¡A por ellos!

29 Nov

El absentismo escolar es una lacra. No poder o no querer acudir a la escuela es abonarse a la desgracia. Voy a presentar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), un libro titulado “El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio”. La metáfora refleja la idea de que fuera de la escuela no hay salvación. Sin entrar en el Arca que es la escuela, nadie se salva del diluvio de la ignorancia, de la discriminación y  de la injusticia.

. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

Ya sé que existe en el mundo el movimiento de la Home School, que no lleva a los niños a la escuela para que sean educados en sus casas. Se trata de un movimiento que priva a los niños y a las niñas del aprendizaje de la convivencia y de los beneficios de la diversidad. La escuela es la gran mezcladora social.

La casa ha de ser la primera escuela y la escuela la segunda casa. El problema de los niños y niñas absentistas no es solo que pierdan los beneficios de estar en la segunda casa sino que no suelen tener en la familia su primera escuela.

Los niños que no van a escuela son víctimas de la pobreza, de la incultura o de la explotación. Esa ausencia les priva del conocimiento, claro está. Pero también de la convivencia con otros niños y niñas de su edad. Les  priva también de  experiencias y de vivencias culturales, deportivas y lúdicas.

Participé en El Ejido (Almería) hace unos días en una interesante jornada a la que asistieron casi cien directores/as de centros educativos y más de cincuenta padres y madres de diversas AMPAS. Creo que es una modalidad de encuentro muy interesante porque el diálogo entre la institución escolar y la familia resulta fructífero para llevar a buen término el proyecto educativo que persigue formar a los nuevos ciudadanos y ciudadanas del país.

Se juega, a veces, una calamitosa partida de tenis antipedagógico entre las familias y las instituciones educativas. Pelota  culpabilizadora de los padres hacia la escuela que es devuelta en forma de pedrada por parte de los profesores hacia los padres. Y viceversa. Estamos hartos de verlo:

–        Tienen la culpa los padres y las madres, que no se preocupan por sus hijos.

–        Tiene la culpa el profesorado que solo está pendiente de las vacaciones.

–        Tienen la culpa las familias, que no apoyan al profesorado.

–        Tienen la culpa los profesores  y las profesoras que no se preocupan lo suficiente por los niños.

Los niños y las niñas pierden siempre estas partidas.  Por el contrario, todas las experiencias de colaboración y de ayuda mutua, de  tenis pedagógico bien jugado, tienen como ganadores a  los niños y a las niñas.

Cuando fui Director de un centro escolar en Madrid puse en marcha una iniciativa  para favorecer el diálogo con las familias. Con los contenidos de ese diálogo publicamos un documento que se titulaba: Colaboración. Aún lo conservo. Escribimos qué es lo que le pedíamos a los padres para el buen funcionamiento de la institución: que le pide la dirección  a las familias, qué le pide la secretaría, qué les pide el Departamento de Matemáticas, el de Ciencias Naturales, el de Inglés… Y luego les dijimos a los padres y a las madres que escribiesen lo que solicitaban de cada uno de esos estamentos. Y lo hicieron. Y lo publicamos.

Se preguntará el lector o lectora por el título que abre este artículo. Le responderé enseguida.  Es más, lo deducirá por sí mismo cuando explique de qué se trata la experiencia que compartieron con los asistentes tres integrantes de la comunidad educativa del Colegio Público La Chanca. Finalizada la inauguración y la conferencia de apertura, hubo un espacio para el intercambio de experiencias realizadas por diferentes instituciones. Quiero, en esta tribuna semanal, hacerme eco de una de ellas, que tiene como objetivo prioritario luchar contra el absentismo escolar.

Presentan la experiencia  Inmaculada Martínez Yélamos Directora del CEIP La Chanca, Aurora Bolívar Civantos, profesora del mismo, alma mater del proyecto,  y Ramón Utrera Oliva, alumno cooperante. La Chanca es un barrio depauperado de Almería en el que existen problemas graves de narcotráfico. Las noches se dedican a los delicados trapicheos, de modo que  no hay buenas condiciones en las casas para llevar a los pequeños al Colegio por la mañana. Las tasas de absentismo son elevadísimas.

