Nadie le dijo que era imposible

24 Dic

Hay muchas cosas que no intentamos hacer en la vida porque nos han dicho que no seremos capaces de hacerlas o, sencillamente, que no se pueden hacer. Nos lo hemos creído. Y no las hemos hecho. Es más, ni hemos el menor intento de hacerlas.

No había nadie a su alrededor para decirle que era imposible.

Cuando se piensa que un objetivo es inalcanzable, se acaba por no hacer nada por conseguirlo. ¿Dónde se sitúa la barrera entre lo posible y lo imposible? Y, sobre todo, ¿quién la coloca en ese punto exacto donde la tenemos? La coloca cada persona, en último término. Pero instada por agentes externos. Agentes que tienen, en ocasiones, la fuerza del mandato. La advertencia “tú nunca serás capaz” se convierte, a veces, en una orden.

¿Con qué criterios se elaboran estos mandatos? Con criterios subjetivos, por no decir arbitrarios. Hay padres que determinan el futuro de los hijos haciendo pronósticos que luego, fatalmente, se suelen cumplir. Si tienen varios hijos, generan expectativas diferentes sobre cada uno de ellos. El género ha sido determinante durante siglos. Este va a llegar hasta aquí, el otro va a llegar mucho más lejos. Ella no va a llegar a ningún sitio. Y esas expectativas suelen cumplirse, salvo rechazo o rebelión de la persona que recibe la profecía.

He leído no hace mucho esta pequeña historia que podría encontrarse, con las variantes lógicas de cada individuo, y contexto, en la cotidianidad de muchas personas. (más…)

Recortes en educación

3 Dic

Comenzaré diciendo que no soy experto en economía. Ni siquiera aficionado. Pero me cuesta creer que, a base de recortes, se pueda reactivar la economía, mejorar la situación de las familias y generar empleo estable. Sin embargo todas las consignas (¿las órdenes?) que reciben los gobiernos exigen que se sigan haciendo recortes, a sabiendas de que los precedentes no nos han alejado del precipicio. Parece que hacer recortes es la idea salvadora, la única solución razonable, el exclusivo camino de la mejora.

Cuando se reducen los presupuestos en educación se hace masoquismo económico

Todavía me parecen más absurdos los recortes en educación. Por dos motivos: en primer lugar porque afectan a una actividad de importancia decisiva y, en segundo lugar, porque perjudican especialmente a los más desfavorecidos.

La inefable Presidenta de la Comunidad de Madrid ya ha puesto en tela de juicio la gratuidad de la enseñanza. Y cuando se reduce o se elimina la gratuidad y, por añadidura, se privatiza la enseñanza, se consigue que solo quien tenga dinero pueda acceder a ella.

No sucede esto solo en España, porque la crisis tiene unas dimensiones planetarias. Quienes atribuían todos los males del país (yo diría que del mundo) al presidente Zapatero podrán ir comprobando que no era él la causa única y tendrán que pensar en nuevos orígenes de las desgracias.

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No es fácil amar a los hijos

8 Oct

El título de este artículo se corresponde con el de un libro de George Snyders. Sorprende, pero ayuda a pensar: No es fácil amar a los hijos. Parece que nada hay más sencillo que amar a quien se ha engendrado. Muchos caen en la trampa de pensar que el instinto dictará las reglas de actuación más saludables, que nadie mejor que los padres podrá saber qué es lo que les conviene a los hijos e hijas y que nadie mejor que ellos podrá dárselo. Tremendo error. Existen muchas trampas en el amor paterno y materno.

Dice Holderlin: “Los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose”.

Hay formas de relacionarse con los hijos y las hijas que son muy nocivas. La sobreprotección es una de ellas. Porque no les deja a los hijos ser ellos mismos, porque les impide crecer. Es muy peligrosa porque se ejerce en nombre del amor. No la detectan con facilidad quienes sobreprotegen. Y tampoco quienes son aplastados por el peso excesivo de un amor mal entendido. Es fácil descubrir la perversión del maltrato, de los golpes, del desprecio, del abuso o del desinterés. No es tan fácil detectar el daño que causa la sobreprotección. Dice  Holderlin: “Los padres forman a sus hijos como los océanos forman a los continentes: retirándose”. No del todo, claro. No de repente.

