Hoy toca teoría

21 Jul

Siempre me ha parecido subyugante la simbiosis entre teoría y práctica, entre práctica y teoría. Son cosas distintas, sí, pero están relacionadas de forma compleja y, para mí, sugerente y un tanto mágica.

Para asombro de todos, Fillol contesta: Hoy toca teoría.

Nada hay más práctico que una teoría. Porque la teoría es el camino que nos conduce a una determinada forma de entender la acción. Hay personas a las que una teoría les ha llevado a entregar la vida. ¿Hay algo más efectivo, más contundente, más práctico? Un misionero, un terrorista, un kamicace… dan la vida por una idea, por una causa, por una teoría.

El problema reside en que no necesariamente la teoría lleva a la acción coherente. Sea porque la teoría es poco consistente, porque la voluntad es débil o porque existan impedimentos externos que dificulten llevarla a la práctica.

Le oí contar a Jorge Valdano este simpática anécdota. Estaba entrenado el portero de fútbol Fillol y, con asombro, el entrenador veía que se quedaba en medio de la portería, mientras iba explicando lo que sucedía con los balones que otros jugadores le disparaban desde el punto de penalti:

– Alto por encima del larguero
– Gol por la escuadra
– Fuera por el lateral derecho
– Gol por la parte inferior izquierda pegado al palo

El entrenador, se dirigió al portero y le preguntó:
– ¿Qué sucede? ¿Por qué no intentas detener el balón en los lanzamientos?

Para asombro de todos, Fillol contesta:
– Hoy toca teoría.

Decir que “hoy toca teoría”, significa que se pone una línea divisoria que la separa de la práctica. Eso es lo que hacía Fillol. No se movía. No actuaba. Cuando decimos que “hay que dejarse de teorías” volvemos a levantar el muro que artificialmente las separa. Porque teoría y práctica pueden (y deben) estar relacionadas.

Cuando les oigo decir a algunos docentes: “déjame de teorías” pienso que están menospreciando una fuente poderosa de acción. La expresión se usa para decir que una cosa es la teoría y otra la práctica. Y es verdad. Pero no cosas opuestas. De hecho, ese profesor que dice “déjame de teorías”, también tiene las suyas, que son las que le conducen a obrar de determinada manera.

Hay teorías que no llegan a inspirar la práctica. Pienso en los curas pederastas, en los socialistas ladrones, en los médicos fumadores, en los dietistas obesos, en los profesores inapetentes con el conocimiento…

También es cierto que puede alguien conocer una teoría como un simple conjunto de principios, más o menos lógicos y estructurados. Una teoría que queda ala margen de la vida y de la práctica.

Hace unas semanas, en unas jornadas sobre evaluación que se celebraron en la Universidad de San Sebastián (Concepción. Chile), el profesor y Decano de la Facultad de Educación de una Univdersidad vecina, y desde entonces amigo, Jaime Constenla Núñez explicaba que, si la pretensión era que un chico aprendiese a montar en bicicleta, no bastaba que conociera la definición de vehículo con pedales, las partes que tiene la bicicleta (manillar, sillín, ruedas…), las instrucciones para poder manejarla, las diferentes marcas y precios, su historia desde que apareció sobre el planeta, los campeones de las mejores carreras ciclistas… Es probable que, aún conociendo toda la teoría relacionada con la definición, la estructura y el funcionamiento de la bicicleta, el chico no pudiese avanzar siquiera unos metros.

La clave está en saber pasar de la teoría a la práctica y, a su vez, en saber formular las teorías que se derivan de una forma determinada de hacer las cosas. El camino es, pues, de doble sentido: se puede ir de la teoría a la práctica y de la práctica a la teoría.

Un joven vendedor se dirigió a un agricultor y comenzó a hablarle con entusiasmo sobre el libro que vendía.

– Este libro le explicará todo lo que necesita saber sobre la agricultura, afirmó el entusiasta vendedor. Dice cuándo sembrar y cuándo cosechar, describe los efectos del clima, lo que se puede esperar y cuándo esperarlo, explica todo lo que hay que hacer.

– Joven, repuso el agricultor, no es eso en lo que reside la dificultad. Sé todo lo que dice el libro. Lo que encuentro difícil es hacerlo.

