Hay que escribir

19 May

He vivido hace unas semanas una interesante experiencia en Portugal. Mi querido y admirado amigo José Matías Alves (un amigo es una persona que, a pesar de conocerte muy bien, te sigue queriendo) me había invitado a impartir una conferencia en la ciudad de Porto. Más de trescientos docentes asistieron a la intervención y al debate en el Aula Magna de la Universidad Católica.

Porque, para escribir, hay que pensar

Al terminar, se me acercó una profesora de la que luego conocí el nombre. Se llama Clara Dias. Llevaba en la mano un libro. Me dijo que era profesora de adultos y que deseaba compartir conmigo una experiencia.

– El año pasado, dijo en la hermosa lengua portuguesa, asistí a una conferencia que usted pronunció en esta ciudad. En ella dijo que los profesores hacíamos muchas cosas interesantes en el aula, pero casi nunca nos animábamos a escribirlas. Nos animó a escribir. Nos invitó encarecidamente a hacerlo. Nos invitó a compartir nuestras experiencias con otros docentes a través del arte de la escritura.

Recordaba bien aquellas palabras porque insisto en esa necesidad en mis escritos y conferencias. Luego diré por qué.

Ella añadió:

– Fruto de aquellas palabras es este libro, que he escrito con mis alumnos y alumnas. Y también con los colegas que imparten docencia en ese curso.

Me entregó un ejemplar del libro. Lo tengo ahora delante. Sobre una preciosa cubierta que refleja en plano picado un conjunto de tejados, aparece la palabra Percurso, que da título a la obra.

En la primera página leí la dedicatoria, medio portuguesa, medio española. (Dice Gabriel García Márquez que un libro no se acaba de escribir hasta que no se dedica). Estas son las palabras de Clara Dias:

“Ao Miguel Santos Guerra, que deu origen a este libro por ter dito no seminario en 2011 na UCP: los profesores hacen cosas muy importantes en las escuelas. Deberían escribir sobre aquello que hacen porque muchas veces es más importante que lo que hacemos y escribimos los académicos. Obrigado. Gracias”.

Es una obra colectiva realizada en la Escola Secundária de Amares en la localidad portuguesa de Besteiros. Intervienen en ella los docentes y los alumnos de un aula de Educación de Adultos. De hecho, en la contraportada aparecen como autores los “formandos de la turma EFA 4” y como coordinares: “los formadores dos cursos EFA 4 e 6”.

Me gusta el título. ”Percurso”. Podría traducirse por camino, ruta, recorrido. El libro recoge, a través de reflexiones y de estupendas fotografías, todo lo que se hizo en el recorrido de dos cursos escolares por formadores y alumnos de una clase de Educación de Adultos.

Quiero felicitar a quienes participaron en la iniciativa y en el desarrollo de este libro. Gracias a ellos y a ellas tengo ahora el libro en las manos y muchas otras personas pueden comprobar que hay muchas cosas en el sistema educativo que merece la pena conocer y de las que es posible aprender.

¿Por qué insisto tanto en la conveniencia de escribir? Porque, al hacerlo, el pensamiento errático y caótico que muchas veces tenemos sobre la práctica docente tiene que someterse a la disciplina de la escritura. Porque, para escribir, hay que pensar. Tiene que haber una estructura. Unas cosas tienen que ir delante de otras, para pasar de un punto a otro es necesario argumentar y no dar un salto en el vacío.

Tiene otra ventaja adicional la escritura y la consiguiente difusión. Me refiero a las sugerencias que ofrece a quienes desean hacer algo. Y al aliento que aportan a quienes se sienten solos.

¿Qué dificultades se interponen entre la acción y el relato crítico de la acción?

Pensar que lo que hacemos no merece la pena ser contado es la primera. A veces sucederá, claro. Pero muchas otras veces no es cierto. ¿Cuántas magníficas experiencias se han quedado en el anonimato por una falsa apreciación de sus gestores?

La segunda consiste en creer que el arte de la escritura es difícil. No es para tanto. Sujeto, verbo y predicado. Sujeto, verbo y predicado. Sujeto, verbo y predicado. Y así hasta acabar contando lo que se hace. Eso sí, no como una mera exposición sino con el sentido crítico que requiere el análisis. A escribir se aprende escribiendo. Puede haber dificultades al principio, pero éstas se van superando a medida que vamos adquiriendo la habilidad de contar.