Llama la atención que, en la terna informante, esté un niño de unos 10 años. La profesora dice que es el niño quien va a presentar la experiencia porque fueron los niños quieren  tuvieron la iniciativa. En la clase estudian los problemas del entorno. Los niños pensaron que, igual que los hermanos mayores de 5º y 6º llevaban a sus hermanos pequeños al cole, también ellos podrían ir a las casas para traer al Colegio a los niños y niñas de 1º, 2º, 3º y 4º.

Se pusieron manos a la obra. Diseñaron unos petos para ellos, no para perseguirlos sino para acompañarlos al Arca de Noé, para salvarlos del diluvio.

Antes de subir a la tarima, el pequeño/gran Ramón me pregunta, visiblemente inquieto:

–       ¿Tú te pones nervioso cuando hablar en público?

–        Claro, cómo no, siempre te inquieta no hacerlo bien. Pero verás cómo lo haces de maravilla.

Y lo hizo de maravilla. Contó con aplomo cómo había surgido la experiencia, cómo la estaban llevando a cabo y cómo habían viajado a la Universidad de Almería y a la Universidad Autónoma de Madrid para contar lo que hacían.

El niño cerró la intervención  con brillantez. “Todo lo que ha dicho lo ha preparado él solito”, aseguró Aurora.  Y se nota su  ilusión por hacer visible, con palabras y con imágenes,  la empresa innovadora en la que están empeñados. En los petos puede leerse la hermosa palabra Cooperante. Y ahí tenemos a los veteranos alumnos de 5º y 6º  acudir a las casas de los más pequeños, previo acuerdo de las dos familias, para acompañarlos a la escuela.

A por ellos es una expresión que se ha repetido hasta la saciedad en competiciones deportivas. Aquí tiene otro contenido. A por ello, no para derrotarlos, sino para ganarlos para una causa magnífica. A por ellos, no para superarlos, sino para traerlos a la escuela. A por capacidad de iniciativa, de expresión, de claridad de ideas, de compromiso solidario.

La experiencia no beneficia solamente a quienes, de la mano de sus compañeros mayores, acuden cada día a la escuela. Beneficia también a quienes desarrollan la solidaridad y ponen sus ideas, su tiempo y su ilusión al servicio de una causa noble que ellos mismos han descubierto.

Fue emocionante  escuchar aquellos testimonios, ver aquellas fotos y comprobar los buenos resultados conseguidos. Fue emocionante el aplauso que los directores y directoras presentes, que los padres y madres dedicamos al trío que nos ofrecía en tan poco tiempo, tantas ideas  y tantas emociones.

El optimismo está más que justificado. Hay miles de experiencias en las escuelas, miles de iniciativas generosas que promueven la solidaridad con los más desfavorecidos, miles de personas comprometidas con la educación. Como los integrantes de 5º y 6º del CEIP La Chanca.

El absurdo arte de la copia

11 Ene

En el libro “Los trucos del formador”, coordinado por Gregorio Casamayor en la Editorial Graó, en el que se nos invitó a participar a un grupo de profesores y profesoras de diversos niveles del sistema educativo, publiqué hace algunos años un artículo titulado “Epistemología genética y numismática o el absurdo arte de la copia”.

¿Por qué desplazarse, sentarse, escuchar y copiar si se puede disponer del documento sin moverse de casa?

¿Por qué ese título un tanto rocambolesco? Para hacer visible lo absurdo que es que se articulen las clases universitarias sobre la copia de aquello que dictan los profesores. En mis tiempos de estudiante universitario me preguntaba casi obsesivamente: ¿por qué tenemos que copiar todo lo que ya está escrito en los documentos del profesor o en los libros? ¿No se nos puede hacer una copia y dedicar el tiempo a otras tareas más ricas intelectualmente, más sugerentes, más complejas, tareas como aclarar, comprender, debatir explicar, aplicar, investigar…?

¿Por qué perder ese tiempo precioso? ¿Por qué desplazarse, sentarse, escuchar y copiar si se puede disponer del documento sin moverse de casa?

El problema es que algunos profesores y profesoras, si no dictan apuntes, no saben qué hacer. Dar clase es dictar. Es lo que han visto durante toda su vida de estudiantes y, después, en su experiencia docente. Dar clase es subirse a la tarima y dictar apuntes. (No generalizo. Hay excelentes profesores y profesoras universitarios. Hay excelentes maestros. Lo sé. Toda mi admiración y reconocimiento para ellos y para ellas).

