La gran aventura del pequeño Matteo

5 Mar

A nadie se le oculta que los niños y las niñas tienen una deslumbrante creatividad. Una de las parcelas en las que se manifiesta de manera más clara y sugerente esa creatividad es la lengua. Yo mismo tengo testimonios abundantes a través de las expresiones de mi hija Carla.

Me imagino la emoción del pequeño Matteo, de su maestra, de sus compañeros y amigos, de sus padres y familiares, cuando lean la palabra petaloso en textos escolares y en novelas de autores consagrados.

Un día que Carla estaba sentada en una mecedora y yo le movía suavemente hacia delante y hacia atrás mientras hablábamos, me dijo:

–       Papá, eres el mejor “mecerista” del mundo.

Otro día, antes de dormir,  me expresa este deseo:

– Papá, si  algún día te mueres que sea de “viejedad”.

Esos brotes de creatividad despiertan una sonrisa  llena de empatía y casi siempre se pierden en los pliegues del tiempo sin que merezcan el más mínimo registro. Por eso me gusta la idea de Pablo Motos, que  ha publicado cuatro libros con el título: “Frases célebres de niños”. Título poco preciso, por cierto. Porque no se trata de frases célebrss sino de frases ingeniosas. Célebre es una persona o una frase que tiene fama, que es muy conocida, No sucede eso con las frases de los niños y de las niñas. Se trata de genialidades, de chispazos de creatividad, de golpes de gracia. Pero no son frases célebres.

Le estoy escribiendo a mi hija Carla un diario que se titula “Déjame que te cuente”. Empecé el día de su nacimiento. Voy por el Tomo V. Creo que es un acierto plasmar por escrito las emociones, las situaciones creativas, los momentos que desvelan brotes de ingenio. He recogido cientos de expresiones ingeniosas. Todos los niños y las niñas   son una fuente inagotable de inspiración.

Es probable que  el lector o la lectora conozcan esta hermosa historia acaecida en Italia. Transcribo el relato, porque la historia es muy hermosa y significativa. Y porque está bien escrito:

“Italia es una emoción contenida en las pequeñas cosas, el corazón que dibuja el camarero sobre el capuchino, los “isocarro” llenos de flores bajo la ropa tendida del Trastevere o ese idioma tan bello y exagerado que al traducirlo pierde la magia: “Sei bella da morire”. A esa categoría de las emociones pertenece también la aventura del pequeño Matteo y su palabra inventada: petaloso (flor llena de pétalos).

La historia comienza hace unas semanas en una clase de lengua de tercera elemental –chavales de ocho años, el equivalente a tercero de primaria en el sistema español—del colegio Marchesi de Copparo, un municipio de unos 16.000 habitantes en la provincia de Ferrara, en el norte de Italia. Ese día toca hablar de los adjetivos. Y el pequeño Matteo aplica a una flor –que en italiano es masculino, “ fiore”— el adjetivo “petaloso” para explicar que está llena de pétalos. La palabra no existe en italiano y por tanto la maestra, que por cierto se llama Margherita, señala la respuesta como fallida. Pero no se queda ahí. “Cuando corregí el examen”, explica Margherita Aurora al Corriere della Sera, “marqué ‘petaloso’ como un error, pero añadí un círculo rojo para señalar que se trataba de un bello error. La palabra me gustaba, y por eso se me ocurrió preguntar la opinión de la Crusca [la Accademia della Crusca, el instituto nacional para la salvaguarda del italiano]”.

La maestra Margherita Aurora no toma la iniciativa en solitario, sino que recuerda a sus alumnos para qué sirve la academia de la lengua y le pide a Matteo que sea él mismo quien se dirija a la Crusca para solicitar la entrada de su palabra inventada en el bello jardín del italiano. La historia, una pequeña historia de un pequeño pueblo del norte de Italia, se hubiese marchitado ahí si no fuese porque el martes el cartero deja una carta en el colegio Marchesi dirigida a Matteo. El membrete, nada más y nada menos, era de la “Accademia della Crusca, vía di Castello, 46. Firenze”.