No hay tiempo para escribir porque las tareas perentorias se llevan todo el tiempo. Esa es la tercera dificultad. Pensar que hay otras cosas que hacer que resultan más importantes o más rentables. Y probablemente sea así. Por eso creo que sería bueno incentivar este tipo de iniciativas. Es cuestión de organizarse. Es cuestión de establecer prioridades.

Hay quien siente inseguridad. He aquí una dificultad que debería salvarse con rapidez y coraje. ¿Merecerá la pena? Hace unos años coordiné una experiencia sobre agrupamiento flexible de los alumnos en un Centro Público de la Axarquía (Málaga). Recuerdo que los profesores formularon este último obstáculo: Tú nos lo corriges, ¿verdad? Otras experiencias se han perdido en el tiempo ante la dificultad de organizarse para describirlas y analizarlas. Recuerdo ahora una magnífica investigación sobre la evaluación de los alumnos realizada en el Colegio Reyes Católicos de la ciudad de Melilla.

La quinta dificultad es de otra índole. Se trata de no encontrar a quien quiera publicar lo que se ha escrito. Entiendo que las editoriales tengan planteamientos comerciales que les hacen no afrontar la publicación de una obra que puede no venderse. Hay Editoriales de todo tipo. Algunas se comprometen a publicar un solo ejemplar. Otras a hacer tiradas muy pequeñas. Otras se arriesgan con lo que al comienzo parecía una quimera. Hace muchos años, en España, la Editorial Zero Zyx publicaba las experiencias de escuelas innovadoras. En esa fuente bebieron aguas prístinas muchos estudiantes de Pedagogía y muchos maestros. Echo de menos la presencia de editores más prometidos con la educación que con el dinero. Sé que es una utopía, pero las utopías nos ayudan a caminar hacia un horizonte inalcanzable.

La carreta vacía

5 May

Saber dialogar es un arte, una ciencia y una virtud. El mayor enemigo del diálogo es la cerrazón de mente. Porque el que dialoga creyendo que posee la verdad no está en condiciones de escuchar a nadie. No hay mayor petulancia que la del necio. El necio no es capaz de dialogar porque solo oye su propia voz. No importa lo que el otro dice. Es más, si algo le importa, es para negarlo, despreciarlo o rechazarlo de plano, sin entenderlo siquiera.

Cuanto más vacía está la carreta, mayor ruido hace.

Otro enemigo del diálogo es el griterío. Esa reiterada y actualísima manía de creer que, mientras más se grita, más razón se tiene. Resulta casi increíble observar algunas tertulias televisivas. No solo es que se grita mucho, es que se puede ver (que no escuchar, porque resulta imposible) a dos o tres tertulianos gritando a la vez, sin hacer el menor esfuerzo por saber lo que dice el interlocutor. ¿Qué diálogo es ese?

Lo que realmente podemos ver en algunos programas son monólogos que se superponen sin que se tenga en cuenta lo que el otro dice, pregunta, o plantea. Se repite una y otra vez un argumento que se estrella contra el chorro de gritos que proceden del interlocutor.

Solo existe una cierta alternancia en algunos momentos, ya que cada uno se aferra a su discurso sin tener en cuenta lo que el otro dice. En esa alternancia solo importa la forma, no el contenido. Uno habla y el otro replica. No importa qué. A veces, se llega a situaciones peregrinas, como la siguiente. En una discusión acalorada uno le dice al otro con manifiesta violencia:

– Me parece que estoy hablando con un imbécil.

Y el contrincante verbal contesta sin pensárselo dos veces, con no menor agresividad.

– Tu sí que estás hablando con un imbécil.

Dialogar no es una tarea fácil, por más que lo parezca. Escuchar es una actividad muy difícil, que muy pocas personas llegan a realizar con perfección. Le oí decir a Carl Rogers: “Si un ser humano te escucha, estás salvado como persona”. A dialogar se aprende. El diálogo se ejercita. En algunos debates que he organizado en el aula, he pedido que, antes de rebatir un argumento, la persona que quiere hacerlo resuma lo que ha dicho el que ha intervenido previamente. Y éste debe decir si realmente era eso lo que había dicho. Sé que eso hace lento y complicado el proceso de diálogo, pero permite comprobar que quien ha preparado sin escuchar su argumento se vea obligado a decir:

– Perdón, no he estado escuchando.

