¿Para qué saber tanto?

20 Feb

Nos está abrumando la corrupción. Nos está  destruyendo como pueblo. Está generando un clima perverso de desconfianza y de malos ejemplos. Es como si el que no se aprovechase (en la escala correspondiente) de la situación de beneficiarse ilegalmente fuese un imbécil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice: ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

No voy a decir nada sobre esa tremenda competición que se establece entre los partidos políticos: cuál tiene más número de implicados, imputados y condenados, qué casos tienen más gravedad, si el de los unos o el de los otros, qué tipo de responsabilidad institucional existe en los de un color y otro… Lo que se ha dado en llamar el “y tú más”. No voy a ir por ahí. Recuerde el lector aquella vieja definición de ética: “ética es aquello de lo que los demás carecen”.

Quiero plantear hoy una cuestión que afecta a todos los casos. Y es la siguiente: cómo y por qué se pone  el conocimiento al servicio del enriquecimiento ilícito, del engaño a los otros, del abuso de poder para propio beneficio, del imperio del mal…

No digo que cuanto más se sepa, haya más corrupción. Digo que hay mayores posibilidades de que la haya si uno no tiene en cuenta la esfera de los valores, si uno no se pregunta para qué ha de servir el conocimiento…

Y esa idea tiene un rizo que la hace todavía más inquietante. El que sabe hacer esas fechorías, suele saber también cómo ocultarlas, cómo conseguir que nadie las descubra. Lo cual lleva a una desconfianza enorme: ¿qué, cuánto y desde cuándo hay corrupción escondida? Porque muchos de esos casos los destapa un delator, un denunciante, un traidor… Y, ¿cuando no lo hay?

Las operaciones que han llevado a cabo los Rato, los Pujol, los Urdangarín, los Bárcenas, los Roca… no las puede poner en marcha un analfabeto.  Esos delincuentes saben más, han estudiado más, han ido a la Universidad, son más cultos, son más listos que la mayoría de quienes les rodean…  Pero en su propio interés. Utilizan el saber para engañar a quienes saben menos, a quienes no ven más allá, a quienes son más confiados,  más ingenuos, más honestos.

Lo cual me lleva al peliagudo tema de qué es la educación. Saber mucho no es estar bien educado. Tener mucha información no es sinónimo de ética en el comportamiento.

Voy a poner tres ejemplos que encontré hace tiempo en un libro que he citado varias veces y que me parece un compendio de sabiduría: “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar”, del que son autores los filósofos alemanes Thomas McCathcart y Daniel Klein (Editorial Planeta).

Un hombre gana 100.000 dólares (respeto la moneda que los autores utilizan en su relato) en Las Vegas y, como no quiere que lo sepa nadie, se los lleva a casa y los entierra en el patio. Al día siguiente regresa y se encuentra un agujero vacío donde había colocado el dinero. Ve huellas que se dirigen a la casa de al lado donde vive un sordomudo. Decide pedirle a un profesor que vive en la misma calle y conoce el lenguaje de signos que le acompañe a hablar con el vecino. El hombre empuña la pistola y él y el profesor llaman a la puerta del vecino.

Cuando el vecino contesta el hombre agita la pistola ante su cara y le dice al profesor:

–        Dile a este tipo que, si no me devuelve mis cien dólares, le pego un tiro aquí mismo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, bajo un cerezo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, al lado del cerezo.

El profesor se vuelve hacia el hombre y le dice:

–        Se niega a decirlo, die que antes muerto.

El profesor usa el saber para engañar al prójimo y quedarse con el dinero. El conocimiento que tiene le sirve  no para ayudar sino para extorsionar. Conocer el lenguaje de signos le ha servido para enriquecerse a costa del que no lo conoce.

¿Cuál es entonces el papel del conocimiento? ¿Para qué sirve?, ¿para qué ha de servir?,  ¿al servicio de quién se pone?  Estas cuestiones me llevan a preguntarme por el papel de la educación. ¿Consiste solo en trasmitir conocimientos, en ayudar a buscarlos, en saber  dominarlos y aplicarlos con soltura y eficacia? ¿No es cierto que hay que cultivar esa segunda dimensión que tiene relación con la ética y que se pregunta por el destino de los mismos, por la finalidad de  su adquisición?

Mientras más sepas, vivirás mejor, les dicen los padres a sus hijos y a sus hijas. No dicen: mientras más sepas, viviremos todos mejor porque haremos un  mundo mejor, un mundo en el que quepamos todos. Porque el conocimiento no se pone al servicio de la solidaridad sino del egoísmo.