Con una emoción y una algarabía fáciles de imaginar, la profesora abre la carta delante de sus alumnos y lee el texto firmado por Maria Cristina Torchia, consejera lingüista de la Crusca: “Querido Matteo. La palabra que has inventado es una palabra bien formada y podría ser usada en italiano, como son usadas otras palabras formadas de la misma manera. Tú has puesto juntas pétalo+oso=lleno de pétalos, con muchos pétalos”. La representante de la academia pone incluso algunos ejemplos, como “pelo+oso= peloso, lleno de pelos o con muchos pelos”. La carta concluye explicando al pequeño Matteo que, para que una palabra nueva pueda entrar en el vocabulario, “no es suficiente con que sea conocida y usada solo por quien la ha inventado, sino que la usen muchas personas y que muchas personas la entiendan”. Y, lo más curioso y tal vez lo más emocionante, la academia de la lengua italiana da un consejo a Matteo: “Si logras difundir tu palabra entre muchas personas y muchas personas en Italia comienzan a decir y a escribir ‘com’e petaloso questo fiore!’ o, como tu sugieres, ‘le margherite sono fiori petalosi’, entonces ‘petaloso’ se convertirá en una palabra más del italiano”.

Dicho y hecho. A través de su cuenta de Twitter, la profesora Margherita Aurora envía el martes un mensaje en el que cuenta la historia y su satisfacción por la imaginación de Matteo y por la respuesta de la academia: “Para mí vale como mil lecciones de italiano”. El resto lo hacen las redes sociales. Hasta el jefe del Gobierno, Matteo Renzi, se congratula en Twitter de la inventiva de su tocayo: “Gracias al pequeño Matteo, gracias a la Accademia Crusca. Una historia bella, una palabra nueva: petaloso”.

La historia es redonda, no tiene aristas. Está llena de interesantes sugerencias. Una maestra que propicia la libre expresión de los alumnos y de las alumnas y que corrige de forma rigurosa y positiva: “es una hermosa palabra, pero incorrecta”. Evalúa con tino y con ternura. Voy a publicar un libro en la Editorial Santillana de Chile con el título “Evluar con el corazón”. Un niño que crea, que inventa, que se expresa con riqueza, que tiene el coraje que escribir a la Academia. Una clase de lengua que permite disfrutar y aprender. Una iniciativa que canaliza la creatividad para que se pueda compartir con todos y con todas los hablantes del idioma italiano. Una escuela que pone en marcha los necesarios mecanismos de difusión de la palabra para que pueda ser aprobada. Una institución responsable del idioma sensible ante la propuesta y rápida en su decisión, aunque el solicitante sea un niño de ocho años.  Unas autoridades (hasta el Jefe de Gobierno) que  felicitan al niño, a la maestra y a la escuela por la iniciativa. Una difusión de la historia que la hecho presente en cada rincón del planeta. Una historia redonda.

Me imagino la emoción del pequeño Matteo, de su maestra, de sus compañeros y amigos , de sus padres y familiares, cuando lean la palabra petaloso en textos escolares y en novelas de autores consagrados. Qué satisfacción, qué alegría, qué orgullo. Y también qué satisfacción para la  maestra que ese día inspiró una clase inolvidable. Como ella dice: “Para mí vale como mil lecciones de italiano”.

¿Para qué saber tanto?

20 Feb

Nos está abrumando la corrupción. Nos está  destruyendo como pueblo. Está generando un clima perverso de desconfianza y de malos ejemplos. Es como si el que no se aprovechase (en la escala correspondiente) de la situación de beneficiarse ilegalmente fuese un imbécil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice: ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

No voy a decir nada sobre esa tremenda competición que se establece entre los partidos políticos: cuál tiene más número de implicados, imputados y condenados, qué casos tienen más gravedad, si el de los unos o el de los otros, qué tipo de responsabilidad institucional existe en los de un color y otro… Lo que se ha dado en llamar el “y tú más”. No voy a ir por ahí. Recuerde el lector aquella vieja definición de ética: “ética es aquello de lo que los demás carecen”.

Quiero plantear hoy una cuestión que afecta a todos los casos. Y es la siguiente: cómo y por qué se pone  el conocimiento al servicio del enriquecimiento ilícito, del engaño a los otros, del abuso de poder para propio beneficio, del imperio del mal…

No digo que cuanto más se sepa, haya más corrupción. Digo que hay mayores posibilidades de que la haya si uno no tiene en cuenta la esfera de los valores, si uno no se pregunta para qué ha de servir el conocimiento…

Y esa idea tiene un rizo que la hace todavía más inquietante. El que sabe hacer esas fechorías, suele saber también cómo ocultarlas, cómo conseguir que nadie las descubra. Lo cual lleva a una desconfianza enorme: ¿qué, cuánto y desde cuándo hay corrupción escondida? Porque muchos de esos casos los destapa un delator, un denunciante, un traidor… Y, ¿cuando no lo hay?