Hay muchos profesores del tipo de los que se describen en el hermoso libro de Ken Bain: “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, editado por la Universidad de Valencia. De ellos se dice: Cuando uno de estos profesores inicia una experiencia de aprendizaje es como si una amigo invitase a sus amigos a cenar y no como si un alguacil sentase en un banquillo a un acusado (cito de memoria).

¿Qué contaba yo en aquel artículo en el que criticaba la copia? Contaba con mayor detalle del que me puedo permitir aquí, una experiencia que les había propuesto al grupo de alumnos de mi asignatura y que ellos y ellas habían aceptado con entusiasmo.

Estaba en el despacho. Tenía clase a las 12. Bajé al aula, intencionadamente, diez minutos más tarde de la hora. Al avanzar por el pasillo en el que estaba el aula noté decenas de flashes invisibles:

– ¡Ya viene ¡Él es!!

– Entraron en el aula sin mediar una palabra mía. Se sentaron. Subí a la tarima y, con gesto serio, dije:

– Señores, señoras, la asignatura que nos ha correspondido compartir durante este cuatrimestre, como saben, se denomina “Organización de las instituciones educativas”. Es una asignatura, larga, compleja y difícil. Y, como el cuatrimestre es corto, vamos a comenzar hoy con el primer tema. Se trata del tema fundamental, de los cimientos sobre los que descansa todo el edificio científico de la disciplina.

Muchos tenían ya preparados sus cuadernos y bolígrafos. Algunos, sus ordenadores. Otros los sacaron en ese momento.

Escribí en el encerado con letras mayúsculas: Epistemología genética y numismática de organización Escolar. Y añadí:

– Dividiré este tema en dos grandes apartados: Vertiente diacrónica: cómo ha evolucionado la epistemología genética y numismática en los últimos veinticinco años y vertiente sincrónica: cómo se encuentra esa parcela de conocimiento en nuestro entorno cultural. Acompañé las notas del encerado con las grafías griegas.

Copiaban casi todos. Algunos me miraban displicentes. Se podían leer sus pensamientos y se podía adivinar en sus caras el aburrimiento y la decepción. Para hacer copiar a los remisos, añadí:

Seguí explicando. Unos minutos después, anuncié:
– Punto final de los apuntes por este cuatrimestre.

El desconcierto era patente. Si no va a haber apuntes, ¿qué es lo vamos a hacer?, se preguntaban.

– Bajé de la tarima. Les invité a enmarcar las hojas con los incipientes apuntes. Les pedí que escribiesen debajo: La enseñanza en la Universidad y que añadiesen el adjetivo que esa enseñanza les mereciese. Entonces pregunté:

– ¿Alguien quiere decir qué es lo que ha pasado aquí desde que yo llegué?

Nadie se atrevía. Pasaron unos minutos de tenso silencio. Hasta que alguien levantó la mano y dijo:

– Yo no entendía nada.
– ¿Por qué no preguntabas? Cuando no se entiende lo lógico es preguntar, dije.

– Pensé que ya lo estudiaría yo solo cuando llegase a casa.

Fueron escribiendo en el encerado las frases que describían y analizaban lo sucedido. Una vez rota la compuerta de la indecisión, las intervenciones se sucedían en cadena. Si mal no recuerdo, 35.

Luego pregunté quién había anotado en sus cuadernos aquellas ideas que entre todos habían elaborado. Nadie. Les pedí que levantasen la mano quienes hubieran reproducido las frases sin sentido que yo había dictado. Todos.

– ¿Por qué?, pregunté.
– Porque, supuestamente, de nuestras frases no iba a haber examen, dijeron.

– ¿Qué hacemos ahora?, dije. Porque la tentación es subirse a la tarima y empezar haciendo lo mismo, ahora en serio.

Les pedí disculpas por lo que había hecho. Todos coincidían en pensar que la tragedia consistía en que esos minutos pudiesen prolongarse durante todo el cuatrimestre. Les invité a participar en una experiencia de aprendizaje compartida que diseñaríamos entre todos. Dijeron que sí entusiasmados.