Una cosa es predicar y otra dar trigo, dice un refrán español. Todo el mundo recuerda aquella anécdota en la que a un entusiasta teórico de la idea de compartir se le preguntaba qué haría si tuviera dos casas:

– Regalaría una. ¿Para qué quiero dos casas si solo necesito una para vivir?

Se le continuaba peguntando por lo que haría si tuviera dos coches, dos yates, dos caballos, dos motos…

Su respuesta era indefectible:

– Por supuesto, regalaría uno de los dos. No necesito dos caballos, dos coches, yates o dos motos…

Finalmente, se le preguntó por lo que haría si tuviera dos bicicletas. Y ante esa comprometedora pregunta, dijo:

– Alto ahí, dijo. Que tengo dos bicicletas.

La intrincada cuestión de las relaciones entre teoría y práctica lleva aparejado también el problema del aprendizaje. ¿Conviene empezar por la teoría y desde ella ir a la practica o conviene aprender a hacer las cosas y luego a entender las teorías que la sustentan? Me gusta el camino que va de la práctica ala teoría, pero los dos son necesarios.

Se nos achaca a los profesores universitarios la despectiva condición de teóricos, como si nosotros no tuviéramos clases, como si no tuviésemos práctica. Se piensa que los profesores de otros niveles carecen de teorías sobre la enseñanza. No es así. Claro que tienen teoría, aunque, en ocasiones, no se haya explicitado suficientemente. En ambos casos hay teoría y práctica. Hace falta que la práctica nos ayude a pensar y a reflexionar. Y, a su vez, que las teorías iluminen y dirijan a buen puerto las prácticas.

La patada en el muro

14 Jul

He vivido un año en Galway (Irlanda), una ciudad de 75.000 habitantes, en la que existe una interesante simbiosis entre los visitantes y la población autóctona. En un reciente libro sobre la ciudad (“Galway. A Sense of Place”), escrito por el arquitecto Roddy Mannion, se dice de ella que es una ciudad “acogedora, atractiva, vibrante, histórica, artística, tradicional, encantadora, dinámica, cosmopolita, bohemia, con atmósfera, llena de colorido, medieval, amante de la diversión, exuberante, antigua y moderna… y cultural”. Aquí he vivido un año inolvidable que se ha pasado volando. Agua, frío, verde, belleza, trabajo y afectos.

Pero lo que tiene de peculiar ese punto, esa pared, es que todos elevan la pierna para dar una patada contra alguna de sus piedras.

Salthill es una hermosa parte de la ciudad en la que hay un paseo marítimo llamado Prom. En ese paseo hay un muro en el que se puede observar algo verdaderamente curioso. Los viandantes pasean a lo largo de la costa y, al llegar a él, dan una patada y se vuelven en la dirección contraria.

El muro corta el camino, cierra el ancho paseo, pone fin a la caminata. Después ya sigue la carretera, no el paseo. De modo que lo suyo, lo lógico, lo obligado, es dar media vuelta y caminar en la dirección contraria. Pero lo que tiene de peculiar ese punto, esa pared, es que todos elevan la pierna para dar una patada contra alguna de sus piedras.

Es curioso observar a la gente. Incluso quienes van conversando, sin dejar de mirarse, hacen ese gesto casi de forma automática. Patadita y media vuelta. Es indefectible: niños, jóvenes, adultos y viejos practican la misma costumbre. Pueden ir deprisa o despacio, solos o en grupo, formal o deportivamente vestidos. Al llegar al muro, dan una patada y se vuelven. Es una patada suave, como es lógico. Nadie se va a hacer daño golpeando su pie contra un muro de piedra.

Me he preguntado muchas veces por el significado de esa costumbre. He procurado informarme sobre su origen y no he sacado mucho en claro. He preguntado a personas de diferente edad y condición. He leído. He buscado. El lector o lectora podrá hacer la correspondiente consulta en la red escribiendo en cualquier buscador “Wall kicking o Kick the vall in Salthill””.

Creo que si se preguntase a los paseantes del Prom por qué le dan la patada al muro, muchos dirían que no lo saben. ¿Por qué lo hacen entonces? Pues porque sí, porque todo el mundo lo hace.

