¿Para qué saber tanto?

20 Feb

Nos está abrumando la corrupción. Nos está  destruyendo como pueblo. Está generando un clima perverso de desconfianza y de malos ejemplos. Es como si el que no se aprovechase (en la escala correspondiente) de la situación de beneficiarse ilegalmente fuese un imbécil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice: ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

No voy a decir nada sobre esa tremenda competición que se establece entre los partidos políticos: cuál tiene más número de implicados, imputados y condenados, qué casos tienen más gravedad, si el de los unos o el de los otros, qué tipo de responsabilidad institucional existe en los de un color y otro… Lo que se ha dado en llamar el “y tú más”. No voy a ir por ahí. Recuerde el lector aquella vieja definición de ética: “ética es aquello de lo que los demás carecen”.

Quiero plantear hoy una cuestión que afecta a todos los casos. Y es la siguiente: cómo y por qué se pone  el conocimiento al servicio del enriquecimiento ilícito, del engaño a los otros, del abuso de poder para propio beneficio, del imperio del mal…

No digo que cuanto más se sepa, haya más corrupción. Digo que hay mayores posibilidades de que la haya si uno no tiene en cuenta la esfera de los valores, si uno no se pregunta para qué ha de servir el conocimiento…

Y esa idea tiene un rizo que la hace todavía más inquietante. El que sabe hacer esas fechorías, suele saber también cómo ocultarlas, cómo conseguir que nadie las descubra. Lo cual lleva a una desconfianza enorme: ¿qué, cuánto y desde cuándo hay corrupción escondida? Porque muchos de esos casos los destapa un delator, un denunciante, un traidor… Y, ¿cuando no lo hay?

Las operaciones que han llevado a cabo los Rato, los Pujol, los Urdangarín, los Bárcenas, los Roca… no las puede poner en marcha un analfabeto.  Esos delincuentes saben más, han estudiado más, han ido a la Universidad, son más cultos, son más listos que la mayoría de quienes les rodean…  Pero en su propio interés. Utilizan el saber para engañar a quienes saben menos, a quienes no ven más allá, a quienes son más confiados,  más ingenuos, más honestos.

Lo cual me lleva al peliagudo tema de qué es la educación. Saber mucho no es estar bien educado. Tener mucha información no es sinónimo de ética en el comportamiento.

Voy a poner tres ejemplos que encontré hace tiempo en un libro que he citado varias veces y que me parece un compendio de sabiduría: “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar”, del que son autores los filósofos alemanes Thomas McCathcart y Daniel Klein (Editorial Planeta).

Un hombre gana 100.000 dólares (respeto la moneda que los autores utilizan en su relato) en Las Vegas y, como no quiere que lo sepa nadie, se los lleva a casa y los entierra en el patio. Al día siguiente regresa y se encuentra un agujero vacío donde había colocado el dinero. Ve huellas que se dirigen a la casa de al lado donde vive un sordomudo. Decide pedirle a un profesor que vive en la misma calle y conoce el lenguaje de signos que le acompañe a hablar con el vecino. El hombre empuña la pistola y él y el profesor llaman a la puerta del vecino.

Cuando el vecino contesta el hombre agita la pistola ante su cara y le dice al profesor:

–        Dile a este tipo que, si no me devuelve mis cien dólares, le pego un tiro aquí mismo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, bajo un cerezo.

El profesor le transmite el mensaje al vecino, quien responde que ha escondido el dinero en su jardín, al lado del cerezo.

El profesor se vuelve hacia el hombre y le dice:

–        Se niega a decirlo, die que antes muerto.

El profesor usa el saber para engañar al prójimo y quedarse con el dinero. El conocimiento que tiene le sirve  no para ayudar sino para extorsionar. Conocer el lenguaje de signos le ha servido para enriquecerse a costa del que no lo conoce.

¿Cuál es entonces el papel del conocimiento? ¿Para qué sirve?, ¿para qué ha de servir?,  ¿al servicio de quién se pone?  Estas cuestiones me llevan a preguntarme por el papel de la educación. ¿Consiste solo en trasmitir conocimientos, en ayudar a buscarlos, en saber  dominarlos y aplicarlos con soltura y eficacia? ¿No es cierto que hay que cultivar esa segunda dimensión que tiene relación con la ética y que se pregunta por el destino de los mismos, por la finalidad de  su adquisición?

Mientras más sepas, vivirás mejor, les dicen los padres a sus hijos y a sus hijas. No dicen: mientras más sepas, viviremos todos mejor porque haremos un  mundo mejor, un mundo en el que quepamos todos. Porque el conocimiento no se pone al servicio de la solidaridad sino del egoísmo.

