El dogmatismo de lo banal

25 Jun

Una mamá ve que su hija tiene dos hermosas manzanas, una en cada mano. Como en ese momento le apetece comer una manzana, le pregunta a la niña:

–        ¿Me quieres dar una, cariño?

La pequeña reacciona de una manera que a la mamá le sorprende y entristece: da un mordisco a una de las manzanas, saborea el bocado e, inmediatamente, da un mordisco a la otra y repite  el mismo gesto de lento paladeo.

Lo malo de esa acusación es que se produce en nombre de la ética. Es decir, que se pretende denunciar una actitud racista en nombre de la tolerancia cuando, lo que se está haciendo precisamente es un acto agresivo de intolerancia.

La mamá piensa, apenada, que su hija se está comportando de forma insolente, caprichosa y egoísta. No suele comportarse así. Pero se queda asombrada cuando ve que la niña le tiende una de las manzanas diciendo:

–    Toma, mamá, esta es la más dulce.

¿Cuántas veces se producen procesos atributivos de esta índole, radicalmente equivocados, al interpretar el comportamiento del prójimo? Por torpeza, precipitación, error, influencia de estereotipos, intereses larvados o mala voluntad, se pone en la acción del otro una intención  que nunca tuvo.

Los protagonistas tienen las claves del significado de lo que hacen. El proceso explicativo o atributivo que hace el observador, se apoya unas veces en las evidencias más palmarias, otras en meras conjeturas y, las más, en los intereses, deseos, filias y  fobias o, quizás,  maldad del intérprete. Sucede con loss hechos y sucede, no menos veces, con las palabras.

Hemos visto preocupantes hechos de este tipo en la campaña electoral que hoy termina. Se han realizado interpretaciones de hechos y palabras con mala intención, rompiendo las exigencias más elementales de la lógica y de la ética con el claro propósito de hacer daño al adversario político. El caso más escandaloso, a mi juicio, ha sido la acusación de racismo que se ha hecho al candidato socialista Pedro Sánchez a través de un torpe e interesado mecanismo causal entre dos gestos suyos: dar la mano a un niño y a una señora de raza negra y, posteriormente, sacudir una mano contra la otra.

Hay tan poco rigor en la interpretación como mala voluntad. Supongamos que el nexo causal existe. Supongamos que el candidato hubiese dado la mano al niño  y a la señora de raza negra y que después hubiese hecho el gesto de limpiárselas.  ¿Y si las personas negras hubieran tenido las manos sucias o mojadas o pegajosas? A veces los niños –blancos y negros- tienen las manos sucias, o mojadas o pegajosas. Y los adultos. Pedro Sánchez podría haberse limpiado las manos por la suciedad, no por el rechazo racial.

He visto varias veces el vídeo. ¿Por qué ese gesto tiene que asociarse al acto de limpiarse las manos? Para limpiarse se utiliza agua y jabón o se hace uso de papel o de un pañuelo. Si una persona se pasa una mano sobre otra una sola vez, ¿se está limpiando? ¿Se está limpiando qué? Primer nexo gratuito.  Y lo más grave: se limpia para eliminar una suciedad física o psicológica. Suciedad que se asocia a la condición racial de las personas a quienes ha saludado.  Segundo nexo gratuito y malintencionado.

He leído comentarios de una maldad rayana en la vileza. Se han utilizado adjetivos descalificadores sobre el gesto del candidato como “vergonzoso”, “repugnante”, “indecente”. Yo creo que esos adjetivos se los merecen los malintencionados exégetas.

Supongo que los críticos, después de saludar a algunas personas de raza negra no volverán a lavarse las manos nunca. Para que no se entienda que se están limpiando de aquel contacto. ¿Cuántas horas tienen que pasar para que se pueda romper la conexión causa-efecto?

Lo cierto es que se han publicado titulares denunciando el racismo de Pedro Sánchez. Por ese simple hecho, por esa retorcida interpretación. Y lo han hecho sus adversarios políticos de forma pública y reiterada. El vídeo se ha hecho viral. Y ese fenómeno también merece alguna consideración. Vivimos en la cultura de los titulares. Ese enunciado lapidario: “Pedro Sánchez, racista”, se propaga como la pólvora. Y es imposible detener su propagación.

Por lo que he leído, ese gesto es un tic de Pedro Sánchez que repite de forma más o menos inconsciente o mecánica. ¿Es un gesto racista? Si realmente fuera racista el autor, se hubiera abstenido de dar la mano a esas personas. ¿Podría acusársele de xenófobo si repite el gesto después de haber dado la mano a un inmigrante o de misógino si lo hace inmediatamente después de haber dado la mano a una mujer, o de homófobo si sucede después de haber saludado a un homosexual?

