Bájense del avión

20 Dic

Al despegar el avión de Iberia desde Santiago de Chile a Madrid hace unos días, la sobrecargo me comunicó que el comandante del vuelo deseaba hablar conmigo. Entre sorprendido y expectante me dirigí con ella a la cabina y, durante unos minutos, hablé con los tres pilotos que comandaban la nave.

Las quejas de los pasajeros no se hacen esperar. Resultan tan insistentes que el comandante sale para comprobar lo que sucede y, ante la desagradable realidad, decide expulsar del avión a los tres jóvenes negros.

La contemplación de las cimas de la cordillera de los Andes, cubiertas de nieve, eran un espectáculo de indescriptible belleza. No parecía real el hecho de estar volando a mil kilómetros por hora a más de diez mil metros de altura.

– Pronto sobrevolaremos el desierto de Atacama, me explicaron.

Impresionaba la tranquilidad con la que hablaban  y actuaban mientras el piloto automático hacía su labor. No viene a cuento el motivo de la llamada, que estaba relacionado con mi tarjeta platino de la compañía. Lo cierto es que conversamos durante unos minutos en aquel cubículo singular, lleno de aparatos, de luces y de signos indescifrables para mí, desde donde aquellos tres hombres controlaban el vuelo y garantizaban la seguridad de los adormilados pasajeros y pasajeras.

Les pregunté si conocían la historia de la azafata y el comandante que fueron premiados por la compañía aérea Swissair en el año 1998 por la inteligente y aleccionadora forma de solucionar un conflicto de vuelo. Me dijeron que no. Se la resumí en unos momentos.

Una pasajera que viajaba al lado de un negro llama a la azafata y le dice que nadie debe estar obligado a realizar un vuelo al lado de una persona desagradable. Le pide con firmeza que le cambie de asiento. La azafata le explica que la clase turista está completa y que ella no puede tomar la decisión de pasarla a primera clase. Tiene que consultarlo con el comandante. Se va y vuelve al cabo de unos minutos. Le dice a la impaciente pasajera que ha hablado con el comandante y que los dos están de acuerdo con ella, así que va a pasar a primera clase. Ella hace ademán de levantarse y, entonces, la azafata le aclara:

– No se mueva, señora. Quien va a pasar a primera clase no es usted sino este señor que está a su lado.

Celebramos la magnífica lección. Hicieron alarde de ingenio, perspicacia y rapidez. El comandante me muestra, a renglón seguido la otra cara de la moneda. Cuenta que en un vuelo de cierta compañía suben a primera clase tres pasajeros jóvenes de raza negra, hijos,  al parecer, de un importante político africano. Los tres despiden un olor insoportable. Las quejas de los pasajeros no se hacen esperar. Resultan tan insistentes que el comandante sale para comprobar lo que sucede y, ante la desagradable realidad, decide expulsar del avión a los tres jóvenes negros.

–       Bájense del avión, por favor.

Días después, ante la reclamación de quienes se vieron obligados a bajar del avión, se le abre un expediente al comandante tildándole de racista. Cuando éste recibe la noticia de que ha sido expedientado por racismo, hace saber  a las autoridades que está casado con una mujer negra. Demuestra así, de manera  incontestable,  que no es racista. La causa de la expulsión no había sido, pues, la raza de los pasajeros sino su olor pestilente.

Regresé a mi asiento pensativo. Y, sentado ya, fui hilvanando estas líneas que ahora tienes delante querida lectora, querido lector. Hay que establecer los nexos lógicos con rigor.  Algunas veces se hacen atribuciones falsas.  Estos malolientes pasajeros pensaron (o hicieron creer que pensaban) que la causa de su expulsión era el color de su piel. No había sido así. El problema era otro. La falta de respeto hacia otras personas que tenían derecho a no soportar durante horas un olor fétido.

Algo parecido le sucedió a Doña Esperanza Aguirre cuando dijo que los policías de tráfico le habían multado por ser mujer. No. La habían multado por ser una infractora de la ley.

La cuestión que estoy planteando tiene que ver con el rigor, no con el racismo o con el sexismo. Hablo de las atribuciones que se hacen acerca de las conductas. Ya sé que la línea divisoria puede ser muy difusa y problemática, pero existe.