En grupos de cuadro o cinco respondieron a estas preguntas… ¿Qué queremos (debemos) aprender en esta signatura? ¿Cómo lo podemos aprender? ¿Cómo vamos a saber si se ha aprendido? ¿Cómo nos vamos a organizar?

Lo hicieron. Con todas aquellas ideas construimos un proyecto que seguimos fielmente. Y que había sido el fruto de sus expectativas, deseos, necesidades y preocupaciones.

Cuando llegó el momento de decidir lo que hacer para la evaluación acordaron conmigo que no habría exámenes, que no habría una evaluación única para todos, que la evaluación no tendría lugar solo al final. Que ellos harían una autoevaluación razonada que influiría en la calificación, que haríamos una evaluación de la experiencia y no solo de sus trabajo y rendimiento…

Redactó el documento de trabajo una comisión que yo presidía. Juntos habíamos decidido los objetivos, los contenidos, los métodos, la evaluación y las normas. No era mi proyecto de viaje para ellos. Era el proyecto de un viaje que querían hacer conmigo.

Un colega me puso la siguiente objeción (algunas veces la hacen los propios alumnos):

– ¿Cómo pueden construir los contenidos de una asignatura quienes no la conocen? ¿Y si un grupo de alumnos de anatomía no quisiere incluir el corazón?

– Mi respuesta es que yo estoy allí con ellos. No están solos. Mi papel no desaparece, se transforma. Yo les puedo explicar a esos increíbles alumnos de anatomía que no quieren estudiar el corazón por qué es imprescindible su estudio para comprender el funcionamiento del organismo humano. Y, si no soy capaz de persuadirles de algo tan obvio, tengo que dedicarme a otra cosa.

Una historia para despertar

20 Abr

Hay historias para dormir e historias para despertar. Siempre nos han contado historias para acostarnos, para dormir. Aunque, si bien se mira, son especialmente valiosas las historias que ayudan no a dormir sino a despertar.

Todos estamos obligados a levantar la voz cuando vemos una injusticia.

En realidad esta es una historia no de ficción, sino basada en hechos reales. Una historia que nos interpela sobre el contenido y la finalidad de la enseñanza. He repetido muchas veces que no hay conocimiento útil si no nos hace mejores personas. La finalidad de la enseñanza no sería, a mi juicio, meter en la cabeza de los estudiantes una serie de datos, principios o informaciones inertes, sino un conocimiento que movilice la voluntad hacia el bien.

Quiero compartir hoy con los lectores y lectoras una historia para reflexionar sobre nuestra labor como profesores y profesoras. La he leído en un blog llamado La página de Valeria Torres. Se trata de una historia sobre las tan repetidas quejas sobre la falta de interés de las clases y la consiguiente falta de atención por parte de nuestros alumnos hacía aquello que les explicamos. Muestra el camino para atrapar, para atraer, para “enamorar” a nuestros alumnos y alumnas. Una herramienta para luchar contra la desmotivación y la apatía. Y, sobre todo, para ayudar a pensar y a convertir la enseñanza no en una mera acumulación de conocimientos sino como un instrumento para comprender la realidad y para comprometerse con su mejora.

Cuenta la historia una de las alumnas presentes en la clase donde y cuando suceden los hechos, Ella es testigo de lo que sucede y cuenta sus impresiones y la repercusión que tuvo en ella la lección.

La historia transcurre el primer día de clase cuando el nuevo profesor entra en el aula y sin tan siquiera presentarse, ni plantear los objetivos, ni el programa de su asignatura, ni la metodología que se va a seguir, ni el proceso de evaluación que va a llevar a cabo, lo primero que hace es dirigirse a uno de los alumnos que está sentado en la primera fila, preguntándole su nombre

– Me llamo Luis, profesor, contesta el alumno, un tanto sorprendido y desconcertado.

Lo segundo que hace es gritarle a Luis y exigirle que salga de la clase inmediatamente. El alumno le mira con incredulidad y asombro. Quiere preguntar y hasta protestar, pero el profesor no le da oportunidad.

– Salga inmediatamente. Cierre la puerta al salir. ¡No le quiero ver más aquí!, le grita imperativamente.

Temblando de nervios y rabia, toma sus cosas y sale sin decir una palabra y sin olvidarse de dar un portazo para cerrar la puerta.