Lo mismo diré de la inteligencia, de la capacidad de actuar en situaciones problemáticas, de la habilidad para convertir los conflictos en trampas que llevan al beneficio propio. Y aquí traigo a colación el segundo relato.

Un juez llama a los dos abogados enfrentados a su despacho y les dice:

– La razón por la que os he llamado es porque me  habéis sobornado los dos.

Ambos abogados se mueven, inquietos, en sus butacas.

– Tú, Alan, me has dado quince mil dólares. Phil, tú me diste diez mil.

El juez le entrega un cheque de cinco mil dólares a Alan y dice:

–        Ahora estáis a la par, por lo que en este caso voy a decidir con ecuanimidad.

Y luego está la picaresca. Ese arte y esa ciencia en la que el pueblo español es tan ducho, casi por inercia, casi por tradición. Es la forma de darle vueltas al intelecto para encontrar el modo de beneficiarse de la situación y del prójimo.

Pondré el tercer ejemplo: Un hombre entra en el banco y pide un préstamo de doscientos dólares durante seis meses. El agente le pregunta qué bienes pueden avalarle. El hombre responde:

– Tengo un Rolls Royce. Aquí tiene las llaves. Quédeselas hasta que acabe de devolver el préstamo.

Seis meses después el hombre regresa al banco, paga los doscientos dólares más diez dólares de intereses y recupera su Rolls.

El agente bancario le dice:

Señor, si no es indiscreción, ¿cómo es posible  que un hombre que conduce un Rolls necesite un préstamo de doscientos dólares?

El hombre responde:

– Tuve que irme a Europa durante seis meses y, ¿dónde, sino aquí, podía guardar el Rolls por solo diez dólares?

No se puede colegir de estas palabras y estos ejemplos que mientras menos conocimientos tengamos, más posibilidades hay de que respetemos la ética. Lo que trato de decir es que hay que distinguir instrucción de educación. La instrucción es la simple acumulación de conocimientos. La educación tiene un soporte ético insoslayable. Y esa diferencia nos pone a los educadores contra las cuerdas de la reflexión y de la acción. ¿Qué es lo que tenemos que hacer?, ¿cómo lo estamos haciendo?, ¿qué estamos consiguiendo con la forma de hacerlo?

Ya sé que, más allá de la acción de las escuelas están otras influencias sobre los individuos. Otras influencias que provienen de muchas otras fuentes, institucionales o no. Y sé también, que además de todas las influencias externas que configuran la identidad moral de las personas, está su libérrima voluntad y su responsabilidad personal. Lo que no quiero es que el reconocimiento de todo ello nos sirva para lavarnos una y otra vez las manos.

Pereza de pensamiento

2 Ene

Algunos (algunas) confunden pereza de pensamiento con firmes convicciones. Para evitar la reflexión, para evitar la búsqueda, para ahuyentar la autocrítica, para instalarse en la comodidad, presumen de tener convicciones inquebrantables, principios inamovibles, dogmas incontestables.

La sordera del marido se camuflaba bajo la sospecha de que quien estaba perdiendo la audición era la esposa. Es el modo de proceder de quien esconde su limitación tras la deficiencia de los otros. Es la lógica de autoservicio. Una burda trampa en la que frecuentemente incurrimos.

He visto muchas personas que se ufanan de no haber cambiado nunca y nada en la vida. Parecería que todo lo que ven, lo que leen, lo que escuchan, lo que piensan, lo que experimentan, les conduce al afianzamiento de sus tesis matrices. Esas personas utilizan con frecuencia el mecanismo de la lógica de autoservicio que consiste en razonar de manera tal que la conclusión acabe reforzando los puntos de partida y manteniendo las costumbres inveteradas.

Razonar de manera interesada, aunque falta de lógica, es una forma de atrofiar el pensamiento y de convertir en rutina la acción. Tenemos tendencia a defender lo que hacemos.

Me pregunto cómo es posible que algunos justifiquen los comportamientos que tienen. Cómo es posible llegar a la conclusión de que lo que se hace está bien hecho.

Existe el riesgo de interpretar la realizad, de analizar lo que sucede con el fin de sacar las conclusiones que nos interesan. Prueba de ello es que de unos mismos hechos hay personas que sacan conclusiones no solo distintas sino opuestas.