Digo esto porque me preocupa la actitud que muestran algunos padres y madres (creo Holderlin: que no muchos, afortunadamente) ante el comportamiento que sus hijos e hijas tienen en la escuela. He visto recientemente a unos padres defender la actitud insolente y la conducta agresiva de su hijo, aunque los profesores les manifestaban su desaprobación y su rechazo por su conducta. Había amenazado con chulería descarada a una profesora.

Conozco a quien ha llegado a negar el comportamiento del hijo, retirando el crédito al educador que criticaba unos hechos que serían fácilmente creíbles para cualquier interlocutor imparcial. ¿Qué interés puede tener un profesor en inventarse unos hechos que no han sucedido? Sin embargo, es fácil suponer el interés del alumno en negarlos. ¿Por qué no lo ven los padres? Les ciega el amor. La engaña su actitud sobreprotectora.

Sé de quien ha dicho a su hijo que se niegue a aceptar un castigo impuesto por la comisión de convivencia. Increíble actitud. ¿Tiene ese hijo alguna solución ante la postura permisiva de los padres? ¿Quién le hace daño de verdad? ¿Quien le corrige o quien le insta al incumplimiento de la norma y al desprecio de la corrección?, ¿quien le amonesta justamente o quien le ofrece un pésimo ejemplo de respeto y convivencia?

Sé que los docentes cometemos errores. Sé que tenemos fallos. Sé que muchas veces descargamos nuestra responsabilidad en otros agentes o elementos que intervienen en el proceso de aprendizaje: los alumnos son vagos o torpes, los padres y madres no les ayudan, la administración es poco sensible, no existen medios adecuados… Es saludable ejercer la crítica (me refiero a los padres y madres) y es indispensable saber asumirla (me refiero a los docentes). Pero no es razonable pensar que todo el fracaso radica en las deficiencias de quien tiene el deber de enseñar y la obligación de encauzar los comportamientos faltos de respeto. De la antigua actitud de algunos padres que veían bien los azotes de los profesores (y que incluso los demandaban) a la posición actual de algunos de que a su hijo nadie le reprende, existe un abismo. Un abismo en el que algunos han caído.

– Nadie conoce a mi hijo mejor que yo, nadie le quiere más, dice la madre con énfasis.

Se equivoca. Porque olvida que su hijo puede comportarse de forma muy distinta en unos lugares y en otros. Se equivoca más profundamente si da por buenos los comportamientos displicentes y avasalladores de su hijo. Más aún si los defiende a ultranza y si descalifica sin respeto a quien le corrige

Acudir a la escuela gritando, exigiendo, amenazando, descalificando a quienes tienen el derecho y el deber de enseñar y de corregir es poner los cimientos al desastre. Cuando los padres se convierten en el principal justificante de la pereza y de la desvergüenza, hay muy poco que hacer. Los padres y las madres se ahorrarían muchas lágrimas si se convirtiesen en los principales aliados de los profesores.

La sobreprotección proviene algunas veces de la conciencia del desamor. Puesto que no le queremos de verdad le daremos muchas muestras aparentes de amor. Algunos padres aplastan a sus hijos en las fiestas navideñas con regalos, precisamente para ocultar un profundo sentido de la culpabilidad y del abandono. Corren especial peligro de sobreprotección los hijos únicos o quienes por alguna desgracia han perdido a un hermano. La tentación de los padres es volcar en esos hijos el amor que no han podido entregar a otros. Pensar por ellos, decidir por ellos, evitarles cualquier riesgo, es impedirles crecer.