Hasta aquí los hechos y ahora la vivencia de una de las compañeras de Luis. “Todos nos quedamos asombrados y en completo silencio. Mientras el profesor sacaba un libro de su maletín, yo le miraba y pensaba que era un completo idiota, un déspota indecente y que seguramente nos haría la vida imposible todo el semestre. ¡Qué tipo tan insoportable!

Finalmente tomó asiento y preguntó qué materia nos iba a impartir.

¡Que ridículo! ¡Ni siquiera sabía a qué venía!, pensé. Todos, al mismo tiempo, sacamos nuestro horario de clases y dijimos al unísono: ¡Introducción al Derecho!

– Muy bien. ¿Alguien tiene idea de qué se va a tratar en esta clase? ¿Alguien intuye de qué va la asignatura?

Algunos, que querían impresionar al nuevo profesor, levantaron la mano. Él señaló a uno de ellos, quien de inmediato dijo que trataría del estudio de las leyes.

– Muy bien. ¿Alguien sabe para qué sirven las leyes?

La pregunta provocó varias respuestas. Para tener una sociedad organizada. No es exacto, dijo el profesor. Para que todos estemos obligados a cumplirlas. No. Para saber quiénes son los criminales. No… Y así, uno por uno… hasta que alguien dijo la palabra mágica que el profesor buscaba… Para que haya justicia.

-¡Ajá! Justicia. ¿Qué es la justicia?

La justicia es no permitir que se violen los derechos de los demás. Bien, ¿qué más?… La justicia sirve para regular las conductas de las personas. Bien, ¿qué más?… La justicia es buscar que cada persona obtenga lo que se merece.

– Bien, muchachos. Bien. Ahora díganme… ¿Ustedes creen que hice bien en expulsar a su compañero del aula? ¿Fue un comportamiento justo?

Silencio. Miradas de unos a otros.

– ¿Hice bien? ¿Sí o no?

– ¡Nooo!, gritamos convencidos y a la vez indignados.

– ¿Cometí una injusticia?

– ¡Sííí!, dijimos al unísono

– Y ¿por qué nadie dijo nada? ¿De qué sirven las leyes, las normas y los reglamentos si no tenemos el valor de aplicarlos? Todos estamos obligados a levantar la voz cuando vemos una injusticia. Ustedes y yo. ¡Nunca se queden callados!

Tras una breve pausa añadió:

– Que alguien vaya a buscar a Luis.

Silencio. Todos nos mirábamos con sonrisas idiotas. Alguien salió a buscar a Luis.

Esa mañana me enamoré de mi profesor de Introducción al Derecho”.

Esa es una lección que interpela. Esa es una lección que probablemente no se les olvide nunca. Ni a Luis ni a sus compañeros de clase. Si esa mañana el profesor hubiera repartido su programa de la asignatura y formulado, para su inevitable copia, unas definiciones teóricas tomadas de cualquier manual o de su propia cosecha, es probable que los estudiantes hubieran salido de la clase con las ideas claras sobre la epistemología de la asignatura, pero no se hubiese movido un ápice el compromiso de sus vidas con la mejora de la sociedad.

¿Alguien conoce una forma más contundente de explicar los objetivos de una asignatura?

La historia plantea la sutil diferencia entre mostrar y demostrar, una de las claves de la verdadera educación transformadora.

¿Para qué sirve aprender? Si hiciéramos esta pregunta a muchos alumnos es probable que algunas contestaciones se limitasen a decir: para aprobar. Respuesta que llevaría a una nueva pregunta: y, ¿para qué queremos aprobar? Para obtener un certificado. Y, ¿para qué queremos el certificado?… Encadenadas preguntas y respuestas de esta naturaleza, acabaríamos por concluir que ese estúpido juego no vale para nada. O, al menos, no sirve para tener una vida más digna y hacer una sociedad más justa.

Además del componente ético que encierra la anécdota, quiero hacer hincapié en otra cuestión importante. Me refiero a la capacidad del profesorado de captar la atención de los alumnos y alumnas. Eso que he llamado en alguna ocasión la capacidad de “poner una vaca púrpura en las clases”. Es decir, algo llamativo, algo extraordinario, algo que atraiga y provoque admiración y curiosidad.