¿Cómo es posible, por ejemplo, que un grupo de fanáticos jalee con gritos de apoyo al joven que propinó un tremendo puñetazo al Presidente de gobierno del país? ¿Qué argumentación emplean? ¿Qué tipo de lógica aplican al análisis de la realidad y del comportamiento humano?

Pondré tres ejemplos de lo que a mí me ocupa y preocupa: la enseñanza. Supongamos que un profesor mantiene la tesis de que los alumnos tienen que estar estrictamente vigilados para que se porten bien. Otro docente piensa, por el contrario, que los alumnos deben estar frecuentemente solos para que aprendan a comportarse con responsabilidad en un marco de libertad.

Un buen día, los problemas de tráfico ocasionan el retraso de un profesor que no aparece en la clase durante media hora. Los alumnos arman un escándalo fenomenal. Cuando los dos profesores de ideas contrapuestas conocen los hechos, reaccionan de manera opuesta:

– ¿Lo ves?, dice el primero. ¿Ves cómo es necesario que los alumnos estén vigilados? Fíjate en el escándalo que han armado cuando se han visto solos.

El segundo docente, ante esos mismos hechos, saca la conclusión contraria:

– ¿Lo ves?, dice. ¿Ves lo que sucede por estar siempre vigilados? No han aprendido a comportarse responsablemente. Si hubieran estado solos con frecuencia, no hubiera sucedido nada.

Podemos encontrar ejemplos múltiples de este mecanismo en las sesiones de evaluación del alumnado que realizamos los profesores. Hay docentes que atribuyen el cien por cien de la responsabilidad del fracaso a la pereza, a la desmotivación, a la incapacidad, a la falta de nivel previo de los alumnos, a la incompetencia de la familias, al tamaño de los grupos o a las políticas educativas. Ni media reflexión aplicada al propio ejercicio profesional. A la bondad del curriculum, la riqueza de los métodos, la calidad de las actitudes…

Esta lógica de autoservicio fortalece la rutina ya que no se plantea la menor interrogación sobre aquellos aspectos que pueden tener influencia en el resultado de los alumnos y que dependen de las actitudes, las concepciones y las prácticas de los profesionales. El proceso de atribución, con escasa lógica y claro interés, descarga sobre los demás toda la responsabilidad del fracaso.

La explicación que daba aquel vendedor, no podía ser más torpe:

– Yo vendo, lo que pasa es que no compran.

La cuestión que permite al vendedor solucionar el problema, es preguntarse por la calidad de los productos, por la cuantía del precio, por la simpatía del que vende, por la ubicación del puesto, por la potencia de los competidores…

Otro ejemplo, aplicado no ya al pensamiento individual de los docentes, sino al comportamiento colectivo de los mismos en las instituciones. Pensamiento colectivo que pretende mantener la estructura y el quehacer de la institución. Al no dudar nunca, al no hacerse preguntas, mantienen las mismas dinámicas. Todo se explica con esa lógica de autoservicio que instala en la comodidad y la rutina.

Hace unos años visité una Escuela Normal en México (silenciaré el nombre de la localidad de forma intencionada). En las Escuelas Normales es donde se forma a las futuros maestros. Me enseñaron las instalaciones. En medio de una escalera imperial había un busto de una mujer. La Directora me explicó con orgullo que se trataba de una exalumna de la escuela, de una distinguida mujer que alcanzó fama por su valía y por su trabajo y una merecida fama en el país. Venía a decir:

– Qué excelente tarea realizamos en esta Escuela. Una prueba de ello es que haya salido de sus aulas un personaje de esta relevancia.

Pero si, ese mismo día hubiera aparecido en la prensa la noticia de que un grupo de ex alumnos de esa Escuela había violado y matado a varias mujeres, es probable que la conclusión hubiera sido de otro tipo.

– Hay que ver cómo se han descarriado estos muchachos. Qué poco han aprovechado nuestras excelentes enseñanzas.

En cualquiera de los casos la actividad podrá seguir siendo la misma. Esa forma de hacer hablar a la realidad conduce al inmovilismo, a la falta de aprendizaje, al mantenimiento de rutinas.

Se trata de una forma de pensar interesada, de un razonamiento puesto al servicio de quien lo maneja. No importa tanto el rigor cuanto el interés. No importa tanto la lógica cuanto el mantenimiento del statu quo.

Cuando pensamos que el otro es el que se equivoca, el que tiene el problema, el que tiene que cambiar, corremos el peligro de no caer en nuestros propios errores y limitaciones. Cuando pensamos que quien tiene defectos es el otro, no podemos mejorar.