Unos dicen que es un gesto que traerá suerte, otros que se trataba de un modo de deshacerse de la arena que se pegaba a los pies, otros que era un símbolo que pretendía expresar el deseo de ampliar el recorrido del paseo, otros que una tubería subterránea ejercía presión sobre el muro y se trataba de contrarrestarla, otros que es un modo simbólico de desahogarse de los problemas (el dolor, la rabia, el fracaso…). Hasta he oído una curiosa explicación que no tiene fundamento histórico alguno, que dice que el pequeño muro fue construido por los ingleses y que la patada es una forma explícita de expresar la antipatía y la aversión. No lo sé, sinceramente. Las personas a quienes he consultado ofrecen versiones diferentes sobre esta tradición y su origen.

Pero no es de la ciudad y de su tradicional gesto del Prom de lo que quiero hablar, sino del sentido de las tradiciones o, mejor aún, de cómo cada uno y cada una, en su cultura asimila esas tradiciones.

No todo es bueno en la cultura. Hay que tener capacidad para discernir. Hay costumbres buenas y costumbres perniciosas. Es necesario tener los criterios necesarios para emitir un juicio riguroso. Y esos criterios los proporciona la educación. Hacer las cosas porque siempre se han hecho así o porque todo el mundo las hace, no tiene mucho sentido.

La educación se diferencia de la simple socialización por dos rasgos esenciales. El primero es que la persona educada sabe discernir, tiene sentido crítico, no reproduce mecánicamente las costumbres. El segundo es que la persona educada sabe desentrañar el sentido ético de las costumbres. Si ese sentido es ético las sigue, si no lo es, se distancia e incluso lucha para desmontar esas tradiciones inaceptables. La educación permite descubrir la falta de lógica y la falta de ética del comportamiento. Estar educado no es incorporase con éxito a la cultura, es aplicar críticamente criterios de valor a las tradiciones.

Este hecho me ha llevado a pensar en la creación y mantenimiento de muchas de nuestras costumbres. La persona es un animal de costumbres. ¿Por qué comemos las doce uvas en Nochevieja?, ¿por qué decimos buenos días?, ¿por qué se valora de forma diferente la infidelidad en hombres y en mujeres?, ¿por qué nos damos la mano para saludarnos?, ¿por qué los hombres llevan paraguas de color negro?…

Hay muchas costumbres inofensivas, neutras desde el punto de vista ético. Pero hay otras que no solo son estúpidas sino que atentan contra principios que una sociedad culta y democrática debe defender. Arrojar una cabra desde el campanario de la torre del pueblo solo les puede hacer gracia a los imbéciles. Se trata de una costumbre irracional e injusta. Practicar la ablación del clítoris de las niñas es una costumbre, a mi juicio, inmoral e insensata.

Obsérvese que ese argumento de que puesto que lo hacen todos tiene que ser cierto, se ha utilizado durante mucho tiempo como una muestra de la verdad. Durante muchos siglos se pensaba que el sol giraba alrededor de la tierra. Era un error consensuado.

Las tradiciones funcionan así. Se hacen las cosas porque siempre se han hecho y porque todos las hacen. Repasemos la inmensa cantidad de comportamientos que se basan en tradiciones. Y pensemos no solo en asimilar la cultura sino en hacerla mejor.

Justos por pecadores

7 Jul

Hay un dicho en un nuestro discutible refranero que dice que suelen pagar justos por pecadores. Creo que sucede muchas veces. Lo estamos viendo cada día en esta eterna crisis que padecemos. Unos la han causado y otros la sufrimos. Pagamos justos por pecadores. Pero ese fenómeno no se produce solo a gran escala, también puede verse encarnado en casos de menor dimensión.

Un buen día aparece rota la Regla de Dibujo. Y nadie se presenta como responsable del desperfecto.

Comentaré un hecho de esta naturaleza a través del relato que me hace la familia de una estudiante de Secundaria sobre algo que le ha pasado en su Instituto. Un buen día aparece rota la Regla de Dibujo. Y nadie se presenta como responsable del desperfecto. Ahí comenzó el conflicto. Estas son las palabras de la chica:

“Después, comenzó el suplicio. Según la seño, la normativa de convivencia dice que el material escolar hay que reponerlo y aparece la primera sanción (no, ahora se llaman medidas correctivas de conductas contra la convivencia): todos tendremos que pagar 50 céntimos de euro. Y yo todavía no tengo paga, ¡madre mía!. Todos a una, o casi: seño, que yo no fui, ¿por qué tengo que pagar? La respuesta, sin dudar: porque lo dicen las normas de convivencia, y todos son responsables de lo que pase en el aula”.