La relación de la familia con la escuela es imprescindible. Una relación asentada en el respeto, en la colaboración, en el conocimiento y en la lealtad. Se ha de realizar durante todo el curso, no sólo al final. Ha de tener como preocupación el comportamiento y no sólo los resultados académicos. Ha de materializarse a través de la intervención de padres y madres (no sólo de las madres, como suele suceder). Y ha de referirse a toda la escuela, no sólo al comportamiento del hijo. Porque la escuela es de todos. Susana Pérez de Pablos ha escrito un estupendo libro titulado “El papel de los padres en éxito escolar de los hijos”. En el capítulo “La relación con el Colegio” expresa lo siguiente: “Hay docentes que dicen grandes verdades, que saben guiar y estimular intelectualmente a los alumnos. Y eso es difícil de asumir para algunos padres, que reaccionan mal cuando esto ocurre”.

El diálogo de la escuela con la familia es un camino de mejora. Un diálogo sincero, claro y exigente. Los niños pierden irremisiblemente los partidos de “tenis pedagógico” (pelota para la familia, pelota para la escuela). Hablarse, estimularse, ayudarse, informarse, instarse a la mejora. Éste es el camino. En una reunión de padres de familia de cierta escuela, la directora resaltaba el apoyo que los padres deben darle a los hijos. También pedía que se hicieran presentes el máximo de tiempo posible. Ella entendía que, aunque la mayoría de los padres y madres de aquella comunidad fueran trabajadores, deberían encontrar un poco de tiempo para dedicar y entender a los niños.

La directora se sorprendió cuando uno de los padres se levantó y explicó, en forma humilde, que él no tenía tiempo de hablar con su hijo durante la semana. Cuando salía para trabajar era muy temprano y su hijo todavía estaba durmiendo. Cuando regresaba del trabajo era muy tarde y el niño ya no estaba despierto. Explicó, además, que tenía que trabajar de esa forma para proveer el sustento de la familia. Dijo también que el no tener tiempo para su hijo lo angustiaba mucho e intentaba redimirse yendo a besarlo todas las noches cuando llegaba a su casa y, para que su hijo supiera de su presencia, él hacía un nudo en la punta de la sábana que lo cubría. Eso sucedía religiosamente todas las noches cuando iba a besarlo. Cuando el hijo despertaba y veía el nudo, sabía, a través de él, que su papá había estado allí y lo había besado. El nudo era el medio de comunicación entre ellos.

La directora se emocionó con aquella singular historia. El hijo de ese padre era uno de los mejores alumnos de la escuela. No era de extrañar. Respaldaba la acción educativa de la escuela, exigía el esfuerzo del hijo y le mostraba de forma sugerente el afecto. El hecho nos hace reflexionar sobre las muchas formas en que las personas pueden hacerse presentes y comunicarse entre sí. Aquel padre encontró su forma, que era simple pero eficiente. Y lo más importante es que su hijo percibía, a través del nudo afectivo, lo que su papá le estaba diciendo.

Un gesto de amor es también un reproche, una reprimenda o un castigo, porque los niños necesitan consistencia normativa, necesitan aprender respeto y ejercitarse en el esfuerzo. Las personas tal vez no entiendan el significado de muchas palabras, pero saben registrar un gesto de amor. Aunque ese gesto sea solamente un nudo en la sábana o una negativa a comprar un juguete cuando las calificaciones han sido catastróficas y el comportamiento con los profesores y compañeros agresivo e insolente.

Los cangrejos españoles

27 Ago

En una tienda que vende crustáceos hay varios recipientes de caracoles de diversa procedencia. Uno de ellos contiene cangrejos españoles, otro cangrejos procedentes de Francia, un tercero cangrejos americanos… Uno de los dependientes de la tienda pide a otro que ponga la tapa del recipiente que contiene cangrejos españoles porque, de no hacerlo, se saldrán, se perderán y ensuciarán el piso. El aludido responde:

No hace falta tapar ese recipiente. Contiene cangrejos españoles. En cuanto uno empieza a subir, los otros se lo impiden.

– No hace falta tapar ese recipiente. Contiene cangrejos españoles. En cuanto uno empieza a subir, los otros se lo impiden.