El comandante de un vuelo de Santiago de Chile  a Madrid me llamó a la cabina hace unos meses, dada mi condición de viajero preferente de la compañía Iberia.  Conversamos durante unos minutos. Sobre algunas anécdotas de vuelo. Me contó que conocía el caso de tres viajeros de raza negra, hijos de un mandatario africano, que subieron a  primera clase del avión expeliendo un olor tan repugnante que pronto los pasajeros colindantes empezaron a protestar. Avisaron al sobrecargo y este al comandante. Ambos comprobaron que el olor era insoportable. Les exigieron que bajaran del avión. Tuvieron que hacerlo. Inmediatamente ellos pusieron al comandante una denuncia por racismo. El comandante, en las alegaciones que escribió en su defensa, explicó que les había expulsado del avión no por su negritud sino por su pestilencia.  Afortunadamente pudo demostrar  de manera fehaciente que no era una persona racista: estaba casado con una mujer  de raza negra. Como es lógico y justo, lo exculparon de la acusación.

Vuelvo al caso que me ocupa para decir que no todo vale en política. Ni en política ni en ninguna otra parcela de la convivencia humana. Porque este mecanismo atributivo no solo se da en política sino en cualquier tipo de relación interpersonal. Se puede interpretar para entender y se puede interpretar para herir.

Muchos cultivan el dogmatismo de lo banal. No entran en el contenido profundo de las cosas, en la interpretación rigurosa de los hechos Solo  atienden a las apariencias y las utilizan de forma que les sean rentables.

Lo malo de esa acusación es que se produce en nombre de la ética. Es decir, que se pretende denunciar una actitud racista en nombre de la tolerancia cuando, lo que se está haciendo precisamente es un acto  agresivo de intolerancia.

Después de haberse explicado amplia y reiteradamente el aludido, después de haber dicho que los hechos no tenían la explicación que les habían dado, los detractores y detractoras no han tenido la valentía y la honradez de llamarle para pedirle disculpas.

–    Perdón, me equivoqué, deberían haberle dicho.

Y también deberían haberse dirigido a quienes antes lo habían hecho tratando de hacer una descalificación de naturaleza moral tan grave:

–    Tengo que rectificar, fue un craso error.

La ansiedad por denunciar la corrupción y por mostrarse honrados está adquiriendo unos visos  preocupantes. Hay en ese comportamiento tanta hipocresía y tanto cinismo que lleva a la incredulidad. Ya se sabe que ética es aquello de lo que los demás carecen.

En nombre de la ética se está emprendiendo la caza y captura del indecente. Y uno duda, con fundamento,  si la caza obedece al deseo de erradicar la corrupción o al de almacenar más votos con su denuncia. Uno se pregunta por lo que sucedería si lo que diese votos seguros fuese el hecho de ser más corrupto que los demás. ¿Se denunciaría tanto?

Mi última clase

9 May

El pasado día 5 de mayo impartí la última clase de mi vida laboral. Una clase de varias horas, que cerraba la asignatura “La evaluación como aprendizaje”, materia que forma parte del curriculum de un master departamental que lleva por título “Políticas y prácticas de innovación educativa”.

En el descanso fui sorprendido por una oleada de emociones. El grupo habría preparado una estupenda merienda y había comprado una tarta en la que dos velas (un 5 y un 4) formaban un número que se les antojaría a ellos y a ellas, tan jóvenes, una cifra desmesurada. En una tarjeta escribieron frases emocionadas de agradecimiento y de felicitación que me hicieron soltar alguna lágrima.

Ha sido casi imposible resistir la emoción que, desde días antes, me invadía. Recordaba la primera clase que di  a un numeroso grupo de alumnos de Primaria en el colegio Auseva de Oviedo, en el día de apertura  del curso escolar del año 1961.  Recuerdo cómo subía las escaleras, con el corazón alborotado. Iba a ver las caras de mis primeros  alumnos.

Han pasado más de cincuenta años. Un suspiro. No sé muy bien cómo ha podido transcurrir todo ese tiempo en un abrir y cerrar de ojos, de la noche a la mañana. No he pedido una sola baja, no he vivido ninguna deserción, no he protagonizado ningún desfallecimiento. Afortunadamente.

Ojalá que los jóvenes que empiezan lo hagan con la mitad  de la ilusión con la que yo termino. Habré causado daños, habré cometido omisiones lamentables, habré incurrido en errores garrafales. Por todo ello pido disculpas a quienes perjudiqué indebidamente y a quienes  no ayudé en la medida que necesitaban.