El autor o autora de ese desperfecto no se identifica. Se supone que alguien ha sido, porque no se va a romper sola. O sí. Quiero decir que también podría suceder que se hubiera roto por accidente sin que nadie fuera consciente de ello. Pero bueno, supongamos que alguien ha sido. Al no aparecer un culpable, la Jefa de Estudios decide que tienen que pagar entre todos la compra de una regla nueva. Se trata de una pequeña cantidad porque en el reparto tocan a 50 céntimos.

La chica, herida en su dignidad, dice que no ha roto nada y que ella no va a pagar. Sinceramente, creo que hace bien al negarse. No es tanto una cuestión de dinero cuanto de principios. Porque aquí, el principio de presunción de inocencia se convierte en un principio de presunción de culpabilidad. Ella misma dice que los hechos contradicen lo que ha estudiado en la asignatura Educación para la Ciudadanía en sexto, donde le han explicado que todas las personas tienen el derecho a la presunción de inocencia. Y, por otra parte, que nadie debe ser sancionado sin pruebas.

No sé lo que pensaría la dirección del Centro si un buen día apareciese en la prensa la siguiente noticia. Se ha robado una cantidad de dinero al Ayuntamiento. Como no aparece el autor del robo, todos los vecinos van a tener que pagar la parte correspondiente.

No me sirve el argumento de que hay una norma en el Centro que obliga a pagar a todos cuando no aparece el autor de un destrozo. Supone celo por el bien común, pero basado en un principio erróneo. El fin no justifica los medios. Si la norma existe, hay que cambiarla.

Pasado un tiempo aparece un modo de presión en la estrategia de reposición de material por roturas o robos en el Centro, a mi modo de ver inaceptable. Se les presiona a los retrasados en el pago con la sanción anticipada de que si no pagan no se les permitirá asistir a la inminente excursión de fin de cuso, ocasión final para celebrar esfuerzos y disfrutar de buenas amistades. Ella califica esta actuación de chantaje emocional. Yo también. Una alumna no puede ser discriminada en una actividad tan importante.

Esa forma de presión lleva aparejada una invitación a la delación. Induce a que alguien reaccione de esta manera:

– Como no te importa perjudicarnos a todos con el silencio, yo te voy a perjudicar a ti con la acusación.

No sé si esta chica o alguno de sus compañeros conocía la autoría del desperfecto. Si sabían quién fue, se presenta una doble posibilidad: acusar a quien ha hecho algo mal o callarse y así perjudicar al resto de lo compañeros. La fidelidad al grupo suele quedar por encima.

Nadie da su brazo a torcer. Se queda sin excursión. Yo creo que el Centro defiende una norma más que discutible y la chica defiende un principio evidente. Se me dirá que la norma también defiende un principio. Puede ser, pero creo que por un camino equivocado.

Se suele decir que las normas están para cumplirlas. Yo diría que, antes, están para revisarlas y cambiarlas o suprimirlas cuando sostienen algo que no es justo. Por otra parte, ese rigor en el cumplimiento de las normas desaparece, al parecer, cuando se sanciona con una medida correctiva para faltas graves o muy graves, pero se trata de aplicar lo establecido en el caso de faltas leves: sin comunicación a la familia, sin intervención de la Dirección o del Equipo de gestión de la convivencia, sin informe al Consejo Escolar, sin dejar constancia escrita de nada… A los padres de la alumna no se les informa en ningún momento, y hasta se les niega la información que necesitan para acceder a los padres o madres que son miembros del Consejo Escolar, bajo la excusa de que la Ley de Protección de Datos no permite facilitar información personal. ¿No fueron elegidos los representantes en elección pública?, ¿no tienen que facilitar los Centros la comunicación de estos representantes con sus correspondientes representados?…

¿Qué puede hacer el Centro en estos casos? Yo creo que debe preguntar quién ha sido. No da igual que se rompa el material. Debe instar abiertamente a que se diga quién ha sido el responsable por un sentido elemental de responsabilidad. Debe inculcar la importancia que tiene el bien común. Tiene que educar en el respeto a las cosas. Pero no sancionar a los inocentes. Sé que todo esto es difícil. Sé también que tomo parte en un conflicto sin escuchar a una de las partes. Pero creo que el núcleo de la cuestión está claro. Quiero expresar mi respeto absoluto para los profesionales de la educación que han intervenido en el conflicto y mi convicción de que la familia debe ayudar a la escuela.