Las operaciones que han llevado a cabo los Rato, los Pujol, los Urdangarín, los Bárcenas, los Roca… no las puede poner en marcha un analfabeto.  Esos delincuentes saben más, han estudiado más, han ido a la Universidad, son más cultos, son más listos que la mayoría de quienes les rodean…  Pero en su propio interés. Utilizan el saber para engañar a quienes saben menos, a quienes no ven más allá, a quienes son más confiados,  más ingenuos, más honestos.

Lo cual me lleva al peliagudo tema de qué es la educación. Saber mucho no es estar bien educado. Tener mucha información no es sinónimo de ética en el comportamiento.

Voy a poner tres ejemplos que encontré hace tiempo en un libro que he citado varias veces y que me parece un compendio de sabiduría: “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar”, del que son autores los filósofos alemanes Thomas McCathcart y Daniel Klein (Editorial Planeta).

Un hombre gana 100.000 dólares (respeto la moneda que los autores utilizan en su relato) en Las Vegas y, como no quiere que lo sepa nadie, se los lleva a casa y los entierra en el patio. Al día siguiente regresa y se encuentra un agujero vacío donde había colocado el dinero. Ve huellas que se dirigen a la casa de al lado donde vive un sordomudo. Decide pedirle a un profesor que vive en la misma calle y conoce el lenguaje de signos que le acompañe a hablar con el vecino. El hombre empuña la pistola y él y el profesor llaman a la puerta del vecino.

Cuando el vecino contesta el hombre agita la pistola ante su cara y le dice al profesor:

–        Dile a este tipo que, si no me devuelve mis cien dólares, le pego un tiro aquí mismo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, bajo un cerezo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, al lado del cerezo.

El profesor se vuelve hacia el hombre y le dice:

–        Se niega a decirlo, die que antes muerto.

El profesor usa el saber para engañar al prójimo y quedarse con el dinero. El conocimiento que tiene le sirve  no para ayudar sino para extorsionar. Conocer el lenguaje de signos le ha servido para enriquecerse a costa del que no lo conoce.

¿Cuál es entonces el papel del conocimiento? ¿Para qué sirve?, ¿para qué ha de servir?,  ¿al servicio de quién se pone?  Estas cuestiones me llevan a preguntarme por el papel de la educación. ¿Consiste solo en trasmitir conocimientos, en ayudar a buscarlos, en saber  dominarlos y aplicarlos con soltura y eficacia? ¿No es cierto que hay que cultivar esa segunda dimensión que tiene relación con la ética y que se pregunta por el destino de los mismos, por la finalidad de  su adquisición?

Mientras más sepas, vivirás mejor, les dicen los padres a sus hijos y a sus hijas. No dicen: mientras más sepas, viviremos todos mejor porque haremos un  mundo mejor, un mundo en el que quepamos todos. Porque el conocimiento no se pone al servicio de la solidaridad sino del egoísmo.

Lo mismo diré de la inteligencia, de la capacidad de actuar en situaciones problemáticas, de la habilidad para convertir los conflictos en trampas que llevan al beneficio propio. Y aquí traigo a colación el segundo relato.

Un juez llama a los dos abogados enfrentados a su despacho y les dice:

– La razón por la que os he llamado es porque me  habéis sobornado los dos.

Ambos abogados se mueven, inquietos, en sus butacas.

– Tú, Alan, me has dado quince mil dólares. Phil, tú me diste diez mil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice:

–        Ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

Y luego está la picaresca. Ese arte y esa ciencia en la que el pueblo español es tan ducho, casi por inercia, casi por tradición. Es la forma de darle vueltas al intelecto para encontrar el modo de beneficiarse de la situación y del prójimo.

Pondré el tercer ejemplo: Un hombre entra en el banco y pide un préstamo de doscientos dólares durante seis meses. El agente le pregunta qué bienes pueden avalarle. El hombre responde:

– Tengo un Rolls Royce. Aquí tiene las llaves. Quédeselas hasta que acabe de devolver el préstamo.

Seis meses después el hombre regresa al banco, paga los doscientos dólares más diez dólares de intereses y recupera su Rolls.

El agente bancario le dice:

Señor, si no es indiscreción, ¿cómo es posible  que un hombre que conduce un Rolls necesite un préstamo de doscientos dólares?

El hombre responde:

– Tuve que irme a Europa durante seis meses y, ¿dónde, sino aquí, podía guardar el Rolls por solo diez dólares?