Lo mismo diré de la inteligencia, de la capacidad de actuar en situaciones problemáticas, de la habilidad para convertir los conflictos en trampas que llevan al beneficio propio. Y aquí traigo a colación el segundo relato.

Un juez llama a los dos abogados enfrentados a su despacho y les dice:

– La razón por la que os he llamado es porque me  habéis sobornado los dos.

Ambos abogados se mueven, inquietos, en sus butacas.

– Tú, Alan, me has dado quince mil dólares. Phil, tú me diste diez mil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice:

–        Ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

Y luego está la picaresca. Ese arte y esa ciencia en la que el pueblo español es tan ducho, casi por inercia, casi por tradición. Es la forma de darle vueltas al intelecto para encontrar el modo de beneficiarse de la situación y del prójimo.

Pondré el tercer ejemplo: Un hombre entra en el banco y pide un préstamo de doscientos dólares durante seis meses. El agente le pregunta qué bienes pueden avalarle. El hombre responde:

– Tengo un Rolls Royce. Aquí tiene las llaves. Quédeselas hasta que acabe de devolver el préstamo.

Seis meses después el hombre regresa al banco, paga los doscientos dólares más diez dólares de intereses y recupera su Rolls.

El agente bancario le dice:

Señor, si no es indiscreción, ¿cómo es posible  que un hombre que conduce un Rolls necesite un préstamo de doscientos dólares?

El hombre responde:

– Tuve que irme a Europa durante seis meses y, ¿dónde, sino aquí, podía guardar el Rolls por solo diez dólares?

No se puede colegir de estas palabras y estos ejemplos que mientras menos conocimientos tengamos, más posibilidades hay de que respetemos la ética. Lo que trato de decir es que hay que distinguir instrucción de educación. La instrucción es la simple acumulación de conocimientos. La educación tiene un soporte ético insoslayable. Y esa diferencia nos pone a los educadores contra las cuerdas de la reflexión y de la acción. ¿Qué es lo que tenemos que hacer?, ¿cómo lo estamos haciendo?, ¿qué estamos consiguiendo con la forma de hacerlo?

Ya sé que, más allá de la acción de las escuelas están otras influencias sobre los individuos. Otras influencias que provienen de muchas otras fuentes, institucionales o no. Y sé también, que además de todas las influencias externas que configuran la identidad moral de las personas, está su libérrima voluntad y su responsabilidad personal. Lo que no quiero es que el reconocimiento de todo ello nos sirva para lavarnos una y otra vez las manos.

Pereza de pensamiento

2 Ene

Algunos (algunas) confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. Para evitar la reflexión, para evitar la búsqueda, para ahuyentar la autocrítica, para instalarse en la comodidad, presumen de tener convicciones inquebrantables, principios inamovibles, dogmas incontestables.

La sordera del marido se camuflaba bajo la sospecha de que quien estaba perdiendo la audición era la esposa. Es el modo de proceder de quien esconde su limitación tras la deficiencia de los otros. Es la lógica de autoservicio. Una burda trampa en la que frecuentemente incurrimos.

He visto muchas personas que se ufanan de no haber cambiado nunca y nada en la vida. Parecería que todo lo que ven, lo que leen, lo que escuchan, lo que piensan, lo que experimentan, les conduce al afianzamiento de sus tesis matrices. Esas personas utilizan con frecuencia el mecanismo de la lógica de autoservicio que consiste en razonar de manera tal que la conclusión acabe reforzando los puntos de partida y manteniendo las costumbres inveteradas.

Razonar de manera interesada, aunque falta de lógica, es una forma de atrofiar el pensamiento y de convertir en rutina la acción. Tenemos tendencia a defender lo que hacemos.

Me pregunto cómo es posible que algunos justifiquen los comportamientos que tienen. Cómo es posible llegar a la conclusión de que lo que se hace está bien hecho.

Existe el riesgo de interpretar la realizad, de analizar lo que sucede con el fin de sacar las conclusiones que nos interesan. Prueba de ello es que de unos mismos hechos hay personas que sacan conclusiones no solo distintas sino opuestas.

¿Cómo es posible, por ejemplo, que un grupo de fanáticos jalee con gritos de apoyo al joven que propinó un tremendo puñetazo al Presidente de gobierno del país? ¿Qué argumentación emplean? ¿Qué tipo de lógica aplican al análisis de la realidad y del comportamiento humano?