Las interpretaciones pueden tendernos una trampa. Porque, en los casos que he citado (uno relacionado con el racismo y otro con el sexismo)  podría suceder que las personas hubieran estado guiadas por actitudes negativas o, quizás, por actitudes positivas. Es decir, que se podría  poner la multa por haber infringido la ley o por ser una mujer la que la había incumplido. Que se podría haber expulsado del avión a los tres pasajeros por el mal olor que despedían o por el hecho de ser negros. La pregunta fundamental es la siguiente: ¿habrían actuado los protagonistas de manera diferente en el caso de ser blancos los tres malolientes pasajeros y de ser un varón el infractor de la norma de tráfico? Probablemente sí.

La mala interpretación puede estar en quien actúa, en el destinatario o destinataria de la acción y en el espectador o conocedor de los hechos. Es decir,  que  puede equivocarse quien actúa pensando que su actitud no es racista, cuando realmente lo es. El destinatario de la acción puede pensar que no es objeto de discriminación cuando realmente lo es. Lo mismo sucede con el espectador o conocedor de los hechos.

Claro que, algunas veces, la intensidad de la duda se hace insignificante o, incluso, desaparece. Si un policía golpea brutalmente a un negro que no ha hecho nada, simplemente por el color de su piel, la duda desaparece. Si un hombre mata a su mujer a golpes, quedan pocas dudas de la actitud que le mueve.

Estas reflexiones  pretenden invitar a la reflexión. A una reflexión exigente en busca de la igualdad y del respeto a todas las personas.  En busca de la verdad.

“El racismo contemporáneo ya no se basa en una  doctrina biológica sino en la voluntad de justificar y de perpetuar la desigualdad de las condiciones sociales. Por tal motivo constituye una violación programática de los derechos humanos y es denunciado como un crimen de lesa humanidad”, dice Jorge Vigil Rubio en su libro “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”.

Existe el peligro de que acusemos de racista a quien no lo es, atribuyendo una actitud que quien actúa no tiene. O de que exculpemos a quien tiene esa actitud y la esconde bajo razonamientos engañosos. Cuando se pegan en el patio dos chicos, uno negro y otro blanco, no podremos sin equívoco acusar al blanco de racista, sobre todo si se pelea al cabo de un rato con un blanco.

Me cuenta un profesor catalán que puso a dos chicos delante de toda la clase, uno negro y otro blanco. Les pidió que dijesen qué diferencias encontraban entre los dos.  El chico blanco dijo a bote pronto:

– ¡Las zapatillas!

La convivencia de personas diversas puede favorecer el respeto y la igualdad cuando nos consideramos unos a otros depositarios de la misma dignidad y de los mismos derechos por el simple hecho de ser personas.

Disparate descomunal

3 May

Propone el señor Presidente de la Comunidad de Madrid que los graduados y graduadas en cualquier tipo de titulación puedan acceder a la condición de maestros y maestras de Infantil y Primaria, una vez superadas las correspondientes oposiciones. Lo cual supone afirmar que los estudios de Grado de maestro son una completa inutilidad, por no decir una suprema estupidez. Yo pediría para el prócer que ha planteado esta brillante idea (y para sus secuaces) que sus hijos, en el caso infortunado de padecer una grave enfermedad, sean operados por un graduado de cualquier titulación. Por ejemplo, por uno de Geografía e Historia o de Bellas Artes o de Filosofía y Letras o de Matemáticas… El paciente entraría en el quirófano, el flamante profesional se enfundaría una bata blanca y el ayudante pondría en sus manos un buen bisturí. Y a trabajar. ¿Qué tal?

Yo pediría para el prócer que ha planteado esta brillante idea (y para sus secuaces) que sus hijos, en el caso infortunado de padecer una grave enfermedad, sean operados por un graduado de cualquier titulación.