Y otras veces, el interviniente, precisa:

– No. Yo no he dicho nada de eso. O no me he explicado bien o no me has atendido bien.

Alguna vez he realizado un ejercicio para el aprendizaje de habilidades de interlocución. A y B hablan mientras C observa. Después del diálogo el observador informa a los dos que han hablado sobre el contenido y el proceso de su comunicación. Después, A pasa a ser B, B pasa a ser C y C pasa a ser A. El ejercicio se hace tres veces, de modo que todos hablan, todos escuchan, todos observan y todos son observados. Resulta apasionante el análisis que todos hacen después sobre las vivencias que han tenido en los distintos papeles. Es sorprendente, por ejemplo, ver cómo quien escucha ocupa algunas veces su cabeza en buscar nuevas. preguntas sin prestar atención a lo que está diciendo el que informa.

Para dialogar es importante tener algo que decir. Es importante también saber decirlo. Y, cómo no, es de agradecer que haya ingenio para que no sea la conversación insoportablemente aburrida.

Una azafata discute con un pasajero en pleno vuelo. La conversación se tensa y él acaba diciendo:

– Mire usted, señorita, vamos a dejarlo aquí porque me parece que usted es una persona antipática y desagradable.

Y ella contesta:

– Pues mire usted, señor, yo creo que usted era una persona simpática y encantadora, pero los dos podemos estar equivocados.

He leído, no sé exactamente donde, esta aleccionadora anécdota que explica muy bien el origen de los gritos y del ruido de los diálogos.

Alejandra caminaba con su padre cuando éste, de repente, se detuvo en una curva del camino. Después de un breve silencio, le preguntó.

– Además del cantar de los pájaros, ¿qué oyes, Alejandra?

La niña prestó atención aguzando sus oídos. Después de unos segundos, respondió:

– Papá, estoy oyendo el sonido de una carreta que se acerca.

– Muy bien, respondió su padre. Tienes razón, se está acercando una carreta vacía.

Alejandra, asombrada, preguntó a su padre:

– ¿Cómo sabes que es una carreta vacía si aún no la has visto?

Entonces el padre respondió:

– Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido que hace. Cuanto más vacía está la carreta, mayor ruido hace.

Alejandra se convirtió en adulta y siempre que veía una persona interrumpiendo una conversación y hablando demasiado de sí misma de forma inoportuna o violenta o presumiendo de lo que poseía, tenía la impresión de oír la voz de su padre diciendo:

– Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace.

Quienes menos tienen que decir son los que más gritan. Quienes más ruido hacen son los que menos ideas tienen que ofrecer. Quienes más levantan la voz son los que, en el fondo, solo manejan ideas ramplonas. Y no me refiero solo a los contenidos, también respecto a la forma de hablar, estos personajes adolecen de unas carencias tremendas: frases mal construidas, escasez de vocabulario, falta de precisión en uso de las palabras… Como no son conscientes de su ignorancia, elevan la voz hasta el grito. No dicen nada interesante, lo dicen a voces y lo dicen mal.

Siempre me ha llamado la atención que haya tantas personas que hablan en televisión sin tener nada sustantivo que decir. Creo que por ese motivo gritan tanto. Se pone un micrófono en la boca de quien no tiene una idea en la cabeza. ¿Por qué se persigue por calles y plazas a un personaje grosero e inculto que la televisión ha hecho famosillo y no se va detrás de Emilio Lledó, de Fernando Savater o de José Antonio Marina por las calles, micrófono en mano, para que digan algo que con toda probabilidad será sensato y aleccionador?

Las carretas vacías hacen mucho ruido. Curiosamente, a mucha gente le gusta ese estruendo y le horroriza la serenidad de unas frases bien pensadas.

Quiero que sea lunes

14 Abr

Hace más de un año escribí un artículo titulado “Mamá, quiero ser viejo”. Me hacía eco en él de la preocupación y de la tristeza de una madre que había recibido esa extraña demanda de su hijo de diez años. La causa del inusitado deseo no podía ser más triste: quería ser viejo para no ir a la escuela.

Tengo que decirte que a día de hoy ya “no quiere ser viejo”, quiere ir al cole y sobre todo ser muy alto de mayor.

Pues bien, pasado ese largo tiempo (o corto, depende de cómo se mire), recibo una carta de la madre que expresa su alegría por el cambio que ha experimentado su hijo. Así lo explica de forma clara y precisa.