No se puede colegir de estas palabras y estos ejemplos que mientras menos conocimientos tengamos, más posibilidades hay de que respetemos la ética. Lo que trato de decir es que hay que distinguir instrucción de educación. La instrucción es la simple acumulación de conocimientos. La educación tiene un soporte ético insoslayable. Y esa diferencia nos pone a los educadores contra las cuerdas de la reflexión y de la acción. ¿Qué es lo que tenemos que hacer?, ¿cómo lo estamos haciendo?, ¿qué estamos consiguiendo con la forma de hacerlo?

Ya sé que, más allá de la acción de las escuelas están otras influencias sobre los individuos. Otras influencias que provienen de muchas otras fuentes, institucionales o no. Y sé también, que además de todas las influencias externas que configuran la identidad moral de las personas, está su libérrima voluntad y su responsabilidad personal. Lo que no quiero es que el reconocimiento de todo ello nos sirva para lavarnos una y otra vez las manos.

El suicidio de Diego

30 Ene

La noticia sacude los cimientos del sistema educativo el 14 de octubre de 2015. Un niño de 11 años llamado Diego González se suicida en Madrid arrojándose por la ventana de un quinto piso, atribuyendo en una carta su decisión al rechazo insuperable a ir al Colegio.

Un niño de 11 años llamado Diego González se suicida en Madrid arrojándose por la ventana de un quinto piso, atribuyendo en una carta su decisión al rechazo insuperable a ir al Colegio.

La policía descarta, en una primera investigación, que se trate de un caso de bullying escolar y la juez de instrucción del Juzgado nº 1 de Leganés archiva la causa. El hecho ha recobrado actualidad al publicar el periódico El Mundo (20 de enero de 2016) la carta manuscrita que Diego dejó a su familia y al entrevistarse los padres del niño con la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, pidiendo la reapertura del caso. Los padres dicen que quieren “que se sepa la verdad”.

El niño dejó sobre el alféizar de la ventana por la que se arrojó al vacío un mensaje para sus padres: “Mirad en Lucho”. Lucho era su muñeco fetiche de los Lunnis. En él había depositado la conmovedora carta que transcribo a continuación y que debería ser de lectura obligatoria en las aulas.

“Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré como no os olvidaré a vosotros.
Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo.
Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios.
Los dos sois increíbles, pero juntos sois los mejores padres del mundo.

Tata, tú has aguantado muchas cosas por mí y por papá, te estoy muy agradecido y te quiero mucho.
Abuelo, ti siempre has sido muy generosos conmigo y te has preocupado por mí. Te quiero mucho.
Lolo, tú me has ayudado mucho con mis deberes y me has tratado bien. Te deseo suerte para que puedas ver as Eli.
Os digo esto porque yo no aguanto ir al Colegio y no hay otra forma de no ir. Por favor, espero que algún día podáis odiarme un poquito menos.
Os pido que no os separéis papá y mamá., solo viéndoos juntos y felices yo seré feliz.
Os echaré de menos. Y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo. Bueno, me despido para siempre.
Firmado Diego. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo muy pronto, Tata.
Diego González”

Un niño, que debería ir a la escuela para encontrar una vida mejor, una vida más justa y más hermosa, encuentra en ella el sendero de la muerte. Las dos finalidades supremas de la escuela, a mi juicio, son enseñar a pensar y enseñar a convivir. ¿Cómo es posible que la convivencia en esa institución, le haya llevado a la muerte?

Uno se imagina al pequeño Diego, inclinado sobre la hoja blanca en la silla donde habitualmente hacía los deberes, escribiendo su despedida y pidiendo perdón por el dolor que iba a causar a sus seres queridos. Se le imagina depositando en Lucho la fatídica noticia y, sobre todo, fraguando antes de dormir la terrible decisión al no encontrar ninguna salida al problema de su miedo y de su angustia.

Imagino también las lágrimas que habrán derramando y que seguirán derramando los miembros de esa familia.: el papá y la mamá (Carmen y Manuel, de 52 y 57 años), la Tata (su hermana), el abuelo, el tío Lolo, Eli… ¿Cómo es posible que no nos diéramos cuenta? ¿Cómo es posible que no nos dijera nada? ¿Cómo es posible que no intuyéramos lo que se cocía en su mente y en su corazón? ¿Cómo es posible que no detectásemos tanta angustia, tanto infortunio, tanto dolor a través de su mirada…?

Imagino la consternación de los educadores de ese Colegio cuando se hayan reprochado la falta de intuición o de observación o de perspicacia… ¿Cómo es posible que nadie haya dicho nada, que no tuviésemos la más leve sospecha, que nadie hubiera observado nada, que no hubiera llegado la menor información…?, ¿cómo no le supimos persuadir para que nos hablara?