Protestarían. Gritarían de horror. No aceptarían la propuesta. Al terminar la operación tendríamos, con toda seguridad, un cadáver sobre la mesa de operaciones. Pero los cadáveres que salen de las aulas no tienen importancia. Personas con el deseo de aprender aplastado, con el autoconcepto destruido, con la solidaridad desaparecida, con la competitividad exacerbada… Lo que pasa es que los cadáveres psicológicos se distinguen de los físicos por cuatro características: no huelen, se mueven, hablan y hasta se ríen. Y las resurrecciones en este campo son tan difíciles como en el otro.

Piensan quienes defienden esta tesis que la profesión docente es inespecífica, es decir que no requiere de saberes especializados, de habilidades concretas, de actitudes peculiares. Para ellos y ellas, es lo mismo una planta que un niño, un producto químico que un alumno con síndrome de Down, un ladrillo que una niña con síndrome de Asperger. No saben que, en cualquier actividad el mejor profesional es el que mejor manipula los materiales, en la educación es el que más y mejor los libera.

Creen que lo que hace un maestro o una maestra lo puede hacer cualquiera. La señora Esperanza Aguirre, haciendo gala de una ignorancia supina y de una mala baba considerable, dice en un artículo titulado “Educar”, publicado en ABC el pasado lunes, día 28 de abril, que “antes de empezar a enseñar algo hay que haberlo aprendido. La primera regla pedagógica para enseñar algo es conocer lo que se quiere enseñar. Esto que parece tan obvio, no lo aceptan los dogmáticos pedagogos que inspiraron la nefasta Logse”. Esta señora, que probablemente no ha leído mucho y no ha investigado nada sobre estas cuestiones, se permite alegremente tachar de dogmáticos a los pedagogos que inspiraron la Logse, de calificar esta ley de nefasta, y de hablar de las reglas pedagógicas, como si fuera una experta consumada. Y se suma a la propuesta del Presidente de la Comunidad de Madrid.

Tiene que aprender muchas cosas la señora Aguirre, además de humildad. Tiene que estudiar un poquito más para hablar con un mínimo de fundamento. Entre todas esas cosas que no ha estudiado, está la asignatura de Educación para la ciudadanía. De haberla cursado (y aprobado) sus comportamientos ay convicciones serían otros.

Claro que hace falta conocer lo que se va enseñar. Coma ella dice, es obvio. (Por cierto todo su artículo consiste en repetir esa idea hasta la saciedad, solo esa idea). Ningún pedagogo ha dicho que haga falta dominar al dedillo aquellos conocimientos que se dese enseñar. Ninguno. Acaso no sea tan obvio para ella decir que si el conocimiento que se adquiere sirviera para explotar, engañar y dominar mejor al prójimo, más nos valdría no tenerlo. Por eso hace falta algo más, mucho más que tener esos conocimientos. Hace falta saber trabajar otras parcelas, como las actitudes, las emociones, los valores. Hace falta saber enseñar y, lo que es más difícil, despertar el amor al conocimiento. ¿Qué sabe de todo eso un Graduado en Informática?

Además de tener conocimientos disciplinares y didácticos, hace falta saber quién es el que aprende. Cuál es su ritmo y su estilo de aprendizaje. Hace falta saber si está en condiciones de aprender. Porque, como he dicho muchas veces, para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John. Hacen falta, pues, conocimientos de psicología para poder enseñar.

No comprenden quienes atacan la pedagogía que la enseñanza es un actividad extraordinariamente compleja. Una actividad que no se puede desempeñar adecuadamente si no se conoce el mundo en que se vive. Saber que estamos inmersos en la era digital es absolutamente necesario. La enseñanza se produce en un contexto social que es preciso conocer. Porque sin conocer el contexto no se puede entender el texto. La enseñanza no tiene lugar en la estratosfera o en una campana de cristal sino en el mundo en que habitamos. Se enseña en el mundo y para mejorar el mundo.

No saben que la enseñanza se produce en una institución escolar que tiene disputa ideológica, presión social, prescripciones externas, red compleja de relaciones, componentes nomotéticos e idiográficos…. El profesional tiene que saber cómo es la institución en la que se enseña y se aprende. Esa institución, por otra parte, tiene un poderoso curriculum oculto que es necesario descifrar.