Voy a reproducir una historia que los filósofos alemanes Thomas Cathcart y Daniel Klein cuentan en su hermoso e interesante libro “Platón y un ornitorrinco entraron en un bar”. Perdóneseme el tufillo sexista del relato.

Un hombre está preocupado porque su mujer se está quedando sorda, y decide consultar al médico. El médico le sugiere que realice una prueba muy simple con ella cuando estén en casa: que se coloque detrás y le pregunte algo, primero desde lejos, luego a unos tres metros y finalmente muy cerca de ella.

El hombre llega a casa y ve a su mujer trasteando en los fogones.

– ¿Qué hay para cenar?, pegunta desde la puerta.

No hay respuesta.

– ¿Qué hay para cenar?, repite después de acercarse un poco.

Sigue sin haber respuesta.

Finalmente se coloca detrás de ella y pregunta:
– ¿Qué hay para cenar?

La mujer se vuelve y grita:

– Por tercera vez: ¡pollo!

La sordera del marido se camuflaba bajo la sospecha de que quien estaba perdiendo la audición era la esposa. Es el modo de proceder de quien esconde su limitación tras la deficiencia de los otros. Es la lógica de autoservicio. Una burda trampa en la que frecuentemente incurrimos.

Nexos causales tramposos

1 Ago

Estar educado es desarrollar el pensamiento crítico. Estar educado, decía Paulo Freire, es pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Estar educado es generar en la mente detectores de mentiras. Cuando una persona está educada es difícil darle gato por liebre. Está ojo avizor y sabe descubrir los engaños y las trampas, por muy sofisticadas que sean.  Por eso digo que educar es ayudar a que la mosca salga del cazamoscas.

Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

En la política se emplean muchas trampas, muchas argucias, muchas falacias, muchas mentiras para conseguir ganar el apoyo de los electores y alcanzar (o mantenerse en él si ya se tiene) el poder. Lo explican Daniel Klein y Thomas Cathcart en su excelente libro “Aristóteles y un armadillo van a la capital”, que lleva como aclaración este significativo subtítulo: “Cómo detectar las mentiras de los políticos con humor”. Ojo, no digo que todos los políticos mientan. Y que mientan siempre. No. Algunos lo hacen y otros no. Algunos lo hacen unas veces y otras no.

Estoy harto de ver cómo se manipulan en el discurso político  dos procesos complementarios de análisis, como son el de comprobación y el de atribución. En efecto, una cosa es comprobar, que no es tan fácil como parece, y otra atribuir, que es más complicado todavía. Pues bien, estoy literalmente harto de oír al señor Rajoy (lo repite sin cesar en unos foros y otros), venga o no a cuento) una argumentación interesada y tramposa acerca de la situación económica española y concretamente, acerca de la destrucción y creación de empleo. Argumentación que se recrudece en tiempos electorales.

El señor Rajoy se ha aprendido un discurso que suelta con ocasión y sin ella. Lo repetiré casi con palabras exactas. “Con políticas de ocurrencias se perdieron tres millones de empleos, pero con políticas serias se ha conseguido enderezar el rumbo y empezar a crear empleo. Hay que seguir con estas políticas y no volver  a las que nos llevaron al desastre”. Así de claro, así de sencillo… y así de falso.

Creo que piensa que, si lo repite muchas veces, los ciudadanos (adversarios, simpatizantes y fieles) acabarán por creerlo. Hasta he llegado a pensar que él mismo ha acabado creyéndoselo.

Parte la trampa de la utilización tendenciosa del nexo de causalidad. Una cosa es comprobar y otra, muy diferente, atribuir. En los dos procesos puede haber escaso rigor. Y, en algunos casos, mucha indecencia.. Pensemos en el nivel de desempleo. Hace falta rigor para comprobar cuál es la situación que vive el país. No es tan sencillo como parece.  En esta parte puede haber trampas. Se puede considerar como pleno y perfecto empleo lo que solo es empleo precario o empleo temporal o empleo  estacional o empleo amenazado, o empleo humillante…  Se puede hacer el cómputo en un momento u otro, en un lugar u otro… A nadie se le oculta que, al confeccionar una estadística de empleo se pueden utilizar criterios de muy diferente índole. Algunos de ellos, interesados.

Hay otro momento  más delicado que llamaré de atribución. Se trata de explicar por qué las cosas son así. Es decir, cuáles son las causas que han conducido a la situación actual. Y las consecuencias. Aquí también puede haber trampas. Volviendo al caso del empleo o desempleo, se trata de explicar por qué motivos, qué causas han llevado a los actuales efectos.