Pondré tres ejemplos de lo que a mí me ocupa y preocupa: la enseñanza. Supongamos que un profesor mantiene la tesis de que los alumnos tienen que estar estrictamente vigilados para que se porten bien. Otro docente piensa, por el contrario, que los alumnos deben estar frecuentemente solos para que aprendan a comportarse con responsabilidad en un marco de libertad.

Un buen día, los problemas de tráfico ocasionan el retraso de un profesor que no aparece en la clase durante media hora. Los alumnos arman un escándalo fenomenal. Cuando los dos profesores de ideas contrapuestas conocen los hechos, reaccionan de manera opuesta:

– ¿Lo ves?, dice el primero. ¿Ves cómo es necesario que los alumnos estén vigilados? Fíjate en el escándalo que han armado cuando se han visto solos.

El segundo docente, ante esos mismos hechos, saca la conclusión contraria:

– ¿Lo ves?, dice. ¿Ves lo que sucede por estar siempre vigilados? No han aprendido a comportarse responsablemente. Si hubieran estado solos con frecuencia, no hubiera sucedido nada.

Podemos encontrar ejemplos múltiples de este mecanismo en las sesiones de evaluación del alumnado que realizamos los profesores. Hay docentes que atribuyen el cien por cien de la responsabilidad del fracaso a la pereza, a la desmotivación, a la incapacidad, a la falta de nivel previo de los alumnos, a la incompetencia de la familias, al tamaño de los grupos o a las políticas educativas. Ni media reflexión aplicada al propio ejercicio profesional. A la bondad del curriculum, la riqueza de los métodos, la calidad de las actitudes…

Esta lógica de autoservicio fortalece la rutina ya que no se plantea la menor interrogación sobre aquellos aspectos que pueden tener influencia en el resultado de los alumnos y que dependen de las actitudes, las concepciones y las prácticas de los profesionales. El proceso de atribución, con escasa lógica y claro interés, descarga sobre los demás toda la responsabilidad del fracaso.

La explicación que daba aquel vendedor, no podía ser más torpe:

– Yo vendo, lo que pasa es que no compran.

La cuestión que permite al vendedor solucionar el problema, es preguntarse por la calidad de los productos, por la cuantía del precio, por la simpatía del que vende, por la ubicación del puesto, por la potencia de los competidores…

Otro ejemplo, aplicado no ya al pensamiento individual de los docentes, sino al comportamiento colectivo de los mismos en las instituciones. Pensamiento colectivo que pretende mantener la estructura y el quehacer de la institución. Al no dudar nunca, al no hacerse preguntas, mantienen las mismas dinámicas. Todo se explica con esa lógica de autoservicio que instala en la comodidad y la rutina.

Hace unos años visité una Escuela Normal en México (silenciaré el nombre de la localidad de forma intencionada). En las Escuelas Normales es donde se forma a las futuros maestros. Me enseñaron las instalaciones. En medio de una escalera imperial había un busto de una mujer. La Directora me explicó con orgullo que se trataba de una exalumna de la escuela, de una distinguida mujer que alcanzó fama por su valía y por su trabajo y una merecida fama en el país. Venía a decir:

– Qué excelente tarea realizamos en esta Escuela. Una prueba de ello es que haya salido de sus aulas un personaje de esta relevancia.

Pero si, ese mismo día hubiera aparecido en la prensa la noticia de que un grupo de ex alumnos de esa Escuela había violado y matado a varias mujeres, es probable que la conclusión hubiera sido de otro tipo.

– Hay que ver cómo se han descarriado estos muchachos. Qué poco han aprovechado nuestras excelentes enseñanzas.

En cualquiera de los casos la actividad podrá seguir siendo la misma. Esa forma de hacer hablar a la realidad conduce al inmovilismo, a la falta de aprendizaje, al mantenimiento de rutinas.

Se trata de una forma de pensar interesada, de un razonamiento puesto al servicio de quien lo maneja. No importa tanto el rigor cuanto el interés. No importa tanto la lógica cuanto el mantenimiento del statu quo.

Cuando pensamos que el otro es el que se equivoca, el que tiene el problema, el que tiene que cambiar, corremos el peligro de no caer en nuestros propios errores y limitaciones. Cuando pensamos que quien tiene defectos es el otro, no podemos mejorar.

Voy a reproducir una historia que los filósofos alemanes Thomas Cathcart y Daniel Klein cuentan en su hermoso e interesante libro “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar”. Perdóneseme el tufillo sexista del relato.

Un hombre está preocupado porque su mujer se está quedando sorda, y decide consultar al médico. El médico le sugiere que realice una prueba muy simple con ella cuando estén en casa: que se coloque detrás y le pregunte algo, primero desde lejos, luego a unos tres metros y finalmente muy cerca de ella.