Es más fácil entregarse a las rutinas y repetir lo que siempre se ha hecho y lo que muchos y muchas hacen. Como si nada nuevo hubiese sucedido. Como si fuera igual la Edad Media, que la galaxia Gutenberg, que la era audiovisual, que la era digital. Es decir, subirse a la tarima y pedir que los alumnos abran el libro por la página veinticinco. O, empezar a dictar apuntes. Como si no fuera más lógico dárselos fotocopiados o remitirles a una plataforma digital a la que podrían acceder desde sus casas. La capacidad de seducción resulta decisiva en la enseñanza.

La manzana que quería ser estrella

10 Nov

Hace dos meses, en el solemne acto de apertura del X Congreso Federal de Escuelas Públicas de Gestión Privada, celebrado en la ciudad argentina de Córdoba, me llamó poderosamente la atención que una de las cuatro personas que hacían la presentación del Congreso, la pastora evangélica Mariela Pons, subiese a la tarima con un plato de manzanas y un cuchillo. Calculo que habría allí más de mil personas.

Y quedó asombrada al ver la estrella de cinco puntas que aparecía en el corazón de la manzana.

No es habitual, por no decir que nunca lo había visto, una actuación semejante en un acto de tanto boato. Ni que decir tiene que la expectación era grande. Habituados a palabras hueras y protocolarias, pronunciadas muchas veces sin el necesario convencimiento, Mariela quiso captar nuestra atención de forma original para lanzarnos un mensaje cargado de profundidad.

Cuando le llegó el turno, contó la historia de una manzana que quería ser estrella. Mientras hablaba tenía delante el plato de manzanas y, sobre ellas, un brillante cuchillo. Más o menos dijo lo siguiente:

Había una vez una manzana que siempre había querido ser una estrella. Nunca quiso ser una manzana. Se pasaba los días pensando, ilusionada, cómo sería una vida brillando desde el cielo.

Cada mañana, sus compañeras manzanas la invitaban a conversar y a contar divertidas historias. Reiteradamente, ella rechazaba la invitación, obsesionada como estaba con el deseo de ser una estrella rutilante.

Un buen día, viendo a las aves ascender hacia el cielo, la manzana les preguntó:

– ¿Dónde duermen de día las estrellas?

Las aves, sonriendo, dijeron:

– No, querida manzana, las estrellas están en el cielo día y noche, pero la gran luz del sol no nos permite divisarlas. Pero ahí están, en el infinito cielo, siempre con luz.

A la pobre manzana se le avivaron los deseos de ser una estrella en el alto cielo, cargada de una luz inagotable. Otro día la manzana le preguntó al viento, que movía con fuerza las ramas del manzano:

– Dime, viento, ¿las estrellas están fijas o se desplazan recorriendo todo el firmamento? Y si se desplazan, ¿quién las mueve?

– Las estrellas se desplazan recorriendo todo el firmamento y a una velocidad de vértigo, contestó el viento

Nuevamente se avivaron los deseos de la manzana de convertirse en una hermosa estrella. Cuando llegó la época de la maduración, la manzana seguía defraudada porque su sueño no se había hecho realidad. No era capaz de sonreír, ensimismada en su tristeza. No era feliz.

Una familia de vacaciones se refugió bajo la copa del manzano, buscando una sombra protectora de los rayos del sol. En medio de la amena conversación, el padre de familia agitó violentamente el tronco del árbol. Y cayeron varias manzanas, entre ellas la triste manzana que quería ser estrella.

Una de los niñas la cogió y comprobó que estaba madura. Era una hermosa manzana. La niña estaba feliz. Le pidió un cuchillo a su mamá. Ella le entregó uno muy bien afilado, con la inevitable advertencia.

– Cuidado, cariño, no te cortes.

La niña partió con cuidado la manzana de forma transversal, no del tallo al hoyuelo, sino en horizontal. Y quedó asombrada al ver la estrella de cinco puntas que aparecía en el corazón de la manzana. Y gritando, llamó la atención de toda la familia:

– Mirad, mirad, qué maravilla. Aquí hay una estrella.

La manzana había vivido triste toda la vida sin darse cuenta de que dentro de sí guardaba una hermosa estrella y de que, para mostrarla, tenía que abrirse y brindarse a los demás.