Tengo que agradecer miles  de cosas a mis alumnos y alumnas de todos los niveles del sistema educativo. A los de Primaria de Oviedo, a los de Secundaria de Tuy, a los del Colegio La Vega de Madrid, a los que tuve en la Universidad Complutense, en el CEU, en la UNED y, finalmente, en la Universidad de Málaga. Miles  de cosas relacionadas con la mente y también con el corazón. El título del primer libro que escribí, “Yo te educo, tú me educas”, sintetiza muy bien mi pensamiento y mi actitud ante ellos y ante ellas. Los alumnos y las alumnas son nuestra razón de ser. Sin alumnos no habría necesidad de profesores.

Esa última clase del día 5  tuvo dos partes. En la primera abordamos algunas cuestiones teóricas sobre metaevaluación y analizamos algunas experiencias a través de la técnica de la entrevista colectiva.

En el descanso fui sorprendido por una oleada de emociones. El grupo habría preparado una estupenda merienda y había comprado una tarta en la que dos velas (un 5  y un 4) formaban un número que se les antojaría a ellos y a ellas, tan jóvenes, una cifra desmesurada. En una tarjeta escribieron frases emocionadas de agradecimiento y de felicitación que me hicieron soltar alguna lágrima.

Reanudamos la sesión para abordar, a través de un pequeño documento, 25 principios que deberían presidir las evaluaciones de diagnóstico. En pequeños grupos primero, luego en plenario.

Pasito a paso nos íbamos acercando al momento final. Todo llega en la vida, aunque nos parezca lejano. De pronto, llegó el final. Planteé una singular técnica de evaluación para hacer la valoración de la asignatura. En el encerado fueron dibujando y escribiendo sus sentimientos, sus ideas, sus valoraciones a través de imágenes y palabras. Ya sé que se trata de una técnica limitada puesto que todos y todas quienes escriben lo hacen en presencia de su profesor que se despide, de su profesor que les va a calificar.  El encerado se fue llenando de ideas y de emociones. Yo también participé expresando lo que había vivido durante la asignatura.

Llegó la hora del adiós. En cada clase les había hecho el pequeño regalo de un texto significativo sobre lo que habíamos trabajado. Para ese momento elegí un breve artículo que escribí hace años y que se publicó  en esta misma columna, titulado “Los adioses”. Decía en él: “Hay que preparar el corazón para los adioses Para recibirlos cuando nos vamos y para darlos cuando alguien se va. Hay que saber encajar los adioses de manera que nos hagan fuertes y sólidos en la vida emocional. Nuestro yo se hace fuerte a fuerza de dar y recibir adioses”.

Leí  como pude aquel texto. Un texto que hablaba de múltiples adioses y que terminó (no podía ser de otro modo) con el adiós de la jubilación. “Hoy me jubilo definitivamente: adiós, queridos alumnos, queridas alumnas. Adiós”.

Luego hubo muchos abrazos y muchas lágrimas. Algunas mías. Era un momento de felicidad y de tristeza. De fin y de comienzo, de encuentro y de separación.

Asistieron a esa clase tres personas singulares. Dos que habían cursado la asignatura sin estar matriculados. Lo cual dice mucho de su afán de aprendizaje y de su escasa obsesión por los aprobados y los títulos. Y un exalumno que quiso compartir conmigo las últimas horas de mi  profesión. Y, al final, para poner el broche de oro, llegaron a la clase dos queridas compañeras del Departamento con una preciosa orquídea como regalo de despedida. No hay otra profesión que ofrezca recompensas tan profundas.

Dice Rubem Alves en su precioso libro “La alegría de enseñar”: “Enseñar es un ejercicio de inmortalidad. De alguna manera seguimos viviendo en aquellos cuyos ojos aprendieron a ver el mundo a través de la magia de nuestra palabra… Por eso el profesor nunca muere”.

Quise rendir homenaje en ese pequeño grupo a todos los alumnos y alumnas de mi vida. Lo hice de una manera simbólica y a la vez pragmática. Anuncié que todos y todas iban a tener la calificación de sobresaliente. Era una manera de redimir mis equivocaciones a la baja, es decir, de reparar de algún modo las injusticias que, sin duda, habré cometido en las calificaciones.

Quisiera que mis lectores y lectoras entendieran este artículo no como una reflexión personalista sobre mi experiencia profesional y sobre el momento de la jubilación sino como una reflexión sobre la importancia de la carrera docente. Empecé a dirigir hace años una tesis sobre este inquietante asunto: ¿cómo envejecen los profesores en la enseñanza? Lamentablemente, el doctorando enfermó de gravedad y tuvo que desandar el camino que había recorrido.