El hombre llega a casa y ve a su mujer trasteando en los fogones.

– ¿Qué hay para cenar?, pegunta desde la puerta.

No hay respuesta.

– ¿Qué hay para cenar?, repite después de acercarse un poco.

Sigue sin haber respuesta.

Finalmente se coloca detrás de ella y pregunta:
– ¿Qué hay para cenar?

La mujer se vuelve y grita:

– Por tercera vez: ¡pollo!

La sordera del marido se camuflaba bajo la sospecha de que quien estaba perdiendo la audición era la esposa. Es el modo de proceder de quien esconde su limitación tras la deficiencia de los otros. Es la lógica de autoservicio. Una burda trampa en la que frecuentemente incurrimos.

Si me muero, yo no aguanto

12 Sep

Esta es la expresión de un niño al reflexionar sobre su propia muerte. Piensa  que, una vez amortajado, no va a ser capaz de estar mucho tiempo inmóvil, con las manos cruzadas delante del pecho y completamente tumbado boca arriba.  Como si eso de morirse consistiese en quedarse quieto un buen rato. Y, luego, después de aguantar todo  lo posible,  a vivir…

He leído hace poco una novela en la que se cuenta que un profesor llevaba a sus alumnos a los cementerios para que estudiasen el contenido de los epitafios. Uno de ellos decía: “Ocupado”.

Me lo contaba ayer  su madre, antigua alumna mía y ahora amiga, después de impartir una conferencia organizada por el Centro de Profesorado de Orcera (Jaén) para asesores y asesoras de la provincia. Qué buena gente. Esa expresión del niño me ha hecho pensar en la concepción de la muerte que se tiene a esas edades. Y, sobre todo, en la tarea de la escuela y de la familia para ayudar a que los pequeños sepan qué es lo que sucede con todos los seres humanos cuando acaba, natural o artificialmente, su ciclo vital.

Porque la muerte se ha convertido en el tabú del siglo. No se habla de ella, no se la ve de cerca (se suele ocultar su presencia), no se dan explicaciones claras  y precisas cuando los niños y las niñas preguntan sobre ella.

Cuando yo era niño, la cultura en la que estábamos inmersos en mi pequeño pueblo de León, Grajal de Campos, nos hablaba de la vida y de la muerte de manera clara y natural. Tocaban las campanas de la iglesia y, en su lenguaje sonoro, nos decían que alguien había muerto, y si ese alguien era un niño o un adulto. El entierro transformaba la fisonomía del pueblo, el cadáver permanecía en la casa… Como monaguillo que era, vi muchos cadáveres (yo creía que solo el sacerdote era inmortal, ya que llevaba al cementerio a todos quienes fallecían). Sin embargo, en una ciudad de hoy la muerte es casi invisible. A duras penas se puede distinguir un coche fúnebre en una caravana . Pienso en la importancia de la cultura al respecto. Y no puedo evitar referirme a la cultura mexicana de la muerte.

Las muertes de las que se habla en la televisión se nos muestran tan fugazmente que resultan camufladas. Son lejanas, no nos afectan y desaparecen al segundo. Relatos de muertes en guerras, en accidentes, en asesinatos, en catástrofes naturales… Las personas mueren pero todo sigue igual a nuestro alrededor. Se ve un centenar de muertes en el telediario y es igual que si se vieran durante la proyección de una película. Todo contribuye a una sensación de irrealidad.

Preparamos para la vida, pero no para la muerte. Ni la propia ni la de los seres queridos. Ni la de quienes nos rodean ni la de quienes están lejos. La muerte,  más inexorable que imprevisible, es un hecho al que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos. Decirlo no es convertirse en aguafiestas sino asumir una responsabilidad insoslayable. Si hay algo cierto en la vida es que todos y todas tenemos que morir. Sabemos que un día el mundo seguirá girando  sin nosotros.

Muchas veces eludimos las preguntas de los niños y de las niñas. Cambiamos de tema, contestamos de cualquier manera o mentimos con una facilidad asombrosa…

–    ¿Te morirás algunas vez, papá?

–    ¿Yo también me tengo que morir?

–    ¿Por qué tenemos que morir?

–    ¿Qué hay después de la  muerte?