Lo más negativo de esta historia, a mi juiicio, es la sensación de injusticia con la que se ha quedado esta estudiante. La familia ha optado, creo yo, por seguir el buen camino de apoyar a su hija en su noble reacción.

Creo que algunas veces, al dar el brazo a torcer fortalecemos la autoridad. Sucede lo contrario a lo que muchas veces se piensa, que si cedemos nos debilitamos.

Escuela privada

23 Jun

Hace tiempo que llegó a mis manos una viñeta en la que se refleja el diálogo entre dos madres, probablemente argentinas, en el que una le informa a su amiga sobre el tipo de escuela en la que ha inscrito a su hijo para el próximo curso.

Cuando se perjudica a la escuela pública se castiga a los más desfavorecidos.

Reproduzco el diálogo entre las dos mamás (con algunas correcciones formales). La pequeña historia está llena de ironía y de causticidad:

– Este año mandamos a Pablito a una escuela privada.
– Pero, ¿no le habíais inscrito en la escuela pública de la otra manzana?

– ¡Por eso! Está privada de tizas, de borradores, de sillas, de bancos, de libros, de…

La escuela pública es una escuela privada de… Por el camino que vamos, privada de casi todo. Del número necesario de docentes, de buenas condiciones para la enseñanza, de una ratio razonable, de unos medios didácticos mínimos…

Comprendo la indignación de los profesionales de la educación, de las familias, de los estudiantes y de la sociedad en general. Comprendo y participo de su rechazo, de su rabia y de su dolor.

La actual política de recortes en educación, no puede ser más desastrosa. Y lo digo en un doble sentido. El primero porque se había negado reiteradamente que se fuera a hacer este tipo de recortes en educación y sanidad. Y, en segundo lugar (o en primero también) porque recortar en educación es una forma de harakiri social.

Me han pedido un breve texto en el que resuma mis razones para rechazar los recortes que se están haciendo en educación. Y, cuando hablo de educación me refiero, sobre todo, a la escuela pública, que es la escuela de todos y todas y para todos y todas.

Hablé en él de cinco razones, aunque titulé el texto de manera más amplia: “Las mil razones por las que rechazo los recortes en educación, aunque solamente explicitaré cinco”.

En primer lugar, porque pienso, con Herbert Wells, que la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe. No sé qué autor escribió este lapidario y significativo título: “Educación o guerra civil”. En efecto, a la paz, a la justicia, a la solidaridad, al respeto a la dignidad humana, se llega por la educación. Es el mejor instrumento que tienen las personas y las sociedades para desarrollarse.

Creo que la solución a los problemas y el eje de la mejora de las personas y de los pueblos, no está básicamente en los cuarteles, ni en los despachos ministeriales, en las multinacionales, en los bancos o en las iglesias. Está en las escuelas. Por eso, castigarlas poniendo en entredicho su quehacer, es una maldición social.

En segundo lugar porque la escuela es la gran mezcladora social. En ella conviven ricos y pobres, blancos y negros, niños y niñas, listos y torpes, guapos y feos, inmigrantes y autóctonos… En la escuela se aprende a convivir. Es un laboratorio de buenas relaciones.

Cuando se perjudica a la escuela pública se castiga a los más desfavorecidos. Quien tiene dinero puede estudiar cuando quiera y donde quiera. Quien no tiene dinero ni escuela pública, está condenado al fracaso.

En tercer lugar porque recortar en educación es practicar lo que Francesco Tonucci llama “masoquismo económico”. Es decir, que no destinar dinero a la educación es una forma de perder dinero, no de ahorrarlo.