“Creo que va a hacer un año y pico que escribiste el artículo sobre el “Niño que quería ser viejo”. Me pongo de nuevo en contacto contigo, porque en estos momentos me considero una madre feliz. Mi hijo lleva un tiempo diciéndome que le gusta ir al colegio. Sin ir más lejos el viernes pasado, sentados ya de noche en el sofá de casa me dice: “mamá que pena que mañana sea sábado, me gustaría ir al colegio”.

Te preguntarás que es lo que ha podido cambiar. Bueno, te haré un breve recorrido. Mira, hace un año y medio me sentía una madre triste, una madre que veía cómo su hijo perdía las ganas de aprender y de superarse, la autoestima iba día a día en declive. Mil veces intenté hablar con su maestra pero un muro nos separaba, yo quería que entre ambas le ayudáramos pero la comunicación no fluía, parece que no era capaz de ver nada positivo que pudiéramos hacer entre ambas. Todas las notas que me enviaba en la agenda, eran negativas y esto nos hundía a todos (no te puedes imaginar las tonterías de las que se quejaba a veces).

El niño solía traer muchísimos deberes a casa. Hoy he descubierto que en clase poco hacía, y en casa intentábamos compensar lo que no hacía en clase para que no se quedara atrás. Llegó a tal punto el malestar que nos producía ir a hablar con su maestra que mi marido y yo nos turnábamos para ir a recoger sus notas. Soy una persona muy positiva, aunque la situación ya me iba minando, mi cabeza no dejaba de dar y dar vueltas para tratar de buscar la solución a este problema, porque yo quería hacer recuperar a mi hijo su autoestima y las ganas de ir al cole. Después de sopesar mucho la situación y asumir el riesgo a equivocarnos decidimos cambiar al niño a otro cole, otro cole con una pedagogía más próxima a nuestra manera de entender la educación. Conocimos a la que sería su tutora y en la primera entrevista hablamos, hablamos de muchas cosas y en este hablar y compartir inicial pudimos hablar desde el corazón. Yo supe en ese momento que habíamos iniciado el camino de la recuperación y de la alegría. Hemos trabajado mucho todos, sus maestras y maestros, él y nosotros con él pero día a día vemos cómo va creciendo y confiando en sus posibilidades. Sus notas son cada día mejores. Tengo que decirte que a día de hoy ya “no quiere ser viejo”, quiere ir al cole y sobre todo ser muy alto de mayor. Los coles de los que hablo son los dos públicos. Un afectuoso saludo”.

Las conclusiones van cayendo por sí solas como las frutas maduras de un árbol. La primera es que, en este caso, como en muchos otros, el niño no era el problema, sino una escuela (quizá solo una tutora, escasamente sensible a la problemática planteaba por el niño y cerrada a las sugerencias que desde la familia se le hacían). Cuántas veces hemos situado la causa de los problemas en un lugar que no está Y, claro, cuando se diagnostica mal, no se puede encontrar la solución. Poner la causa de la desmotivación exclusivamente en los alumnos y las alumnas, hace que nosotros no mejoremos nuestra actividad profesional.

La segunda es la importancia de la familia en el seguimiento del proceso de aprendizaje. Está muy claro que el compromiso de los padres de este niño ha sido determinante en la transformación que ha vivido. La preocupación primero, la decisión del cambio después y la colaboración intensa con la nueva tutora fueron el puente por el que transitó el niño de una situación desalentadora a una vivencia llena de entusiasmo. De una actitud pesimista que le llevaba a desear algo antinatural (ser viejo) a otra más positiva y lógica que es desear ser alto cuando sea mayor. De una actitud que hacía odiosos los viernes porque pronto llenaría el lunes a otra en la que el fin de semana es un compás de espera para comenzar a disfrutar de nuevo.

La tercera es la confirmación de que muchos problemas tienen solución cuando todas las partes se ponen a remar en la misma dirección. La sinergia de todas las fuerzas es fundamental en educación. ¿Qué sucedería en una canoa en la que los doce remeros se mueven de forma desacompasada, cada uno a su aire, cada uno a su gusto?

La cuarta tiene que ver con los plazos y los ritmos. Muchas veces se sufre como si las situación fuere definitivamente desastrosa. Cuántas veces he visto a familias sumidas en la desesperación por la flojera o el extravío de un hijo adolescente y, tiempo después, las he visto felices y satisfechas por el cambio que ha vivido. Nunca hay que desesperar. Hasta una patada en el culo puede ser positiva porque nos hace avanzar con más rapidez.

