquietante  sentimiento de tristeza? ¿Está resentido por los políticos que no han cuidado de forma solícita e inteligente la profesión? ¿Se debe a los padres y a las madres que se han relacionado con él de forma despectiva y exigente? ¿Nace de los alumnos que no se han mostrado suficientemente aplicados y afectuosos? ¿Tiene origen en los compañeros y compañeras que no se han mostrado cercanos y sensibles? ¿Ha sido suscitado por los directivos que han sido tóxicos en sus relaciones con la comunidad? ¿O tiene su origen  básicamente en su propia actitud, más cercana a la comodidad que al sacrificio, a la rutina que a la innovación,  neutralidad que al compromiso, a la frialdad que a la emoción? Sea cual sea la causa, queda poco tiempo para solucionar el problema y acercarse al punto final con vigor, con optimismo y con pasión. La reacción es posible gracias al gradiente de la meta. Cuando los corredores están  cerca del final, sacan fuerzas de flaqueza y aceleran la marcha en un sprint definitivo. La meta ejerce ese poder estimulante y acelerador. Cuanto más cerca se está de la meta, más esfuerzos se hacen por llegar.

Me ha pasado hace dos días mientras realizaba el descenso del río Sella (Arriondas .Asturias) en canoa. Pasados los primeros 14 kilómetros remando, cuando las fuerzas se agotaban, la proximidad del final de la carrera sacó energía de mi flaqueza. Creí que llegaría agotado o que no llegaría, pero cuando vi los carteles de la meta, intensifiqué la rapidez y  la intensidad. Llegué felizmente.

El gradiente de la meta (o el gradiente de meta, como dicen muchos textos) funciona también en el mundo de los negocios. Lo saben los expertos en marketing. Se consume más cuando se está cerca de obtener una recompensa.

¿Por qué digo que me preocupa el que un profesional de la enseñanza viva las vísperas de la jubilación con una actitud pesimista? Pues porque lo que podría ser un momento feliz y entusiasta, él lo vive como una forma de alejarse de un sufrimiento inevitable. Porque esa actitud muestra la tragedia que está viviendo. Es una enorme tristeza vivir así. Para el docente y para los alumnos y los compañeros de escuela.

Qué diferente la actitud de quien vive esa fecha  como el punto final de una hermosa trayectoria:

– Estoy temiendo que llegue el día de mi jubilación. No sé cómo voy a vivir alejado de mi escuela, de mis alumnos y de mi tarea.

Son sentimientos antagónicos que nacen de experiencias también antagónicas. ¿Por qué unos sienten irse y otros se alegran de hacerlo? ¿Por qué a unos se les hace el tiempo eterno mientras ese momento llega y a otros les parece que el tiempo vuela?

Hablaba Bergson del tiempo subjetivo. No se derrite, decía, a la misma velocidad un azucarillo en el agua para el sediento que para el saciado. No pasan a la misma velocidad los cinco minutos últimos del partido para el equipo que gana por la mínima diferencia que para el equipo que pierde.

Los tiempos no corren de la misma manera para el profesor comprometido, entusiasmado, apasionado por su profesión que para el que, adocenado y desanimado, arrastra las horas de las  clases como si se tratara de una condena.

La pregunta que me hago en este artículo es la siguiente: ¿con qué actitud esperamos el momento de la jubilación, el momento de decir adiós al trabajo que hemos realizado durante la vida?

Me gusta decir que la jubilación debería ser un derecho, pero no una obligación. ¿Usted quiere irse? Váyase. ¿Usted quiere quedarse? Quédese. Quédese mientras pueda hacerlo bien. Cuando la ley impide continuar en caso de que el trabajador pueda y quiera seguir, se podría acusar al legislador de discriminador por la edad.

Puede haber casos de mala salud o de vivencia de experiencias ingratas. En ese caso sería una crueldad obligar a seguir en la brecha a quien ya no puede o no quiere seguir.

Y aquí está la otra cara de la moneda. ¿Qué dicen los que se quedan del que pronto tendrá que irse? ¿Qué dicen los alumnos, las familias, los directivos  y los compañeros?

Porque, si los alumnos preguntan cuántos años le quedan para jubilarse a un profesor y lo preguntan con  el evidente deseo de que la respuesta sea “nada”, nos encontramos con un caso significativo de mala práctica. Qué negativo seria el hecho de que los compañeros estuviesen deseando que llegase la fecha de jubilación de un compañero. Qué triste sería que dijesen:

– A ver si se jubila y nos deja en paz.

Para que los profesores universitarios podamos disfrutar (yo digo disfrutar) de la condición de eméritos, hacen falta dos requisitos, igualmente importantes. Que la Agencia de Evaluación del Conocimiento evalúe positivamente el curriculum y que el Departamento y la Facultad den el visto bueno a la continuidad del solicitante. He conocido casos en los que la Agencia dijo sí y el Departamento dijo no. Es decir, los colegas pensaron que sería mejor el trabajo sin la presencia de quien iba tenía que  jubilarse y quería seguir. Por algo será.

No sé en qué lugar leí que la felicidad humana descansa sobre este trípode: el lugar donde se vive, el trabajo que se realiza y las personas con las que se comparte la vida. Sin la pata del trípode del trabajo es imposible conseguir la felicidad. Y no hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas.

Este artículo es una invitación a quienes están cerca de la meta. Una invitación a que pongan en marcha el acelerador de las ilusiones. En beneficio de sus últimos alumnos y en beneficio también de su propia experiencia personal y profesional. No es igual llegar a la meta lleno de satisfacción que inmerso en tristes decepciones.