Recomendaré este libro una vez más: “Heidegger y un hipopótamo can al cielo”.  Sus autores son dos sabios profesores alemanes: Thomas C.athcart y Daniel Klein. El subtítulo es muy clarificador: “La vida, la muerte y el más allá estudiados con filosofía y mucho humor”. Los autores dicen en la introducción: “Podemos captar la idea de la muerte en general hasta cierto punto, pero ¿y en particular? Somos como el escritor armenio norteamericano William Saroya, que escribió una carta para los que le sobreviviesen en la que decía: Todos tenemos que morir, pero siempre pensé que en mi caso podría darse una excepción”.

Y añaden: “Por mucho que tratemos de hundir los pensamientos sobre nuestra mortalidad, salen otra vez a la superficie como un corcho. Una y otra vez. Debe ser porque la muerte es un hecho inmutable de la vida humana”.

Lo cierto es que somos las únicas criaturas que sabemos que vamos a morir y también las únicas que podemos imaginar una vida eterna. Esta combinación resulta sorprendente e inquietante. Thomas C.athcart y Daniel Klein  hablan de afrontar la muerte con humor y, en el libro, nos cuentan diversas historias cargadas de ingenio y simpatía.   Hacen un saludable humor negro.  Sirvan estas dos historias como botones de muestra. Una sobre la fase anterior ante la muerte. Otra sobre la posterior., su marido

“Millie acompañó a su marido Maurice a la consulta del médico. Después de hacerle un reconocimiento completo, el médico se llevó a parte a Millie y le dijo:

–    Maurice sufre una enfermedad grave producida por un stress muy intenso; si no hace lo que le voy a decir, su marido morirá. Todas las mañanas debe despertarlo suavemente con un beso amoroso y luego prepararle un desayuno saludable. Sea amable con él en todo momento y procure que esté siempre de buen humor. Prepárele solo sus platos favoritos y déjelo reposar después de las comidas. No le encomiende ninguna tarea y no le transmita sus problemas. No discuta con él, aunque la critique o se burle de usted. Trate de relajarlo por la tarde dándole masajes. Anímelo para ver por televisión todos los deportes que le apetezcan aunque eso signifique para usted perderse sus programas favoritos. Y lo más importante de todo, todas las noches después de cenar haga todo lo que sea necesario para satisfacer todos sus caprichos. Si puede hacer lo que le digo, día tras fía, durante seis meses, creo que Maurice recuperará por completo la salud.

A la salida de la consulta, Maurice preguntó a Millie:

–    ¿Qué te dijo el médico?

–    Dijo que te vas a morir”.

La segunda historia se refiere a la actitud de quienes sobreviven.

“Ole murió y su esposa Lena fue al periódico local a poner una esquela. El caballero que la atendió en el mostrador, después de darle el pésame, preguntó a Lena qué le gustaría decir de Ole. Lena respondió:

–    Ponga solo: Murió Ole.

–    Asombrado, el hombre dijo:

–  ¿Eso es todo? Tiene que haber algo que a usted le guste decir sobre Ole. Vivieron juntos cincuenta años, tienen hijos y nietos. Además, si lo que le preocupa es el dinero, le diré que las cinco primeras palabras son gratis.

–    De acuerdo, dijo Lena, Escriba: “Murió Ole. Se vende barca”.

El profesor Agustín de la Herrán y la profesora  Mar Cortina escribieron hace años un libro titulado “La muerte y su didáctica”. Se trata de una propuesta de inspiración innovadora, laica y secuenciada para trabajar en la etapa infantil, en primaria y en secundaria. Ambos docentes pertenecen a un equipo que está investigando desde hace más de quince años esta importante cuestión. No podemos dar la espalda a la muerte en la educación.

Hay que evitar el silencio, el miedo y el engaño. He leído hace poco una novela en  la que se cuenta que un profesor llevaba a sus alumnos a los cementerios para que estudiasen el contenido de los epitafios. Uno de ellos decía: “Ocupado”. Interesante ejercicio didáctico. Hace tiempo comenté en un artículo este otro: “Te dije que estaba enfermo”. Cuánto ingenio.

Nexos causales tramposos

1 Ago

Estar educado es desarrollar el pensamiento crítico. Estar educado, decía Paulo Freire, es pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Estar educado es generar en la mente detectores de mentiras. Cuando una persona está educada es difícil darle gato por liebre. Está ojo avizor y sabe descubrir los engaños y las trampas, por muy sofisticadas que sean.  Por eso digo que educar es ayudar a que la mosca salga del cazamoscas.

Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

En la política se emplean muchas trampas, muchas argucias, muchas falacias, muchas mentiras para conseguir ganar el apoyo de los electores y alcanzar (o mantenerse en él si ya se tiene) el poder. Lo explican Daniel Klein y Thomas Cathcart en su excelente libro “Aristóteles y un armadillo van a la capital”, que lleva como aclaración este significativo subtítulo: “Cómo detectar las mentiras de los políticos con humor”. Ojo, no digo que todos los políticos mientan. Y que mientan siempre. No. Algunos lo hacen y otros no. Algunos lo hacen unas veces y otras no.

Estoy harto de ver cómo se manipulan en el discurso político  dos procesos complementarios de análisis, como son el de comprobación y el de atribución. En efecto, una cosa es comprobar, que no es tan fácil como parece, y otra atribuir, que es más complicado todavía. Pues bien, estoy literalmente harto de oír al señor Rajoy (lo repite sin cesar en unos foros y otros), venga o no a cuento) una argumentación interesada y tramposa acerca de la situación económica española y concretamente, acerca de la destrucción y creación de empleo. Argumentación que se recrudece en tiempos electorales.

El señor Rajoy se ha aprendido un discurso que suelta con ocasión y sin ella. Lo repetiré casi con palabras exactas. “Con políticas de ocurrencias se perdieron tres millones de empleos, pero con políticas serias se ha conseguido enderezar el rumbo y empezar a crear empleo. Hay que seguir con estas políticas y no volver  a las que nos llevaron al desastre”. Así de claro, así de sencillo… y así de falso.

Creo que piensa que, si lo repite muchas veces, los ciudadanos (adversarios, simpatizantes y fieles) acabarán por creerlo. Hasta he llegado a pensar que él mismo ha acabado creyéndoselo.

Parte la trampa de la utilización tendenciosa del nexo de causalidad. Una cosa es comprobar y otra, muy diferente, atribuir. En los dos procesos puede haber escaso rigor. Y, en algunos casos, mucha indecencia.. Pensemos en el nivel de desempleo. Hace falta rigor para comprobar cuál es la situación que vive el país. No es tan sencillo como parece.  En esta parte puede haber trampas. Se puede considerar como pleno y perfecto empleo lo que solo es empleo precario o empleo temporal o empleo  estacional o empleo amenazado, o empleo humillante…  Se puede hacer el cómputo en un momento u otro, en un lugar u otro… A nadie se le oculta que, al confeccionar una estadística de empleo se pueden utilizar criterios de muy diferente índole. Algunos de ellos, interesados.

Hay otro momento  más delicado que llamaré de atribución. Se trata de explicar por qué las cosas son así. Es decir, cuáles son las causas que han conducido a la situación actual. Y las consecuencias. Aquí también puede haber trampas. Volviendo al caso del empleo o desempleo, se trata de explicar por qué motivos, qué causas han llevado a los actuales efectos.

Para el señor Rajoy no hubo una crisis económica sin precedentes, no hubo una burbuja inmobiliaria (y, si la hubo, no hay que preguntarse quién la creó),  no hubo otros países que vivieron unas situaciones críticas, no hubo una subida escandalosa del petróleo, no hubo un dramático descenso  de la confianza… Para el señor Rajoy hubo una política de ocurrencias impulsada por un partido político que, casualmente, es su adversario político. Y ahora no hay un viento favorable que impulsa la economía, no hay bajada espectacular del precio del petróleo, no hay enriquecimiento de los más ricos y empobrecimiento de los más pobres… Ahora solo hay políticas serias.

Con lo cual se llega  a la conclusión de que quien no vote al señor Rajoy es un imbécil que quiere que se siga destruyendo empleo y no está por la labor de apoyar a políticos serios que ponen en marcha políticas inteligentes  que llevan a la salvación. ¿Cómo puede haber un solo ciudadano que no le vote? ¿Cómo puede haber una sola persona que se apunte a las políticas de ocurrencias? Quién es el tonto o el irresponsable que prefiere el desastre a la salvación?

No es tan sencillo, no es tan simple, no es tan diáfano como dice el señor Rajoy. No es que antes gobernasen los tontos y los malos y ahora los listos y los buenos. No es que antes gobernasen los irresponsables y ahora los serios, antes los torpes y ahora los listos.

Explicaré lo que hasta ahora he dicho con una pequeña historia sobre los procesos de atribución, sobre estas trampas que, como fácilmente se verá, no tienen que ver solo con el rigor sino que están penetradas de ética.

Una persona tiene un saltamontes en la mano y le dice, indicándole la otra mano:

– Saltamontes, salta.

El saltamontes salta a la otra mano ágilmente. Y, cuando se encuentra en ella, le vuelve a decir:

–       Saltamontes, salta.

