Ejemplo de mal ejemplo

12 Abr

Supongo que el lector o lectora se habrán enterado. La noticia ha corrido como la pólvora por los medios de comunicación y los mentideros políticos. Repasaré rápidamente los hechos para que se sitúen quienes me leen desde lugares alejados de España. La señora presidenta del Partido Popular de la Comunidad de Madrid, doña Esperanza Aguirre, aparcó su coche hace unos días en el espacio reservado para el carril bus en la Gran Vía de Madrid. La Policía de Movilidad le pidió la documentación (la suya y la del coche) y ella, en lugar de entregárselas, como hubiera hecho cualquier ciudadano medianamente educado, optó por darse a la fuga, derribando con su coche una moto de la policía y desoyendo las reiteradas órdenes de que detuviese su vehículo. Comportamiento triplemente indebido: aparcar en un lugar prohibido, negarse a entregar la documentación y huir a pesar de las órdenes de detención. Perfecto ejemplo de mal ejemplo.

Comportamiento triplemente indebido: aparcar en un lugar prohibido, negarse a entregar la documentación y huir a pesar de las órdenes de detención. Perfecto ejemplo de mal ejemplo.

Pero, con ser este comportamiento inadmisible en una persona que tiene una responsabilidad política tan importante, lo peor, a mi juicio, ha venido después. La señora Aguirre, que tiene una cara de feldespato, se ha paseado por emisoras de radio y televisión falseando la realidad, inculpando a los agentes de la policía, haciendo bromas improcedentes y acusando a los profesionales que la multaron de machistas. ¿Machistas? O sea que el profesor que suspende merecidamente a una alumna es un machista, el conductor de un autobús que no deja subir a una mujer sin billete es un machista, el portero de un teatro que no deja pasar a una mujer sin entrada es un machista… Lo dicho, cara de feldespato.

Para la señora Aguirre hay dos tipos de ciudadanos, ella y los que quisieran ser como ella. Los que quisieran ser como ella, y no lo son, pertenecen a una categoría inferior. Ella puede aparcar donde quiera, negarse a dar la documentación, no hacer caso a las órdenes, reírse de los agentes, falsear la realidad y decir que ella no dimite porque no quiere dimitir.

Y, como digo, lo peor no fue la reacción inmediata, que se puede explicar por la rabia, la mala suerte de haber sido sorprendida en una infracción fugaz, la prisa por llegar a casa… Lo peor es que, ya en frío, ha mantenido y agravado su prepotente e inadmisible reacción inicial.

Afortunadamente, tanto la alcaldesa de Madrid como la vicepresidenta del Gobierno (ambas de partido), lejos de reírle las gracias, han dicho que la ley es igual para todos y que no ponen en tela de juicio la profesionalidad de la policía.

He dicho muchas ves que no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. ¿Qué autoridad le asiste a la señora presidenta del PP cuando insta a los ciudadanos y ciudadanas a cumplir la ley, a responder a los requerimientos de la policía, a respetar los bienes públicos…?

Desde mi punto de vista, lo sucedido es muy grave. Porque desvela unas actitudes que si se ponen de manifiesto de esta manera tan escandalosa en un incidente menor y público, ¿qué puede uno pensar que sucederá en asuntos de mayor trascendencia que permanecen ocultos a los ojos de la ciudadanía?

En una emisora de radio algunos tertulianos, incluida la presentadora, se mostraban muy sorprendidos por el proceder de la señora Aguirre. A mí no me extrañó nada su comportamiento porque pienso que su talante es autoritario, porque su actitud suele ser altiva. Las manifestaciones posteriores me parecieron de una desfachatez inaudita. De modo que no solo no pide perdón a los agentes, que tuvieron una actuación impecable, sino que dice que aparcaron mal su moto, que quien sufre un ataque de ansiedad por multar a una persona famosa no puede ser policía, que hicieron falta seis hombres para imponerse a una “sexagenaria”…

Es la típica reacción del “¿usted sabe quién soy yo?”, “a usted se le va a caer el pelo”, “tenga cuidado con lo que hace”, “usted no sabe con quién está hablando”… Pues sí lo sabemos, deberían haberle dicho los agentes: ”estamos hablando con una ciudadana que debe cumplir como todos la ley, que tiene que respetar las normas, que tiene que servir al pueblo y no servirse de él, que está ahí porque el pueblo la ha elegido, que por ser autoridad tiene que dar ejemplo…”.