La quinta conclusión es de otra naturaleza. Me refiero al hecho de que los dos colegios en cuestión sean públicos. Con la misma legislación, la misma administración, los mismos sueldos y parecidas condiciones el niño encuentra en un colegio un lugar desalentador y en el otro un lugar cargado de esperanza. A mi me gusta decirles a los docentes lo que tantas veces me he dicho a mí mismo: Que tu escuela sea mejor porque tú estás trabajando en ella.

Oscurece, luego amanecerá

28 Ene

Es inexorable. En la medida que va atardeciendo y que se hace la noche, va quedando menos tiempo para el amanecer. Quiero utilizar esta metáfora para que quienes están en una situación difícil no se den por vencidos.

Es inexorable. En la medida que va atardeciendo y que se hace la noche, va quedando menos tiempo para el amanecer.

Los túneles, por definición, tienen comienzo y fin. Cuando se está en medio de un túnel, el peligro consiste en sentarse a lamentar la oscuridad existente. Si se avanza, aún en la noche, llegará la luz. Dice mi querido y admirado Manuel Alcántara que los pesimistas, cuando ven al final del túnel la luz esperanzadora que anuncia el final de las tinieblas, piensan que se trata del potente foco de una locomotora que acabará aplastándoles. Triste y fatal equivocación.

Nadie va a tener en la vida un camino interminable de rosas. Habrá dificultades. Días de tormenta, baches, salteadores, dolencias del cuerpo y del alma. Sin dolor no llegaríamos a tener conciencia de nosotros mismos. Nadie se va a librar, probablemente, de la muerte de seres queridos, de rupturas amorosas más o menos traumáticas, de conflictos laborales, de problemas económicos, de asechanzas de inevitables enemigos. Lo importante no es lo que nos sucede sino la actitud con la que afrontamos eso que nos sucede.

No se pueden negar los males, los daños, las enfermedades, los engaños, los desastres, la ruina. Están ahí. Su dimensión objetiva se puede valorar fácilmente. Pero, siendo esa una parte fundamental de un problema (no es igual un diagnóstico de un resfriado que de un cáncer) uno y otro pueden ser asumidos de manera muy diferente.

Alguien puede pensar que esa actitud optimista ante la vida y sus avatares no es más que un autoengaño. Pero yo creo que esa postura es más inteligente que su contraria. Más realista incluso. Se dice que un optimista es un pesimista mal informado. Yo creo, por el contrario, que un pesimista es un optimista mal informado.

¿Qué ventajas tiene esa actitud optimista ante la dificultad? Muchas, todas ellas importantes. (más…)

Los números cantan

14 Ene

El señor Rajoy ha formado Gobierno. Trece Ministerios. Nueve varones y cuatro mujeres para dirigirlos. Y eso que decía en 2008 que lo mejor de su equipo eran las mujeres. ¿Entonces? ¿O era solo para auparlo al poder?

Estaremos de cuerdo en que es necesario que los puestos de elevada responsabilidad deben estar desempeñados por personas capaces, responsables y trabajadoras.

Es probable que mi postura concite la disconformidad e incluso las iras de muchos hombres y de algunas mujeres. ¿Por qué ha de haber paridad en el número de Ministros y de Ministras?, me preguntarán. Si hay mujeres en el Gobierno, tendrá que ser porque se lo merezcan por su preparación, capacidad de trabajo, espíritu de equipo, coherencia ideológica, trayectoria política. etc. Y yo estoy de acuerdo con ese planteamiento si se aplica igualmente dicho criterio a los varones que asumen carteras ministeriales. Si hay hombres en el Gobierno deberá ser porque valen y no por ser varones.

Estaremos de cuerdo en que es necesario que los puestos de elevada responsabilidad deben estar desempeñados por personas capaces, responsables y trabajadoras. Podemos compartir también otra tesis: esa responsabilidad no debe estar condicionada por el género, la raza, la edad o la procedencia… Pero podemos empezar a discrepar si afirmo que las mujeres han sido (y siguen siendo) relegadas a un segundo plano en la asunción de responsabilidades públicas durante largo tiempo. ¿Habría que colegir que valen menos? (más…)