Aunque este es un artículo que se abre con mi despedida quiero aprovechar la ocasión para plantear tres cuestiones de carácter genérico: Primera: ¿Qué es lo que nos hace vivir la experiencia de manera enriquecedora y optimista y qué es lo que erosiona nuestras ilusiones iniciales? ¿Cómo es posible que con parecidas circunstancias unos pidan la jubilación anticipada y oros no quieran retirarse? Segunda: ¿Por qué hay que jubilarse obligatoriamente de una tarea que puedes y quieres hacer? ¿No se podría acusar a quien esto ordena de discriminación por la edad? Tercera: ¿Qué es lo nos hace aprender de la experiencia vivida? Creo que no es tanto lo que nos pasa cuanto la reflexión rica y exigente sobre lo que nos pasa.

La actitud positiva ante la vida que me ha brindado esta bendita  profesión hace que pueda repetir lo que dijo el escritor francés Edmond Rostand el día de su 80 aniversario cuando se miró en el espejo: ¡Desde luego los espejos ya no son lo que eran!

Bájense del avión

20 Dic

Al despegar el avión de Iberia desde Santiago de Chile a Madrid hace unos días, la sobrecargo me comunicó que el comandante del vuelo deseaba hablar conmigo. Entre sorprendido y expectante me dirigí con ella a la cabina y, durante unos minutos, hablé con los tres pilotos que comandaban la nave.

Las quejas de los pasajeros no se hacen esperar. Resultan tan insistentes que el comandante sale para comprobar lo que sucede y, ante la desagradable realidad, decide expulsar del avión a los tres jóvenes negros.

La contemplación de las cimas de la cordillera de los Andes, cubiertas de nieve, eran un espectáculo de indescriptible belleza. No parecía real el hecho de estar volando a mil kilómetros por hora a más de diez mil metros de altura.

– Pronto sobrevolaremos el desierto de Atacama, me explicaron.

Impresionaba la tranquilidad con la que hablaban  y actuaban mientras el piloto automático hacía su labor. No viene a cuento el motivo de la llamada, que estaba relacionado con mi tarjeta platino de la compañía. Lo cierto es que conversamos durante unos minutos en aquel cubículo singular, lleno de aparatos, de luces y de signos indescifrables para mí, desde donde aquellos tres hombres controlaban el vuelo y garantizaban la seguridad de los adormilados pasajeros y pasajeras.

Les pregunté si conocían la historia de la azafata y el comandante que fueron premiados por la compañía aérea Swissair en el año 1998 por la inteligente y aleccionadora forma de solucionar un conflicto de vuelo. Me dijeron que no. Se la resumí en unos momentos.

Una pasajera que viajaba al lado de un negro llama a la azafata y le dice que nadie debe estar obligado a realizar un vuelo al lado de una persona desagradable. Le pide con firmeza que le cambie de asiento. La azafata le explica que la clase turista está completa y que ella no puede tomar la decisión de pasarla a primera clase. Tiene que consultarlo con el comandante. Se va y vuelve al cabo de unos minutos. Le dice a la impaciente pasajera que ha hablado con el comandante y que los dos están de acuerdo con ella, así que va a pasar a primera clase. Ella hace ademán de levantarse y, entonces, la azafata le aclara:

– No se mueva, señora. Quien va a pasar a primera clase no es usted sino este señor que está a su lado.

Celebramos la magnífica lección. Hicieron alarde de ingenio, perspicacia y rapidez. El comandante me muestra, a renglón seguido la otra cara de la moneda. Cuenta que en un vuelo de cierta compañía suben a primera clase tres pasajeros jóvenes de raza negra, hijos,  al parecer, de un importante político africano. Los tres despiden un olor insoportable. Las quejas de los pasajeros no se hacen esperar. Resultan tan insistentes que el comandante sale para comprobar lo que sucede y, ante la desagradable realidad, decide expulsar del avión a los tres jóvenes negros.

–       Bájense del avión, por favor.

Días después, ante la reclamación de quienes se vieron obligados a bajar del avión, se le abre un expediente al comandante tildándole de racista. Cuando éste recibe la noticia de que ha sido expedientado por racismo, hace saber  a las autoridades que está casado con una mujer negra. Demuestra así, de manera  incontestable,  que no es racista. La causa de la expulsión no había sido, pues, la raza de los pasajeros sino su olor pestilente.