Mantener esas posiciones es un desprecio al trabajo que realizan los profesionales de la enseñanza. Una devaluación de la complejidad de la tarea y de la dignidad de quienes la desempeñan. Refleja una ignorancia y una osadía sin límites. Ninguna investigación que yo conozca demuestra que no es necesaria una formación específica de los profesores para realizar la tarea

Es un retroceso histórico. Ahora que en todos los países se clama por una mayor especialización, estos señores y señoras abogan por eliminarla, por una preparación genérica, alejada de las exigencias cada día más complejas que requiere la docencia.

No es verdad que el maestro nace y no se hace. No es verdad. El maestro necesita una formación específica. Para saber despertar el amor al conocimiento, la pasión por saber, el deseo de descubrir el mundo, la curiosidad por el pensamiento, el asombro ante lo desconocido. Se necesita, además, saber cómo adaptar el proceso de enseñanza a cada uno de los alumnos y alumnas que integran un grupo. Porque cada uno aprende con un estilo y a un ritmo diferente.

La enseñanza no causa automáticamente el aprendizaje. Ahí está un mito y un error de consecuencias irreparables. No es inequívoco saber si el aprendizaje se ha producido y por qué causas no se ha producido. Las competencias profesionales del maestro tienen, a mi juicio, tres ejes fundamentales: unas están relacionadas con el saber, otras con el saber hacer y otras con el saber ser. Ninguna de ellas es congénita. Es decir, que quien desea ser un buen profesional tiene que adquirirlas con esfuerzo y perseverancia. Algunas se adquieren a través del estudio, otras a través de la práctica y otras a través de la simbiosis de teoría y práctica.

Sé que algunos profesionales que han adquirido la formación pedagógica exigida acaban siendo, en la práctica, un desastre. Pero no será nunca a causa de esa formación sino por no haberla tenido en cuenta.

Ejemplo de mal ejemplo

12 Abr

Supongo que el lector o lectora se habrán enterado. La noticia ha corrido como la pólvora por los medios de comunicación y los mentideros políticos. Repasaré rápidamente los hechos para que se sitúen quienes me leen desde lugares alejados de España. La señora presidenta del Partido Popular de la Comunidad de Madrid, doña Esperanza Aguirre, aparcó su coche hace unos días en el espacio reservado para el carril bus en la Gran Vía de Madrid. La Policía de Movilidad le pidió la documentación (la suya y la del coche) y ella, en lugar de entregárselas, como hubiera hecho cualquier ciudadano medianamente educado, optó por darse a la fuga, derribando con su coche una moto de la policía y desoyendo las reiteradas órdenes de que detuviese su vehículo. Comportamiento triplemente indebido: aparcar en un lugar prohibido, negarse a entregar la documentación y huir a pesar de las órdenes de detención. Perfecto ejemplo de mal ejemplo.

Comportamiento triplemente indebido: aparcar en un lugar prohibido, negarse a entregar la documentación y huir a pesar de las órdenes de detención. Perfecto ejemplo de mal ejemplo.

Pero, con ser este comportamiento inadmisible en una persona que tiene una responsabilidad política tan importante, lo peor, a mi juicio, ha venido después. La señora Aguirre, que tiene una cara de feldespato, se ha paseado por emisoras de radio y televisión falseando la realidad, inculpando a los agentes de la policía, haciendo bromas improcedentes y acusando a los profesionales que la multaron de machistas. ¿Machistas? O sea que el profesor que suspende merecidamente a una alumna es un machista, el conductor de un autobús que no deja subir a una mujer sin billete es un machista, el portero de un teatro que no deja pasar a una mujer sin entrada es un machista… Lo dicho, cara de feldespato.

Para la señora Aguirre hay dos tipos de ciudadanos, ella y los que quisieran ser como ella. Los que quisieran ser como ella, y no lo son, pertenecen a una categoría inferior. Ella puede aparcar donde quiera, negarse a dar la documentación, no hacer caso a las órdenes, reírse de los agentes, falsear la realidad y decir que ella no dimite porque no quiere dimitir.

Y, como digo, lo peor no fue la reacción inmediata, que se puede explicar por la rabia, la mala suerte de haber sido sorprendida en una infracción fugaz, la prisa por llegar a casa… Lo peor es que, ya en frío, ha mantenido y agravado su prepotente e inadmisible reacción inicial.