Estas son las típicas autoridades a las que uno puede temer. Por eso me ha parecido valiente el comportamiento del policía que acudió a una comisaría a denunciarla. Sin amilanarse, sin achantarse, haciendo lo que hubiera hecho con cualquier otro ciudadano o ciudadana. Este tipo de personas suelen defender a la policía cuando interviene con cierta contundencia en manifestaciones y conflictos. Pero cuando se trata de ellas mismas, la situación es diferente. Ellas no pueden ser multadas, a ellas no se les puede pedir respetuosamente la documentación, no se les puede exigir que se detengan. Pero, ¿por quién se tienen? No saben lo que es la democracia. Ellas vienen de lo alto para hacer su santa voluntad.

Acabo de leer en este periódico que doña Esperanza se pregunta con sorpresa por qué se dedica tiempo a critica su comportamiento dada la gravedad de los problemas que existen. Pues mire, doña Esperanza, se lo diré en breves palabras: porque el mal ejemplo de los políticos y las políticas, en este y otros terrenos, es un problema muy grave. Esa reacción de prepotencia deja traslucir un talante, una actitud, una forma de ser que nada tienen que ver con la democracia.

También he oído a los turiferarios de turno justificar la postura de esta peculiar lideresa popular o explicarla de manera para mi incomprensible. Han dicho que todo se debe a una conspiración de la izquierda, han dicho que le tienen envidia por ser rubia y aristócrata y que ella tiene esos atributos masculinos que tanto admiran algunos empresarios cuando se refieren a ella.

Nunca se insistirá suficiente en el valor que tiene la autoridad en una democracia. Porque en ella la autoridad está al servicio del pueblo, está para dar ejemplo de honradez y de cumplimento de las leyes. Esto se oye una y otra vez en época de elecciones, pero se olvida fácilmente cuando éstas se celebran. Qué tremendo error la postura de algunos políticos combatiendo a brazo partido la imprescindible asignatura de “Educación para la ciudadanía”. Se nota mucho en algunos y algunas que no la cursaron. Este es el caso.

En el libro de Thomas Catchcart y Daniel Klein “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, que tiene como subtítulo “Las mentiras de los políticos analizadas con humor” se dice: “Pedir disculpas siempre es complicado para los políticos: tienen que parecer humildes pero fuertes, afectados, pero dignos, responsables, pero culpables. No obstante, la combinación de opuestos no ha constituido nunca un problema para los políticos hábiles. Y como lo maestros de la comedia, saben que todo consiste en encontrar un momento preciso”.

Ni eso ha sabido hacer en este caso doña Esperanza. Ella no pide disculpas, da golpes. Ella no reconoce el error, hace bromas. Ella no quiere dimitir y, de hecho, no lo hará. Tampoco la relevarán sus jefes. Pero los ciudadanos y ciudadanas tenemos en las manos la posibilidad de decir en las eleccciones cuál es nuestra opinión al respecto.

El arte de no decir la verdad

8 Feb

Deberíamos llevar incorporado a la mente un detector de mentiras. Pienso que ese utilísimo aparato solo se puede adquirir con la educación. Es decir, que solo quien está educado, quien ha aprendido a pensar, a discriminar, a ponderar, a comparar, a observar, a dilucidar, a sopesar, a investigar… consigue instalarse ese mecanismo tan necesario en la vida.

Al día siguiente, el capitán, ya lúcido, se hace cargo del barco y de la redacción y termina su informe del día escribiendo: Nota: Hoy mi segundo de a bordo no se ha emborrachado.

Digo esto porque hay muchas personas que pretenden engañarnos. Nos engañan muchas veces los políticos, utilizando el lenguaje de una manera ladina. Y así pueden hablarnos de “un avance estratégico hacia la retaguardia” para referirse a una vergonzosa huida, de un “crecimiento cero” para describir la ruina económica o de una “salida de la crisis” para decirnos que los más de cien mil nuevos parados del mes de enero son menos que los que hubo en el mismo mes del año pasado.

Se puede mentir ocultando la verdad, utilizando eufemismos para describirla, diciendo medias verdades, falseando o silenciando los hechos, utilizando ambigüedades o diciendo literalmente la verdad con intención de engañar.