Habría que contar el número de personas que han estado mirando hacia otra parte, antes, durante y después del suicidio de Diego

He leído muchas informaciones sobre este caso que no puedo sintetizar aquí. Muchos testimonios de padres y de alumnos que apuntan a la existencia de casos de acoso en el Colegio. Un colegio concertado religioso con un millar de alumnos, dirigido por Padres Mercedarios. Todo apunta a la existencia de acoso escolar, aunque el niño nada diga de ello en la carta y nada hubiese planteado en la familia y en el Colegio al respecto. Todo el mundo conoce las presiones que los verdugos ejercen sobre las víctimas en estos casos: “Como digas algo…”.

– El día antes de morir, el niño salió muy pálido del Colegio, dice la madre, aunque no conseguí sacarle nada.

No me gusta que los responsables de los centros reaccionen, en este tipo de casos, tratando de salvar su imagen. Es comprensible, pero inaceptable. ¿Por qué tanto hermetismo, tanta ocultación, tanto deseo de cuidar la imagen cuando esa imagen mejoraría si hubiera humildad, honestidad, autocrítica y transparencia…? Parece justo y lógico preguntarse por qué se suicidó Diego, sobre todo sabiendo que era un buen estudiante.

Cuando he visto en la televisión o en la prensa el rostro inocente de esa criatura me he quedado sin capacidad de reacción. ¿A quién se le puede pedir cuentas de esta muerte? Quien era víctima de las agresiones de los iguales, se convirtió en la víctima fatal de su propia y última decisión. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Cómo evitar otro caso como el de Diego?

Nadie puede quedar fuera de la interpelaciones que esta muerte suscita, sea o no un caso probado de bullying (aprovecho la ocasión para aconsejar el libro de Alejandro Castro Santander: “Bullying blando, bullying duro y ciberbullying”). Todos hemos de sentirnos interpelados.

Los responsables políticos que, al reabrirse el caso, se han apresurado a proponer 70 medidas para prevenir, atajar y solucionar el acoso escolar. Una vez más, tarde. Una vez más, con parches y no con medidas estructurales.

Los educadores y educadoras por no afinar más la mirada para detectar las situaciones que se producen ante nuestros ojos y pasan inadvertidas, por no insistir lo suficiente en la necesidad del respeto a la dignidad del otro y en la obligación moral de denunciar el acoso.

Los padres y las madres que no hemos sabido conquistar la confianza de nuestros hijos e hijas para que nos hagan partícipes de sus miedos, de sus temores, de sus golpes, de sus angustias…

Los alumnos y alumnas que machacan a sus compañeros con insultos, con bromas, con violencia, con amenazas que hacen insoportable no solo la vida escolar sino, en general, la vida. Y por callar y encogerse de hombros ante el atropello. Jay Asher escribió hace unos años un interesante libro titulado “Por trece razones”. Un libro que cuenta la historia de un suicidio escolar en el que la víctima escribe a los trece causantes de su decisión de quitarse la vida.

El pequeño Diego González se ha convertido en una lección para quienes tenemos la delicada, difícil y tremenda tarea de educar a los alumnos y alumnas, a los hijos y a las hijas.

Obsesionados a veces por el desarrollo del curriculum, nos olvidamos de que quien va al Colegio, quien estudia y se examina, es una persona que tiene sentimientos, miedos, angustias y terrores. Nadie que no esté en condiciones de aprender podrá hacerlo por más presión que le metamos al sistema. El pequeño Diego ha suspendido el examen de la vida. Consideró que el miedo y el terror eran insuperables. Él lo dice: “Yo no aguanto ir al colegio y no hay otra forma de no ir”. ¿Por qué pensante eso, querido Diego? Por qué no pensaste en hablar con tus padres, en acudir a la dirección del colegio, en contarlo a tus profesores y profesoras, en denunciar a tus verdugos, en contar con algunos testigos y amigos…? Claro que había formas de no ir al Colegio o de no ir ASÍ al Colegio… O no te hablamos de ellas o, si lo hicimos, no fue con la convicción necesaria… Perdónanos.

Decálogo sobre participación

16 Ene

Hace unos años publiqué en Homo Sapiens (Rosario) un libro titulado “Arte y parte. Desarrollar la democracia en la escuela”. Luego vio la luz en la Editorial Eduforma de Sevilla. Cuando se le niega a alguien el derecho a decir o a decidir en un asunto, se le advierte: “Aquí no tienes ni arte ni parte”. El título del libro pone de manifiesto mi postura sobre tan importante cuestión educativa.