Tener un sistema educativo de calidad es caro. Pero no tener educación o tenerla de mala calidad es carísimo. A la larga se paga. Me vale de ejemplo cualquier aspecto de la vida humana. Si una persona no tiene formación, no sabrá cuidar su dentadura, sus ojos, su cuerpo… Y la sanidad curativa es infinitamente más cara que la preventiva.

En cuarto lugar porque ese tipo de comportamiento se convierte en un pésimo ejemplo para los niños y los jóvenes. ¿Qué importancia le dan los gobernantes a eso que dicen que es tan necesario y tan valioso? ¿Por qué lo desprecian así? ¿Por qué lo maltratan así? ¿Por qué no mejoran aquello que ha costado tanto esfuerzo sacar adelante?

En quinto lugar porque esos recortes que pretenden ser una solución, se convierten en un problema. ¿Cómo es posible que recortando se pueda crecer? ¿Cómo se puede conseguir aumentar quitando? ¿En qué mente cabe que la mejora puede residir en un empeoramiento?

Podía seguir dando argumentos, exponiendo razones. Lo más dramático de la situación, a mi juicio, es que los políticos que durante la campaña lectoral se mostraban tan aduladores y tan cercanos a la ciudadanía, ahora han huido y se han encerrado en sus despachos haciendo oídos sordos a su clamor. Vinieron a por los votos y se fueron para hacer lo que les diera la gana. Hicieron promesas y las están incumpliendo. Dijeron que no iban a recortar en educación y lo están haciendo. Lo peor, digo, es que no vale de nada lo que digamos o hagamos: manifestaciones, recogida de firmas, dar las clases en la calle, escribir artículos y libros… Da la impresión de que ellos están en posesión de la verdad y de que nadie les va a mover de su sitio.

¿No hay otros sitios de donde sacar dinero? ¿Cuántas veces lo hemos de repetir? Ese señor consejero de Bankia que se va con catorce millones de euros a disfrutar de un tranquilo retiro, esos paraísos fiscales en los que se esconde el dinero sin que la justicia pueda asomarse, esos gastos innecesarios de protocolo, esos fraudes a la Hcienda pública… Debemos tener cara de imbéciles. Es más, debemos de serlo. Si nos tratan así, es que debemos de serlo. De lo contrario, no se explicaría tanto silencio y tanto aguante.

No me gusta descalificar a los políticos y a las políticas de manera generalizada. Sé que no todos (ni todas) son iguales y sé que no todos (ni todas) son malos. Pero, ante este tipo de medidas, me ha venido a la mente aquél sarcástico comentario de Bernard Shaw: “Hay que cambiar con frecuencia a los políticos, como a los pañales de los niños: por idénticos motivos”.

La historia del colibrí

2 Jun

Estamos viviendo una situación muy crítica. Los escándalos (acabo de leer que un consejero de Bankia se retira cobrando 14 millones de euros), los recortes en servicios sociales como educación y sanidad, la bajada progresiva de sueldos, la pérdida de puestos de trabajo, las promesas incumplidas de quienes consiguieron muchos votos haciéndolas…, cierran el horizonte y nos llenan de pesimismo y de indignación.

Bueno, respondió el colibrí, yo hago todo lo que puedo.

La situación llama al desaliento, a la corrupción y al egoísmo. Cada uno en su escala se puede sentir instado a hacer lo que impunemente ve hacer en las altas esferas. En cada nivel, en cada puesto, un cada circunstancia, uno se siente invitado a asumir ese grado de irresponsabilidad y de corrupción que se expande por todos los sitios. “Si yo me comporto honradamente soy un imbécil”, le dice a cada uno su mala conciencia.

¿Cómo se puede detener esta avalancha de miserias? ¿Cómo se puede frenar este desastre? Muchas personas pueden pensar que lo que ellas hagan va a tener muy poca incidencia en el cambio de rumbo o, dicho de otra manera, en la solución de los graves problemas que nos afectan.

Cada uno se ve tan insignificante que puede pensar que lo que desee, piense, diga o haga no tiene la menor importancia.

La argumentación que cada persona puede hacerse es:

– ¿Qué voy a conseguir yo siendo honrado, trabajando con entusiasmo, reconociendo la dignidad del ser humano, respetando las reglas del juego, ayudando a quienes lo necesiten, exigiendo a quienes gobiernan, denunciando a quienes roban o extorsionan? Yo solo no puedo cambiar el curso de la historia, de lo que yo haga no depende absolutamente nada. Da igual actuar bien que actuar mal.