Para el señor Rajoy no hubo una crisis económica sin precedentes, no hubo una burbuja inmobiliaria (y, si la hubo, no hay que preguntarse quién la creó),  no hubo otros países que vivieron unas situaciones críticas, no hubo una subida escandalosa del petróleo, no hubo un dramático descenso  de la confianza… Para el señor Rajoy hubo una política de ocurrencias impulsada por un partido político que, casualmente, es su adversario político. Y ahora no hay un viento favorable que impulsa la economía, no hay bajada espectacular del precio del petróleo, no hay enriquecimiento de los más ricos y empobrecimiento de los más pobres… Ahora solo hay políticas serias.

Con lo cual se llega  a la conclusión de que quien no vote al señor Rajoy es un imbécil que quiere que se siga destruyendo empleo y no está por la labor de apoyar a políticos serios que ponen en marcha políticas inteligentes  que llevan a la salvación. ¿Cómo puede haber un solo ciudadano que no le vote? ¿Cómo puede haber una sola persona que se apunte a las políticas de ocurrencias? Quién es el tonto o el irresponsable que prefiere el desastre a la salvación?

No es tan sencillo, no es tan simple, no es tan diáfano como dice el señor Rajoy. No es que antes gobernasen los tontos y los malos y ahora los listos y los buenos. No es que antes gobernasen los irresponsables y ahora los serios, antes los torpes y ahora los listos.

Explicaré lo que hasta ahora he dicho con una pequeña historia sobre los procesos de atribución, sobre estas trampas que, como fácilmente se verá, no tienen que ver solo con el rigor sino que están penetradas de ética.

Una persona tiene un saltamontes en la mano y le dice, indicándole la otra mano:

– Saltamontes, salta.

El saltamontes salta a la otra mano ágilmente. Y, cuando se encuentra en ella, le vuelve a decir:

–       Saltamontes, salta.

En ese momento le arranca todas las patas (ojo, se trata solo de una historia)  y, cuando, ha terminado, le vuelve a ordenar al saltamontes con tono imperativo:

–       Saltamontes, salta.

Pero ahora el saltamontes se queda inmóvil y silencioso. El experimentador saca la siguiente conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye.

Claro que se puede llegar a esta conclusión. Parece que está cargada de lógica. Como el saltamontes se queda quieto, me invento el nexo de causalidad y lo atribuyo a que el saltamontes, al cortarle las patas, pierde también el oído. Y ahora no obedece la orden, no porque no pueda saltar sino porque no ha escuchado el mandato. La aplicación de la historia que acabo de contar a los razonamientos del comienzo del articulo es, a mi juicio, muy clara.

Hay que estar prevenidos. El discurso tramposo, repetido una y otra vez, acaba calando. Se simplifica, se tergiversa, se repite,  se le reviste de un poco de seriedad y mucha gente acaba creyéndoselo.

Luego se añade un poco de adulación a la ciudadanía. Porque, después de decir que es el gobierno con sus políticas serias quien evitó el rescate, el que nos salvó del desastre, se dice que quien salvó al país del abismo fue el sacrificio de los españoles. Como si ese sacrificio hubiese sido una decisión soberana y no una imposición de la que no pudo librarse.

Este tipo de argumentación, más propio de mítines que de debates parlamentarios, de una tertulia de café que de un foro de pensamiento, debería ser desmantelado con rapidez y energía. Basta oír a  economistas de otro signo para comprobar que la trampa es elemental, es escandalosa e inmoral.

Resulta sumamente importante colocar ante los medios de comunicación espectadores inteligentes, capaces de desmontar las falacias, de descubrir las trampas, de desmontar las simplificaciones. No es deseable que nos la den con queso. Hay que avivar el espíritu crítico.

El arte de no decir la verdad

8 Feb

Deberíamos llevar incorporado a la mente un detector de mentiras. Pienso que ese utilísimo aparato solo se puede adquirir con la educación. Es decir, que solo quien está educado, quien ha aprendido a pensar, a discriminar, a ponderar, a comparar, a observar, a dilucidar, a sopesar, a investigar… consigue instalarse ese mecanismo tan necesario en la vida.

Al día siguiente, el capitán, ya lúcido, se hace cargo del barco y de la redacción y termina su informe del día escribiendo: Nota: Hoy mi segundo de a bordo no se ha emborrachado.