Cuando se le niega a alguien el derecho a decir o a decidir en un asunto, se le advierte: “Aquí no tienes ni arte ni parte”. El título del libro pone de manifiesto mi postura sobre tan importante cuestión educativa.

La participación en los centros educativos es un fenómeno que ha de impregnar todas sus dimensiones estructurales y curriculares. Me refiero a la auténtica participación de todos los miembros de la comunidad educativa. Hay leyes que la promueven y otras que la coartan. Es el caso de la LOMCE, que la ha recortado.
La participación se aprende, se ejercita, se perfecciona, se desarrolla, se enriquece. Pero también se puede atrofiar, cercenar, empobrecer… Está en nuestras manos. De hecho, con la misma legislación, con las mismas estructuras, con el mismo curriculum básico, podemos encontrar centros que la cultivan y otros que la recortan o destruyen.
1. Hay que precisar qué se entiende por participación
El lenguaje sirve para entendernos y también para confundirnos. El problema fundamental radica no en que no nos entendamos sino en creer que nos entendemos cuando utilizamos las mismas palabras. El alumno que aplaude a los jugadores del equipo colegial está “participando”. Pero no lo hace de la misma forma que los que compiten en el campo. El padre o la madre que acude al Consejo Escolar para votar lo que le ha “pedido” el Director está “participando”, pero no de la misma forma en que lo hace quien ejerce libremente el derecho a la palabra y al voto. El profesor que asiste a una reunión como un convidado de piedra está “participando”, pero no de la misma manera que quien la ha preparado y luego la dirige. ¿Se puede calificar todo tipo de acciones de auténtica participación? Claro que no. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de verdadera participación en la escuela? He aquí una cuestión capital bajo la que se esconden muchas trampas. Participar exige dialogar, tomar parte activa, responsabilizarse y adoptar decisiones.
2. La participación no es un regalo que hace quien tiene poder a quien no lo tiene
Es preciso saber que la participación es un derecho y un deber. Nace ese derecho de nuestra condición de personas y de miembros de una comunidad. Nos equivocamos cuando pensamos que el poder participar es una concesión que se nos hace y no una exigencia que surge de la identidad ciudadana y comunitaria. No es cierto que mientras no tengamos responsabilidad no podemos participar. Más bien sucede lo contrario, que si no hay participación no podemos aprender a ser responsables.
3. La participación está cargada de beneficios
Cuando se participa se siente como propio lo que se hace, se produce un fenómeno de implicación, de motivación, de pertenencia. Muchos problemas de convivencia en los centros se solucionarían no aumentando la vigilancia, las amenazas y los castigos sino potenciando, profundizando y ampliando la participación. El que hace las normas está en mejor disposición para cumplirlas que aquel a quien se le imponen por la fuerza. Los beneficios de la participación tienen dos dimensiones: se beneficia quien participa y se beneficia la institución.
4. Se puede (y se debe participar) en todos los ámbitos
En un centro se puede (y se debe) participar en todas las dimensiones que atañen a su estructura y su funcionamiento. Se puede (y se debe) participar en el gobierno, en el diseño, desarrollo y evaluación del currículo, en la relación del centro con el entorno y, en definitiva, en la vida comunitaria. Cada estamento y cada persona tiene el deber de intervenir en todos los aspectos de la vida escolar. No es bueno que en una institución educativa unos piensen por todos, decidan por todos y se responsabilicen de todo. Porque los demás aprenderán a no pensar, a no decidir y a no responsabilizarse.
5. Para que haya participación es preciso que existan estructuras que la hagan posible
No basta con querer participar. Ni siquiera es suficiente saber hacerlo. Para que haya participación real es preciso que existan unas buenas estructuras que la hagan posible. De tiempo (¿cómo se puede participar si no hay momentos para hacerlo?), de espacio (¿cómo se puede participar si no hay lugares para hacerlo?), de condiciones (¿cómo se puede participar si no hay autonomía para poder decidir?).
6. A participar se aprende participando
No hay forma más eficaz de aprendizaje que la acción. Se aprende a montar en bicicleta subiéndose a ella y no leyendo y aprendiéndose de memoria el manual de instrucciones. Hay que ejercitarse en la participación. Habrá fallos, pero sólo cuando se practica se llegará a dominar la competencia. Nadie nace sabiendo hacer las cosas a la perfección. Hay que entrenarse.
7. La cultura de la participación no se improvisa
A veces nos pierde la impaciencia. No se puede plantar una semilla de manzano por la tarde y acudir a la mañana siguiente con una canasta para recoger las manzanas. Sería un error destruir la semilla porque no haya frutos. Hay que darle su tiempo. Los Consejos Escolares tienen limitaciones, pero hay que esperar a que vayan aprendiendo y mejorando. Lo cual supone exigencia. La semilla tiene que ser regada, abonada y protegida. No basta con dejarla estar.
8. La participación es el eje de la convivencia
Cuando la autoridad se convierte en poder no existe participación sino sumisión. Los centros escolares han de ser instituciones educativas, no coercitivas. Quien participa piensa, analiza, critica, decide e interviene, respeta, ayuda, colabora, se responsabiliza. Una escuela democrática es un buen escenario para la participación. Y el mejor camino para aprender a vivir en democracia.
9. Hay muchas falacias en la participación
No hay participación auténtica cuando está excesivamente formalizada porque sólo importa la dimensión superficial, el mecanismo legal, la dinámica de los votos, la ley de las mayorías. No hay participación auténtica cuando está recortada y limitada a los aspectos marginales e insustanciales. No hay participación auténtica cuando está domesticada y puesta al servicio del poder. No hay participación auténtica cuando está entendida como un campo intrascendente.
10. Hay que superar los obstáculos que limitan y empobrecen la participación
Existen graves obstáculos que anulan o frenan la participación: el pesimismo (“nunca lo haremos bien”), el fatalismo (“nosotros somos así”), la rutina (“lo haremos como siempre se ha hecho”), la comodidad (“pudiendo no hacer nada, ¿por qué vamos a hacer algo?”, el individualismo (“cada uno, a lo suyo”), la rigidez (“lo que hay que hacer es lo que hay que hacer”), el cansancio (“estoy harto de hacer esfuerzos”), el desamor (“no los soporto”), los fracasos (“ya viste lo que pasó”)…
Terminar diciendo que hay obstáculos no es una invitación al desaliento sino al optimismo. Porque también de los obstáculos se puede aprender si somos inteligentes y estamos comprometidos a superarlos.