Regresé a mi asiento pensativo. Y, sentado ya, fui hilvanando estas líneas que ahora tienes delante querida lectora, querido lector. Hay que establecer los nexos lógicos con rigor.  Algunas veces se hacen atribuciones falsas.  Estos malolientes pasajeros pensaron (o hicieron creer que pensaban) que la causa de su expulsión era el color de su piel. No había sido así. El problema era otro. La falta de respeto hacia otras personas que tenían derecho a no soportar durante horas un olor fétido.

Algo parecido le sucedió a Doña Esperanza Aguirre cuando dijo que los policías de tráfico le habían multado por ser mujer. No. La habían multado por ser una infractora de la ley.

La cuestión que estoy planteando tiene que ver con el rigor, no con el racismo o con el sexismo. Hablo de las atribuciones que se hacen acerca de las conductas. Ya sé que la línea divisoria puede ser muy difusa y problemática, pero existe.

Las interpretaciones pueden tendernos una trampa. Porque, en los casos que he citado (uno relacionado con el racismo y otro con el sexismo)  podría suceder que las personas hubieran estado guiadas por actitudes negativas o, quizás, por actitudes positivas. Es decir, que se podría  poner la multa por haber infringido la ley o por ser una mujer la que la había incumplido. Que se podría haber expulsado del avión a los tres pasajeros por el mal olor que despedían o por el hecho de ser negros. La pregunta fundamental es la siguiente: ¿habrían actuado los protagonistas de manera diferente en el caso de ser blancos los tres malolientes pasajeros y de ser un varón el infractor de la norma de tráfico? Probablemente sí.

La mala interpretación puede estar en quien actúa, en el destinatario o destinataria de la acción y en el espectador o conocedor de los hechos. Es decir,  que  puede equivocarse quien actúa pensando que su actitud no es racista, cuando realmente lo es. El destinatario de la acción puede pensar que no es objeto de discriminación cuando realmente lo es. Lo mismo sucede con el espectador o conocedor de los hechos.

Claro que, algunas veces, la intensidad de la duda se hace insignificante o, incluso, desaparece. Si un policía golpea brutalmente a un negro que no ha hecho nada, simplemente por el color de su piel, la duda desaparece. Si un hombre mata a su mujer a golpes, quedan pocas dudas de la actitud que le mueve.

Estas reflexiones  pretenden invitar a la reflexión. A una reflexión exigente en busca de la igualdad y del respeto a todas las personas.  En busca de la verdad.

“El racismo contemporáneo ya no se basa en una  doctrina biológica sino en la voluntad de justificar y de perpetuar la desigualdad de las condiciones sociales. Por tal motivo constituye una violación programática de los derechos humanos y es denunciado como un crimen de lesa humanidad”, dice Jorge Vigil Rubio en su libro “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”.

Existe el peligro de que acusemos de racista a quien no lo es, atribuyendo una actitud que quien actúa no tiene. O de que exculpemos a quien tiene esa actitud y la esconde bajo razonamientos engañosos. Cuando se pegan en el patio dos chicos, uno negro y otro blanco, no podremos sin equívoco acusar al blanco de racista, sobre todo si se pelea al cabo de un rato con un blanco.

Me cuenta un profesor catalán que puso a dos chicos delante de toda la clase, uno negro y otro blanco. Les pidió que dijesen qué diferencias encontraban entre los dos.  El chico blanco dijo a bote pronto:

– ¡Las zapatillas!

La convivencia de personas diversas puede favorecer el respeto y la igualdad cuando nos consideramos unos a otros depositarios de la misma dignidad y de los mismos derechos por el simple hecho de ser personas.

Esto no, señora Rectora

15 Mar

No sé hasta qué punto el tema de hoy interesará a mis lectores y lectoras. Me he resistido más un año a plantearlo pero, ante lo que considero un nuevo atropello, me he decidido a contar lo que sucede en la Universidad de Málaga.

No es justo que te digan de mala manera: Váyase ya o quédese en unas condiciones humillantes.

Ya sé que una cuestión que afecta solo a dos profesores suele despertar poco interés para quien recibe votos y para quien sabe que a su alrededor tiene a miles de personas en situación de extrema necesidad.

Pero es un hecho donde se perciben claramente cuáles son los criterios de gobierno, cuál es el concepto de enseñanza de calidad, qué valores imperan en la institución, cuál es el sentido de la autoridad educativa y cómo chirrían los desajustes entre las declaraciones a la prensa y los modos de actuación.