Sí, se puede engañar diciendo la verdad. Lo expresa muy bien aquella historia del capitán de un barco que, un buen día (o malo, vaya usted a saber), se emborracha hasta perder la noción de la realidad. Su segundo de a bordo, que tiene que hacerse cargo del gobierno del barco, escribe esa noche en el cuaderno de bitácora:

– Nota: Hoy, el capitán se ha emborrachado.

Al día siguiente, el capitán, ya lúcido, se hace cargo del barco y de la redacción y termina su informe del día escribiendo:

– Nota: Hoy mi segundo de a bordo no se ha emborrachado.

Así había sido, ese día no había bebido, pero al decir la verdad de esa manera, manifestaba que la sobriedad era la excepción y el alcoholismo la costumbre en la vida de su segundo.

Es altamente aconsejable el libro De Thomas Cathcart y Daniel Klein “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital” que tiene este elocuente subtítulo: ˝Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En una de sus interesantes ilustraciones aparecen tres políticos que están preparando un discurso para la campaña electoral. Y uno de ellos le dice a los otros:

– “Es un buen discurso… solo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”.

Efectivamente, se puede mentir oscureciendo las ideas, haciéndolas casi ininteligibles, explicando de forma oscura lo que podría ser expresado de forma meridianamente clara.

Me pregunto muchas veces por qué nos dejamos engañar con tanta frecuencia. Y siempre llego a la misma conclusión: porque no tenemos una buena educación, ya que si no fuera así, estaríamos preparados para detectar el engaño, para no ser tan crédulos, tan ingenuos, tan estúpidos.

No solo mienten los políticos. Lo hacen también los medios de comunicación, a veces de forma descarada, otras de manera sutil. Basta ver las diferencias en los titulares en periódicos de diferente ideología sobre las mismas noticias. Se diría que no están hablando de los mismos hechos. Nos engaña también, de forma a veces sibilina, la publicidad.

¿Podremos saber alguna vez lo que costó realmente el fichaje de Neymar, jugador del Barcelona Club de Fútbol? ¿Por qué no dicen la verdad ni a la primera, ni a la segunda, ni a la última? Primero cincuenta millones, después cien, después ciento treinta… Contratos y subcontratos, unos por jugar, otros por derechos de imagen, otros por productividad… Todo se enmaraña para esconder la verdad. Llega uno a pensar, al final, que la verdad ni existe.

Le pueden mentir los jefes de las empresas a los trabajadores y los trabajadores a los jefes, los profesores a los alumnos y los alumnos a los profesores, los hombres a las mujeres y éstas a los hombres en sus relaciones de pareja…

Se puede mentir con adulación descarada, falsas promesas, silencios programados, actuaciones hipócritas, argumentos falaces, restricciones mentales, comportamientos desleales, fingidos arrepentimientos, engañosos propósitos, palabras equívocas… Decía Lichtenberg: “no son las mentiras francas sino las refinadas verdades las que entorpecen la expresión de la verdad”.

Tengo en mis manos un libro titulado “El arte de no decir la verdad”, de Adam Soboczynski, un escritor polaco afincado en Berlín que es colaborador habitual del suplemento del semanario Die Zeit. En treinta y tres interesantes relatos ofrece un decálogo de conducta para desenvolverse en un mundo en el que, como él mismo advierte, “acechan las trampas y reinan las intrigas”.

Soboczynski dice, en una de sus treinta y tres historias ejemplares, que también podemos engañarnos a nosotros mismos.

Hay que formularse continuamente, yo diría que obsesivamente, cadenas de “porqués”. Hay que interrogarse sin cesar. Hay que poner en tela de juicio la información. Hay que preguntarse por qué la realidad es como es y no es de otra forma.

¿Por qué antes nos decían que había un limbo al que iban los niños y las niñas no bautizados y ahora nos dicen que ya no existe? ¿Por qué promulgan ahora una ley para mejorar la calidad de la educación quienes hacen recortes y empeoran las condiciones que permiten alcanzarla? ¿Por qué estamos sumidos en una crisis económica que ha hundido en la miseria a muchas familias? ¿Por qué dicen que la Infanta Cristina está imputada por ser quién y no por sus actuaciones indecentes? ¿Por qué nos viene ahora el cardenal Fernando Sebastián a decir que la homosexualidad es una enfemedad? ¿Por qué el señor Gallardón y el señor Rocuo (no por casualidad varones) pretenden precisamente ahora regular la práctica del aborto?… ¿Por qué…? ¿Por qué…?