Afortunadamente, tanto la alcaldesa de Madrid como la vicepresidenta del Gobierno (ambas de partido), lejos de reírle las gracias, han dicho que la ley es igual para todos y que no ponen en tela de juicio la profesionalidad de la policía.

He dicho muchas ves que no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. ¿Qué autoridad le asiste a la señora presidenta del PP cuando insta a los ciudadanos y ciudadanas a cumplir la ley, a responder a los requerimientos de la policía, a respetar los bienes públicos…?

Desde mi punto de vista, lo sucedido es muy grave. Porque desvela unas actitudes que si se ponen de manifiesto de esta manera tan escandalosa en un incidente menor y público, ¿qué puede uno pensar que sucederá en asuntos de mayor trascendencia que permanecen ocultos a los ojos de la ciudadanía?

En una emisora de radio algunos tertulianos, incluida la presentadora, se mostraban muy sorprendidos por el proceder de la señora Aguirre. A mí no me extrañó nada su comportamiento porque pienso que su talante es autoritario, porque su actitud suele ser altiva. Las manifestaciones posteriores me parecieron de una desfachatez inaudita. De modo que no solo no pide perdón a los agentes, que tuvieron una actuación impecable, sino que dice que aparcaron mal su moto, que quien sufre un ataque de ansiedad por multar a una persona famosa no puede ser policía, que hicieron falta seis hombres para imponerse a una “sexagenaria”…

Es la típica reacción del “¿usted sabe quién soy yo?”, “a usted se le va a caer el pelo”, “tenga cuidado con lo que hace”, “usted no sabe con quién está hablando”… Pues sí lo sabemos, deberían haberle dicho los agentes: ”estamos hablando con una ciudadana que debe cumplir como todos la ley, que tiene que respetar las normas, que tiene que servir al pueblo y no servirse de él, que está ahí porque el pueblo la ha elegido, que por ser autoridad tiene que dar ejemplo…”.

Estas son las típicas autoridades a las que uno puede temer. Por eso me ha parecido valiente el comportamiento del policía que acudió a una comisaría a denunciarla. Sin amilanarse, sin achantarse, haciendo lo que hubiera hecho con cualquier otro ciudadano o ciudadana. Este tipo de personas suelen defender a la policía cuando interviene con cierta contundencia en manifestaciones y conflictos. Pero cuando se trata de ellas mismas, la situación es diferente. Ellas no pueden ser multadas, a ellas no se les puede pedir respetuosamente la documentación, no se les puede exigir que se detengan. Pero, ¿por quién se tienen? No saben lo que es la democracia. Ellas vienen de lo alto para hacer su santa voluntad.

Acabo de leer en este periódico que doña Esperanza se pregunta con sorpresa por qué se dedica tiempo a critica su comportamiento dada la gravedad de los problemas que existen. Pues mire, doña Esperanza, se lo diré en breves palabras: porque el mal ejemplo de los políticos y las políticas, en este y otros terrenos, es un problema muy grave. Esa reacción de prepotencia deja traslucir un talante, una actitud, una forma de ser que nada tienen que ver con la democracia.

También he oído a los turiferarios de turno justificar la postura de esta peculiar lideresa popular o explicarla de manera para mi incomprensible. Han dicho que todo se debe a una conspiración de la izquierda, han dicho que le tienen envidia por ser rubia y aristócrata y que ella tiene esos atributos masculinos que tanto admiran algunos empresarios cuando se refieren a ella.

Nunca se insistirá suficiente en el valor que tiene la autoridad en una democracia. Porque en ella la autoridad está al servicio del pueblo, está para dar ejemplo de honradez y de cumplimento de las leyes. Esto se oye una y otra vez en época de elecciones, pero se olvida fácilmente cuando éstas se celebran. Qué tremendo error la postura de algunos políticos combatiendo a brazo partido la imprescindible asignatura de “Educación para la ciudadanía”. Se nota mucho en algunos y algunas que no la cursaron. Este es el caso.