En ese momento le arranca todas las patas (ojo, se trata solo de una historia)  y, cuando, ha terminado, le vuelve a ordenar al saltamontes con tono imperativo:

–       Saltamontes, salta.

Pero ahora el saltamontes se queda inmóvil y silencioso. El experimentador saca la siguiente conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Claro que se puede llegar a esta conclusión. Parece que está cargada de lógica. Como el saltamontes se queda quieto, me invento el nexo de causalidad y lo atribuyo a que el saltamontes, al cortarle las patas, pierde también el oído. Y ahora no obedece la orden, no porque no pueda saltar sino porque no ha escuchado el mandato. La aplicación de la historia que acabo de contar a los razonamientos del comienzo del articulo es, a mi juicio, muy clara.

Hay que estar prevenidos. El discurso tramposo, repetido una y otra vez, acaba calando. Se simplifica, se tergiversa, se repite,  se le reviste de un poco de seriedad y mucha gente acaba creyéndoselo.

Luego se añade un poco de adulación a la ciudadanía. Porque, después de decir que es el gobierno con sus políticas serias quien evitó el rescate, el que nos salvó del desastre, se dice que quien salvó al país del abismo fue el sacrificio de los españoles. Como si ese sacrificio hubiese sido una decisión soberana y no una imposición de la que no pudo librarse.

Este tipo de argumentación, más propio de mítines que de debates parlamentarios, de una tertulia de café que de un foro de pensamiento, debería ser desmantelado con rapidez y energía. Basta oír a  economistas de otro signo para comprobar que la trampa es elemental, es escandalosa e inmoral.

Resulta sumamente importante colocar ante los medios de comunicación espectadores inteligentes, capaces de desmontar las falacias, de descubrir las trampas, de desmontar las simplificaciones. No es deseable que nos la den con queso. Hay que avivar el espíritu crítico.

Alguien nos ha robado la tienda

17 May

Una cosa es ser malpensado y otra ser un ingenuo de tomo y lomo. Y creo que estamos situados más bien en la segunda categoría. Nos dicen que si votamos a este o al otro seremos felices y, hala, nos lo tragamos sin pestañear. Luego nos damos el batacazo. Nos dicen que hay limbo y, hala, nos lo creemos a pie juntillas. Luego nos dicen que se lo habían inventado, que era para asustar a quienes se mostraban renuentes a bautizar a los hijos. Nos dicen que la LOMCE (ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Educación) resolverá los problemas del sistema educativo español y, hala, lo aceptamos sin rechistar. Ya comprobaremos el desastre. Nos dicen que tomando unas pastillas se va a corregir el síndrome de DTF y, hala, nos lo tragamos como si fuera un sorbo de agua. Y el problema sigue. Nos dice la publicidad que un producto nos va quitar las arrugas o nos va a hacer crecer el pelo y pensamos que así sucederá. Y luego nos vemos con más arrugas y más calvos. Nos dicen que todo es por nuestro bien y, hala, lo damos por bueno. Nos lo tragamos todo. En definitiva, que somos unos papanatas.

- Watson, estúpido, ¡que alguien nos ha robado la tienda!

No es que tengamos que desconfiar de todo, pero casi. La lógica y la experiencia nos instan a ser precavidos. Es decir, que tenemos que afinar nuestro espíritu crítico, desarrollar nuestra capacidad de observación y de análisis, y tenemos que poner en tela de juicio las promesas, las leyes, las amenazas y las explicaciones.
En el interesante libro, al que me he remitido en varias ocasiones, “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar, de CATCHCART y KLEIN, se cuenta una simpática historia que quiero compartir con mis lectores y lectoras y que me servirá para reflexionar sobre el tema que estoy abordando en estas breves líneas. Sabido es que una historia puede ser un buen camino para llegar al lugar al conocimiento buscado.

Holmes y Watson se han ido de acampada. En plena noche, Holmes se despierta y le da un codazo a Watson.

– Watson –le dice- mire al cielo y dígame qué ve.

– Veo millones de estrellas, –responde Watson.

– ¿Y qué conclusiones saca, Watson?

– Bueno –dice-. Astronómicamente veo que hay millones de galaxias. Astrológicamente, observo que Saturno está en Leo. Por la hora, deduzco que son aproximadamente las tres y cuarto. Meteorológicamente, sospecho que mañana hará un día espléndido. Teológicamente, contemplo la grandeza de Dios y nuestra pequeñez sin sentido.. Esto… ¿y usted qué ve?

– Watson, estúpido, ¡que alguien nos ha robado la tienda!