Gianni Rodari, maestro y pedagogo italiano, publicó un sustancioso libro póstumo titulado “El libro de los por qué”. Dice Rodari en su hermoso libro que “el juego de los por qué es el más viejo del mundo. Incluso antes de aprender a hablar el hombre ya debía de tener en la mente. El cielo y la tierra están todavía llenos de interrogantes… El niño dispara sus por qué como una ametralladora. Sus preguntas –serias, cómicas, extrañas, divertidas, conmovedoras- caen sobre las cabezas de los padres como el pedrisco”.

Con el tiempo se va reduciendo la inquietud, se va perdiendo la curiosidad. Nos vamos adormeciendo. Einstein era un gran dormilón pero él decía que, cuando estaba despierto, estaba mucho más despierto que los demás. Algunos están dormidos.

No basta formular preguntas. Hay que buscar concienzudamente las respuestas. Hay que contestar con rigor, con exigencia, con lógica, con argumentos. No con suposiciones, intuiciones, supersticiones, revelaciones o aproximaciones interesadas.

Para que las respuestas sean rigurosas necesitamos la reflexión. Una reflexión cimentada en hechos y no en prejuicios, basada en argumentos y no en creencias. Para llegar a conclusiones valiosas tenemos que tener capacidad de análisis y de discernimiento. Tenemos que aprender a pensar. Aprender a pensar es el fruto de la verdadera educación.

Atraco a ley armada

11 May

Thomas Cathcart y Daniel Klein escribieron en el año 2007 un interesante libro titulado “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”. El subtítulo aclara de forma precisa el contenido de la obra: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. Claro que, muchas de esas mentiras en lugar de risa lo que producen es mucha rabia, mucha indignación y mucho dolor. Los políticos dicen, sobre todo en época de elecciones, que se van a preocupar por los ciudadanos y luego hacen leyes que les oprimen, exprimen y destruyen.

El fin de la ley es el desarrollo de la justicia. ¿Qué hacer cuando son las leyes las que la quebrantan?

Acabo de recibir una notificación del Ayuntamiento de Málaga en la que se me informa de que mi coche ha sido denunciado por circular a 56 kilómetros por hora en una vía (calle Pintor Joaquín Sorolla de la capital) que tiene limitada la velocidad a 50. Esa diferencia de 6 kilómetros tiene una penalización de 100 euros. ¿Quién lo ha decidido? ¿Alguien que mira por la seguridad de la ciudadanía? Creo que no. Pienso que ha sido alguien que mira por las arcas. Alguien que exprime al ciudadano como si fuera un limón. Un limón con muy poquito jugo, por cierto. Ya le han dejado casi seco las bajadas (o la pérdida) de salarlo, las subidas de impuestos y, en definitival, el encarecimiento de la vida.

Hay que pagar. Lo manda la ley. Una ley hecha no a favor del ciudadano sino a favor del recaudador. Porque yo me pregunto qué riesgo se genera por circular a esa velocidad en ese lugar. Me pregunto también qué criterios ha tenido en cuenta el legislador para imponer esa cuantía en la sanción. Porque considero que cien euros, en la situación económica que está la mayoría de las familias, es una cantidad considerable.

El afán recaudatorio de nuestras autoridades es tan indecente que casi produce sonrojo. Bueno, lo que principalmente produce es una rabia tremenda. ¿No saben que hay muchas personas en paro? ¿No saben que quien trabaja cobra un sueldo cada vez menor?

Creo que hay más peligro en circular muy pendiente del cuentakilómetros y de las señales que en hacerlo de forma relajada y responsable, atendiendo al sentido común. Sé que tiene que haber normas. Sé que hay que cumplirlas, que para eso están. Pero sé también que las normas pueden ser arbitrarias, injustas y abusivas. Es un deber del ciudadano analizar la finalidad de las leyes, su racionalidad y su justicia y exigir que sean justas y razonables cuando no lo son.