No comparto esos estereotipos frecuentemente utilizados para autoflagelarse o para hacer daño a otros. Sí me preocupa esa actitud perversa que hace de la envidia un enemigo de la convivencia. Hay gente así, como los cangrejos españoles. No pueden soportar que otros sean guapos, listos, buenos, felices… Viven en una gran desgracia. No sólo padecen sus propios males sino que sufren con los bienes ajenos. La envidia es la imagen especular invertida de la bondad y de la misericordia. “Si la envidia es la tristeza ante los bienes del prójimo, la tristeza es la misericordia ante sus males”, dice San Juan Damasceno.

Cuesta comprender cuál es el motor que dinamiza el comportamiento de algunas personas respecto a otras en el trabajo, salvo que lo atribuyamos a la envidia. Las protagonistas no lo reconocerán jamás. Dirán que obran con tanto desprecio a los demás, con tanta saña, con tanta persistencia porque son víctimas de persecuciones de las que tienen que defenderse. Disfrutan agrediendo, descalificando, acusando, llevando a los tribunales a sus “enemigos”. “Enemigos” que se inventan, porque a ellas nadie les ha declarado la guerra.

La envidia es una pasión que se convierte, para algunas personas, en una forma de vida. Viven para eso, para conseguir que los demás cangrejos no salgan del recipiente, para que no asciendan, para que no abandonen el fondo de su mezquindad, de rutina, del conformismo.

El llanto de la persona envidiosa recuerda que el órgano de la envidia son los ojos, siempre atentos, mirando obsesivamente de soslayo. A diferencia de la mirada frontal que sustenta la interacción humana, la envidia contempla a las personas de reojo. El envidioso pretende hacer extensivo su odio a ojos de terceros. Trata de compartir con otros su descalificación del envidiado. Como si al ser extensiva su animadversión ganase en objetividad.

“El envidioso ve con una mirada obscena y oblicua, siente y se resiente, su mente está teñida no con el rojo de la ira, ni con el verde los celos, sino con el amarillo de los venenos: la envidia es amarilla”, dice Vigil Rubio en su “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”. Quevedo recuerda que la envidia está flaca porque muerde y no come.

La envidia está animada por un interés perverso que es la animadversión hacia el envidiado. No desea sus bienes, como haría un codicioso, sino que se congratula de los males ajenos. Castilla del Pino dice (en su obra titulada La envidia, 1994) que el envidioso atribuye el éxito o la prosperidad del envidiado a la “suerte” o a la “injusticia del mundo”. El objeto de la envidia no son los bienes que posee sino la persona del envidiado. Lo único que acallará ese “dolor en el pecho” que siente el envidioso es la caída en desgracia de su envidiado y por eso la busca obstinadamente por cualquier camino, incluido el más injusto, el más descabellado. El mismo Castilla del Pino supone que la actitud envidiosa se ancla en el profundo e incurable odio a sí mismo del envidioso: odia al envidiado, por no ser como él; pero también se odia a sí mismo por ser quien es o como es.

Alberoni desmenuza, con precisión de entomólogo, los cuatro momentos de la envidia:
1. Negación del valor: la hermosa recién llegada al círculo de amigas, no es bella; se niega su evidente hermosura.
2. Revisión de valor: las amigas se preguntan: pero, ¿qué es ser bella?
3. Proyección de desvalor: la recién llegada podrá ser guapa, pero es inculta, estúpida, de familia humilde…
4. Invención de calumnia: la novata será guapa, pero dicen que tuvo que abandonar el pueblo porque…

Decía Jacinto Benavente: “Es tan fea la envidia que siempre anda por el mundo disfrazada, y nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia”. La persona envidiosa maneja a las mil maravillas una reacción cínica por la que pretende hacerse pasar por víctima. Puede estar humillando y despreciando, orgullosamente con la mirada y los hechos, a su envidiado pero, si aparece alguien que tiene que juzgar su comportamiento, adoptará una expresión fingida de pesadumbre, amargura e impotencia. Pretende causar pena. Hacerse pasar por desvalido. Así el juez podrá machacar a sus despiadados enemigos. Se ha convertido en una pobre víctima indefensa. En una operación milagrosa se ha transformado de verdugo cruel en víctima desvalida. Qué arte. Qué maldad.