En el libro de Thomas Catchcart y Daniel Klein “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, que tiene como subtítulo “Las mentiras de los políticos analizadas con humor” se dice: “Pedir disculpas siempre es complicado para los políticos: tienen que parecer humildes pero fuertes, afectados, pero dignos, responsables, pero culpables. No obstante, la combinación de opuestos no ha constituido nunca un problema para los políticos hábiles. Y como lo maestros de la comedia, saben que todo consiste en encontrar un momento preciso”.

Ni eso ha sabido hacer en este caso doña Esperanza. Ella no pide disculpas, da golpes. Ella no reconoce el error, hace bromas. Ella no quiere dimitir y, de hecho, no lo hará. Tampoco la relevarán sus jefes. Pero los ciudadanos y ciudadanas tenemos en las manos la posibilidad de decir en las eleccciones cuál es nuestra opinión al respecto.

Luchar por la dignidad

24 Sep

No podemos quedarnos con los brazos cruzados. No debemos practicar una vez más ese deporte tan usual de encoger los hombros y mirar para otra parte. No lo digo solo porque los derechos del profesorado están siendo recortados sino, sobre todo, porque la calidad y la equidad de la enseñanza sean dañadas.

El trato que está recibiendo la educación (especialmente la pública) en algunas com

Ese compromiso con la dignidad exige en este momento, a mi juicio, cuando menos, no estar callados.

unidades de este país exige una postura enérgica, sostenida y colegiada que muestre la indignación y el desacuerdo de los y las docentes. Pienso que esa postura está vinculada a la defensa de la dignidad y del bien común.

Calificar, como Esperanza Aguirre ha dicho, la protesta como “absurda, irracional y política” subraya la concepción que ella tiene del profesorado. Ya sé que no se puede meter en un saco a todo el profesorado como si de un colectivo uniforme y alineado se tratara. Estoy hablando de una buena parte de ese colectivo que se muestra a partes iguales decepcionado e indignado.

Acabo de leer en la prensa que la Presidenta de la Comunidad de Madrid le ha dicho al Ministro de Educación: “Quiero que dimitas”. Más que un deseo (respetable), parece una orden (inadmisible). Sospecho que la causa es la suposición que ella alberga de que el Ministro ha alentado la protesta de los docentes. ¿Lo sabe a ciencia cierta? ¿Lo da por cierto aunque él lo desmienta? Pero, sobre todo, ¿son éstos y éstas tan tontos, tan manipulables, para ir a una protesta si no quieren formularla, para ir a una huelga si no quieren hacerla?

Mi querido amigo Horacio Muros me envía desde San Rafael (Argentina) un texto del profesor Daniel Prieto (en esencia, un educador) que quiero compartir con los lectores y lectoras, porque está lleno de sabiduría y porque, además, tiene mucho que ver con el momento que estamos viviendo, un momento que exige una posición clara y firme en defensa de una educación digna.

Voy a citar algunos párrafos del escrito del profesor Daniel Prieto, porque creo que vienen, como anillo al dedo, para nuestra situación. Sé que la cita es demasiado larga, pero existen más riesgos de manipular el texto cuando la referencia es demasiado breve y está descontextualizada.

“Es muy difícil apoyar la construcción de dignidades desde la humillación. Y ésta tiene en nuestro campo muchas fuentes:

-el lugar social de la educación en la política;
-el menosprecio de la función docente;
-el menosprecio de la experiencia y de la práctica de cada educador;
-el menosprecio de la cultura y los saberes de cada educador;
-la ausencia de tiempo para pensar, compartir y crecer;
-la ausencia de espacios de interaprendizaje.

Cuando se vive por años una cadena de humillaciones, pueden resultar tan vulnerados los sentimientos y la conciencia que termina uno por aceptarse como humillado, es decir, como derrumbado a ras del suelo. Del no vales, no cuentas, no sientes, se tiende a pasar al no valgo, no cuento, no soy nadie.

Así, uno no desea ser más de lo que es y comienza, de modo inexorable, a dejar de ser.

Para nosotros la pedagogía se ocupa de la dignidad de todos quienes constituyen el fundamento del acto educativo: estudiantes y educadores.

Y como la dignidad no está dada, sino que se trata de un eterno proceso de construcción frente a las acechanzas de la humillación, la tarea para siempre en nuestro campo es sostener una pedagogía empecinada en velar por esa construcción (…).