Digo esto porque hay muchas personas que pretenden engañarnos. Nos engañan muchas veces los políticos, utilizando el lenguaje de una manera ladina. Y así pueden hablarnos de “un avance estratégico hacia la retaguardia” para referirse a una vergonzosa huida, de un “crecimiento cero” para describir la ruina económica o de una “salida de la crisis” para decirnos que los más de cien mil nuevos parados del mes de enero son menos que los que hubo en el mismo mes del año pasado.

Se puede mentir ocultando la verdad, utilizando eufemismos para describirla, diciendo medias verdades, falseando o silenciando los hechos, utilizando ambigüedades o diciendo literalmente la verdad con intención de engañar.

Sí, se puede engañar diciendo la verdad. Lo expresa muy bien aquella historia del capitán de un barco que, un buen día (o malo, vaya usted a saber), se emborracha hasta perder la noción de la realidad. Su segundo de a bordo, que tiene que hacerse cargo del gobierno del barco, escribe esa noche en el cuaderno de bitácora:

– Nota: Hoy, el capitán se ha emborrachado.

Al día siguiente, el capitán, ya lúcido, se hace cargo del barco y de la redacción y termina su informe del día escribiendo:

– Nota: Hoy mi segundo de a bordo no se ha emborrachado.

Así había sido, ese día no había bebido, pero al decir la verdad de esa manera, manifestaba que la sobriedad era la excepción y el alcoholismo la costumbre en la vida de su segundo.

Es altamente aconsejable el libro De Thomas Cathcart y Daniel Klein “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital” que tiene este elocuente subtítulo: ˝Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En una de sus interesantes ilustraciones aparecen tres políticos que están preparando un discurso para la campaña electoral. Y uno de ellos le dice a los otros:

– “Es un buen discurso… solo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”.

Efectivamente, se puede mentir oscureciendo las ideas, haciéndolas casi ininteligibles, explicando de forma oscura lo que podría ser expresado de forma meridianamente clara.

Me pregunto muchas veces por qué nos dejamos engañar con tanta frecuencia. Y siempre llego a la misma conclusión: porque no tenemos una buena educación, ya que si no fuera así, estaríamos preparados para detectar el engaño, para no ser tan crédulos, tan ingenuos, tan estúpidos.

No solo mienten los políticos. Lo hacen también los medios de comunicación, a veces de forma descarada, otras de manera sutil. Basta ver las diferencias en los titulares en periódicos de diferente ideología sobre las mismas noticias. Se diría que no están hablando de los mismos hechos. Nos engaña también, de forma a veces sibilina, la publicidad.

¿Podremos saber alguna vez lo que costó realmente el fichaje de Neymar, jugador del Barcelona Club de Fútbol? ¿Por qué no dicen la verdad ni a la primera, ni a la segunda, ni a la última? Primero cincuenta millones, después cien, después ciento treinta… Contratos y subcontratos, unos por jugar, otros por derechos de imagen, otros por productividad… Todo se enmaraña para esconder la verdad. Llega uno a pensar, al final, que la verdad ni existe.

Le pueden mentir los jefes de las empresas a los trabajadores y los trabajadores a los jefes, los profesores a los alumnos y los alumnos a los profesores, los hombres a las mujeres y éstas a los hombres en sus relaciones de pareja…

Se puede mentir con adulación descarada, falsas promesas, silencios programados, actuaciones hipócritas, argumentos falaces, restricciones mentales, comportamientos desleales, fingidos arrepentimientos, engañosos propósitos, palabras equívocas… Decía Lichtenberg: “no son las mentiras francas sino las refinadas verdades las que entorpecen la expresión de la verdad”.

Tengo en mis manos un libro titulado “El arte de no decir la verdad”, de Adam Soboczynski, un escritor polaco afincado en Berlín que es colaborador habitual del suplemento del semanario Die Zeit. En treinta y tres interesantes relatos ofrece un decálogo de conducta para desenvolverse en un mundo en el que, como él mismo advierte, “acechan las trampas y reinan las intrigas”.

Soboczynski dice, en una de sus treinta y tres historias ejemplares, que también podemos engañarnos a nosotros mismos.

Hay que formularse continuamente, yo diría que obsesivamente, cadenas de “porqués”. Hay que interrogarse sin cesar. Hay que poner en tela de juicio la información. Hay que preguntarse por qué la realidad es como es y no es de otra forma.