Como el asunto tiene algunas dimensiones técnicas, trataré de situar al lector en las coordenadas del problema. Al terminar la vida profesional de forma obligatoria (es decir, al cumplir los 70 años), la Universidad española ofrece a los profesores y profesoras la posibilidad de solicitar la condición de eméritos. Se trata de un trámite complejo ya que, para conseguirla es necesario tener un curriculum profesional excelente que, en este caso, tiene que estar avalado por la Agencia Andaluza del Conocimiento. Me parece muy bien que el criterio que se utilice para el nombramiento de estos docentes tenga el máximo rigor y la máxima exigencia.

Además, los miembros del Departamento y de la Junta de Facultad tienen que dar su visto bueno a través de sendas votaciones secretas. En ambas instancias está presente una representación de la comunidad universitaria (profesorado, alumnado y personal de administración y servicios).

En el pasado curso, dos profesores de la UMA (el catedrático Pascual Martínez Freire y yo mismo) solicitamos la condición de profesores eméritos. Condición que, superados los requisitos mencionados, nos fue concedida. (Hace unos días nos ha sido renovada para el presente curso).

La señora rectora, al frente de su equipo de gobierno, decidió que se nos hiciera un contrato llamado A2+2 cuyo rango podrá valorar cualquier lector o lectora al saber que la remuneración que le corresponde es de 236 euros mensuales.

Muchas personas me aconsejaron entonces que no aceptase semejante humillación, pero decidí no responder con un desprecio a otro desprecio mayor. Bien es cierto que podría haber aceptado la condición de emérito de forma honorífica, sin remuneración alguna. Es decir, seguir trabajando gratis et amore. Está muy claro que lo que no se remunera, no se valora.

En esta Universidad, el mismo equipo de gobierno presidido por la misma rectora decidió prorrogar la condición de eméritos a otros profesores (de 2º y 3º, ya que se puede renovar el contrato durante tres años) en las condiciones que se venían manteniendo. Para que se haga una idea el lector su sueldo ronda los 1600 euros. En la misma Universidad coexisten, pues, bendecidos unos y maldecidos otros por las autoridades, dos tipos de profesores eméritos. Unos de primera clase y otros de segunda.

No se puede argumentar que la Junta obligó a tomar estas decisiones ya que la Universidad de Granada, por ejemplo, nombró tres profesores eméritos de 1º en similares condiciones a las de los profesores eméritos de 2º y 3º de aquella Universidad y de esta de Málaga.

Qué decir del desprecio a la experiencia, a las publicaciones, a los años de servicio a la Universidad de Málaga (en mi caso desde 1984, en el caso del profesor Pascual Martínez Freire desde 1982). Yo vine a esta Universidad desde la Complutense siendo ya profesor titular. Es decir no vine a buscarme la vida sino por una decisión expresa de trabajar dentro de un equipo en la construcción de esta Universidad, que entonces era una Universidad en ciernes. He escrito 63 libros ( 12 de ellos traducidos a otros idiomas), he conseguido 5 sexenios der investigación y en ninguna evaluación que han realizado mis alumnos y alumnas sobre mi práctica docente he obtenido una media inferior a 4.8 sobre 5. He asumido cargos institucionales en el Decanato, en el Departamento y en el ICE de la UMA. No es justo que te digan de mala manera: Váyase ya o quédese en unas condiciones humillantes.

Le decía a la rectora en una carta que le cursé por registro y de la que nunca tuve respuesta, que se le podía acusar de discriminación por la edad. Porque esta tarea que quiero seguir haciendo y a la que me da derecho la ley, puedo seguir haciéndola mientras tenga ilusión y salud. Pero se me impide hacerla por razones de edad.

Hay profesores en Universidades extranjeras que siguen trabajando hasta que le fallan las fuerzas. Y la autoridad les pide a esos profesores que sigan, que compartan su experiencia profesional. No quieren desperdiciar una fuente cualificada de la calidad.

Se me podría decir que hay profesores y profesoras jóvenes que necesitan trabajar. Y que ese puesto que yo ocupo podría ser aprovechado por ellos. Lo sé. Pero, ¿desde qué edad se podría aplicar ese criterio?

De forma casi constante recibo invitaciones de otras Universidades nacionales y extranjeras para impartir cursos y conferencias y dirigir investigaciones. Lo que en otros lugares valoran, aquí se ha despreciado. Lo que en otros lugares demandan, aquí se ha rechazado. Lo que en otros lugares se remunera aquí se exige que se haga prácticamente gratis.

Lo más sangrante es que se hace una normativa ad hoc para nosotros en la que se dice que “en ningún caso (obsérvese el énfasis) podrán hacerse responsables de cursos…”. Es decir, podemos dar clase, pero no podemos firmar las actas. ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué ese trato degradante? ¿Podemos responder de nuestros actos para impartir docencia y no para firmar las actas que acreditan el aprovechamiento de los alumnos y alumnas?