Manos educadoras

9 Ene

Hace muchos años, exactamente en 1973, mi querido amigo José María Cabodevilla, fallecido en 2003, escribió una sugerente obra titulada “El libro de las manos. Relación de los siete montes de la mano o noticia general de todos sus méritos, trabajos y vanidades”. Un canto ilustrado a la importancia de las manos, que acarician, indican, llaman, despiden, señalan, saludan, trabajan, crean, aplauden, cocinan, curan, protegen…

Las manos son las palabras y los sentimientos del corazón. Las manos expresan y transmiten nuestras emociones, nuestros afectos.

Las manos son las palabras y los sentimientos del corazón. Las manos expresan y transmiten nuestras emociones, nuestros afectos.
Hoy me encuentro con un hermoso artículo cuyo titulo y cuyo texto, “Las manos de la educadora”, me llevan a reflexionar sobre la importancia de las manos en la educación. La autora es Anna Tardós, psicóloga húngara, continuadora del trabajo y de la concepción renovadora de la primera infancia iniciados en la década de 1930 por su madre, la pediatra Emmi Pikler e influenciada también por el pensamiento de su padre. pedagogo progresista de la época.
La mano del adulto es una fuente inagotable de experiencias para los niños y las niñas. Qué expresión tan hermosa la de “estar en sus manos”. Porque es así: los niños y las niñas están en las manos de sus educadores y educadoras.
Tardós se ocupa, investiga y escribe principalmente sobre la primera infancia, sobre esa etapa de plena invalidez del ser humano en la que todo queda pendiente del corazón y de las manos de los adultos. Muchas de sus ideas son aplicables plenamente a las manos de los padres y de las madres.
“En el proceso de la atención, dice Tardós, el contacto corporal es a veces ofensivo, molesto e incluso puede provocar sentimientos de frustración en el niño. ¿Qué podemos hacer para que este contacto consiga su verdadera función? Si nos ocupamos de él de forma placentera, si se siente bien durante la limpieza, el baño, mientras le vestimos y le desnudamos, se relaja cada vez más. El pequeño se prepara para que el adulto lo coja y, mientras le viste y le baña relaja su cuerpo mucho antes de que el adulto le toque. De un modo casi automático continúa los movimientos iniciados por el adulto”.
Hay que combinar el cariño con el saber. No es solo cuestión de buena voluntad y de afecto. Tampoco sirve solamente el conocimiento técnico desposeído del amor. Porque el amor es lo que cimenta la tarea educativa.
Las manos pueden golpear y hacer daño. Ese es el primer mandamiento sobre las manos que educan. No dañar. No maltratar. No herir con gestos bruscos, duros y agresivos. Y nunca golpear. Las manos en la educación están para sanar, para salvar.
Acumular experiencias agradables es depositar en el banco de la vida un capital humano con el que siempre se podrá contar. Por el contrario, los gestos rutinarios, mal ejecutados, que no aseguran el mínimo sentimiento de confortabilidad y que, finalmente, impiden que nazcan todo tipo de relaciones afectivas entre el pequeño y el adulto empobrecen y dañan:
El interés sincero, los esfuerzos abiertos con el fin de obtener una verdadera cooperación le harán, en general, las manos sensibles, delicadas y tiernas. En lo que se refiere al desarrollo y al cambio de comportamiento de los profesionales de la educación, la “cultura”, la ternura de la mano ejerce un papel muy importante, al igual que los movimientos que comunican seguridad y que resultan más agradables a los más pequeños, cosa que les permite la cooperación con el adulto.