Estoy en el mundo para que los otros aprendan, para apoyarlos frente a las acechanzas de la humillación, para vivir con ellos la construcción de la propia dignidad.

Y lo hago velando siempre por mi construcción personal, porque sólo así puedo dialogar: desde una dignidad, la mía, a otras (…).

Esta profesión, tan castigada, se desarrolla en lo profundo, en todas sus manifestaciones, en clave comunicacional. La dignidad, el estar de pie frente a los demás para hacer oír la propia voz y para sostener desde la propia mirada la escucha y el diálogo, se entreteje a lo largo de años siempre en clave comunicacional.

Preciosa práctica la nuestra:

Estamos, educadoras y educadores, en el mundo para que otros aprendan, para apoyarlos frente a las acechanzas de la humillación, para vivir con ellos la construcción de la propia dignidad.

Y lo hacemos velando siempre por nuestra construcción personal, porque sólo así podemos dialogar: desde una dignidad, la nuestra, a otras.

Todo esto en clave comunicacional: de pie frente para hacer oír la propia voz y para sostener desde la propia mirada la escucha y el diálogo.

Es ésa la base, es ése el suelo en el cual echamos raíces y nos levantamos.

Todo lo demás son medios”.

Hermoso, profundo y oportuno el texto del profesor Daniel Prieto. Hace algunos años, José Antonio Marina y María de la Válgoma, escribieron un hermoso libro titulado “La lucha por la dignidad”. En él se describe con acierto y con una visión indudablemente optimista, cómo el ser humano ha ido conquistando, de manera individual y colectiva, cotas más altas de dignidad. Y en él se insta a seguir en esa lucha que, probablemente, no tendrá fin.

Se puede vivir la realidad como destinatarios pasivos o como actores críticos y comprometidos. Hombres y mujeres de la educación tenemos que pasar, como decía Paolo Freire, de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. De una postura acomodada a una postura beligerante. De una actitud derrotista a una actitud optimista esperanzada.

Ese compromiso con la dignidad exige en este momento, a mi juicio, cuando menos, no estar callados. Exige liberar la voz para dialogar y exigir, para expresar la indignación y demandar lo que es justo y necesario para una educación de calidad.

Doña Desesperanza

17 Sep

¡Vaya por Dios, el nombrecito que le pusieron a la niña! Esperanza es un buen nombre, porque está cargado de optimismo, de promesas y de futuro. Pero mira tú por dónde yo lo tengo que identificar con pesimismo, indignación y desastre cuando pienso en la señora Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid. En honor a los hechos debería llamarse Desesperanza.

Porque desmantelar la escuela pública es lanzar un torpedo contra la línea de flotación de una sociedad democrática.

Porque desmantelar la escuela pública es lanzar un torpedo contra la línea de flotación de una sociedad democrática. Porque poner en tela de juicio la profesionalidad de los docentes es un modo de dinamitar el presente y el futuro de la enseñanza. No hay expectativa más clara de futuro que la educación.

Hace unos días me han enviado desde Argentina un documento hermoso, escrito por Mex Urtizberea, que viene muy a cuento de lo que estoy diciendo. De él extraigo estos párrafos, aunque la reiteración de su formulación básica en el texto completo, le confiera mucha más contundencia de la que tiene esta cita.

“ (…) Dentro de cincuenta años usted y yo seremos un recuerdo, o un olvido, pero no lo serán nuestros hijos ni nuestros nietos: para ellos será este país mal educado o bien educado, según lo que hoy se haga por la educación.

(…) Dentro de cincuenta años no será más que un número lo que se invierte ahora en seguridad, no le servirá a nadie lo que se haya gastado en campañas políticas, no será ni recuerdo qué comportamiento tuvo la Bolsa este año o a cuánto cotizaba el dólar. Lo que sí se notará visiblemente es lo que hoy se invierta en educación.

Y quien haga hoy algo por ella, quien muestre verdadero interés y se ponga a trabajar ahora apasionadamente para mejorarla, extenderla, financiarla, que nadie quede afuera por razones económicas o geográficas, para que tenga calidad y que la calidad sea gratis, quien entienda que un país mal educado es un país condenado a muerte, y modifique este destino, entonces su nombre no será del olvido: dentro de cincuenta años estará presente en todos los rincones del país, será recordado con admiración y respeto. Y no será sólo estatua, o calle, o foto, o estampilla”.