Las decisiones fueron tomadas sin que en ningún momento mediase una explicación sobre los motivos que las justificaban. Ni un segundo dedicado al diálogo. Ni una palabra de disculpa por esa tremenda patada que, después de tantos años, la UMA nos regalaba como despedida.

La gota que ha colmado el vaso es la retirada de la percepción de los complementos autonómicos cuando la normativa es taxativa al respecto: al enumerar los profesores que pueden percibirlos se hace referencia textual a los profesores eméritos. El hecho de que tengamos ese contrato miserable, ¿es causa suficiente para que se considere que ni siquiera existe? ¿Por qué otros eméritos de la misma Universidad los perciben?

Acabo de publicar un libro en Argentina sobre la autoridad educativa. Se titula “Las feromonas de la manzana. El valor educativo de la dirección”. El título se debe a que las manzanas tienen unas feromonas tales que, si se mete en una bolsa una manzana y frutas verdes, éstas maduran por la influencia beneficiosa de las feromonas. En él recuerdo que la palabra autoridad proviene del verbo latino auctor augere, que significa hacer crecer. No se lo enviré a mi Rectora. Por lo que veo ella está en otra onda.

¿Qué fuerza le asiste a la Rectora para enarbolar la bandera contra los recortes del señor Wert cuando ella, por su soberana decisión y la de su equipo, decide aplicarnos a dos profesores eméritos un recorte del 85% respecto a lo que están percibiendo de sueldo otros profesores y el 100% de los complementos autonómicos?

Alguien me ha dicho que todo esto se debe a que los dos eméritos nombrados el pasado curso no somos de la cuerda de la señora rectora. No lo sé. Yo creía que nuestra cuerda, la suya y la nuestra, era trabajar por la UMA. Parece ser que no. Pues nada, señora Rectora, nos veremos en los tribunales.

Una ratonera en la casa

4 Ene

Estamos en plena crisis. Pero la crisis no afecta a todos por igual. Algunos hasta se han enriquecido con ella. Otros, como consecuencia del mal proceder de unos pocos, viven en la miseria.

- ¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa!

Hay restaurantes carísimos que están siempre abarrotados, vacaciones de lujo por el mundo entero, Hoteles de cinco estrellas repletos de clientes, viajeros de primera clase que pagan cinco mil euros por un viaje, coches de altísima gama circulando por las carreteras de países sumidos en la pobreza… Y hay quien busca en la basura algo que llevarse a la boca, gente que pasa frío porque no puede pagar la calefacción y personas que tienen que dejar a sus hijos sin un triste juguete.

Alguien, al entrar en un restaurante y verlo abarrotado, me dijo:

– ¿Dónde está la crisis?

Pues está en otra parte. Pero está. Afecta a otras personas. Lo que pasa es que esas personas nos importan un bledo. Y les importan otro bledo a algunos políticos, más preocupados por mantenerse en el poder y enriquecerse que por ayudar a los necesitados.

Me preocupa cada vez más el tipo de sociedad que estamos construyendo. ¿Es una sociedad en la que cabemos todos? ¿O es una sociedad en la que solo unos pocos disfrutan? ¿Es una sociedad solidaria y equitativa o una sociedad injusta y cruel?

Me preocupa que las diferencias se vayan acentuando y que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. ¿En qué consiste entonces el progreso? ¿En que mejoren quienes ya tenían unas condiciones de vida favorables y se hundan cada vez más en la miseria los desarrapados?

Me preocupa la progresiva privatización de bienes y servicios. ¿Tiene usted dinero? Tendrá educación. ¿Tiene dinero? Tendrá salud. ¿Tiene dinero? Tendrá seguridad. ¿Tiene dinero? Tendrá medios para comunicarse y desplazarse. ¿No tiene dinero? Será un ser desgraciado en esta sociedad y no podrá tener ni educación, ni salud, ni seguridad, ni comunicación, ni futuro.

¿Es esto una selva? ¿Una selva con leyes cada vez más sofisticadas? Antes, quienes eran grandes y fuertes destruían o dominaban a quienes no lo eran. Ahora hemos creado nuevas reglas de funcionamiento: los que más saben, engañan a quienes no saben nada. ¿Para eso sirve el conocimiento?

Si cada uno mira por sí mismo (o por el pequeño círculo familiar, que esa es una forma peculiar de egoísmo compartido), ¿qué será de los más desfavorecidos?, ¿qué pasará con quienes Paulo Freire llamaba “los desheredados de la tierra”?