¿Qué importancia tiene que mi comportamiento sea ejemplar cuando se generaliza la desfachatez y la indecencia? ¿Qué más da que vaya a una manifestación para protestar contra los recortes? ¿Qué relevancia tiene mi esfuerzo para alcanzar una mejora de la situación que resucite la esperanza? ¿Qué repercusión tiene que yo ayude a una persona que está necesitada y que carece los de lo indispensable para vivir? Es como pretender detener con la palma de la mano la fuerza de un tsunami, como querer apagar un gigantesco incendio con un vaso de agua, como intentar detener la caída del avión dando saltos hacia arriba.

Quiero llamar aquí a la responsabilidad individual, al compromiso de todos y cada uno de los ciudadanos. Quiero invitar a que cada uno con su pequeño esfuerzo, con su decidido entusiasmo, con su buen comportamiento, rompa esa dinámica de destrucción que parece haberse instalado en el mundo.

Utilizaré para ello una hermosa y aleccionadora historia que se cuenta entre los indios guaraníes. Tiene la claridad, la sencillez y la contundencia de la sabiduría popular.

Cuentan los guaraníes que un se declaró un enorme incendio en la selva. Todos los animales huían despavoridos.

De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí en dirección al fuego. Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.

Al instante lo vio pasar de nuevo, esta vez en su misma dirección. Pudo observarlo ir y venir repetidas veces hasta que decidió peguntar al pajarillo, pues le pareció un comportamiento harto estrafalario.

– Qué haces, colibrí?, le preguntó.

– Voy al lago –respondió el ave- tomo agua con mi pico y la arrojo al fuego para apagarlo.

El jaguar se sonrió.

– ¿Estás loco? ¿Crees que vas a poder apagarlo?, tú solo, con tu pequeño pico?

– Bueno, respondió el colibrí, yo hago todo lo que puedo.

Y, tras decir esto, se marchó a por más agua al lago.

Traigo a colación esta historia porque me parece oportuna y necesaria para instar al compromiso y a la responsabilidad de cada uno.

Es probable que nos encontremos en el camino con un jaguar, aparentemente sensato pero sin duda escéptico, que nos pregunte con un tono de ironía e incluso de burla sobre el sentido de nuestro esfuerzo y de nuestra esperanza. Es probable que nos repita la pregunta:

– ¿Estás loco? ¿Crees que vas a conseguirlo tú solo con tu pequeña aportación?

Es probable que la actitud del colibrí pueda ser tachada de ridícula o de estúpida. Sería mejor para él descansar en la rama de un árbol que agotarse estérilmente e, incluso, correr algún riesgo de quemarse.

Es probable que las personas bienintencionadas y ejemplares sean tachadas de estúpidas por quienes consideran inútil el esfuerzo y el carácter generoso de la bondad. Hay en nuestra cultura una idea peligrosa que hace desaparecer la línea divisoria entre la estupidez y la bondad. Se confunde muchas veces al tonto con el generoso. Inteligente es quien engaña, roba, extorsiona sin ser descubierto. Tonto es el que trabaja, el que ayuda, el que vive honradamente.

No sé dónde leí que, en la ciudad de Santiago del Estero, un anciano fue a empadronarse. Le preguntaron por el nombre, la edad, el domicilio, el estado civil… Y, después, le dijeron:

– ¿Tiene hijos?
– – Sí, cinco.
– ¿Todos vivos?, precisaron.

Y él contestó:
– No, dos trabajan.

Es decir, que el vivo, el listo, el que verdaderamente sabe, es el que vive sin trabajar, sin respetar a los demás, sin cumplir con sus obligaciones ciudadanas. El que hace todo lo contrario es porque es tonto. Esa es la actitud que quiero denunciar en estas líneas. Frente a ella propongo como un programa de vida, como una actitud benéfica, la historia del colibrí.

Creo que cada uno ha de repetirse cada día, cuando afronta la responsabilidad de hacer frente a las exigencias de su trabajo y de su relación con los otros, cuando se apresta a cumplir sus obligaciones ciudadanas:

– Por mí, que no quede.