Después de esa primera etapa educativa, vienen otras. En cada una de ellas las manos desempeñan un papel fundamental. En efecto:
Las manos saludan al llegar a la escuela. Damos la mano, damos el afecto y la ternura a través de ella. Un apretón de manos cálido, sincero, afectuoso, es un canal que transmite emociones y seguridad.
Las manos acompañan. Llevamos de la mano. Pero progresivamente dejamos que ellos aprendan a caminar solos, a tener independencia, a decidir por si mismos. Si siempre les llevásemos de la mano, nunca aprenderían a encontrar el camino por sí mismos.
Las manos explican, aclaran ideas, ayudan a entender, acompañan a las palabras de la exposición. Las manos hablan con elocuencia para aclarar las ideas.
Las manos indican. La jerarquía de los dedos es rica y compleja. Con el índice señala el educador el libro, la tarea, la puerta, el encerado, la mesa, el camino.
Las manos entregan cuadernos y libros. Y reciben ejercicios y tareas realizadas por los alumnos y las alumnas. Las manos permiten compartir actividades y experiencias.
Las manos escriben. Escribe el educador y ayuda a que el niño y la niña lleven su lápiz con corrección o pulsen con habilidad el teclado del ipad.
Las manos curan cuando un niño o una niña se cae en el patio o se golpea contra el borde de una mesa. Las manos salvan del dolor.
Las manos aplauden las cosas buenas que hacen los alumnos y las alumnas. Las manos permiten felicitar.
Las manos despiden. Con las manos decimos adiós, hasta luego, hasta mañana, hasta siempre. Las manos son elocuentes para expresar.
Las manos ayudan a poner o quitarse el abrigo, a cargar la mochila, a recoger un objeto que se ha caído al suelo, a localizar un libro, a
Las manos permiten hacer signos de diverso tipo: hacemos el signo de la victoria, pedimos silencio, transmitimos aliento al levantar el dedo pulgar…
Qué decir del valor de las manos cuando desarrollan el lenguaje de signos que permite a los niños y a las niñas con sordera estar en comunicación con sus semejantes. Qué decir de las manos cuando, a través de la sensibilidad de las yemas, llevan a la mente de un niño ciego los significados de las palabras escritas en Braille.
Un hermoso cometido didáctico para los educadores será ayudar a que los niños sepan valorar y utilizar sus manos.
Hace algunos años, en un curso que dirigí en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, decidí presentar a los ponentes, asignando a cada uno la parte del cuerpo que, a mi juicio, mejor casaba con sus características personales y profesionales. A uno de ellos, inolvidable y querido Manuel Zafra, Director de un IES de Andalucía, le tocó ser las manos y expliqué por qué: “Porque sus manos están hechas para el saludo, para el trabajo, para la caricia, para la escritura y para la magia. Con sus manos da la bienvenida (durante el presente curso ha recibido a más de 800 estudiantes de Secundaria), abre las puertas, señala el camino… Con sus manos trabaja cada día en su Centro. De sus manos ha salido un hermoso libro en el que cuenta su experiencia. Sus manos, como vais a comprobar, explican, aclaran, ejemplifican lo que piensa y lo que dice. Su dedo índice acusa con severidad y orienta con precisión. Su mano está permanentemente tendida a los más desfavorecidos de la sociedad”.
Es que las manos nos definen.