Es difícil convivir con personas envidiosas. Porque resultan tan insoportables como invencibles. Habrá que aconsejar a quienes viven la micropolítica de una institución con envidiosos en su seno el reciente libro de Wess Roberts, titulado “Tiranos, víctimas e indiferentes… Estrategias para lidiar con compañeros difíciles”. No es un asunto baladí el de quienes mientras ven los horrores de la destrucción practican el deporte de encogerse de hombros mirando para otra parte. Son los neutrales, los indiferentes. Los que, cuando ven que uno está pisoteando a otro, dicen que sería bueno que todos viviesen en paz y se respetasen mutuamente.

Decía Séneca: “Nunca será feliz aquel a quien atormente la felicidad del otro”. Los cangrejos españoles se pasarán la vida tirando de los demás hacia abajo, pero ellos nunca podrán salir del fondo de su miseria. No es un consuelo para los envidiados. Es el justo castigo para los envidiosos.

Pesa, ¿eh?

30 Jul

Lo que se pretende y se espera de ese día es que sirva de recordatorio de la importancia que tiene la amistad en la vida de las personas / J. Albiñana

El pasado día veinte de julio se celebró en Argentina, como todos los años, el Día del Amigo. Una ocasión especial para cruzar el tiempo y el espacio de mensajes de afecto, de felicitaciones y de regalos. Creo que la amistad es una de las columnas sobre las que se sostiene nuestro mundo.

Como sucede con cualquiera de los días conmemorativos, éste encierra el peligro de hacernos pensar que solo en esa fecha hay que celebrar la amistad.  No tiene por qué ser así. Lo que se pretende y se espera de ese día es que sirva de recordatorio de la importancia que tiene la amistad en la vida de las personas y de ocasión para expresar sentimientos de alegría, de gratitud y de lealtad.

Por otra parte, no hay que olvidar que con esta celebración, como con muchas otras, el comercio hace en julio su agosto con otro día de ventas especiales. Todo puede reducirse a compraventas, incluido el amor, incluida la amistad. Pero ahí está el sentido común para poner las cosas en su sitio y evitar la trampa.
Me gusta esta celebración. Y abogo porque se instaure en nuestro país. Creo que la amistad es un eje sobre el que gira la vida de las personas. Tener amigos y amigas (creo a pie juntillas en la amistad entre un hombre y una mujer) es uno de los caminos que conducen a la salud emocional. Contar con amigos y amigas es un componente básico de la felicidad. Porque un amigo está siempre ahí, por encima del tiempo y del espacio. El amigo escucha, ayuda, perdona, se alegra del éxito, lamenta los fracasos, protege, corrige, defiende, acompaña y alienta. Y no exige nada a cambio. Un amigo está, sobre todo, en la adversidad, compartiendo el dolor, afrontando la dificultad, superando el desastre.

La amistad tiene también un importante componente social. El entramado de las relaciones amistosas que existen en la sociedad dan consistencia moral a la convivencia.

Por ejemplo, los amigos están ofreciendo ayuda  en la crisis económica a los sus amigos y amigas que pasan necesidad.
El amigo comparte el dolor. Recuerdo aquella simpática llamada de teléfono que le hacía un chico a su amigo del alma:

– Me he enterado de que te has roto una pierna. Dime, por favor, cuál es, porque me están doliendo las dos.
No son acertadas, a mi juicio,  las expresiones «buenos amigos» o «malos amigos». Porque la primera encierra una redundancia y la segunda una falsedad. No puede haber malos amigos sino malas compañías. Un amigo, por definición, es bueno.
Es sorprendente la facilidad con la que se muestran en los medios de comunicación traiciones y deslealtades.
– Pero, esos dos, ¿no eran amigos? ¿Cómo están contando esas intimidades con tanta agresividad?
– Es que les pagan una buena cantidad de dinero por despellejarse en publico.
Le oí contar a mi admirado Manuel Alcántara esta significativa historia sobre el valor de la amistad. Un hijo le pregunta al padre:
– Papá, ¿cuántos amigos tienes?
– Uno solo, contesta el padre.
– Papá, comenta el hijo, has perdido la vida. Con lo importantes que son los amigos y solo has podido hacerte con la amistad de una sola persona. Lo más importante de la vida es tener muchísimos amigos.
– Y tú, ¿cuántos tienes?, pregunta el padre.
– Tengo más de cien amigos.
– ¿Estás seguro de que son auténticos amigos?
– Seguro, papá. Me lo dicen cada día.