El fin de la ley es el desarrollo de la justicia. ¿Qué hacer cuando son las leyes las que la quebrantan? ¿Qué hacer cuando el legislador ha mirado más para sus intereses que para los del ciudadano? Estoy harto de ver en las carreteras señalizaciones y radares que no obedecen a la preocupación por la seguridad sino que están puestas como ratoneras en las que caen los conductores más avisados. He visto reducir la velocidad de 100 a 80 en un tramo de la circunvalación de Málaga que no encierra ningún peligro. Y he visto cómo caen en ese cepo los conductores de forma casi constante.

¿Qué decir cuando la grúa se lleva tu coche? Eso sí que es una crisis económica para una familia cuyos miembros adultos están en el paro. Pagar la multa, el taxi para ir a buscar el coche y la sanción correspondiente. ¿Hay derecho a ese proceder? Y qué cantidades. ¿Dónde está la sensibilidad del legislador, la comprensión para las familias? ¿Son sinceras sus palabras cuando hablan de que lamentan los problemas por los que atraviesan los ciudadanos?

Se trata de atracos a ley armada. Es una forma de proceder injusta que ampara la ley. Si entro armado en un banco y encañono al cajero exigiéndole la entrega de cien euros (aunque sea para dar de comer a los hijos) y, por el celo acreditado de quien se encarga de la seguridad, soy detenido, me llevan ante un juez y, probablemente, a la cárcel. Pero, si viene el legislador y me encañona con una ley, exigiéndome el pago de 100 euros para gastos de protocolo del Ayuntamiento, los tengo que pagar. Y si no quiero o me olvido de hacerlo, me embargan la cuenta. Otro atropello.

Y luego se quejan de la desafección política que tenemos los ciudadanos. Quien me roba a mano armada no es un delincuente común, es un señor (o señora) que ha decidido con una caradura tremenda: pues nada, a ese pardillo que supere en 6 kilómetros la velocidad indicada, metámosle una sanción de 100 euros. Hala, que pague, que para eso ha tenido el descuido.

Estoy seguro de que pocos lectores que conduzcan motos o coches se habrán escapado de atropellos similares. Un aparcamiento en un paso de peatones conlleva una sanción de 200 euros. Un exceso de velocidad de 25 kilómetros supone 300 euros, no identificar al conductor tiene una sanción de 300 euros…

Y uno se pregunta, ¿por qué suben las multas y bajan los sueldos? ¿Por qué tienen las mutas esa cuantía desorbitada en un momento de crisis tan brutal como este?

Se me podrá decir: cumpla usted la ley de forma estricta y no será sancionado. Pero yo no estoy discutiendo si hay que pagar o no. Lo que estoy discutiendo es por qué hay que hacerlo y en qué cuantía. Conozco países que tienen otros criterios menos crueles.

Porque ese señor que me encañona con la ley y me obliga a pagar ha sido puesto por nosotros ahí para velar por nuestros intereses. Y que luego, con el dinero recaudado, hace lo que le parece oportuno. Y, por cierto, lo que le parece oportuno, no suele ser transparente ni muy defendible desde si se mira desde la perspectiva del bien común. Con ese dinero, por ejemplo, pagan asesores y asesoras que contratan a dedo para no sé qué trabajos de asesoría.

La educación para la ciudadanía me obliga a conocer la ley y a cumplirla. Pero me obliga también a pensar en el sentido que tienen las leyes, en su finalidad, en su racionalidad, en su justicia. Y, si son injustas, me obliga a denunciarlas. Eso hago.

Estoy indignado por la política de multas. Una política insensible con la situación de las familias, Porque yo me imagino a una familia en paro que tiene un vehículo y que tiene dos despistes (tan comprensibles) en un mes. ¿De dónde saca el dinero para pagar las multas?

No comparto la idea de que las sanciones tienen una intención didáctica. No se aprende a palos. No se aprende a través de las sanciones. Porque, sí, puede ser que esa multa elevada te haga ir con más cuidado. Pero la causa es el miedo, no la convicción de que haya que aprender a convivir, a evitar el peligro. Eso hace que, cuando no hay riesgo de sanción, te importe tres cominos quebrantar las normas de circulación. Porque la finalidad no es la convivencia y el respeto, sino el ahorro de la multa.