¿Por qué antes nos decían que había un limbo al que iban los niños y las niñas no bautizados y ahora nos dicen que ya no existe? ¿Por qué promulgan ahora una ley para mejorar la calidad de la educación quienes hacen recortes y empeoran las condiciones que permiten alcanzarla? ¿Por qué estamos sumidos en una crisis económica que ha hundido en la miseria a muchas familias? ¿Por qué dicen que la Infanta Cristina está imputada por ser quién y no por sus actuaciones indecentes? ¿Por qué nos viene ahora el cardenal Fernando Sebastián a decir que la homosexualidad es una enfemedad? ¿Por qué el señor Gallardón y el señor Rocuo (no por casualidad varones) pretenden precisamente ahora regular la práctica del aborto?… ¿Por qué…? ¿Por qué…?

Gianni Rodari, maestro y pedagogo italiano, publicó un sustancioso libro póstumo titulado “El libro de los por qué”. Dice Rodari en su hermoso libro que “el juego de los por qué es el más viejo del mundo. Incluso antes de aprender a hablar el hombre ya debía de tener en la mente. El cielo y la tierra están todavía llenos de interrogantes… El niño dispara sus por qué como una ametralladora. Sus preguntas –serias, cómicas, extrañas, divertidas, conmovedoras- caen sobre las cabezas de los padres como el pedrisco”.

Con el tiempo se va reduciendo la inquietud, se va perdiendo la curiosidad. Nos vamos adormeciendo. Einstein era un gran dormilón pero él decía que, cuando estaba despierto, estaba mucho más despierto que los demás. Algunos están dormidos.

No basta formular preguntas. Hay que buscar concienzudamente las respuestas. Hay que contestar con rigor, con exigencia, con lógica, con argumentos. No con suposiciones, intuiciones, supersticiones, revelaciones o aproximaciones interesadas.

Para que las respuestas sean rigurosas necesitamos la reflexión. Una reflexión cimentada en hechos y no en prejuicios, basada en argumentos y no en creencias. Para llegar a conclusiones valiosas tenemos que tener capacidad de análisis y de discernimiento. Tenemos que aprender a pensar. Aprender a pensar es el fruto de la verdadera educación.

Atraco a ley armada

11 May

Thomas Cathcart y Daniel Klein escribieron en el año 2007 un interesante libro titulado “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”. El subtítulo aclara de forma precisa el contenido de la obra: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. Claro que, muchas de esas mentiras en lugar de risa lo que producen es mucha rabia, mucha indignación y mucho dolor. Los políticos dicen, sobre todo en época de elecciones, que se van a preocupar por los ciudadanos y luego hacen leyes que les oprimen, exprimen y destruyen.

El fin de la ley es el desarrollo de la justicia. ¿Qué hacer cuando son las leyes las que la quebrantan?

Acabo de recibir una notificación del Ayuntamiento de Málaga en la que se me informa de que mi coche ha sido denunciado por circular a 56 kilómetros por hora en una vía (calle Pintor Joaquín Sorolla de la capital) que tiene limitada la velocidad a 50. Esa diferencia de 6 kilómetros tiene una penalización de 100 euros. ¿Quién lo ha decidido? ¿Alguien que mira por la seguridad de la ciudadanía? Creo que no. Pienso que ha sido alguien que mira por las arcas. Alguien que exprime al ciudadano como si fuera un limón. Un limón con muy poquito jugo, por cierto. Ya le han dejado casi seco las bajadas (o la pérdida) de salarlo, las subidas de impuestos y, en definitival, el encarecimiento de la vida.

Hay que pagar. Lo manda la ley. Una ley hecha no a favor del ciudadano sino a favor del recaudador. Porque yo me pregunto qué riesgo se genera por circular a esa velocidad en ese lugar. Me pregunto también qué criterios ha tenido en cuenta el legislador para imponer esa cuantía en la sanción. Porque considero que cien euros, en la situación económica que está la mayoría de las familias, es una cantidad considerable.

El afán recaudatorio de nuestras autoridades es tan indecente que casi produce sonrojo. Bueno, lo que principalmente produce es una rabia tremenda. ¿No saben que hay muchas personas en paro? ¿No saben que quien trabaja cobra un sueldo cada vez menor?

Creo que hay más peligro en circular muy pendiente del cuentakilómetros y de las señales que en hacerlo de forma relajada y responsable, atendiendo al sentido común. Sé que tiene que haber normas. Sé que hay que cumplirlas, que para eso están. Pero sé también que las normas pueden ser arbitrarias, injustas y abusivas. Es un deber del ciudadano analizar la finalidad de las leyes, su racionalidad y su justicia y exigir que sean justas y razonables cuando no lo son.