Eso es. Eso es lo que nos pasa. Que mientas miramos al cielo embobados, alguien nos lleva la tienda, mientras nos entretenemos haciendo consideraciones variopintas, alguien nos birla la vida, su sentido, sus alegrías. Algunas veces me pregunto cómo es posible que seamos tan crédulos. Cada vez que veo programas de videntes, curanderos, adivinos y otras especies me pregunto cómo puede haber gente que se trague ese anzuelo.

La educación debería dar herramientas para comprender el mundo, para descubrir los hilos ocultos, para saber que esos hilos están ahí porque alguien los ha puesto y para saber que esos hilos se pueden romper. La educación debería ser un proceso que ayuda a la mosca a salir del cazamoscas.

¿Cuántas cosas nos apartan de lo que realmente es importante? ¿Cuántas personas se empeñan en darnos gato por liebre? ¿Cuántos distractores nos alejan del núcleo de la realidad? Watson se entretiene haciendo cábalas diversas que le impiden conocer lo que realmente ha pasado. Les han robado la tienda y están durmiendo a la intemperie.

Políticos, sacerdotes, profesores… y otros diversos persuasores nos asemejamos a trileros que despistan con sus movimientos a quien desea saber dónde se encuentra la bolita, es decir, la clave del asunto.

– Por aquí, por allí, por allá… ¿Dónde está la bolita?

El caso es que te parecía más que seguro que la habías visto debajo del vasito central, pero resulta que no estaba allí. Parece increíble. Lo hubieses jurado. La viste allí. Y has perdido. Te han engañado. Lo malo es que algunos vuelven y vuelven a jugar. No escarmientan nunca.

¿Cuántas afirmaciones de los mítines, de las homilías y de las clases tendríamos que poner en tela de juicio y, sin embargo, aceptamos como dogmas? Me pregunto el porqué. Y encuentro dos tipos de causas que provocan el papanatismo. Unas dependen de quien engaña. Y se sustentan en las intereses que busca, en los conocimientos que posee, en las habilidades que tiene o en su poder de seducción. Otras dependen del engañado y en ellas me quiero detener un poquito más, ya que éstas dependen de nosotros.

A veces es por pereza mental. Efectivamente, algunos confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. Cuesta más ponerse a pensar que creer a pie juntillas lo que otro dice. La tarea de pensar es exigente.

Tiene demasiada fuerza el argumento de autoridad. Se define así: vedad es lo que la autoridad dice que es verdad. Esa autoridad puede ser religiosa, política, militar o académica. Algunos han renunciado a su obligación de pensar entregando la responsabilidad a sus jefes.

El argumento sociológico es también peligroso. Se define así: verdad es lo que la mayoría dice que es verdad. Pero la verdad no se vota. La verdad se construye. O, mejor dicho, se va construyendo.

Otras veces la credulidad tiene su origen en la falta de información. La persona instalada en la ignorancia es más fácilmente engañada. Por eso es tan importante el conocimiento.

Cómo no hacer mención a la estupidez. Hay quien se siente muy bien engañándose a sí mismo, haciendo hablar a la realidad para que le de la razón. ¿Quién no ha oído alguna versión de la siguiente historia?

Un hombre sale cada mañana al quicio de la puerta y exclama:
– Que esta casa esté a salvo de tigres.

Y se vuelve para adentro.

Alguien, que observa su gesto cotidiano desde la casa vecina, se dirige a él un día y le dice:

– Pero, ¿qué hace? ¿Por qué dice eso si no hay ningún tigre a miles de kilómetros a la redonda?

El interpelado responde con énfasis:

– ¿Lo ves? Funciona, funciona…

Estamos en plena campaña electoral. Y todas estas reflexiones, que son válidas para cualquier aspecto de la vida, se hacen especialmente interesantes para estas fechas y, en especial, para el día de la votación. Hay que informarse, hay que escuchar, hay que leer, hay que analizar con rigor, hay que comparar Se repiten muchos tópicos, se hacen muchas promesas, se utilizan algunas falacias. Conviene cribar todas las frases, descubrir todas las trampas, matizar todos los datos. Los números, que parecen estar investidos de rigor científico, suelen utilizarse de manera interesada y falaz.

No todos los políticos son malos. No todos son iguales. Hay que discernir. Las descalificaciones generalizadas, además de ser profundamente antidemocráticas, carecen de rigor y están llenas de escepticismo y de perversidad. Hay que ir a votar. Y hay que ir a votar con la responsabilidad de quien sabe qué, a quién y por qué está votando.