El padre le propone al hijo hacer una prueba para comprobar si esas personas que son sus amigos, lo son de verdad. Matarán un cordero, lo meterán en un saco de modo que la sangre sea visible y lo meterán en un saco.  El padre le pide al hijo que recorra las casas de sus amigos con el saco a cuestas, que les diga que ha matado a un niño y que, por favor, le ayuden a ocultar el cadáver que lleva en el saco y a, sobre todo, a escapar de la justicia.

Así lo hacen, El hijo acude a la casa del primero de sus amigos cargado con el saco que chorrea sangre.

– He matado a un niño, ayúdame por favor. Déjame entrar en casa para esconder el cadáver.
Y el supuesto amigo le dice:
– Vete de aquí, asesino, desgraciado. No quiero que me implique la justicia.
Acude a la casa de otro de aquellos pretendidos amigos y le expone la dramática situación por la que atraviesa. Y recibe esta respuesta:
– Si has hecho eso, tú no eres mi amigo. Eres una mala persona, un ser despreciable. Olvídame. No me vuelvas a dirigir la palabra. Nunca pude imaginar que fueses capaz de matar a un niño.

Así sucede con todos ellos. Uno tras otro le dan con la puerta en las narices. Piensa entonces en el único amigo de su padre. Y llega a su casa con la misma carga sobre los hombros. Repite su fingida y terrible  historia. Y recibe esta respuesta:

– Pasa rápidamente, vamos a enterrar el cadáver en el jardín.  Tú te puedes esconder en casa el tiempo que quieras. Cuenta conmigo para todo lo que necesites.  Ah, y de esto que vamos a hacer, ni una sola palabra a tu padre.

Ahí está la amistad. No solo en la ayuda sino en la renuncia a ningún tipo de contraprestación. Porque la amistad no practica el do ut des sino la generosidad de la ayuda desinteresada y silenciosa.

Ya sé que a la historia se le pueden poner objeciones éticas, pero su finalidad en este caso, es hacer un elogio de la amistad.

Lo difícil no es tener amigos. Lo difícil es saber conservarlos. Para ello hace falta generosidad, sacrifico y perseverancia. Porque  la amistad es como una planta que si no se cuida, si no se protege de enfermedades y si no se riega y abona acaba agostándose y muriendo. Hay que reconocer que la verdad sobre la amistad se demuestra con el tiempo.

¿Cuántas amistades de un verano? ¿Cuántas amistades de un un viaje? ¿Cuántas de un curso? No eran auténticas amistades. El fuego de una amistad puede perder fulgor, pero siempre deja rescoldo. Basta un pequeño soplo para avivarlo. Los otros fenómenos son solo fuegos fatuos.

La amistad tiene que cultivarse, tiene que activarse de forma sincera y constante. Requiere esfuerzo y sacrificio. No es extraño que en momentos de individualismo, egoísmo, intereses desmedidos, competitividad y obsesión por la eficacia las amistades sean efímeras y superficiales.

Pero el esfuerzo que necesita hacer el amigo siempre es placentero. Nunca olvidaré aquella escena. Un niño lleva sobre sus espaldas a un amigo mayor que él que se ha roto una pierna. Alguien que los ve le dice al sufrido portador, viendo el gran esfuerzo que está realizando:

– Pesa, ¿eh?
Y la contestación es un tratado sobre la amistad:
– ¡Qué va, si es mi amigo!

En homenaje al amigo argentino que me ha pedido que escribiera estas líneas quiero recordar un proverbio chino que siempre me ha gustado Recorre frecuentemente el camino que lleva al huerto del amigo. De lo contrario crecerá la hierba y no podrás encontrarlo fácilmente.