El fin de la ley es el desarrollo de la justicia. ¿Qué hacer cuando son las leyes las que la quebrantan? ¿Qué hacer cuando el legislador ha mirado más para sus intereses que para los del ciudadano? Estoy harto de ver en las carreteras señalizaciones y radares que no obedecen a la preocupación por la seguridad sino que están puestas como ratoneras en las que caen los conductores más avisados. He visto reducir la velocidad de 100 a 80 en un tramo de la circunvalación de Málaga que no encierra ningún peligro. Y he visto cómo caen en ese cepo los conductores de forma casi constante.

¿Qué decir cuando la grúa se lleva tu coche? Eso sí que es una crisis económica para una familia cuyos miembros adultos están en el paro. Pagar la multa, el taxi para ir a buscar el coche y la sanción correspondiente. ¿Hay derecho a ese proceder? Y qué cantidades. ¿Dónde está la sensibilidad del legislador, la comprensión para las familias? ¿Son sinceras sus palabras cuando hablan de que lamentan los problemas por los que atraviesan los ciudadanos?

Se trata de atracos a ley armada. Es una forma de proceder injusta que ampara la ley. Si entro armado en un banco y encañono al cajero exigiéndole la entrega de cien euros (aunque sea para dar de comer a los hijos) y, por el celo acreditado de quien se encarga de la seguridad, soy detenido, me llevan ante un juez y, probablemente, a la cárcel. Pero, si viene el legislador y me encañona con una ley, exigiéndome el pago de 100 euros para gastos de protocolo del Ayuntamiento, los tengo que pagar. Y si no quiero o me olvido de hacerlo, me embargan la cuenta. Otro atropello.

Y luego se quejan de la desafección política que tenemos los ciudadanos. Quien me roba a mano armada no es un delincuente común, es un señor (o señora) que ha decidido con una caradura tremenda: pues nada, a ese pardillo que supere en 6 kilómetros la velocidad indicada, metámosle una sanción de 100 euros. Hala, que pague, que para eso ha tenido el descuido.

Estoy seguro de que pocos lectores que conduzcan motos o coches se habrán escapado de atropellos similares. Un aparcamiento en un paso de peatones conlleva una sanción de 200 euros. Un exceso de velocidad de 25 kilómetros supone 300 euros, no identificar al conductor tiene una sanción de 300 euros…

Y uno se pregunta, ¿por qué suben las multas y bajan los sueldos? ¿Por qué tienen las mutas esa cuantía desorbitada en un momento de crisis tan brutal como este?

Se me podrá decir: cumpla usted la ley de forma estricta y no será sancionado. Pero yo no estoy discutiendo si hay que pagar o no. Lo que estoy discutiendo es por qué hay que hacerlo y en qué cuantía. Conozco países que tienen otros criterios menos crueles.

Porque ese señor que me encañona con la ley y me obliga a pagar ha sido puesto por nosotros ahí para velar por nuestros intereses. Y que luego, con el dinero recaudado, hace lo que le parece oportuno. Y, por cierto, lo que le parece oportuno, no suele ser transparente ni muy defendible desde si se mira desde la perspectiva del bien común. Con ese dinero, por ejemplo, pagan asesores y asesoras que contratan a dedo para no sé qué trabajos de asesoría.

La educación para la ciudadanía me obliga a conocer la ley y a cumplirla. Pero me obliga también a pensar en el sentido que tienen las leyes, en su finalidad, en su racionalidad, en su justicia. Y, si son injustas, me obliga a denunciarlas. Eso hago.

Estoy indignado por la política de multas. Una política insensible con la situación de las familias, Porque yo me imagino a una familia en paro que tiene un vehículo y que tiene dos despistes (tan comprensibles) en un mes. ¿De dónde saca el dinero para pagar las multas?

No comparto la idea de que las sanciones tienen una intención didáctica. No se aprende a palos. No se aprende a través de las sanciones. Porque, sí, puede ser que esa multa elevada te haga ir con más cuidado. Pero la causa es el miedo, no la convicción de que haya que aprender a convivir, a evitar el peligro. Eso hace que, cuando no hay riesgo de sanción, te importe tres cominos quebrantar las normas de circulación. Porque la finalidad no es la convivencia y el respeto, sino el ahorro de la multa.

Tampoco digo que tengan que desaparecer las sanciones. Pero tienen que estar más justificadas y tener una menor cuantía. Es inadmisible que mientras más crisis exista las sanciones sean más duras porque hay que recaudar. ¿De dónde sale esa recaudación? Del bolsillo de quienes han sido previamente expoliados por la crisis. Maldito círculo vicioso.