Pues ya se ve lo que está pasando en la Comunidad de Madrid. Se está destruyendo la enseñanza pública, que es la causa de la equidad para un pueblo. El ataque de la Presidenta a los docentes de la comunidad ha desencadenado una protesta que ella califica de “absurda, irracional y política”. Tres adjetivos que se las traen. ¿Por qué absurda? Es evidente: porque se opone a sus tesis. ¿Por qué irracional? Porque ella no comprende las razones que la sustentan. ¿Por qué política? Porque ella tiene una visión de lo político ramplona y mezquina. Es política porque se opone a su ideología neoliberal.

El profesor de Educación Secundaria Pedro Sáez Ortega, que enseña Ciencias Sociales en el Instituto Clara Campoamor de Móstoles, le ha escrito una carta de trece folios a Doña Esperanza Aguirre que dudo que la Presidenta pueda, quiera y sepa leer de cabo a rabo. Está muy bien escrita y muy bien fundamentada. Sin faltas de ortografía, por cierto.

Por no saber, dice Pedro Sáez, la Presidenta no sabe ni cómo se llaman los profesores de Secundaria, ya que alude a ellos como Profesores de Educación. Tampoco sabe que las horas de un profesor no se cuentan sólo por las horas de docencia. Para preparar una clase hace falta tiempo, además de interés y entusiasmo. Y para corregir. Y para coordinarse. Y para realizar actividades. Y para formarse. ¿Se pueden contabilizar las horas de trabajo de un cirujano por las horas de quirófano?

Reducir 3000 profesores, añadidos a los 2500 que ya desaparecieron en el curso anterior, no es mejorar la calidad del sistema. Suprimir las horas de tutoría, no es la mejor manera de perfeccionar la educación. Desmantelar los Centros de Profesorado no es potenciar la educación. Privatizar la enseñanza es castigar a los desfavorecidos, a los más necesitados. ¿No hay otros campos en los que se puedan realizar recortes? ¿Se los tenemos que recordar a doña Esperanza?

Las declaraciones de la Presidenta, secundadas por otro personaje de escasa talla intelectual como Ana Botella, concejala del Ayuntamiento de Madrid, han tenido luego un desmentido que no elimina todo el daño causado. Se sabe que vivimos en la cultura de los titulares y esas simplezas de que los profesores no trabajan lo suficiente y de que tienen excesivas vacaciones, calan en el estado de opinión de la ciudadanía.

¿De qué sirven las campañas sobre la dignidad de la profesión docente si lo que acaban entendiendo los alumnos y los padres es que los profesores no dan el callo y solo piensan en las vacaciones? ¿De qué sirve pretender aumentar la autoridad de los profesores subiéndoles a unas elevadas tarimas, si lo que acaban pensando los niños, como su Presidenta, es que los profesores no son solidarios con las personas afectadas por la crisis, a pesar de haber aceptado sin rechistar la reducción de sus salarios?

No digo que todos los profesores y profesoras sean profesionales excelentes. Como en todas las profesiones, hay de todo en la enseñanza. Y eso debería plantearnos a todos y a todas qué sucede con el control de la educación. Habrá que tomar medidas con quien no cumple diligentemente con sus obligaciones. Pero, poner en entredicho la tarea de los docentes en general, resulta inadmisible. Porque no lo está haciendo un locuaz bebedor en un bar de barrio, sino la máxima representante política de una Comunidad.

No sé a qué escuela fue ni qué educación recibió la señora Presidenta. Si fue buena, se le ha olvidado. Pero dudo que lo fuera si le ha facilitado una comprensión de la realidad y un compromiso con la gente de esta naturaleza.

Claro, que luego arrasa con mayorías desbordantes en las elecciones. Y es lo que no acabo de entender. ¿Cómo pueden tener apoyo esas políticas neoliberales que castigan a los más débiles, a los más desfavorecidos, a los que Paulo Freire llamaba los desheredados de la tierra?