Tampoco digo que tengan que desaparecer las sanciones. Pero tienen que estar más justificadas y tener una menor cuantía. Es inadmisible que mientras más crisis exista las sanciones sean más duras porque hay que recaudar. ¿De dónde sale esa recaudación? Del bolsillo de quienes han sido previamente expoliados por la crisis. Maldito círculo vicioso.

El saltamontes no oye

29 Mar

Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Planteamos nexos de causalidad de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. “Esto va a suceder por esto”, anunciamos con sorprendente contundencia. Como si esas conexiones fuesen siempre palmarias e indiscutibles.

Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte”, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin tener en consideración que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. El partido del gobierno dice que todo el problema económico actual proviene de la herencia que le ha dejado el partido socialista. La causa del paro era para el PP el mal gobierno de Zapatero y el incremento de un millón de parados que se ha producido con el actual gobierno es también para el PP consecuencia de aquella forma de gobernar. En definitiva que utilizamos sin cesar la lógica de autoservicio. Un mecanismo intelectual que le hace hablar a la realidad para que nos de la razón.

La fe es una fuente de causalidades frecuentemente gratuitas. Los creyentes dicen sin ambages que ha sido el Espíritu Santo quien ha inspirado a los cardenales la elección del actual Pontìfice. ¿Cómo se puede demostrar esa causalidad? Dicho sea con todo mi respeto a los creyentes. Las oraciones son estrategias que pretenden establecer la causalidad entre lo bueno que nos pasa y el favor divino. Recuerdo que, en una lejana investigación que hicimos sobre la educación diabetológica, algunos padres/madres atribuían la enfermedad del hijo a un castigo que habían recibido por algo malo que habían hecho en el pasado.

Otra fuente de causalidad arbitraria es la supersptición. Esto me ha pasado porque he visto un gato negro (resulta curioso saber que en Irlanda el gato negro es símbolo de buena suerte). Como es martes, día 13, lo malo que suceda ese día tendrá su origen en la fecha. ¿Qué rigor tienen estas afirmaciones?

Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja.

Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha:

– ¡Saltamontes, salta!
Y salta.
Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano:
– ¡Saltamontes, salta!
Y salta.

Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir:
– ¡Saltamontes, salta!

Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también también que es completamente gratuita.

Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera.

Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”.

No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces hemos oído decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE?Sin duda, muchas, Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria.

También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacer mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable.

Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero, como planteaba más arriba, al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro de Luis Rojas Marcos que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.

Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. Eso es la educación: pasar, como decía Paulo Freire, de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Dejarse engañar es malo. Perro engañarse uno a sí mismo es peor. Seamos rigurosos. En honor a la verdad.

Mentir con la verdad

29 Dic

Hay muchas formar de mentir. Una de ellas es el silencio y otra, no menos eficaz, es la verdad. En efecto, se puede mentir diciendo la pura verdad. Cuando hablamos de mentira hemos de tener en cuenta que conlleva la intención de engañar.

Educar consiste e ayudar a generar mecanismos para que la mosca pueda salir del cazamoscas.

Les cuento a mis alumnos, para explicar que se puede mentir diciendo la verdad, la historia de un obispo inglés que iba a realizar un viaje pastoral a Manhattan. Sus asesores le dijeron:

– Monseñor, sea prudente. Existe una actitud muy sensacionalista hacia su viaje. Los periodistas tratarán de cazarle en algún renuncio.

A la tradicional prudencia eclesiástica, añadió el obispo una dosis suplementaria de cautela. De modo que cuando, en la sala de autoridades del aeropuerto, los periodistas comenzaron a plantearle cuestiones diversas, él se fue mostrando extremadamente prudente.

Pasada media hora de entrevistas, uno de los periodistas le preguntó:

– Monseñor, ¿qué opinión le merece la red de burdeles del sur de Manhattan?

El obispo se puso en guardia, extremó el cuidado y contestó con una pregunta, omitiendo cualquier tipo de opinión que pudiera comprometerle. Y dijo:

– Ah, ¿es que hay burdeles en el sur de Manhattan?

Terminó la entrevista, los reporteros recogieron sus cámaras, los fotógrafos se retiraron y el obispo abandonó el aeropuerto, muy satisfecho del modo en que se había desarrollado la rueda de prensa y de cómo había sabido sortear los riesgos.