Aquella mujer del Congreso, en su didáctica exposición, al hilo de la historia, enarboló el cuchillo y cortó por la mitad una manzana. La pantalla ofreció a todos los asistentes una preciosa estrella de cinco puntas en el corazón de la manzana.

Esa experiencia me hizo pensar en muchas cosas. La primera de todas fue la que explícitamente nos planteó Mariela Pons a los asistentes. La necesidad de buscar en nuestro corazón, dentro de nosotros, lo que tantas veces perseguimos estresados en las cosas. En muchas ocasiones buscamos fuera lo que llevamos dentro. Anhelamos dinero, poder, fama, comodidad, bullicio… para encontrar en todo ello paz, diversión y, en definitiva, felicidad. Pero no buscamos en nuestro interior. También nos hizo ver cómo muchas veces anhelamos lo que los demás tienen o son sin pensar que en nuestro interior tenemos un maravilloso caudal de bondad y de felicidad. El arco iris solo brilla sobre el tejado de nuestros vecinos.

La segunda fue la necesidad de captar la atención del auditorio a través del ingenio, de la creatividad. Lo que, hace tiempo, expliqué en un artículo titulado “La vaca púrpura”. En él decía que había que poner una vaca púrpura en las cosas, en las clases, en la vida. Es decir, poner algo extraordinario, algo que cautive la atención y despierte el interés. Muchas intervenciones son aburridas y no suscitan curiosidad alguna. Alguien me comentó en una ocasión las palabras de un sensato sacerdote: “Homilía que mueve los culos, no mueve los corazones”.

La tercera es que nos habituamos a las rutinas. Siempre hemos cortado la manzana de forma vertical, no transversal. Al hacerlo de esta segunda forma podemos ver claramente la estrella de la manzana. Pero si cortamos la manzana verticalmente, de arriba hacia abajo, desde el tallo al hoyuelo, solo veremos las pepitas rotas de la manzana. Repetimos lo que siempre se ha hecho de una manera, lo que todos hacen de la misma forma. Sin indagar, sin explorar, sin arriesgarnos a cambiar, Nos hemos habituado al siguiente principio: pudiendo no cambiar, ¿por qué vamos a hacerlo? Me gustaría proponer aquí el principio de actuación opuesto: pudiendo cambiar, ¿por qué vamos dejar las cosas como están? A ver qué pasa.

El absurdo arte de la copia

4 Feb

Hace unos años, la Editorial Graó nos pidió a un grupo de docentes (éramos once, si mal no recuerdo) que escribiéramos algo sobre los trucos que utilizábamos en la enseñanza. Había en ese grupo profesores y profesoras de todos los niveles del sistema educativo: desde Infantil hasta Universidad. El conjunto de los textos se convirtió en el libro “Los trucos del formador”, que tiene su correspondiente edición catalana.

Siempre me ha llamado la atención la profusión de copia que existe en la enseñanza universitaria.

No sé si fue muy certero el título. Porque la palabra truco conlleva un toquecito de engaño. Quizá debiéremos haber hablado de las estrategias en lugar de los trucos. Pero bueno, ahí están los testimonios. Uno de los autores dijo que contaría algunos de sus trucos, pero no todos. No sé cuáles consideró irrevelables, pero evidenció la idea de que un buen mago no los descubre todos.

Voy a compartir con el lector lo que conté en aquel texto que titulé “Epistemología genética y numismática de las organizaciones escolares o el absurdo arte de la copia”. Siempre me ha llamado la atención la profusión de copia que existe en la enseñanza universitaria. Si se entregasen los apuntes (o se colgasen los textos en la red) se ahorraría el tiempo y gasto del desplazamiento, no se necesitarían aulas para ese menester, se eliminarían los errores de la transcripción y, sobre todo, se evitaría el aburrimiento.

Al grano. Primer día de curso. La clase comienzaba a las 12. Permanezco en el despacho hasta las 12.10. No más, porque los alumnos, si el profesor no llega puntualmente, se van presurosos para “librarse” de la amenaza tantas veces confirmada de aburrimiento. Curiosa práctica la de los alumnos instándose mutuamente a marchar. Siempre que esto sucede me interpelo sobre el interés de nuestras clases, no sobre la inteligencia de nuestros alumnos. (más…)