Leí hace tiempo una historia que quiero compartir con los lectores y lectoras por lo que tiene de aleccionadora.

Un ratón, mirando por un agujero que hay en la pared, ve al granjero y a su esposa abriendo un paquete. Sintió cierta curiosidad e, incluso, cierta emoción pensado en lo que contendría.
– ¿Qué tipo de comida podría haber allí?
Quedó aterrorizado cuando descubrió que era una ratonera.
Fue corriendo al patio de la granja para advertir a todos:
– ¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa!
La gallina, que estaba cacareando y escarbando, levantó la cabeza y dijo:
– Discúlpeme, señor ratón. Yo entiendo que es un gran problema para usted, pero a mí no me perjudica en nada, no me incomoda lo más mínimo.
El ratón fue hasta donde estaba el cordero y le dijo:
– ¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera!

– Discúlpeme, señor ratón, pero no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que será recordado en mis oraciones.

El ratón se dirigió entonces a la vaca, y la vaca le dijo:
– Pero, ¿acaso yo estoy en peligro? Pienso que no. Es más, estoy seguro de que no.
Entonces el ratón volvió a casa preocupado y abatido para encarar a la ratonera del granjero.

Aquella noche se oyó un ruido, como el de una ratonera atrapando a su víctima. La mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado. En la oscuridad, ella vio que la ratonera había atrapado la cola de una cobra venenosa. La cobra mordió a la mujer. El granjero la llevó inmediatamente al hospital. Ella volvió con fiebre. Todo el mundo sabe que para alimentar a alguien con fiebre nada mejor que una sopa. El granjero agarró su cuchillo y fue a buscar el ingrediente principal: la gallina.

Como la enfermedad de la mujer continuaba los amigos y vecinos fueron a visitarla. Para alimentarlos, el granjero mató el cordero. Mas la mujer no mejoró y acabó muriendo. Y el granjero entonces vendió la vaca al matadero para cubrir los gastos del funeral.

Así que la próxima vez que escuches que alguien tiene un problema y creas que, como no es tuyo, no le debes prestar atención… piénsalo dos veces.

El problema consiste en pensar que cuando alguien oye o ve o sabe que otra personas o muchas otras personas tienen un problema no tiene que pensárselo dos veces porque no le va a pasar nada. Puede ser así en una primera instancia. Pero, a la postre, cuando se crea un mundo con reglas de funcionamiento injusto, todos vamos a ser perjudicados.

La historia ofrece una moraleja que la vida no suele corroborar. Lo que suele suceder es que el ratón cae en la ratonera y los demás animales siguen viviendo tan ricamente. Esto a la corta pero, a la larga, esas actitudes generan un perjuicio para todos.

El problema es que estamos creando una sociedad en la que cada uno mira por sí mismo. Y, cuando alguien da, es porque espera recibir algo. No me gusta la filosofía del “do ut des” (doy para que me des). Creo que la solución no está en el interés sino en la generosidad.

Si a los animales de la granja les hubiera importando el problema del ratón, es probable que hubieran solucionado su problema. De esa manera, cuando el cordero tuviera una situación de dificultad, los demás animales le hubiesen echado una mano. Pensar que los problemas de uno son de todos es una forma de crear una sociedad más solidaria.

Ya sé que es muy conocido este poema que erróneamente se atribuye a Bertolt Brech. En realidad se debe al pastor luterano alemán Martin Niemöller que lo incluyó en un sermón de Semana Santa. Es saludable recordarlo de nuevo.

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,/ guardé silencio,/ porque yo no era comunista,/ Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,/ guardé silencio,/ porque yo no era socialdemócrata./ Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,/ no protesté,/ porque yo no era sindicalista,/ Cuando vinieron a por los judíos,/ no pronuncié palabra,/ porque yo no era judío,/ Cuando finalmente vinieron a por mí/ no había nadie más que pudiera protestar”.

Si la nueva ley de educación perjudica a los más desfavorecidos, que protesten ellos; si la ley del aborto machaca a las mujeres, que protesten ellas; si las empresas despiden a sus trabajadores, que protesten los despedidos; si las leyes sanitarias expulsan del beneficio social a los más pobres, que protesten ellos…

Es la herencia que vamos a dejar a nuestros hijos, a nuestras hijas. ¿Cómo no nos preocupa este clima de injusticia y de insolidaridad? Hay que construir una sociedad más justa, más solidaria. Una sociedad en la que todos podamos vivir de forma digna. No solo unos pocos privilegiados. No solo unos cuantos espabilados. No solo quienes fueron favorecidos por la herencia, la suerte, el robo o el azar.