Al día siguiente su ayuda de cámara compró algunos ejemplares de los periódicos locales. Se llevaron una enorme sorpresa cuando vieron que, en uno de los periódicos, aparecía una foto en primer plano del obispo y éste titular:

– Primera pregunta del obispo al llegar al aeropuerto: ¿Hay burdeles en el sur de Manhattan?

Era en efecto la primera pregunta del obispo. Estaba grabada. Se podría comprobar que la noticia reproducía la pura verdad.

Alex Grijelmo ha escrito un excelente libro titulado “La información del silencio”. Construye en él una interesante teoría sobre las manipulaciones informativas basadas en los trucos del silencio. Una forma de decir callando, de decir medias verdades o de mentir con la verdad entera.

El autor ejemplifica su teoría con casos en los que se hace patente cómo diciendo verdades se puede construir una tremenda mentira. Por ejemplo:

“Anoche fue encontrado el cadáver de Eustasio Peláez en una calle del polígono industrial C-40. Momentos antes se había visto por el lugar a Higinio Gurméndez, con el que tenía un litigo por unas tierras”.

Puede ocurrir que estos tres hechos sean ciertos (se encuentra el cadáver de Eustasio, momentos antes se había visto por el lugar a Higinio y ambos tenían un litigio por unas tierras). De la concatenación de esos tres hechos (los tres verdaderos) se puede hacer una interpretación falsa. El lector puede deducir algo que no se ha dicho…, pero que se ha dejado traslucir. Higinio es el asesino.

Se ha mentido diciendo verdades, presentándolas de manera que se pueda deducir que se ha tratado de un ajuste de cuentas a causa del litigio existente.

Hay otras formas de mentir que se encuentran en la manipulación del lenguaje. Obsérvese esta curiosa forma de redacción de una noticia en el periódico El País.

“Isabel Coixet termina en Canadá el rodaje de My life without me, un drama sobre una joven con una enfermedad incurable que produce Pedro Almodóvar”.

No hace falta hacer muchos comentarios para descubrir la trampa lingüística que conduce al engaño. Conviene estar avisados porque unas son muy obvias, como ésta, y otras más sutiles. Como la siguiente, que también comenta en su libro Alex Grijelmo.

El periodista deportivo de TVE Sergio Sauca fue recriminado en el diario La Vanguardia de Barcelona en relación a sus comentarios en la retransmisión de un partido Barcelona-Madrid disputado el 5 de marzo de 2011. Le criticaba que hubiese dicho “¡cuidado!” cuando el Barcelona atacaba la portería de Casillas. De ahí deducía la parcialidad del periodista, ya que le suponía una inclinación sectaria hacia el equipo de la capital. Sin embardo, el periodista había dicho “¡cuidado!” en 13 ocasiones, 6 cuando atacaba el Barcelona y 7 cuando lo hacía el Madrid., lo cual dejaría al narrador más como barcelonista que como madridista.

Podría ir desgranando muchos más ejemplos, pero no es necesario. Sí lo es alertar al lector o espectador a ser sumamente crítico con las informaciones que recibe.

Le será de gran ayuda el mencionado libro de Alex Grijelmo, doctor en Periodismo por la Universidad Complutense, ya que sienta las bases teóricas del análisis y las ilustra con ejemplos reales de nuestro periodismo actual. Y, en otro orden de cosas, también le ayudará el libro de Thomas Cathcart y Daniel Klein titulado “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, cuyo subtítulo es muy revelador: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”.

Hay que pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica, como decía Paulo Freire. Ese es el quid de la educación. Educar consiste e ayudar a generar mecanismos para que la mosca pueda salir del cazamoscas. El primero de ellos es dar herramientas para facilitar la detección de engaños. Se puede engañar fácilmente. Se puede engañar, como decimos, utilizando para ello la verdad.

Veamos un último ejemplo. Un almirante de barco que, un buen día, se emborrachó hasta extremos de no poder hacerse con la responsabilidad de dirigir el barco. El segundo de abordo escribió aquella noche en el cuaderno de bitácora: “Hoy, el almirante se ha emborrachado”. Cuando, al día siguiente, el capitán escribió en el mismo cuaderno, se vengó de su subalterno diciendo la pura verdad de forma muy clara: “Hoy el vicealmirante no se ha emborrachado”.